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viernes, 1 de septiembre de 2017

Patria, el silencio cómplice

El éxito en España de la novela Patria, de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), no tiene precedentes en los últimos tiempos en este país. Lectores, intelectuales y políticos celebraron su aparición como algo necesario. Los 300.000 ejemplares vendidos, junto con los premios de la Crítica y el «Francisco Umbral» al libro del año 2016, respaldan al autor. Todos han celebrado el valor que tuvo al arriesgarse con un tema tan delicado como el terrorismo de ETA. Lo cierto es que en esta novela Aramburu se adentra al interior de una pequeña comunidad del País Vasco para mostrarnos cómo se vivió en la intimidad el drama de las familias y de los amigos, divididos por su apoyo o distanciamiento respecto a los crímenes perpetrados por la banda terrorista.
La novela comienza el día en que ETA anuncia el abandono de las armas. Bitori va a su pueblo a visitar la tumba de su marido, el Txato, quien ha sido asesinado por los terroristas. Enferma de cáncer, la mantiene viva el deseo de saber quién lo asesinó. El Txato, dueño de una empresa de transportes, estaba condenado a pagar a la banda una contribución, que iba en aumento. La visita de Bitori, después de largos años de destierro, altera la aparente paz del pueblo, en especial la de quien fuera en otro tiempo su amiga íntima, Miren. Ésta había dejado de hablarle tras el asesinado del marido, actitud compartida por los vecinos, empezando por el cura, responsable de animar a los jóvenes a la lucha armada. Miren es, a la vez, madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado sobre quien recae la sospecha de haber asesinado al Txato, y de Arantxa, amiga de infancia de los hijos de Bitori.
Si tuviésemos que elegir una palabra para sintetizar el lazo que une y amordaza a los vecinos de este pueblo sería “silencio”. Todos, sin excepción permanecen mudos ante el horror, aunque por diversos motivos: fidelidad a los propios y temor a ajenos (en el caso de Miren); protección contra dolor (familiares de las víctimas como Nerea, hija del Txato); fidelidad a la banda (el, cura, el dueño de la taberna); o por imposibilidad de hablar (Arantxa quien queda inválida a causa de un ictus). El hecho es que nadie en el pueblo protestó cuando se atacó al Estado español, a los representantes del orden, ni a la ciudadanía. Ninguno de los vecinos cuestionó los asesinatos de vecinos y amigos. Hijos de la comunidad, los miembros de la banda son apoyados por los parientes que van adoptando posturas fanáticas para justificar sus acciones y evitar mirar a los ojos a las víctimas con quienes compartieron los momentos más significativos de la vida.
La historia nos convence porque el autor penetra en la conciencia de los personajes y desde ellos nos permite ver sus miedos, sus frustraciones y rencores. La novela alterna tiempos y espacios hacia adelante y hacia atrás en una compleja estructura que le imprime un ritmo vertiginoso en esa búsqueda de la verdad, pero, sobre todo, del perdón. Un engranaje de diálogos da voz a los distintos personajes, a la vez que traza el mapa de las relaciones entre ellos. El autor no olvida detalles de lo cotidiano importantes en la vida de los pueblos vascos, como las comidas, las reuniones en la taberna, las aficiones de los fines de semana a las que se entregan quienes se conocen de siempre. Asimismo pulsamos el clima de tensión que se vivió en aquellos años en los que una juventud sin horizontes encontró en la lucha armada una salida y un sentido. El autor nos muestra, además, cómo fuera de aquellos pueblos, en el ámbito urbano, las tensiones de diluyen. Puede que no se libren del dolor, pero, al menos, encuentran una salida profesional que los aleja del espiral de odio y de violencia en el que se sumergen los fanáticos.
La crítica ha destacado los aciertos de la novela sin dejar de señalar los fallos de su perspectiva plural (la del cura, la del etarra, la de las víctimas, la de los cómplices) que a juicio del algunos se sostiene con dosis, a la vez, de verdad y de mentira. Pero la literatura no tiene por qué responder a la realidad, ya que su verdad es literaria y, en cualquier caso, su mayor valor tiene que ser la verosimilitud. Puede que algunos personajes estén mejor logrados que otros, pero de lo que no cabe duda es de que, a través de ellos, podemos comprender cómo se va gestando en el corazón de las personas ese huevo de serpiente que es el terrorismo. Comprendemos la inutilidad de la venganza y la necesaria reconciliación, que sólo es posible con el perdón.

jueves, 20 de abril de 2017

Rulfo, Roa Bastos, García Márquez: dos centenarios y un cincuentenario

En 2017 celebramos los centenarios de Roa Bastos y de Juan Rulfo, dos de los grandes de la literatura en lengua española. Con El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), el primero se anticipó a lo que sería el boom de la narrativa latinoamericana por su novedosa propuesta narrativa. Estos libros superaron muchos ismos, especialmente el costumbrismo decimonónico, que miraba a los campesinos y a los indígenas con paternalismo, sin llegar a conocerlos ni entender su condición. El llano en llamas abordaba la soledad, la violencia, la muerte, la desolación y desesperanza del campo mexicano en los años posrevolucionarios. Traducido a más de 30 idiomas, impacta su poderosa escritura, sobria, precisa y penetrante. La fuerza de su dolorosa verdad se impone con un estilo único en palabras como estas:
“El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo. Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales. Enseguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza junto a nosotros: “¡Viva mi general Petronilo Flores!”.
Rulfo tuvo que responder a la incesante pregunta de cuándo publicaría el próximo libro, ya que todos esperaban de él otra novela, después de Pedro Páramo. Augusto Monterroso caracterizaría a Rulfo en el cuento «El zorro es más sabio», que trata de un escritor que publica un libro muy bueno y luego otro mucho mejor, pero, como se da por satisfecho, los demás empiezan a repetir ¿qué pasa con el zorro?, y el zorro se responde a sí mismo: «en realidad, lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo, pero como soy el zorro no lo voy a hacer». Y no lo hizo”, se afirma hacia el final del cuento.
Pedro Páramo se inscribe dentro de la tradición de novelas de la Revolución mexicana. En ella, Rulfo trataba los temas tradicionales mexicanos, pero introduciendo grandes innovaciones técnicas como la ruptura de las secuencias espacio-temporales, que la convierten en un laberinto temporal. Asimismo, trazaba una ambigua frontera entre lo real y lo imaginario, y asociaba la experiencia de la muerte a lo sexual y lo onírico, al referir, por ejemplo el frustrado amor de Pedro Páramo, que tuvo todas las tierras y todo el poder sometiendo a los campesinos, despojándolos de sus derechos, pero no pudo nunca obtener el amor de Susana San Juan. Rulfo juega con paradigmas universales, como la búsqueda del padre que inicia Juan Preciado, al igual que Telémaco en la Odisea, o el viaje al Comala de los muertos, semejante al de Orfeo a los infiernos. La novela trasciende los temas sociales, ahondando en la terrible violencia de las fuerzas divinas, en la degradación del alma humana, acosada por la culpabilidad y los remordimientos. Todo esto, convierte le novela en una pieza excepcional, sobre todo, por la construcción de un lenguaje que, siendo único e irrepetible, encarna el sentimiento colectivo de los campesinos de su Jalisco natal.
Al igual que Rulfo, Roa Bastos fue un excelente cuentista, que antes de su celebrada novela Yo, el supremo (1974), publicó El trueno entre las hojas (cuentos, 1953), Hijo de hombre (1960). En el cuento “Moriencia” asistimos a la puesta en escena del estar muriéndose desde el nacer. En la escritura se materializa desde el poder de la palabra y de la muerte del personaje Chepé Bolívar, el protagonista, se ofrecen distintas versiones. Lo importante es el poder que alcanza el acto de nombrar, porque el personaje cobra vida, resucita, al ser nombrado. Algo similar se plantea en Yo, el supremo, novela que presenta la figura del dictador, pero se trata también en este caso de un personaje único. La obra se inscribe dentro de la saga de novelas de dictadores que, entre los sesenta y los setenta, se escriben en América Latina, siguiendo el modelo valleinclanesco de Tirano Banderas. Son figuras históricas, como el mexicano Porfirio Díaz que, al igual que Gaspar Rodríguez de Francia “El supremo” de Roa Bastos, responden al modelo del dictador ilustrado.
Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo no se limita a dar cuenta de la biografía de José Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840), cuya vida fue más que novelesca. Empezó como dictador temporal en 1814 y dos años después se hizo perpetuo. Con mano de hierro hizo del país una isla autosuficiente, hasta 1871 cuando Uruguay, Argentina y Brasil lo arrasaron. Roa Bastos se vale de personas y documentos históricos, que sazona con la ficción, de modo que esta novela es también una lectura de las versiones de la historia fundacional del Paraguay.
El autor muestra de qué manera los documentos son manipulados, falsificados por el ayudante del dictador, quien abruma con circulares, decretos, documentos públicos. Así como el notario que recoge las escrituras públicas y las organiza de acuerdo a las necesidades de la novela. El libro se acaba convirtiendo en alegoría de la escritura, de su poder, pero también de su distorsión y, a la vez, de su sangrante forma de imponerse. El dictador es como un dios todopoderoso que lleva una vida secreta y austera, que sale por las noches sin que nadie lo identifique y al que solo se le conoce de oídas. Su pueblo es diligente y disciplinado, tiene asistencia social, pero no conoce la libertad.
Al contrario que Rulfo, Roa Bastos se enfrenta al reto de fundar la literatura nacional al no tener detrás una tradición que seguir o ante la cual discrepar. El resultado es esta propuesta que fluctúa entre el ensayo y la novela y que recurre a distintas textualidades enfrentadas a la oralidad, capaces de manipular los rumores y de cambiar la visión que se tiene de la historia.
Gabriel García Márquez, lo sabemos, tiene en común con Roa y Rulfo el haberse iniciado en la literatura con cuentos sorprendentes y con relatos y crónicas periodísticas de gran impacto entre sus lectores. Cien años de soledad (1967) alcanzó un éxito clamoroso desde el momento de su aparición, tanto que la obra la sitúa entre los dos libros más leídos de la literatura en lengua española al lado de El Quijote.
Quiero recordar una anécdota que une a Rulfo y a García Márquez, que se ha repetido en distintas ocasiones, y que demuestra la generosidad intelectual de Mutis. García Márquez tenía 32 años y se había instalado en México para escribir Cien años de soledad. Entonces, Mutis, que ya se había convertido en gran amigo, le dijo: “Lea esta vaina, carajo, para que aprenda” y le entregó Pedro Páramo, cuya lectura iluminó el horizonte de García Márquez. Éste, confesaría que se encontraba en un callejón sin salida, tras haber publicado cinco libros, que en realidad lo conducirían a Cien años de soledad, solo que por entonces no lo sabía.
La parquedad de Rulfo, que se adentra en el Hades, le permitirá a García Márquez incursionar en las vidas de sus personajes también más allá de la muerte. La novela funda un universo, el de Macondo, recreando el mito de la Arcadia fundante y su prosperidad, que coincide con la bonanza del pueblo gracias a la explotación de las plantaciones de banano por parte de la compañía norteamericana. Pero vendrá la decadencia y la ruina de las familias que verán cómo esta Arcadia se convierte en Babilonia.
La obra evoca las imágenes obsesivas de la infancia que permanecen vivas en la memoria del autor y que están envueltas de una atmósfera mágica, como el día que conoció el hielo, experiencia que, curiosamente, también recuerda el poeta Rubén Darío. La imaginación desbordante despliega lo fantástico en el relato con sucesos como la epidemia del insomnio y la lluvia de flores amarillas. Esta prodigiosa inventiva, además del virtuoso del autor, contrasta con el riguroso ordenamiento de la historia, que sitúa al libro al lado de textos como la Biblia o Las mil y una noches. Y es, sin duda, el sortilegio que atrapa al lector lo que ha garantizado su popularidad, entre otras cosas, por las múltiples interpretaciones que pueden hacerse de la historia.

domingo, 9 de abril de 2017

Colombia, ¿tiempos de paz? 9 de abril de 1948

En un día como hoy, hace 69 años, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, el candidato del partido liberal que mayor apoyo popular alcanzó en la historia de Colombia. El magnicidio dejó una herida tan profunda en los colombianos que, paralizados por el horror y el miedo, borraron de su memoria los momentos gloriosos de su ascenso como tribuno del pueblo. Considerado el primer líder social, Gaitán había calado hondo en el corazón de los más humildes convocando adhesiones con un discurso sencillo y sincero: “No soy un hombre, soy un pueblo”, palabras en las que insistiría y que se quedaron grabadas en la piedra de los monumentos levantados en su honor.
El día de la postulación de su candidatura a la presidencia de la República, la capital vio desfilar delegaciones de los lugares más apartados del país que acudían para mostrar su adhesión al líder. Estremece el reportaje que sobre ese día filmaron los célebres cineastas Acevedo, la apoteósica manifestación popular, el riguroso y solemne desfile del gremio de choferes engalanados con carteles. La fervorosa agitación de pañuelos saludando al candidato; las bandas de música, las representaciones de los sindicatos y de las distintas agrupaciones cívicas que se agolparon en la plaza de toros. Acusado tanto de comunista como de fascista, Gaitán fue un liberal demócrata reformista que entendió la necesidad de resolver las vergonzosas desigualdades del país, con políticas sociales destinadas a las clases menos favorecidas.
Como señaló Osorio Lizarazo, refiriendo los comienzos de la carrera política de Gaitán, cuando era un estudiante de Derecho y un precoz agitador de multitudes, aprendió “en carne viva que la angustia del pueblo sólo tiene solución en la determinación del mismo pueblo de modificar su destino, y que el hombre sensible con responsabilidad debía encabritar ese anhelo y no ponerse a tomar cerveza y a discutir teoría”. Pensaba, sin duda en los intelectuales de su generación que, bajo la etiqueta de “Los Nuevos”, se reunían en el café Windsor de Bogotá y de los que Gaitán se distanciaba, ya que sus preocupaciones, más que estéticas, eran profundamente sociales.
Para el historiador David Bushnell, “Gaitán no llegó nunca a articular un programa político definido. Hablaba vagamente de socialismo pero no era marxista, si bien algunos planteamientos del marxismo habían influido en su pensamiento. Sin duda, se proponía ir más allá que [el presidente liberal] López Pumarejo en lo referente a la intervención estatal en la economía y la promoción de la reforma laboral y el bienestar social, pero las diferencias eran solamente de grado, no de esencia.” Según este historiador, jugó en su contra “la manera cómo se expresaba” cuando se refería a los poderes hegemónicos que denominaba “oligarquías”. Pero fue, precisamente, esa manera suya lo que le permitió conectar con las masas que se sintieron representadas en esa voz.
Recogiendo los testimonios de quienes lo conocieron, Arturo Alape da cuenta del poderoso influjo de su verbo sonoro en la memoria colectiva: “Es que cuando uno vuelve a escuchar su Voz [uno] se transporta. Y ve al jefe rasgándose por dentro al pronunciar sus discursos y revive la sinceridad con que él hablaba”, confiesa un hombre humilde, sumido en el dolor y el desencanto por ese sueño que estalló en pedazos, cuando el asesinato del líder desató un incendio de dimensiones apocalípticas en el que la turba enloquecida perdió su norte.
Pero el fenómeno de Gaitán no fue un caso único en la historia de América Latina. Por entonces, también en Argentina comenzaría el ascenso de líderes con amplio apoyo popular como Juan Domingo Perón, a quién la historia sí le dio la oportunidad de cambiar los destinos de su país. Entre luces y sombras, su impronta dejó una huella indeleble, aunque históricamente discutida. La misma suerte corrió Rómulo Betancourt, en Venezuela, fundador del partido Acción Democrática que subió a la presidencia en 1945. A Gaitán, en cambio, le fue arrebatado ese derecho que parecía otorgarle el pueblo. No sabemos lo que hubiera sido de nosotros los colombianos si este jurista apasionado hubiese llegado al poder. Él ya había demostrado coraje cuando llevó al Congreso el debate sobre la masacre de las bananeras en 1929 con una abrumadora cantidad de testimonios y documentos. Lo cierto es que sin Gaitán hemos transitado a la deriva en una espiral de violencia que, con el paso de los años, no ha hecho más que sumar nuevos factores al conflicto.
El propio Gaitán ya convocaba la paz en las célebres marchas de las antorchas y del silencio. En esta última, dos días antes de su asesinato, elevaba un ruego al entonces presidente Ospina para que detuviese la matanza de liberales por parte de las fuerzas del orden. “Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!”.
Tras la firma de la paz con la guerrilla de las FARC, la comunidad internacional da por resuelto el conflicto colombiano, y ni siquiera se pregunta qué sucede actualmente al interior del país. No se tiene en cuenta que uno de los problemas más graves que afronta Colombia es el de la tenencia de la tierra, ya que en un porcentaje altísimo no está formalizada. Esto ha favorecido que unos pocos, apoyados por ejércitos privados, se apropien y controlen territorios para la explotación de sus recursos, y para el transporte de productos de manera ilícita. Este brutal ejercicio de poder explica que en el país los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, sin hablar de los millones de desplazados por ese motivo, y que requieren con urgencia políticas destinadas a su reinserción social. ¿Cómo instaurar la paz con semejantes asimetrías?
Gaitán se proponía combatir los privilegios que desencadenan la violencia por la injusticia y las desigualdades que fomentan. Como concluye Osorio Lizarazo, Gaitán: “Encarnaba la superación de todo un periodo histórico social y la reducción de las jerarquías y de las aristocracias, las oligarquías, de todo lo que fuera privilegio. Es muy posible que el advenimiento de Gaitán a la presidencia de la República no hubiera implicado una revolución definitiva; pero al propio tiempo era indudable que nada sería bajo su gobierno idéntico a lo que había sido”. Y a lo que fue después.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Narrar la violencia en Colombia

En una mesa redonda celebrada el pasado 27 de octubre en Logroño (España), en la que participé con colegas colombianos, se abordaba la relación entre la literatura y la guerra. Era necesaria una reflexión sobre los vínculos entre literatura y realidad en Colombia, un asunto, en el fondo, ya superado por los escritores del siglo XIX, quienes comprendieron los límites del realismo. La novela, más que “reflejar” la realidad, construye otra realidad seleccionando y organizando los datos que le ofrece la experiencia. Lo hace de acuerdo a las normas y las leyes que el creador establece para el mundo al que pretende dar vida. En esto la novela se distancia de la crónica, se independiza de lo que se entiende por lo “real”, para que el autor pueda dar rienda suelta a la imaginación. Su compromiso será con la ficción, o con su postura frente a los hechos que sacuden a la comunidad, como bien lo expresara Gabriel García Márquez en un artículo publicado en 1959.
Al respecto, el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano formulaba esta pregunta. ¿Por qué la guerra protagonizada por las guerrilleras, el narcotráfico y el paramilitarismo, en las cuatro últimas décadas, no ha inspirado una sola novela importante? Previamente el periodista de El Espectador, Jorge Cardona había ofreció una relación de los padecimientos del país desde su independencia, las luchas maniqueas alimentadas por los poderes hegemónicos, para mantener a la población en guerra. Venganzas, masacres, intentos de regeneración frustrados, que añadieron más factores de conflicto y sabotearon la posibilidad de una paz negociada.
¿Cómo y desde donde narrar esa violencia? Sin lugar a dudas, los escritores colombianos fueron sensibles a esta realidad. Tanto es así que la novela de denuncia en los setenta saturó el corpus de la literatura, aunque con obras generalmente de dudosa calidad. Pero algunos ejemplos notables merecen una mención. Sabemos de las atrocidades cometidas en la lejana población de Tambo, en Antioquia, gracias a El día señalado, de Manuel Mejía Vallejo, premio Nadal en 1963. De lo ocurrido en Tuluá, en el Valle del Cauca, da cuenta Gustavo Álvarez Gardeazábal en Cóndores no se entierran todos los días (1971), Premio Ciudad de Manacor, novela canónica donde sobrevuelan los pájaros que sembraron el terror en Tuluá, y que parecen haber resucitado en las bandas paramilitares que cubren de sangre los territorios controlados por el narcotráfico y la guerrilla. La novela de las últimas décadas nos instala en diversos espacios del conflicto, rurales o urbanos, y ofrecen distintas perspectivas. La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, trata del mundo de las comunas y de los jóvenes delincuentes. En voz baja (1999), de Darío Ruiz Gómez, da cuenta del cambio de paradigma en los hábitos y en la estética de los enriquecidos con el blanqueo de dinero. Delirio, de Laura Restrepo, premio Alfaguara de novela 2004, tiene lugar en Bogotá y desvela los estrechos vínculos entre el narcotráfico y el poder, así como el desequilibrio a que da lugar, simbolizado en el ser femenino.
Evelio Rosero en Los ejércitos, premio Tusquets 2007, explora los terrores vividos en el mundo rural. La acción nos sitúa en un pueblo amenazado por los grupos armados.
Recientemente, Pilar Lozano publicó Era como mi sombra, novela breve que nos ofrece la perspectiva de un joven cuya única salida es ingresar en la guerrilla. La apartada población donde se sitúa sufre en silencio la brutalidad del conflicto sin encontrar otra salida. La perspectiva del indígena nos ha sido revelada con hondura y delicadeza por Mariela Zuluaga, en su novela Gente que camina (2013), un amoroso relato que nos introduce en San José del Guaviare en la selva amazónica, territorio enigmático donde sobrevive la casi extinta comunidad de los Nükaák que, atónita, huye de las masacres perpetradas por narcotraficantes y guerrilleros.
El material narrativo sobre este tema, reconocido, como se ve con distintos premios, no es escaso si consideramos que la violencia de los años cincuenta inspiró cerca de cien novelas entre la que puede incluirse Cien años de soledad. Por otro lado, la guerra que desencadenan el narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo en las últimas décadas ha motivado unos cincuenta títulos, según el novelista y profesor Óscar Osorio en su estudio El narcotráfico en la novela colombiana. También deberíamos sumar a esas obras relatos de índole distinta: testimonios de actores del conflicto recogidos por sociólogos y antropólogos como Alfredo Molano y Alonso Salazar, entre otros.
En resumen, el testimonio, la crónica y la novela en Colombia han ofrecido distintas versiones del conflicto, captando la atmósfera de terror; el desgarro de las familias, los secuestros, las desapariciones y los asesinatos en masa. A veces, los narradores han saltado de la novela a la crónica con la intención de abarcar las dimensiones de la infamia, como el propio Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro. Sirva este título para recordar sus palabas en el artículo de 1959, respecto a las matizaciones entre la crónica, la novela, y el testimonio que se vislumbra como posibilidad de escritura y de redención:
[…] un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto. Hay que confiar en que ellos prestarán buena ayuda a quienes sobrevivieron a la violencia y se están tomando el tiempo para aprender a escribirla, y en todo caso a los numerosos niños que la padecieron como una pesadilla de la infancia y ahora están creciendo en silencio sin olvidarla. La aparición de esa gran novela es inevitable en una segunda vuelta de ganadores. Aunque ciertos amigos impacientes consideren que entonces será demasiado tarde para que sirva de algo el contenido político que tendrá sin remedio, en cualquier tiempo.
De todas formas, seguiremos esperando esa “gran novela” en primera persona, que nos anticipa El olvido que seremos, donde su autor ha sido capaz de combinar con maestría, testimonio, autobiografía e historia para ofrecernos un conmovedor relato sobre esa intolerancia que ha sometido a la barbarie a un pueblo más preparado para la heroicidad y la grandeza que para las bajezas perpetradas por la maquinaria del terror.

martes, 8 de noviembre de 2016

A la memoria de mi amigo Enrique Romero

Hay personas que pasan por nuestra vida sin dejar huella pese a haber alterado nuestro destino. El tiempo va emborronando los nombres y los recuerdos hasta hacer desaparecer a quienes se convirtieron en obstáculo, o en mediadores, en el camino de los sueños. En cambio, hay otras que se quedan para siempre, por la influencia que ejercieron en nuestra manera de ver y percibir el mundo. Dejo aparte las relaciones familiares, ya que pienso solo en los amigos, criaturas elegidas con quienes compartimos experiencias, lecturas, ideas y actitudes vitales, aquellos que hicieron posibles complicidades y muestras de lealtad, en los momentos difíciles.
La amistad suele ser un privilegio y un don que reciben las personas que aprendieron a dar. Pero no siempre la amistad es diáfana. Depende de cada quien, de la paz que apacigua los temores, de la luz que ahuyenta los fantasmas, de la confianza en el otro y de la espontánea generosidad que pudiéramos apreciar o manifestar.
Con raras excepciones la amistad traza destellos de luz y señales en el camino como las que me brindó Enrique Romero, a quien yo llamaba Sergio Stepansky en honor al personaje del poema de León de Greiff. Nuestra amistad fue construyendo un hermoso paisaje de momentos luminosos. Se fue consolidando en encuentros casuales o provocados, desde aquel día que nos cruzamos en la librería Nacional de Bogotá en 1981. Acababa de nacer su hijo Camilo y él estaba orgulloso de tener un niño hermoso rebosante de salud. Había preparado su equipaje porque se marchaba al día siguiente a Barcelona. Prometió escribirme para darme sus coordenadas, lo que hizo, sin que yo tuviese la precaución de guardarlas. A los veinte años no apreciamos esos momentos clave. Solo el paso del tiempo nos enseña cuán importante fue la intervención del azar.
Enrique solía citar a menudo una frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita con el destino”. Tenía razón. En 1984 volvimos a encontrarnos casualmente en Madrid en aquel célebre congreso de escritores menores de 30 años donde coincidieron tantos latinoamericanos en España. Fue el comienzo de una enriquecedora experiencia, pues pese a vivir en distintas ciudades, compartíamos lecturas, reflexiones confidencias y encuentros familiares. De él recibí regalos inolvidables, obras de autores que me cautivaron y selecciones musicales que preparaba para mí. Enrique tenía una sensibilidad especial y una gran intuición para apreciar la maestría o el virtuosismo de un artista.
Pero Enrique no solo era un exquisito lector sino también y, por encima de todo, un apasionado de la música latinoamericana, en especial la del Caribe, que conocía hasta la erudición y que disfrutaba hasta el frenesí. Esta pasión alimentó su vida y canalizó el caudal de energía que lo arrastraba, convirtiéndose en una manera de estar en el mundo y en su medio de vida. Fue un privilegio que se pudo permitir arriesgando, incluso, muchos de los bienes que poseía.
Con el apodo de “El Molestoso”, como decidió llamarse, en honor a Eddie Palmieri, Enrique ejerció un liderazgo indiscutible como difusor y promotor de la música del Caribe en España, concretamente desde Barcelona, de lo que da cuenta la necrológica publicada en la revista Clave. Nos deja páginas memorables en la revista El Manicero, fundada por él, así como programas de antología en la emisora Radio Gladys Palmera. Enrique también fue director de la colección discográfica Música del Sol, que ofreció cuidadas selecciones de clásicos y de versiones inencontrables. Fue un radiofonista notable, que en su programa “Picadillo” seguía desde la salsa brava hasta los boleros. También promocionó generosamente a grupos y a artistas emergentes de Colombia, Cuba, Puerto Rico o España. Sobre sus conocimientos musicales nos deja, entre otras publicaciones, un libro, Salsa, el orgullo del barrio, y una serie de artículos que se publicaron bajo el título de Gramática rítmica en el Centro Virtual Cervantes.
En uno de estos artículos se preguntaba ¿Qué es lo exótico del Caribe, desde el punto de vista o el sentir de los foráneos? Inspirado en su maestro Antonio Benítez Rojo, respondía:
“Todo, excepto las empresas multinacionales. Las playas, el humor, las formas de andar, bailar, hablar, gobernar, vender, matar, jugar, estudiar, trabajar... Todo está barnizado por esa cierta forma especial de ser y estar que sólo se da en el Caribe. […] es una mezcla enigmática de sentido del humor, sentido del ritmo, sentido de la realidad, sentido de la posibilidad y, sobre todo, un sentido del presente que dinamita la concepción del tiempo. El ayer y el mañana son tramos menores del presente, porque en el Caribe cuenta más el espacio y la posesión generosa del mismo; la pista de baile, la esquina, el parque, la calle...”
En realidad, Enrique se refería a sí mismo, a su propia actitud vital, que mantuvo incluso en la heroica batalla que tuvo que librar contra la enfermedad. Con la música, que tomó posesión de su cuerpo, Enrique se fue en silencio una madrugada de domingo. Por suerte, para él, y para quienes lo llevamos en el corazón, las amorosas manos de Isabel Llano, su compañera, cerraron sus ojos y lo cubrieron de amor en el último y definitivo viaje hacia la pista del cielo donde, sin duda, danza con las constelaciones. Permanecerá dentro de nosotros su música y su timbre de voz. Su sonora carcajada celebratoria seguirá transmitiéndonos el calor con el que acogía a los amigos.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El Quijote desde América*

De la temprana recepción del Quijote en América tenemos noticias por las crónicas que refieren la vida en La Indias. Se tiene noticia de que la obra no solo fue leída enseguida, sino que los personajes alcanzaron de inmediato celebridad al ser representados en piezas teatrales, como la que se llevó a cabo en la población de Pausa, en el virreinato del Perú, en el año de 1607, con motivo del nombramiento del virrey de Montesclaros. En “Cauallero de la Triste Figura don Quixote de la Mancha...”, actuaban los nativos engalanados como suponían deberían estarlo don Quijote, el cura, el barbero y Sancho Panza.
Francisco Rodríguez Marín señala que hubo festejos similares en otras ciudades peruanas, así como en Nueva España, actual México, a lo largo del siglo XVII e incluso en el XVIII. No debe extrañarnos que esta obra se conociera tan pronto en Hispanoamérica, si se tiene en cuenta que la suerte del Continente americano ha estado íntimamente unida al libro y a la escritura desde su descubrimiento por los europeos. Los documentos desmontan el tópico de que la conquista fue obra de rudos aventureros analfabetos.
Según el historiador Leonard A. Irving, los libros adquiridos en la metrópoli eran pieza clave del comercio de Las Indias. Para llegar a los lectores, los libros no solo tenían que atravesar un océano, sino además, abrirse camino entre la difícil y accidentada geografía: escalar los Andes, atravesar ciénagas y ríos caudalosos. Un embarque importante fue el que un tal Diego Correa le envió a un tal Antonio Toro en Cartagena de Indias, actual Colombia, a bordo del Espíritu Santo, y que consistía en bultos de libros con 100 ejemplares de Don Quijote de la Mancha.
Efectivamente, durante la colonia los libros entraban por puertos como los de Veracruz, en México, y Cartagena de Indias, en Colombia. Cuando los empleados aduaneros visitaban los barcos encontraban ejemplares del Quijote en los camarotes de los pasajeros, lo que evidencia que la lectura del libro había empezado en alta mar. Así, los conquistadores llevaron consigo el hábito de la lectura. Pero al lado del Quijote viajaron hacia a Las Indias, libros apreciados como El Lazarillo de Tormes y La celestina, aunque su aceptación no puede comparase con la que alcanzaron el Quijote y el Guzmán de Alfarache. Éste último superó en ventas al primero, al menos durante los años inmediatamente posteriores a la primera edición.
Sobre cómo fue leído el Quijote en Las Indias a lo largo de los siglos XVII y XVIII, hemos de señalar que la obra se consideraba de entretenimiento y su lectura fue prohibida por las autoridades. Las leyes decían que los nativos no debían leer aquello que despertase su imaginación y que los desviase de los preceptos religiosos, o los hiciese dudar de la obediencia debida a la Corona española. Como es lógico, tal restricción incrementó el comercio de obras prohibidas de manera notable. Lo demuestran los despachos de los libreros, como el de Alcalá de Henares, Juan de Sarriá. Los documentos indican que de los 1.000 ejemplares editados en la primera edición, llegaron unos 400 a Las Indias, cifra notable para la época.
Gracias al comercio de libros los personajes cervantinos fueron ampliamente conocidos, más que por la lectura, por la tradición oral. Al respecto, sugiere el colombiano Germán Arciniegas, que don Quijote y Sancho se les escapó de las manos a Cervantes, se convirtieron en los personajes más populares del mundo, entraron a la buena compañía de los analfabetos, que no ignoraban la pelea con los molinos de viento, el manteamiento de Sancho, las escenas con Maritornes en la Venta, lo ocurrido en la cueva de Montesinos.
El personaje cervantino pertenece a la tradición cultural hispanoamericana y ha sido interpretado de acuerdo a la época. No siempre se comprendió su idealismo ni su defensa de la libertad. En el siglo XVII, el Caballero de la Triste Figura era símbolo de la derrota y su locura no se consideraba heroica. Las hazañas del personaje también en Las Indias se tomaban por insensatez, temeridad, desviación de la norma o desatinos que motivaban la risa.
Hasta el siglo XVIII en La Indias se tiene noticia de adaptaciones teatrales, como la que se llevó a cabo en México en 1794 del episodio de las bodas de Camacho. Por entonces, el mexicano Fernández de Lizardi escribe La Quijotica y su prima, una narración en la que lo quijotesco, aplicado a la mujer, se traduce como disparate, extravagancia y temeridad. Hay que esperar al Romanticismo para que se produzca ese cambio semántico que relaciona al hidalgo con los altos ideales, que alimentaron las proclamas de los próceres en las luchas de independencia. En el proceso de construcción de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas se asiste a una apropiación del espíritu de Cervantes en el discurso político, y en el ensayo literario o sociológico. La apelación al mito funcionaba en la medida en que las jóvenes repúblicas habían hecho suyo el mundo del Quijote.Colombia, por ejemplo, lo relacionaba con el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santafé de Bogotá. Autores como Eduardo Caballero Calderón concluyen la obra de América se debe al espíritu quijotesco. Al mismo tiempo, el interés de Cervantes por ocupar un cargo en Las Indias se tiene como rasgo de su “indianidad” y esta circunstancia ha alimentado unas cuantas fantasías.
Las Indias fue un destino soñado por autor del Quijote, que quiso ocupar alguno de los cargos vacantes por entonces en las colonias, uno de ellos, en Cartagena de Indias, en el Nuevo Reino de Granada. A raíz de esta pretensión, la literatura especula sobre lo que le hubiera podido ocurrirle de haberse cumplido su propósito, el cual era ocupar la plaza de contador de galeras en Cartagena de Indias. Igualmente corría el rumor de los restos del Quijote se encontraban en la castiza y noble ciudad de Popayán (Colombia) donde se asegura que sus locuras hubieran sido objeto de veneración, no de burlas.
En Colombia se relaciona don Quijote con Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. Esta forzada coincidencia da pie a conjeturas borgianas, como la del autor que es soñado por su personaje, y el personaje que emprende el viaje soñado por el autor, etc. A partir de esta idea, la imaginación traza diversos caminos al hidalgo manchego, alter ego de Cervantes. Los paralelismos vienen al caso, pues Jiménez de Quesada también vivió entre los libros. En un arranque de locura se embarcó en la aventura de la conquista, arrastrando a gentes del pueblo a quienes les ofreció una ínsula en las Indias. Como un Quijote padeció hambre y quebrantos de salud. El Quesada, que se queda en la Península, el sobrino del Adelantado es, según Germán Arciniegas, el que inspira a otro Cervantes, el llamado Quijada que cuenta las locuras de su pariente en las Indias. Rubén Darío, a su vez, escribe un cuento fantástico titulado D.Q., que sitúa al hidalgo en la isla de Cuba en el fragor de la guerra de independencia. Antes que rendirse, en un acto suicida, don Quijote se lanza al abismo. Para Rubén Darío este es el final de un imperio, simbolizado en la imagen de una fragata española varada en la costa de Santiago, igual que la rota armadura del Caballero de la Triste Figura estrellándose contra las rocas. En el Ecuador, fue el ensayista Juan Montalvo quien le rindió homenaje a Cervantes en su célebres Tratados (1882) con los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, obra original y audaz, que se convierte en sí misma en una aventura quijotesca en la que su autor se atreve a criticar episodios del Quijote que considera de crueldad infamante.
La parodia más sorprendente es la concebida por Jorge Luis Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, texto incluido en Ficciones, que encierra algunas claves sobre las concepciones literarias del autor argentino: invención, juego de espejos, acertijos, palimpsesto, diálogo con otras literaturas, referencias apócrifas y guiños al lector, a quien pretende engañar con la existencia de Menard que no quiere solamente imitar al Quijote, sino volver a escribir el Quijote exactamente igual.
El texto de Borges distingue entre el narrador, el autor y el personaje. Para escribir el Quijote Menard asegura necesitar: “Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años 1602 y 1918 ser Miguel de Cervantes.” Es un ejercicio que Borges considera inútil por tratarse de locura quijotesca. ¿Qué sentido tiene querer volver a escribir el Quijote tal cual? La lengua habitual en el siglo XVII, escrita en el XX, resultaría afectada y antinatural. El cambio, por tanto, no se produce en la obra sino en el lector. El cuento de Borges es una metáfora sobre los efectos del tiempo en la obra literaria.
Como decía al principio, la lectura que Romanticismo hace del Quijote y de su personaje rompe el tópico del cómico, para simbolizar en él la búsqueda de amplios horizonte, que coinciden con los ideales de igualdad, justicia y libertad, valores que son el emblema de muchas repúblicas hispanoamericanas. La imagen del Quijote revive en el los discursos fundantes desde Simón Bolívar, hasta José Martí, e incluso alcanza a la izquierda redentorista que tuvo en el Che Guevara la imagen viva del Quijote.
Producto de la imaginación y de la temeridad quijotesca, la fábula cervantina se concreta en América y el Nuevo Mundo, cuyo correlato es la ínsula de Sancho, un laboratorio de ideas donde, deben ensayarse distintas formas de gobierno. Eso explica muchas de las disputas en las primeras décadas del siglo XIX que en Hispanoamérica impidieron la organización de los nuevos países. Por eso alcanzan vigencia los consejos del escudero. Sorprende a muchos la demostración de sentido común y la natural idea de la justicia que late en la entraña del pueblo encarnado en la figura de Sancho Panza.
Sancho, en consecuencia, ocupa un lugar predominante en los discursos políticos del siglo XIX. Precisamente, en Colombia en 1837 se editaba una hoja suelta destinada a la crítica de la situación política, titulada, El Sancho Panza. Sancho representa al pueblo soberano que pone el dedo en la llaga y habla en nombre de los desposeídos. Ataca a los oportunistas, que se apoyan en derechos por su linaje o reivindican su participación en las guerras de independencia. La hojita denuncia problemas prácticos: conflictos por las minas de sal, la educación doméstica, la justicia, el empleo, pero siempre ensartando refranes propios de Sancho.
Raúl Porras Barrenechea, que sigue la huella de Cervantes en el Perú, recuerda a Juan Manuel Polar quien escribió Don Quijote en Yanquilandia. Allí los críticos más destacados como Riva Agüero y Miró Quesada se complacen en señalar la influencia de Garcilaso de la Vega en el Persiles de Cervantes. Es decir, cada País busca conectar su propia tradición con el Quijote. Del mismo modo, la Argentina de comienzos del XIX se apoya en la figura del Quijote. Ensayistas y estadistas como Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento la utilizan con fines paródicos para volcar sus ideas aplicadas a la construcción del país, después de las gestas independentistas. Su conclusión es que el Quijote, convertido a la causa republicana, comprende que no es posible extinguir a sablazos las tinieblas y la ignorancia de la cabeza de un pueblo, que ignora el gobierno de sí mismo. Sarmiento, en cambio, pone en boca de un espiritista sus ideas sobre don Quijote en un texto publicado en La Nación desde donde se animaba un debate de ideas sobre la construcción del país. Para él, don Quijote representa el progreso, a la vez que puede entenderse como un programa de gobierno.
En definitiva, la huella de Cervantes sobrevive en Hispanoamérica a lo largo de los siglos, de modo que la celebración del Tercer Centenario del Quijote en 1905 no pasó inadvertida. La efeméride dio lugar a una extensa bibliografía ensayística en todos los países. La generación modernista, tan vinculada a España, exaltó la figura del hidalgo como emblema de la hispanidad. Los intelectuales hacían frente común con España para marcar sus diferencias respecto al arrogante espíritu anglosajón, pues, tras la derrota de Cuba, los Estados Unidos se convertían en una amenaza para las jóvenes repúblicas.
En las últimas décadas y a raíz de la celebración del Cuarto Centenario del Quijote, la intelectualidad vuelve sobre la obra y el personaje para recordarnos su vigencia en la tradición cultural hispánica. El crítico Rafael Gutiérrez Girardot traería al presente la ética de la solidaridad de la que da muestras la obra, a la vez que deploraba el imperio de los antivalores impuestos por el neo liberalismo, para concluir que el Quijote en estos tiempos representa la esperanza en la utopía.
El ideal quijotesco coincidió en algún momento con los sueños de cierta izquierda utópica o romántica. Germán Arciniegas ya lo había señalado al recordarnos que la amistad que une a don Quijote y Sancho es el más democrático de los ejemplos. Según él, la pasión por la libertad pone a don Quijote al lado de la izquierda, donde también se encuentra el corazón. Su locura, nos dice, no fue otra cosa que “una forma disimulada de protesta”.
Las actividades que en los últimos años se llevaron a cabo con motivo del Cuarto Centenario de la Primera Parte del Quijote, demuestran la vigencia del mito cervantino. Punto de referencia de un concepto posmoderno de la literatura, la obra le asigna al autor una vigencia y un peso en la cultura universal, que va más allá de las fronteras del idioma. Entre la ingente bibliografía, las numerosas ediciones y traducciones del libro a todo lo largo de Hispanoamérica, llama la atención un caso curioso que traigo aquí. La traducción del Quijote al dialecto paisa, el de la región antioqueña en Colombia, una versión abreviada de la que recojo este párrafo que puede dar cuenta de una determinada lectura del Quijote, en una época y en lugar le Colombia : "[…] don Quijote era un caballero alto flacuchento, alentado y madrugador, y se pegó una encarretada con los libros de caballería, de vez en cuando se iba a visitar a sus únicos amigos, el cura y el peluquero, y con ellos hablaba las aventuras de estos libros. Hasta tanta leedera don quijote estaba muy loco y se creía muy ciertas las historias que leía"»
Texto leído en Villanueva de los Infantes dentro de las jornadas Encuentros con Cervantes el pasado 5 de noviembre.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Juan Gustavo Cobo Borda y sus Papeles americanos

El recuerdo que tengo de Juan Gustavo Cobo Borda es tan grato que me resulta muy emotivo presentar este libro suyo que traza la cartografía de sus pasiones. Cuando lo conocí, hacia finales de los setenta, Cobo era una suerte de enfant terrible que sacudía el ambiente intelectual bogotano con sus opiniones sobre la literatura colombiana. Ocupaba por entonces el cargo de asesor del Instituto Colombiano de Cultura donde también era director de publicaciones. Antes había sido gerente de la mítica librería Bücholz, un paraíso para quien sucumbía a la devoradora pasión de la lectura. Allí encontró cuanto ambicionaba como lector. De alguna manera se cumplía su deseo de tener todos los libros, y de contar con el tiempo para leerlos y reseñarlos. De estos años nos dice el propio Cobo:
"Abandoné cualquier posible carrera universitaria —derecho, filosofía, idiomas— por ser gerente de una librería de siete pisos, en pleno centro de Bogotá. Era la librería Bücholz, en la Avenida Jiménez de Quesada con la carrera octava. Sería el año de 1968. Luego, durante ocho años, a partir de 1975, fui editor de 300 títulos en el Instituto Colombiano de Cultura."
En estos 300 títulos a los que se refiere, Cobo Borda rescató para nosotros una tradición literaria enterrada debido quizás a nuestra producción crítica pobre, cargada de prejuicios y académicamente cerrada, o simplemente ignorante del proceso de la literatura en el país. Gracias a él recuperamos la obra de un novelista como Osorio Lizarazo que cuestionó la idea de muchos profesores respecto a la inexistencia de una literatura urbana en Colombia, anterior a las novelas Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, o Los parientes de Ester de Luis Fayad, publicadas a finales de los setenta. Muy pocos por entonces habían leído Casa de vecindad de Osorio Lizarazo, que en los años treinta, a manera de diario, ya nos revelaba los conflictos del individuo en la ciudad.
La Biblioteca básica, fue el nombre de esta colección que puso a nuestro alcance un ensayista excepcional como Baldomero Sanín Cano, contemporáneo de José Asunción Silva, que quedó rezagado porque no se le pudo aplicar la etiqueta de modernista. Éste atravesó todo un siglo y estuvo por encima del provincialismo o el cosmopolitismo de su época. Finalmente ocupó un lugar en el paradigmático trabajo de José Miguel Oviedo, que lo sitúa más cerca de la posmodernidad.
Así, Cobo amplió el corpus de nuestra literatura y también nuestros horizontes mentales. Si bien se mostraba irreverente con los manuales de literatura y escandalizaba con su desdén y sus tajantes descalificaciones, libros suyos como La alegría de leer (1976) y La tradición de la pobreza (1980) o Antología de la poesía hispanoamericana (1985) y son un referente. Allí nos invitaba a despojarnos de la pereza de pensar; de la erudición sobre el pensamiento, y del elogio sobre la crítica. Sobre esta actitud suya nos dirá:
"[…] me gusta escribir sobre los libros que amo y denigrar de los que detesto, aun cuando, como me lo recordaba Guillermo Sucre, la lucidez también es errática y cruel. No hay que permitir que ella nos convierta en jueces. Sin embargo, ambos ejercicios —amar y odiar por escrito, razonándolo— agilizan la prosa y vuelven mucho más preciso el gusto. Se aprende a concretar admiraciones y desprecios, tarea tan necesaria en estas tierras yermas y pusilánimes."
Cobo Borda también nos enseñó a apreciar de otra manera la obra del polémico ensayista Germán Arciniegas, de quien retoma su vocación americana, pero en su caso, alejada de las consignas políticas. Esto explica el título del libro que refiero: Papeles americanos con el que el Instituto Caro y Cuervo le rinde un homenaje. Me parece a mí que Cobo comparte con Arciniegas cierta irreverencia. No hay que olvidar que el autor del conmovedor ensayo América tierra firme, se propuso volver del revés nuestra histórica enseñándonos lo mucho que América aporto a los europeos.
Además, Cobo Borda comparte con Borges su actitud de “no tomarse demasiado en serio”, que atraviesa sus primeros poemas, en libros como Ofrenda en el altar del bolero (1981), pero que derivará en la búsqueda del goce sensual, como él mismo explica:
“[…] aspiro a que mis poemas expresen el goce y el encanto, la emotividad honesta y la dicha a flor de piel. Mi perplejidad oblicua y mi furia purificada. Como dice el maestro Obregón: mi oficio es estar inspirado”.
Precisamente, Borges es para Cobo Borda una pasión irrenunciable. No en vano, el primer artículo de Papeles americanos se titula "Volver a Borges" una visita que empieza con los orígenes literarios del autor en España, pasando por su descubrimiento de las calles de Buenos Aires, después por sus arrabales, hasta la provincia donde se reencuentra con la tradición gauchesca para acabar perdiéndose en lejanas en remotas tradiciones, buscando a los muchos Borges que fue.
Cobo Borda traza de este modo una cartografía, a la vez que señala convergencias, puntos de encuentro en el tiempo y en el espacio. Del México de Octavio Paz nos lleva al Buenos Aires de Cortázar. Siguimos con él azarosas travesías como las de sirios y libaneses que llegaron a Colombia y arraigaron en el país. Meira del Mar, Luis Fayad y Giovanni Quesseps, autores que hacen parte del canon de nuestra literatura, son ejemplo de ello. Sorprende su capacidad para establecer conexiones, su aguda mirada cuando lee entre líneas lo que no es evidente para el lector, o cuando descubre la humanidad del autor y pone en evidencia sus contradicciones, como en el caso de Pablo Neruda.
También podríamos trazar una genealogía y una cartografía del propio Cobo Borda que lo situaría en su ciudad natal, primero en los claustros de la Universidad Nacional, que abandona para entregarse a los libros. Luego en la mítica librería Bücholz de la avenida Jiménez de Quezada donde también dirigió la revista Eco -que tuvo como redactores, además de Cobo Borda, a José María Castellet-. Años después como director de publicaciones de Colcultura y de la revista Gazeta que nos deleitó con monográficos a través de los cuales nos pusimos al día con la literatura que se escribía en nuestros países vecinos, por entonces. Posteriormente lo veríamos como subdirector de la Biblioteca Nacional y más tarde, como diplomático en Buenos Aires, Madrid y Atenas, siempre en relación con los libros; hasta llegar a la biblioteca de su casa desde donde nos habla.
He de aprovechar esta ocasión para manifestar lo mucho que debo a Juan Gustavo Cobo Borda como colombiana y como escritora. Agradezco, por encima de todo, el privilegio de una amistad en la distancia, su reconocimiento emocionado de alguna lectura y más de una oportunidad, que me permitió seguir adelante en este incierto camino de la escritura. Cierro este homenaje con unos versos suyos impregnados de tensa y contenida rebeldía, donde presentimos al poeta en diálogo consigo mismo.
Escribir como se nos da la gana,
sin laúd,
un idioma para ladrar desde las tablas del escenario.
No esta literatura, como dijo Martín Adán,
que 'huele a ropero de vieja
con vagos efluvios de tomillo,
llena de vagos pecados que no llegan a cometerse'.
¿Pero se puede acaso escribir sin censura,
vale la pena decir todo?
Se hizo la pregunta a sí mismo
pero era en realidad una pregunta retórica.
Tomado del poema “Poesía y naturaleza: relaciones oblicuas”.