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domingo, 25 de diciembre de 2011

La conjura de los necios y el capitalismo

La conjura de los necios es una referencia indiscutible a la hora de abordar las contradicciones del capitalismo, en cuanto a su concepto del bienestar y de la libertad que promete a los seres humanos: el paraíso de prosperidad con el que sueña la clase trabajadora, por el que justifica años de esfuerzo, ahorro y sacrificio. Pero basta rascar levemente en la superficie de este edificio para entender que se trata de un perverso engaño. Es lo que tiene claro Ignatius J. Reilly, el protagonista de la novela del suicida John Kennedy Toole (Nueva Orleáns 1937-1969). Como muchas de las grandes obras, esta fue rechazada en las editoriales y se publicó, tras el suicidio de su autor, en 1980, gracias a la insistencia de la madre y al hecho de que una persona autorizada, con criterio e influencias, ayudara a que viera la luz.
El protagonista, alter ego del autor, posee una cultura libresca y una formación humanística que le permite analizar la sociedad desde una perspectiva histórica, lo que lo lleva a una postura crítica/cínica que motiva su comportamiento excéntrico. Es como si prefiriese la huida a la locura desde, donde concibe un plan para jugarle una mala pasada a quienes manipulan a los individuos. La rueda de la fortuna gira sin parar, como el capitalismo, y alguien mueve los hilos, la idea medieval de esa Deus machina…Pero Ignatius también conspira contra quienes pretenden redimir a los seres alienados por el trabajo, como su amiga Myrna que promueve la revolución desde la libertad sexual. Este personaje le sirve al autor para burlarse los discursos redentoristas que surgen en el seno del mundo académico.
Así las cosas, el mayor acto de rebeldía de Ignatius es negarse a trabajar, evitar salir al mundo que le asigna un lugar en la cadena de trabajo. Con formación universitaria, duda del sistema educativo y en general, de todo lo que la sociedad capitalista le ofrece, servicios, sanidad, ocio... Prefiere encerrarse en los cines, o en su habitación, entregado a la escritura de una disparatada obra con la que pretende demoler los principios y convicciones de la sociedad. En realidad, se instala en su propio tiempo, el de la escritura, que consiste en perder el tiempo reflexionando, confabulándose en contra de aquellos que pretenden encauzarlo: la madre, el policía, el administrador de la fábrica, la amiga Myrna.
Disfrazado, Ingnatius consigue infiltrarse en la fábrica de pantalones Levy Pants, una metáfora de la sociedad americana. En manos de incompetentes, sin que los dueños se interesen por ella, la empresa produce pantalones pasados de moda que nadie quiere. El protagonista descubre que la maquinaria funciona a pesar de la incompetencia de sus trabajadores, pues el capitalismo se alimenta a sí mismo de sus desperdicios. No necesita el sentido común ni la inteligencia, antes bien, estas son cualidades peligrosas para sobrevivir. La fábrica consume energía y no solo paga mal a sus trabajadores, sino que pospone su jubilación, alegando que deben seguir trabajando para no deprimirse, igual que la señorita Trixie, un personaje de cómic, como casi todos los de esta novela, quien intenta desesperamente obtener su pensión a los ochenta años.
Entre la parodia y el humor negro, Kennedy Toole, no deja cabo suelto en esta historieta en la que transita por distintos estratos sociales, desde los bajos fondos donde se camufla la prostitución, venta de droga y de armas, lo único que les queda a los negros para sobrevivir; hasta las mansiones con sus alambradas y sistemas de seguridad, donde los ricos matan el aburrimiento, ajenos al funcionamiento de la máquina que los alimenta, dilapidando el resultado del esfuerzo de otros. Ante semejante perspectiva, Ignatius prefiere vender salchichas, lo cual es una deshonra para alguien de su formación intelectual, pero no lo es para el escritor en ciernes, en cuanto le permite observar el movimiento del mundo, aunque se enrede en absurdas situaciones, en equívocos en los que la capacidad imaginativa del ser humano oscila entre la ingenuidad y la perversidad.
Podría pensarse que con unos personajes tan estereotipados la obra fracasaría en su pretensión de dar cuenta de las fuerzas que mueven esa rueda de la fortuna. Pero la genialidad del autor se manifiesta también, a la hora de trazar estos perfiles: el policía Mancuso, la enajenada señorita Trixie, la radical Myrna, la frívola en inconsciente señora Levy y su inútil marido, la alcohólica señora Really, con quienes se completa esa colcha de retazos que es la sociedad americana, compuesta por individuos que crean su propia burbuja de realidad para protegerse de la feroz maquinaria que los engulle poco a poco, día a día. Lo increíble es que pasados treinta, cuarenta años, esta metáfora del capitalismo mantenga su vigencia.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Lo que encierra el nombre: la identidad en George Sand, un asunto movedizo

¿Qué queda de nosotras cuando se nos despoja del apellido, eso que sitúa a la persona en un linaje, una línea sucesoria de herencias y de sangres? ¿Qué queda de la persona si la apartan del hogar donde nació y la condenan al exilio y al anonimato? Es la pregunta que George Sand lanza en La confession d'une jeune fille, un dardo envenenado contra los convencionalismos sociales a los que se ve sometida la mujer en calidad de subordinada, en la Francia de principios del siglo XIX, la que decapitó a su nobleza e instauró un nuevo orden. Inevitablemente, en ese contexto la identidad de la mujer está determinada no por sí misma, ni por la impronta de sus acciones, sino por ser hija de…, esposa de…, lo que le asigna un lugar en un contexto social, en una geografía, en una historia personal y colectiva.
La confession d'une jeune fille, publicada en 1865 (que yo sepa, no ha sido traducida al español), se instala entre 1805 y 1830 en la plenitud del Romanticismo. La historia tiene como protagonista a una joven que, a modo de confesión, expone sus dudas sobre su pasado, sobre el amor, la condición de la mujer, el matrimonio y la vocación intelectual que le da sentido a su vida. Lucienne de Valangis, que así se llama, desciende de una familia noble y vive como tal en su mansión veraniega en la costa mediterránea francesa. La joven se remonta a la infancia, y se proyecta hasta los veinte años, cuando "el destino" cambia de manera brutal su situación social. Si bien los orígenes de la niña son novelescos, las circunstancias de su vida no lo son menos. Primero es raptada, luego restituida a su hogar, después se le despoja de los bienes materiales, lo que la obliga a reinventarse, hasta que finalmente recupera el patrimonio y se despejan las dudas sobre su verdadera identidad, sin que importe si tiene derecho al nombre que lleva, o no.
Criada por la abuela en un pueblecito cercano al puerto de Toulon, la niña es repudiada por un padre que vive en el extranjero con otra familia y que no solo no la conoce, sino que la niega. Pero ella cuenta con el cariño incondicional de la abuela que la colma de afecto y se esmera por darle una educación exquisita, dejándola en manos de un preceptor quien orienta sus lecturas e inyecta en ella el amor por el conocimiento de las cosas, la pasión por el razonamiento, la elocuencia y el poder persuasivo de la palabra. En ese esfuerzo por convencer hay un tenso enfrentamiento de palabras que son razones y que ocultan motivos. El talento de George Sand nos deslumbra por su magistral dominio del idioma y por traer al presente sus revelaciones.
Si en la provincia se encuentran seres excepcionales de bondad y pureza franciscanas, entregados al estudio, como Frumence, el preceptor, o Jenny la niñera que se ocupa de ella como si fuera la madre —hasta el punto de sacrificar su felicidad a cambio de la Lucienne—, también allí se encuentran personas mezquinas, envidiosas y celosas, capaces de las mayores bajezas para obtener lo que desean: los bienes y dones de Lucienne, ese apellido que no se puede comprar. Pero la nobleza, nos recuerda George Sand, se lleva dentro, aunque en apariencia se perciba como una cuestión de formalismos y de adornos.
Así, entre las fuerzas destructoras de sus ocultos enemigos y el poder edificante y reparador de las almas puras y generosas, transcurre la infancia de la pequeña Lucienne, hasta que se convierte en una mujer adulta con la potestad de decidir por sí misma. No obstante, no es consciente del papel que juegan en su vida las personas que la rodean, ni de la conspiración orquestada por su padre, para negarle el derecho a la existencia. Ante el fracaso de esa tentativa, éste pretende arrebatarle la fortuna, la posición social, a que tiene derecho por el apellido que lleva, todo lo que se supone encuentra al nacer. Lo más sorprendente no es que haya sido raptada cuando solo era un bebé, o que no se haya sabido de ella hasta los cuatro años, cuando su abuela la recupera, sino la forma como se teje la trama.
La obra es un ejercicio magistral de argumentación. Los personajes se defienden y atacan unos a otros, su versión surge mediante diálogos que cortan la respiración, o a través de cartas en las que George Sand les permite explicarse, para que los hechos y sus interpretaciones no lleguen solo a través de la mirada de un personaje, que puede estar equivocado en sus conclusiones. Es lo que le ocurre a Lucienne, que sucumbe a los argumentos de su primo, de cuya mala influencia no la salva su aguda inteligencia. Todo lo contrario, movida por la necesidad, o por el miedo a ahondar en sí misma, evita esa verdad interior que la perturba y en principio opta por la seguridad de los razonamientos prácticos, más acordes con los usos sociales.
Como joven romántica Lucienne, siente la necesidad de amar, pero teme al arrebato y al desorden de los sentidos, presiente que el amor es inconcontrolable que la condenaría a depender de otro ser. “El amor, ese fantasma presentido y persistente, pasó ante mis ojos y me inspiro cierto respeto, mezcla de escalofrío y acaso de disgusto”. Paradójicamente, lo más importante le ocurre cuando se ve reducida a ser nadie y se plantea una existencia anónima en la que, como el resto de los mortales, se puede ganar el pan con el sudor del esfuerzo, sin el privilegio de entregarse enteramente al estudio. Entonces el escaso tiempo para la lectura es vivido por ella como un regalo, después de la dura jornada.
Pero la trama se enreda aún más por las soluciones que se despliegan ante la opción de ser redimida por un hombre inmensamente rico, que sucumbe ante las virtudes de Lucienne. Ésta cede a esa pretensión por un deseo de vida y experiencia, más que por necesidad de protección. Al final se desenmascara el mundo de apariencias bajo las cuales se amparan los individuos: ni Lucienne es hija del marqués de Valangis, ni el supuesto márqués es marqués, lo que importa poco a la hora de definir la identidad de la muchacha, que ha ganado más en la adversidad que en la prosperidad heredada. En el nuevo orden se impone la persona y su valía depende de qué tanto se haya cultivado, del desarrollo su inteligencia y de sus conocimientos, más que de lo que haya heredado.