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domingo, 17 de febrero de 2013

Historia del Eremita, de Miguel Espinosa

Miguel Espinosa (Murcia, 1926-1982) es un escritor de culto, una rareza en el ámbito de la literatura española, que nos sorprende con la fina ironía de su prosa. Conocido por Escuela de mandarines, su escritura gira alrededor de una idea y se sustenta en pilares tan antiguos como sólidos: la palabra profética que desciende hasta las formas primarias del verbo, despojando lo humano de los artificios de la cultura, devolviendo a las criaturas a su condición animal. La Historia del eremita es la primera versión de la paradigmática Escuela de mandarines (1974) que no pasó desapercibida para la crítica universitaria, pues llamó la atención de especialistas como Gonzalo Sobejano y Luis Miguel García Jambrina; y de críticos influyentes como Rafael Conte, quien en el monográfico que le dedicó la revista Quimera en 1984, publicó un artículo, junto con Enrique Tierno Galván y Juan Ramón Masoliver y en el que también se incluye una entrevista del colombiano Miguel de Francisco. En 2005 Rafael Conte nos dejó un lúcido artículo: Miguel Espinosa sigue vivo
Cuatro son los libros conocidos de Espinosa, el ensayo: Reflexiones sobre Norteamérica y las novelas Escuela de mandarines, La fea burguesía, Tribada. Tratado teológico, Asklepios, el último griego. Clasicismo transparente, experimentalismo final, fuegos de artificio, son las categorías con las que los especialistas intentan dar cuenta de su mundo. Historia del eremita es una primera versión de Escuela de mandarines, escrita entre 1954 y 1956. La edición que tengo es un regalo de mi editor y amigo Fernando Fernández, de Alfaqueque, a quien felicito por este feliz hallazgo.
Bajo la influencia de los clásicos y de los textos bíblicos, la obra evoca la figura de Zaratustra, de Nietzsche, en su descenso al mundo de los seres humanos. El poder, la riqueza, la ambición, unidas a la mediocridad, son la sustancia de ese aparatoso y agrietado edificio, que el eremita intenta derruir con la palabra. La eficacia de su verbo letal se debe a una inusitada capacidad de desconcertar. Nada más certero que el humor para volver del revés los mitos y poner en evidencia las mentiras de los sabios y de los mandarines que ostentan el poder. Así, el Gran Padre Mandarín dice: “el hombre desnudo tiene un defecto que no me gusta: y, es que no se puede meter las cosas en los bolsillos”, porque con los bolsillos comienza el traje y con el traje la civilización y la moral.
Por un lado están los mandarines y la corte de servidores que ejecutan sus preceptos; por otro, la “gentecita sencilla” que no necesita la verdad porque le basta con tener pan y reproducirse. Domina, por tanto, la razón de los estómagos y no merece la pena engañarse.
La travesía del eremita se inicia con los paisajes naturales donde los seres humanos se distinguen poco de los animales y pasa por los centros urbanos, sometidos a la parafernalia de las maneras cortesanas, que pervierten el sentido. Allí en los palacios domina la letra escrita, esas “patitas de mosca”. Sus mandarines se apoyan en la ortodoxia del Libro, que da lugar a controversias interminables. Los que se desmarcan de la línea hegemónica son acusados de heterodoxia, pero al eremita que los desmonta con sus respuestas, se le perdona la vida por ser considerado, iletrado, pobretón e hijo de la gentecilla simple que no cuenta en el reino.
Encarcelado por el Consejo de ancianos el eremita recibe la visita del hombre más orgulloso del mundo, “ese animal que precisan los mandarines para anunciar al pueblo la sabiduría de los mandarines; la palabra recortada y untuosa, el confianzudo con el saber, y la afrenta de toda inocencia”, Así lo define el eremita. La palabra untuosa -insistente apelativo-, es moneda falsa, relamida, aduladora, la palabra que envuelve, que amordaza y asfixia. Hay en Espinosa una búsqueda del origen, de la palabra creadora, dadora y fundadora del mundo.
Pero el eremita pasa por distintas etapas en las que debe experimentar el gobierno y el efecto de las leyes inventadas por los sabios. Subraya mediante metáforas, el mantenimiento y reproducción de formas de vida a que da lugar la sustancia que presenta distintas cualidades: sustancia grávida, sustancia del porvenir, sustancia tozuda, perenne, prefigurada, compuesta, sustancia moral, racional, sumisa, etc. Tal es la materia de los futuros cuadros, los llamados becarios del sistema: “¡Oh padres! Yo he oído decir que la sustancia del becario es una sustancia sin metamorfosis. ¿Acaso el becario no es ya una crisálida? Porque en mi época se mantenía que el huerfanito era una crisálida….” No dejen de leer a Espinosa. Les aseguro que les divertirá su irreverencia, tanto como sus afiladas sentencias.