A la memoria de mi amigo Enrique Romero
Hay personas que pasan por nuestra vida sin dejar huella pese a haber alterado nuestro destino. El tiempo va emborronando los nombres y los recuerdos hasta hacer desaparecer a quienes se convirtieron en obstáculo, o en mediadores, en el camino de los sueños. En cambio, hay otras que se quedan para siempre, por la influencia que ejercieron en nuestra manera de ver y percibir el mundo. Dejo aparte las relaciones familiares, ya que pienso solo en los amigos, criaturas elegidas con quienes compartimos experiencias, lecturas, ideas y actitudes vitales, aquellos que hicieron posibles complicidades y muestras de lealtad, en los momentos difíciles. La amistad suele ser un privilegio y un don que reciben las personas que aprendieron a dar. Pero no siempre la amistad es diáfana. Depende de cada quien, de la paz que apacigua los temores, de la luz que ahuyenta los fantasmas, de la confianza en el otro y de la espontánea generosidad que pudiéramos apreciar o manifestar. Con raras excepcione...