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miércoles, 15 de mayo de 2019

Escritoras y escrituras VIII. Silvia Galvis, Sabor a mí



La violencia en Colombia, lo sabemos, es uno de los periodos más prolíficos en la ficción narrativa en el país. Desde El día del odio, de Osorio Lizarazo, hasta El crimen del siglo, de Miguel Torres, pasando por Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba Lucía Ángel, la novela ha dado cuenta de este episodio desde el punto de vista de las masas amotinadas, del asesino del líder, o de la mujer, como en el relato de Ángel, quizás el más experimental y audaz de esta saga. Faltaba, quizás, introducir la voz femenina infantil en estas narraciones, como hace Silvia Galvis (1945-2009) en Sabor a mí.

Periodista, politóloga, investigadora, Silvia Galvis destacó por su compromiso con la verdad creando una unidad de investigación en el periódico que dirigía. Indagando en los archivos buscó acercarse a los hechos con argumentos, bebiendo en las fuentes documentales. Así pudo revisar las versiones oficiales de la historia y ofrecernos un relato de los momentos clave del país, como el dominado por Rafael Núñez, padre fundador del moderno Estado Colombiano. Pero Galvis lo hizo desde la óptica femenina recuperando en su novela Soledad, conspiraciones y suspiros, el papel protagónico de la mujer en el siglo XIX. Inspirada en Soledad Román, amante y esposa del presidente Núñez, cuya fama de seductor y adúltero escandalizó a la buena sociedad, a la que sometió con su masculinidad impuesta. Galvis enfrenta a este poder el de una mujer que desafió a la Iglesia y a los prejuicios de la época.


Asimismo, Galvis dio cuenta del fenómeno del narcotráfico en La mujer que sabía demasiado, relato metaficcional inspirado en la llamada “monita retrechera”, que nos introduce en la compleja trama del poder evidenciando los vínculos entre la política y el crimen organizado en el oscuro Proceso 8.000, durante el mandato de Ernesto Samper. Sin prejuicios, la autora teje una trama policial en torno a esta mujer, con una riqueza de recursos que desde el título de la novela establecen un diálogo con la tradición literaria, de modo que la ficción se filtra entre  las grietas de la realidad estableciendo sus propias normas.

En Sabor a mí (1994) Galvis vuelve a instalarnos un periodo oscuro del país, el de la violencia política de los años cincuenta, pero lo hace hurgando en la vida cotidiana y en las tradiciones populares desde la mirada infantil femenina. Ana Peralta y Elena Olmedo deciden escribir un libro, un diario inspirado en el de Ana Frank, cuyo testimonio las ha conmovido: “Voy a escribir como me salga y lo que me salga y voy a hacer que me lo publiquen antes de que me muera o me maten en este país que matan tanto”,  le dice Ana a su amiga. He aquí un planteamiento estético de una profundidad estremecedora, y que supone una sociedad donde quienes escriben están en peligro de muerte. La escritura se plantea entonces como un acto de rebeldía contra ese destino. Sin embargo, Elena acepta escribir sus recuerdos, para juntarlos con los de Ana, sin ninguna pretensión, sin saber siquiera si le gusta escribir. Así se remonta a la infancia donde domina la imagen de la madre entregada al cuidado personal y al maquillaje con el que disimula las huellas del sufrimiento por un matrimonio desdichado.


Sabor a mí es una novela que tiene como protagonistas a estas dos niñas en tránsito hacia la adolescencia, edad en la que se empieza a mirar el mundo con desconfianza. El entorno familiar, los padres, el colegio, los rituales sociales presentan contradicciones que denuncian la falta de autenticidad de los mayores. La educación insiste en el disimulo y en el ocultamiento de las faltas, de los pecados y las carencias, que se maquillan con rígidas fórmulas. Pero la injusticia social, el clima de violencia y la falta de libertad oprimen a quienes detectan el engaño en que viven.

Nos encontramos en una ciudad colombiana de provincia, en los años posteriores al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Para imponer el orden, el gobierno persigue y ejecuta a miles de campesinos acusados de liberales. Después viene la dictadura del general Rojas Pinilla, que se impone en 1953 y acaba en 1957, periodo que coincide con el tiempo del relato, y que abarca la pubertad y adolescencia de Ana y Elena. Si bien la dictadura de Rojas Pinilla se caracterizó por algunos avances, en cuanto a la infraestructura del país, como la mejora en las vías de comunicación y el ejercicio, por primera vez, del voto femenino, se asiste a una pérdida de libertades individuales, al cierre de periódicos y a una mayor intervención de Iglesia en la vida de las personas. Aliado del conservadurismo más feroz, el clero estigmatiza a quienes defienden los derechos individuales y los principios de igualdad de cualquier sociedad democrática, acusándolos de comunistas, lo que supone una condena. A esto se suman los prejuicios sociales que asfixian, sobre todo, a las mujeres sometidas a la institución del matrimonio. Estas circunstancias se filtran en el relato a manera de chismorreos y se entremezclan con los dramas familiares de una clase social que se pone a prueba por su falta de compromiso.

Ana y Elena encarnan una dualidad entre la libertad individual y la obediencia a las normas. La primera es rebelde y concibe su destino de escritora como una liberación y una venganza. La segunda está atrapada en los valores de una clase que la empuja a postularse como reina de belleza y casarse con un buen partido, destino del que no la aleja la escritura, que sólo le servirá para reseñar los cotilleos recogidos en las reuniones sociales. Pero estos rumores tienen un peso indiscutible, en cuanto erigen mitos y levantan reputaciones. Las mujeres chismosas exponen los trapos sucios de las casas ajenas,  exhiben las llagas de una sociedad que se destroza a sí misma, y vemos esto a través de la mirada de Elena. Las dos jóvenes, cara y cruz de una misma moneda, le asignan un sentido a la historia desde sus perspectivas.

Con habilidad técnica y formal, Silvia Galvis maneja la intriga ofreciéndonos pequeños detalles de un gran cuadro cuya composición nos corresponde llevan a cabo. Historia y ficción van íntimamente unidas, pero no se trata de un reflejo, ni del testimonio de una época, sino de la construcción de un universo donde domina la sensibilidad femenina en su fragilidad y capacidad autodestructiva, pero también en su potencia creadora y en su fortaleza interior. Asimismo Galvis conecta la historia del país con la sensibilidad popular que se conmueve con radionovelas como El derecho de nacer, donde cada quien lee la realidad de acuerdo a sus circunstancias.

Las dos jóvenes recogen los rumores que lleva el viento de salón en salón, los pecados de los hombres infieles y maltratadores que abusan de otras mujeres, las culpas volcadas en los confesionarios, los fallos del sistema educativo que reproduce los defectos de una sociedad que se asienta sobre los privilegios y no sobre los méritos, los chismes de las empleadas del servicio doméstico, quienes constituyen el lazo de unión entre las clases. Hijas ilegítimas o “naturales” de los patrones, éstas acaban siendo hermanas de las señoras a las que sirven y madres de sus hijas, como lo es Trini para Ana, con quien comparte complicidades, como su afición a la radionovela escrita por el cubano Félix B. Cagnet, que en los años cincuenta hizo llorar a un público femenino pegado a la radio. Sin distinción de clase, las mujeres suspiraban por la suerte del hijo no reconocido, ese Albertico Limonta que reclamaba un lugar en la sociedad, un drama muy hispánico, por cierto. 

En veinticuatro capítulos los personajes siguen al hijo repudiado hasta verlo convertido en un hombre de bien. Con el desenlace, las opiniones de las radioescuchas se dividen entre quienes consideran inmoral reconocer a los hijos “naturales” y quienes piensan que lo importante es el triunfo del bien sobre el mal. 

Así, Galvis teje distintos hilos de la historia mezclando la ficción con la realidad y la historia, como ha hecho en otras novelas. Ídolos del cine, radionovelas, comunicados del gobierno, mensajes publicitarios, letras de canciones, oraciones y jaculatorias, dan vida a una época sombría. La autora afina los puntos de vista de estas dos niñas preadolescentes enfrentadas al difícil reto de ser mujeres en una sociedad predominantemente machista, católica, conservadora, fanática y políticamente retardataria, que no acaba de ingresar en la modernidad. Desde su mirada sentimos cómo se agita aquel mundo provinciano que se ve sacudido por la infidelidad de una mujer, más que por la violencia. 

El desenlace en Sabor a mí no puede ser feliz, ya que los cambios que reclama la sociedad implicarían renuncias y sacrificios para los que no está dispuesta "la gente de bien". De hecho,  Elena permanece entre los suyos observando las reglas impuestas. En cambio, ya no hay un lugar para Ana en aquel mundo. Confinada en un internado, lejos de su tierra, donde suponemos cocina una venganza, se aferra al deseo de convertirse en una autora famosa, lo que equivale a impedir que la destruyan.

La edición consultada es la 4ª, de la editorial Sílaba de 2013.

sábado, 6 de abril de 2019

Escritoras y escrituras VII. Soledad Acosta de Samper, Dolores

Mi espíritu es un caos: mi existencia una horrible pesadilla. 
Mándame, te lo suplico, algunos libros.

Soledad Acosta de Samper (1833-1913)* es una de las figuras más notables de la segunda mitad del siglo XIX en Hispanoamérica. Historiadora, narradora, cronista, ensayista y pionera del feminismo en Colombia, es hija única del general Joaquín Acosta y de la norteamericana Carolina Kemble. Con un conocimiento de las culturas francesa y anglosajona y un amplio horizonte de lecturas, alterna estancias en Europa e Hispanoamérica desde los doce años, cuando va a vivir con la abuela materna a una población de Nueva Escocia, en Canadá. En París se educa en distintos colegios y frecuenta las tertulias de intelectuales y hombres de letras con los que se relaciona el padre. Defensora de los valores morales cristianos, en sus escritos se presenta como conservadora en materia religiosa, pero positivista abanderada del progreso, en lo que se refiere al papel de la mujer en la sociedad.

En 1855, Soledad se casa con el político liberal radical José María Samper, fundador, junto con José María Vergara, de la tertulia literaria “El Mosaico”, que se hacía eco de las preocupaciones intelectuales de la élite bogotana. De nuevo en París, donde el marido ejerce como diplomático, Soledad comienza a escribir reseñas de libros y espectáculos musicales, comentarios de moda o crónicas de viajes, que envía a la prensa hispanoamericana bajo distintos seudónimos, algo muy corriente entre las escritoras de la época. Tras una estancia en Londres, en 1862 el matrimonio se traslada a Lima donde el marido es nombrado redactor del diario El Comercio. En 1867 Soledad publica su primera novela: Dolores. Cuadros de la vida de una mujer y, en 1869, Novelas y cuadros de la vida sur-americana.

Entre 1876 y 1877, Colombia se sume en una guerra civil entre conservadores y liberales radicales, quienes habían instaurado en 1863 la constitución más avanzada de la historia, que confiere derechos a las mujeres, como el divorcio, e instituye la educación laica. En 1878, Soledad funda La Mujer, primera revista colombiana dirigida y redactada exclusivamente por mujeres, que se edita hasta 1881. Escribe además diversas biografías: la de su padre, Joaquín Acosta, la del líder comunero José Antonio Galán, o la de Antonio Nariño, entre otras. Tras el fallecimiento de su esposo en 1888, se traslada de nuevo a París. En 1895 publica La mujer en la sociedad moderna, su más importante aportación al feminismo.

Dolores. Cuadros de la vida de una mujer es una novela corta deliciosamente escrita, que aborda la situación de la mujer en la sociedad republicana. La historia nos instala en Colombia, en el periodo posterior a las luchas independentistas, que permiten una movilidad social inquietante, lo que conduce a las familias a aferrarse a sus hábitos sociales para protegerse del poder emergente. Al estallar la guerra, algunos españoles huyen abandonando sus riquezas o dejándolas al cuidado de personas de confianza, mientras otros se pasan al bando de los patriotas. Esto hizo el padre de Soledad, que lucha al lado del Libertador Simón Bolívar. Al finalizar la guerra, los líderes deben organizar el país en medio de la ruina y el caos. Las mujeres de la élite criolla, viudas o huérfanas, quedan al amparo de la familia.

Publicada al mismo tiempo que María, del autor canónico Jorge Isaacs, Dolores se acerca a esta en su concepción del amor romántico, ya que los dos personajes femeninos mueren sin haber consumado la pasión amorosa. Ambas novelas nos describen mujeres de inspiradora y frágil belleza, víctimas de un mal que amenaza sus vidas. Dolores, al igual que María, es huérfana y vive bajo la protección una tía acaudalada. Ambas obras describen la naturaleza americana, la belleza de su flora y los hábitos de sus gentes. Sin embargo, Dolores nos ofrece también una minuciosa y detallada descripción, casi antropológica, de las costumbres de un pueblo de tierra caliente cercano al río Magdalena. La mirada es distanciada, ya que la perspectiva corresponde a quien proviene de la ciudad y ostenta hábitos y valores de las familias cultas de la capital, cuyos ideales estéticos beben en referencias europeas y allí encuentran los argumentos y la inspiración para afrontar el futuro.

El primo de Dolores y su amigo son señoritos bogotanos que van de visita para disfrutar de las fiestas parroquiales en el pueblo de tierra caliente donde reside la acaudalada tía que protege a la protagonista. Los jóvenes han seguido estudios universitarios y consideran exóticas a aquellas gentes que se divierten con las corridas de toros, los castillos de pólvora, los juegos de lotería, las bebidas que consumen: chicha de coco, guarapo y anisado, o alguna clase de vino malo y, ocasionalmente, brandy. Prueban los bizcochos y las colaciones, que se sirven sobre manteles rústicos; escuchan a los músicos que interpretan el tiple, la carraca y la chirimía y que van de tienda en tienda bebiendo guarapo o aguardiente. Observan a las mujeres del pueblo que bailan ñapanga, danza que les resulta demasiado sensual. Hay, pues en la novela cierto carácter costumbrista que corresponde a la época.

Aún no se conocía la luz eléctrica, ni siquiera en las ciudades, y en el pueblo la rusticidad es mayor por cuanto se alumbran con velas de sebo. La descripción de la fiesta le sirve a la autora para introducirnos al personaje más oscuro de la novela, un hombre rudo y sin escrúpulos al que la independencia le ha permitido enriquecerse y escalar posiciones sociales, traicionando a quienes habían confiado en él. Asimismo critica la frivolidad de los señoritos con estudios, pero que no han tenido que esforzarse para salir adelante, que no forjaron su carácter con las dificultades habituales y tópicas de la vida de un estudiante. Esta ausencia de temple moral los conduce a un comportamiento poco ético, como enamorar y burlar a la hija de un artesano o conquistar mujeres solo por el interés económico.

Los señoritos de ciudad organizan paseos por el río a donde van a caballo lo que da lugar al cortejo amoroso. El rumor de las aguas, el canto de los pájaros, la variedad y belleza de la naturaleza se convierten en motivo de conversación y en un medio para enviarse mensajes cifrados apelando a la simbología de las flores. Del mismo modo, el huerto de la casa, con el jardín, sirve de inspiración y de recogimiento cuando la muchacha huye del mundo y de los compromisos. En María, las flores ocupan un lugar central, pues sirven de hilo de comunicación entre los enamorados. También en la novela de Isaacs, los paseos al río, dan lugar a los galanteos a la luz del día y con la aprobación de los mayores.

Ese ambiente favorecido por la naturaleza, por las bondades del clima y la apacible calma de un hogar de buenas costumbres y en armonía con el medio, no está libre de temores y presagios. Una sombra se cierne sobre la hermosa muchacha destinada a casarse con un hombre de su misma posición. Un secreto que no debe ser rebelado y que, al descubrirse, removerá los pilares de su vida y la paz de los suyos. Si en el caso de María es la enfermedad que la muchacha lleva en los genes, no se sabe si epilepsia o algún otro mal hereditario (lo que a juicio de Doris Sommer, se convierte en un atolladero social insalvable), también un mal obliga a Dolores a alejarse de su familia y de la sociedad, creando alrededor suyo un cordón sanitario para no contagiar a quienes se le acercan. Lo que en María es epilepsia en Dolores es lepra, enfermedad temida en aquella época porque se creía hereditaria y contagiosa, lo que motivó la fundación en Colombia del pueblo de Agua de Dios, destinado al confinamiento de los leprosos. Pero, como sugiere Azuvia Licón Villalpando, a propósito de Dolores, la enfermedad podría ser la vía que le permite a la muchacha escapar de su destino.

En estas dos novelas hijas del Romanticismo, la mujer debe morir para evitar tragedias mayores, como el que Dolores hubiese contraído matrimonio con un ser de baja condición o María hubiese conducido a la desgracia al joven Efraín. El feminismo de Soledad Acosta de Samper pone en duda el matrimonio como única vía para la realización de la mujer. Por el contrario, la autora afirma, sobre todos los condicionamientos, la independencia de la mujer mediante el trabajo honrado.

En el aislamiento de la humilde choza, que le sirve de refugio final, Dolores se dedica a leer y a escribir, a cultivar su espíritu. En una de las cartas que envía a su primo nos deja una frase que yo enmarcaría y entregaría como regalo a todas aquellas personas que aman los libros y que dedican una parte importante de su tiempo a la lectura: “Mi espíritu es un caos: mi existencia una horrible pesadilla. Mándame, te lo suplico, algunos libros.”

*Debemos a Monserrat Ordoñez y a su discípula Carolina Alzate, el conocimiento y la puesta en valor de la obra de Soledad Acosta de Samper.

sábado, 23 de marzo de 2019

Escritoras y escrituras VI. Lina María Pérez Gaviria, ¿el género en disputa?



Las disputas de género palpitan en la atmósfera social y especialmente en las redes, donde golpean con tuits, imágenes, símbolos y eslóganes. Por la fuerza y la densidad de sus manifestaciones los sujetos parecen proponerse romper el sistema. Pasiones, convicciones o razones, es difícil discernir, distinguir lo que cada quien pretende ser o lo que aspira a alcanzar. Ni feminismo de la diferencia, ni feminismo de la igualdad, ya no valen estas dos corrientes en las que se sitúan quienes no se sienten representadas por el discurso hegemónico ni por las respuestas o reacciones, ante la avalancha de sus reclamos. No, resulta que hay algo más allá de la dualidad antagónica de ‘femenino’ y ‘masculino’, algo que va más lejos de la distinción entre sexo y género: el cuerpo es un medio que aloja una u otra subjetividad al margen de la biología. La primera Premio Abel, que se considera el Nobel de Matemáticas, Kareh Uhlenbeck, en una entrevista hoy (23/III/2019) al diario El País, reconoce su deuda con el feminismo, pero aclara lo poco que le interesa la distinción de género o sexo: “Soy una persona matemática que resulta ser mujer. Nunca me he sentido a gusto siendo la mujer matemática”, pues prefiere ser valorada por su trabajo, no por su condición de mujer.

En El mismo lado del espejo (2016), la escritora colombiana Lina María Pérez Gaviria propone una salida audaz a la discriminación que sufren las mujeres, en este caso, en el mundo del arte. Su personaje, Antonia Otero, cuya vocación para mentir la ayuda a romper los rígidos moldes de la sociedad a la que pertenece, decide elaborar una ficción dentro la ficción dando vida a un personaje masculino a través del cual ella puede realizarse como artista y exponer su obra en galerías y museos y alcanzar el reconocimiento que se le niega: Víctor / Victoria, más de una vez la literatura nos ha presentado esta dualidad no solo en la ficción, sino en la vida literaria. ¿Cuántas mujeres destacan el mundo del arte? Es la paridad que la política pregona, pero que en la práctica depende de muchos factores. Por suerte nos queda la literatura para abordar en la ficción lo que no siempre es posible formular sin despertar suspicacias, sin degenerar en consignas ideológicas en contra de algún otro fantasma también ideológico.

Pérez Gaviria pone esta realidad ante el espejo, en el centro de su ficción narrativa, mediante la construcción de un sujeto femenino complejo que busca una identidad fuera de las normas del entorno en el que ha crecido, sin renunciar al placer ni a la felicidad. En su etapa formativa la muchacha encuentra aliados que le permiten explorar otros mundos, entre la fantasía y la curiosidad por lo desconocido. Mediante la metáfora de la ciudad de hierro incursiona en un mundo encantado que constituirá la materia poética de su obra pictórica. Entre uno y otro amante busca también el amor, consciente de que dar rienda suelta al deseo es provocadoramente subversivo.

La autora se vale de un lenguaje pleno de metáforas visuales, “mamá pronosticó que nuestra casa se iba a desintegrar”, “carcajada cromática con olas de mar en pinceladas puntillosas; de frases sinuosas e inesperadas: “empecé a vislumbrar las bifurcaciones de mi mentira”; o de efectos sonoros y evocaciones nostálgicas: “nuestras carcajadas se desvanecieron en el martilleo de la lluvia”, recursos al servicio de la amenidad y de la tensión de un relato cuya intriga gira alrededor de su mentira y de las proporciones que alcanza.


Bajo la firma de Gabriel Talero, el otro yo de Antonia,  emerge una pintura  que, según la crítica, es vibrante y desconcierta por la audacia de sus trazos, por la firmeza de su mensaje y por su postura ante el mundo. Pese a todo, quienes apuestan por esta obra advierten que de haber sido realizada por una mujer no hubiera tenido ninguna posibilidad de triunfar.  Por tanto, Antonia asegura la presencia de su otro yo, en tanto de ello depende la supervivencia de su arte. El éxito consiste en que se le piden trabajos para edificios oficiales y casas privadas, que recibe invitaciones de galerías y museos de prestigio internacional, pero también entrevistas que ponen a prueba su capacidad de sostener el engaño.

Entre el pasado y el presente, entre los valores de su clase y la fuerza creadora, Antonia no renuncia a los logros cosechados y aprende a vivir con ese otro yo masculino que por momentos la mira y parece exigirle una presencia constante, lo que implica altas dosis de vida, soledad y entrega al arte: “Dar vida a un prometedor pintor era un reto, no sólo ante las hermanas de la galería, sino ante mí. Un juego de espejos en el que Gabriel sería mi propio reflejo, mi doble travestido, una estrategia para que él me suplantara…”

martes, 26 de febrero de 2019

Escritoras y escrituras V. Marie de Gournay

Si la adolescencia puede presagiar los destinos del porvenir, esta alma será algún día capaz de las cosas más hermosas y, entre otras, de la perfección de esa santísima amistad en la cual su sexo no tiene participación alguna. La sinceridad y la solidez de sus costumbres alcanzan ya a la perfección.

Así describía Michel de Montaigne a Marie de Gournay Le Jars (París, 1565- 1645) su admirada discípula, hija espiritual adoptiva, quien llegaría a ser una de las primeras y más fervientes defensoras de la dignidad y de la capacidad intelectual de las mujeres.

Filóloga, traductora, poeta y filósofa, Marie se adelanta a su época, en Igualdad de los hombres y las mujeres, cuando plantea que la supuesta inferioridad de las mujeres se debe a una tradición filosófica que sustenta la superioridad del hombre, así como a la religión que estigmatiza, anula o borra, a las mujeres. Pero es en esa misma tradición donde ella encuentra argumentos para demostrar el reconocimiento de las virtudes femeninas y, en no pocas ocasiones, su superioridad. De ahí lo interesante que resulta la lectura de esta obra de la que hay una edición de 2018 en la colección Folio, de Gallimard.

Hija mayor de una familia de seis hermanos, recibió la educación tradicional de una niña de la nobleza de su época, pero no se conformó con tan poco. Aprendió latín y griego y leyó a los filósofos en su lengua original. Las guerras de religión que arruinaron a su familia no le impidieron cultivarse, ya que también estudió por su cuenta matemáticas, física y geometría. Renunció al matrimonio para dedicarse a la escritura, y, en la capital francesa se rodeó de personas influyentes que la acercaron a la Corte. Allí puso su pluma al servicio de personalidades como Margarita de Valois, Enrique IV, Catalina de Medecis o Luis XIII.

Égalité des hommes et des femmes (1622) está dedicada a la reina Ana de Austria, hija de Felipe III de España y esposa de Luis XIII, a quien le recuerda que la grandeza de un ser de su categoría debe sustentarse en la virtud, y que los reyes tienen el poder, pero no el derecho de violar las leyes de la igualdad. Marie demuestra en sus argumentaciones equilibrio y altura de miras, lo que se aprecia en la mesura de sus juicios: “Si es correcto mi juicio sobre la dignidad o sobre la capacidad de las damas, no pretendo ahora demostrarlo con razones, ya que muchos podrían rebatirlo con otras; tampoco con ejemplos demasiado comunes, que se han impuesto por la autoridad del mismo Dios, de los arbotantes de su Iglesia y de sus grandes hombres que han arrojado luz sobre el universo”. Como puede apreciarse, su ironía y sentido del humor se convierten también en un instrumento que mueve a la reflexión. Esta igualdad que argumenta Marie la encuentra en filósofos como Platón y en sus discípulos. Estos, según ella, asignaron a hombres y mujeres los mismos derechos y facultades, en vista de que ellas demostraron en más de una ocasión superarlos, por ejemplo, inventado una parte de las Bellas Artes o, demostrando, por encima de los hombres, toda suerte de perfecciones y virtudes, en ciudades como Alejandría donde fueron filósofas o científicas, como Diotima o Aspasia.

Marie cuestiona el relato bíblico, en vista de que en los Evangelios no coinciden en su versión de los hechos. De las Escrituras nos recuerda lo que dicen: que el hombre fue creado macho y hembra siendo el uno para el otro, por lo que le resulta curioso que a Jesús se le llamase hijo de hombre, aunque lo hubiese sido de mujer. En cuanto a Magdalena, recuerda que fue ella la única alma a quien el Redentor le concedió el honor de su gracia con estas palabras: “En todos los lugares donde se predique el Evangelio se hablará de ti”. Es a las mujeres a quien Jesucristo anuncia “su gloriosa resurrección”, con el fin de que se conviertan en apóstolas de los propios apóstoles.

También nos recuerda Marie las enseñanzas de las escrituras en cuanto al papel del hombre y la mujer. El hombre dejará al padre y a la madre para seguir a la mujer, lo que al parecer -comenta- se haría por necesidad expresa de establecer la paz en el matrimonio. Tal necesidad requiere, sin duda, que una de las partes se pliegue a la otra, pero el que la fuerza masculina no pueda someterse le viene de su carácter.

Según sostienen algunos, sería verdadero -añade Marie de Gournay- que la sumisión le haya sido impuesto a la mujer para castigarla por el famoso pecado de la manzana. Nada más falso que concluir la superior dignidad del hombre puesto que las Escrituras le recomiendan ceder.

Por todo ello, Marie considera absurdo que se excluya a la mujer del acceso al misterio de la creación tanto como al de la Eucaristía, y además, se le arrebate la facultad de predicar, un privilegio reservado a los hombres. Si la autora pudo expresar esta ideas fue por la tolerancia religiosa que, por un periodo breve, permitió en Francia la convivencia de protestantes y católicos, gracias el edicto de Nantes que sería luego revocado por Luis XIV.

La lectura de este ensayo de Marie de Gournay, y la consideración general de su obra y de su personalidad nos obligan a pensar que la historia camina muchas veces dando pasos hacia atrás.

*Quienes deseen profundizar en la obra de Marie de Gournay probablemente pueden consultar la obra de Monserrat Cabré i Pairet y Esther Rubio Herráez (Eds.), Marie de Gournay. Escritos sobre la igualdad y en defensa de las mujeres, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2014.

martes, 19 de febrero de 2019

Escritoras y escrituras IV: George Sand, La petite fadette

George Sand es una de mis pasiones, no  porque comulgue con ella en todo, dado que su Romanicismo en los asuntos amorosos puede ser empalagoso. Ya se sabe que concibe el amor como entrega y sacrificio, pero hay algo de masoquismo en sus personajes femeninos que hace que me rebele como, por ejemplo, en Elle et lui, que trata de sus tormentosos amores con Alfred de Muset. Lo que me gusta de Sand es, sin duda, la elegancia, la plasticidad y la penetrante verdad de sus argumentaciones. Me rindo no sólo a su inteligencia, sino a la forma como me viene dado ese caudal armonioso de saber, la precisión de la palabra que seduce con luminosa exactitud hasta transformar la percepción de la realidad, la palabra dicha con la entonación cautivadora, un don preciado que no todos poseen.  



Cierro las páginas de La petite fadette, que acabo de terminar, y mi primer impulso es volver a leer esta pequeña joya de la lengua francesa. George Sand la escribió en 1848, a su regreso a la tierra natal, desencantada de la revolución, que sacudió la ciudad de París por esos años, y de los encarnizados debates políticos a los que ella se entregó con una buena parte de la intelectualidad francesa de su tiempo. Pero aquellas luchas de poder, lo confiesa, despertaron en la gente los peores instintos: “las revoluciones no son un jardín de rosas”, diría. No consiguieron sacar de la pobreza a los más humildes, ni curar las heridas morales, que solo la bondad de un Dios misericordioso podría sanar, si ese Dios reinara sobre el egoísmo, la ambición y los bajos instintos.


En ese panorama que nos presenta Sand, solo el arte podrá redimirnos, el arte que para ella es como la naturaleza, siempre hermoso y bueno.  Lamentablemente, su tiempo, ella lo piensa así, no estaba para disfrutar de tales dones.  Al contrario, le parecía que el arte peligraba cuando no satisfacía a los más necesitados, además, advierte, el arte podrá sobrevivir sin nosotros por lo que no pasaría nada si se dejase de escribir. Aquel París la ha hastiado de filosofar sin encontrar soluciones a los males de la humanidad. De ahí que abandone la ciudad para refugiarse en la sencillez de la vida campesina, el mundo que inspiró sus primeras narraciones: la simplicidad y sabiduría profunda de sus gentes.  

Así elige en La petite fadette el punto de vista del agramador satisfecho después de haber comido, con un buen vino blanco a su derecha y a la izquierda un bote de tabaco para cargar su pipa con discreción, mientras cuenta la historia de la brujita del bosque rechazada y apedreada por los crueles rapaces, que acaba seduciendo a unos gemelos tan complementarios como opuestos. Esa criatura del bosque, que permanece al lado de la abuela, la curandera de la región que conoce los secretos de las hierbas y sana incluso las enfermedades del alma, es un ser diferente, razón por la cual es repudiada. Además, se trata de una mujer que, como la propia George Sand, se comporta como un hombre y no hace nada para parecer mejor ni más bella de lo que las gentes la consideran. Pero un día esta brujita es confrontada por Landry, uno de los gemelos. Después de haber escuchado la sabia verdad y los motivos de su conducta, éste le reprocha el insistir en mostrar su peor lado, cuando podría presentarse al mundo con todas sus cualidades físicas y morales, a lo que ella responde: “Lo que uno desprecia a menudo es aquello que no parece hermoso ni bueno, por eso, nos privamos de lo útil y saludable”. Si el mundo fuera más justo y razonable, añade, prestaría más atención al corazón y a la sabiduría que a su apariencia física.

Poco importa el final de la historia, que debe ser feliz, como se espera en esta intensa aventura que transforma a los personajes. Lo que verdaderamente está sucediendo en el relato es un proceso químico que convierte lo extraño, peligroso e inquietante en algo familiar y querido, cuyo efecto benéfico colma de bienes a quienes lo rodean. Esto ocurre gracias a la magia de las palabras: dulces o reparadoras como un bálsamo o hirientes o afiladas como espadas, como las de las de la petite fadette cuando sacude a Sylvain, el gemelo enfermizo, débil y manipulador que somete a su familia:

“Creo que temes a la muerte igual que cualquier otra persona, y que estás jugando a atemorizar a quienes te quieren. Debe de complacerte mucho ver cómo las decisiones más sabías, y las más necesarias, se pliegan siempre ante tus amenazas de quitarte la vida… resulta muy cómodo poder someter a cuantos te rodean con sólo una palabra.”

No son, precisamente, ternezas las que escucha el muchacho, son verdades como puños, que le cambian la  vida y curan sus heridas, lo que demuestra que no son los halagos lo que nos hacen cambiar, aunque mucho complazcan a los espíritus simples, sino las verdades dolorosas que ocultamos en el fondo de nuestro corazón y que salen a la superficie para completar la imagen que se tiene de sí, lo que una mirada aguda es capaz de desentrañar.

sábado, 3 de noviembre de 2018

El Cándido de J J Díaz Trillo



Hay libros que cumplen el papel, no sólo de compañeros de viaje y aventuras, sino de maestros y faros del pensamiento. Son libros que de ninguna manera nos defraudan porque, al abrir sus páginas, en cualquier momento de la vida, despiertan la renovada emoción que sentimos al vislumbrar la profunda verdad que encierran. Uno de esos amigos fieles es Cándido o el optimismo (1759), de Voltaire, cuya lectura recomiendo vivamente, aunque parezca superfluo recomendar la lectura de un clásico. La crítica asegura que Voltaire pretendía con este cuento filosófico ridiculizar las ideas de Leibniz, cuya teoría sobre la armonía universal lleva a creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles, porque incluso el mal es permitido por Dios para que valoremos la dimensión del bien.
Pero en 1755, en el Día de Todos los Santos, Europa se ve sacudida por el devastador terremoto de Lisboa que dejó a la ciudad sepultada bajo los escombros. A semejante sacudimiento telúrico le siguió otro que estremeció las aguas del Tajo y, ante el estupor de los sobrevivientes, enormes olas se abalanzaron sobre tierra firme rompiendo diques y puentes, destrozando hermosos e imponentes edificios, haciendo sentir su implacable efecto a lo largo de la costa, hasta llegar a Ericeira. Esta tragedia, que impresionó profundamente a Voltaire, lo lleva a reflexionar sobre la crueldad de la naturaleza y la fragilidad de la vida humana, sujeta a azares incontrolables, ante los cuales la riqueza y la opulencia no son más que espejismos, de lo que dejó constancia en estos versos:
Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas,
Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados,
Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados;
Cien mil desventurados que la tierra traga.
Ensangrentados, desgarrados, y todavía palpitantes,
Enterrados bajo sus techos, sin ayuda, terminan
En el horror de los tormentos sus lamentosos días.
[…]
¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños,
Sobre el seno materno aplastados y sangrientos?
¿Tuvo Lisboa, que ya no es, más vicios
que Londres, que París, en los deleites hundidas ?
Lisboa queda hundida, y en París se baila.

Bajo el influjo de este libro, escribe José Juan Díaz Trillo Cándido en la Asamblea (2016), un relato ingenioso, divertido, pleno de referencias intertextuales ajenas a la vacuidad de cierta erudición libresca, con una carga de vida y experiencia capaz de vincular tiempos y espacios, para situarnos más allá de lo anecdótico. Díaz Trillo (Huelva, 1958), miembro del Congreso de Diputados, especializado en Literatura Hispanoamericana, ha publicado decenas de libros de poesía y ha ejercido la función pública de la que también se nutre esta ficción narrativa.

Díaz Trillo declaró en una entrevista que “…cada generación merece un Cándido que la vacune contra la ignorancia y el fanatismo”. Aquí nos ofrece el suyo, combinando procedimientos como la autoficción y la parodia para darle vida a un Cándido, miembro de la Asamblea que, en su universo, no es el bastardo de noble ascendencia de Voltaire, sino el hijo de una relación no oficializada entre dos jóvenes de buenas familias de orígenes español (él) y francés (ella). Para disimular su falta, los padres de la pareja deciden que el niño quede bajo su cuidado, él masón, librepensador, y ella un verdadera open minded demasiado avanzada para su tiempo, mientras los auténticos padres intentan, a su manera, cambiar el mundo. La madre en París, en medio de las  revueltas de mayo del 68, el padre en plena revolución sandinista. Aquí el impacto del terremoto de Lisboa, que tanto afectó al buen Voltaire, es reemplazado por el terremoto de Managua de 1972, que destruyó por completo la ciudad centroamericana y cuyas devastadoras consecuencias llegaron a compararse con el estallido de la bomba atómica.

El relato refiere el proceso de formación del joven Cándido que, interno en un colegio, pasa temporadas con los abuelos, “entre cartas excesivas de su padre y conversaciones susurradas con el abuelo ─y a puerta cerrada siempre, como para darle más solemnidad─, se fue iniciando en la política como su abuelo lo hiciera de joven en la masonería: entre la convicción de unas ideas que creía justas y una expresión escondida de las mismas, semejante a un lenguaje mágico”. Cualquier parecido con la España franquista no es mera casualidad. El relato de Díaz Trillo alterna la crónica familiar con episodios cruciales de la historia de España. Nos instala en los años anteriores a la muerte del caudillo y en los momentos decisivos de la transición, que Cándido vive, como no podría ser menos, con terco optimismo, en compañía de los versos del poeta y libertador de Cuba José Martí, cuyo Ismaelillo se lleva a la “mili”.
En el servicio militar Cándido es ascendido a Alférez de Inteligencia, misión que consiste en leer e interpretar documentos y en redactar informes donde desliza versos e ideas de próceres como Simón Bolívar y José Martí, que le imprimen un tono iberoamericano y cierto carácter de ecuanimidad y sentido universal a las misiones militares. Traductor, intérprete, o poeta, Cándido cultiva el arte de la diplomacia en un momento en que España ingresa a la Unión Europea y aspira a ganarse el respeto de la comunidad internacional.
En mucho contribuye el trabajo de Cándido al desarrollo y cumplimiento de los propósitos que esperan sus superiores. Pero antes que ser recompensado por sus habilidades y talento, debe saborear los sinsabores de la ingratitud, de la avaricia y de la desmedida ambición de quienes se mueven por propios intereses. En sus desplazamientos motivados por las misiones militares de paz en las que se integra, conoce la gratuidad del mal ante el que se siente impotente. Entre conflictos armados transcurre la vida de este Cándido moderno, que asiste en primera línea de fuego a los enfrentamientos en países africanos o en la antigua Yugoslavia. Cándido presencia impotente el incendio de la biblioteca de Sajarevo donde es herido, pero también vive la palpitante realidad de los refugiados o la consumación de delitos de lesa humanidad por parte de los instrumentos del poder transnacional, cuyos horrores lo dejan sin habla. El final de su aventura no es otro que el retiro propuesto por Voltaire quien aconseja dar la espalda a la mediocridad de los asuntos mundanos y dedicarse al cultivo del jardín interior.
José Juan Díaz Trillo baraja en este ameno relato experiencia e invención para evidenciar la permanencia de la ironía voltairiana y, con ello, comprobar que los comportamientos humanos poco cambian. Se desprende de todo ello el amargo desencanto de quien quisiera con su impronta adecuar el mundo a los ideales que siempre persiguiera.

domingo, 28 de octubre de 2018

Escritoras y escrituras III. Rosa Lencero, La paz del lobo



La narrativa en torno a la Guerra Civil Española escrita por mujeres encierra un valor añadido, el del punto de vista que profundiza en el papel de las mujeres y ofrece otra cara de ese periodo que contempla tanto la ilusión como el desencanto colectivos. Tradicionalmente relegadas al ámbito doméstico, las mujeres españolas de los años treinta, formadas en los valores republicanos, fueron conquistando parcelas de libertad. La República les ofreció educación y oportunidades desarrollar su talento. Al peligrar estos logros con el golpe de Estado, muchas de esas mujeres decidieron defender la causa. Durante la contienda salieron a luchar, ya en la retaguardia, ya incluso en el frente y armadas, donde combatieron al lado de los hombres.
En las últimas décadas, la literatura española ha dado cuenta de este hecho en narraciones como Historia de una maestra (1990), de Josefina Aldecoa, quien se centra en la experiencia de una joven maestra. Esta obra evidencia el nuevo rol para la mujer, momentos previos al estallido de la guerra: independiente económicamente, con criterio propio y autoridad para educar a los otros. Asimismo, tenemos el testimonio de la valiente miliciana Hortensia y sus compañeras, las trece rosas condenadas a muerte, en La voz dormida (2002), de Dulce Chacón. En la cárcel, esta mujer, que espera la muerte, teje y escribe mientras aguarda el nacimiento del hijo que le arrebatarán los verdugos. También se nos ofrece la historia de dos familias procedentes de bandos antagónicos destinadas a encontrarse en Corazón helado (2007), de Almudena Grandes. La obra maneja una abrumadora cantidad de personajes y de temporalidades conectando el pasado y el presente. Destacan en ella mujeres poderosas, de férrea voluntad, como aquella que, vestida de negro, deja flores durante años ante la pared donde fueron fusilados los suyos.

De esa constelación de novelas forma parte La paz del lobo (2006), de Rosa Lencero, que nos sumerge en una España rural cargada de añoranzas: “no existe quien no recuerda”, nos dice la mujer que sirve de conciencia al relato. El punto de referencia de la historia es la Guerra Civil y su impacto en la memoria de una pequeña comunidad extremeña que aún añora las promesas de la República. Una chaqueta herida por la metralla y un cartel arrugado de las Milicias de la Cultura, constituyen los recuerdos de la abuela Jacinta Triguero. Rita, su hija, alumna de la Escuela Normal de Maestras de Madrid, que había enseñado a leer a los soldados de las trincheras, educa a Anselmo, convencida de que “la cultura hará un día libres a todos los hombres”, mientras en secreto le lee versos de Miguel Hernández. Muy reveladora es su respuesta cuando, años más tarde, se le pregunta si no se ha planteado volver a enseñar, algo que ella no ve posible en el nuevo régimen: “Nosotras las mujeres, todas, hemos perdido la guerra. No creo que unas y otras seamos distintas. ¿Qué diferencia hay? Ricas y pobres a ambos lados. En medio el dinero y lo que se puede comprar con él”.
La historia en esta entrañable novela es un murmullo de voces que viajan de boca en boca tejiendo y destejiendo el pasado familiar y que la autora conecta con la tradición literaria rindiendo un homenaje a Cervantes y a las voces poéticas más comprometidas en las primeras décadas del siglo XX. Entre todos, parientes, amigos y vecinos, evocan con nostalgia un pasado detenido en un momento que marca un antes y un después. Con bodas, bautizos y funerales se mezclan grandes acontecimientos: guerras, levantamientos, ejecuciones, la Reforma Agraria del treinta y seis, la tenaz lucha por la vida, los orígenes familiares, la conexión con América Latina y la relación con la frontera portuguesa. Pero aquí también los bandos contrarios están destinados a encontrarse y a sellar las heridas con el olvido, aunque a Rita, de férreas convicciones, a quien los fogonazos del pasado le nublan la mirada, solo le quedará el consuelo de la poesía, los versos de Miguel Hernández y los de Pablo Neruda.