Buscar en este blog

domingo, 10 de noviembre de 2019

Salvador Aguilera, El vuelo de la piedra


Conozco a Juan Salvador Aguilera (Bogotá, 1973) desde que tenía escasos once años y no me extraña que haya elegido el camino de la escritura. Por todo lo que lo rodea, desde el nombre literario que le estamparon los padres como un signo del  destino. Este año de 2019, Salvador, como prefiere firmar, me  regaló su primera novela, El vuelo de piedra, y he de decir que su lectura me ha resultado tan grata como refrescante.


Todo empieza con una imagen, una fotografía con la que se nos inicia en la narración, a manera de prefacio, y donde el narrador anticipa lo que será un viaje en el tiempo en busca de lo que  queda detrás de una fotografía: la  mujer retratada llamada Aída, que comanda un grupo guerrillero. La explicación de los tonos y contrastes de la imagen, del efecto de la luz tropical, evidencia  la complejidad del escenario que se propone revelarnos  y que condensa un instante de la vida, yo diría de la historia de nuestras quimeras latinoamericanas, de la lucha armada en el contexto global.

Damián, un joven en la frontera entre los años setenta y los ochenta, confiesa verse envuelto en las polémicas del mundo intelectual en su entorno universitario. Llega a la guerrilla por casualidad, pese al escepticismo que lo aleja de las consignas revolucionarias. Estereotipo del militante de su tiempo, abandona los estudios en busca de una verdad que palpita en su interior. También por azar acaba siguiendo un curso de fotografía en Nueva York que le abre los ojos a la belleza. El impacto de una imagen se convierte en una obsesión: la foto de una niña entre el estallido de la guerra. Así, a finales de los ochenta se encuentra en El Salvador participando en las acciones del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

Pero la caída del muro de Berlín constituye un momento clave de ese viaje, que marca un antes y un después de las utopía de su generación. Las piedras del muro volando en pedazos remueven los firmes principios revolucionarios de una generación que pretendía cambiar el orden establecido y desata otras guerras a causa de los demonios que despierta ese estallido, como el odio al diferente y el racismo.

La  novela maneja tiempos y espacios distintos y distantes pero conectados por la geopolítica. Pone a dialogar individuos y organizaciones. De Nueva York a Madrid, pasando por Berlín, Fráncfort y Hamburgo hasta llegar al Salvador para emprender de nuevo el viaje rumbo a Zagreb, la cámara abre el objetivo para ofrecernos una panorámica que matiza las consideraciones locales. Damián, deja constancia de los hechos fotografiando la vida en los campamentos, los seres humanos ante la muerte, la impronta de quienes se sobreponen al odio.

Esta capacidad del autor para llevarnos por diferentes espacios ofrece una perspectiva suficientemente amplia como para que podamos percibir las paradojas de la historia. Pensamos en la mariposa cuyo aleteo sacude el mundo y es capaz de derribar un muro volviendo del revés el orden percibido como inamovible.

La economía de recursos de la que hace gala el autor, su sobriedad, nos lleva por una delgada línea entre frases cortas y a veces cortantes, por parajes desolados o selváticos, entre nubes de pedruscos y polvo, o entre disparos y espejismos. Allí vislumbramos a Aída, niña sobreviviente de las masacres convertida líder de su comando, cuya imagen cobra vida y se queda para siempre en la nostalgia de un pasado perdido. Su recuerdo palpita, aunque repose bajo el musgo de una montaña olvidada, en las páginas de esta primera novela de Salvador, sobre El Salvador.

jueves, 10 de octubre de 2019

Cómo y desde dónde en la narración (II)


Entre la vida y la muerte: el acto de contar
La amortajada (1938), de María Luisa Bombal, constituye un reto para cualquier narrador. El propio Borges previno a la autora, cuando ésta le comento la trama, sobre: “el oscurecimiento de los hechos humanos de la novela por el gran hecho sobrehumano de la muerta sensible y meditabunda”. Esto no deja de recordarme el primer cuento de García Márquez escrito en 1947, “La tercera resignación”, en el que el narrador se introduce en la conciencia del personaje, en su carne, sus arterias, sus vértebras, su médula y cerebro, transmitiéndonos la angustia que le provoca un ruido permanente.
Entre la vida y la muerte se debate el hecho literario que evoca a Sherezade cuya vida depende del acto de contar. También en “Moriencia”, aquel cuento de Roa Bastos, cuyo título viene a significar: ser consciente del proceso por el cual se llega a la muerte desde el nacimiento. El cuento recoge distintas versiones de la muerte del personaje Chepé Bolívar que resucita al ser nombrado por el poder de la invocación, en una cultura en la que la palabra da vida. Cierta crítica considera que este cuento rompe las jerarquías desconcertando al lector respecto al narrador, que es refutado por otros personajes y por ello debe modificar la versión de la historia que cuenta.

En Memorias póstumas de Blas Cubas 1880, del brasileño Machado de Assis, cuya dedicatoria es ya inquietante, se anuncia un hecho insólito: Al gusano que royó primero las frías carnes de mi cadáver dedico con recuerdo añorante estas memorias póstumas. El libro es, por tanto, obra de difunto, según el paratexto firmado por el personaje Blas Cubas, escrito con la tinta de la melancolía y cuyo comienzo asombra: Algún tiempo he titubeado acerca de si debía abrir estas memorias por el principio o por el fin, esto es, si pondría en primer lugar mi nacimiento o mi muerte

Este insólito experimentalismo en fecha tan temprana evidencia de qué manera el arte de la narración es una cuestión de vida y muerte: muerte del autor, vida del narrador y de los personajes, muerte en vida del autor que adquiere conciencia de su muerte mientras va dando vida en la ficción.
El narrador cómplice del lector
Superando las fronteras entre la vida y la muerte, también es muy llamativo el procedimiento de Rayuela (1963), de Julio Cortázar, donde el narrador se atreve a aconsejar al lector sobre cómo podría leer la novela, qué capítulos debería saltarse y qué orden seguir. En su momento, esta intervención del narrador sorprendió, pero no era ninguna novedad, ya que Alejandro Manzoni, en Los novios (1827) proponía al lector avanzar en el relato saltándose los renglones que tienen que ver con un personaje secundario: El que no quisiese leerlos y prefiriese oír la continuación de la historia, pásese en derechura al capítulo siguiente
La verdad es que Los novios merece un comentario sobre la figura del narrador que tanta consideración tiene para con los lectores y prometo firmemente dedicarle una entrada. Por ahora, cierro estas reflexiones respecto al narrador y el escritor que Manzoni llama "remendón", y a quien solo le cabe la pequeña alegría de dejar algo tras de sí, de saberse (incluso si sus libros no se leyeran) de alguna forma vivo después de su muerte. Vivirán sus criaturas, expuestas u ocultas, sometidas a las humedades de las cuevas, a la guerra o la peste, o padeciendo las idas y venidas de los vientos, más que de su creador. No tendrá nunca que decirse, como concluye su tremendo relato Blas Cubas: No tuve hijos, no transmití a ninguna criatura el legado de nuestra miseria. Porque esa miseria es siempre el feliz legado de la literatura.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Cómo y desde dónde en la narración (I)


"Si algunos ratos ha logrado entreteneros, dad gracias al anónimo, sin olvidar de todo punto a su remendón". 
Alenadro Manzoni, Los novios

En muchas intervenciones me han preguntado por la creación de los personajes de mis novelas, cuando no dan por hecho la equivalencia del yo narrativo con la autora, que es lo que normalmente entienden que sucede en mi primera novela Prohibido salir a la calle. Claro que esto no ocurre en mi novela La semilla de la ira donde quien narra es un individuo de finales del siglo XIX, homosexual y misógino, llamado José María Vargas Vila, ya que sería difícil confundirme con un sujeto homosexual y misógino. Creo que no siempre se reflexiona con suficiente rigor sobre la elección del sujeto narrador, cualquiera que sea la concepción del personaje y de su papel en la novela, que relegamos al taller de escritura y, por ende, tratamos poco de teoría literaria, incluso la desdeñamos.
Reflexionar sobre los personajes de la novela obliga a pensar primero en el narrador. No voy a detenerme en las conocidas diferencias entre el narrador omnisciente y el narrador objetivo. Pero es un hecho que si el relato está escrito en primera persona, por lo general, se tiende a relacionar al narrador con el escritor. Parece mentira que, con la larga tradición literaria que nos precede, aún puedan algunos lectores confundir el yo narrativo con el nombre impreso en la cubierta del volumen. En español, esto lo solucionó la novela picaresca que, a partir del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, ya separó con claridad el uno del otro, gracias al prólogo. Sin embargo, aún existe esta confusión. Muchas veces, incluso, cuando la novela no se escribe en primera persona, los lectores se empeñan en buscar cuál de los personajes representa al autor. Eso es como si, en todo cuadro, nos empeñásemos en localizar al pintor por la superficie del lienzo. El pintor está en todas partes y en ninguna, incluso en un autorretrato.

En el prefacio de una novela de Daniel Defoe, Moll Flander (1722), una versión femenina inglesa de la picaresca española (escrita naturalmente en primera persona, lo que ha requerido la construcción de un personaje femenino e impedirá que se crea que el autor es la mujer que cuenta), Defoe siente la necesidad de aclarar que detrás de ese relato autobiográfico hay un autor y lo hace no solo por una cuestión de moralidad, ya que los actos de la señora podrían sonrojar a algunos lectores, sino por definir su papel como autor:
Es muy cierto que las palabras originales de la historia han sido cambiadas, como también ha sido ligeramente alterado el estilo propio de la famosa señora de quien se habla aquí.

De igual modo, el novelista, incluso escribiendo en primera persona, recurrirá  a la experiencia personal para describir los actos cotidianos, pero no necesariamente proyectará su vida en el argumento de la obra. Una novela no es un confesionario, y tampoco tiene por qué ser un testimonio. Se debe tener claro que el narrador, quien cuenta, ya es una construcción, un foco elegido por el autor, desde el cual puede presentar los hechos, las situaciones y los personajes, tal como se supone que los ve. Tampoco, pues, el narrador es el autor, aunque puedan, como he dicho, imprimírsele rasgos y experiencias del autor, ya que es creación suya y cuanto haga está controlado por él. El esquema de la novela es algo semejante a esto: Yo, fulanita de tal, en este momento y en este lugar, construyo un personaje que va a contar una historia y, a través suyo digo que: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Si este esquema no se cumple, estaremos en el mejor de los casos ante un libro importante y atrayente, pero no ante una novela.
El comienzo de la narración
Toda novela empieza, por lo tanto, con una frase secreta. Una frase que el autor nunca dice a nadie, que oculta celosamente, que nunca confiesa. El secreto del novelista. Así, abro un libro y leo: No era fácil callar a los niños. Es el inicio de mi novela, Prohibido salir a la calle, pero escondí toda la primera parte del esquema: Yo, Consuelo Triviño Anzola, en este momento y en este lugar, invento una niña de más o menos 11 años, que vive en Bogotá en una casa modesta, dentro de una familia tradicional pero más o menos rota, que va a contar una historia y, a través suyo digo que: No era fácil callar a los niños. Aquellas palabras ocultas que callé son, sin embargo, importantísimas.
Sucede que el novelista es dueño de su texto, propietario de lo que escribe y, por lo tanto, es libre de escribirlo todo o no. Y, como cualquier novelista, ejercí este derecho. Tampoco Miguel de Cervantes escribió: “Yo, escritor español de este tiempo del imperio, fascinado por los libros de caballería, desengañado de la sociedad que conozco, deseoso de un mundo mejor, fracasado en mis intentos de viajar a América con un cargo oficial, conocedor de hambre y de cárceles, enamorado de Italia, invento a una persona de quien digo que: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme vivía un hidalgo…”. Cervantes calló lo que no le parecía oportuno contar.
Del mismo modo (que en esto puedo compararme con Cervantes, porque ambos novelamos) yo, y sólo yo, inventé una niña de 11 años que dijo una historia. ¿Dónde está Consuelo Triviño Anzola en el relato? ¿Es acaso la niña que dice, la niña inventada? No, Consuelo es aquel yo que, silenciosa y ocultamente, confesó haberla inventado.
¿Y para qué se silencia, se oculta, se tapa, se protege la frase inicial? Por la misma razón que en los manuales de cine clásicos se explica que la cámara debe ponerse en el mejor sitio posible para mostrar todo lo que deba verse. Lo primero que tiene que hacer un escritor es, permítanme la broma, poner la cámara, situar al que mira para que pueda ver lo mejor posible y luego contarlo. En La amortajada, la chilena María Luisa Bombal recurre a un narrador omnisciente que nos sitúa en la perspectiva de la amortajada: Ahora que la saben muerta, allí están rodeándola todos: familiares sobre quienes nos ofrece sus opiniones…Hasta que la atención se centra en el hombre que se acerca y que la muerta ama y teme y se le da voz a la amortajada: Eras un espantoso verdugo. Y, sin embargo, ejercías sobre nosotras una especie de fascinación…

Muchas veces, ese personaje que mira y cuenta, ese personaje que es el más importante de todo el libro, puede no aparecer nunca en la novela, por ser el que mira, pero no quien es mirado. En resumen: el narrador cuenta la historia, no la escribe. Y esto es así incluso en las autobiografías; explicarlo nos llevaría muy lejos, pero es así.
En la novela de la colombiana Marvel Moreno, En diciembre llegaban las brisas, la narradora nos sitúa en el punto de vista de Lina, quien a su vez pone el foco en el punto de vista de su abuela Jimena y de sus tías, Eloísa e Irene, mujeres que encarnan la sabiduría ancestral, el conocimiento ilustrado de la cultura y la filosofía vitalista, más allá de los prejuicios de la sociedad cuyos mandatos cuestionan. Lo que queda claro es que la autora no es Lina, aunque mantenga coincidencias temporales con esta y con las amigas que protagonizan las tres historias.
La novelista hace un recorrido, dibuja una hoja de ruta que va dando forma al mundo que parece construirse a medida que avanza el relato. Pero, curiosamente, lo que se escribe no es lo que la novelista ve, sino lo que hace ver al narrador que ha inventado, un narrador objetivo, naturalmente.  El novelista es como un viajero en el tiempo y en el espacio, que da cuenta de lo que sucede en el presente descrito pero también, va troceando a veces lo que el mirón había visto, puede dar saltos temporales y rescatar del pasado elementos necesarios para la comprensión del relato.
Claro que no siempre el autor sabe lo que quiere ni lo que busca, solo siente la necesidad de escribir, como confiesa el escritor Premio Nobel Vidiadhar Surajprasad Naipul, nacido en la isla de Trinidad en el seno de una familia de emigrantes hindú. Como escritor transterrado, Naipul refiere su proceso de escritura entre las tradiciones mutiladas de una India que se remontaban al siglo XIX y el ambiente de las plantaciones de caña de azúcar de una pequeña aldea de la isla de Trinidad.
Volvamos a la narradora de mi novela Prohibido salir a la calle, una niña de once años que da cuenta del mundo que la rodea: la familia, la escuela, el barrio y la calle. La autora está oculta, no existe una voz que dé explicaciones o haga comentarios al margen, solo la narradora, a través de la cual se expresan los personajes de la novela. Ella dice, ella acierta, ella yerra. Sólo ella. Tal vez lo que dice se deba a que no comprendía bien el mundo que la rodeaba. El punto de vista de la narración está limitado a la capacidad de comprensión que le permiten sus escasos años. Se trata de una niña de gran agudeza e inteligencia, que capta las asimetrías respecto al género y a los roles de los miembros de su familia, que percibe las contradicciones entre el discurso oficial de la escuela y la realidad de su hogar, que da cuenta de los cambios que se suceden en su mundo y del asombro que despiertan en los mayores. La voz narrativa se podría definir como el dispositivo retórico de que se vale un autor para “arrancar” con su relato. Es la proyección ficcional del autor. La pregunta es quién mira, quién habla y desde dónde habla, cuál es su perspectiva, pues la voz narrativa puede contar la vida de los personajes y su propia vida.
Naturalmente, este personaje de Prohibido salir a la calle tiene muchos rasgos comunes con la autora. En primer lugar, el periodo de la infancia coincide con su biografía, así como las huellas de los sentimientos que deja la experiencia de vida: el paso de la provincia a la ciudad, la ausencia del padre, el asombro y la fascinación ante el descubrimiento de la ciudad y el lenguaje de las emociones de ese mundo íntimo y personal en el que transcurre la infancia. Pero no es una autobiografía, ya que los hechos seleccionados de la propia experiencia sólo son la materia prima de un universo que se construye y que cobra vida gracias al peso de los personajes y los hechos creados y a las situaciones que los sostienen. Y, en virtud de las circunstancias, de lo que va ocurriendo, de las relaciones que gentes, cosas y hechos engarzan entre sí, la vida de los personajes tiene su propia evolución, aparecen obligaciones, necesidades, dependencias que no existieron nunca fuera de la novela.
Un precioso ejemplo de la vida independiente y propia de los personajes lo encontramos en una película del director francés Jean Luc-Godard. Me refiero a Mozart, for ever (1966), que me proporcionó el profesor, escritor y poeta Jorge Urrutia. En la secuencia inicial se encuentran dos viejos amigos; uno regresa de España y trae una obra teatral de quien fuera presidente de la Segunda República española, Manuel Azaña, se lo enseña al otro y pregunta: ¿Te acuerdas de quién es Manuel Azaña? A lo que el otro responde: Sí, quien dijo: Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más. Quien conozca bien la historia cultural de la España de los años treinta del pasado siglo no podrá sino extrañarse, ya que esta frase no la dijo Azaña, sino el escritor José Bergamín. Lo interesante es que al final de la película se lee el siguiente rótulo: “En esta película se ha hecho uso de frases de las siguientes personas”, y en la lista no aparece el nombre de Azaña, pero sí el de Bergamín. Significa que el director sabe muy bien de quién es esa frase, el que se equivoca es el personaje de la película. Esta anécdota muestra claramente que el autor construye las condiciones para que los personajes actúen, pero estos poseen cierta independencia que, paradójicamente, obliga al autor a obedecer.

jueves, 6 de junio de 2019

Un país niño que no renuncia a sus sueños: los alumnos del colegio Fernando Soto Aparicio, de Bogotá


El pasado mes de mayo me encontraba en Bogotá a donde viajé, como todos los años, a visitar a la familia y lo hice con el poeta español Jorge Urrutia, con quien comparto mi vida y mis ilusiones. Nuestra estancia fue muy especial en esta oportunidad porque pudimos conocer de cerca un país niño, pleno de vida, que se entrega sin reservas  a quienes captan su atención, lo que implica poder ofrecer algo más atractivo que los juegos de los dispositivos móviles, que actualmente ocupan buena parte del espacio mental de los pequeños. 
Ante ese reto nos encontramos al aceptar la invitación de mi hermana Aurora para hablar de la lectura y de la literatura con los niños  de la institución donde trabaja desde hace más de veinte años: el colegio Fernando Soto Aparicio del barrio Kennedy de Bogotá. Gracias a esta invitación, tuvimos la oportunidad de conversar con los alumnos, quienes nos tenían reservada una tanda de preguntas sobre el oficio de escribir, al que muchos de ellos no eran de ningún modo ajenos.
Al llegar al colegio, lo primero que llamó nuestra atención fue la pulcritud de sus estancias, la dignidad y el decoro de sus salas, el cuidado barniz de la madera y el lustre de sus suelos. Todo esto contradice la opinión generalizada de que nuestra sociedad maltrata y destruye lo público. Además, a quienes dicen que no importa la apariencia, porque lo que se lleva dentro es lo que cuenta, les podríamos responder que la apariencia no pocas veces evidencia lo que se lleva dentro. En este caso, un sentido del orden y una disposición del espíritu para la armonía y la belleza, lo que se confirmó con la amabilidad y el cariño de su rectora, Gladys Castro, de los profesores de lengua y literatura, también de otras asignaturas, y de su bibliotecaria.


No dudo, en ningún momento, que muchos de los niños de este colegio proceden de hogares con dificultades, hogares muchas veces rotos y disfuncionales, motivo de sinsabores y tempranas decepciones. Por eso quizás eligieron como actividad literaria la lectura de un capítulo de mi novela Prohibido salir a la calle. Escogieron precisamente “Papa en casa”, del que me ofrecieron su visión a través de unos dibujos que dan cuenta de su mundo interior, de lo que los motiva o los hace reír. 


Como autora, tengo que estar agradecida por el trabajo que el colegio lleva a cabo a favor de la lectura. Me imagino que este propósito tiene mucho que ver con el hecho de que la institución lleve el nombre del escritor Fernando Soto Aparicio (1933-2016), a quien se le rinde tributo leyéndolo y comentando su obra. La rebelión de las ratas (1962), novela que significó su consagración, da cuenta de los esfuerzos de un hombre por sacar adelante a su familia en medio de las dificultades económicas. Un concierto de circunstancias sociales parece confabularse en contra de tan nobles propósito. Las familias de los niños de este colegio no son ajenas en absoluto a los esfuerzos del personaje de La rebelión de las ratas.


Pese a las dificultades, a las que se enfrentan algunos de nuestros niños, estos acuden  a la escuela donde un grupo profesores se entregan a la tarea de educarlos y prepararlos para vida. Lo hacen a veces salvando obstáculos, en un mundo demasiado complejo en el que su magisterio se pone en cuestión. 


Al ver a las maestras y al escuchar las preguntas de los niños, Jorge y yo no olvidamos la importancia de ese momento irrepetible. Él intentó hacerles tomar conciencia del valor del idioma que hablamos, de su riqueza y potencialidades, así como de la extraordinaria tradición que porta. Con los niños tuvimos el privilegio de hablar de poesía, de explicarles la función poética de la lengua, la importancia de saber desde dónde hablamos y a quien nos dirigimos. A su vez, los niños nos enseñaron sus escritos, nos plantearon dudas y nos obsequiaron con su afecto. Cómo no conmoverse con su respuesta en un medio tan poco propicio, como Kennedy, zona Sur de una ciudad en la que quizás se puede llegar a creer que sólo las élites tienen el privilegio de la belleza.
Claro que no, pues quienes conocimos las dificultades para salir adelante, como decían nuestros padres, sabemos que no es así. Por tanto, deberíamos trabajar sobre la noción de belleza, sobre los momentos inolvidables de la vida. Tal vez la luz que nos guía en medio de la oscuridad e incertidumbre, la fortaleza que nos inyecta la capacidad de soñar, proceda con más intensidad de la verdad de algunos libros. No olvidaré jamás a los personajes infantiles de novelas, como la niña de Un árbol crece en Brooklyn, de la norteamericana Betty Smith, a quien la devoción por la lectura salva de la miseria espiritual y la ayuda a superar la marginalidad y la pobreza que se confabulan en contra de los suyos. Deberíamos  recuperar la lectura, como una de las pocas posibilidades de felicidad que tenemos, lo que implica reservarnos el derecho a aislarnos del mundo y encontrarnos con nosotros mismos, en algún momento, a sumergirnos en la ficción, alejados de los videojuegos y de toda herramienta que nos aliene y mutile nuestra capacidad de discernimiento y nuestro irrenunciable derecho a elegir.

domingo, 19 de mayo de 2019

Escritoras y escrituras IX. Virginia Woolf, La señora Dalloway



Entrar en el mundo de Virginia Woolf no me ha resultado fácil, ha supuesto un esfuerzo y una paciencia que apenas llegué a concederle, tras leer las dos novelas líricas El faro y Las olas. Pero en absoluto me ha preocupado que un nombre del canon pueda resultarme incómodo. No todas las propuestas estéticas se ajustan a los gustos de los lectores, no todas las obras colman su horizonte de expectativas. También es cierto que nuestra lectura podría estar cargada de prejuicios y es lo que me ha sucedido con esta autora del célebre grupo de Bloomsbury quien, con su suicidio, se convirtió en un mito, en un icono de la narrativa de mujeres, al margen de su originalidad y de su habilidad técnica y formal. Es lugar común citar su ensayo Una habitación propia, símbolo de la autonomía de la mujer escritora dentro de la vida social y familiar, cuyos argumentos carecen por completo de simplicidad. Incluso hoy, podrían resultar polémicas afirmaciones suyas como esta:

“Es funesto para una mujer subrayar en lo más mínimo una queja, abogar, aun con justicia, por una causa; en fin, el hablar conscientemente como una mujer. Y por funesto entiendo mortal; porque cuanto se escribe con esta parcialidad consciente está condenado a morir. Deja de ser fertilizado. Por brillante y eficaz, poderoso y magistral que parezca un día o dos, se marchitará al anochecer; no puede crecer en la mente de los demás. Alguna clase de colaboración debe operarse en la mente entre la mujer y el hombre para que el arte de creación pueda realizarse.”

Estos planteamientos suyos, de algún modo afloran en su relato La señora Dalloway (1925), que hoy me abre las puertas del mundo de Virginia con el esplendor de su luz. Aquí la autora nos introduce en la conciencia de distintos personajes, mediante la técnica del monólogo interior, descomponiendo en pequeñas piezas el orden social inglés en crisis, tras la primera guerra mundial. Todo ocurre en un día, como en Ulises (1922), de Joyce y en Han cortado los claveles de Edouard Dujardin (1887), extraordinaria pieza literaria que revolucionó el arte de narrar a finales del siglo pasado y que no fue aprovechada en sus posibilidades sino hasta los años veinte, cuando el famoso escritor irlandés descubrió en ella el poder expresivo del monólogo interior. Como en estas dos grandes novelas, en una jornada Virginia Woolf nos hace transitar por el Londres de los años veinte siguiendo a la señora Dalloway y a sus amistades, en meditaciones y ensoñaciones, lo que trae a la mente el sentimiento de derrota de la sociedad a la que pertenecen.


Es esta también una obra clave de enorme influencia en ciertos narradores hispanoamericanos que, durante los años cincuenta y setenta, se entregaron a la experimentación formal y encontraron en el monólogo interior una vía para explorar la conciencia individual. De hecho, en una de sus declaraciones, García Márquez confiesa que no hubiera llegado a ser el escritor que sería si a los veinte años no hubiese leído esta novela que cambió para él su sentido del tiempo, como les había ocurrido décadas atrás a muchos escritores norteamericanos absolutamente ignorantes de la obra de Dujardin. 

Así, en La señora Dalloway la Historia con mayúsculas y la historia personal se condensan en instantes en los que la mirada se pierde, bien sea en los detalles mínimos, bien divagando en la inmensidad, permitiendo a las personas tomar conciencia de su infinita pequeñez y de la fugacidad del tiempo. Entendemos que los recuerdos de la guerra han dejado huellas imborrables en muchos personajes, como en la señorita Kilman, corroída por una injusticia que lleva clavada en el alma, desde que fue expulsada del colegio por su vínculo con los alemanes; o como Septimus Warren Smith, que regresa derrotado de la guerra donde ha perdido su ser y acabará suicidándose tras una depresión. Pero también entra en el escenario la aventura colonial, que se lleva a muchos de los jóvenes y los devuelve a la patria convertidos en fantasmas. 

Peter Walsh, antiguo pretendiente de la señora Dalloway, regresa de la India buscando una segunda oportunidad, que parece depender de aquel mundo que él desprecia por su artificiosidad. Mientras busca ser invitado a la fiesta, Walsh cuestiona el sentimiento de las mujeres, la frialdad de la señora Dalloway con su sufrimiento pasado. A su vez, la señora Dalloway piensa en lo distinta que puede ser la pasión entre mujeres: “Lo extraño, al volver la vista atrás, era la pureza, la honestidad de sus sentimientos hacia Sally”. Lo que define como un sentimiento completamente desinteresado y protector que brotaba de la conciencia de saberse aliada de otra mujer, algo que la propia Virginia echa de menos en la historia de las mujeres que se han visto a sí misma como rivales y no como aliadas.

En medio de inesperadas meditaciones, e insólitas asociaciones, de un abandono por los recovecos del pasado, los preparativos de la fiesta de la señora Dalloway van concentrando tal cantidad de sentimientos contradictorios, de temores recónditos, e infantiles expectativas, por parte de la anfitriona y sus invitados, como Ellie Henderson, la pariente pobre e insegura que se convoca a última hora. Todo lo contrario de lo que ocurre con el primer ministro, escoltado por Clarissa Daloway, quien se desliza con él, se diría flotando sobre las olas, atravesada por la implacable mirada de Peter Walsh.

No hay duda de que Virginia Woolf está evocando el mundo al que pertenece, la alta sociedad inglesa que se sostiene en símbolos en apariencia imperecederos, pero que con el paso del tiempo amenazan con convertirse en ruinas de interés quizás solo para anticuarios curiosos que caminarán sobre un césped bajo el cual descansarán las glorias del pasado. Ese sentimiento reduce al absurdo la puesta en escena de señora Dalloway, lo que en palabras del propio Leonard Woolf, esposo de Virginia, podría resumir el sentimiento de gran parte de la sociedad inglesa de entreguerras:


 “ […] la Gran Guerra de 1914 se había abatido histórica y psicológicamente, sobre nosotros, sobre nuestra generación, y de hecho sobre todas las generaciones europeas, como un rayo caído del cielo. Fue como si nos golpearan con violencia en la cabeza y apenas nos diéramos cuenta de que estábamos involucrados en una catástrofe como las de las pesadillas”.

Virginia Woolf no elude esos sentimientos que explora en la novela introduciéndose en la conciencia de sus personajes, manejando el tiempo, alargando o concentrando los momentos, en las distintas subjetividades que vívidamente escenifican el clima de desesperación e insatisfacción. Suponemos que esta certeza empujó a la autora a abandonar este mundo, como su propio personaje Septimus, consumido por la depresión. En La muerte de Virginia, su esposo nos ofrece fragmentos del diario de la autora que, de manera inevitable, nos remiten a la atmósfera de La señora Dalloway: “Pagamos el precio de nuestro reinado en sociedad con un aburrimiento infernal”.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Escritoras y escrituras VIII. Silvia Galvis, Sabor a mí



La violencia en Colombia, lo sabemos, es uno de los periodos más prolíficos en la ficción narrativa en el país. Desde El día del odio, de Osorio Lizarazo, hasta El crimen del siglo, de Miguel Torres, pasando por Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba Lucía Ángel, la novela ha dado cuenta de este episodio desde el punto de vista de las masas amotinadas, del asesino del líder, o de la mujer, como en el relato de Ángel, quizás el más experimental y audaz de esta saga. Faltaba, quizás, introducir la voz femenina infantil en estas narraciones, como hace Silvia Galvis (1945-2009) en Sabor a mí.

Periodista, politóloga, investigadora, Silvia Galvis destacó por su compromiso con la verdad creando una unidad de investigación en el periódico que dirigía. Indagando en los archivos buscó acercarse a los hechos con argumentos, bebiendo en las fuentes documentales. Así pudo revisar las versiones oficiales de la historia y ofrecernos un relato de los momentos clave del país, como el dominado por Rafael Núñez, padre fundador del moderno Estado Colombiano. Pero Galvis lo hizo desde la óptica femenina recuperando en su novela Soledad, conspiraciones y suspiros, el papel protagónico de la mujer en el siglo XIX. Inspirada en Soledad Román, amante y esposa del presidente Núñez, cuya fama de seductor y adúltero escandalizó a la buena sociedad, a la que sometió con su masculinidad impuesta. Galvis enfrenta a este poder el de una mujer que desafió a la Iglesia y a los prejuicios de la época.


Asimismo, Galvis dio cuenta del fenómeno del narcotráfico en La mujer que sabía demasiado, relato metaficcional inspirado en la llamada “monita retrechera”, que nos introduce en la compleja trama del poder evidenciando los vínculos entre la política y el crimen organizado en el oscuro Proceso 8.000, durante el mandato de Ernesto Samper. Sin prejuicios, la autora teje una trama policial en torno a esta mujer, con una riqueza de recursos que desde el título de la novela establecen un diálogo con la tradición literaria, de modo que la ficción se filtra entre  las grietas de la realidad estableciendo sus propias normas.

En Sabor a mí (1994) Galvis vuelve a instalarnos un periodo oscuro del país, el de la violencia política de los años cincuenta, pero lo hace hurgando en la vida cotidiana y en las tradiciones populares desde la mirada infantil femenina. Ana Peralta y Elena Olmedo deciden escribir un libro, un diario inspirado en el de Ana Frank, cuyo testimonio las ha conmovido: “Voy a escribir como me salga y lo que me salga y voy a hacer que me lo publiquen antes de que me muera o me maten en este país que matan tanto”,  le dice Ana a su amiga. He aquí un planteamiento estético de una profundidad estremecedora, y que supone una sociedad donde quienes escriben están en peligro de muerte. La escritura se plantea entonces como un acto de rebeldía contra ese destino. Sin embargo, Elena acepta escribir sus recuerdos, para juntarlos con los de Ana, sin ninguna pretensión, sin saber siquiera si le gusta escribir. Así se remonta a la infancia donde domina la imagen de la madre entregada al cuidado personal y al maquillaje con el que disimula las huellas del sufrimiento por un matrimonio desdichado.


Sabor a mí es una novela que tiene como protagonistas a estas dos niñas en tránsito hacia la adolescencia, edad en la que se empieza a mirar el mundo con desconfianza. El entorno familiar, los padres, el colegio, los rituales sociales presentan contradicciones que denuncian la falta de autenticidad de los mayores. La educación insiste en el disimulo y en el ocultamiento de las faltas, de los pecados y las carencias, que se maquillan con rígidas fórmulas. Pero la injusticia social, el clima de violencia y la falta de libertad oprimen a quienes detectan el engaño en que viven.

Nos encontramos en una ciudad colombiana de provincia, en los años posteriores al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Para imponer el orden, el gobierno persigue y ejecuta a miles de campesinos acusados de liberales. Después viene la dictadura del general Rojas Pinilla, que se impone en 1953 y acaba en 1957, periodo que coincide con el tiempo del relato, y que abarca la pubertad y adolescencia de Ana y Elena. Si bien la dictadura de Rojas Pinilla se caracterizó por algunos avances, en cuanto a la infraestructura del país, como la mejora en las vías de comunicación y el ejercicio, por primera vez, del voto femenino, se asiste a una pérdida de libertades individuales, al cierre de periódicos y a una mayor intervención de Iglesia en la vida de las personas. Aliado del conservadurismo más feroz, el clero estigmatiza a quienes defienden los derechos individuales y los principios de igualdad de cualquier sociedad democrática, acusándolos de comunistas, lo que supone una condena. A esto se suman los prejuicios sociales que asfixian, sobre todo, a las mujeres sometidas a la institución del matrimonio. Estas circunstancias se filtran en el relato a manera de chismorreos y se entremezclan con los dramas familiares de una clase social que se pone a prueba por su falta de compromiso.

Ana y Elena encarnan una dualidad entre la libertad individual y la obediencia a las normas. La primera es rebelde y concibe su destino de escritora como una liberación y una venganza. La segunda está atrapada en los valores de una clase que la empuja a postularse como reina de belleza y casarse con un buen partido, destino del que no la aleja la escritura, que sólo le servirá para reseñar los cotilleos recogidos en las reuniones sociales. Pero estos rumores tienen un peso indiscutible, en cuanto erigen mitos y levantan reputaciones. Las mujeres chismosas exponen los trapos sucios de las casas ajenas,  exhiben las llagas de una sociedad que se destroza a sí misma, y vemos esto a través de la mirada de Elena. Las dos jóvenes, cara y cruz de una misma moneda, le asignan un sentido a la historia desde sus perspectivas.

Con habilidad técnica y formal, Silvia Galvis maneja la intriga ofreciéndonos pequeños detalles de un gran cuadro cuya composición nos corresponde llevan a cabo. Historia y ficción van íntimamente unidas, pero no se trata de un reflejo, ni del testimonio de una época, sino de la construcción de un universo donde domina la sensibilidad femenina en su fragilidad y capacidad autodestructiva, pero también en su potencia creadora y en su fortaleza interior. Asimismo Galvis conecta la historia del país con la sensibilidad popular que se conmueve con radionovelas como El derecho de nacer, donde cada quien lee la realidad de acuerdo a sus circunstancias.

Las dos jóvenes recogen los rumores que lleva el viento de salón en salón, los pecados de los hombres infieles y maltratadores que abusan de otras mujeres, las culpas volcadas en los confesionarios, los fallos del sistema educativo que reproduce los defectos de una sociedad que se asienta sobre los privilegios y no sobre los méritos, los chismes de las empleadas del servicio doméstico, quienes constituyen el lazo de unión entre las clases. Hijas ilegítimas o “naturales” de los patrones, éstas acaban siendo hermanas de las señoras a las que sirven y madres de sus hijas, como lo es Trini para Ana, con quien comparte complicidades, como su afición a la radionovela escrita por el cubano Félix B. Cagnet, que en los años cincuenta hizo llorar a un público femenino pegado a la radio. Sin distinción de clase, las mujeres suspiraban por la suerte del hijo no reconocido, ese Albertico Limonta que reclamaba un lugar en la sociedad, un drama muy hispánico, por cierto. 

En veinticuatro capítulos los personajes siguen al hijo repudiado hasta verlo convertido en un hombre de bien. Con el desenlace, las opiniones de las radioescuchas se dividen entre quienes consideran inmoral reconocer a los hijos “naturales” y quienes piensan que lo importante es el triunfo del bien sobre el mal. 

Así, Galvis teje distintos hilos de la historia mezclando la ficción con la realidad y la historia, como ha hecho en otras novelas. Ídolos del cine, radionovelas, comunicados del gobierno, mensajes publicitarios, letras de canciones, oraciones y jaculatorias, dan vida a una época sombría. La autora afina los puntos de vista de estas dos niñas preadolescentes enfrentadas al difícil reto de ser mujeres en una sociedad predominantemente machista, católica, conservadora, fanática y políticamente retardataria, que no acaba de ingresar en la modernidad. Desde su mirada sentimos cómo se agita aquel mundo provinciano que se ve sacudido por la infidelidad de una mujer, más que por la violencia. 

El desenlace en Sabor a mí no puede ser feliz, ya que los cambios que reclama la sociedad implicarían renuncias y sacrificios para los que no está dispuesta "la gente de bien". De hecho,  Elena permanece entre los suyos observando las reglas impuestas. En cambio, ya no hay un lugar para Ana en aquel mundo. Confinada en un internado, lejos de su tierra, donde suponemos cocina una venganza, se aferra al deseo de convertirse en una autora famosa, lo que equivale a impedir que la destruyan.

La edición consultada es la 4ª, de la editorial Sílaba de 2013.

sábado, 6 de abril de 2019

Escritoras y escrituras VII. Soledad Acosta de Samper, Dolores

Mi espíritu es un caos: mi existencia una horrible pesadilla. 
Mándame, te lo suplico, algunos libros.

Soledad Acosta de Samper (1833-1913)* es una de las figuras más notables de la segunda mitad del siglo XIX en Hispanoamérica. Historiadora, narradora, cronista, ensayista y pionera del feminismo en Colombia, es hija única del general Joaquín Acosta y de la norteamericana Carolina Kemble. Con un conocimiento de las culturas francesa y anglosajona y un amplio horizonte de lecturas, alterna estancias en Europa e Hispanoamérica desde los doce años, cuando va a vivir con la abuela materna a una población de Nueva Escocia, en Canadá. En París se educa en distintos colegios y frecuenta las tertulias de intelectuales y hombres de letras con los que se relaciona el padre. Defensora de los valores morales cristianos, en sus escritos se presenta como conservadora en materia religiosa, pero positivista abanderada del progreso, en lo que se refiere al papel de la mujer en la sociedad.

En 1855, Soledad se casa con el político liberal radical José María Samper, fundador, junto con José María Vergara, de la tertulia literaria “El Mosaico”, que se hacía eco de las preocupaciones intelectuales de la élite bogotana. De nuevo en París, donde el marido ejerce como diplomático, Soledad comienza a escribir reseñas de libros y espectáculos musicales, comentarios de moda o crónicas de viajes, que envía a la prensa hispanoamericana bajo distintos seudónimos, algo muy corriente entre las escritoras de la época. Tras una estancia en Londres, en 1862 el matrimonio se traslada a Lima donde el marido es nombrado redactor del diario El Comercio. En 1867 Soledad publica su primera novela: Dolores. Cuadros de la vida de una mujer y, en 1869, Novelas y cuadros de la vida sur-americana.

Entre 1876 y 1877, Colombia se sume en una guerra civil entre conservadores y liberales radicales, quienes habían instaurado en 1863 la constitución más avanzada de la historia, que confiere derechos a las mujeres, como el divorcio, e instituye la educación laica. En 1878, Soledad funda La Mujer, primera revista colombiana dirigida y redactada exclusivamente por mujeres, que se edita hasta 1881. Escribe además diversas biografías: la de su padre, Joaquín Acosta, la del líder comunero José Antonio Galán, o la de Antonio Nariño, entre otras. Tras el fallecimiento de su esposo en 1888, se traslada de nuevo a París. En 1895 publica La mujer en la sociedad moderna, su más importante aportación al feminismo.

Dolores. Cuadros de la vida de una mujer es una novela corta deliciosamente escrita, que aborda la situación de la mujer en la sociedad republicana. La historia nos instala en Colombia, en el periodo posterior a las luchas independentistas, que permiten una movilidad social inquietante, lo que conduce a las familias a aferrarse a sus hábitos sociales para protegerse del poder emergente. Al estallar la guerra, algunos españoles huyen abandonando sus riquezas o dejándolas al cuidado de personas de confianza, mientras otros se pasan al bando de los patriotas. Esto hizo el padre de Soledad, que lucha al lado del Libertador Simón Bolívar. Al finalizar la guerra, los líderes deben organizar el país en medio de la ruina y el caos. Las mujeres de la élite criolla, viudas o huérfanas, quedan al amparo de la familia.

Publicada al mismo tiempo que María, del autor canónico Jorge Isaacs, Dolores se acerca a esta en su concepción del amor romántico, ya que los dos personajes femeninos mueren sin haber consumado la pasión amorosa. Ambas novelas nos describen mujeres de inspiradora y frágil belleza, víctimas de un mal que amenaza sus vidas. Dolores, al igual que María, es huérfana y vive bajo la protección una tía acaudalada. Ambas obras describen la naturaleza americana, la belleza de su flora y los hábitos de sus gentes. Sin embargo, Dolores nos ofrece también una minuciosa y detallada descripción, casi antropológica, de las costumbres de un pueblo de tierra caliente cercano al río Magdalena. La mirada es distanciada, ya que la perspectiva corresponde a quien proviene de la ciudad y ostenta hábitos y valores de las familias cultas de la capital, cuyos ideales estéticos beben en referencias europeas y allí encuentran los argumentos y la inspiración para afrontar el futuro.

El primo de Dolores y su amigo son señoritos bogotanos que van de visita para disfrutar de las fiestas parroquiales en el pueblo de tierra caliente donde reside la acaudalada tía que protege a la protagonista. Los jóvenes han seguido estudios universitarios y consideran exóticas a aquellas gentes que se divierten con las corridas de toros, los castillos de pólvora, los juegos de lotería, las bebidas que consumen: chicha de coco, guarapo y anisado, o alguna clase de vino malo y, ocasionalmente, brandy. Prueban los bizcochos y las colaciones, que se sirven sobre manteles rústicos; escuchan a los músicos que interpretan el tiple, la carraca y la chirimía y que van de tienda en tienda bebiendo guarapo o aguardiente. Observan a las mujeres del pueblo que bailan ñapanga, danza que les resulta demasiado sensual. Hay, pues en la novela cierto carácter costumbrista que corresponde a la época.

Aún no se conocía la luz eléctrica, ni siquiera en las ciudades, y en el pueblo la rusticidad es mayor por cuanto se alumbran con velas de sebo. La descripción de la fiesta le sirve a la autora para introducirnos al personaje más oscuro de la novela, un hombre rudo y sin escrúpulos al que la independencia le ha permitido enriquecerse y escalar posiciones sociales, traicionando a quienes habían confiado en él. Asimismo critica la frivolidad de los señoritos con estudios, pero que no han tenido que esforzarse para salir adelante, que no forjaron su carácter con las dificultades habituales y tópicas de la vida de un estudiante. Esta ausencia de temple moral los conduce a un comportamiento poco ético, como enamorar y burlar a la hija de un artesano o conquistar mujeres solo por el interés económico.

Los señoritos de ciudad organizan paseos por el río a donde van a caballo lo que da lugar al cortejo amoroso. El rumor de las aguas, el canto de los pájaros, la variedad y belleza de la naturaleza se convierten en motivo de conversación y en un medio para enviarse mensajes cifrados apelando a la simbología de las flores. Del mismo modo, el huerto de la casa, con el jardín, sirve de inspiración y de recogimiento cuando la muchacha huye del mundo y de los compromisos. En María, las flores ocupan un lugar central, pues sirven de hilo de comunicación entre los enamorados. También en la novela de Isaacs, los paseos al río, dan lugar a los galanteos a la luz del día y con la aprobación de los mayores.

Ese ambiente favorecido por la naturaleza, por las bondades del clima y la apacible calma de un hogar de buenas costumbres y en armonía con el medio, no está libre de temores y presagios. Una sombra se cierne sobre la hermosa muchacha destinada a casarse con un hombre de su misma posición. Un secreto que no debe ser rebelado y que, al descubrirse, removerá los pilares de su vida y la paz de los suyos. Si en el caso de María es la enfermedad que la muchacha lleva en los genes, no se sabe si epilepsia o algún otro mal hereditario (lo que a juicio de Doris Sommer, se convierte en un atolladero social insalvable), también un mal obliga a Dolores a alejarse de su familia y de la sociedad, creando alrededor suyo un cordón sanitario para no contagiar a quienes se le acercan. Lo que en María es epilepsia en Dolores es lepra, enfermedad temida en aquella época porque se creía hereditaria y contagiosa, lo que motivó la fundación en Colombia del pueblo de Agua de Dios, destinado al confinamiento de los leprosos. Pero, como sugiere Azuvia Licón Villalpando, a propósito de Dolores, la enfermedad podría ser la vía que le permite a la muchacha escapar de su destino.

En estas dos novelas hijas del Romanticismo, la mujer debe morir para evitar tragedias mayores, como el que Dolores hubiese contraído matrimonio con un ser de baja condición o María hubiese conducido a la desgracia al joven Efraín. El feminismo de Soledad Acosta de Samper pone en duda el matrimonio como única vía para la realización de la mujer. Por el contrario, la autora afirma, sobre todos los condicionamientos, la independencia de la mujer mediante el trabajo honrado.

En el aislamiento de la humilde choza, que le sirve de refugio final, Dolores se dedica a leer y a escribir, a cultivar su espíritu. En una de las cartas que envía a su primo nos deja una frase que yo enmarcaría y entregaría como regalo a todas aquellas personas que aman los libros y que dedican una parte importante de su tiempo a la lectura: “Mi espíritu es un caos: mi existencia una horrible pesadilla. Mándame, te lo suplico, algunos libros.”

*Debemos a Monserrat Ordoñez y a su discípula Carolina Alzate, el conocimiento y la puesta en valor de la obra de Soledad Acosta de Samper.