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lunes, 6 de diciembre de 2010

Darío Ruiz Gómez. En ese lejano país donde ahora viven mis padres

"...En /ese lejano país donde viven mis/ padres: geografías del iris embriagado/ ¡Cúbreme también agua apacible/ palabra del suburbio!: ¿Ha regresado/ el niño al quicio de la puerta? ¿Ha venido a buscarlo la figura/ del hombre del sombrero?".

En este su último libro Darío Ruíz Gómez evoca la presencia de los padres, aquellos padres, no sólo biológicos, sino intelectuales, elegidos por nosotros o concedidos por el azar y a quienes debemos nuestra formación intelectual, la estructuración de la personalidad, el nombre y la escritura; por eso, al escribir se intenta desentrañar el misterio del padre: ser incierto y fugitivo. Lo contrario de la madre: alimento, certeza de donde venimos y de quien somos parte.

Por tanto, sugiere Ruiz Gómez, la escritura es la búsqueda del padre, en cuanto implica desentrañar, signos, desvelar el enigma del ser. Este diáfano poemario, como toda la escritura de Ruiz Gómez, rastrea la figura del padre en los lugares que quedan atrás, no en las imágenes que se confunden con recuerdos, sino en la fisuras de la mente, donde se filtran las emociones, las sensaciones, los olores... Por esas rendijas se cuela una línea de luz que nos permite vislubrar una presencia que en realidad, es ausencia, vacío de nuestro ser, y que intentamos dibujar con palabras escritas: “….Hay en el sueño de un hijo abandonado el seco rumor de calles perdidas a través de las cuales se precisa la derrota y el terror se apodera de las cosas…”

El padre no está del todo entre nosotros, sugieren estos versos, ni en casa, sino en el umbral, detenido en la cancela. Buscarlo exige eludir ambigüedades, requiere su propia gramática. Y ¿dónde buscarlo si no en la casa que habitó, en los lugares que justificaron su partida? En ese intento de encontrarlo, llegamos a la parte más recóndita de la mente donde el poeta vaga como un sonámbulo: “La oscuridad impide que reconozcamos el rostro que se acerca a la cancela, lo que queda es algo inaudible, ni siquiera eco o rumor”.

La palabra "padre" entonces "...se disuelve como un líquido en otro." Pues en verdad estamos huérfanos de padre y ya no tiene sentido ir tras sus huellas en casas abandonadas, en aquellos patios donde antes meditó y ahora agreste crece la hierba, desafiando los afanes cotidianos, porque el padre siempre huye, mientras el niño desconcertado lo observa desde una rota acera. No obstante, el arraigo en la casa, esa casa de la memoria que vive en nosotros, es una forma de retenerlo, de asirlo en el recuerdo, ya que “Abandonar la casa sería no esperarlo, decirle a su cuerpo vacilante que su palabra no tendrá acogida en el espacio que fundó.” Así, la voz del padre está “en cada sombra, en cada parpadeo de una rendija en cada camino de hormigas en el alfeizar de la ventana oculta…”

Bellos poemas que refieren la orfandad esencial del ser humano, su errante y circular destino. La conclusión a que nos llevan es que sólo nos queda el lenguaje para restituir lo que queda de él, su olor, sus ademanes, su manera de estar, de marcharse, de aparecer, sus silencios. A nuestro alcance tenemos mapas, plumas, páginas en blanco, tinta.... “¿Dónde podría percibirlo a él? Porque Él es la escritura que tartamudea, la escritura que no define, él es el trazo que mis ojos no ven aún. Lo busco y no encuentro a nadie en estas soledades saturadas de malas, de pésimas canciones.”

He de agradecer al poeta la precisión de esta poética que pasa de la desgarradora intimidad del ser a la desoladora exterioridad, al espacio deteriorado por el tiempo, devastado por las modas; este reclamo de una pureza que nos restituya la humanidad perdida, que recupere las herencias, el peso que tiene para nosotros el legado de los padres sin los cuales no podríamos explicar lo que somos. También agradezco a la editorial Mirada Malva, por contar con un gran poeta en su catálogo.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Las mujeres en la indepencia americana

Las historias nacionales en Latinoamérica se refieren a los padres de la patria, especie de héroes o dioses que nos liberaron del dominio español. Saltan los nombres de Bolívar y San Martín y a su lado, Sucre o Córdoba. Pero ninguna historia nos habla de Manuela Sáenz, ni de Francisca Zubiaga de Gamarra, ni de Juana Azurduy quienes participaron en las batallas y demostraron más valor y coraje que los hombres. Fue tal su habilidad en el manejo de la espada, tal su capacidad de mando y sus dotes organizativas, a la hora de animar a la soldadesca, que merecieron altas distinciones militares: tenientes, coronelas, generalas. Esta excepcionales mujeres fueron muy valoradas en su momento por figuras avanzadas como Bolívar y San Martín. Por eso no se entiende cómo su retrato no aparece en el mosaico de la historia, al lado de tan ilustres varones. Antes de conocer a Bolívar y de unirse a él, Manuela Sáenz era una patriota militante que había participado en las luchas independentistas y ayudado a convencer a muchos realistas para que se pasaran al bando independentista. También había animado a la población más humilde, criollos y mulatos para que apoyaran la causa. Sin las "indiadas" ni las "negradas", como se les llamaba, los criollos no hubieran logrado su independencia. Tras el triunfo de Ayacucho y Pichincha vino lo más difícil que era la organización política de las jóvenes repúblicas. En ese momento es cuando a las mujeres, que naturalmente quieren compartir el poder con sus compañeros de lucha, se les hace de lado, se les persigue, ridiculiza, calumnia, se les margina, ejecuta o destierra. El peregrinar de Manuela Sáenz, expulsada de Santa Fé de Bogotá, tras la muerte de Bolívar, repudida en Quito y odiada en Lima, resume el esplendor y la miseria de un continente que tras la independencia eligió la esclavitud, el sacrificio de quienes empeñaron su fortuna y arriesgaron su vida por lo que entendían eran la libertad y la justicia, desconocidas por los criollos bajo el régimen colonial. Manuela Sáenz, enterrada en una fosa común, como Francisca Zubiaga de Gamarra, soportó un siglo de olvido y ahora, que parece haberse convertido en un ícono del feminismo en Latinoamérica, más que un homenaje o un monumento, se merece un lugar en las historias nacionales de las repúblicas que hicieron parte de La Gran Colombia, y del Perú, donde trabajó por la indepedencia. Muchos historiadores y novelistas han querido reparar el olvidó en que cayó construyendo para nosotros un ser de voracidad sexual animal, especie de marimacho insolente y caprichosa, una rara avis a la que se le valora por haber sido la amante de Bolívar. Muy pocos intentan ponerse en su lugar y ver más allá de su legendaria belleza y de su carácter a una mujer que demostró su valía entre los ejércitos y que conoció la dignidad de la derrota. Por eso, el pasado congreso celebrado en la Casa América de Madrid: "II Encuentro Internacional. Mujer e independencias Iberoamericanas", organizado por la Mirada Malva y por María Ángeles Vázquez, a quien hemos de agradecer su empeño y coraje para llevar a cabo estas empresas quijotescas, abre unas líneas de investigación sobre las que merece la pena profundizar para reconocerle a tan valerosas mujeres su verdadero papel en nuestra historia.