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lunes, 18 de enero de 2016

Era como mi sombra, Pilar Lozano y su compromiso con la infancia*

La idea que domina de la infancia es la de un periodo de la vida en la que el ser humano descubre el mundo en el entorno del hogar. Allí se impone la presencia de los padres que marcan los límites, a la vez que protegen a los hijos y los orientan en sus primeros pasos. En ese lugar el niño se prepara para salir al mundo equipado con lo que serán las bases de la personalidad. Se sabe que no es así, que ese modelo se quiebra cuando fallan los padres y la familia y la sociedad son incapaces de velar por la infancia. Pese a que esto ocurre en un porcentaje muy alto de la población mundial, cuando se aborda la infancia se sigue ofreciendo en los medios, en la literatura destinada a los jóvenes, el estereotipo de la familia nuclear. La realidad más dolorosa, la de los niños que trabajan y son explotados de manera infame no se ve, por tanto, no existe.
No es muy habitual que se nos muestre a la niñez en condiciones de pobreza extrema. Claro que ya vimos este drama en la Inglaterra de Dickens, en los comienzos del capitalismo. Con todo, se conocen pocos textos sobre la infancia en la pobreza de países como la India o de la periferia de las ciudades de América Latina, muchos menos de sus campos asolados por guerras políticas o económicas soterradas, que se ceban en los civiles desarmados, como ocurre en muchos países. Por desgracia, Colombia es uno de ellos. Los niños de las zonas rurales más apartadas están en medio del conflicto armado que los empuja a madurar a la fuerza.
Era como mi sobra, el más reciente libro de Pilar Lozano, es una novela corta que podríamos catalogar de formación, pero es mucho más que esto. Es el conmovedor testimonio de un niño que nos sitúa en esa Colombia desangrada. Los vecinos han visto pasar a los guerrilleros, a los narcotraficantes, a los paramilitares, al ejército y a la policía imponiendo sus leyes. Llegan armados, acosando a la población en busca de los enemigos, saqueando, ejecutando y bombardeando los pequeños caseríos olvidados del Estado. El relato no juzga a los ejecutores de la barbarie, ni siquiera los nombra. En primera persona, un niño refiere su vida a partir de la figura del amigo. Sin resentimiento, nos cuenta que la extremada pobreza le impidió continuar con los estudios, a pesar de ser el alumno más aventajado de su escuela.
Las palabras precisas, sencillas de narrador llevan la desnuda verdad del corazón de quien se ha enfrentado a la muerte a una edad temprana. Éste niño no pudo elegir otro camino que el que le marcaron sus precarias circunstancias. A los trece años se alistó en la guerrilla donde recibió un fusil. Se le impuso una disciplina férrea y una pesada carga por la que debía responder. Pero antes de entrar en la organización, ya había sido equipado con un armamento más sólido que lo protegerá de la ferocidad de la guerra, mucho más que un escapulario, o la foto de la madre... En medio de la miseria, él ha conocido el amor de la abuela y de la madre; la grandeza espiritual del tío, que reemplaza a la figura del padre; la generosidad y el sólido carácter de su maestra; y el don de la amistad profunda y verdadera, la del amigo que se deja matar por él, antes que delatarlo.
Compuesto de trece capítulos, este relato se inicia con la descripción de un asesinato. Un disparo seco nos instala en ese no lugar simbólico que es la guerra. En aquel paisaje es preciso ir con cuidado, dar con un escondrijo a tiempo, tener la destreza de huir a la velocidad del rayo. Todo está cargado de presagios, hasta el arco iris que anuncia un fatal desenlace. Nadie está seguro y, sin embargo, la vida continúa. Los niños juegan cuando no van a la escuela o se dedican a las faenas del campo. Pero este testimonio es mucho más que una muestra antropológica de la infancia en zonas de violencia. La autora combina sabiamente la belleza con el terror, la fe con las supersticiones, el miedo y el coraje, para abrirnos los ojos a esa realidad aterradora.
Esta novela de Pilar Lozano es bella, conmovedora y tierna, digna de elogio. Muestra el grado de madurez de su escritura, la serenidad conquistada con los años, que consolidan una vida profesional en la que la autora ha seguido una línea: su pasión por Colombia, su necesidad de abarcarla en viajes, a veces arriesgados, y que hemos leído en una serie de artículos vibrantes, así como su ejercicio del periodismo. Con más de dieciocho libros publicados entre los que destaca el ya clásico, Colombia, mi abuelo y yo, es una ejemplar promotora de la lectura en su tierra.
Conocí a Pilar Lozano en los ochenta cuando residió en Madrid y me dio a leer sus primeros relatos. Después tuve noticias suyas a menudo a través de sus artículos como corresponsal independiente de El País. También conocí su labor con los niños en las zonas más apartadas y conflictivas del país, sus talleres con los desplazados. Su compromiso con la infancia le ha permitido alimentarse de la ternura y necesidad de afecto de los niños, pero también de la capacidad que tienen para asombrarnos, como este muchacho que entendió tempranamente el valor de la vida y se alejó de aquel mundo implacable cuyas leyes preparan para la muerte.
*Era como mi sombra, Bogotá, Ediciones SM, 2015, 86 págs

jueves, 14 de enero de 2016

Anatole France y la Revolución francesa

Hay autores geniales que pasan a la lista negra de la literatura por motivos ideológicos mezquinos. Es el caso de Anatole France, Premio Nobel de Literatura en 1921, escritor querido y admirado por los suyos y posteriormente denostado por no plegarse a la visión hegemónica que la izquierda pretendía ofrecer de la Revolución Francesa. Considerado “un cadáver” por los surrealistas dogmáticos, tras su fallecimiento en 1921, éstos deshonraron su memoria en su primer manifiesto firmado colectivamente. France nos dejaba una literatura tan personal como exquisita, acorde con su actitud vital. Había alcanzado celebridad con obras como Thaïs, El jardín de Epicuro, Vida de Juana de Arco y Los dioses tienen sed, entre muchas otras más. Ésta última sobre la Revolución francesa. Comprometido políticamente con las reivindicaciones sociales, apoyó a Émile Zola en el caso Dreyfus y devolvió su Legión de Honor cuando se le retiró esta distinción a Zola. Defendió la separación de la Iglesia y el Estado y los derechos de los trabajadores. También participó en la fundación de la Liga de los Derechos del Hombre. Capaz de penetrar en los laberintos del alma con excepcional libertad, France matizaba los dilemas morales de sus criaturas con un amable y generoso escepticismo propio de Epicuro.
El primer panfleto colectivo surrealista fue, precisamente, contra Anatole France, Un cadavre para ellos. El escrito es de una violencia verbal vacía de retórica, para nada comparables a las frases que se citan a menudo del autor. «Avec France, c'est un peu de la servilité humaine qui s'en va», dirían los surrealistas. «Vous ne voulez rien à attandre de cette mémoire molle et seche. C’est finit», agregaría Philippe Soupault, en la nota de prensa publicada al lado de la necrológica de este autor. «Le escepticisme, l’ironie, la lâchete, France, l’esprit franÇais, qu’est-ce? Un grand soufflé d’oublie me traine loin de tout cela», añadiría Paul Élouard.
¿Qué les disgustaba a estos intelectuales provocadores, férreos defensores de lo que consideraban la revolución del proletariado? Por aquellos años, Rusia cubriría de sangre sus campos. En la consolidación del régimen comunista eliminaría a las mentes más claras de la población con purgas estremecedoras. Aquello se parecía demasiado a lo que fue el terror instaurado por la Revolución francesa. En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad se sacrificaron gratuitamente las vidas de miles de ciudadanos. Pero Anatole France estaba por encima de los intereses políticos de estos jóvenes rebeldes y desenmascaró aquella revolución que llegó a estar plagada de odio, más que de ideales.
Escrita por encargo para una colección de novela histórica, Los dioses tienen sed, publicada en 1912, da cuenta de la orgía de sangre consumada por idealistas como Robespierre. Pero el autor presta más atención a la vida cotidiana de la época para hacernos comprender sus afanes, desvelos y temores, así como sus miserias. France no pretendía guardar fidelidad a los hechos históricos, sino adentrarse en esta época a través de unos personajes simples y complejos. Con magistral pericia nos hace ver cómo unos individuos mediocres y con buenas intenciones caen ingenuamente en el fanatismo. Es el caso del personaje Evariste Gamelin, pintor de escaso talento que, por circunstancias azarosas, llega a hacer parte del Tribunal revolucionario. Influido por dogmas y prejuicios, juzga y dicta sentencias ignominiosas con una frialdad estremecedora.
En principio, según Xavier Roca-Ferrer, en el Epílogo a la edición Barril y Barral (1910), France pensaba escribir un libro sobre la Inquisición, que tanto se parecía a la Revolución francesa. Conocía muy bien este episodio porque la biblioteca de su padre contaba con un fondo importante de obras y documentos sobre la Revolución. Esto explica su habilidad para el detalle en lo que se refiere a la vida cotidiana: modas, costumbres, tipos humanos, problemas económicos y sociales, conflictos entre las clases, los trabajadores, los comerciantes y los artistas, así como el papel de las mujeres, madres, esposas, amantes, prostitutas y antiguas cortesanas. El relato se cierra con la ejecución de quienes formaron parte del feroz tribunal.
Resulta patético el final de una controvertida figura como Maximilien Robespierre, ejemplo claro para él de cómo el altruismo oculta una especie de fría caridad. Sin la menor capacidad de empatía con el género humano, quienes componen el tribunal son gentes muchas veces analfabetas, que actúan en nombre del pueblo soberano aniquilando su libertad de conciencia y cercenando sus derechos. Pero Anatole France nos reconcilia con personajes entrañables de una altura intelectual y moral que no tiene cabida en ese periodo sangriento. Sometida a la rigidez de sus principios e ignorante de la condición humana, la Revolución conduce a la muerte. Anatole France enfrenta a la muerte el vitalismo y el sensualismo de personajes como Brotteaux des Ilettes, 'alter ego' del autor, quien cuestiona la beatería criminal, el terror jacobino, refugiándose escéptico en un modesto cuarto donde fabrica marionetas.
Milan Kundera a quien Semprun le dio a conocer esta novela, señalaría entusiasmado el talento de Anatole France, que fue admirado por genios como Marcel Proust. De su protagonista diría Kundera: «Gamelin tal vez sea el primer retrato literario de un artista comprometido. No obstante, lo que me cautivó de la novela de France no fue la denuncia de Gamelin, sino el misterio de Gamelin. Digo misterio porque ese hombre, que terminó por enviar a decenas de personas a la guillotina, habría sido sin duda, en otra época, un amable vecino, un buen compañero y un artista dotado. ¿Cómo puede un hombre indiscutiblemente honesto llevar oculto a un monstruo?»
Sin duda, Los dioses temibles tienen sed, no importa desde qué lado de su Olimpo quieran manipularnos. En el caso de los surrealistas, cierto olor a cadáver emana de sus palabras plagadas de odio al talento y a la inteligencia de Anatole France (que equiparan a la tradición), cuando no se rinde ante sus irrefrenables y dudosas ansias de poder. ¿La imaginación al poder? La imaginación de quiénes...