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jueves, 17 de mayo de 2012

Coloquio Internacional: Periplo colombiano. Narrazione e narrativa per il nuovo milenio

Con éxito se cerró este encuentro de narradores colombianos, al que tuve la suerte de ser invitada, los días 10 y 11 de mayo, gracias al profesor Fabio Rodríguez Amaya, Director del Departamento de Ciencias del Lenguaje, de la Comunicación y de los Estudios Culturales, de la Universidad de Bérgamo. Extraordinaria ocasión para establecer un diálogo entre estudiantes, especialistas y colegas, sobre el proceso de la narrativa colombiana del siglo XX, dedicado a dos autores fundamentales para mí: Luis Fayad y Darío Ruiz Gómez, quienes empiezan a publicar sus libros a finales de los sesenta y principios de los setenta, en un momento en que la narrativa hispanoamericana despertaba el interés en el contexto internacional, gracias a, entre otros, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y el fallecido Carlos Fuentes. Estos transitaban por los caminos de la experimentación formal, retomando el aliento de las vanguardias europeas. Volver a la narrativa de los setenta en Colombia implicó evocar los nombres de Eduardo Zalamea Borda y Álvaro Cépeda Samudio quienes con Cuatro años a bordo de mi mismo (1934) y Todos estábamos a la espera (1954), respectivamente, renovaron la prosa del siglo XX dando muestras de una gran habilidad narrativa. Con una economía de recursos y técnicas, éstos nos acercaron a la realidad desde distintas voces y perspectivas. Si el primero se sumergía en los dilemas del individuo contemporáneo, en su soledad y necesidad de búsqueda interior, el otro exploraba distintos universos y procedimientos, cuestionando la moralidad burguesa y la noción de verdad.
En la misma línea, Luis Fayad con Los parientes de Ester (1978) nos dejaba escuchar las voces de la ciudad por la que transitaba la clase media con sus afanes por llegar a fin de mes y sus expectativas de un cargo público, en diálogos tan contundentes como eficaces. En cuanto, Darío Ruiz Gómez nos ofrecía en Hojas en el patio (1978)una amplia perspectiva de las transformaciones de la ciudad desde el interior del individuo, recurriendo a la complicada técnica del monólogo interior. Ellos son, sin duda, los maestros del postboom y sus obras ya son parte del canon de la literatura hispanoamericana. Lamentablemente, por motivos de salud, no contamos con la presencia de estos dos autores, pero si con la magnífica exposición que Rodríguez Amaya les dedicó.
En cuanto a mi, disfruté al compartir mesa con nuestro querido Julio Olaciregui y con Pablo Montoya que presentó su libro Los derrotados, magníficamente editado por Sílaba editores. Le correspondió al profesor Erminio Corti referirse a esta novela que devela aspectos desconocidos de Francisco José de Caldas ficcionalizado con la habilidad narrativa de Montoya. Destacó la honda, amena y erudita introducción sobre Dionea, de Julio Olaciregui, por parte de Gabriel Saad, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Paris III, Sorbonne Nouvelle, narrador, poeta y ensayista, quien nos sumergió en las distintas mitologías por las que transita Olaciregui, superponiendo tiempos, espacios, personajes y ritmos, con una fluidez que nos devuelve la capacidad de soñar. Olaciregui, a la vez, nos deleitó con una amena exposición sobre la obra de Roberto Burgos Cantor y Manuel Zapata Olivella, en la que no faltaron los aires afrocolombianos.
He de agradecer, como siempre, a Federica Arnoldi la lectura de mis libros y la rigurosa intervención, y en general, a todo el equipo que organizó con Fabio este encuentro, así como a Luigi Grazioli editor de Dopiozzero del audio libro que recoge nuestros cuentos y en el que Fabio, compilador y presentador, puso tanto afecto. La verdad, anima a seguir trabajando con rigor y verdad cuando encuentras personas que trabajan no para sí mismas, sino para los demás.
Mucho debemos a Fabio, no solo por su difusión de la literatura colombiana e Italia, sino por sus impecables y celebradas traducciones de Borges y Saramago al italiano, él que además es un excelente pintor, premiado en certámenes internacionales y al que Colombia le debe una exposición en condiciones, ya que su pintura, a la que ha entregado la vida, expresa en recias pinceladas, el dolor del exilio, la cercanía del abismo, la tentación del abandono, a través de sus cuerpos errantes, que desde la otra orilla nos interrogan.