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martes, 26 de febrero de 2019

Escritoras y escrituras V. Marie de Gournay

Si la adolescencia puede presagiar los destinos del porvenir, esta alma será algún día capaz de las cosas más hermosas y, entre otras, de la perfección de esa santísima amistad en la cual su sexo no tiene participación alguna. La sinceridad y la solidez de sus costumbres alcanzan ya a la perfección.

Así describía Michel de Montaigne a Marie de Gournay Le Jars (París, 1565- 1645) su admirada discípula, hija espiritual adoptiva, quien llegaría a ser una de las primeras y más fervientes defensoras de la dignidad y de la capacidad intelectual de las mujeres.

Filóloga, traductora, poeta y filósofa, Marie se adelanta a su época, en Igualdad de los hombres y las mujeres, cuando plantea que la supuesta inferioridad de las mujeres se debe a una tradición filosófica que sustenta la superioridad del hombre, así como a la religión que estigmatiza, anula o borra, a las mujeres. Pero es en esa misma tradición donde ella encuentra argumentos para demostrar el reconocimiento de las virtudes femeninas y, en no pocas ocasiones, su superioridad. De ahí lo interesante que resulta la lectura de esta obra de la que hay una edición de 2018 en la colección Folio, de Gallimard.

Hija mayor de una familia de seis hermanos, recibió la educación tradicional de una niña de la nobleza de su época, pero no se conformó con tan poco. Aprendió latín y griego y leyó a los filósofos en su lengua original. Las guerras de religión que arruinaron a su familia no le impidieron cultivarse, ya que también estudió por su cuenta matemáticas, física y geometría. Renunció al matrimonio para dedicarse a la escritura, y, en la capital francesa se rodeó de personas influyentes que la acercaron a la Corte. Allí puso su pluma al servicio de personalidades como Margarita de Valois, Enrique IV, Catalina de Medecis o Luis XIII.

Égalité des hommes et des femmes (1622) está dedicada a la reina Ana de Austria, hija de Felipe III de España y esposa de Luis XIII, a quien le recuerda que la grandeza de un ser de su categoría debe sustentarse en la virtud, y que los reyes tienen el poder, pero no el derecho de violar las leyes de la igualdad. Marie demuestra en sus argumentaciones equilibrio y altura de miras, lo que se aprecia en la mesura de sus juicios: “Si es correcto mi juicio sobre la dignidad o sobre la capacidad de las damas, no pretendo ahora demostrarlo con razones, ya que muchos podrían rebatirlo con otras; tampoco con ejemplos demasiado comunes, que se han impuesto por la autoridad del mismo Dios, de los arbotantes de su Iglesia y de sus grandes hombres que han arrojado luz sobre el universo”. Como puede apreciarse, su ironía y sentido del humor se convierten también en un instrumento que mueve a la reflexión. Esta igualdad que argumenta Marie la encuentra en filósofos como Platón y en sus discípulos. Estos, según ella, asignaron a hombres y mujeres los mismos derechos y facultades, en vista de que ellas demostraron en más de una ocasión superarlos, por ejemplo, inventado una parte de las Bellas Artes o, demostrando, por encima de los hombres, toda suerte de perfecciones y virtudes, en ciudades como Alejandría donde fueron filósofas o científicas, como Diotima o Aspasia.

Marie cuestiona el relato bíblico, en vista de que en los Evangelios no coinciden en su versión de los hechos. De las Escrituras nos recuerda lo que dicen: que el hombre fue creado macho y hembra siendo el uno para el otro, por lo que le resulta curioso que a Jesús se le llamase hijo de hombre, aunque lo hubiese sido de mujer. En cuanto a Magdalena, recuerda que fue ella la única alma a quien el Redentor le concedió el honor de su gracia con estas palabras: “En todos los lugares donde se predique el Evangelio se hablará de ti”. Es a las mujeres a quien Jesucristo anuncia “su gloriosa resurrección”, con el fin de que se conviertan en apóstolas de los propios apóstoles.

También nos recuerda Marie las enseñanzas de las escrituras en cuanto al papel del hombre y la mujer. El hombre dejará al padre y a la madre para seguir a la mujer, lo que al parecer -comenta- se haría por necesidad expresa de establecer la paz en el matrimonio. Tal necesidad requiere, sin duda, que una de las partes se pliegue a la otra, pero el que la fuerza masculina no pueda someterse le viene de su carácter.

Según sostienen algunos, sería verdadero -añade Marie de Gournay- que la sumisión le haya sido impuesto a la mujer para castigarla por el famoso pecado de la manzana. Nada más falso que concluir la superior dignidad del hombre puesto que las Escrituras le recomiendan ceder.

Por todo ello, Marie considera absurdo que se excluya a la mujer del acceso al misterio de la creación tanto como al de la Eucaristía, y además, se le arrebate la facultad de predicar, un privilegio reservado a los hombres. Si la autora pudo expresar esta ideas fue por la tolerancia religiosa que, por un periodo breve, permitió en Francia la convivencia de protestantes y católicos, gracias el edicto de Nantes que sería luego revocado por Luis XIV.

La lectura de este ensayo de Marie de Gournay, y la consideración general de su obra y de su personalidad nos obligan a pensar que la historia camina muchas veces dando pasos hacia atrás.

*Quienes deseen profundizar en la obra de Marie de Gournay probablemente pueden consultar la obra de Monserrat Cabré i Pairet y Esther Rubio Herráez (Eds.), Marie de Gournay. Escritos sobre la igualdad y en defensa de las mujeres, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2014.

martes, 19 de febrero de 2019

Escritoras y escrituras IV: George Sand, La petite fadette

George Sand es una de mis pasiones, no  porque comulgue con ella en todo, dado que su Romanicismo en los asuntos amorosos puede ser empalagoso. Ya se sabe que concibe el amor como entrega y sacrificio, pero hay algo de masoquismo en sus personajes femeninos que hace que me rebele como, por ejemplo, en Elle et lui, que trata de sus tormentosos amores con Alfred de Muset. Lo que me gusta de Sand es, sin duda, la elegancia, la plasticidad y la penetrante verdad de sus argumentaciones. Me rindo no sólo a su inteligencia, sino a la forma como me viene dado ese caudal armonioso de saber, la precisión de la palabra que seduce con luminosa exactitud hasta transformar la percepción de la realidad, la palabra dicha con la entonación cautivadora, un don preciado que no todos poseen.  



Cierro las páginas de La petite fadette, que acabo de terminar, y mi primer impulso es volver a leer esta pequeña joya de la lengua francesa. George Sand la escribió en 1848, a su regreso a la tierra natal, desencantada de la revolución, que sacudió la ciudad de París por esos años, y de los encarnizados debates políticos a los que ella se entregó con una buena parte de la intelectualidad francesa de su tiempo. Pero aquellas luchas de poder, lo confiesa, despertaron en la gente los peores instintos: “las revoluciones no son un jardín de rosas”, diría. No consiguieron sacar de la pobreza a los más humildes, ni curar las heridas morales, que solo la bondad de un Dios misericordioso podría sanar, si ese Dios reinara sobre el egoísmo, la ambición y los bajos instintos.


En ese panorama que nos presenta Sand, solo el arte podrá redimirnos, el arte que para ella es como la naturaleza, siempre hermoso y bueno.  Lamentablemente, su tiempo, ella lo piensa así, no estaba para disfrutar de tales dones.  Al contrario, le parecía que el arte peligraba cuando no satisfacía a los más necesitados, además, advierte, el arte podrá sobrevivir sin nosotros por lo que no pasaría nada si se dejase de escribir. Aquel París la ha hastiado de filosofar sin encontrar soluciones a los males de la humanidad. De ahí que abandone la ciudad para refugiarse en la sencillez de la vida campesina, el mundo que inspiró sus primeras narraciones: la simplicidad y sabiduría profunda de sus gentes.  

Así elige en La petite fadette el punto de vista del agramador satisfecho después de haber comido, con un buen vino blanco a su derecha y a la izquierda un bote de tabaco para cargar su pipa con discreción, mientras cuenta la historia de la brujita del bosque rechazada y apedreada por los crueles rapaces, que acaba seduciendo a unos gemelos tan complementarios como opuestos. Esa criatura del bosque, que permanece al lado de la abuela, la curandera de la región que conoce los secretos de las hierbas y sana incluso las enfermedades del alma, es un ser diferente, razón por la cual es repudiada. Además, se trata de una mujer que, como la propia George Sand, se comporta como un hombre y no hace nada para parecer mejor ni más bella de lo que las gentes la consideran. Pero un día esta brujita es confrontada por Landry, uno de los gemelos. Después de haber escuchado la sabia verdad y los motivos de su conducta, éste le reprocha el insistir en mostrar su peor lado, cuando podría presentarse al mundo con todas sus cualidades físicas y morales, a lo que ella responde: “Lo que uno desprecia a menudo es aquello que no parece hermoso ni bueno, por eso, nos privamos de lo útil y saludable”. Si el mundo fuera más justo y razonable, añade, prestaría más atención al corazón y a la sabiduría que a su apariencia física.

Poco importa el final de la historia, que debe ser feliz, como se espera en esta intensa aventura que transforma a los personajes. Lo que verdaderamente está sucediendo en el relato es un proceso químico que convierte lo extraño, peligroso e inquietante en algo familiar y querido, cuyo efecto benéfico colma de bienes a quienes lo rodean. Esto ocurre gracias a la magia de las palabras: dulces o reparadoras como un bálsamo o hirientes o afiladas como espadas, como las de las de la petite fadette cuando sacude a Sylvain, el gemelo enfermizo, débil y manipulador que somete a su familia:

“Creo que temes a la muerte igual que cualquier otra persona, y que estás jugando a atemorizar a quienes te quieren. Debe de complacerte mucho ver cómo las decisiones más sabías, y las más necesarias, se pliegan siempre ante tus amenazas de quitarte la vida… resulta muy cómodo poder someter a cuantos te rodean con sólo una palabra.”

No son, precisamente, ternezas las que escucha el muchacho, son verdades como puños, que le cambian la  vida y curan sus heridas, lo que demuestra que no son los halagos lo que nos hacen cambiar, aunque mucho complazcan a los espíritus simples, sino las verdades dolorosas que ocultamos en el fondo de nuestro corazón y que salen a la superficie para completar la imagen que se tiene de sí, lo que una mirada aguda es capaz de desentrañar.

sábado, 3 de noviembre de 2018

El Cándido de J J Díaz Trillo



Hay libros que cumplen el papel, no sólo de compañeros de viaje y aventuras, sino de maestros y faros del pensamiento. Son libros que de ninguna manera nos defraudan porque, al abrir sus páginas, en cualquier momento de la vida, despiertan la renovada emoción que sentimos al vislumbrar la profunda verdad que encierran. Uno de esos amigos fieles es Cándido o el optimismo (1759), de Voltaire, cuya lectura recomiendo vivamente, aunque parezca superfluo recomendar la lectura de un clásico. La crítica asegura que Voltaire pretendía con este cuento filosófico ridiculizar las ideas de Leibniz, cuya teoría sobre la armonía universal lleva a creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles, porque incluso el mal es permitido por Dios para que valoremos la dimensión del bien.
Pero en 1755, en el Día de Todos los Santos, Europa se ve sacudida por el devastador terremoto de Lisboa que dejó a la ciudad sepultada bajo los escombros. A semejante sacudimiento telúrico le siguió otro que estremeció las aguas del Tajo y, ante el estupor de los sobrevivientes, enormes olas se abalanzaron sobre tierra firme rompiendo diques y puentes, destrozando hermosos e imponentes edificios, haciendo sentir su implacable efecto a lo largo de la costa, hasta llegar a Ericeira. Esta tragedia, que impresionó profundamente a Voltaire, lo lleva a reflexionar sobre la crueldad de la naturaleza y la fragilidad de la vida humana, sujeta a azares incontrolables, ante los cuales la riqueza y la opulencia no son más que espejismos, de lo que dejó constancia en estos versos:
Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas,
Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados,
Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados;
Cien mil desventurados que la tierra traga.
Ensangrentados, desgarrados, y todavía palpitantes,
Enterrados bajo sus techos, sin ayuda, terminan
En el horror de los tormentos sus lamentosos días.
[…]
¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños,
Sobre el seno materno aplastados y sangrientos?
¿Tuvo Lisboa, que ya no es, más vicios
que Londres, que París, en los deleites hundidas ?
Lisboa queda hundida, y en París se baila.

Bajo el influjo de este libro, escribe José Juan Díaz Trillo Cándido en la Asamblea (2016), un relato ingenioso, divertido, pleno de referencias intertextuales ajenas a la vacuidad de cierta erudición libresca, con una carga de vida y experiencia capaz de vincular tiempos y espacios, para situarnos más allá de lo anecdótico. Díaz Trillo (Huelva, 1958), miembro del Congreso de Diputados, especializado en Literatura Hispanoamericana, ha publicado decenas de libros de poesía y ha ejercido la función pública de la que también se nutre esta ficción narrativa.

Díaz Trillo declaró en una entrevista que “…cada generación merece un Cándido que la vacune contra la ignorancia y el fanatismo”. Aquí nos ofrece el suyo, combinando procedimientos como la autoficción y la parodia para darle vida a un Cándido, miembro de la Asamblea que, en su universo, no es el bastardo de noble ascendencia de Voltaire, sino el hijo de una relación no oficializada entre dos jóvenes de buenas familias de orígenes español (él) y francés (ella). Para disimular su falta, los padres de la pareja deciden que el niño quede bajo su cuidado, él masón, librepensador, y ella un verdadera open minded demasiado avanzada para su tiempo, mientras los auténticos padres intentan, a su manera, cambiar el mundo. La madre en París, en medio de las  revueltas de mayo del 68, el padre en plena revolución sandinista. Aquí el impacto del terremoto de Lisboa, que tanto afectó al buen Voltaire, es reemplazado por el terremoto de Managua de 1972, que destruyó por completo la ciudad centroamericana y cuyas devastadoras consecuencias llegaron a compararse con el estallido de la bomba atómica.

El relato refiere el proceso de formación del joven Cándido que, interno en un colegio, pasa temporadas con los abuelos, “entre cartas excesivas de su padre y conversaciones susurradas con el abuelo ─y a puerta cerrada siempre, como para darle más solemnidad─, se fue iniciando en la política como su abuelo lo hiciera de joven en la masonería: entre la convicción de unas ideas que creía justas y una expresión escondida de las mismas, semejante a un lenguaje mágico”. Cualquier parecido con la España franquista no es mera casualidad. El relato de Díaz Trillo alterna la crónica familiar con episodios cruciales de la historia de España. Nos instala en los años anteriores a la muerte del caudillo y en los momentos decisivos de la transición, que Cándido vive, como no podría ser menos, con terco optimismo, en compañía de los versos del poeta y libertador de Cuba José Martí, cuyo Ismaelillo se lleva a la “mili”.
En el servicio militar Cándido es ascendido a Alférez de Inteligencia, misión que consiste en leer e interpretar documentos y en redactar informes donde desliza versos e ideas de próceres como Simón Bolívar y José Martí, que le imprimen un tono iberoamericano y cierto carácter de ecuanimidad y sentido universal a las misiones militares. Traductor, intérprete, o poeta, Cándido cultiva el arte de la diplomacia en un momento en que España ingresa a la Unión Europea y aspira a ganarse el respeto de la comunidad internacional.
En mucho contribuye el trabajo de Cándido al desarrollo y cumplimiento de los propósitos que esperan sus superiores. Pero antes que ser recompensado por sus habilidades y talento, debe saborear los sinsabores de la ingratitud, de la avaricia y de la desmedida ambición de quienes se mueven por propios intereses. En sus desplazamientos motivados por las misiones militares de paz en las que se integra, conoce la gratuidad del mal ante el que se siente impotente. Entre conflictos armados transcurre la vida de este Cándido moderno, que asiste en primera línea de fuego a los enfrentamientos en países africanos o en la antigua Yugoslavia. Cándido presencia impotente el incendio de la biblioteca de Sajarevo donde es herido, pero también vive la palpitante realidad de los refugiados o la consumación de delitos de lesa humanidad por parte de los instrumentos del poder transnacional, cuyos horrores lo dejan sin habla. El final de su aventura no es otro que el retiro propuesto por Voltaire quien aconseja dar la espalda a la mediocridad de los asuntos mundanos y dedicarse al cultivo del jardín interior.
José Juan Díaz Trillo baraja en este ameno relato experiencia e invención para evidenciar la permanencia de la ironía voltairiana y, con ello, comprobar que los comportamientos humanos poco cambian. Se desprende de todo ello el amargo desencanto de quien quisiera con su impronta adecuar el mundo a los ideales que siempre persiguiera.

domingo, 28 de octubre de 2018

Escritoras y escrituras III. Rosa Lencero, La paz del lobo



La narrativa en torno a la Guerra Civil Española escrita por mujeres encierra un valor añadido, el del punto de vista que profundiza en el papel de las mujeres y ofrece otra cara de ese periodo que contempla tanto la ilusión como el desencanto colectivos. Tradicionalmente relegadas al ámbito doméstico, las mujeres españolas de los años treinta, formadas en los valores republicanos, fueron conquistando parcelas de libertad. La República les ofreció educación y oportunidades desarrollar su talento. Al peligrar estos logros con el golpe de Estado, muchas de esas mujeres decidieron defender la causa. Durante la contienda salieron a luchar, ya en la retaguardia, ya incluso en el frente y armadas, donde combatieron al lado de los hombres.
En las últimas décadas, la literatura española ha dado cuenta de este hecho en narraciones como Historia de una maestra (1990), de Josefina Aldecoa, quien se centra en la experiencia de una joven maestra. Esta obra evidencia el nuevo rol para la mujer, momentos previos al estallido de la guerra: independiente económicamente, con criterio propio y autoridad para educar a los otros. Asimismo, tenemos el testimonio de la valiente miliciana Hortensia y sus compañeras, las trece rosas condenadas a muerte, en La voz dormida (2002), de Dulce Chacón. En la cárcel, esta mujer, que espera la muerte, teje y escribe mientras aguarda el nacimiento del hijo que le arrebatarán los verdugos. También se nos ofrece la historia de dos familias procedentes de bandos antagónicos destinadas a encontrarse en Corazón helado (2007), de Almudena Grandes. La obra maneja una abrumadora cantidad de personajes y de temporalidades conectando el pasado y el presente. Destacan en ella mujeres poderosas, de férrea voluntad, como aquella que, vestida de negro, deja flores durante años ante la pared donde fueron fusilados los suyos.

De esa constelación de novelas forma parte La paz del lobo (2006), de Rosa Lencero, que nos sumerge en una España rural cargada de añoranzas: “no existe quien no recuerda”, nos dice la mujer que sirve de conciencia al relato. El punto de referencia de la historia es la Guerra Civil y su impacto en la memoria de una pequeña comunidad extremeña que aún añora las promesas de la República. Una chaqueta herida por la metralla y un cartel arrugado de las Milicias de la Cultura, constituyen los recuerdos de la abuela Jacinta Triguero. Rita, su hija, alumna de la Escuela Normal de Maestras de Madrid, que había enseñado a leer a los soldados de las trincheras, educa a Anselmo, convencida de que “la cultura hará un día libres a todos los hombres”, mientras en secreto le lee versos de Miguel Hernández. Muy reveladora es su respuesta cuando, años más tarde, se le pregunta si no se ha planteado volver a enseñar, algo que ella no ve posible en el nuevo régimen: “Nosotras las mujeres, todas, hemos perdido la guerra. No creo que unas y otras seamos distintas. ¿Qué diferencia hay? Ricas y pobres a ambos lados. En medio el dinero y lo que se puede comprar con él”.
La historia en esta entrañable novela es un murmullo de voces que viajan de boca en boca tejiendo y destejiendo el pasado familiar y que la autora conecta con la tradición literaria rindiendo un homenaje a Cervantes y a las voces poéticas más comprometidas en las primeras décadas del siglo XX. Entre todos, parientes, amigos y vecinos, evocan con nostalgia un pasado detenido en un momento que marca un antes y un después. Con bodas, bautizos y funerales se mezclan grandes acontecimientos: guerras, levantamientos, ejecuciones, la Reforma Agraria del treinta y seis, la tenaz lucha por la vida, los orígenes familiares, la conexión con América Latina y la relación con la frontera portuguesa. Pero aquí también los bandos contrarios están destinados a encontrarse y a sellar las heridas con el olvido, aunque a Rita, de férreas convicciones, a quien los fogonazos del pasado le nublan la mirada, solo le quedará el consuelo de la poesía, los versos de Miguel Hernández y los de Pablo Neruda.



miércoles, 24 de octubre de 2018

Escritoras y escrituras II. Teresa Ruiz Rosas, Nada que declarar


La literatura peruana actual escrita por mujeres destaca por su audacia y libertad formal a la hora de dinamitar las estéticas hegemónicas, ya no impuestas por una visión androcéntrica, sino enquistadas al interior de la conciencia femenina. El Comando Plath, sin duda en homenaje a Silvia Plath, se propuso revisar el canon en su país y ofrecer otra alternativa de voces femeninas que atraviesa fronteras geográficas, pues llega a conectar el Cuzco con Nueva York; así como fronteras mentales y de género: desde la poesía y la prosa hasta la autoficción, que se cuela por las redes sociales para compartir experiencias y formas de vida alternativas que rompen con los conceptos burgueses respecto a la familia y las relaciones sexuales, pensemos, por ejemplo en Gabriela Wiener.


Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) quien reside en Colonia después de haber vivido en ciudades como Barcelona o Budapest, no está en medio de este huracán, pero ha llegado paso a paso a consolidar una escritura firme que se sostiene en una conciencia del idioma, que quizás ha cultivado como traductora del alemán, y con un dominio de los recursos narrativos al servicio de una prosa ágil, sinuosa, a veces laberíntica, de inesperadas asociaciones intertextuales. Nada que declarar. El libro de Diana (2015), su última novela, escrita con el descarnado humor que la caracteriza, nos lleva de Lima a Düsseldorf en una travesía que podría ser tópica, la de la joven humilde que aspira a casarse con un extranjero, que espera la rescate de la miseria y le permita saltar la barrera de obstáculos sociales impuestos por en su país, y así poder ayudar a su familia. Con esta ilusión viaja Diana a Alemania para acabar en una sofisticada red de prostitución: “Porque lo amaba le había creído que su viaje significaba la gran alternativa para su familia, para zafarse con eficacia de la plaga de la miseria”. El testimonio de su experiencia nos llega a través de Silvia, quien parece hablar para sí misma, más que para los lectores, pues al transmitirnos el testimonio de Diana cuestiona no solo la vida propia, sino la cultura encorsetada a la que pertenece, la sociedad peruana estratificada, racista, despiadada con los más humildes,  y cargada de prejuicios.


En La mujer cambiada (Lima, 2008) Ruiz Rosas ya nos había sumergido en los años más oscuros del terrorismo senderista en el Perú, para mediante la metáfora de la mujer transformada en otra por obra de la cirugía estética, poner en evidencia la realidad de su país durante el conflicto armado vivido en los ochenta y los noventa del pasado siglo. En Nada que declarar. El libro de Diana, en cambio, Ruiz Rosas nos hace recorrer pasadizos sórdidos de una Lima oculta, nos lleva por los pasillos de organismos internacionales, para mostrarnos la indiferencia ante el dolor ajeno, pues ya no es solo la farsa y la impostura de una sociedad tercermundista, en proceso de deterioro lo que lacera, sino la cara más cruel de la emigración, el tráfico de personas, el comercio sexual y la corrupción de organismos financiados por las potencias europeas. Pero Diana Postigo, llamada Diosa de las Tinieblas, la colegiala peruana, que al otro lado se convierte en prostituta de ventana, cocina su venganza a fuego lento. 

Y es que en esta vertiginosa travesía de no más de cuatro años, la autora nos ha hecho vivir el infierno, antes de que la mujer engañada, la víctima, recupere su identidad, lo que le imprime mayor fuerza a este relato basado también en la solidaridad entre las mujeres y en el poder de la escritura para transformar la realidad. Por todo ello Teresa Ruiz Rosas se consolida como una de las voces más potentes de esa diáspora latinoamericana que se afianza transpasando fronteras.

lunes, 22 de octubre de 2018

Escritoras, escrituras I: Carme Riera, Vengaré tu muerte

Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) es una de las escritoras más destacadas en el contexto de la literatura tanto en catalán como en español. Traducida a más de doce idiomas, es una figura pública que ha sabido compaginar la escritura con la cátedra de Literatura Española, además de otros cargos. Galardonada con el Premio Nacional de las Letras en 2015, es miembro  de la Real Academia Española y presidenta de CEDRO, la entidad que gestiona los derechos de autor en España. Con una larga trayectoria literaria que abarca trece novelas, a las que se suman otros tantos títulos en distintos géneros Vengaré tu muerte es un thriller en el que la autora juega con las posibilidades del género para introducirnos por los laberintos de la corrupción en la Cataluña de la primera década del siglo XXI.

Si bien Riera ya nos había instalado en un campus universitario, en Naturaleza casi muerta (2012), con cuatro crímenes por dilucidar, en esta última novela se intenta demostrar que la justicia ha errado al condenar a dos personas por un delito que no cometieron. El caso es la  desaparición de un empresario catalán, para lo que la autora elige el punto de vista una mujer que ha trabajado como detective y que decide escribir un libro para conjurar su culpabilidad por haber enviado equivocadamente a la cárcel a dos inocentes -no tan inocentes de otras faltas, por cierto-.

La novela nos instala en una Cataluña marcada por la corrupción y sus secuelas, la fuga de capitales más allá de sus fronteras “vía maletín” a donde se envía el dinero negro de las operaciones comerciales clandestinas que arrastran a muchos empresarios. La narradora acota el campo donde se producen estas operaciones fraudulentas: “[…] esas cuarenta familias emparentadas de las que hablaría el estafador Millet que, por entonces, ya había desviado fondos del Palau de la Música hacia otros bolsillos y, por descontado, a los propios, optaban por esquiar en Andorra”.  

La trama se complica, dado que la persona que denuncia la desaparición del marido, el empresario Robert Solivellas, la propia esposa, dificulta el esclarecimiento de los hechos con medias verdades y mentiras. La primera advertencia que recibe Elena Martínez, nuestra detective, es la muerte de perro Jimmy al que encuentra ahorcado colgado del ventilador encima de su cama. La señal que la lleva tras la pista de la trama corrupta son unos cedés con imágenes de orfelinatos chinos, junto con el robo de unos caganer, que conectan con Bogotá, la capital colombiana.

Entre pedófilos, ockupas, parricidas,  narcotraficantes y sicarios se abre camino esta detective desconcertada por los pronósticos de su amiga vidente que parece dar en el clavo con la interpretación de las pistas. El humor y la ironía, sin lugar a dudas, convierten esta narración en una parodia del género que se cuestiona desde el punto de vista femenino, hasta las fronteras de la lengua, las tradiciones, pasando por los principios morales, para ir al fondo de la condición humana, el miedo, el egoísmo, la ambición desmedida, la ruptura de los afectos familiares, la crisis de una sociedad que sacrifica los más preciados valores.

Además, la fusión entre narradora y protagonista permite no sólo cuestionar el género, sino criticar con distanciamiento y objetiva crudeza un sistema corrupto hasta la raíces. Inevitable recordar a la célebre Alicia Jiménez Bartlett a quien, sin duda, Carme Riera rinde un homenaje cuando su personaje Elena se propone vengar la muerte de su perro Jimmy, lo que no puede hacer Petra Delicado, en Día de perros,  con Pompeyo animal feroz que debe ser ejecutado sin piedad.                                                                                     
Finalmente, se deja a salvo en esta intriga el valor de la justicia, y la literatura, para tranquilizar la conciencia y así poder realizar el deseo de una vida sencilla y apacible, como añora la detective Elena Martínez Castiñeiras.

domingo, 24 de junio de 2018

Luis Carlos López: ¿modernista al revés o prevanguardista?



El colombiano Luis Carlos López (1879-1950) es considerado un poeta posmodernista por la crítica académica. En la célebre Antología de la poesía española e hispanoamericana (publicada en 1934) Federico de Onís así lo clasifica. Este crítico establece una tipología de autores modernistas y posmodernistas, por temas, tendencias y género, aunque crítica académica gusta de acercar el hecho literario a través de la periodización y los  grupos generacionales. Pero resulta fácil descubrir los límites de esta pedagogía literaria. 

Los posmodernistas son contemporáneos del Modernismo, pero se distancian de esa estética, de sus motivos, de su simbología y de sus temas preferidos. Si los modernistas son cosmopolitas y sacian sus ansias de modernidad explorando las ciudades europeas, los segundos vuelven los ojos hacia la provincia, hacia el villorio familiar. Si aquellos recurren a un lenguaje preciosista cargado de cultismos, estos recuperan el habla popular, la ironía y el humor. Naturalmente hay matices, pues en José Asunción Silva, por ejemplo, ya se encuentran rasgos atribuidos a los poetas posmodernistas. Para De Onís, el posmodernismo es la:

  […] reacción conservadora, en primer lugar, del modernismo mismo, que se hace habitual y retórico, como toda revolución literaria triunfante, y restauradora de todo lo que en el ardor de la lucha la naciente revolución negó.

Federico de Onís fecha el posmodernismo entre 1905 y 1915, un momento en que los modernistas publican libros decisivos. De hecho, Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío, es de 1905. La publicación de Mi villorio, de Luis Carlos López es de 1909 y coincide con otros títulos modernistas como Alma de América (1905) de Santos Chocano, Canto errante (1907), de Rubén Darío y En voz baja (1909) de Amado Nervo. La superación del Modernismo en muchos poetas es clara en títulos anteriores a estas fechas.
En las tipologías que establece Federico de Onís, la poesía de Luis Carlos López se caracterizaría por una ironía sentimental”, el suyo sería un “modernismo visto del revés, que se burla de sí mismo, que se perfecciona al deshacerse en ironía”.

Hervé Le Corre, en Poesía hispanoamericana posmodernista (2001) recoge las distintas clasificaciones de Federico de Onís en torno al término “posmodernismo” donde se sitúa a ese grupo de poetas que se desvía del Modernismo. Para Max Henríquez Ureña es una generación intermedia que rompe con el preciosismo del modernismo y rescata el lenguaje de lo cotidiano, “el empleado realmente”, en el habla popular, como lo hace Luis Carlos López.

El Modernismo en Colombia dejó una estela de melancolía por varias décadas, Descendió a lo macabro con Julio Flórez, que le cantaba al “esqueleto de la amada” y sobrevivió por varias décadas en “La canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob. El máximo poeta del siglo XIX, el gran innovador, es José Asunción Silva, célebre por su “Nocturno”, y que se suicidó en 1896. Dejó unos 150 poemas y una novela titulada De sobremesa, publicada póstumamente. Le sigue en importancia Guillermo Valencia, con un único libro, Ritos (1899). Éste abandonó la literatura para entregarse a la política. No obstante, en la sensibilidad popular vivió por largos años su poema “Anarkos”.

Estos dos poetas remueven el ambiente literario de un país aferrado tenazmente a la tradición representada en la tertulia literaria La Gruta Simbólica dirigida por el conservador Luis María Mora, académico de la lengua y defensor de la tradición clásica, quien menospreciaba el autodidactismo de muchos modernistas, tanto como sus audacias innovadoras.

En la tensa relación entre un clasicismo conservador y un modernismo que desciende hasta la sensibilidad almibarada o el patetismo trágico, surge la poesía del Tuerto López, que vuelve la mirada sobre su villorrio, pero no como lo hicieran en el pasado los costumbristas: sin detenerse en el paternalismo ni el pintoresquismo. Mezcla de humor y compasión, la poesía de Luis Carlos López se abre camino en el clima letárgico de la vida municipal. De ese entorno pueblerino recoge los rumores de la parroquia a los que ningún poeta modernista prestaría atención por estar atento a temas de mayor trascendencia.

Críticos posteriores relacionan a Luis Carlos López con la antipoesía, como hace Fernández Retamar, quien delimita el concepto de antipoesía, que parte de Ramón de Campoamor y pasa por Luis Carlos López, hasta llegar a Nicanor Parra.

Para el colombiano Germán Espinosa, en cambio, Luis Carlos López no es en modo alguno “antimodernista” ni “antipoeta”, mucho menos “posmodernista”, como señala Federico de Onís. Espinosa prefiere déjalo “suelto” y si tiene que clasificarlo, lo considera “prevanguardista”. En lo que todos están de acuerdo es en que la poesía de Luis Carlos López rompe con el Modernismo.

No obstante, como sugiere Fernández Retamar, se puede trazar esta trayectoria en la poesía en lengua española, pues el peso de Campoamor es evidente en la poesía de finales del XIX y principios del XIX. Jorge Urrutia en Poesía española del siglo XIX (1995), aclara que ello se debe en parte a su simplicidad léxica, que hace que cualquier palabra cotidiana tenga hueco en el poema, su ironía y su conocimiento de la psicología popular. Campoamor está presente tanto en el primer Rubén Darío, como, incluso, en los Proverbios y cantares machadianos. Sólo seis años antes de Azul, Rubén Darío publica un largo poema, titulado “La poesía castellana”, donde se lee:

Y derramando fulgor
traspasan mares y clima
de Bécquer las tiernas rimas,
los Cantos de Campoamor.

La ironía de Luis Carlos López es evidente en este poema titulado “De la tierra caliente” que inicia su poemario De mi villorio (1909):

Flota en el horizonte opaco dejo
crepuscular. La noche se avecina
bostezando. Y el mar bilioso y viejo,
duerme como un sueño de morfina.
 Todo está en laxitud bajo el reflejo
de la tarde invernal, la campesina
tarde de la cigarra, del cangrejo
y de la fuga de la golondrina.
Cabecean las aspas del molino
como con neurastenia. En el camino,
 tirando el carretón de la alquería,
marchan dos bueyes con un ritmo amargo
llevando en su mirar, mimoso y largo,
la dejadez de la melancolía.
(De mi villorio, 1909)

La provincia es para este poeta imagen del fracaso de un país: lenta, como el cangrejo, opaca, perezosa, biliosa y vieja como el mar desprovisto de encanto, adormecida y adormecedora en su modorra… El lenguaje es crudo, golpea con neurastenia, en ritmo repetitivo como las aspas del molino.

Baldomero Sanín Cano describiría así el contexto en el que se escribe la poesía de nuestro autor:
Esa cosa insípida, gris, blanda y desarticulada que es la vida política de Colombia en los últimos treinta años, está admirablemente vertida por la poesía insuperable, por el humor penetrante y sano de Luis Carlos López.

Sin embargo, no es una opinión compartida por el prominente crítico Rafael Gutiérrez Girardot para quien la guasa en la poesía de Luis Carlos López no es cosa distinta de una reacción de desprecio al progreso de su tiempo.

Por su humor e ironía, Federico de Onís sitúa a Luis Carlos López al lado de  poetas como el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez. En esta categoría Onís también incluye al español “Alonso Quesada” (Rafael Romero, 1886-1925) de quien dice en una breve presentación: “Débil y enfermizo. Murió joven. Su poesía melancólica, de niño triste, canta en voz muy baja lo cotidiano y familiar con un dejo de resignada ironía, en un libro como El lino de los sueños, con prólogo de Unamuno. Hace parte del trío de los posmodernistas canarios (Tomás Morales y Saulo Torón).

Escribe el poeta canario en su “Oración vesperal”:

La tarde muere,  y tiene
todo el dulce color de mi recuerdo…
Porque cuente la historia de mi vida
que muera así la tarde se ha dispuesto.
El lejano sonido de una esquila
pone en la brisa un pastoril comento
que al perderse a través del cielo malva
hace brotar la rosa del lucero.

Luis Carlos López nació y creció en un clima de incertidumbre, en medio de las diputas políticas que desangraron a Colombia. Liberal radical y masón, padeció la derrota del liberalismo, la Guerra de los Mil Días, que lo obligó a abandonar sus estudios, la pérdida de Panamá, que dejó una herida en la memoria, y que llega hasta versos, como “Despilfarros VI”:
Le fusilaron esta
madrugada,
como si fuese un criminal.
¿Y la social
protesta?
Ninguno dijo nada.


Vivió  el nefasto periodo presidencial de Rafael Reyes marcado por atentados, ejecuciones e impunidad, que sembraron semillas de odio y de venganza. Tras el exilio de Reyes en 1909 se inicia un periodo de cambios que coinciden con la celebración del Centenario de la Independencia, de vital importancia para la cultura del país por las reformas que emprendió. Precisamente Luis Carlos López se sitúa en la llamada Generación del Centenario, reconocida por Luis Eduardo Nieto Calderón quien los bautiza en 1918, como la esperanza del futuro del país. No olvidemos la importancia de la fecha. Esta generación, que contó con cuatro presidentes, forjó una nueva Colombia aferrada a la cultura y la civilización como motores del cambio.

Como Silva, Luis Carlos tuvo que afrontar la ruina familiar al fracasar como tendero. Fundó periódicos, fue colaborador en otros, ocupó un cargo diplomático en Alemania y dirigió la imprenta Departamental en su región. No se suicida como Silva, pero apenas sonríe. Su opción es desacralizar el lenguaje poético. En una entrevista con James J. Alstrum,  afirma: “nunca presumí de innovar en poesía, ni de ser un poeta nuevo en mi época. Apenas me he considerado un autor con un modo de sentir distinto, producto de un temperamento propio”. De él diría Nicolás del Castillo: “Sin ser un poeta alegre, López hace de su cinismo cordial el mejor antídoto contra su innato pero inofensivo escepticismo”.

La poesía de Luis Carlos López  se difunde tempranamente en México. Mi villorio se publicó en 1910. Recibió elogios de críticos de su tiempo como Francisco García Calderón que alabó sus versos “claros y precisos” desprovistos de vacíos lirismos. Según Le Corre, este reconocimiento fuera de su país, y no en su tierra, se debe al hecho de que en Colombia acaparasen la atención poetas como Guillermo Valencia, el parnasiano y polémico candidato conservador, y Julio Flórez el lírico mediocre. Sin embargo, Luis Carlos López contó con el entusiasta apoyo de su compatriota Jorge Zalamea que reunió sus versos bajo el título de La comedia tropical y  lo hizo traducir al ruso argumentado su valor literario, la “exaltación de la vida cotidiana del hombre común” en su poesía. 

Una de las mayores aportaciones de Luis Carlos López, según Le Corre, es su “capacidad de percepción de lo inmediato, expresada en una lengua heterogénea, que no volverá a aparecer en Colombia, sino con León de Greiff en los albores de la vanguardia”:
[…] Se respira un silencio comatoso
que hace mayor el frío,
que me torna indulgente con el oso
polar…
(ya no me río / de ti, Rubén Darío.)

El aparente descuido formal de Luis Carlos López no fue tal, sino empeño por distanciarse de un concepto de poesía envarada y excesivamente retórica. Él buscaba lo popular como expresión de lo cotidiano y lo vulgar en su sentido de simplicidad compartida. De ahí que todos podamos hacernos cómplices del sentimiento que produce la ciudad nativa, no cruce de calles para turistas o simples viajeros, sino cariñoso refugio de la costumbre que el poeta simboliza en esos zapatos viejos hechos al giro de nuestros pies.