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martes, 29 de octubre de 2013

Comer y ser comidos: destrucción y creación, sobre un cuento de Cheon Un-yeong

Fue igualmente grato es descubrimiento de la propuesta narrativa tanto de Kim Insuk como de Cheon Un-yeong,gracias a la invitación del Centro Cultural Coreano. Cheon Un-yeongjoven autora nacida en 1971, ha sorprendido a la crítica por la crudeza de sus descripciones y por los temas tratados en obras como The Needle o Ginger donde trata el mal inspirándose en la figura del famoso torturador de la década de los ochenta en su país, Yi Geun-an. Ajena al realismo al naturalismo, admira entre los autores occidentales a Truman Capote, en particular su novela A sangre fría, lo que explica de algún modo su predilección por ciertos temas.
En su relato «Respiración» un muchacho se ve forzado a infringir la ley para satisfacer los deseos de la abuela. Este es un inquietante relato que elude la tradicional descripción realista, incluso la mirada fotográfica del nouveau roman para ahondar en el interior del cuerpo despiezando a sus criaturas, hurgando en sus entrañas. Es un relato sobre el comer y ser comidos en la naturaleza. El título refiere los aterradores movimientos del cosmos que puede engullir universos y explosionar estrellas. La autora construye una fina red de relaciones en las que el miedo y el deseo desatan fuerzas poderosas en el ser humano. Por un lado, está la abuela con atributos de fiera; por otro lado, el nieto que le teme, que prefiere ser comido, y que vacila antes de contarle lo que ha decidido hacer.
Tenemos dos espacios, el de la casa que se concentra en la cocina donde se preparan y consumen los alimentos; y el mercado donde se despiezan las vacas y los cerdos para ser consumidos. Justamente en el mercado trabaja el nieto. Allí también se encuentra Miión, la mujer con quien desea casarse, una joven viuda que a su vez lava y prepara las tripas de las vacas. Los carniceros mayores del mercado, igual que la abuela, tienen un conocimiento ancestral de la tradición y aprecian cada pieza del animal a la que asignan propiedades curativas. Pero el joven siente nauseas de la comida y de los olores que emanan de la carne y las vísceras.
Este es un relato de atmósferas que no renuncia a la descripción, pero alcanza un mayor grado de penetración hasta tocar la médula de nuestro sistema. Refiere el proceso del que depende la supervivencia de la especie. La atmósfera está cargada de símbolos desde el título, hasta el planteamiento y desarrollo. Tiene que ver con el aliento, con la conciencia de la respiración y con el alimento del cuerpo, con el proceso químico del que depende la vida. El texto sitúa al ser humano al mismo nivel de otras especies, como el mayor predador en la cadena alimentaria, despoja a la persona de sentimientos en su observación sin piedad. Es más que la visión de un etólogo que describe la conducta animal.
En palabras de la autora, el cuento surge cuando visitó a un pariente anciano que trabajaba en el mercado de ganado vacuno. Los olores penetrantes del lugar agudizaron su percepción y le plantearon interrogantes. «Lo que acabo de comerme, ¿es lo mismo que acabo de ver en el mercado?», me dije; «¿por qué comemos sin pararnos a pensar en el origen de lo comido?» «¿Cuál es la diferencia entre un ente carnívoro y uno herbívoro?» «¿Qué contiene exactamente mi sustento...?» «Respirando el aire que respiraban las gentes que allí viven, he podido ver las cosas que ellos ven, oír las que oyen, y esto me ha servido para ir respondiendo los interrogantes que me habían surgido al principio, añadiendo nuevas preguntas a las respuestas que encontraba y, poco a poco, como si masticara arroz con minuciosidad, encontrando el gusto a todas aquellas cosas. De aquello surgió el cuento que titulé Aliento.»
El mercado de productos ganaderos de Mayan Dong tiene como emblema un toro pintado elegantemente ataviado con hanbok, es decir, el traje tradicional de Corea, lo que es una cruel ironía: tratar de humanizar al toro disfrazándolo con el traje típico del país. Pero la mascota resulta embarazosa para la gente. A medida que el muchacho se acerca al mercado el olor le parece hediondo a causa de la sangre coagulada o del cerdo, de la grasa rancia que se mete en los pulmones: «…cuando salgo de ese lugar; de poco me sirve recuperar el ritmo de mi respiración al salir de allí, si todos esos olores comenzarán a brotar pronto hacia mí…». El asco hacia los carnívoros contrasta con los sentimientos que despiertan los herbívoros, como la ternura. Como sabemos, las religiones y las culturas a lo largo de la historia han formulado mitos sobre la comida. Según el antropólogo Marvin Harris ciertos tabúes sobre los alimentos se fundamentan en un motivo racional y un análisis coste beneficio sobre el abastecimiento eficiente de la comida. Es la «teoría de la búsqueda óptima de alimento», según las condiciones de su medio, de la disponibilidad. Un ejemplo conocido es el de la vacas en la India, consideradas animales sagrados, sin duda, mucho más rentables vivas que muertas. Pero el cuento «Aliento» va más allá de esta reflexión antropológica sobre la comida.
El nieto observa a la abuela con temor, más que con respeto, por su condición de animal carnívoro y por el poder que ejerce sobre él. El relato insiste en metáforas y adjetivos que subrayan su condición de animal carnívoro de la abuela. Su avanzada edad representa la tradición, el saber ancestral, lo que él ve como algo negativo, pues le parece una momia. Su melena es como la de un león macho, su espalda es la de una fiera carnívora. Al verla preparar los alimentos, él joven piensa en una hechicera que mezcla los ingredientes en un caldero mágico. Si le habla, siente que su lengua bífida de serpiente lo va a asfixiar; sus ojos son los de un felino que clava la mirada y él tiene que apartar la vista. Suscita el efecto hipnótico del predador que va a devorar a su presa. Cuando acaba de comer actúa igual que el tigre saciado que se oculta en la cueva a hacer la digestión. «Uno de los rasgos más característicos de los animales carnívoros es precisamente eso de echarse a reposar nada más terminar de comer, como un buda tumbado», explica el narrador. Esta mención a Buda me parece interesante porque precisamente el budismo inicia a sus discípulos en la conciencia de la respiración, que es el título de este relato. El Budismo prohíbe comer carne entre otras razones porque considera a los animales de la misma naturaleza que los seres humanos. También por su teoría de la transmigración que relaciona el universo viviente y comer carne de animal sería comernos a nosotros mismos. Fundamentalmente la compasión hacia otra forma viviente impide comer carne. Este es requisito indispensable para alcanzar la pureza.
Un pensamiento así explicaría la repugnancia del narrador a la ingesta de carne que practica su abuela. Ese rechazo se manifiesta subrayando aspectos grotescos de su apariencia y de su forma de preparar los sesos de vaca. También influye su dificultad para decirle que se piensa a casar con una joven viuda. Las respuestas de la abuela son como los hachazos que van a destrozar una pieza en el matadero. No opina sobre la decisión de nieto, solo le pide que le lleve carne de feto de vaca. El relato abre un interrogante sobre lo que la mujer quiere decir. Si ella aprovecha cada pieza del animal para curar sus enfermedades, es muy probable que la carne de feto de vaca sirva para la gestación y esta sea su forma de aceptar a la nuera. Pero no lo sabemos…
El relato insiste en la comparación de los seres humanos con el ganado descuartizado cuando nos dicen que el marido de la viuda fue arrollado por un tren, que lo destrozó. Pero la novia, al contrario que la abuela, le inspira ternura, lo apacigua; sus ojos «reflejan una serenidad que solo se puede hallar en los ojos de los animales herbívoros», dice. Sin embargo, cierto reflejo en ellos no deja de recordarle a la abuela, lo que evidencia sus sentimientos ambivalentes respecto a la mujer.
Aquí el acto amoroso es una forma de comerse al otro y de ser comido. Por eso el muchacho piensa en la mujer como el gusano de seda que se come las hojas de la morera y deja su esqueleto. De esa forma se entrega en medio del terror de ser aprendido por las autoridades por infringir la ley, a lo que se ve forzado para ganar dinero, ante la exigencia de la abuela que le pide carne de feto de vaca, difícil de conseguir y muy costosa. Pero tal vez es mayor su deseo de casarse para ser comido.
Como sabemos, la gastronomía asiática es rica en animales de todas las especies desde vacas, perros y ratas. Asimismo ciertas partes del animal se consideran sofisticadas y tienen que ver con los mitos sobre la fertilidad como los penes de perro. Conseguir la carne de feto vísperas de Navidad es una aventura arriesgada: es el reto del héroe que lucha por la amada. El muchacho, huérfano de padres, solo puede obedecer los mandatos de la abuela cuyo instinto la salva de morir por inhalación de gases tóxicos como, según nos dice, fallecieron los padres.
Sobre la escritura, la autora dice: «Para mí, escribir equivale a acoger en mi propio cuerpo un mundo nuevo y ajeno a mí. Es algo que me requiere masticar con celo y no escatimarle tiempo a la digestión. Es un proceso en que, una vez digeridas por mi cuerpo, todas esas cosas se incorporan a mi sangre y empiezan a circular por mi cuerpo, se vuelven carne y me dan fuerza para, por último, salir de mí y reincorporarse al mundo.»
Los últimos momentos del relato son inquietantes entre el clima de tensión provocado por la huida, la cámara frigorífica, el mercado en penumbra, la visión de los felinos, la oscuridad de la calle, hasta llegar a la casa de Miión que lo espera con la carne de feto hervida. Pero la forma poética como se cierra nos devuelve el aliento: «Por la ventana comienza a entrar, vaga, la luz del alba. El rocío cubre mi cuerpo de una fresca humedad. En algún lugar lejano, remoto, hay un ternero de enormes ojos que va pastando y acercándose, paso a paso, hacia aquí.»
No por casualidad estos dos textos tienen puntos en común: la imagen del hombre sometido a la fuerza femenina, en el caso del nieto; y hermano de la escritora que depende de ella para superar los obstáculos. Se evidencia la disolución de un mundo familiar, la pérdida de los padres, la orfandad del individuo, el encierro interior, el hermetismo del ser y un mudo rechazo a los lazos afectivos, al hijo no deseado, a la nuera que puede perpetuar la herencia. La mujer está sometida, pero es fuerte y se sobrepone. En cambio, el hombre es débil, como dice muchacho de «Respiración»: «Yo era un pobre buey castrado por ella, castrado siendo aún ternero para quitarme el hedor del verraco, un pedazo de carne bien amaestrado por esa anciana…»
Chôn Un-yon pertenece a la generación de las nacidas entre los setenta u ochenta. Se dio a conocer en 2000 con la novela La aguja (banûl), muy aplaudida por la crítica, que la encontró subversiva y poderosamente destructiva. Su fuerza está en los personajes, algunos revestidos con atributos de fiera predadora, como ocurre en el cuento que comentaré. Es una de las principales representantes de la narrativa coreana de la década del 2000. La crítica considera que sus personajes están dotados de una beligerancia difícil de encontrar en toda la literatura coreana anterior. Además de La aguja (Editorial Changbi, 2001), Chôn Un-yon ha publicado Fulgor (Editorial Moonji, 2004), Hasta otra, circo (Editorial Munhak Dongne, 2005), Modo de empleo de sus lágrimas (Editorial Changbi, 2008), Jengibre (Editorial Changbi, 2011) y Ya sabe usted, madre (Editorial Moonji, 2013).

Ética y estética: la construcción de la identidad en Kim Insuk

Quiero dejar constancia de la grata sorpresa que ha sido para mi descubrir a dos escritoras coreanas que voy a presentar.La primera es Kim Insuk cuya fragilidad contrasta con la fuerza de sus narraciones
En el relato «La autobiografía de una mujer» (Diez escritoras coreanas, Madrid, Verbum, 2011), Kim Insuk aborda el tema de la autoría y la escritura, pero el texto trasciende a otras esferas del ser como los orígenes y la condición social, la identidad, los roles femenino y masculino, los desgarros interiores, el cuestionamiento de la maternidad como algo inherente al ser femenino, la creación y la destrucción, la escritura como vía para conjurar el dolor y la frustración.
La protagonista es una escritora ante una situación ambigua. Un colega le pide relevarlo en la tarea de escribir por encargo la autobiografía de un importante hombre de negocios, de cincuenta y dos años, del que ella no sabe nada. De estructura circular el relato se cierra con la frase que da comienzo: la pregunta que el hombre le lanza a la narradora. «-¿Le agradan los gatos?», y que no espera respuesta porque el hombre no escucha, solo desea conversar. El cuento señala contrastes que cambian la percepción de los personajes. Por un lado, tenemos a la escritora de origen humilde, con dificultades económica; por otro, al hombre rico que quiere alcanzar influencia política y se inventa una biografía para ofrecer una imagen falsa de sí mismo, con la finalidad de ganarse las simpatías de la gente, en particular de las mujeres.
La farsa permite reflexionar sobre la realidad y la ficción del texto que se va a escribir. Subraya la sensación de opulencia al contemplar la ciudad de Seúl, desde la lujosa suite del hotel: el éxito del hombre, por un lado; y el fracaso del hermano y del padre, por otro. En el extremo del hotel está la casa de la escritora: un sótano húmedo, con los libros arrumados y olor a orina de gato. Así, ante la perspectiva que le ofrece la lujosa suite sus valores se tambalean.
Pero hay un conflicto moral: si escribe ese libro será cómplice de una mentira. No obstante, hará ese trabajo por dinero, consciente de lo que implica: «Y, a pesar de la repugnancia que sentía no había forma de pasar por alto el hecho de que la suma que recibiría haciendo de negra era mucho más alta que cualquier otro trabajo que hubiera realizado en los últimos diez años». Pero no es solo la tópica biografía del hombre que triunfa en los negocios por propio esfuerzo, el filántropo que empieza desde abajo y un golpe de suerte le ayuda a escalar posiciones, gracias a la subida de los precios de ciertos terrenos, pues la biografía no encaja en este punto, ya que la realidad contradice su versión.
Aquí se abordan cuestiones de género cuando la narradora señala que el hombre la utiliza: «….parecía que consideraba que para evitar malentendidos que pudiera provocar en las mujeres activistas, se requería que se escribiera de forma que pudiera ganar su simpatía». Ella indaga en sus relaciones con las mujeres, sus ex esposas que no tienen buena opinión de él. La escritora se defiende del hombre aclarando su punto de vista: «…le eché en cara que lo que yo escribía no era su biografía, sino su autobiografía. Por tanto, quien escribía no era yo, sino mi mano.» La intriga se complica a medida que crece nuestra curiosidad sobre una vida llena de sombras, no solo respecto a las relaciones del hombre con sus anteriores mujeres, sino al hecho de que su fortuna haya crecido en los momentos más represivos de la historia del país. La autobiografía empeora cuando se tienen en cuenta los testimonios de las ex esposas que aportan una opinión muy negativa: criminal, cínico, maltratador.
El conflicto moral no se resuelve solo con el hecho de que la autora sea consciente de la renuncia a su yo, para poner en el papel lo que otro le dice, y de lo que no desea hacerse responsable. No es el caso, por ejemplo, del esclavo norteamericano que en el siglo XIX le contaban su vida a un interlocutor, quien escribía su vida después de discutir con él. El texto se completaba con elementos que servían para condicionar su recepción, pero a veces las opiniones de los redactores ahogaban el testimonio del esclavo.
Más allá de la preocupación por la autoría, hay un conflicto, una historia familiar de donde emerge la figura del padre. Éste colecciona libros de biografías de personajes famosos o novelas históricas y pretende infundir en el hijo (no en la hija) el hábito de la lectura. La autora comenta al respecto: «Yo que por ser mujer no tenía necesidad de escuchar tales sermones, me desvivía queriendo escuchar esos largos y tediosos discursos. Desde entonces deseaba ser escritora y me palpitaba el corazón con solo pensar en que algún día mi libro estaría colocado en la estantería de mi padre.» La niña accede a los libros a espaldas de la autoridad. Ante el fracasado intento del padre por inducir al hijo en la lectura, aquel tiene que admitir la vocación de la hija. Como he señalado, los dos hombres de la familia están al extremo del rico y poderoso. ¿Qué diferencia a estos hombres? Por un lado están los pobres y honrados; por otro, los ricos acaso sin honra. Lo que no se explica, pero se deja leer entre líneas, es que el hombre exitoso pudo haber perdido el honor para enriquecerse. Poco se nos dice del papel de la madre que crió al hijo de acuerdo a los deseos del padre, con valores como el honor y el éxito que refieren las biografías que éste atesoraba en su biblioteca, y que no tiene nada que ver con su vida. La autora señala al respecto: «El hecho de que una personalidad pudiera llegar a ser pobre, pero un pobre no llegaría ser una personalidad, una personalidad que pudiera rechazar el éxito. Pero el que no tiene éxito jamás llegará a ser una personalidad»: La conclusión es que los pobres esperan un golpe de suerte improbable. El cuento muestra el abismo entre la realidad de los libros y la realidad de cada individuo, a la vez que cuestiona la validez de lo escrito, sobre todo, cuando las biografías nada dicen de renuncias y fracasos.
La relación de la escritora con el padre y con el hermano subvierte los valores, ya que ella asume la responsabilidad de sus errores. Al venderse, ésta alcanza una legitimidad moral: sacrificarse por el hermano. Pero la escritora necesita otra salida: la expresión de su yo sometido, solo posible si escribe una novela «de verdad» sobre el personaje, dando voz a sí misma a través de una narradora que responde lo que el poderoso Yo Ho-gap le oculta.
Como decía, este cuento de estructura circular se cierra con la pregunta de Yo Ho-gap, sobre los gatos, que la escritora responde evocando al novio que le regaló un gato, un chico a quien ella le contaba las historias que quería escribir, creyendo que su vida podía ser mejor a través de los sueños, pero el muchacho la abandona y tras su marcha, ella comenta: «¡Al día siguiente aborté el feto que había morado en mi vientre por casi cinco meses» (que acaso corresponden a gestación del libro por encargo). Podríamos decir que el feto sería la obra escrita contra su voluntad. Mientras que ella desea llevar en el vientre su verdadera novela, la que justificaría su existencia.
La escritura como una actividad a espaldas de la autoridad empieza con la niña que ocultaba flores y hojas en las páginas de los libros, que tenía prohibido tocar. Esta secreta afición es algo íntimo y personal, que se pervierte si se pone al servicio de una mentira, de una autobiografía falsa, principio moral que acaso rige la escritura de Kim Insuk.
Nacida en 1963, Kim Insuk es profesora del Departamento de Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad Nacional de Seúl y una de las escritoras más importantes. Debutó a principios de los ochenta en medio del régimen dictatorial. Su obra, a juicio de la crítica, da cuenta de los inexplicables absurdos de la vida y las contradicciones de la sociedad coreana. Entre sus treinta libros publicados y traducidos al inglés destacan. To Be Insane, Ocean and Butterfly y Goodbye Elena. Su novela The Long Road se centra en el trabajo de los expatriados coreanos en Australia. El título está inspirado en una conocida canción, que le sirve para mostrar la alienación de los emigrantes. Sus novelas a partir de los noventa ahondan en la interiorización de valores arraigados en el capitalismo feroz, el compromiso, el cansancio, el aletargamiento y la melancolía de la sociedad. La mayoría de los protagonistas, como la del relato que comentaré, pertenece a la clase baja que se rinde ante los obstáculos y tiene que corromperse para sobrevivir.