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miércoles, 3 de febrero de 2016

Álvaro Cepeda Samudio, todos estábamos a la espera de esta obra literaria

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926-Nueva York, 1972) irrumpió en la literatura colombiana en 1954 con Todos estábamos a la espera sorprendente libro de cuentos, que se distanciaba de narrativa terrígena al uso en este país. Esta tendencia, como sugería Jacques Gilard, no sólo adolecía de una concepción retardataria del cuento, sino que además lo asfixiaba con contenidos folclorizantes. Puede decirse que el libro de Cepeda Samudio fue el mejor en su género aparecido hasta entonces, al lado Los funerales de la Mama Grande de García Márquez. El nombre del autor va unido al Grupo de Barranquilla —ciudad que se convirtió en un importante centro de cultura de la zona del Caribe colombiano—. En los años cincuenta, el grupo asumió la tarea de renovación de las letras en un país predominantemente andino. Intelectuales como Ramón Vinyes inyectaron un nuevo aliento al anquilosado ambiente cultural con propuestas vanguardistas que dieron a conocer a los jóvenes de entonces, que experimentaban una forma nueva de contar. Desde las regiones, otras voces completaban el mapa literario de Colombia que no iba más allá la cordillera. Las glorias nacionales se mantenían fieles a la más conservadora tradición hispánica cargaba de retórica vacua y ampulosidad, con discursos, por lo general, serviles a rancios modelos del pasado. Ajenos a la riqueza y diversidad del mestizaje, que seguía sus propios ritmos, los escritores desde la capital daban la espalda a estas realidades. Pero la Costa Atlántica, concretamente la ciudad de Barranquilla, vivía un cosmopolitismo insólito. De este contexto surge la obra narrativa de Álvaro Cepeda Samudio.
En la introducción a Todos estábamos a la espera (2005) el investigador francés Gilard fijaba la trayectoria de un singular escritor que merece un lugar preferente en el canon de la literatura hispanoamericana por numerosas razones. La primera y más importante, al margen de lo que podría considerarse su “afán de experimentación formal”, es haber aportado una poderosa temática personal al género, que se plasma en su novela La casa grande (Ediciones Mito, 1962) por la que se le conoce. En sus investigaciones, Gilard iba directamente a las fuentes, ofreciendo datos de sumo interés para la comprensión del proceso creador en Cepeda Samudio. Partía de sus primeros escritos publicados en el colegio en 1942 en donde localiza lo que será el fermento de La casa grande, hasta la cronología definitiva de los nueve cuentos que constituyen la edición definitiva, que fueron ordenados de forma distinta por su autor en la primera edición (Librería Mundo, Barranquilla, 1954). A esta le siguieron la de Plaza y Janés, Bogotá, 1980 —a cargo de Gilard— y la de El Ancora, Bogotá, 1993. Gilard coteja las distintas ediciones con los textos tal cual fueron apareciendo por primera vez en diversas publicaciones, incluso con las escasas copias mecanografiadas que se encuentran en la documentación personal de Cepeda Samudio. El mérito de estos cuentos está en la forma de abordar temáticas, como la soledad del individuo, la sexualidad, la interioridad, la condición de la mujer, la marginación, el poder, y la relación con el otro en la ciudad moderna. Todo ello desde un punto de vista muy personal, aprovechando complejas técnicas narrativas. El hecho de que el autor situara sus ficciones en el contexto urbano es secundario si se piensa que en la novela La casa grande volvería al mundo rural.
Sin embargo, Cepeda Samudio encarna el espíritu de la ciudad de entonces, situada en una región dinámica y pujante. Su postura vital le permite explorar mundos diversos desde su experiencia como periodista, publicista, vendedor, compositor, hasta director de cine. Tampoco elude la realidades políticas, ya que en La casa grande da cuenta de la huelga de los obreros de las bananeras en diciembre de 1928, tal como hiciera su contemporáneo en Cien Años de soledad.
Los cuentos de Cepeda Samudio soprendieron a la crítica por sus contudentes diálogos y por la riqueza de un lenguaje tan sobrio como directo. En contacto con los artífices del nuevo periodismo norteamericano y con los grandes novelistas que venían de esa corriente, fue un renovador tanto en la orientación de la mirada como en la manera de contar, algo que también se deja ver en sus virulentas, agudas e ingeniosas críticas de arte, política y cine —en el que fue pionero al filmar su cortometraje de ficción "La langosta azul"—. Por estos dos libros, Cepeda Samudio tendría que formar parte del grupo de creadores del “boom”. Lamentablemente hizo falta una estrategia crítica que los acogiera. Su obra apenas se menciona en las historias de la Literatura Hispanoamericana, salvo en algún artículo de Ángel Rama, tras la muerte del autor, o en uno que otro trabajo en revistas del mundo académico norteamericano, así como en el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (Ayacucho, 1995) y, por supuesto, en los trabajos críticos de Jacques Gilard.
Sin lugar a dudas,la experiencia de Cepeda Samudio en Los Estados Unidos, su íntimo contacto con la literatura norteamericana, incidieron en su obra. Si bien no formuló ninguna concepción del cuento —como Cortázar a quien leyó y comentó tempranamente—, sí señaló el camino de la renovación del género. Gilard realizó un minucioso trabajo de campo con el Grupo de Barranquilla, y puso en evidencia lo que éste aportó de modernidad en un país por entonces ajeno al ritmo y la intensidad de la Costa Atlántica, donde fueron acogidas las vanguardias, mucho antes que en la capital del país. Su situación histórico-geográfica, a juicio de Gilard, explica fenómenos como los de García Márquez y Cepeda Samudio.
Renovar, volver del revés, poner el dedo en la llaga, evidenciar complicidades y silencios, arrojar luz sobre la existencia, con ironía y a veces con crueldad, tal fue el papel de Cepeda Samudio en medio de la situación angustiosa de Colombia, antes y después del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán en 1949, que dividió al país y lo cubrió de odio y vergüenza. El 9 de abril marcó un antes y un después en la historia que afectó a la libertad de prensa tanto como a las relaciones personales, al abortar el único proyecto democrático que hubiera permitido subsanar, en alguna medida, la secular exclusión y la resistencia de los grupos hegemónicos a aceptar el mestizaje. Los cuentos de Cepeda Samudio recogen un poderoso caudal de herencias y de sangres que ha dado sus mejores frutos, al apropiarse de las técnicas más vanguardistas, y seguirá alimentándonos con su vitalidad, audacia, agudeza e ingenio.
El investigador Jacques Gilard hizo un largo recorrido por los archivos municipales y por las hemerotecas para explicar el decisivo aporte del Grupo de Barranquila, tema de su tesis doctoral, y de la obra de autores como Cepeda Samudio. Por eso celebro la reciente aparición de la Obra literaria de Cepeda Samudio en la prestigiosa colección Archivos a cargo del crítico y artista colombiano Fabio Rodríguez Amaya. Siguiendo la línea de trabajo del fallecido maestro, Rodríguez Amaya, catedrático de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Bérgamo, recupera y amplía su trabajo en este volumen de 604 páginas que incluyen ensayos sobre la obra de Cepeda Samudio de prestigiosos investigadores como Gerald Martin, Jorge Ruffinelli y Gabriel Saad, entre otros. Confiamos en que a través de la difusión de esta edición de archivos, que significa una consagración, la obra de este narrador colombiano conquiste a los lectores.

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