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sábado, 25 de noviembre de 2017

El primer cuento de García Márquez

En 2017 celebramos el cincuentenario de la publicación de Cien años de soledad, aunque también se cumplieron setenta de la publicación de «La tercera resignación», el primer cuento de García Márquez, que se publicó en el periódico El Espectador. Con apenas veinte años, éste sorprendía por su precoz dominio del idioma y de las técnicas narrativas modernas. También es verdad que el arte narrativo en los años cuarenta en Hispanoamérica se renovaba con la irrupción de las vanguardias y de las nuevas corrientes de pensamiento del siglo XX. El descubrimiento del inconsciente desvelaba los misterios de la mente humana.
Los narradores fantásticos, como el uruguayo Felisberto Hernández, exploraban los pasadizos secretos del sueño y conjuraban los demonios interiores en unos cuentos extraños en los que lo insólito se instalaba en la vida cotidiana. Pero Hernández ya tenía en su compatriota Horacio Quiroga un referente inevitable. El temor a la muerte y a la locura, que llevó a Quiroga al suicidio, abarcaría un universo narrativo complejo y mórbido. Las experiencias traumáticas que padeció, como el fallecimiento de sus dos hermanos a causa de la fiebre tifoidea, marcaron su escritura. A este hecho le siguieron una cadena de tragedias que nublaron su horizonte. En sus Cuentos de amor de locura y de muerte conjuraba los demonios que lo llevaron al suicidio, después de haber vivido una existencia tan intensa como trágica.
Es curioso que este primer cuento de García Márquez gire alrededor de un niño enfermo de fiebre tifoidea, que lo pone a las puertas de la muerte. En ese umbral terrorífico, la madre asume con naturalidad el diagnóstico del médico que determina muerte en vida, ya que el niño seguirá creciendo. Debido a ese fenómeno, debe hacérsele, cada cierto tiempo, un ataúd a medida. Macabros presentimientos, visiones que la mente no pude ahuyentar, terrores infantiles que roban el sueño, están presentes en los primeros cuentos de García Márquez, quien dice haberse inspirado en las narraciones de la madre.
Sin duda, entre sus lecturas se encontraban los cuentos de Edgar Allan Poe, maestro del género de terror, en algunos de cuyas narraciones se describe con perversidad el proceso de descomposición de un cadáver. Esto mismo hace García Márquez en «La tercera resignación». Aquí el narrador se introduce en la consciencia del personaje, en su carne, sus arterias, sus vértebras, su médula y en su cerebro, transmitiéndonos la angustia que le provoca un ruido permanente.
«El ruido tenía la piel resbaladiza, intangible casi. Pero él estaba dispuesto a alcanzarlo con su estrategia recién aprendida y apretarlo larga y definitivamente con toda la fuerza de su desesperación. No permitiría que penetrara otra vez por su oído; que saliera por su boca, por cada uno de los poros o por sus ojos que se desorbitarían a su paso y se quedarían ciegos mirando la huida del ruido desde el fondo de su desgarrada oscuridad […]»
Es el taladrar de conciencia que no le concede el reposo definitivo, ni el don de la vida, que ya no sabe si desea. La criatura está dividida en una parte física, el cuerpo que crece, que detiene el crecimiento y finalmente empieza a descomponerse; y la conciencia que asiste impotente a las fuerzas poderosas que lo retienen en esa cárcel, hasta que comprende que solo le queda la resignación.
Con esta pesadilla Gabriel García Márquez pone la primera piedra del edificio que empieza a construir y que conduce a Cien años de soledad. Lo valioso de estos primeros relatos químicamente puros, recogidos con posterioridad en Ojos de perro azul, es su potencia innovadora, su inclinación hacia cierto surrealismo que rompía las barreras de lo real y exploraba la conciencia individual. García Márquez se proponía atrapar al lector con el hábil manejo de la intriga que aprendió, en primer lugar, de la madre y en segundo lugar, de otras fuentes, como las Mil y una noches. Pero quien le dio las claves para comprender que todo es posible en la literatura fue Kafka. La lectura de La Metamorfosis le ayudó a salir del callejón sin salida en que se encontraba mientras gestaba lo que sería su obra cumbre. Sin embargo, en estos primeros cuentos ya estaba el germen. Pensemos que el «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo», que se publicó como un cuento en 1955, va a formar parte de Cien años de Soledad.
Jacques Gilard, el crítico francés que desarrolló una pasión por el Caribe a partir de su lectura de García Márquez, rastrea los pasos del escritor en sus columnas periodísticas. Concluye que ya se estaba asentando una corriente renovadora en la narrativa de los cuarenta en Colombia, sobre todo, en torno al Grupo de Barranquilla en el que se formó en autor de Cien años de soledad, que fue clave en la difusión de las vanguardias. Por entonces, la narrativa colombiana se alimentaba de la temática rural, y el joven García Márquez rechazó el ruralismo y el costumbrismo, abordando los temas de la muerte, la familia y la casa.
Pero el Grupo de Barranquilla, o más exactamente, el librero Ramón Vinyes, puso al día a Gabo respecto a autores norteamericanos como Faulkner o Hemingway, y a las vanguardias europeas: Virginia Wolf y James Joyce, por ejemplo. No debe extrañarnos, el recurso vanguardista de lo grotesco en su obra, que va a determinar su tratamiento de la realidad, así como ese contacto con las corrientes de pensamiento del siglo XX, que le permiten abordar la angustia existencial en un clima de violencia, como el que se imponía en Colombia debido a las tensiones sociales. Con la atención puesta en el individuo, García Márquez daba cuenta del clima de violencia y de la atmósfera de terror vivida a raíz de experiencias traumáticas, como las guerras civiles, y los conflictos entre trabajadores y patrones, como el que desencadenó la matanza de las bananeras. Frente a esos hechos apostaba por la literatura como una forma comprometida de estar en el mundo.

domingo, 15 de octubre de 2017

La babosa, palabras que matan

La babosa, de escritor paraguayo Gabriel Casaccia (1907-1980) es una de las más grandes novelas de la literatura hispanoamericana. Publicada en Buenos Aires en 1952, no tuvo una edición en su país sino hasta 1982, tras la muerte de su autor. Cacassia, de padres italianos que emigraron al Paraguay, se había exiliado voluntariamente en la población de Posadas, Argentina, al finalizar la guerra del Chaco en 1935. Inevitable pensar en circunstancia de la vida del autor, que en La babosa, entre otros temas presenta la degradación del escritor frustrado, en un medio que percibe contrario y hostil a su proyecto creador y que sueña con emigrar a Buenos Aires. Pero la historia, como ha señalado la crítica, no es lo más importante en esta obra, como tampoco su relación directa con la realidad paraguaya. Su fuerza esta en el despliegue de una excepcional habilidad narrativa y en el manejo de la trama que acaba cautivándonos.
La babosa transcurre en el pueblo de Areguá, situado a 30 kilómetros de Asunción, lugar de veraneo de los capitalinos, frente al legendario lago de Ykaparaí. Estos pasan temporadas en el pueblo e interactúan con los lugareños que, en su mayoría, son gentes sin ninguna ambición, conformes con su suerte. Algunos de ellos viven tan frustrados que desearían marcharse lejos, pero no reúnen los recursos ni las fuerzas para conseguirlo. Ese deseo de realizar los sueños en otra parte, o de salir de la miseria que limita y degrada la existencia, lleva a muchos de los personajes a codiciar lo ajeno y a ver al otro como al enemigo, que hay que despojar para restablecer el equilibrio roto. Sin embargo, La novela, como toda obra maestra, admite múltiples lecturas y no se agota en ninguna.Podríamos desmenuzar su universo femenino a partir de un personaje tan poderoso como Ángela Gutiérrez, apodada “la babosa”, que parece salir de una obra de Baroja. Con una lengua viperina, ella maneja los destinos de Areguá y lleva a las víctimas hasta la destrucción y el suicidio. En el lado opuesto está Clara, su hermana, expresión de grosera sensualidad, hedonismo y ambición, quien despoja a Ángela de la herencia familiar. Pero lo que parece ser la disputa de dos mujeres, se acaba convirtiendo en un enfrentamiento con las fuerzas masculinas. Giran en ese cosmos las esposas dominadoras que imponen su voluntad sobre los hombres abúlicos que fantasean con otras mujeres, mientras que en la escala inferior, vemos a las indígenas, empleadas del servicio doméstico, sumisas, resignadas, maltratadas, abusadas y menospreciadas por unos y por otras.
La vida en este pueblo de “calles entristecidas de soledad y silencio” es una guerra salvaje, en la que los hechos se distorsionan a causa de las habladurías. Solo el narrador y el lector ven la verdad que los vecinos de Areguá conocen a medias y acomodan a sus mezquinos intereses. Doña Ángela arremete primero contra el cura, después contra Ramón Freitas, el escritor frustrado, esposo de una de sus vecinas a quien sorprende con la criada, y contra el abogado Britez que la ha traicionado confabulándose con la hermana para arrebatarle sus derechos. El cura Rosales le pone freno ignorando sus habladurías y alejándola de su grupo de damas devotas. En el punto de mira de Ángela también está el boticario Salvado, esposo de su mejor amiga, Rosalba, responsable de muchos abortos. Ángela se impone porque conoce los secretos de los lugareños e irrumpe en la casa del boticario despojándolo de la esposa en un juego de seducción lésbico que pone en evidencia sus inclinaciones homosexuales reprimidas.
Los hombres, a su vez, inmaduros, dependientes económica y moralmente de las mujeres, se entregan al juego y la bebida. Al día siguiente, abrumados por la culpa, sueñan con un futuro mejor y justifican sus bajezas inventándose un fin elevado. Salvo el exembajador Eleuterio Britez y el abogado Félix Cardoso, suegro de Ramón, que organizan la vida de sus hijas, ninguno de los varones asume el rol de padre, ni manifiesta amor por los hijos. Espinoza, vive con una mujer humilde a la que explota y entrega su prole en adopción haciéndolos pasar por huérfanos. Ramón repudia a la criada que deja embarazada. Se diría que alguna fatalidad del pasado les impide formar una familia y arraigar en un proyecto común. Los más audaces engañan a los humildes prestándoles dinero a altos intereses o estafándolos en negocios poco claros. Los desesperados recurren al robo y a la violencia para escapar del callejón sin salida en que se encuentran.
Sin una casa digna donde recogerse, unos y otros buscan refugio aprovechándose de familiares y amigos. Ramón vive en la casa de su suegro, Ángela soporta a la hermana y para “humillarla” se va a vivir con Rosalba. A su vez, Ramón invade la casa del doctor Britez a donde lleva a vivir a la familia de su criada. Willy Espinoza, sórdido empleado de un ministerio, se instala abusivamente en la casa que ocupa Ramón. El padre Rosales desearía volver al pueblo gallego de su infancia, pero nunca reúne lo suficiente para marcharse, a pesar de quedarse con los fondos destinados a la restauración de la destartalada iglesia.
En un juego de acciones y reacciones, cada agravio y cada rumor, trae consecuencias letales. Espinoza es menospreciado por Ramón, pero al calor de la bebida le arranca sus secretos. Hábilmente saca partido de la información y se adelanta a los planes de su compinche. Si la lengua letal de Ángela es el arma más poderosa, la lengua de Ramón Freitas es su condena. También la vehemencia de la lengua del cura Rosales se vuelve contra él. En cambio, la relamida lengua de Britez divaga en ensoñaciones sin llegar a concretar sus deseos. Convertida en carta de amor anónima, la palabra de Britez introduce mayor confusión en la trama. Por encima de todos se levanta, como el rumor de una marea tenebrosa, la baba que deja la lengua viperina de Ángela, matando los sueños y las ambiciones de todos. Ella sola destruye y crea reputaciones, recurriendo a los anónimos y a los panfletos. Cada campaña es una guerra de la que saldrá vencedora. Este rasgo varonil de su personalidad le permite contender deseos reprimidos bajo el odio que le profesa a la hermana y al cura.
Entre estos personajes grotescos quisiéramos encontrar un alma noble capaz de hacer frente a tanta ignominia en la selva donde salvajemente se devoran unos a otros. Solo las palabras de Willy Espinoza, el más villano y cínico de los personajes, nos pueden resarcir de una amarga impotencia que no da tregua: “Vivir no duele. Lo terrible es tener que vivir entre los seres humanos”.
La crítica ha señalado en Casaccia la influencia de Proust y de Dostoievski en cuanto a su procedimiento narrativo. Sin duda, es propia de Proust esa morosidad para describir el carácter de los personajes y los detalles del entorno en el que se desarrollan sus acciones. También los es poner el punto de mira en algo sin importancia aparente que con posterioridad va a jugar un papel definitivo. Del mismo modo, pertenece al mundo de Dostoievski la construcción de personajes degradados, como Ramón Freitas,que va hacia el fracaso como si calculara cada paso; o Espinoza que desesperado tras cometer el robo intenta matar a su víctima.
Si Casaccia es considerado el padre fundador de la literatura paraguaya moderna se debe al vigor de esta narración que explora mediante lo grotesco la oscura condición humana. También a la puesta en escena de unos hechos que parecen estar ocurriendo mientras leemos, y que nos llevan de la desazón al desencanto, y del agobio al asombro cuando, al caer las máscaras, sale triunfante la lengua de víbora que nos ha enredado en la trama, en esta “tragicomedia de la irresponsabilidad”, como la definiría el prominente crítico paraguayo Enrique Marini Palmieri.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Patria, el silencio cómplice

El éxito en España de la novela Patria, de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), no tiene precedentes en los últimos tiempos en este país. Lectores, intelectuales y políticos celebraron su aparición como algo necesario. Los 300.000 ejemplares vendidos, junto con los premios de la Crítica y el «Francisco Umbral» al libro del año 2016, respaldan al autor. Todos han celebrado el valor que tuvo al arriesgarse con un tema tan delicado como el terrorismo de ETA. Lo cierto es que en esta novela Aramburu se adentra al interior de una pequeña comunidad del País Vasco para mostrarnos cómo se vivió en la intimidad el drama de las familias y de los amigos, divididos por su apoyo o distanciamiento respecto a los crímenes perpetrados por la banda terrorista.
La novela comienza el día en que ETA anuncia el abandono de las armas. Bitori va a su pueblo a visitar la tumba de su marido, el Txato, quien ha sido asesinado por los terroristas. Enferma de cáncer, la mantiene viva el deseo de saber quién lo asesinó. El Txato, dueño de una empresa de transportes, estaba condenado a pagar a la banda una contribución, que iba en aumento. La visita de Bitori, después de largos años de destierro, altera la aparente paz del pueblo, en especial la de quien fuera en otro tiempo su amiga íntima, Miren. Ésta había dejado de hablarle tras el asesinado del marido, actitud compartida por los vecinos, empezando por el cura, responsable de animar a los jóvenes a la lucha armada. Miren es, a la vez, madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado sobre quien recae la sospecha de haber asesinado al Txato, y de Arantxa, amiga de infancia de los hijos de Bitori.
Si tuviésemos que elegir una palabra para sintetizar el lazo que une y amordaza a los vecinos de este pueblo sería “silencio”. Todos, sin excepción permanecen mudos ante el horror, aunque por diversos motivos: fidelidad a los propios y temor a ajenos (en el caso de Miren); protección contra dolor (familiares de las víctimas como Nerea, hija del Txato); fidelidad a la banda (el, cura, el dueño de la taberna); o por imposibilidad de hablar (Arantxa quien queda inválida a causa de un ictus). El hecho es que nadie en el pueblo protestó cuando se atacó al Estado español, a los representantes del orden, ni a la ciudadanía. Ninguno de los vecinos cuestionó los asesinatos de vecinos y amigos. Hijos de la comunidad, los miembros de la banda son apoyados por los parientes que van adoptando posturas fanáticas para justificar sus acciones y evitar mirar a los ojos a las víctimas con quienes compartieron los momentos más significativos de la vida.
La historia nos convence porque el autor penetra en la conciencia de los personajes y desde ellos nos permite ver sus miedos, sus frustraciones y rencores. La novela alterna tiempos y espacios hacia adelante y hacia atrás en una compleja estructura que le imprime un ritmo vertiginoso en esa búsqueda de la verdad, pero, sobre todo, del perdón. Un engranaje de diálogos da voz a los distintos personajes, a la vez que traza el mapa de las relaciones entre ellos. El autor no olvida detalles de lo cotidiano importantes en la vida de los pueblos vascos, como las comidas, las reuniones en la taberna, las aficiones de los fines de semana a las que se entregan quienes se conocen de siempre. Asimismo pulsamos el clima de tensión que se vivió en aquellos años en los que una juventud sin horizontes encontró en la lucha armada una salida y un sentido. El autor nos muestra, además, cómo fuera de aquellos pueblos, en el ámbito urbano, las tensiones de diluyen. Puede que no se libren del dolor, pero, al menos, encuentran una salida profesional que los aleja del espiral de odio y de violencia en el que se sumergen los fanáticos.
La crítica ha destacado los aciertos de la novela sin dejar de señalar los fallos de su perspectiva plural (la del cura, la del etarra, la de las víctimas, la de los cómplices) que a juicio del algunos se sostiene con dosis, a la vez, de verdad y de mentira. Pero la literatura no tiene por qué responder a la realidad, ya que su verdad es literaria y, en cualquier caso, su mayor valor tiene que ser la verosimilitud. Puede que algunos personajes estén mejor logrados que otros, pero de lo que no cabe duda es de que, a través de ellos, podemos comprender cómo se va gestando en el corazón de las personas ese huevo de serpiente que es el terrorismo. Comprendemos la inutilidad de la venganza y la necesaria reconciliación, que sólo es posible con el perdón.

jueves, 20 de abril de 2017

Rulfo, Roa Bastos, García Márquez: dos centenarios y un cincuentenario

En 2017 celebramos los centenarios de Roa Bastos y de Juan Rulfo, dos de los grandes de la literatura en lengua española. Con El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), el primero se anticipó a lo que sería el boom de la narrativa latinoamericana por su novedosa propuesta narrativa. Estos libros superaron muchos ismos, especialmente el costumbrismo decimonónico, que miraba a los campesinos y a los indígenas con paternalismo, sin llegar a conocerlos ni entender su condición. El llano en llamas abordaba la soledad, la violencia, la muerte, la desolación y desesperanza del campo mexicano en los años posrevolucionarios. Traducido a más de 30 idiomas, impacta su poderosa escritura, sobria, precisa y penetrante. La fuerza de su dolorosa verdad se impone con un estilo único en palabras como estas:
“El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo. Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales. Enseguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza junto a nosotros: “¡Viva mi general Petronilo Flores!”.
Rulfo tuvo que responder a la incesante pregunta de cuándo publicaría el próximo libro, ya que todos esperaban de él otra novela, después de Pedro Páramo. Augusto Monterroso caracterizaría a Rulfo en el cuento «El zorro es más sabio», que trata de un escritor que publica un libro muy bueno y luego otro mucho mejor, pero, como se da por satisfecho, los demás empiezan a repetir ¿qué pasa con el zorro?, y el zorro se responde a sí mismo: «en realidad, lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo, pero como soy el zorro no lo voy a hacer». Y no lo hizo”, se afirma hacia el final del cuento.
Pedro Páramo se inscribe dentro de la tradición de novelas de la Revolución mexicana. En ella, Rulfo trataba los temas tradicionales mexicanos, pero introduciendo grandes innovaciones técnicas como la ruptura de las secuencias espacio-temporales, que la convierten en un laberinto temporal. Asimismo, trazaba una ambigua frontera entre lo real y lo imaginario, y asociaba la experiencia de la muerte a lo sexual y lo onírico, al referir, por ejemplo el frustrado amor de Pedro Páramo, que tuvo todas las tierras y todo el poder sometiendo a los campesinos, despojándolos de sus derechos, pero no pudo nunca obtener el amor de Susana San Juan. Rulfo juega con paradigmas universales, como la búsqueda del padre que inicia Juan Preciado, al igual que Telémaco en la Odisea, o el viaje al Comala de los muertos, semejante al de Orfeo a los infiernos. La novela trasciende los temas sociales, ahondando en la terrible violencia de las fuerzas divinas, en la degradación del alma humana, acosada por la culpabilidad y los remordimientos. Todo esto, convierte le novela en una pieza excepcional, sobre todo, por la construcción de un lenguaje que, siendo único e irrepetible, encarna el sentimiento colectivo de los campesinos de su Jalisco natal.
Al igual que Rulfo, Roa Bastos fue un excelente cuentista, que antes de su celebrada novela Yo, el supremo (1974), publicó El trueno entre las hojas (cuentos, 1953), Hijo de hombre (1960). En el cuento “Moriencia” asistimos a la puesta en escena del estar muriéndose desde el nacer. En la escritura se materializa desde el poder de la palabra y de la muerte del personaje Chepé Bolívar, el protagonista, se ofrecen distintas versiones. Lo importante es el poder que alcanza el acto de nombrar, porque el personaje cobra vida, resucita, al ser nombrado. Algo similar se plantea en Yo, el supremo, novela que presenta la figura del dictador, pero se trata también en este caso de un personaje único. La obra se inscribe dentro de la saga de novelas de dictadores que, entre los sesenta y los setenta, se escriben en América Latina, siguiendo el modelo valleinclanesco de Tirano Banderas. Son figuras históricas, como el mexicano Porfirio Díaz que, al igual que Gaspar Rodríguez de Francia “El supremo” de Roa Bastos, responden al modelo del dictador ilustrado.
Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo no se limita a dar cuenta de la biografía de José Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840), cuya vida fue más que novelesca. Empezó como dictador temporal en 1814 y dos años después se hizo perpetuo. Con mano de hierro hizo del país una isla autosuficiente, hasta 1871 cuando Uruguay, Argentina y Brasil lo arrasaron. Roa Bastos se vale de personas y documentos históricos, que sazona con la ficción, de modo que esta novela es también una lectura de las versiones de la historia fundacional del Paraguay.
El autor muestra de qué manera los documentos son manipulados, falsificados por el ayudante del dictador, quien abruma con circulares, decretos, documentos públicos. Así como el notario que recoge las escrituras públicas y las organiza de acuerdo a las necesidades de la novela. El libro se acaba convirtiendo en alegoría de la escritura, de su poder, pero también de su distorsión y, a la vez, de su sangrante forma de imponerse. El dictador es como un dios todopoderoso que lleva una vida secreta y austera, que sale por las noches sin que nadie lo identifique y al que solo se le conoce de oídas. Su pueblo es diligente y disciplinado, tiene asistencia social, pero no conoce la libertad.
Al contrario que Rulfo, Roa Bastos se enfrenta al reto de fundar la literatura nacional al no tener detrás una tradición que seguir o ante la cual discrepar. El resultado es esta propuesta que fluctúa entre el ensayo y la novela y que recurre a distintas textualidades enfrentadas a la oralidad, capaces de manipular los rumores y de cambiar la visión que se tiene de la historia.
Gabriel García Márquez, lo sabemos, tiene en común con Roa y Rulfo el haberse iniciado en la literatura con cuentos sorprendentes y con relatos y crónicas periodísticas de gran impacto entre sus lectores. Cien años de soledad (1967) alcanzó un éxito clamoroso desde el momento de su aparición, tanto que la obra la sitúa entre los dos libros más leídos de la literatura en lengua española al lado de El Quijote.
Quiero recordar una anécdota que une a Rulfo y a García Márquez, que se ha repetido en distintas ocasiones, y que demuestra la generosidad intelectual de Mutis. García Márquez tenía 32 años y se había instalado en México para escribir Cien años de soledad. Entonces, Mutis, que ya se había convertido en gran amigo, le dijo: “Lea esta vaina, carajo, para que aprenda” y le entregó Pedro Páramo, cuya lectura iluminó el horizonte de García Márquez. Éste, confesaría que se encontraba en un callejón sin salida, tras haber publicado cinco libros, que en realidad lo conducirían a Cien años de soledad, solo que por entonces no lo sabía.
La parquedad de Rulfo, que se adentra en el Hades, le permitirá a García Márquez incursionar en las vidas de sus personajes también más allá de la muerte. La novela funda un universo, el de Macondo, recreando el mito de la Arcadia fundante y su prosperidad, que coincide con la bonanza del pueblo gracias a la explotación de las plantaciones de banano por parte de la compañía norteamericana. Pero vendrá la decadencia y la ruina de las familias que verán cómo esta Arcadia se convierte en Babilonia.
La obra evoca las imágenes obsesivas de la infancia que permanecen vivas en la memoria del autor y que están envueltas de una atmósfera mágica, como el día que conoció el hielo, experiencia que, curiosamente, también recuerda el poeta Rubén Darío. La imaginación desbordante despliega lo fantástico en el relato con sucesos como la epidemia del insomnio y la lluvia de flores amarillas. Esta prodigiosa inventiva, además del virtuoso del autor, contrasta con el riguroso ordenamiento de la historia, que sitúa al libro al lado de textos como la Biblia o Las mil y una noches. Y es, sin duda, el sortilegio que atrapa al lector lo que ha garantizado su popularidad, entre otras cosas, por las múltiples interpretaciones que pueden hacerse de la historia.

domingo, 9 de abril de 2017

Colombia, ¿tiempos de paz? 9 de abril de 1948

En un día como hoy, hace 69 años, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, el candidato del partido liberal que mayor apoyo popular alcanzó en la historia de Colombia. El magnicidio dejó una herida tan profunda en los colombianos que, paralizados por el horror y el miedo, borraron de su memoria los momentos gloriosos de su ascenso como tribuno del pueblo. Considerado el primer líder social, Gaitán había calado hondo en el corazón de los más humildes convocando adhesiones con un discurso sencillo y sincero: “No soy un hombre, soy un pueblo”, palabras en las que insistiría y que se quedaron grabadas en la piedra de los monumentos levantados en su honor.
El día de la postulación de su candidatura a la presidencia de la República, la capital vio desfilar delegaciones de los lugares más apartados del país que acudían para mostrar su adhesión al líder. Estremece el reportaje que sobre ese día filmaron los célebres cineastas Acevedo, la apoteósica manifestación popular, el riguroso y solemne desfile del gremio de choferes engalanados con carteles. La fervorosa agitación de pañuelos saludando al candidato; las bandas de música, las representaciones de los sindicatos y de las distintas agrupaciones cívicas que se agolparon en la plaza de toros. Acusado tanto de comunista como de fascista, Gaitán fue un liberal demócrata reformista que entendió la necesidad de resolver las vergonzosas desigualdades del país, con políticas sociales destinadas a las clases menos favorecidas.
Como señaló Osorio Lizarazo, refiriendo los comienzos de la carrera política de Gaitán, cuando era un estudiante de Derecho y un precoz agitador de multitudes, aprendió “en carne viva que la angustia del pueblo sólo tiene solución en la determinación del mismo pueblo de modificar su destino, y que el hombre sensible con responsabilidad debía encabritar ese anhelo y no ponerse a tomar cerveza y a discutir teoría”. Pensaba, sin duda en los intelectuales de su generación que, bajo la etiqueta de “Los Nuevos”, se reunían en el café Windsor de Bogotá y de los que Gaitán se distanciaba, ya que sus preocupaciones, más que estéticas, eran profundamente sociales.
Para el historiador David Bushnell, “Gaitán no llegó nunca a articular un programa político definido. Hablaba vagamente de socialismo pero no era marxista, si bien algunos planteamientos del marxismo habían influido en su pensamiento. Sin duda, se proponía ir más allá que [el presidente liberal] López Pumarejo en lo referente a la intervención estatal en la economía y la promoción de la reforma laboral y el bienestar social, pero las diferencias eran solamente de grado, no de esencia.” Según este historiador, jugó en su contra “la manera cómo se expresaba” cuando se refería a los poderes hegemónicos que denominaba “oligarquías”. Pero fue, precisamente, esa manera suya lo que le permitió conectar con las masas que se sintieron representadas en esa voz.
Recogiendo los testimonios de quienes lo conocieron, Arturo Alape da cuenta del poderoso influjo de su verbo sonoro en la memoria colectiva: “Es que cuando uno vuelve a escuchar su Voz [uno] se transporta. Y ve al jefe rasgándose por dentro al pronunciar sus discursos y revive la sinceridad con que él hablaba”, confiesa un hombre humilde, sumido en el dolor y el desencanto por ese sueño que estalló en pedazos, cuando el asesinato del líder desató un incendio de dimensiones apocalípticas en el que la turba enloquecida perdió su norte.
Pero el fenómeno de Gaitán no fue un caso único en la historia de América Latina. Por entonces, también en Argentina comenzaría el ascenso de líderes con amplio apoyo popular como Juan Domingo Perón, a quién la historia sí le dio la oportunidad de cambiar los destinos de su país. Entre luces y sombras, su impronta dejó una huella indeleble, aunque históricamente discutida. La misma suerte corrió Rómulo Betancourt, en Venezuela, fundador del partido Acción Democrática que subió a la presidencia en 1945. A Gaitán, en cambio, le fue arrebatado ese derecho que parecía otorgarle el pueblo. No sabemos lo que hubiera sido de nosotros los colombianos si este jurista apasionado hubiese llegado al poder. Él ya había demostrado coraje cuando llevó al Congreso el debate sobre la masacre de las bananeras en 1929 con una abrumadora cantidad de testimonios y documentos. Lo cierto es que sin Gaitán hemos transitado a la deriva en una espiral de violencia que, con el paso de los años, no ha hecho más que sumar nuevos factores al conflicto.
El propio Gaitán ya convocaba la paz en las célebres marchas de las antorchas y del silencio. En esta última, dos días antes de su asesinato, elevaba un ruego al entonces presidente Ospina para que detuviese la matanza de liberales por parte de las fuerzas del orden. “Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!”.
Tras la firma de la paz con la guerrilla de las FARC, la comunidad internacional da por resuelto el conflicto colombiano, y ni siquiera se pregunta qué sucede actualmente al interior del país. No se tiene en cuenta que uno de los problemas más graves que afronta Colombia es el de la tenencia de la tierra, ya que en un porcentaje altísimo no está formalizada. Esto ha favorecido que unos pocos, apoyados por ejércitos privados, se apropien y controlen territorios para la explotación de sus recursos, y para el transporte de productos de manera ilícita. Este brutal ejercicio de poder explica que en el país los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, sin hablar de los millones de desplazados por ese motivo, y que requieren con urgencia políticas destinadas a su reinserción social. ¿Cómo instaurar la paz con semejantes asimetrías?
Gaitán se proponía combatir los privilegios que desencadenan la violencia por la injusticia y las desigualdades que fomentan. Como concluye Osorio Lizarazo, Gaitán: “Encarnaba la superación de todo un periodo histórico social y la reducción de las jerarquías y de las aristocracias, las oligarquías, de todo lo que fuera privilegio. Es muy posible que el advenimiento de Gaitán a la presidencia de la República no hubiera implicado una revolución definitiva; pero al propio tiempo era indudable que nada sería bajo su gobierno idéntico a lo que había sido”. Y a lo que fue después.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Narrar la violencia en Colombia

En una mesa redonda celebrada el pasado 27 de octubre en Logroño (España), en la que participé con colegas colombianos, se abordaba la relación entre la literatura y la guerra. Era necesaria una reflexión sobre los vínculos entre literatura y realidad en Colombia, un asunto, en el fondo, ya superado por los escritores del siglo XIX, quienes comprendieron los límites del realismo. La novela, más que “reflejar” la realidad, construye otra realidad seleccionando y organizando los datos que le ofrece la experiencia. Lo hace de acuerdo a las normas y las leyes que el creador establece para el mundo al que pretende dar vida. En esto la novela se distancia de la crónica, se independiza de lo que se entiende por lo “real”, para que el autor pueda dar rienda suelta a la imaginación. Su compromiso será con la ficción, o con su postura frente a los hechos que sacuden a la comunidad, como bien lo expresara Gabriel García Márquez en un artículo publicado en 1959.
Al respecto, el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano formulaba esta pregunta. ¿Por qué la guerra protagonizada por las guerrilleras, el narcotráfico y el paramilitarismo, en las cuatro últimas décadas, no ha inspirado una sola novela importante? Previamente el periodista de El Espectador, Jorge Cardona había ofreció una relación de los padecimientos del país desde su independencia, las luchas maniqueas alimentadas por los poderes hegemónicos, para mantener a la población en guerra. Venganzas, masacres, intentos de regeneración frustrados, que añadieron más factores de conflicto y sabotearon la posibilidad de una paz negociada.
¿Cómo y desde donde narrar esa violencia? Sin lugar a dudas, los escritores colombianos fueron sensibles a esta realidad. Tanto es así que la novela de denuncia en los setenta saturó el corpus de la literatura, aunque con obras generalmente de dudosa calidad. Pero algunos ejemplos notables merecen una mención. Sabemos de las atrocidades cometidas en la lejana población de Tambo, en Antioquia, gracias a El día señalado, de Manuel Mejía Vallejo, premio Nadal en 1963. De lo ocurrido en Tuluá, en el Valle del Cauca, da cuenta Gustavo Álvarez Gardeazábal en Cóndores no se entierran todos los días (1971), Premio Ciudad de Manacor, novela canónica donde sobrevuelan los pájaros que sembraron el terror en Tuluá, y que parecen haber resucitado en las bandas paramilitares que cubren de sangre los territorios controlados por el narcotráfico y la guerrilla. La novela de las últimas décadas nos instala en diversos espacios del conflicto, rurales o urbanos, y ofrecen distintas perspectivas. La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, trata del mundo de las comunas y de los jóvenes delincuentes. En voz baja (1999), de Darío Ruiz Gómez, da cuenta del cambio de paradigma en los hábitos y en la estética de los enriquecidos con el blanqueo de dinero. Delirio, de Laura Restrepo, premio Alfaguara de novela 2004, tiene lugar en Bogotá y desvela los estrechos vínculos entre el narcotráfico y el poder, así como el desequilibrio a que da lugar, simbolizado en el ser femenino.
Evelio Rosero en Los ejércitos, premio Tusquets 2007, explora los terrores vividos en el mundo rural. La acción nos sitúa en un pueblo amenazado por los grupos armados.
Recientemente, Pilar Lozano publicó Era como mi sombra, novela breve que nos ofrece la perspectiva de un joven cuya única salida es ingresar en la guerrilla. La apartada población donde se sitúa sufre en silencio la brutalidad del conflicto sin encontrar otra salida. La perspectiva del indígena nos ha sido revelada con hondura y delicadeza por Mariela Zuluaga, en su novela Gente que camina (2013), un amoroso relato que nos introduce en San José del Guaviare en la selva amazónica, territorio enigmático donde sobrevive la casi extinta comunidad de los Nükaák que, atónita, huye de las masacres perpetradas por narcotraficantes y guerrilleros.
El material narrativo sobre este tema, reconocido, como se ve con distintos premios, no es escaso si consideramos que la violencia de los años cincuenta inspiró cerca de cien novelas entre la que puede incluirse Cien años de soledad. Por otro lado, la guerra que desencadenan el narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo en las últimas décadas ha motivado unos cincuenta títulos, según el novelista y profesor Óscar Osorio en su estudio El narcotráfico en la novela colombiana. También deberíamos sumar a esas obras relatos de índole distinta: testimonios de actores del conflicto recogidos por sociólogos y antropólogos como Alfredo Molano y Alonso Salazar, entre otros.
En resumen, el testimonio, la crónica y la novela en Colombia han ofrecido distintas versiones del conflicto, captando la atmósfera de terror; el desgarro de las familias, los secuestros, las desapariciones y los asesinatos en masa. A veces, los narradores han saltado de la novela a la crónica con la intención de abarcar las dimensiones de la infamia, como el propio Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro. Sirva este título para recordar sus palabas en el artículo de 1959, respecto a las matizaciones entre la crónica, la novela, y el testimonio que se vislumbra como posibilidad de escritura y de redención:
[…] un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto. Hay que confiar en que ellos prestarán buena ayuda a quienes sobrevivieron a la violencia y se están tomando el tiempo para aprender a escribirla, y en todo caso a los numerosos niños que la padecieron como una pesadilla de la infancia y ahora están creciendo en silencio sin olvidarla. La aparición de esa gran novela es inevitable en una segunda vuelta de ganadores. Aunque ciertos amigos impacientes consideren que entonces será demasiado tarde para que sirva de algo el contenido político que tendrá sin remedio, en cualquier tiempo.
De todas formas, seguiremos esperando esa “gran novela” en primera persona, que nos anticipa El olvido que seremos, donde su autor ha sido capaz de combinar con maestría, testimonio, autobiografía e historia para ofrecernos un conmovedor relato sobre esa intolerancia que ha sometido a la barbarie a un pueblo más preparado para la heroicidad y la grandeza que para las bajezas perpetradas por la maquinaria del terror.

martes, 8 de noviembre de 2016

A la memoria de mi amigo Enrique Romero

Hay personas que pasan por nuestra vida sin dejar huella pese a haber alterado nuestro destino. El tiempo va emborronando los nombres y los recuerdos hasta hacer desaparecer a quienes se convirtieron en obstáculo, o en mediadores, en el camino de los sueños. En cambio, hay otras que se quedan para siempre, por la influencia que ejercieron en nuestra manera de ver y percibir el mundo. Dejo aparte las relaciones familiares, ya que pienso solo en los amigos, criaturas elegidas con quienes compartimos experiencias, lecturas, ideas y actitudes vitales, aquellos que hicieron posibles complicidades y muestras de lealtad, en los momentos difíciles.
La amistad suele ser un privilegio y un don que reciben las personas que aprendieron a dar. Pero no siempre la amistad es diáfana. Depende de cada quien, de la paz que apacigua los temores, de la luz que ahuyenta los fantasmas, de la confianza en el otro y de la espontánea generosidad que pudiéramos apreciar o manifestar.
Con raras excepciones la amistad traza destellos de luz y señales en el camino como las que me brindó Enrique Romero, a quien yo llamaba Sergio Stepansky en honor al personaje del poema de León de Greiff. Nuestra amistad fue construyendo un hermoso paisaje de momentos luminosos. Se fue consolidando en encuentros casuales o provocados, desde aquel día que nos cruzamos en la librería Nacional de Bogotá en 1981. Acababa de nacer su hijo Camilo y él estaba orgulloso de tener un niño hermoso rebosante de salud. Había preparado su equipaje porque se marchaba al día siguiente a Barcelona. Prometió escribirme para darme sus coordenadas, lo que hizo, sin que yo tuviese la precaución de guardarlas. A los veinte años no apreciamos esos momentos clave. Solo el paso del tiempo nos enseña cuán importante fue la intervención del azar.
Enrique solía citar a menudo una frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita con el destino”. Tenía razón. En 1984 volvimos a encontrarnos casualmente en Madrid en aquel célebre congreso de escritores menores de 30 años donde coincidieron tantos latinoamericanos en España. Fue el comienzo de una enriquecedora experiencia, pues pese a vivir en distintas ciudades, compartíamos lecturas, reflexiones confidencias y encuentros familiares. De él recibí regalos inolvidables, obras de autores que me cautivaron y selecciones musicales que preparaba para mí. Enrique tenía una sensibilidad especial y una gran intuición para apreciar la maestría o el virtuosismo de un artista.
Pero Enrique no solo era un exquisito lector sino también y, por encima de todo, un apasionado de la música latinoamericana, en especial la del Caribe, que conocía hasta la erudición y que disfrutaba hasta el frenesí. Esta pasión alimentó su vida y canalizó el caudal de energía que lo arrastraba, convirtiéndose en una manera de estar en el mundo y en su medio de vida. Fue un privilegio que se pudo permitir arriesgando, incluso, muchos de los bienes que poseía.
Con el apodo de “El Molestoso”, como decidió llamarse, en honor a Eddie Palmieri, Enrique ejerció un liderazgo indiscutible como difusor y promotor de la música del Caribe en España, concretamente desde Barcelona, de lo que da cuenta la necrológica publicada en la revista Clave. Nos deja páginas memorables en la revista El Manicero, fundada por él, así como programas de antología en la emisora Radio Gladys Palmera. Enrique también fue director de la colección discográfica Música del Sol, que ofreció cuidadas selecciones de clásicos y de versiones inencontrables. Fue un radiofonista notable, que en su programa “Picadillo” seguía desde la salsa brava hasta los boleros. También promocionó generosamente a grupos y a artistas emergentes de Colombia, Cuba, Puerto Rico o España. Sobre sus conocimientos musicales nos deja, entre otras publicaciones, un libro, Salsa, el orgullo del barrio, y una serie de artículos que se publicaron bajo el título de Gramática rítmica en el Centro Virtual Cervantes.
En uno de estos artículos se preguntaba ¿Qué es lo exótico del Caribe, desde el punto de vista o el sentir de los foráneos? Inspirado en su maestro Antonio Benítez Rojo, respondía:
“Todo, excepto las empresas multinacionales. Las playas, el humor, las formas de andar, bailar, hablar, gobernar, vender, matar, jugar, estudiar, trabajar... Todo está barnizado por esa cierta forma especial de ser y estar que sólo se da en el Caribe. […] es una mezcla enigmática de sentido del humor, sentido del ritmo, sentido de la realidad, sentido de la posibilidad y, sobre todo, un sentido del presente que dinamita la concepción del tiempo. El ayer y el mañana son tramos menores del presente, porque en el Caribe cuenta más el espacio y la posesión generosa del mismo; la pista de baile, la esquina, el parque, la calle...”
En realidad, Enrique se refería a sí mismo, a su propia actitud vital, que mantuvo incluso en la heroica batalla que tuvo que librar contra la enfermedad. Con la música, que tomó posesión de su cuerpo, Enrique se fue en silencio una madrugada de domingo. Por suerte, para él, y para quienes lo llevamos en el corazón, las amorosas manos de Isabel Llano, su compañera, cerraron sus ojos y lo cubrieron de amor en el último y definitivo viaje hacia la pista del cielo donde, sin duda, danza con las constelaciones. Permanecerá dentro de nosotros su música y su timbre de voz. Su sonora carcajada celebratoria seguirá transmitiéndonos el calor con el que acogía a los amigos.