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sábado, 19 de noviembre de 2016

Narrar la violencia en Colombia

En una mesa redonda celebrada el pasado 27 de octubre en Logroño (España), en la que participé con colegas colombianos, se abordaba la relación entre la literatura y la guerra. Era necesaria una reflexión sobre los vínculos entre literatura y realidad en Colombia, un asunto, en el fondo, ya superado por los escritores del siglo XIX, quienes comprendieron los límites del realismo. La novela, más que “reflejar” la realidad, construye otra realidad seleccionando y organizando los datos que le ofrece la experiencia. Lo hace de acuerdo a las normas y las leyes que el creador establece para el mundo al que pretende dar vida. En esto la novela se distancia de la crónica, se independiza de lo que se entiende por lo “real”, para que el autor pueda dar rienda suelta a la imaginación. Su compromiso será con la ficción, o con su postura frente a los hechos que sacuden a la comunidad, como bien lo expresara Gabriel García Márquez en un artículo publicado en 1959.
Al respecto, el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano formulaba esta pregunta. ¿Por qué la guerra protagonizada por las guerrilleras, el narcotráfico y el paramilitarismo, en las cuatro últimas décadas, no ha inspirado una sola novela importante? Previamente el periodista de El Espectador, Jorge Cardona había ofreció una relación de los padecimientos del país desde su independencia, las luchas maniqueas alimentadas por los poderes hegemónicos, para mantener a la población en guerra. Venganzas, masacres, intentos de regeneración frustrados, que añadieron más factores de conflicto y sabotearon la posibilidad de una paz negociada.
¿Cómo y desde donde narrar esa violencia? Sin lugar a dudas, los escritores colombianos fueron sensibles a esta realidad. Tanto es así que la novela de denuncia en los setenta saturó el corpus de la literatura, aunque con obras generalmente de dudosa calidad. Pero algunos ejemplos notables merecen una mención. Sabemos de las atrocidades cometidas en la lejana población de Tambo, en Antioquia, gracias a El día señalado, de Manuel Mejía Vallejo, premio Nadal en 1963. De lo ocurrido en Tuluá, en el Valle del Cauca, da cuenta Gustavo Álvarez Gardeazábal en Cóndores no se entierran todos los días (1971), Premio Ciudad de Manacor, novela canónica donde sobrevuelan los pájaros que sembraron el terror en Tuluá, y que parecen haber resucitado en las bandas paramilitares que cubren de sangre los territorios controlados por el narcotráfico y la guerrilla. La novela de las últimas décadas nos instala en diversos espacios del conflicto, rurales o urbanos, y ofrecen distintas perspectivas. La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, trata del mundo de las comunas y de los jóvenes delincuentes. En voz baja (1999), de Darío Ruiz Gómez, da cuenta del cambio de paradigma en los hábitos y en la estética de los enriquecidos con el blanqueo de dinero. Delirio, de Laura Restrepo, premio Alfaguara de novela 2004, tiene lugar en Bogotá y desvela los estrechos vínculos entre el narcotráfico y el poder, así como el desequilibrio a que da lugar, simbolizado en el ser femenino.
Evelio Rosero en Los ejércitos, premio Tusquets 2007, explora los terrores vividos en el mundo rural. La acción nos sitúa en un pueblo amenazado por los grupos armados.
Recientemente, Pilar Lozano publicó Era como mi sombra, novela breve que nos ofrece la perspectiva de un joven cuya única salida es ingresar en la guerrilla. La apartada población donde se sitúa sufre en silencio la brutalidad del conflicto sin encontrar otra salida. La perspectiva del indígena nos ha sido revelada con hondura y delicadeza por Mariela Zuluaga, en su novela Gente que camina (2013), un amoroso relato que nos introduce en San José del Guaviare en la selva amazónica, territorio enigmático donde sobrevive la casi extinta comunidad de los Nükaák que, atónita, huye de las masacres perpetradas por narcotraficantes y guerrilleros.
El material narrativo sobre este tema, reconocido, como se ve con distintos premios, no es escaso si consideramos que la violencia de los años cincuenta inspiró cerca de cien novelas entre la que puede incluirse Cien años de soledad. Por otro lado, la guerra que desencadenan el narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo en las últimas décadas ha motivado unos cincuenta títulos, según el novelista y profesor Óscar Osorio en su estudio El narcotráfico en la novela colombiana. También deberíamos sumar a esas obras relatos de índole distinta: testimonios de actores del conflicto recogidos por sociólogos y antropólogos como Alfredo Molano y Alonso Salazar, entre otros.
En resumen, el testimonio, la crónica y la novela en Colombia han ofrecido distintas versiones del conflicto, captando la atmósfera de terror; el desgarro de las familias, los secuestros, las desapariciones y los asesinatos en masa. A veces, los narradores han saltado de la novela a la crónica con la intención de abarcar las dimensiones de la infamia, como el propio Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro. Sirva este título para recordar sus palabas en el artículo de 1959, respecto a las matizaciones entre la crónica, la novela, y el testimonio que se vislumbra como posibilidad de escritura y de redención:
[…] un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto. Hay que confiar en que ellos prestarán buena ayuda a quienes sobrevivieron a la violencia y se están tomando el tiempo para aprender a escribirla, y en todo caso a los numerosos niños que la padecieron como una pesadilla de la infancia y ahora están creciendo en silencio sin olvidarla. La aparición de esa gran novela es inevitable en una segunda vuelta de ganadores. Aunque ciertos amigos impacientes consideren que entonces será demasiado tarde para que sirva de algo el contenido político que tendrá sin remedio, en cualquier tiempo.
De todas formas, seguiremos esperando esa “gran novela” en primera persona, que nos anticipa El olvido que seremos, donde su autor ha sido capaz de combinar con maestría, testimonio, autobiografía e historia para ofrecernos un conmovedor relato sobre esa intolerancia que ha sometido a la barbarie a un pueblo más preparado para la heroicidad y la grandeza que para las bajezas perpetradas por la maquinaria del terror.

martes, 8 de noviembre de 2016

A la memoria de mi amigo Enrique Romero

Hay personas que pasan por nuestra vida sin dejar huella pese a haber alterado nuestro destino. El tiempo va emborronando los nombres y los recuerdos hasta hacer desaparecer a quienes se convirtieron en obstáculo, o en mediadores, en el camino de los sueños. En cambio, hay otras que se quedan para siempre, por la influencia que ejercieron en nuestra manera de ver y percibir el mundo. Dejo aparte las relaciones familiares, ya que pienso solo en los amigos, criaturas elegidas con quienes compartimos experiencias, lecturas, ideas y actitudes vitales, aquellos que hicieron posibles complicidades y muestras de lealtad, en los momentos difíciles.
La amistad suele ser un privilegio y un don que reciben las personas que aprendieron a dar. Pero no siempre la amistad es diáfana. Depende de cada quien, de la paz que apacigua los temores, de la luz que ahuyenta los fantasmas, de la confianza en el otro y de la espontánea generosidad que pudiéramos apreciar o manifestar.
Con raras excepciones la amistad traza destellos de luz y señales en el camino como las que me brindó Enrique Romero, a quien yo llamaba Sergio Stepansky en honor al personaje del poema de León de Greiff. Nuestra amistad fue construyendo un hermoso paisaje de momentos luminosos. Se fue consolidando en encuentros casuales o provocados, desde aquel día que nos cruzamos en la librería Nacional de Bogotá en 1981. Acababa de nacer su hijo Camilo y él estaba orgulloso de tener un niño hermoso rebosante de salud. Había preparado su equipaje porque se marchaba al día siguiente a Barcelona. Prometió escribirme para darme sus coordenadas, lo que hizo, sin que yo tuviese la precaución de guardarlas. A los veinte años no apreciamos esos momentos clave. Solo el paso del tiempo nos enseña cuán importante fue la intervención del azar.
Enrique solía citar a menudo una frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita con el destino”. Tenía razón. En 1984 volvimos a encontrarnos casualmente en Madrid en aquel célebre congreso de escritores menores de 30 años donde coincidieron tantos latinoamericanos en España. Fue el comienzo de una enriquecedora experiencia, pues pese a vivir en distintas ciudades, compartíamos lecturas, reflexiones confidencias y encuentros familiares. De él recibí regalos inolvidables, obras de autores que me cautivaron y selecciones musicales que preparaba para mí. Enrique tenía una sensibilidad especial y una gran intuición para apreciar la maestría o el virtuosismo de un artista.
Pero Enrique no solo era un exquisito lector sino también y, por encima de todo, un apasionado de la música latinoamericana, en especial la del Caribe, que conocía hasta la erudición y que disfrutaba hasta el frenesí. Esta pasión alimentó su vida y canalizó el caudal de energía que lo arrastraba, convirtiéndose en una manera de estar en el mundo y en su medio de vida. Fue un privilegio que se pudo permitir arriesgando, incluso, muchos de los bienes que poseía.
Con el apodo de “El Molestoso”, como decidió llamarse, en honor a Eddie Palmieri, Enrique ejerció un liderazgo indiscutible como difusor y promotor de la música del Caribe en España, concretamente desde Barcelona, de lo que da cuenta la necrológica publicada en la revista Clave. Nos deja páginas memorables en la revista El Manicero, fundada por él, así como programas de antología en la emisora Radio Gladys Palmera. Enrique también fue director de la colección discográfica Música del Sol, que ofreció cuidadas selecciones de clásicos y de versiones inencontrables. Fue un radiofonista notable, que en su programa “Picadillo” seguía desde la salsa brava hasta los boleros. También promocionó generosamente a grupos y a artistas emergentes de Colombia, Cuba, Puerto Rico o España. Sobre sus conocimientos musicales nos deja, entre otras publicaciones, un libro, Salsa, el orgullo del barrio, y una serie de artículos que se publicaron bajo el título de Gramática rítmica en el Centro Virtual Cervantes.
En uno de estos artículos se preguntaba ¿Qué es lo exótico del Caribe, desde el punto de vista o el sentir de los foráneos? Inspirado en su maestro Antonio Benítez Rojo, respondía:
“Todo, excepto las empresas multinacionales. Las playas, el humor, las formas de andar, bailar, hablar, gobernar, vender, matar, jugar, estudiar, trabajar... Todo está barnizado por esa cierta forma especial de ser y estar que sólo se da en el Caribe. […] es una mezcla enigmática de sentido del humor, sentido del ritmo, sentido de la realidad, sentido de la posibilidad y, sobre todo, un sentido del presente que dinamita la concepción del tiempo. El ayer y el mañana son tramos menores del presente, porque en el Caribe cuenta más el espacio y la posesión generosa del mismo; la pista de baile, la esquina, el parque, la calle...”
En realidad, Enrique se refería a sí mismo, a su propia actitud vital, que mantuvo incluso en la heroica batalla que tuvo que librar contra la enfermedad. Con la música, que tomó posesión de su cuerpo, Enrique se fue en silencio una madrugada de domingo. Por suerte, para él, y para quienes lo llevamos en el corazón, las amorosas manos de Isabel Llano, su compañera, cerraron sus ojos y lo cubrieron de amor en el último y definitivo viaje hacia la pista del cielo donde, sin duda, danza con las constelaciones. Permanecerá dentro de nosotros su música y su timbre de voz. Su sonora carcajada celebratoria seguirá transmitiéndonos el calor con el que acogía a los amigos.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El Quijote desde América*

De la temprana recepción del Quijote en América tenemos noticias por las crónicas que refieren la vida en La Indias. Se tiene noticia de que la obra no solo fue leída enseguida, sino que los personajes alcanzaron de inmediato celebridad al ser representados en piezas teatrales, como la que se llevó a cabo en la población de Pausa, en el virreinato del Perú, en el año de 1607, con motivo del nombramiento del virrey de Montesclaros. En “Cauallero de la Triste Figura don Quixote de la Mancha...”, actuaban los nativos engalanados como suponían deberían estarlo don Quijote, el cura, el barbero y Sancho Panza.
Francisco Rodríguez Marín señala que hubo festejos similares en otras ciudades peruanas, así como en Nueva España, actual México, a lo largo del siglo XVII e incluso en el XVIII. No debe extrañarnos que esta obra se conociera tan pronto en Hispanoamérica, si se tiene en cuenta que la suerte del Continente americano ha estado íntimamente unida al libro y a la escritura desde su descubrimiento por los europeos. Los documentos desmontan el tópico de que la conquista fue obra de rudos aventureros analfabetos.
Según el historiador Leonard A. Irving, los libros adquiridos en la metrópoli eran pieza clave del comercio de Las Indias. Para llegar a los lectores, los libros no solo tenían que atravesar un océano, sino además, abrirse camino entre la difícil y accidentada geografía: escalar los Andes, atravesar ciénagas y ríos caudalosos. Un embarque importante fue el que un tal Diego Correa le envió a un tal Antonio Toro en Cartagena de Indias, actual Colombia, a bordo del Espíritu Santo, y que consistía en bultos de libros con 100 ejemplares de Don Quijote de la Mancha.
Efectivamente, durante la colonia los libros entraban por puertos como los de Veracruz, en México, y Cartagena de Indias, en Colombia. Cuando los empleados aduaneros visitaban los barcos encontraban ejemplares del Quijote en los camarotes de los pasajeros, lo que evidencia que la lectura del libro había empezado en alta mar. Así, los conquistadores llevaron consigo el hábito de la lectura. Pero al lado del Quijote viajaron hacia a Las Indias, libros apreciados como El Lazarillo de Tormes y La celestina, aunque su aceptación no puede comparase con la que alcanzaron el Quijote y el Guzmán de Alfarache. Éste último superó en ventas al primero, al menos durante los años inmediatamente posteriores a la primera edición.
Sobre cómo fue leído el Quijote en Las Indias a lo largo de los siglos XVII y XVIII, hemos de señalar que la obra se consideraba de entretenimiento y su lectura fue prohibida por las autoridades. Las leyes decían que los nativos no debían leer aquello que despertase su imaginación y que los desviase de los preceptos religiosos, o los hiciese dudar de la obediencia debida a la Corona española. Como es lógico, tal restricción incrementó el comercio de obras prohibidas de manera notable. Lo demuestran los despachos de los libreros, como el de Alcalá de Henares, Juan de Sarriá. Los documentos indican que de los 1.000 ejemplares editados en la primera edición, llegaron unos 400 a Las Indias, cifra notable para la época.
Gracias al comercio de libros los personajes cervantinos fueron ampliamente conocidos, más que por la lectura, por la tradición oral. Al respecto, sugiere el colombiano Germán Arciniegas, que don Quijote y Sancho se les escapó de las manos a Cervantes, se convirtieron en los personajes más populares del mundo, entraron a la buena compañía de los analfabetos, que no ignoraban la pelea con los molinos de viento, el manteamiento de Sancho, las escenas con Maritornes en la Venta, lo ocurrido en la cueva de Montesinos.
El personaje cervantino pertenece a la tradición cultural hispanoamericana y ha sido interpretado de acuerdo a la época. No siempre se comprendió su idealismo ni su defensa de la libertad. En el siglo XVII, el Caballero de la Triste Figura era símbolo de la derrota y su locura no se consideraba heroica. Las hazañas del personaje también en Las Indias se tomaban por insensatez, temeridad, desviación de la norma o desatinos que motivaban la risa.
Hasta el siglo XVIII en La Indias se tiene noticia de adaptaciones teatrales, como la que se llevó a cabo en México en 1794 del episodio de las bodas de Camacho. Por entonces, el mexicano Fernández de Lizardi escribe La Quijotica y su prima, una narración en la que lo quijotesco, aplicado a la mujer, se traduce como disparate, extravagancia y temeridad. Hay que esperar al Romanticismo para que se produzca ese cambio semántico que relaciona al hidalgo con los altos ideales, que alimentaron las proclamas de los próceres en las luchas de independencia. En el proceso de construcción de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas se asiste a una apropiación del espíritu de Cervantes en el discurso político, y en el ensayo literario o sociológico. La apelación al mito funcionaba en la medida en que las jóvenes repúblicas habían hecho suyo el mundo del Quijote.Colombia, por ejemplo, lo relacionaba con el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santafé de Bogotá. Autores como Eduardo Caballero Calderón concluyen la obra de América se debe al espíritu quijotesco. Al mismo tiempo, el interés de Cervantes por ocupar un cargo en Las Indias se tiene como rasgo de su “indianidad” y esta circunstancia ha alimentado unas cuantas fantasías.
Las Indias fue un destino soñado por autor del Quijote, que quiso ocupar alguno de los cargos vacantes por entonces en las colonias, uno de ellos, en Cartagena de Indias, en el Nuevo Reino de Granada. A raíz de esta pretensión, la literatura especula sobre lo que le hubiera podido ocurrirle de haberse cumplido su propósito, el cual era ocupar la plaza de contador de galeras en Cartagena de Indias. Igualmente corría el rumor de los restos del Quijote se encontraban en la castiza y noble ciudad de Popayán (Colombia) donde se asegura que sus locuras hubieran sido objeto de veneración, no de burlas.
En Colombia se relaciona don Quijote con Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. Esta forzada coincidencia da pie a conjeturas borgianas, como la del autor que es soñado por su personaje, y el personaje que emprende el viaje soñado por el autor, etc. A partir de esta idea, la imaginación traza diversos caminos al hidalgo manchego, alter ego de Cervantes. Los paralelismos vienen al caso, pues Jiménez de Quesada también vivió entre los libros. En un arranque de locura se embarcó en la aventura de la conquista, arrastrando a gentes del pueblo a quienes les ofreció una ínsula en las Indias. Como un Quijote padeció hambre y quebrantos de salud. El Quesada, que se queda en la Península, el sobrino del Adelantado es, según Germán Arciniegas, el que inspira a otro Cervantes, el llamado Quijada que cuenta las locuras de su pariente en las Indias. Rubén Darío, a su vez, escribe un cuento fantástico titulado D.Q., que sitúa al hidalgo en la isla de Cuba en el fragor de la guerra de independencia. Antes que rendirse, en un acto suicida, don Quijote se lanza al abismo. Para Rubén Darío este es el final de un imperio, simbolizado en la imagen de una fragata española varada en la costa de Santiago, igual que la rota armadura del Caballero de la Triste Figura estrellándose contra las rocas. En el Ecuador, fue el ensayista Juan Montalvo quien le rindió homenaje a Cervantes en su célebres Tratados (1882) con los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, obra original y audaz, que se convierte en sí misma en una aventura quijotesca en la que su autor se atreve a criticar episodios del Quijote que considera de crueldad infamante.
La parodia más sorprendente es la concebida por Jorge Luis Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, texto incluido en Ficciones, que encierra algunas claves sobre las concepciones literarias del autor argentino: invención, juego de espejos, acertijos, palimpsesto, diálogo con otras literaturas, referencias apócrifas y guiños al lector, a quien pretende engañar con la existencia de Menard que no quiere solamente imitar al Quijote, sino volver a escribir el Quijote exactamente igual.
El texto de Borges distingue entre el narrador, el autor y el personaje. Para escribir el Quijote Menard asegura necesitar: “Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años 1602 y 1918 ser Miguel de Cervantes.” Es un ejercicio que Borges considera inútil por tratarse de locura quijotesca. ¿Qué sentido tiene querer volver a escribir el Quijote tal cual? La lengua habitual en el siglo XVII, escrita en el XX, resultaría afectada y antinatural. El cambio, por tanto, no se produce en la obra sino en el lector. El cuento de Borges es una metáfora sobre los efectos del tiempo en la obra literaria.
Como decía al principio, la lectura que Romanticismo hace del Quijote y de su personaje rompe el tópico del cómico, para simbolizar en él la búsqueda de amplios horizonte, que coinciden con los ideales de igualdad, justicia y libertad, valores que son el emblema de muchas repúblicas hispanoamericanas. La imagen del Quijote revive en el los discursos fundantes desde Simón Bolívar, hasta José Martí, e incluso alcanza a la izquierda redentorista que tuvo en el Che Guevara la imagen viva del Quijote.
Producto de la imaginación y de la temeridad quijotesca, la fábula cervantina se concreta en América y el Nuevo Mundo, cuyo correlato es la ínsula de Sancho, un laboratorio de ideas donde, deben ensayarse distintas formas de gobierno. Eso explica muchas de las disputas en las primeras décadas del siglo XIX que en Hispanoamérica impidieron la organización de los nuevos países. Por eso alcanzan vigencia los consejos del escudero. Sorprende a muchos la demostración de sentido común y la natural idea de la justicia que late en la entraña del pueblo encarnado en la figura de Sancho Panza.
Sancho, en consecuencia, ocupa un lugar predominante en los discursos políticos del siglo XIX. Precisamente, en Colombia en 1837 se editaba una hoja suelta destinada a la crítica de la situación política, titulada, El Sancho Panza. Sancho representa al pueblo soberano que pone el dedo en la llaga y habla en nombre de los desposeídos. Ataca a los oportunistas, que se apoyan en derechos por su linaje o reivindican su participación en las guerras de independencia. La hojita denuncia problemas prácticos: conflictos por las minas de sal, la educación doméstica, la justicia, el empleo, pero siempre ensartando refranes propios de Sancho.
Raúl Porras Barrenechea, que sigue la huella de Cervantes en el Perú, recuerda a Juan Manuel Polar quien escribió Don Quijote en Yanquilandia. Allí los críticos más destacados como Riva Agüero y Miró Quesada se complacen en señalar la influencia de Garcilaso de la Vega en el Persiles de Cervantes. Es decir, cada País busca conectar su propia tradición con el Quijote. Del mismo modo, la Argentina de comienzos del XIX se apoya en la figura del Quijote. Ensayistas y estadistas como Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento la utilizan con fines paródicos para volcar sus ideas aplicadas a la construcción del país, después de las gestas independentistas. Su conclusión es que el Quijote, convertido a la causa republicana, comprende que no es posible extinguir a sablazos las tinieblas y la ignorancia de la cabeza de un pueblo, que ignora el gobierno de sí mismo. Sarmiento, en cambio, pone en boca de un espiritista sus ideas sobre don Quijote en un texto publicado en La Nación desde donde se animaba un debate de ideas sobre la construcción del país. Para él, don Quijote representa el progreso, a la vez que puede entenderse como un programa de gobierno.
En definitiva, la huella de Cervantes sobrevive en Hispanoamérica a lo largo de los siglos, de modo que la celebración del Tercer Centenario del Quijote en 1905 no pasó inadvertida. La efeméride dio lugar a una extensa bibliografía ensayística en todos los países. La generación modernista, tan vinculada a España, exaltó la figura del hidalgo como emblema de la hispanidad. Los intelectuales hacían frente común con España para marcar sus diferencias respecto al arrogante espíritu anglosajón, pues, tras la derrota de Cuba, los Estados Unidos se convertían en una amenaza para las jóvenes repúblicas.
En las últimas décadas y a raíz de la celebración del Cuarto Centenario del Quijote, la intelectualidad vuelve sobre la obra y el personaje para recordarnos su vigencia en la tradición cultural hispánica. El crítico Rafael Gutiérrez Girardot traería al presente la ética de la solidaridad de la que da muestras la obra, a la vez que deploraba el imperio de los antivalores impuestos por el neo liberalismo, para concluir que el Quijote en estos tiempos representa la esperanza en la utopía.
El ideal quijotesco coincidió en algún momento con los sueños de cierta izquierda utópica o romántica. Germán Arciniegas ya lo había señalado al recordarnos que la amistad que une a don Quijote y Sancho es el más democrático de los ejemplos. Según él, la pasión por la libertad pone a don Quijote al lado de la izquierda, donde también se encuentra el corazón. Su locura, nos dice, no fue otra cosa que “una forma disimulada de protesta”.
Las actividades que en los últimos años se llevaron a cabo con motivo del Cuarto Centenario de la Primera Parte del Quijote, demuestran la vigencia del mito cervantino. Punto de referencia de un concepto posmoderno de la literatura, la obra le asigna al autor una vigencia y un peso en la cultura universal, que va más allá de las fronteras del idioma. Entre la ingente bibliografía, las numerosas ediciones y traducciones del libro a todo lo largo de Hispanoamérica, llama la atención un caso curioso que traigo aquí. La traducción del Quijote al dialecto paisa, el de la región antioqueña en Colombia, una versión abreviada de la que recojo este párrafo que puede dar cuenta de una determinada lectura del Quijote, en una época y en lugar le Colombia : "[…] don Quijote era un caballero alto flacuchento, alentado y madrugador, y se pegó una encarretada con los libros de caballería, de vez en cuando se iba a visitar a sus únicos amigos, el cura y el peluquero, y con ellos hablaba las aventuras de estos libros. Hasta tanta leedera don quijote estaba muy loco y se creía muy ciertas las historias que leía"»
Texto leído en Villanueva de los Infantes dentro de las jornadas Encuentros con Cervantes el pasado 5 de noviembre.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Juan Gustavo Cobo Borda y sus Papeles americanos

El recuerdo que tengo de Juan Gustavo Cobo Borda es tan grato que me resulta muy emotivo presentar este libro suyo que traza la cartografía de sus pasiones. Cuando lo conocí, hacia finales de los setenta, Cobo era una suerte de enfant terrible que sacudía el ambiente intelectual bogotano con sus opiniones sobre la literatura colombiana. Ocupaba por entonces el cargo de asesor del Instituto Colombiano de Cultura donde también era director de publicaciones. Antes había sido gerente de la mítica librería Bücholz, un paraíso para quien sucumbía a la devoradora pasión de la lectura. Allí encontró cuanto ambicionaba como lector. De alguna manera se cumplía su deseo de tener todos los libros, y de contar con el tiempo para leerlos y reseñarlos. De estos años nos dice el propio Cobo:
"Abandoné cualquier posible carrera universitaria —derecho, filosofía, idiomas— por ser gerente de una librería de siete pisos, en pleno centro de Bogotá. Era la librería Bücholz, en la Avenida Jiménez de Quesada con la carrera octava. Sería el año de 1968. Luego, durante ocho años, a partir de 1975, fui editor de 300 títulos en el Instituto Colombiano de Cultura."
En estos 300 títulos a los que se refiere, Cobo Borda rescató para nosotros una tradición literaria enterrada debido quizás a nuestra producción crítica pobre, cargada de prejuicios y académicamente cerrada, o simplemente ignorante del proceso de la literatura en el país. Gracias a él recuperamos la obra de un novelista como Osorio Lizarazo que cuestionó la idea de muchos profesores respecto a la inexistencia de una literatura urbana en Colombia, anterior a las novelas Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, o Los parientes de Ester de Luis Fayad, publicadas a finales de los setenta. Muy pocos por entonces habían leído Casa de vecindad de Osorio Lizarazo, que en los años treinta, a manera de diario, ya nos revelaba los conflictos del individuo en la ciudad.
La Biblioteca básica, fue el nombre de esta colección que puso a nuestro alcance un ensayista excepcional como Baldomero Sanín Cano, contemporáneo de José Asunción Silva, que quedó rezagado porque no se le pudo aplicar la etiqueta de modernista. Éste atravesó todo un siglo y estuvo por encima del provincialismo o el cosmopolitismo de su época. Finalmente ocupó un lugar en el paradigmático trabajo de José Miguel Oviedo, que lo sitúa más cerca de la posmodernidad.
Así, Cobo amplió el corpus de nuestra literatura y también nuestros horizontes mentales. Si bien se mostraba irreverente con los manuales de literatura y escandalizaba con su desdén y sus tajantes descalificaciones, libros suyos como La alegría de leer (1976) y La tradición de la pobreza (1980) o Antología de la poesía hispanoamericana (1985) y son un referente. Allí nos invitaba a despojarnos de la pereza de pensar; de la erudición sobre el pensamiento, y del elogio sobre la crítica. Sobre esta actitud suya nos dirá:
"[…] me gusta escribir sobre los libros que amo y denigrar de los que detesto, aun cuando, como me lo recordaba Guillermo Sucre, la lucidez también es errática y cruel. No hay que permitir que ella nos convierta en jueces. Sin embargo, ambos ejercicios —amar y odiar por escrito, razonándolo— agilizan la prosa y vuelven mucho más preciso el gusto. Se aprende a concretar admiraciones y desprecios, tarea tan necesaria en estas tierras yermas y pusilánimes."
Cobo Borda también nos enseñó a apreciar de otra manera la obra del polémico ensayista Germán Arciniegas, de quien retoma su vocación americana, pero en su caso, alejada de las consignas políticas. Esto explica el título del libro que refiero: Papeles americanos con el que el Instituto Caro y Cuervo le rinde un homenaje. Me parece a mí que Cobo comparte con Arciniegas cierta irreverencia. No hay que olvidar que el autor del conmovedor ensayo América tierra firme, se propuso volver del revés nuestra histórica enseñándonos lo mucho que América aporto a los europeos.
Además, Cobo Borda comparte con Borges su actitud de “no tomarse demasiado en serio”, que atraviesa sus primeros poemas, en libros como Ofrenda en el altar del bolero (1981), pero que derivará en la búsqueda del goce sensual, como él mismo explica:
“[…] aspiro a que mis poemas expresen el goce y el encanto, la emotividad honesta y la dicha a flor de piel. Mi perplejidad oblicua y mi furia purificada. Como dice el maestro Obregón: mi oficio es estar inspirado”.
Precisamente, Borges es para Cobo Borda una pasión irrenunciable. No en vano, el primer artículo de Papeles americanos se titula "Volver a Borges" una visita que empieza con los orígenes literarios del autor en España, pasando por su descubrimiento de las calles de Buenos Aires, después por sus arrabales, hasta la provincia donde se reencuentra con la tradición gauchesca para acabar perdiéndose en lejanas en remotas tradiciones, buscando a los muchos Borges que fue.
Cobo Borda traza de este modo una cartografía, a la vez que señala convergencias, puntos de encuentro en el tiempo y en el espacio. Del México de Octavio Paz nos lleva al Buenos Aires de Cortázar. Siguimos con él azarosas travesías como las de sirios y libaneses que llegaron a Colombia y arraigaron en el país. Meira del Mar, Luis Fayad y Giovanni Quesseps, autores que hacen parte del canon de nuestra literatura, son ejemplo de ello. Sorprende su capacidad para establecer conexiones, su aguda mirada cuando lee entre líneas lo que no es evidente para el lector, o cuando descubre la humanidad del autor y pone en evidencia sus contradicciones, como en el caso de Pablo Neruda.
También podríamos trazar una genealogía y una cartografía del propio Cobo Borda que lo situaría en su ciudad natal, primero en los claustros de la Universidad Nacional, que abandona para entregarse a los libros. Luego en la mítica librería Bücholz de la avenida Jiménez de Quezada donde también dirigió la revista Eco -que tuvo como redactores, además de Cobo Borda, a José María Castellet-. Años después como director de publicaciones de Colcultura y de la revista Gazeta que nos deleitó con monográficos a través de los cuales nos pusimos al día con la literatura que se escribía en nuestros países vecinos, por entonces. Posteriormente lo veríamos como subdirector de la Biblioteca Nacional y más tarde, como diplomático en Buenos Aires, Madrid y Atenas, siempre en relación con los libros; hasta llegar a la biblioteca de su casa desde donde nos habla.
He de aprovechar esta ocasión para manifestar lo mucho que debo a Juan Gustavo Cobo Borda como colombiana y como escritora. Agradezco, por encima de todo, el privilegio de una amistad en la distancia, su reconocimiento emocionado de alguna lectura y más de una oportunidad, que me permitió seguir adelante en este incierto camino de la escritura. Cierro este homenaje con unos versos suyos impregnados de tensa y contenida rebeldía, donde presentimos al poeta en diálogo consigo mismo.
Escribir como se nos da la gana,
sin laúd,
un idioma para ladrar desde las tablas del escenario.
No esta literatura, como dijo Martín Adán,
que 'huele a ropero de vieja
con vagos efluvios de tomillo,
llena de vagos pecados que no llegan a cometerse'.
¿Pero se puede acaso escribir sin censura,
vale la pena decir todo?
Se hizo la pregunta a sí mismo
pero era en realidad una pregunta retórica.
Tomado del poema “Poesía y naturaleza: relaciones oblicuas”.

domingo, 10 de abril de 2016

De Jeromín a don Juan de Austria, Luis Coloma

Don Juan de Austria (1547-1578), hijo bastardo del emperador Carlos,hermano de Felipe II, llegó a ser muy temido en la Europa de su tiempo. Héroe de Lepanto, la batalla que aseguró la hegemonía sobre el Mediterráneo de las potencias europeas, fue amado por unos, envidiado por otros. Entre luces y sombras, su vida se vio sujeta a las intrigas palaciegas que precipitaron su amargo final. Con los triunfos bélicos conseguidos aseguró los dominios del imperio español en Italia y Países Bajos. Esto no lo hizo, sin embargo, merecedor de la confianza de su hermano, todo lo contrario, temeroso de que pudiera abrigar tanta ambición como para arrebatarle la corona, Felipe II lo mantuvo alejado de la Corte y de España. No le reconoció debidamente los méritos, ni le concedió los privilegios prometidos, como tampoco facilitó que se le rindieran los honores de alteza real, a los que tenía derecho. Influyó en la severidad y ambigüedad de su conducta, según parece, el célebre Secretario de Estado, Antonio Pérez quien alimentó dudas respecto al hermanastro.
La juventud intrépida de don Juan, su valor, osadía y mesura en los asuntos de Estado inspiraron una leyenda que dio lugar a numerosas novelas y relatos. Quizás la más conocida sea la del sacerdote jesuita Luis Coloma, Jeromín escrita en 1903 y publicada en 1907. Autor del relato infantil El ratón Pérez, Coloma es considerado por la crítica académica como un “novelista menor del realismo” (véase Emilio González López, 1965). Pero su talento narrativo fue reconocido por Emilia Pardo Bazán, católica como él, quien señaló en su novela Pequeñeces (que se instala en el periodo de la Restauración en España) un “realismo calculado”, así como una especial habilidad para seleccionar con atrevimiento y cautela determinados detalles de la realidad que seducen al lector.
Como novelista, Coloma no pretendía polemizar con los historiadores, mucho menos cuestionar hechos asumidos por las instituciones del poder. En el Manual de literatura española (1983) Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres consideran que Jeromín es la mejor obra del autor. La fuente de Coloma para este relato histórico es Lorenzo Van der Hammen, primer biógrafo de don Juan, a quien cita a menudo. El manual destaca en Jeromín la muy bien lograda ambientación de la época y el aprovechamiento por el autor de los aspectos de mayor interés novelesco. Viene a decir lo mismo que Pardo Bazán, quien sabía de lo que hablaba porque conocía sobradamente a los grandes realistas franceses y rusos.
¿A más de un siglo de la publicación de esta novela, qué provecho y disfrute podemos sacar de la misma? Al margen de la ideología del autor y de su intención en el momento en que ve la luz este libro, pienso que el mérito radica en su apropiación del realismo entendido como "efecto de realidad" y en el tratamiento de un personaje cautivador, que desconoce sus orígenes y está llamado a realizar grandes hazañas. La humildad del niño Jeromín contrasta con la figura de don Juan que representa el poderío de la Corona española en lucha contra los moriscos rebeldes de Granada, así como contra los turcos y los protestantes. Pero, a la vez, este joven apuesto se convierte en el espejo en que se mira un monarca de compleja personalidad, severo y de proverbial austeridad.
La obra alcanzó una importante recepción como lectura juvenil, ejemplo de valores cristianos. Pero es obvio que el anticlericalismo de la España de principios del siglo XX no simpatizaba con autores como Coloma. Más allá de la cuestión religiosa de fondo, Jeromín atrapa porque instala al lector en la situación de un niño que no sabe quién es. La incertidumbre de los orígenes es patrón que ofrece grandes posibilidades narrativas. Como en un folletín, el niño que juega en la calle con los rapaces descubre su linaje real, alimentado con ello la imaginación popular. Jeromín conoce a su verdadero padre, el emperador Carlos V, a la edad de once años y a su hermano, Felipe II, a los catorce. En la corte se ve envuelto en asuntos turbios relacionados con el enfermizo y trastornado príncipe Carlos, que pretendía asesinar al rey, su padre. Don Juan sale airoso de este episodio, rumbo a Italia para cumplir con la misión militar al servicio de la Corona en la que también se embarcaría Cervantes, su contemporáneo.
El hábil manejo de la intriga nos instala en la España de Felipe II, en las costumbres de la Corte y en la mentalidad de la época. Poco importa la ideología del padre Coloma para quien la novela es como el púlpito y su función de narrador no es otra que predicar el Evangelio. La obra sobrepasa esas limitaciones al penetrar la realidad y descubrirnos verdades humanas universales. No existen razones para descalificar a un autor por la ideología que profesa. Francia aporta ejemplos de autores católicos como Joris-Karl Huysmans, en su segunda época, o Paul Claudel que hacen parte del canon literario, sin que la crítica autorizada los menosprecie.
Destaco en esta novela de Coloma su habilidad para dosificar la información (el realismo contenido al que se refiere Pardo Bazán). Paso a paso, el narrador nos prepara para que simpaticemos con su personaje. Lo vemos jugando en la calle a moros cristianos con otros niños de su edad. De repente, unos seres extraños le arrebatan aquella infancia feliz. Lo que sigue es una preparación para conducirnos a la verdad, cuando el niño se entera de que su padre es el emperador Carlos V, quien está próximo a morir, como se representa en un célebre cuadro. Esta verdad viene envuelta en los velos del protocolo que exige la corte con su séquito de secretarios y ayudas de cámara. Después vienen los años de estudiante en Alcalá de Henares, junto con el príncipe don Carlos y Alejandro Farnesio. Allí deja memoria de sus amores y una hija que ingresará en una orden religiosa. Su vida posterior de militar y político pasa por un intrincado laberinto burocrático que le impide disfrutar plenamente de los triunfos. En el relato desfilan personajes oscuros como la princesa de Éboli y luminosos como Teresa de Jesús.
Resulta decisiva la cristiana educación que recibe don Juan de los padres adoptivos, que respetan su inclinación por la carrera militar sin imponerle la vocación religiosa. Nobleza, prudencia, prudencia, humildad, heroicidad y generosidad, son las virtudes que adornan esta personalidad. Es muy difícil no simpatizar con él; por eso conmueve su tragedia, la temprana muerte del joven militar que fue todo aquello que Felipe II no llegó a ser, rápido con la espada, desbordante de ánimo y amante de la guerra. Las circunstancias de su muerte no se desvelan en este relato, quedan sombras que señalan a personas influyentes como el mismo Antonio Pérez, sobre quien el autor corre un velo. Coloma entiende que corresponde a los historiadores desvelar el misterio a partir de las fuentes documentales.

domingo, 27 de marzo de 2016

Antonio Beneyto, pintor postista

Antonio Beneyto se define como “postista gótico” con las connotaciones que los dos términos arrastran, entre otras, postura ética y estética y arraigo en un lugar con su historia. Heredero de las vanguardias de entreguerras, el postismo en el que se circunscribe su obra retomó el aliento del surrealismo hacia 1946, en un momento en que España vacilaba entre el concepto purista de la poesía y el compromiso social. Los postistas, en cambio, defendían el impulso de la imaginación libre, en el arte, y el sentido lúdico de la vida. Humor, disparate, absurdo y locura, alimentan la poesía de autores como Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro, fundadores del movimiento, junto con el italiano Silvano Sernesi.
El poeta Jaime Parra, en su prólogo al libro de Beneyto Un bárbaro en Barcelona, define el postismo con gran precisión: “Porque el postismo es un ismo singular, fraterniza. Euritmia es su definición como Eureka es su resolución. Euritmia entre los ismos, armonía, exaltación. Espontaneidad, líneas, enderezamiento, juego, enigma y morfología. Nadie atinará a ver el postismo si no es un iniciado, si no tiene ojo y oreja.” Y es que gracias a la agudeza de los sentidos y a una apertura mental, es posible acoger al otro y enriquecerse con sus aportaciones; renovarse con lo inesperado, como ocurre con ciertas figuras clave que, sin proponérselo, se fusionan con extrañas materias sin temor al contagio, alimentado su obra de diversas influencias.
El hecho es que los poetas españoles de finales de los cuarenta se desviaban de la tendencia hegemónica canalizando su inspiración hacia las propuestas vanguardistas, relegadas tras la guerra civil. Por el contrario, el surrealismo en Hispanoamérica seguía una línea de continuidad en un terreno tan propicio como el del Río de la Plata donde produjo fantásticos frutos. Allí una importante nómina renovaría las formas, agrupados primero en torno a publicaciones como Que (1928), revista fiel a las propuestas de Breton y posteriormente de Ciclo (1948-49), abierta a otras estéticas vanguardistas; o A partir de 0 (1952-1956), dirigida por Enrique Molina, figura emblemática del surrealismo en aquella región. Humor, erotismo, absurdo, imaginación y pulsión rupturista, definirían su poesía.
No hay que olvidar que fue un uruguayo nacido en 1846, el conde de Lautremont, quien presintió, gestó y conjuró en sus Cantos de Maldoror el surrealismo. Tampoco podemos pasar por encima de esa rareza inclasificable que ilumina nuestro horizonte intelectual, Macedonio Fernández, maestro de Borges, filósofo ajeno a toda erudición libresca y de una deslumbrante sabiduría. En el modesto lugar, en el que se situó él mismo, fue mucho más lejos que ninguno en sus búsquedas, quebrando las categorías filosóficas para instalándonos en una nueva visión del cosmos y una propuesta vital que formula en obras como No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Estos dos nombres explican la fascinación de Beneyto por los personajes, los temas y las locuras de “la otra orilla”, de donde llegan los aires renovadores que necesitaba una parte de juventud española de los sesenta y setenta.
Como es sabido, desde Rubén Darío, a España solían arribar los intelectuales con cargos diplomáticos, o como estudiantes. Recordemos en los cincuenta a los integrantes del grupo de la revista Mito en Colombia los poetas Eduardo Cote Lamus, Jorge Gaitán Durán, o el crítico Rafael Gutiérrez Girardot, fundador de la editorial Taurus. También al novelista Eduardo Caballero Calderón, fundador de la editorial Guadarrama. Destaca entre ellos el poeta Eduardo Carranza, mimado por el régimen, cuya presencia marcaría un momento en las relaciones intelectuales entre España e Hispanoamérica con la creación del Instituto de Cultura hispánica. Fuera de ese circuito podemos mencionar al narrador y poeta Darío Ruiz Gómez del que diría su amigo y compañero de estudios, Rafael Conte, que ya había leído todos los libros del mundo.
De otra naturaleza serán las redes que fue tejiendo Antonio Beneyto en Barcelona en torno a afinidades y elecciones, al margen de la cultura oficial. Si bien la posguerra había condenando al exilio a sus intelectuales, la relación con los compatriotas no se rompió. Ahí estaban las revistas, los libros que podían colarse en el equipaje de los viajeros y la relación epistolar que hoy se ha perdido con las tecnologías. Entonces, gracias a las cartas que iban y venían, se concretaban los proyectos. Así contactaron por primera Alejandra Pizarnik y Antonio Beneyto quienes no se conocieron personalmente.
También hay que tener en cuenta el impacto del boom que en los setenta trajo a la Península a autores de la dimensión García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa, quienes revolucionaron el arte de narrar con sus propuestas vanguardistas. Estos ponían en cuestión la noción de la realidad, rompiendo la secuencia lineal del tiempo, trastocando la percepción del espacio, abordando desde distintas perspectivas al personaje o borrando las fronteras entre el sueño y la realidad, como si el fluido surrealista hubiese contaminando la novela. Con ellos Barcelona se llenó de “salvajes” aprendices de escritores que querían matar al padre. Estos no eran postistas, sino posmodernos tras las huellas de Cortázar, el niño gigante que nos devuelve al encantado jardín de la inocencia donde quedara presa del asombro Alejandra Pizarnik.
Gracias a la dinámica teoría de los vasos comunicantes, del puerto de Buenos Aires al puerto de Barcelona, Beneyto, poeta, pintor, ensayista, narrador y editor, tiende una red que alcanza a Venezuela, Colombia y México. Las luces del surrealismo encienden su imaginación, afinan el oído y la vista para las visiones nocturnas que salpican sus telas y que evocan las pesadillas del conde de Lautremont, o los desgarros de Pizarnik. El punto de encuentro, insisto, es la ciudad condal; el vínculo entre ellos es el surrealismo, como espiral que se concentra en torno a Maldoror y se expande hacia otras épocas y geografías.
Servirá de puente el poeta y pintor Antonio Fernández Molina, ligado a la revista dirigida por Camilo José Cela, Papeles Son Armadans, quien le dio a leer a Beneyto -también colaborador de esa revista- el libro inédito Nombres y figuras, de Pizarnik, que lo deslumbró, por lo que se propuso publicarlo en la colección a su cargo. A partir de ese proyecto se inicia una relación epistolar en la que se intercambian dibujos, fotografías y poemas, la vez que se comparten lecturas. La relación traerá a otros argentinos como el poeta y editor Arturo Carrera, que iba a Barcelona a ver García Márquez, Dalí; a Julio Cortázar con quien Beneyto mantiene correspondencia y a quien despide en el aeropuerto tres meses antes de su muerte.
También está en esa red el poeta y editor argentino patafísico, Norberto Gimelfard, Adolfo Bio Casares y Raúl Núñez cuyo encuentro Beneyto nos describe así en sus Escritos caóticos: “Raúl Núñez ya llegó enganchado, enganchado a lo beatífico o para mejor decir, a lo beat: él sabía de los Kerouac, Carrady, Ferlinghetti, Corso, Orlowsky, Burroughs, Gysin, Ginsberg y por algo traía entre su equipaje los poemas de los ángeles náufragos.” (pág. 28). La cita es en El Paraigüa en el barrio gótico donde lo espera leyendo Los Cantos de Maldoror. En este libro Beneyto también da cuenta de la fascinación por Macedonio Fernández, y Oliverio Girondo.
De otras geografías, acaso enmarañadas, abruptas y anegadas de sueños, viene el venezolano Arturo Uslar Pietri, paisano de José Antonio Ramos Sucre prevanguardista suicida, ignorado por décadas al no poder ser clasificado, y cuya obra reseña Beneyto; o Argenis Rodríguez a quien considera un “loco de la escritura” y del que refiere frases memorables de su diario, en el que se pone en evidencia su pasión por autores como Strindberg, Hölderling, Kierkeegard o Tolstoy, lo que nos puede dar una idea del personaje.
A la lista de amigos, conocidos o leídos, han de sumarse los chilenos José Donoso y Roberto Bolaño, la uruguaya Cristina Peri Rossi, los colombianos Óscar Collazos, Rafael Humberto Moreno Durán, Elena Araújo y Mario Lafont, poeta y pintor considerado por Octavio Paz como el más importante poeta surrealista hispanoamericano. Queda constancia de la relación con este particular personaje enfermo de bohemia, autor de un libro desaparecido Poemas podridos (Nueva York, Villamiseria), gracias al testimonio de Jaime Parra, amigo y compañeros de aventuras de Beneyto quien asegura que Lafont fue un guía en sus lecturas surrealistas.
Lo anterior demuestra la predilección de Beneyto por los autores de la zona del Plata, del Orinoco y de la Amazonía, así como su atracción por los pintores poetas y narradores vanguardistas, breves, fantásticos y heterodoxos que su capacidad de asombro y disposición para lo fantástico le permitieron escuchar. Gracias a tan beneficiosas influencias Beneyto ha vivido como un hispanoamericano en el barrio gótico de Barcelona donde escribe y pinta. En definitiva, un bárbaro, tal y como se define en su “Apòcrif autoretrat”: Ahora, cuando aún caminas, / caminas por el dédalo de callejas / de tu barrio gótico: Barcelona. / ¡Pozo de alegría!/ ¡Tantos, tantos años!/ La vida insistente, / sigue abrazándote, / echando la garfa.

viernes, 11 de marzo de 2016

Rubén Darío poeta americano*

Rubén Darío es considerado el poeta americano más grande y el arquetipo del intelectual que vivió por y para la poesía. Como afirma Jorge Urrutia, Darío no fue, como otros escritores, un funcionario o un político que se dedicaban a la literatura, de los que tantos ejemplos nos ofrece España. Tal es el caso de Campoamor, Núñez de Arce y del propio Castelar, quienes además de ejercer un cargo se dedicaban a la literatura. Muchos escritores de la generación de Darío fueron maestros o catedráticos de instituto, que en sus ratos libres colaboraban con la prensa y componían versos.
Darío, por el contrario, es el poeta que se ve obligado a realizar diversos oficios para cubrir sus necesidades básicas. Desde la más tierna edad demostró una asombrosa habilidad para componer versos. Fue reconocido en su tierra natal como el “niño poeta” por esta prodigiosa capacidad. La poesía le abrió las puertas de los salones y las tertulias donde sorprendió por su talento. Puede decirse que ante la orfandad y las nubes sobre su pasado, la poesía no solo justificó su existencia sino que, además, lo lanzó al mundo. No lo presentó el padre incapaz velar por él, ni la madre que lo entregó a unos parientes, quienes se ocuparon de su educación. La poesía fue para él la única carta de presentación.
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A pesar de ser un caso único, la vida de Rubén Darío presenta ciertos rasgos comunes con otros escritores americanos, como Gabriel García Márquez. Igual que Darío, éste no creció con sus padres, con quienes se reúne años después, hecho que deja una huella profunda en el caso de Darío. Es el padre adoptivo quien se convierte en guía y lo acerca a la poesía. García Márquez se cría con los abuelos. El viejo coronel lo inicia en el conocimiento del mundo, de la misma manera que el coronel Félix Sarmiento lleva a Darío a conocer el hielo (el abuelo de García Márquez hace lo mismo). Los dos crecen en un ambiente de provincia donde cada acontecimiento novedoso adquiere dimensiones mágicas: la llegada de los saltimbanquis, o de los magos que enciende la imaginación infantil. Los dos ejercen el periodismo, actividad que les aporta el sustento y en la que despliegan su talento literario. Los dos viven la experiencia europea y recorren el mundo. Ambos asumen un compromiso político en momentos coyunturales.
Rubén Darío aprende a leer a los tres años y compone versos por encargo para homenajear a personalidades. Siendo muy joven ocupa un puesto en la Biblioteca Nacional como secretario del presidente Cárdenas. Aprende del poeta Francisco Gavidia, escritor y educador salvadoreño, quien le hace ver las posibilidades rítmicas de la métrica alejandrina. Este poeta erudito no solo dominaba lenguas como el francés, el alemán, el inglés y el portugués, entre otras, sino que además conocía el latín, el griego y el maya-quiche. Pero Darío también recibe la influencia de la mulata Serapia que inocula en el niño la atracción por el misterio con los cuentos de monstruos y aparecidos que lo aterroriza en las noches (igual tarea cumple la abuela de García Márquez). Además, entre las primeras lecturas de estos escritores están la Biblia y las Mil y una noches. Sin duda, en estas comunes referencias podría estar el germen de una escritura americana.
Darío emigra a Chile donde publica una novela, Emelina, así como los primeros versos reunidos en Azul, ya publicados en el periódico El Heraldo. Envía el libro a Juan Valera, quien le escribe una carta elogiosa. El texto servirá de prólogo a posteriores ediciones. Estas palabras de Valera significan la consagración del joven poeta americano.
Después de Chile, Darío pasa a El Salvador, luego a Costa Rica y a Guatemala. La travesía centroamericana le permite impregnarse de la naturaleza y de las raíces indígenas y españolas que conforman la cultura americana. En 1892 es enviado a España por el gobierno de su país para asistir a la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Al llegar a Madrid ya es conocido por un grupo de poetas que lo reciben entusiasmados. Son jóvenes ansiosos de cambio y novedades.
Quisiera destacar, sin embargo, la importancia de las relaciones de Darío con otros poetas americanos. Rafael Núñez, presidente de Colombia y poeta también, lo nombra cónsul de Colombia en Buenos Aires. Antes de tomar posesión del cargo pasa por Nueva York donde se encuentra con José Martí, su maestro. Este lo recibe en un acto en el que interviene a favor de la lucha por la independencia de Cuba. De Nueva York pasa a París. Allí conoce al cronista Gómez Carrillo y a Sawa, quienes le presentan a Verlaine. En París se encuentra con el planfletario Vargas Vila con quien sella una entrañable amistad después de un desencuentro, debido a su relación con Rafael Núñez. En 1898 viaja a España tras la derrota de Cuba.
El poeta sorprende en cada público, bien sea con su «Salutación a la raza»: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!» (1892); en su repudio a la prepotencia de los Estados Unidos, que humilla a España y somete a las repúblicas hispanoamericanas (1898): «Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor /que pasa por las vértebras enormes de los Andes » («Oda a Roosvelt»), o en la celebración del III Centenario del Quijote, en 1905: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión […]» («Letanía al señor don Quijote»). Al margen de esta poesía épica o elegíaca, Darío nos deja cierta melancolía en los versos en los que se asoma al misterio en busca de la "luz divina de la poesía".
*Homenaje a Rubén Darío el pasado 8 de marzo en el Centro Asturiano de Madrid. En la mesa: el poeta Jorge Urrutia, la representante de la Embajada de Nicaragua Natalia Quant, Valentín Martínez, director del Centro Asturiano y yo misma. De pie, el poeta Javier Lostalé leyendo versos de Darío.