Buscar en este blog

martes, 7 de julio de 2015

Prohibido Salir a la calle. El punto de vista*

Por Consuelo Triviño Anzola
A veces un gusto amargo/ Un olor malo, una rara /Luz, un tono desacorde, /Un contacto que desgana, / Como realidades fijas / Nuestros sentidos alcanzan / Y nos parecen que son / La verdad no sospechada... J.R.J.
Hablar de la propia obra (de Prohibido salir a la calle, en este caso) plantea un dilema: hacerlo de manera emotiva y personal, lo que vendría a ser una confesión después de muchos años de su primera publicación en 1998, o asumir la distancia temporal de su proceso de escritura. Prefiero hacerlo desde esta distancia y centrarme en aspectos como el punto de vista narrativo y la cuestión del idioma. Es decir, sobre la mirada y la lengua en que se ha desvelar una verdad, aspiración, creo yo, de quien escribe asumiendo un compromiso.
Mi novela parte, en primer lugar, de la conciencia del idioma y del oficio de la escritura; en segundo lugar, del reconocimiento de los límites de la obra y de lo que se pretende alcanzar. Además, en mi doble condición de crítica y creadora, conozco bien los límites de la interpretación y, con Umberto Eco, sé que cualquier conclusión no es lícita. Quien escribe debería saber lo que tiene entre manos, aunque no pueda librarse de las ideas comunes de la época. Algunos críticos, por ejemplo, menospreciaron a Cervantes tachándolo de «ingenio lego», pero hoy es aceptado que el autor del Quijote sabía muy bien lo que hacía. Y es que tampoco los estudiosos se libran de sus condicionamientos ideológicos y teóricos. Por esta razón, creo poder asegurar plena conciencia de lo que escribí, más allá de lo que lo que crítica pueda suponer o atribuir a mis libros.
Para quienes no han leído Prohibido salir a la calle (Bogotá, Planeta, 1998)*, la novela a la que me refiero, empezaré diciendo que se trata de una narración en primera persona, desde el punto de vista de una niña que recoge sus recuerdos de infancia. Es de alguna manera una novela de exilio, porque se escribe lejos del lugar de los orígenes, cuando se ha perdido contacto con el idioma familiar en el que se ha crecido. El personaje evoluciona en la narración, que abarca casi tres años del final de la infancia, y se produce un cambio en su mirada. Además, la niña, con el relato autobiográfico, construye su yo.
Sin embargo, no es un testimonio de mi propia infancia, sino un artificio o una arquitectura, que permite tomar posición en un momento histórico y personal. Histórico porque se sitúa en una época determinada, y personal porque responde a un momento de escritura. La novela se escribió en Madrid y se refiere a una infancia bogotana. El personaje se va separando del yo creador para ofrecer su propia visión del entorno familiar en el que se instalan los recuerdos de infancia, y que comparto con ella, aunque de distinta manera.
Se trata de una escritura autoreferencial, del yo, es verdad, que se presenta entre luces y sombras, en búsqueda de respuestas. Para Paul de Man, toda escritura del yo pasa a ser una mascarada de la muerte y esa muerte es necesaria como inauguración del discurso. ¿Qué quiere decir con esto? Entiendo que la autora ficcional debe desaparecer para dar voz a la narradora. Es el concepto de la muerte del autor de Roland Barthes pero, lejos de asumir la escritura como algo neutro, la entiendo como un compromiso, en tanto y en cuanto escritora.
¿Quién habla cuando habla Clara? ¿La abuela, la madre, las tías, el padre, la cultura a la que pertenece, o la historia de un país a partir de la vida cotidiana de una familia? El punto de vista es el ángulo de visión que adopta quien cuenta la historia. Es la focalización, el punto óptico, en este caso de la narradora, que se convierte en la luz con la que, más allá de ella, de su propia conciencia, ilumina a los personajes y sus acciones.
Como voz protagonista, Clara Osorio, personaje central de Prohibido salir a la calle, cuenta lo que siente, piensa, hace u observa. La acción del relato es la historia familiar, la de los distintos miembros que conforman ese grupo, quienes existen a través de ella. Tiene una relación conmigo en la medida en que está hecha de la misma materia que me constituye.
Clara presenta dos peculiaridades que determinan su punto de vista: su edad (entre diez y doce años) y el género (niña/mujer, que mira el mundo desde su naciente conciencia de género). Esta conciencia se va desarrollando a partir del comportamiento que observa en los personajes de la familia: la madre, la abuela, las tías, los hermanos menores, y el padre. La narración intenta ser externa y objetiva, pues se limita a contar lo que ve y hacen los suyos. Además, expresa pensamientos y sentimientos, de modo que se vuelve interna y subjetiva, pues los ojos de la niña-mujer distorsionan la realidad a partir de sus emociones.
A veces, Clara no comprende lo que la perturba, pero el lector sí puede entender lo que ella no abarca y está detrás de las palabras. En la infancia, lo sabemos, se encuentran las bases de nuestra personalidad. De hecho, Proust vuelve a la infancia con la paradigmática En busca del tiempo perdido. El narrador creado por el autor evoca un periodo de la vida, cuando era un niño enfermo angustiado, que solo se podía dormir si su madre acudía a darle las buenas noches: “Y después de cenar, ¡ay!, tenía que separarme de mamá, que se quedaba hablando con los otros […]. Todos menos mi abuela, que opinaba que ‘en el campo es una pena estarse encerrado’, y sostenía constantemente discusiones con mi padre, los días que llovía mucho, porque me mandaba a leer a mi cuarto en vez de dejarme estar afuera”. Sabemos que el escritor no es el narrador, ni el niño evocado es el autor de la novela.
Si bien es posible analizar, definir, esquematizar el punto de vista, se trata, en última instancia, de una relación entre escritor, personajes y lector que, como toda relación, guarda sutilezas. No debe confundirse con sus opiniones, que se revelarán a partir del uso que se haga del punto de vista.
En Prohibido salir a la calle, Clara Osorio es, a la vez, protagonista-narradora y eje de lo que sucede. Todo gira alrededor de ella, quien a la vez, gira alrededor de la figura del padre. Clara se coloca en el centro de la acción para trasladarnos al mundo de la infancia, a sus primeros recuerdos y a los acontecimientos familiares que han marcado su vida: la autora dice que ella dice que ellos dicen… En memorias de Mamá Blanca Teresa de la Parra también adopta un punto de vista femenino para describir al padre, pero no es el de una niña, sino de la mujer mayor que recuerda a la niña que fue: “El pobre Papá ─leemos─, sin merecerlo ni sospecharlo, asumía a nuestros ojos el papel ingratísimo de Dios. Nunca nos reprendía; sin embargo, por instinto religioso, rendíamos a su autoridad suprema el tributo de un terror misterioso impregnado de misticismo”.
En Nada, de Carmen Laforet, Andrea, la voz narradora, es una adolescente que describe, la salida al mundo, el encuentro con su abuela, la impresión que le producen las mujeres lúgubres de su entorno: “Al levantar los ojos vi que habían aparecido varias mujeres fantasmales. Casi sentí erizarse mi piel al vislumbrar a una de ellas, vestida con un traje negro que tenía trazas de camisón de dormir. Todo en aquella mujer parecía horrible y desastrado, hasta la verdosa dentadura que me sonreía. La seguía un perro, que bostezaba ruidosamente, negro también el animal, como una prolongación de su luto. Luego me dijeron que era la criada, pero nunca otra criatura me ha producido impresión más desagradable”.
En mi novela Prohibido salir a la calle, Clara empieza la narración describiendo la llegada de sus dos hermanos recién nacidos a quienes observa como si fuese una antropóloga. Se detiene en los movimientos, los gestos y los sonidos que emiten antes de balbucir las primeras palabras. Intuye el peso de un vocablo y, a lo largo del relato, experimentará el efecto reparador de las palabras de la abuela o del padre, quien ofrece un mundo de promesas, siempre en peligro de no cumplirse.
Las palabras también tienen un efecto letal, son dañinas, atentan contra la imagen del padre y llenan de significados negativos el concepto de “hombres”: seres malos, mentirosos, irresponsables que hacen sufrir a las mujeres. En el contexto de la novela, estos rasgos se matizan por la imagen que Clara tiene del padre.
Este contexto influye en el relato: finales de los sesenta, principios de los setenta. En América Latina se asiste a un proceso de modernización de las ciudades —como Bogotá, donde se instala la familia—, a cambios en el comportamiento de la juventud que se rebela contra la tradición. La televisión transmite imágenes del mundo y ofrece artículos de consumo desconocidos hasta entonces. Pero esta realidad es sólo un telón de fondo, pues lo importante es cómo la niña ve transcurrir la vida en un hogar modesto, ahogado por los conflictos entre los padres y las necesidades económicas. Y, aún más importante, cómo Clara lleva estas tensiones al lenguaje.
La novela gira alrededor de la ausencia del padre, algo también frecuente en las sociedades latinoamericanas. En determinados contextos, el padre no asume la patria potestad. Son muy corrientes las familias disfuncionales por diversas causas socio-económicas: muerte, ausencia, inexistencia o inoperancia del padre, pero el esquema tiene muchas variables… Clara comprende que el modelo de hogar burgués que se le enseña en la escuela no se corresponde con el suyo, donde la madre cumple el papel de padre y la abuela el de la madre que permanece en el hogar y cuida de los niños. Obviamente, al situarse en la Historia, la narración ofrece por sí misma una visión determinada de la familia, de sus crisis y dilemas a partir de la segunda mitad del siglo XX. Los modelos familiares cambian de manera violenta en un país como Colombia y en una ciudad como Bogotá. El trabajo antropológico de Ximena Pachón La familia en Colombia a lo largo del siglo XX pone en evidencia estas transformaciones. El cambio en las relaciones familiares y en los modelos de esta institución debido, por un lado, a las mejoras materiales introducidas por la modernización, pero también a “las múltiples violencias que a lo largo del siglo fueron cambiando sus denominaciones, [y que] afectaron de manera brutal a la familia, al igual que los procesos de colonización y de concentración urbana, los inesperados desastres naturales, los desplazamientos poblacionales, la pauperización y la transformación de los valores, inducida por la modernización y el influjo de los medios masivos de comunicación. Con ello la institución familiar se vio transformada no solo en su estructura y en su funcionamiento, sino en los más recónditos rincones de su cotidianidad grupal y personal”. Clara capta intuitivamente, desde la ingenuidad y la rotunda agudeza de la infancia, estas contradicciones del comportamiento y de la actuación de las mujeres al observar, por ejemplo, que reniegan de los hombres, pero su hermano recibe un trato de privilegio. Éste es objeto de cuidados, atenciones y mimos que a ella se le niegan. Tal asimetría despierta un sentimiento de injusticia, pues a ella van dirigidos los reproches y las exigencias, también las limitaciones: y la obligación de colaborar en los quehaceres domésticos (la familia no se puede permitir una asistenta) o no poder salir a la calle (donde correría un peligro indeterminado). Los conflictos en el hogar se achacan a la irresponsabilidad de un padre que no ha dado señales de vida en muchos años. La novela, sin embargo, da un giro con la vuelta del progenitor, que agudiza el conflicto. Éste demuestra cierta incapacidad para resolver los problemas prácticos pero, en cambio, conecta con los niños a quienes cautiva con su sentido del humor, lo que propone un rol diferente del autoritario o protector que se esperaría de un padre.
En los enfrentamientos entre la madre y el padre, Clara percibe que éste también es víctima de una gran incomprensión. Ponerse del lado del padre le permite cuestionar los caracteres femeninos: el victimismo, la dureza con la que las mujeres tratan a las niñas, la debilidad por los hijos varones elevados a la categoría de “reyes de la casa”, la esquizofrenia entre el deseo y el rechazo del varón, etc. La niña, por tanto, acaba apoyando al padre en un universo de mujeres insatisfechas, melodramáticas y negativas con las que no se identifica en absoluto.
No quisiera dejar de subrayar que el idioma en el que debía escribirse la novela me planteó un problema. Cuando se escribe lejos del lugar del origen y por muchos años se ha perdido contacto con las palabras cotidianas del país y del hogar, se puede hablar la misma lengua pero en distinto idioma. A esto se suma que en el idioma de acogida se acabó de formar la capacidad de pensar, de intelectualizar, de comprender otras realidades e, incluso, de emocionarse. Para atravesar la infancia era preciso explorar cada palabra y el efecto vivido desde la sensibilidad de aquella niña que fue. Imposible desfigurar el sentido de los vocablos y de las frases volcándolas a un idioma estándar o académico sin que perdieran pureza. Clara Osorio es producto de la ficción, pero también lleva una parte esencial de mí: los sentimientos de infancia. La novela fue escrita a mediados de los noventa y surgió como el recuerdo de lo que no había encajado y era perturbador en la infancia: aquello que se aprendía en la escuela y que, a veces, se reducía a una retórica ajena a la realidad de los hogares y de la experiencia.
Lo importante, como escritora, después de veinte años, es haber tomado distancia de la novela. Y es que, como sugiere Silvia Molloy, “El intento de recuperar un pasado lejano del presente de la escritura lleva a un ejercicio dislocador: el yo y su pasado se excluyen uno al otro, están escindidos”. En su lejanía y paradójica ajenidad, la novela creo que funciona al leerla de nuevo e, incluso, que conmueve, porque su escritura se manifiesta en “carne vida”. Se debe, sin duda, al vívido y a veces doloroso proceso de construcción de la subjetividad y al desarrollo de una conciencia de género.
Desde dentro de la subjetividad femenina, y desde la profundidad de la lengua, fluye Prohibido salir a la calle. Su efecto espero que vaya más allá del interés que despierten lo social, la geografía y la época en que se inscribe. Porque desde la escritura se recupera el jardín encantado de la infancia y el país de origen, y se cierran las heridas del exilio, por la propia escritura y por la distancia respecto a la realidad de donde partimos. Como escritora, lo importante, para mí, en última instancia, es distinguir entre la vida y la ficción narrativa y que, a través de ésta, el lector pueda proyectar su propia conciencia del mundo.
*Comunicación leída en el "Coloquio Género y Placer" Université de Picardi-Jules Verne, Amiens, 18 de junio de 2015 (Las ediciones posteriores de Prohibido salir a la calle están en Editorial Mirada Malva, Madrid, 2009 y Editorial Sílaba, Medellín, 2011, segunda reimpresión 2012).