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miércoles, 25 de enero de 2012

Irène Némirovsky y la cultura judía

Primero fue El baile, apasionante y descarnado relato sobre las complejas y difíciles relaciones entre madre e hija, condenadas a mirarse, una en el espejo de la otra, a ser rivales. Después la extraordinaria Suite francesa que me reveló una exquisita y depurada prosa en la que se percibe la influencia de la gran literatura rusa, pero también de la tradición francesa. Luego, David Golder, feroz crítica a las debilidades de la cultura a la que se pertenece. El caso es que el talento de Irène Némirovsky es un regalo. Por un lado, está su excepcional inteligencia y su amplio horizonte intelectual. Por otro lado, su gran capacidad de penetración e implacable mirada, fiel solo a la profunda verdad que le revelan los hechos, los gestos, las acciones de los personajes, sus contradicciones, su alma desnuda. De ascendencia judía, nacida en Kiev en 1903 y sacrificada en el campo de concentración de Auschwitz en 1942,Irène se traslada a París con su familia en 1919, huyendo de la revolución bolchevique, como todos los ricos de la Rusia zarista. Allí se educa, se forma como escritora y alcanza un éxito precoz con sus primeros libros. Ahora acabo de leer Los perros y los lobos con el corazón encogido, cuando pienso en la época en que escribió este libro publicado en 1940 y en su trágica suerte, la suya y la de su pueblo, la de aquellos con quienes compartió hábitos y rituales sociales: ricos, pobres, cultos o analfabetos. Ferozmente crítica con la tradición judía heredada, la desenmascara desde dentro. Y es que solo agazapada en las entrañas de los suyos puede distinguir el lado oscuro del éxito, su tenaz empeño por sobreponerse a la adversidad, sus virtudes y defectos, ese factum que los conduce al sacrificio.
Los perros y los lobos ahonda en los mandatos ancestrales de quienes arrastran pasadas culpas y temores que viajan a través de la sangre, generación tras generación, a partir de tres personajes que comparten la misma cultura, la misma sangre, aunque pertenecen a distintas clases sociales. Se trata de los Sinner, ricos y pobres, de Ada y Ben, los niños judíos que crecen en un gueto en Ucrania, expuestos a la marginación y persecución de una sociedad, no tanto por judíos, como por pobres. Se trata también de Harry, único heredero de los banqueros Sinner que crece en el otro extremo, rodeado de lujos y comodidades, protegido por una madre que quiere ahorrarle sufrimientos y se empeña en conducirlo por el camino de la felicidad, lejos de los harapientos parientes que un día irrumpen en su lujosa casa para recordarles quiénes fueron.
Pero la diferencia entre unos y otros está marcada por el tiempo, por uno o dos saltos generacionales en que los avatares de la fortuna brindan, o no, oportunidades de enriquecerse a quienes desarrollan las habilidades consideradas propias de su cultura: una ansia de éxito inmediato y una vehemencia que constituye su fuerza y debilidad, ese empeño en el ascenso y esa falta de escrúpulos a la hora de adquirir la riqueza, en la que fundan su esperanza de felicidad, ya sea mediante la usura, el oportunismo o los oscuros negocios que los ponen bajo sospecha, incluso cuando han alcanzado el lugar más elevado en la alta y exigente aristocracia europea. Es lo que piensa Ben y justamente lo que ocurre con los hermanos Sinner, tíos y tutores de Harry, admitidos con reservan por la exigente sociedad francesa debido a la oscuridad que se cierne sobre su pasado.
Pero los extremos se tocan aunque entre el pariente pobre y el rico se abra un abismo. Al fin y al cabo, los lobos y los perros comparten un mismo antepasado.Ben quiere demostrarsle a Ada que Harry sería igual que él de no ser por la inmensa fortuna en la que ha crecido y desarrollado determinados gustos, ademanes y hábitos sociales con los que pretende diferenciarse de los suyos y acercarse a los aristócratas franceses. Ada, quien me hace pensar en la pintora Natalia Goncharova, la legendaria esposa de Pushkin, en cambio, se empeña en distanciarse de los suyos menospreciando el dinero. Se entrega por entero a la pintura y a ese ideal amoroso irrenunciable que marca su vida desde que, siendo niña, tropezó con los ojos tristes de Harry.
Ada detesta cuanto ambicionan los suyos y quiere demostrar que es capaz de renunciar lo que más ama, sacrificar su felicidad para evitarle una desgracia a Harry. Sin saberlo, ella que repudia la resignación ancestral de los suyos, acaba inmolándose cuando decide huir, para evitarle el escándalo provocado por los sucios negocios de Ben, regresar a un país del Este de Europa donde los judíos sufren todo tipo de persecuciones y entre privaciones dar a luz a ese hijo de Harry que siente como lo único verdaderamente suyo.
Pero al final, la autora nos dice que no solo se trata de pertenecer a una cultura, sino de la relación que determinados individuos mantienen con el poder y lo que éstos arrastran en su ambiciosa carrera. Sorprende lo familiares que traídas al presente nos resultan sus críticas a las estrategias del poder y la desmedida ambición del hambriento y resentido, Ben Sinner, cuando la autora cuestiona sus turbios negocios y la complicidad de sus parientes lejanos con estas tácticas también conocidas por ellos: “Maniobras audaces, inesperadas, millones ganados en una noche y arriesgados de nuevo al instante, ¡eso era lo que necesitaba, lo que a él le habría gustado…! Estafas, no. Negocios. Invertir en países sumidos en el caos, en Europa, en Asia… Prestarles dinero y llevarles a cambio minas, pozos de petróleo, concesiones de líneas férreas… ¡Así se enriquecía uno!” Esta forma de enriquecerse es censurada cuando se juzga moralmente y se somete a la opinión pública, pero, en cambio, es perfectamente legítima cuando la clase privilegiada europea occidental se lucra de estos manejos. Para evitar el escándalo, los Delarcher acallan los rumores sobre las indignas prácticas de los Sinner, con quienes se han emparentado, para proteger a su hija Laurence de un escándalo que la puede salpicar, si salen a la luz los sucios negocios de la familia del yerno, Harry Sinner, parte del engranaje, aunque no haya sido informado por los suyos de la procedencia de su fortuna. Y es que la desmedida ambición no distingue entre nacionalidades, familias, pueblos o culturas. El poder corrompe a todos por igual cuando no se fijan con claridad los límites morales, cuando la educación ha fallado desde lo más profundo en la formación del sujeto.