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jueves, 8 de agosto de 2013

Blas Matamoro, Desmontando a Wagner

El bicentenario del nacimiento de Richard Wagner (1813-1883) está pasando sin pena ni gloria en nuestro entorno, lo que no deja de sorprendernos, dadas las emociones que despertó el sacralizado compositor de Tristán e Isolda, considerada obra cumbre de la música occidental. En el mundo hispánico durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX fue muy poderoso el impacto de los argumentos y personajes wagnerianos, más que de su música, a la que no todos accedían por estar reservada a los teatros, lugares de encuentro de la alta sociedad. La repercusión de su obra, difundida en España en los periódicos y revistas culturales de la época, es notable y alcanza a la generación finisecular, que la convirtió en obligada referencia de la quintaesencia del arte. En este país, donde sus operas se representaron desde 1864, se crearon las Asociaciones Wagnerianas de Barcelona (1901) y Madrid (1911) para rendirle culto. Sus operas fueron traducidas al catalán y al español y no hubo autor de entonces que no recurriera a sus evocadores acordes para componer sinestesias, o que no se inspirara en sus personajes, a la hora de trazar complicados y raros perfiles. De todos modos, el carnaval de Madrid de este año recordó al músico con conciertos y representaciones de sus emblemáticos personajes en las carrozas y en Barcelona no han faltado los ciclos de interpretaciones de sus piezas operísticas. Nuestra literatura fue pródiga en las recreaciones del artista Lohengrin, o de los melancólicos amantes Tristán Isolda y las imponentes Walkirias, muchas veces convertidas en soberbias amazonas criollas o peninsulares. Tal es el caso de los españoles Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Leopoldo Alas Clarín, Benito Pérez Galdós o Juan Ramón Jiménez, y de los hispanoamericanos Rubén Darío, José Asunción Silva y José María Vargas Vila, entre muchos otros.
Coincidiendo con el II centenario del compositor, el narrador y reconocido crítico musical Blas Matamoro (Buenos Aires, 1943) publicó recientemente una traducción de la correspondencia entre Richard Wagner y su amado Luis II de Baviera (Richard Wagner. Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth, Madrid Fórcola), con una introducción que no tiene desperdicio y que ha herido la sensibilidad de ciertos admiradores de Wagner. La homosexualidad implícita del genio sale a la luz en unas palabras, que si bien están sujetas a la mentalidad de la época y a la índole de las relaciones sociales de entonces (en este caso entre mecenas y protegido, entre señor y súbdito), no dejan de revelarnos los sentimientos de los personajes: “Sólo el ideal puede unirnos de por vida: sólo en la suprema comprensión podemos darnos un puro y humano vínculo, hacer plena nuestra unión, verificar la única y esclarecida dignidad: nos amamos como dos hombres que están por encima de las leyes…”, le dice Ricardo a Luis ¿Todavía hay quienes se escandalizan al leer estas manifestaciones del sentimiento amoroso entre dos hombres? Parece que sí, particularmente aquellos wagnerianos que se empeñan en mantener en el pedestal a un artista tan humano como el resto de los mortales. Humano, demasiado humano fue la respuesta de Nietzsche (quien contribuyó al endiosamiento del músico), cuando lo bajó del pedestal por su giro hacia el cristianismo en Parsifal, lo que ocasionó la ruptura del encantamiento entre los dos monstruos.
Matamoro va más lejos en su presentación de la escena amorosa, que tiene como protagonistas a estos dos hombres unidos por la música y atormentados por sus fantasmas. Sin descender a lo vulgar, el autor analiza, por un lado, la patología regia, sus excentricidades, su dramática soledad e incapacidad de crear una obra artística y, por otro, el a veces tortuoso proceso creador del músico, que entra en la vida del joven rey a los cincuenta y un años, en calidad de amigo íntimo. En exclusiva compondrá para el monarca sus obras y recibirá por ello astronómicas sumas que le permitirán disfrutar del lujo que necesitaba, al parecer, para trabajar. La corte no lo vio con buenos ojos por considerarlo un derrochador y un aprovechado, subraya el autor. Fruto de ese amor fue el teatro Bayreuth, posterior escenario de experimentación de las vanguardias, que este año celebra el sonado aniversario representando las cuatro obras del ciclo El anillo de los nibelungos, dentro del emblemático Festival wagneriano de Bayreuth que acaba de comenzar. Si alguien quisiera conocer el contexto que envuelve esta compleja y apasiónate relación entre estas dos grandes personalidades debería leer la traducción de Blas Matamoro, maestro de ejemplar rigor y aguda inteligencia.

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