El recuerdo que tengo de Juan Gustavo Cobo Borda es tan grato que me resulta muy emotivo presentar este libro suyo que traza la cartografía de sus pasiones. Cuando lo conocí, hacia finales de los setenta, Cobo era una suerte de enfant terrible que sacudía el ambiente intelectual bogotano con sus opiniones sobre la literatura colombiana. Ocupaba por entonces el cargo de asesor del Instituto Colombiano de Cultura donde también era director de publicaciones. Antes había sido gerente de la mítica librería Bücholz, un paraíso para quien sucumbía a la devoradora pasión de la lectura. Allí encontró cuanto ambicionaba como lector. De alguna manera se cumplía su deseo de tener todos los libros, y de contar con el tiempo para leerlos y reseñarlos. De estos años nos dice el propio Cobo:
"Abandoné cualquier posible carrera universitaria —derecho, filosofía, idiomas— por ser gerente de una librería de siete pisos, en pleno centro de Bogotá. Era la librería Bücholz, en la Avenida Jiménez de Quesada con la carrera octava. Sería el año de 1968. Luego, durante ocho años, a partir de 1975, fui editor de 300 títulos en el Instituto Colombiano de Cultura."
En estos 300 títulos a los que se refiere, Cobo Borda rescató para nosotros una tradición literaria enterrada debido quizás a nuestra producción crítica pobre, cargada de prejuicios y académicamente cerrada, o simplemente ignorante del proceso de la literatura en el país. Gracias a él recuperamos la obra de un novelista como Osorio Lizarazo que cuestionó la idea de muchos profesores respecto a la inexistencia de una literatura urbana en Colombia, anterior a las novelas Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, o Los parientes de Ester de Luis Fayad, publicadas a finales de los setenta. Muy pocos por entonces habían leído Casa de vecindad de Osorio Lizarazo, que en los años treinta, a manera de diario, ya nos revelaba los conflictos del individuo en la ciudad.
La Biblioteca básica, fue el nombre de esta colección que puso a nuestro alcance un ensayista excepcional como Baldomero Sanín Cano, contemporáneo de José Asunción Silva, que quedó rezagado porque no se le pudo aplicar la etiqueta de modernista. Éste atravesó todo un siglo y estuvo por encima del provincialismo o el cosmopolitismo de su época. Finalmente ocupó un lugar en el paradigmático trabajo de José Miguel Oviedo, que lo sitúa más cerca de la posmodernidad.
Así, Cobo amplió el corpus de nuestra literatura y también nuestros horizontes mentales. Si bien se mostraba irreverente con los manuales de literatura y escandalizaba con su desdén y sus tajantes descalificaciones, libros suyos como La alegría de leer (1976) y La tradición de la pobreza (1980) o Antología de la poesía hispanoamericana (1985) y son un referente. Allí nos invitaba a despojarnos de la pereza de pensar; de la erudición sobre el pensamiento, y del elogio sobre la crítica. Sobre esta actitud suya nos dirá:
"[…] me gusta escribir sobre los libros que amo y denigrar de los que detesto, aun cuando, como me lo recordaba Guillermo Sucre, la lucidez también es errática y cruel. No hay que permitir que ella nos convierta en jueces. Sin embargo, ambos ejercicios —amar y odiar por escrito, razonándolo— agilizan la prosa y vuelven mucho más preciso el gusto. Se aprende a concretar admiraciones y desprecios, tarea tan necesaria en estas tierras yermas y pusilánimes."
Cobo Borda también nos enseñó a apreciar de otra manera la obra del polémico ensayista Germán Arciniegas, de quien retoma su vocación americana, pero en su caso, alejada de las consignas políticas. Esto explica el título del libro que refiero: Papeles americanos con el que el Instituto Caro y Cuervo le rinde un homenaje. Me parece a mí que Cobo comparte con Arciniegas cierta irreverencia. No hay que olvidar que el autor del conmovedor ensayo América tierra firme, se propuso volver del revés nuestra histórica enseñándonos lo mucho que América aporto a los europeos.
Además, Cobo Borda comparte con Borges su actitud de “no tomarse demasiado en serio”, que atraviesa sus primeros poemas, en libros como Ofrenda en el altar del bolero (1981), pero que derivará en la búsqueda del goce sensual, como él mismo explica:
“[…] aspiro a que mis poemas expresen el goce y el encanto, la emotividad honesta y la dicha a flor de piel. Mi perplejidad oblicua y mi furia purificada. Como dice el maestro Obregón: mi oficio es estar inspirado”.
Precisamente, Borges es para Cobo Borda una pasión irrenunciable. No en vano, el primer artículo de Papeles americanos se titula "Volver a Borges" una visita que empieza con los orígenes literarios del autor en España, pasando por su descubrimiento de las calles de Buenos Aires, después por sus arrabales, hasta la provincia donde se reencuentra con la tradición gauchesca para acabar perdiéndose en lejanas en remotas tradiciones, buscando a los muchos Borges que fue.
Cobo Borda traza de este modo una cartografía, a la vez que señala convergencias, puntos de encuentro en el tiempo y en el espacio. Del México de Octavio Paz nos lleva al Buenos Aires de Cortázar. Siguimos con él azarosas travesías como las de sirios y libaneses que llegaron a Colombia y arraigaron en el país. Meira del Mar, Luis Fayad y Giovanni Quesseps, autores que hacen parte del canon de nuestra literatura, son ejemplo de ello. Sorprende su capacidad para establecer conexiones, su aguda mirada cuando lee entre líneas lo que no es evidente para el lector, o cuando descubre la humanidad del autor y pone en evidencia sus contradicciones, como en el caso de Pablo Neruda.
También podríamos trazar una genealogía y una cartografía del propio Cobo Borda que lo situaría en su ciudad natal, primero en los claustros de la Universidad Nacional, que abandona para entregarse a los libros. Luego en la mítica librería Bücholz de la avenida Jiménez de Quezada donde también dirigió la revista Eco -que tuvo como redactores, además de Cobo Borda, a José María Castellet-. Años después como director de publicaciones de Colcultura y de la revista Gazeta que nos deleitó con monográficos a través de los cuales nos pusimos al día con la literatura que se escribía en nuestros países vecinos, por entonces. Posteriormente lo veríamos como subdirector de la Biblioteca Nacional y más tarde, como diplomático en Buenos Aires, Madrid y Atenas, siempre en relación con los libros; hasta llegar a la biblioteca de su casa desde donde nos habla.
He de aprovechar esta ocasión para manifestar lo mucho que debo a Juan Gustavo Cobo Borda como colombiana y como escritora. Agradezco, por encima de todo, el privilegio de una amistad en la distancia, su reconocimiento emocionado de alguna lectura y más de una oportunidad, que me permitió seguir adelante en este incierto camino de la escritura. Cierro este homenaje con unos versos suyos impregnados de tensa y contenida rebeldía, donde presentimos al poeta en diálogo consigo mismo.
Escribir como se nos da la gana,
sin laúd,
un idioma para ladrar desde las tablas del escenario.
No esta literatura, como dijo Martín Adán,
que 'huele a ropero de vieja
con vagos efluvios de tomillo,
llena de vagos pecados que no llegan a cometerse'.
¿Pero se puede acaso escribir sin censura,
vale la pena decir todo?
Se hizo la pregunta a sí mismo
pero era en realidad una pregunta retórica.
Tomado del poema “Poesía y naturaleza: relaciones oblicuas”.
lunes, 19 de septiembre de 2016
domingo, 10 de abril de 2016
De Jeromín a don Juan de Austria, Luis Coloma
Don Juan de Austria (1547-1578), hijo bastardo del emperador Carlos,hermano de Felipe II, llegó a ser muy temido en la Europa de su tiempo. Héroe de Lepanto, la batalla que aseguró la hegemonía sobre el Mediterráneo de las potencias europeas, fue amado por unos, envidiado por otros. Entre luces y sombras, su vida se vio sujeta a las intrigas palaciegas que precipitaron su amargo final. Con los triunfos bélicos conseguidos aseguró los dominios del imperio español en Italia y Países Bajos. Esto no lo hizo, sin embargo, merecedor de la confianza de su hermano, todo lo contrario, temeroso de que pudiera abrigar tanta ambición como para arrebatarle la corona, Felipe II lo mantuvo alejado de la Corte y de España. No le reconoció debidamente los méritos, ni le concedió los privilegios prometidos, como tampoco facilitó que se le rindieran los honores de alteza real, a los que tenía derecho. Influyó en la severidad y ambigüedad de su conducta, según parece, el célebre Secretario de Estado, Antonio Pérez quien alimentó dudas respecto al hermanastro.
La juventud intrépida de don Juan, su valor, osadía y mesura en los asuntos de Estado inspiraron una leyenda que dio lugar a numerosas novelas y relatos. Quizás la más conocida sea la del sacerdote jesuita Luis Coloma, Jeromín escrita en 1903 y publicada en 1907. Autor del relato infantil El ratón Pérez, Coloma es considerado por la crítica académica como un “novelista menor del realismo” (véase Emilio González López, 1965). Pero su talento narrativo fue reconocido por Emilia Pardo Bazán, católica como él, quien señaló en su novela Pequeñeces (que se instala en el periodo de la Restauración en España) un “realismo calculado”, así como una especial habilidad para seleccionar con atrevimiento y cautela determinados detalles de la realidad que seducen al lector.
Como novelista, Coloma no pretendía polemizar con los historiadores, mucho menos cuestionar hechos asumidos por las instituciones del poder. En el Manual de literatura española (1983) Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres consideran que Jeromín es la mejor obra del autor. La fuente de Coloma para este relato histórico es Lorenzo Van der Hammen, primer biógrafo de don Juan, a quien cita a menudo. El manual destaca en Jeromín la muy bien lograda ambientación de la época y el aprovechamiento por el autor de los aspectos de mayor interés novelesco. Viene a decir lo mismo que Pardo Bazán, quien sabía de lo que hablaba porque conocía sobradamente a los grandes realistas franceses y rusos.
¿A más de un siglo de la publicación de esta novela, qué provecho y disfrute podemos sacar de la misma? Al margen de la ideología del autor y de su intención en el momento en que ve la luz este libro, pienso que el mérito radica en su apropiación del realismo entendido como "efecto de realidad" y en el tratamiento de un personaje cautivador, que desconoce sus orígenes y está llamado a realizar grandes hazañas. La humildad del niño Jeromín contrasta con la figura de don Juan que representa el poderío de la Corona española en lucha contra los moriscos rebeldes de Granada, así como contra los turcos y los protestantes. Pero, a la vez, este joven apuesto se convierte en el espejo en que se mira un monarca de compleja personalidad, severo y de proverbial austeridad.
La obra alcanzó una importante recepción como lectura juvenil, ejemplo de valores cristianos. Pero es obvio que el anticlericalismo de la España de principios del siglo XX no simpatizaba con autores como Coloma. Más allá de la cuestión religiosa de fondo, Jeromín atrapa porque instala al lector en la situación de un niño que no sabe quién es. La incertidumbre de los orígenes es patrón que ofrece grandes posibilidades narrativas. Como en un folletín, el niño que juega en la calle con los rapaces descubre su linaje real, alimentado con ello la imaginación popular. Jeromín conoce a su verdadero padre, el emperador Carlos V, a la edad de once años y a su hermano, Felipe II, a los catorce. En la corte se ve envuelto en asuntos turbios relacionados con el enfermizo y trastornado príncipe Carlos, que pretendía asesinar al rey, su padre. Don Juan sale airoso de este episodio, rumbo a Italia para cumplir con la misión militar al servicio de la Corona en la que también se embarcaría Cervantes, su contemporáneo.
El hábil manejo de la intriga nos instala en la España de Felipe II, en las costumbres de la Corte y en la mentalidad de la época. Poco importa la ideología del padre Coloma para quien la novela es como el púlpito y su función de narrador no es otra que predicar el Evangelio. La obra sobrepasa esas limitaciones al penetrar la realidad y descubrirnos verdades humanas universales. No existen razones para descalificar a un autor por la ideología que profesa. Francia aporta ejemplos de autores católicos como Joris-Karl Huysmans, en su segunda época, o Paul Claudel que hacen parte del canon literario, sin que la crítica autorizada los menosprecie.
Destaco en esta novela de Coloma su habilidad para dosificar la información (el realismo contenido al que se refiere Pardo Bazán). Paso a paso, el narrador nos prepara para que simpaticemos con su personaje. Lo vemos jugando en la calle a moros cristianos con otros niños de su edad. De repente, unos seres extraños le arrebatan aquella infancia feliz. Lo que sigue es una preparación para conducirnos a la verdad, cuando el niño se entera de que su padre es el emperador Carlos V, quien está próximo a morir, como se representa en un célebre cuadro. Esta verdad viene envuelta en los velos del protocolo que exige la corte con su séquito de secretarios y ayudas de cámara. Después vienen los años de estudiante en Alcalá de Henares, junto con el príncipe don Carlos y Alejandro Farnesio. Allí deja memoria de sus amores y una hija que ingresará en una orden religiosa. Su vida posterior de militar y político pasa por un intrincado laberinto burocrático que le impide disfrutar plenamente de los triunfos. En el relato desfilan personajes oscuros como la princesa de Éboli y luminosos como Teresa de Jesús.
Resulta decisiva la cristiana educación que recibe don Juan de los padres adoptivos, que respetan su inclinación por la carrera militar sin imponerle la vocación religiosa. Nobleza, prudencia, prudencia, humildad, heroicidad y generosidad, son las virtudes que adornan esta personalidad. Es muy difícil no simpatizar con él; por eso conmueve su tragedia, la temprana muerte del joven militar que fue todo aquello que Felipe II no llegó a ser, rápido con la espada, desbordante de ánimo y amante de la guerra. Las circunstancias de su muerte no se desvelan en este relato, quedan sombras que señalan a personas influyentes como el mismo Antonio Pérez, sobre quien el autor corre un velo. Coloma entiende que corresponde a los historiadores desvelar el misterio a partir de las fuentes documentales.
La juventud intrépida de don Juan, su valor, osadía y mesura en los asuntos de Estado inspiraron una leyenda que dio lugar a numerosas novelas y relatos. Quizás la más conocida sea la del sacerdote jesuita Luis Coloma, Jeromín escrita en 1903 y publicada en 1907. Autor del relato infantil El ratón Pérez, Coloma es considerado por la crítica académica como un “novelista menor del realismo” (véase Emilio González López, 1965). Pero su talento narrativo fue reconocido por Emilia Pardo Bazán, católica como él, quien señaló en su novela Pequeñeces (que se instala en el periodo de la Restauración en España) un “realismo calculado”, así como una especial habilidad para seleccionar con atrevimiento y cautela determinados detalles de la realidad que seducen al lector.
Como novelista, Coloma no pretendía polemizar con los historiadores, mucho menos cuestionar hechos asumidos por las instituciones del poder. En el Manual de literatura española (1983) Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres consideran que Jeromín es la mejor obra del autor. La fuente de Coloma para este relato histórico es Lorenzo Van der Hammen, primer biógrafo de don Juan, a quien cita a menudo. El manual destaca en Jeromín la muy bien lograda ambientación de la época y el aprovechamiento por el autor de los aspectos de mayor interés novelesco. Viene a decir lo mismo que Pardo Bazán, quien sabía de lo que hablaba porque conocía sobradamente a los grandes realistas franceses y rusos.
¿A más de un siglo de la publicación de esta novela, qué provecho y disfrute podemos sacar de la misma? Al margen de la ideología del autor y de su intención en el momento en que ve la luz este libro, pienso que el mérito radica en su apropiación del realismo entendido como "efecto de realidad" y en el tratamiento de un personaje cautivador, que desconoce sus orígenes y está llamado a realizar grandes hazañas. La humildad del niño Jeromín contrasta con la figura de don Juan que representa el poderío de la Corona española en lucha contra los moriscos rebeldes de Granada, así como contra los turcos y los protestantes. Pero, a la vez, este joven apuesto se convierte en el espejo en que se mira un monarca de compleja personalidad, severo y de proverbial austeridad.
La obra alcanzó una importante recepción como lectura juvenil, ejemplo de valores cristianos. Pero es obvio que el anticlericalismo de la España de principios del siglo XX no simpatizaba con autores como Coloma. Más allá de la cuestión religiosa de fondo, Jeromín atrapa porque instala al lector en la situación de un niño que no sabe quién es. La incertidumbre de los orígenes es patrón que ofrece grandes posibilidades narrativas. Como en un folletín, el niño que juega en la calle con los rapaces descubre su linaje real, alimentado con ello la imaginación popular. Jeromín conoce a su verdadero padre, el emperador Carlos V, a la edad de once años y a su hermano, Felipe II, a los catorce. En la corte se ve envuelto en asuntos turbios relacionados con el enfermizo y trastornado príncipe Carlos, que pretendía asesinar al rey, su padre. Don Juan sale airoso de este episodio, rumbo a Italia para cumplir con la misión militar al servicio de la Corona en la que también se embarcaría Cervantes, su contemporáneo.
El hábil manejo de la intriga nos instala en la España de Felipe II, en las costumbres de la Corte y en la mentalidad de la época. Poco importa la ideología del padre Coloma para quien la novela es como el púlpito y su función de narrador no es otra que predicar el Evangelio. La obra sobrepasa esas limitaciones al penetrar la realidad y descubrirnos verdades humanas universales. No existen razones para descalificar a un autor por la ideología que profesa. Francia aporta ejemplos de autores católicos como Joris-Karl Huysmans, en su segunda época, o Paul Claudel que hacen parte del canon literario, sin que la crítica autorizada los menosprecie.
Destaco en esta novela de Coloma su habilidad para dosificar la información (el realismo contenido al que se refiere Pardo Bazán). Paso a paso, el narrador nos prepara para que simpaticemos con su personaje. Lo vemos jugando en la calle a moros cristianos con otros niños de su edad. De repente, unos seres extraños le arrebatan aquella infancia feliz. Lo que sigue es una preparación para conducirnos a la verdad, cuando el niño se entera de que su padre es el emperador Carlos V, quien está próximo a morir, como se representa en un célebre cuadro. Esta verdad viene envuelta en los velos del protocolo que exige la corte con su séquito de secretarios y ayudas de cámara. Después vienen los años de estudiante en Alcalá de Henares, junto con el príncipe don Carlos y Alejandro Farnesio. Allí deja memoria de sus amores y una hija que ingresará en una orden religiosa. Su vida posterior de militar y político pasa por un intrincado laberinto burocrático que le impide disfrutar plenamente de los triunfos. En el relato desfilan personajes oscuros como la princesa de Éboli y luminosos como Teresa de Jesús.
Resulta decisiva la cristiana educación que recibe don Juan de los padres adoptivos, que respetan su inclinación por la carrera militar sin imponerle la vocación religiosa. Nobleza, prudencia, prudencia, humildad, heroicidad y generosidad, son las virtudes que adornan esta personalidad. Es muy difícil no simpatizar con él; por eso conmueve su tragedia, la temprana muerte del joven militar que fue todo aquello que Felipe II no llegó a ser, rápido con la espada, desbordante de ánimo y amante de la guerra. Las circunstancias de su muerte no se desvelan en este relato, quedan sombras que señalan a personas influyentes como el mismo Antonio Pérez, sobre quien el autor corre un velo. Coloma entiende que corresponde a los historiadores desvelar el misterio a partir de las fuentes documentales.
domingo, 27 de marzo de 2016
Antonio Beneyto, pintor postista
Antonio Beneyto se define como “postista gótico” con las connotaciones que los dos términos arrastran, entre otras, postura ética y estética y arraigo en un lugar con su historia. Heredero de las vanguardias de entreguerras, el postismo en el que se circunscribe su obra retomó el aliento del surrealismo hacia 1946, en un momento en que España vacilaba entre el concepto purista de la poesía y el compromiso social. Los postistas, en cambio, defendían el impulso de la imaginación libre, en el arte, y el sentido lúdico de la vida. Humor, disparate, absurdo y locura, alimentan la poesía de autores como Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro, fundadores del movimiento, junto con el italiano Silvano Sernesi.
El poeta Jaime Parra, en su prólogo al libro de Beneyto Un bárbaro en Barcelona, define el postismo con gran precisión: “Porque el postismo es un ismo singular, fraterniza. Euritmia es su definición como Eureka es su resolución. Euritmia entre los ismos, armonía, exaltación. Espontaneidad, líneas, enderezamiento, juego, enigma y morfología. Nadie atinará a ver el postismo si no es un iniciado, si no tiene ojo y oreja.” Y es que gracias a la agudeza de los sentidos y a una apertura mental, es posible acoger al otro y enriquecerse con sus aportaciones; renovarse con lo inesperado, como ocurre con ciertas figuras clave que, sin proponérselo, se fusionan con extrañas materias sin temor al contagio, alimentado su obra de diversas influencias.
El hecho es que los poetas españoles de finales de los cuarenta se desviaban de la tendencia hegemónica canalizando su inspiración hacia las propuestas vanguardistas, relegadas tras la guerra civil. Por el contrario, el surrealismo en Hispanoamérica seguía una línea de continuidad en un terreno tan propicio como el del Río de la Plata donde produjo fantásticos frutos. Allí una importante nómina renovaría las formas, agrupados primero en torno a publicaciones como Que (1928), revista fiel a las propuestas de Breton y posteriormente de Ciclo (1948-49), abierta a otras estéticas vanguardistas; o A partir de 0 (1952-1956), dirigida por Enrique Molina, figura emblemática del surrealismo en aquella región. Humor, erotismo, absurdo, imaginación y pulsión rupturista, definirían su poesía.
No hay que olvidar que fue un uruguayo nacido en 1846, el conde de Lautremont, quien presintió, gestó y conjuró en sus Cantos de Maldoror el surrealismo. Tampoco podemos pasar por encima de esa rareza inclasificable que ilumina nuestro horizonte intelectual, Macedonio Fernández, maestro de Borges, filósofo ajeno a toda erudición libresca y de una deslumbrante sabiduría. En el modesto lugar, en el que se situó él mismo, fue mucho más lejos que ninguno en sus búsquedas, quebrando las categorías filosóficas para instalándonos en una nueva visión del cosmos y una propuesta vital que formula en obras como No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Estos dos nombres explican la fascinación de Beneyto por los personajes, los temas y las locuras de “la otra orilla”, de donde llegan los aires renovadores que necesitaba una parte de juventud española de los sesenta y setenta.
Como es sabido, desde Rubén Darío, a España solían arribar los intelectuales con cargos diplomáticos, o como estudiantes. Recordemos en los cincuenta a los integrantes del grupo de la revista Mito en Colombia los poetas Eduardo Cote Lamus, Jorge Gaitán Durán, o el crítico Rafael Gutiérrez Girardot, fundador de la editorial Taurus. También al novelista Eduardo Caballero Calderón, fundador de la editorial Guadarrama. Destaca entre ellos el poeta Eduardo Carranza, mimado por el régimen, cuya presencia marcaría un momento en las relaciones intelectuales entre España e Hispanoamérica con la creación del Instituto de Cultura hispánica. Fuera de ese circuito podemos mencionar al narrador y poeta Darío Ruiz Gómez del que diría su amigo y compañero de estudios, Rafael Conte, que ya había leído todos los libros del mundo.
De otra naturaleza serán las redes que fue tejiendo Antonio Beneyto en Barcelona en torno a afinidades y elecciones, al margen de la cultura oficial. Si bien la posguerra había condenando al exilio a sus intelectuales, la relación con los compatriotas no se rompió. Ahí estaban las revistas, los libros que podían colarse en el equipaje de los viajeros y la relación epistolar que hoy se ha perdido con las tecnologías. Entonces, gracias a las cartas que iban y venían, se concretaban los proyectos. Así contactaron por primera Alejandra Pizarnik y Antonio Beneyto quienes no se conocieron personalmente.
También hay que tener en cuenta el impacto del boom que en los setenta trajo a la Península a autores de la dimensión García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa, quienes revolucionaron el arte de narrar con sus propuestas vanguardistas. Estos ponían en cuestión la noción de la realidad, rompiendo la secuencia lineal del tiempo, trastocando la percepción del espacio, abordando desde distintas perspectivas al personaje o borrando las fronteras entre el sueño y la realidad, como si el fluido surrealista hubiese contaminando la novela. Con ellos Barcelona se llenó de “salvajes” aprendices de escritores que querían matar al padre. Estos no eran postistas, sino posmodernos tras las huellas de Cortázar, el niño gigante que nos devuelve al encantado jardín de la inocencia donde quedara presa del asombro Alejandra Pizarnik.
Gracias a la dinámica teoría de los vasos comunicantes, del puerto de Buenos Aires al puerto de Barcelona, Beneyto, poeta, pintor, ensayista, narrador y editor, tiende una red que alcanza a Venezuela, Colombia y México. Las luces del surrealismo encienden su imaginación, afinan el oído y la vista para las visiones nocturnas que salpican sus telas y que evocan las pesadillas del conde de Lautremont, o los desgarros de Pizarnik. El punto de encuentro, insisto, es la ciudad condal; el vínculo entre ellos es el surrealismo, como espiral que se concentra en torno a Maldoror y se expande hacia otras épocas y geografías.
Servirá de puente el poeta y pintor Antonio Fernández Molina, ligado a la revista dirigida por Camilo José Cela, Papeles Son Armadans, quien le dio a leer a Beneyto -también colaborador de esa revista- el libro inédito Nombres y figuras, de Pizarnik, que lo deslumbró, por lo que se propuso publicarlo en la colección a su cargo. A partir de ese proyecto se inicia una relación epistolar en la que se intercambian dibujos, fotografías y poemas, la vez que se comparten lecturas. La relación traerá a otros argentinos como el poeta y editor Arturo Carrera, que iba a Barcelona a ver García Márquez, Dalí; a Julio Cortázar con quien Beneyto mantiene correspondencia y a quien despide en el aeropuerto tres meses antes de su muerte.
También está en esa red el poeta y editor argentino patafísico, Norberto Gimelfard, Adolfo Bio Casares y Raúl Núñez cuyo encuentro Beneyto nos describe así en sus Escritos caóticos: “Raúl Núñez ya llegó enganchado, enganchado a lo beatífico o para mejor decir, a lo beat: él sabía de los Kerouac, Carrady, Ferlinghetti, Corso, Orlowsky, Burroughs, Gysin, Ginsberg y por algo traía entre su equipaje los poemas de los ángeles náufragos.” (pág. 28). La cita es en El Paraigüa en el barrio gótico donde lo espera leyendo Los Cantos de Maldoror. En este libro Beneyto también da cuenta de la fascinación por Macedonio Fernández, y Oliverio Girondo.
De otras geografías, acaso enmarañadas, abruptas y anegadas de sueños, viene el venezolano Arturo Uslar Pietri, paisano de José Antonio Ramos Sucre prevanguardista suicida, ignorado por décadas al no poder ser clasificado, y cuya obra reseña Beneyto; o Argenis Rodríguez a quien considera un “loco de la escritura” y del que refiere frases memorables de su diario, en el que se pone en evidencia su pasión por autores como Strindberg, Hölderling, Kierkeegard o Tolstoy, lo que nos puede dar una idea del personaje.
A la lista de amigos, conocidos o leídos, han de sumarse los chilenos José Donoso y Roberto Bolaño, la uruguaya Cristina Peri Rossi, los colombianos Óscar Collazos, Rafael Humberto Moreno Durán, Elena Araújo y Mario Lafont, poeta y pintor considerado por Octavio Paz como el más importante poeta surrealista hispanoamericano. Queda constancia de la relación con este particular personaje enfermo de bohemia, autor de un libro desaparecido Poemas podridos (Nueva York, Villamiseria), gracias al testimonio de Jaime Parra, amigo y compañeros de aventuras de Beneyto quien asegura que Lafont fue un guía en sus lecturas surrealistas.
Lo anterior demuestra la predilección de Beneyto por los autores de la zona del Plata, del Orinoco y de la Amazonía, así como su atracción por los pintores poetas y narradores vanguardistas, breves, fantásticos y heterodoxos que su capacidad de asombro y disposición para lo fantástico le permitieron escuchar. Gracias a tan beneficiosas influencias Beneyto ha vivido como un hispanoamericano en el barrio gótico de Barcelona donde escribe y pinta. En definitiva, un bárbaro, tal y como se define en su “Apòcrif autoretrat”: Ahora, cuando aún caminas, / caminas por el dédalo de callejas / de tu barrio gótico: Barcelona. / ¡Pozo de alegría!/ ¡Tantos, tantos años!/ La vida insistente, / sigue abrazándote, / echando la garfa.
El poeta Jaime Parra, en su prólogo al libro de Beneyto Un bárbaro en Barcelona, define el postismo con gran precisión: “Porque el postismo es un ismo singular, fraterniza. Euritmia es su definición como Eureka es su resolución. Euritmia entre los ismos, armonía, exaltación. Espontaneidad, líneas, enderezamiento, juego, enigma y morfología. Nadie atinará a ver el postismo si no es un iniciado, si no tiene ojo y oreja.” Y es que gracias a la agudeza de los sentidos y a una apertura mental, es posible acoger al otro y enriquecerse con sus aportaciones; renovarse con lo inesperado, como ocurre con ciertas figuras clave que, sin proponérselo, se fusionan con extrañas materias sin temor al contagio, alimentado su obra de diversas influencias.
El hecho es que los poetas españoles de finales de los cuarenta se desviaban de la tendencia hegemónica canalizando su inspiración hacia las propuestas vanguardistas, relegadas tras la guerra civil. Por el contrario, el surrealismo en Hispanoamérica seguía una línea de continuidad en un terreno tan propicio como el del Río de la Plata donde produjo fantásticos frutos. Allí una importante nómina renovaría las formas, agrupados primero en torno a publicaciones como Que (1928), revista fiel a las propuestas de Breton y posteriormente de Ciclo (1948-49), abierta a otras estéticas vanguardistas; o A partir de 0 (1952-1956), dirigida por Enrique Molina, figura emblemática del surrealismo en aquella región. Humor, erotismo, absurdo, imaginación y pulsión rupturista, definirían su poesía.
No hay que olvidar que fue un uruguayo nacido en 1846, el conde de Lautremont, quien presintió, gestó y conjuró en sus Cantos de Maldoror el surrealismo. Tampoco podemos pasar por encima de esa rareza inclasificable que ilumina nuestro horizonte intelectual, Macedonio Fernández, maestro de Borges, filósofo ajeno a toda erudición libresca y de una deslumbrante sabiduría. En el modesto lugar, en el que se situó él mismo, fue mucho más lejos que ninguno en sus búsquedas, quebrando las categorías filosóficas para instalándonos en una nueva visión del cosmos y una propuesta vital que formula en obras como No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Estos dos nombres explican la fascinación de Beneyto por los personajes, los temas y las locuras de “la otra orilla”, de donde llegan los aires renovadores que necesitaba una parte de juventud española de los sesenta y setenta.
Como es sabido, desde Rubén Darío, a España solían arribar los intelectuales con cargos diplomáticos, o como estudiantes. Recordemos en los cincuenta a los integrantes del grupo de la revista Mito en Colombia los poetas Eduardo Cote Lamus, Jorge Gaitán Durán, o el crítico Rafael Gutiérrez Girardot, fundador de la editorial Taurus. También al novelista Eduardo Caballero Calderón, fundador de la editorial Guadarrama. Destaca entre ellos el poeta Eduardo Carranza, mimado por el régimen, cuya presencia marcaría un momento en las relaciones intelectuales entre España e Hispanoamérica con la creación del Instituto de Cultura hispánica. Fuera de ese circuito podemos mencionar al narrador y poeta Darío Ruiz Gómez del que diría su amigo y compañero de estudios, Rafael Conte, que ya había leído todos los libros del mundo.
De otra naturaleza serán las redes que fue tejiendo Antonio Beneyto en Barcelona en torno a afinidades y elecciones, al margen de la cultura oficial. Si bien la posguerra había condenando al exilio a sus intelectuales, la relación con los compatriotas no se rompió. Ahí estaban las revistas, los libros que podían colarse en el equipaje de los viajeros y la relación epistolar que hoy se ha perdido con las tecnologías. Entonces, gracias a las cartas que iban y venían, se concretaban los proyectos. Así contactaron por primera Alejandra Pizarnik y Antonio Beneyto quienes no se conocieron personalmente.
También hay que tener en cuenta el impacto del boom que en los setenta trajo a la Península a autores de la dimensión García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa, quienes revolucionaron el arte de narrar con sus propuestas vanguardistas. Estos ponían en cuestión la noción de la realidad, rompiendo la secuencia lineal del tiempo, trastocando la percepción del espacio, abordando desde distintas perspectivas al personaje o borrando las fronteras entre el sueño y la realidad, como si el fluido surrealista hubiese contaminando la novela. Con ellos Barcelona se llenó de “salvajes” aprendices de escritores que querían matar al padre. Estos no eran postistas, sino posmodernos tras las huellas de Cortázar, el niño gigante que nos devuelve al encantado jardín de la inocencia donde quedara presa del asombro Alejandra Pizarnik.
Gracias a la dinámica teoría de los vasos comunicantes, del puerto de Buenos Aires al puerto de Barcelona, Beneyto, poeta, pintor, ensayista, narrador y editor, tiende una red que alcanza a Venezuela, Colombia y México. Las luces del surrealismo encienden su imaginación, afinan el oído y la vista para las visiones nocturnas que salpican sus telas y que evocan las pesadillas del conde de Lautremont, o los desgarros de Pizarnik. El punto de encuentro, insisto, es la ciudad condal; el vínculo entre ellos es el surrealismo, como espiral que se concentra en torno a Maldoror y se expande hacia otras épocas y geografías.
Servirá de puente el poeta y pintor Antonio Fernández Molina, ligado a la revista dirigida por Camilo José Cela, Papeles Son Armadans, quien le dio a leer a Beneyto -también colaborador de esa revista- el libro inédito Nombres y figuras, de Pizarnik, que lo deslumbró, por lo que se propuso publicarlo en la colección a su cargo. A partir de ese proyecto se inicia una relación epistolar en la que se intercambian dibujos, fotografías y poemas, la vez que se comparten lecturas. La relación traerá a otros argentinos como el poeta y editor Arturo Carrera, que iba a Barcelona a ver García Márquez, Dalí; a Julio Cortázar con quien Beneyto mantiene correspondencia y a quien despide en el aeropuerto tres meses antes de su muerte.
También está en esa red el poeta y editor argentino patafísico, Norberto Gimelfard, Adolfo Bio Casares y Raúl Núñez cuyo encuentro Beneyto nos describe así en sus Escritos caóticos: “Raúl Núñez ya llegó enganchado, enganchado a lo beatífico o para mejor decir, a lo beat: él sabía de los Kerouac, Carrady, Ferlinghetti, Corso, Orlowsky, Burroughs, Gysin, Ginsberg y por algo traía entre su equipaje los poemas de los ángeles náufragos.” (pág. 28). La cita es en El Paraigüa en el barrio gótico donde lo espera leyendo Los Cantos de Maldoror. En este libro Beneyto también da cuenta de la fascinación por Macedonio Fernández, y Oliverio Girondo.
De otras geografías, acaso enmarañadas, abruptas y anegadas de sueños, viene el venezolano Arturo Uslar Pietri, paisano de José Antonio Ramos Sucre prevanguardista suicida, ignorado por décadas al no poder ser clasificado, y cuya obra reseña Beneyto; o Argenis Rodríguez a quien considera un “loco de la escritura” y del que refiere frases memorables de su diario, en el que se pone en evidencia su pasión por autores como Strindberg, Hölderling, Kierkeegard o Tolstoy, lo que nos puede dar una idea del personaje.
A la lista de amigos, conocidos o leídos, han de sumarse los chilenos José Donoso y Roberto Bolaño, la uruguaya Cristina Peri Rossi, los colombianos Óscar Collazos, Rafael Humberto Moreno Durán, Elena Araújo y Mario Lafont, poeta y pintor considerado por Octavio Paz como el más importante poeta surrealista hispanoamericano. Queda constancia de la relación con este particular personaje enfermo de bohemia, autor de un libro desaparecido Poemas podridos (Nueva York, Villamiseria), gracias al testimonio de Jaime Parra, amigo y compañeros de aventuras de Beneyto quien asegura que Lafont fue un guía en sus lecturas surrealistas.
Lo anterior demuestra la predilección de Beneyto por los autores de la zona del Plata, del Orinoco y de la Amazonía, así como su atracción por los pintores poetas y narradores vanguardistas, breves, fantásticos y heterodoxos que su capacidad de asombro y disposición para lo fantástico le permitieron escuchar. Gracias a tan beneficiosas influencias Beneyto ha vivido como un hispanoamericano en el barrio gótico de Barcelona donde escribe y pinta. En definitiva, un bárbaro, tal y como se define en su “Apòcrif autoretrat”: Ahora, cuando aún caminas, / caminas por el dédalo de callejas / de tu barrio gótico: Barcelona. / ¡Pozo de alegría!/ ¡Tantos, tantos años!/ La vida insistente, / sigue abrazándote, / echando la garfa.
viernes, 11 de marzo de 2016
Rubén Darío poeta americano*
Rubén Darío es considerado el poeta americano más grande y el arquetipo del intelectual que vivió por y para la poesía. Como afirma Jorge Urrutia, Darío no fue, como otros escritores, un funcionario o un político que se dedicaban a la literatura, de los que tantos ejemplos nos ofrece España. Tal es el caso de Campoamor, Núñez de Arce y del propio Castelar, quienes además de ejercer un cargo se dedicaban a la literatura. Muchos escritores de la generación de Darío fueron maestros o catedráticos de instituto, que en sus ratos libres colaboraban con la prensa y componían versos.
Darío, por el contrario, es el poeta que se ve obligado a realizar diversos oficios para cubrir sus necesidades básicas. Desde la más tierna edad demostró una asombrosa habilidad para componer versos. Fue reconocido en su tierra natal como el “niño poeta” por esta prodigiosa capacidad. La poesía le abrió las puertas de los salones y las tertulias donde sorprendió por su talento. Puede decirse que ante la orfandad y las nubes sobre su pasado, la poesía no solo justificó su existencia sino que, además, lo lanzó al mundo. No lo presentó el padre incapaz velar por él, ni la madre que lo entregó a unos parientes, quienes se ocuparon de su educación. La poesía fue para él la única carta de presentación.
.
A pesar de ser un caso único, la vida de Rubén Darío presenta ciertos rasgos comunes con otros escritores americanos, como Gabriel García Márquez. Igual que Darío, éste no creció con sus padres, con quienes se reúne años después, hecho que deja una huella profunda en el caso de Darío. Es el padre adoptivo quien se convierte en guía y lo acerca a la poesía. García Márquez se cría con los abuelos. El viejo coronel lo inicia en el conocimiento del mundo, de la misma manera que el coronel Félix Sarmiento lleva a Darío a conocer el hielo (el abuelo de García Márquez hace lo mismo). Los dos crecen en un ambiente de provincia donde cada acontecimiento novedoso adquiere dimensiones mágicas: la llegada de los saltimbanquis, o de los magos que enciende la imaginación infantil. Los dos ejercen el periodismo, actividad que les aporta el sustento y en la que despliegan su talento literario. Los dos viven la experiencia europea y recorren el mundo. Ambos asumen un compromiso político en momentos coyunturales.
Rubén Darío aprende a leer a los tres años y compone versos por encargo para homenajear a personalidades. Siendo muy joven ocupa un puesto en la Biblioteca Nacional como secretario del presidente Cárdenas. Aprende del poeta Francisco Gavidia, escritor y educador salvadoreño, quien le hace ver las posibilidades rítmicas de la métrica alejandrina. Este poeta erudito no solo dominaba lenguas como el francés, el alemán, el inglés y el portugués, entre otras, sino que además conocía el latín, el griego y el maya-quiche. Pero Darío también recibe la influencia de la mulata Serapia que inocula en el niño la atracción por el misterio con los cuentos de monstruos y aparecidos que lo aterroriza en las noches (igual tarea cumple la abuela de García Márquez). Además, entre las primeras lecturas de estos escritores están la Biblia y las Mil y una noches. Sin duda, en estas comunes referencias podría estar el germen de una escritura americana.
Darío emigra a Chile donde publica una novela, Emelina, así como los primeros versos reunidos en Azul, ya publicados en el periódico El Heraldo. Envía el libro a Juan Valera, quien le escribe una carta elogiosa. El texto servirá de prólogo a posteriores ediciones. Estas palabras de Valera significan la consagración del joven poeta americano.
Después de Chile, Darío pasa a El Salvador, luego a Costa Rica y a Guatemala. La travesía centroamericana le permite impregnarse de la naturaleza y de las raíces indígenas y españolas que conforman la cultura americana. En 1892 es enviado a España por el gobierno de su país para asistir a la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Al llegar a Madrid ya es conocido por un grupo de poetas que lo reciben entusiasmados. Son jóvenes ansiosos de cambio y novedades.
Quisiera destacar, sin embargo, la importancia de las relaciones de Darío con otros poetas americanos. Rafael Núñez, presidente de Colombia y poeta también, lo nombra cónsul de Colombia en Buenos Aires. Antes de tomar posesión del cargo pasa por Nueva York donde se encuentra con José Martí, su maestro. Este lo recibe en un acto en el que interviene a favor de la lucha por la independencia de Cuba. De Nueva York pasa a París. Allí conoce al cronista Gómez Carrillo y a Sawa, quienes le presentan a Verlaine. En París se encuentra con el planfletario Vargas Vila con quien sella una entrañable amistad después de un desencuentro, debido a su relación con Rafael Núñez. En 1898 viaja a España tras la derrota de Cuba.
El poeta sorprende en cada público, bien sea con su «Salutación a la raza»: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!» (1892); en su repudio a la prepotencia de los Estados Unidos, que humilla a España y somete a las repúblicas hispanoamericanas (1898): «Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor /que pasa por las vértebras enormes de los Andes » («Oda a Roosvelt»), o en la celebración del III Centenario del Quijote, en 1905: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión […]» («Letanía al señor don Quijote»). Al margen de esta poesía épica o elegíaca, Darío nos deja cierta melancolía en los versos en los que se asoma al misterio en busca de la "luz divina de la poesía".
*Homenaje a Rubén Darío el pasado 8 de marzo en el Centro Asturiano de Madrid. En la mesa: el poeta Jorge Urrutia, la representante de la Embajada de Nicaragua Natalia Quant, Valentín Martínez, director del Centro Asturiano y yo misma. De pie, el poeta Javier Lostalé leyendo versos de Darío.
Darío, por el contrario, es el poeta que se ve obligado a realizar diversos oficios para cubrir sus necesidades básicas. Desde la más tierna edad demostró una asombrosa habilidad para componer versos. Fue reconocido en su tierra natal como el “niño poeta” por esta prodigiosa capacidad. La poesía le abrió las puertas de los salones y las tertulias donde sorprendió por su talento. Puede decirse que ante la orfandad y las nubes sobre su pasado, la poesía no solo justificó su existencia sino que, además, lo lanzó al mundo. No lo presentó el padre incapaz velar por él, ni la madre que lo entregó a unos parientes, quienes se ocuparon de su educación. La poesía fue para él la única carta de presentación.
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A pesar de ser un caso único, la vida de Rubén Darío presenta ciertos rasgos comunes con otros escritores americanos, como Gabriel García Márquez. Igual que Darío, éste no creció con sus padres, con quienes se reúne años después, hecho que deja una huella profunda en el caso de Darío. Es el padre adoptivo quien se convierte en guía y lo acerca a la poesía. García Márquez se cría con los abuelos. El viejo coronel lo inicia en el conocimiento del mundo, de la misma manera que el coronel Félix Sarmiento lleva a Darío a conocer el hielo (el abuelo de García Márquez hace lo mismo). Los dos crecen en un ambiente de provincia donde cada acontecimiento novedoso adquiere dimensiones mágicas: la llegada de los saltimbanquis, o de los magos que enciende la imaginación infantil. Los dos ejercen el periodismo, actividad que les aporta el sustento y en la que despliegan su talento literario. Los dos viven la experiencia europea y recorren el mundo. Ambos asumen un compromiso político en momentos coyunturales.
Rubén Darío aprende a leer a los tres años y compone versos por encargo para homenajear a personalidades. Siendo muy joven ocupa un puesto en la Biblioteca Nacional como secretario del presidente Cárdenas. Aprende del poeta Francisco Gavidia, escritor y educador salvadoreño, quien le hace ver las posibilidades rítmicas de la métrica alejandrina. Este poeta erudito no solo dominaba lenguas como el francés, el alemán, el inglés y el portugués, entre otras, sino que además conocía el latín, el griego y el maya-quiche. Pero Darío también recibe la influencia de la mulata Serapia que inocula en el niño la atracción por el misterio con los cuentos de monstruos y aparecidos que lo aterroriza en las noches (igual tarea cumple la abuela de García Márquez). Además, entre las primeras lecturas de estos escritores están la Biblia y las Mil y una noches. Sin duda, en estas comunes referencias podría estar el germen de una escritura americana.
Darío emigra a Chile donde publica una novela, Emelina, así como los primeros versos reunidos en Azul, ya publicados en el periódico El Heraldo. Envía el libro a Juan Valera, quien le escribe una carta elogiosa. El texto servirá de prólogo a posteriores ediciones. Estas palabras de Valera significan la consagración del joven poeta americano.
Después de Chile, Darío pasa a El Salvador, luego a Costa Rica y a Guatemala. La travesía centroamericana le permite impregnarse de la naturaleza y de las raíces indígenas y españolas que conforman la cultura americana. En 1892 es enviado a España por el gobierno de su país para asistir a la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Al llegar a Madrid ya es conocido por un grupo de poetas que lo reciben entusiasmados. Son jóvenes ansiosos de cambio y novedades.
Quisiera destacar, sin embargo, la importancia de las relaciones de Darío con otros poetas americanos. Rafael Núñez, presidente de Colombia y poeta también, lo nombra cónsul de Colombia en Buenos Aires. Antes de tomar posesión del cargo pasa por Nueva York donde se encuentra con José Martí, su maestro. Este lo recibe en un acto en el que interviene a favor de la lucha por la independencia de Cuba. De Nueva York pasa a París. Allí conoce al cronista Gómez Carrillo y a Sawa, quienes le presentan a Verlaine. En París se encuentra con el planfletario Vargas Vila con quien sella una entrañable amistad después de un desencuentro, debido a su relación con Rafael Núñez. En 1898 viaja a España tras la derrota de Cuba.
El poeta sorprende en cada público, bien sea con su «Salutación a la raza»: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!» (1892); en su repudio a la prepotencia de los Estados Unidos, que humilla a España y somete a las repúblicas hispanoamericanas (1898): «Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor /que pasa por las vértebras enormes de los Andes » («Oda a Roosvelt»), o en la celebración del III Centenario del Quijote, en 1905: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión […]» («Letanía al señor don Quijote»). Al margen de esta poesía épica o elegíaca, Darío nos deja cierta melancolía en los versos en los que se asoma al misterio en busca de la "luz divina de la poesía".
*Homenaje a Rubén Darío el pasado 8 de marzo en el Centro Asturiano de Madrid. En la mesa: el poeta Jorge Urrutia, la representante de la Embajada de Nicaragua Natalia Quant, Valentín Martínez, director del Centro Asturiano y yo misma. De pie, el poeta Javier Lostalé leyendo versos de Darío.
viernes, 26 de febrero de 2016
Miguel Ángel Asturias y el realismo mágico
Leyendas de Guatemala del Premio Nobel de Literatura en 1967, Miguel Ángel Asturias, se publicó en España en 1930 en la editorial Oriente. Este primer libro del autor fue escrito entre la euforia mundonovista que animaba las vanguardias europeas. Es un conjunto de narraciones, que el autor designó como "poemas sueño" y en el que se acercó a las culturas mayas-quiché desde un punto de vista antropológico libre de prejuicios. Quizás sin proponérselo, fundaba el realismo mágico y ponía a circular la literatura latinoamericana en el contexto internacional.
En Leyendas de Guatemala, Asturias se sumerge en los mitos fundacionales de las culturas ancestrales mesoamericanas superando la literatura indigenista.Con los procedimientos del surrealismo, nos despertaba la sensibilidad hacia las culturas indígenas cuya memoria se guardaba en el Popol Vuh, texto fundacional de la cultura maya-quiché. Leyendas de Guatemala también nos muestra la evolución de un intelectual latinoamericano, de formación positivista, que se despoja de sus prejuicios hacia los indígenas, y que intenta instalarse en su pensamiento para volcar la riqueza de su significado simbólico a la lengua española.
Miguel Ángel Asturias pasó los primeros años de su vida en contacto con los campesinos y las gentes humildes de su país, lo que le permitió descubrir su riqueza espiritual. Durante los años universitarios en Guatemala participó en las luchas contra el dictador Estrada Cabrera. Al terminar los estudios se graduó con una tesis: El problema social del indio, donde analizaba la realidad de Guatemala, denunciando la injusticia padecida por los más humildes.
Entre 1921 y 1923 el clima político del país se volvía intolerable por lo que los padres decidieron enviarlo a Europa. No era el único escritor de su país que padecía el destierro. También lo habían sufrido Enrique Gómez Carrillo, Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso.
Asturias vivió fuera de Guatemala hasta su fallecimiento -con unas breves estancias en el país-. Los dictadores que lo expulsaron no le perdonaron nunca libros como El señor presidente, paradigma de la novela de los dictadores. Incluso tras su muerte, la dictadura obstaculizó la difusión de su obra. Pese a esta distancia forzosa, escribió para sus compatriotas lo que le ocurrió al llegar a París: el descubrimiento de la realidad de un mundo nuevo -el propio- en la certeza de que lo maravilloso no estaba en Europa sino en América. En el Nuevo Mundo eran posibles la redención y la utopía, ante el sentimiento de decadencia y derrota que siguió a la primera guerra mundial
Asturias encarna el arquetipo del intelectual hispanoamericano comprometido, que viaja a Europa para profundizar en sus raíces y desde la marginalidad despierta la conciencia de la "otredad". Gracias a las propuestas del surrealismo y a muchos de sus procedimientos estéticos, encontró una vía para expresar la delicada sensibilidad de una cultura arcaica que se mantiene viva en las tradiciones del pueblo y en el inconsciente colectivo. Se trata de una lengua cercana a la magia que remite a los orígenes. Este esfuerzo de comprensión por parte de Asturias requirió una elaboración lingüística, así como la reconstrucción de un imaginario social y este constituyen uno de sus mayores logros.
Leyendas de Guatemala sorprendió en el momento de su publicación por la insólita belleza, musicalidad, colorido y desconcertante sensibilidad. A través de inéditas metáforas tenemos la imagen de un mundo en el que el pasado remoto y el presente se yuxtaponen (Guatemala como palimpsesto), ofreciéndonos la visión de construcciones superpuestas, una estratigrafía en la que se descubren templos y pirámides escalonadas, que nos hablan del esplendor y el ocaso de civilizaciones lejanas.
La sinfonía de colores que constituyen las leyendas es una enumeración caótica de objetos simbólicos que permanecen en la memoria colectiva, plumas multicolores, pétalos de flores, textura, arcilla y barro, dureza, de obsidiana que articulan el mundo simbólico del pueblo de los quiché, tierra de los árboles, país de verdes mansiones. Estos elementos, vivos a través de la tradición oral, afloran en el libro inaugural de Asturias con la magia y poesía que les dieron origen y en su mayor o menor grado de pureza.
El proceso de formación de Asturias coincide con la revolución surrealista liderada por Breton. En París descubre el pasado indígena, traduce con el Abate Mendoza el Popol Vuh y el Chilam Balam y bebe de las fuentes de cronistas como Bernal Díaz del Castillo. Como consecuencia de esas revelaciones, el surrealismo condujo hacia Latinoamérica a artistas como Artaud que iban en busca de la utopía de una vida convulsa y apasionada, imposible en una Europa dominada por la razón. Este movimiento transgresor, por el contrario, retornó a Asturias hacia sus orígenes.
Cargadas de resonancias oníricas, las narraciones de Asturias ofrecían una nueva concepción de la literatura que impresionó a los surrealistas. Francis Miomandre las tradujo al francés y las envió a Paul Valéry, quien respondió en una carta muy conocida en la que comenta la impresión que le dejó el texto: "¡Qué mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de Teología de Salamanca donde el Volcán, los frailes, el Hombre adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las ‘bandadas de pericos dominicales’, ‘los magos que van a las aldeas a enseñar la fabricación de los tejidos y el valor del Cero’ componen el más delirante de los sueños".
Asturias incorpora, además, leyendas y consejas, herencia de la tradición cristiana que funda la sociedad colonial, tales como los episodios del diluvio, las alusiones al demonio y apariciones de santos, como en "Leyenda del Volcán" donde se destaca el valor simbólico del santo, la azucena y el niño en cuyo honor se levanta un templo. El autor quiere revivir, mediante las imágenes, lo ancestral, mostrando lo que estaba oculto y fue iluminado por los formadores de vida, evocando las antiguas poesías salmodiadas, cantando en tono majestuoso las batallas de los hombres, confundidas con las manifestaciones de la naturaleza y con la participación de los animales. El mundo mítico de estas páginas desborda la fantasía y quiebra la facultad de alcanzar lo inesperado al introducirnos en la floresta de los dioses de Popol Vuh.
El "realismo mágico" supone la creación de una realidad mágica, mediante una elaboración estética y esta aventura resume el trabajo literario de Asturias. Éste pondrá al servicio de su estética los procedimientos que más tarde utilizará el realismo mágico, como la exageración hiperbólica, la deformación grotesca o caricatura esperpéntica, así como la ruptura de la secuencia lineal del tiempo: la anulación del mismo o desplazamiento a épocas remotas, hasta el origen. Sin embargo, tales recursos reducidos solo a técnica narrativa están muy lejos de lo significó aquel viaje a los orígenes del que emergen Las leyendas de Guatemala. El mayor mérito de Asturias, por tanto, fue superar el indigenismo maniqueo y tópico, sumergiéndose en las culturas ancestrales, rescatando su capacidad de metaforizar y representar el cosmos, desde conceptos antropológicos distintos, y emprender una portentosa elaboración lingüística que, forzosamente, cuestionaba logocentrismo occidental.
En Leyendas de Guatemala, Asturias se sumerge en los mitos fundacionales de las culturas ancestrales mesoamericanas superando la literatura indigenista.Con los procedimientos del surrealismo, nos despertaba la sensibilidad hacia las culturas indígenas cuya memoria se guardaba en el Popol Vuh, texto fundacional de la cultura maya-quiché. Leyendas de Guatemala también nos muestra la evolución de un intelectual latinoamericano, de formación positivista, que se despoja de sus prejuicios hacia los indígenas, y que intenta instalarse en su pensamiento para volcar la riqueza de su significado simbólico a la lengua española.
Miguel Ángel Asturias pasó los primeros años de su vida en contacto con los campesinos y las gentes humildes de su país, lo que le permitió descubrir su riqueza espiritual. Durante los años universitarios en Guatemala participó en las luchas contra el dictador Estrada Cabrera. Al terminar los estudios se graduó con una tesis: El problema social del indio, donde analizaba la realidad de Guatemala, denunciando la injusticia padecida por los más humildes.
Entre 1921 y 1923 el clima político del país se volvía intolerable por lo que los padres decidieron enviarlo a Europa. No era el único escritor de su país que padecía el destierro. También lo habían sufrido Enrique Gómez Carrillo, Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso.
Asturias vivió fuera de Guatemala hasta su fallecimiento -con unas breves estancias en el país-. Los dictadores que lo expulsaron no le perdonaron nunca libros como El señor presidente, paradigma de la novela de los dictadores. Incluso tras su muerte, la dictadura obstaculizó la difusión de su obra. Pese a esta distancia forzosa, escribió para sus compatriotas lo que le ocurrió al llegar a París: el descubrimiento de la realidad de un mundo nuevo -el propio- en la certeza de que lo maravilloso no estaba en Europa sino en América. En el Nuevo Mundo eran posibles la redención y la utopía, ante el sentimiento de decadencia y derrota que siguió a la primera guerra mundial
Asturias encarna el arquetipo del intelectual hispanoamericano comprometido, que viaja a Europa para profundizar en sus raíces y desde la marginalidad despierta la conciencia de la "otredad". Gracias a las propuestas del surrealismo y a muchos de sus procedimientos estéticos, encontró una vía para expresar la delicada sensibilidad de una cultura arcaica que se mantiene viva en las tradiciones del pueblo y en el inconsciente colectivo. Se trata de una lengua cercana a la magia que remite a los orígenes. Este esfuerzo de comprensión por parte de Asturias requirió una elaboración lingüística, así como la reconstrucción de un imaginario social y este constituyen uno de sus mayores logros.
Leyendas de Guatemala sorprendió en el momento de su publicación por la insólita belleza, musicalidad, colorido y desconcertante sensibilidad. A través de inéditas metáforas tenemos la imagen de un mundo en el que el pasado remoto y el presente se yuxtaponen (Guatemala como palimpsesto), ofreciéndonos la visión de construcciones superpuestas, una estratigrafía en la que se descubren templos y pirámides escalonadas, que nos hablan del esplendor y el ocaso de civilizaciones lejanas.
La sinfonía de colores que constituyen las leyendas es una enumeración caótica de objetos simbólicos que permanecen en la memoria colectiva, plumas multicolores, pétalos de flores, textura, arcilla y barro, dureza, de obsidiana que articulan el mundo simbólico del pueblo de los quiché, tierra de los árboles, país de verdes mansiones. Estos elementos, vivos a través de la tradición oral, afloran en el libro inaugural de Asturias con la magia y poesía que les dieron origen y en su mayor o menor grado de pureza.
El proceso de formación de Asturias coincide con la revolución surrealista liderada por Breton. En París descubre el pasado indígena, traduce con el Abate Mendoza el Popol Vuh y el Chilam Balam y bebe de las fuentes de cronistas como Bernal Díaz del Castillo. Como consecuencia de esas revelaciones, el surrealismo condujo hacia Latinoamérica a artistas como Artaud que iban en busca de la utopía de una vida convulsa y apasionada, imposible en una Europa dominada por la razón. Este movimiento transgresor, por el contrario, retornó a Asturias hacia sus orígenes.
Cargadas de resonancias oníricas, las narraciones de Asturias ofrecían una nueva concepción de la literatura que impresionó a los surrealistas. Francis Miomandre las tradujo al francés y las envió a Paul Valéry, quien respondió en una carta muy conocida en la que comenta la impresión que le dejó el texto: "¡Qué mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de Teología de Salamanca donde el Volcán, los frailes, el Hombre adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las ‘bandadas de pericos dominicales’, ‘los magos que van a las aldeas a enseñar la fabricación de los tejidos y el valor del Cero’ componen el más delirante de los sueños".
Asturias incorpora, además, leyendas y consejas, herencia de la tradición cristiana que funda la sociedad colonial, tales como los episodios del diluvio, las alusiones al demonio y apariciones de santos, como en "Leyenda del Volcán" donde se destaca el valor simbólico del santo, la azucena y el niño en cuyo honor se levanta un templo. El autor quiere revivir, mediante las imágenes, lo ancestral, mostrando lo que estaba oculto y fue iluminado por los formadores de vida, evocando las antiguas poesías salmodiadas, cantando en tono majestuoso las batallas de los hombres, confundidas con las manifestaciones de la naturaleza y con la participación de los animales. El mundo mítico de estas páginas desborda la fantasía y quiebra la facultad de alcanzar lo inesperado al introducirnos en la floresta de los dioses de Popol Vuh.
El "realismo mágico" supone la creación de una realidad mágica, mediante una elaboración estética y esta aventura resume el trabajo literario de Asturias. Éste pondrá al servicio de su estética los procedimientos que más tarde utilizará el realismo mágico, como la exageración hiperbólica, la deformación grotesca o caricatura esperpéntica, así como la ruptura de la secuencia lineal del tiempo: la anulación del mismo o desplazamiento a épocas remotas, hasta el origen. Sin embargo, tales recursos reducidos solo a técnica narrativa están muy lejos de lo significó aquel viaje a los orígenes del que emergen Las leyendas de Guatemala. El mayor mérito de Asturias, por tanto, fue superar el indigenismo maniqueo y tópico, sumergiéndose en las culturas ancestrales, rescatando su capacidad de metaforizar y representar el cosmos, desde conceptos antropológicos distintos, y emprender una portentosa elaboración lingüística que, forzosamente, cuestionaba logocentrismo occidental.
miércoles, 3 de febrero de 2016
Álvaro Cepeda Samudio, todos estábamos a la espera de esta obra literaria
Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926-Nueva York, 1972) irrumpió en la literatura colombiana en 1954 con Todos estábamos a la espera sorprendente libro de cuentos, que se distanciaba de narrativa terrígena al uso en este país. Esta tendencia, como sugería Jacques Gilard, no sólo adolecía de una concepción retardataria del cuento, sino que además lo asfixiaba con contenidos folclorizantes. Puede decirse que el libro de Cepeda Samudio fue el mejor en su género aparecido hasta entonces, al lado Los funerales de la Mama Grande de García Márquez. El nombre del autor va unido al Grupo de Barranquilla —ciudad que se convirtió en un importante centro de cultura de la zona del Caribe colombiano—. En los años cincuenta, el grupo asumió la tarea de renovación de las letras en un país predominantemente andino. Intelectuales como Ramón Vinyes inyectaron un nuevo aliento al anquilosado ambiente cultural con propuestas vanguardistas que dieron a conocer a los jóvenes de entonces, que experimentaban una forma nueva de contar. Desde las regiones, otras voces completaban el mapa literario de Colombia que no iba más allá la cordillera. Las glorias nacionales se mantenían fieles a la más conservadora tradición hispánica cargaba de retórica vacua y ampulosidad, con discursos, por lo general, serviles a rancios modelos del pasado. Ajenos a la riqueza y diversidad del mestizaje, que seguía sus propios ritmos, los escritores desde la capital daban la espalda a estas realidades. Pero la Costa Atlántica, concretamente la ciudad de Barranquilla, vivía un cosmopolitismo insólito. De este contexto surge la obra narrativa de Álvaro Cepeda Samudio.
En la introducción a Todos estábamos a la espera (2005) el investigador francés Gilard fijaba la trayectoria de un singular escritor que merece un lugar preferente en el canon de la literatura hispanoamericana por numerosas razones. La primera y más importante, al margen de lo que podría considerarse su “afán de experimentación formal”, es haber aportado una poderosa temática personal al género, que se plasma en su novela La casa grande (Ediciones Mito, 1962) por la que se le conoce. En sus investigaciones, Gilard iba directamente a las fuentes, ofreciendo datos de sumo interés para la comprensión del proceso creador en Cepeda Samudio. Partía de sus primeros escritos publicados en el colegio en 1942 en donde localiza lo que será el fermento de La casa grande, hasta la cronología definitiva de los nueve cuentos que constituyen la edición definitiva, que fueron ordenados de forma distinta por su autor en la primera edición (Librería Mundo, Barranquilla, 1954). A esta le siguieron la de Plaza y Janés, Bogotá, 1980 —a cargo de Gilard— y la de El Ancora, Bogotá, 1993. Gilard coteja las distintas ediciones con los textos tal cual fueron apareciendo por primera vez en diversas publicaciones, incluso con las escasas copias mecanografiadas que se encuentran en la documentación personal de Cepeda Samudio. El mérito de estos cuentos está en la forma de abordar temáticas, como la soledad del individuo, la sexualidad, la interioridad, la condición de la mujer, la marginación, el poder, y la relación con el otro en la ciudad moderna. Todo ello desde un punto de vista muy personal, aprovechando complejas técnicas narrativas. El hecho de que el autor situara sus ficciones en el contexto urbano es secundario si se piensa que en la novela La casa grande volvería al mundo rural.
Sin embargo, Cepeda Samudio encarna el espíritu de la ciudad de entonces, situada en una región dinámica y pujante. Su postura vital le permite explorar mundos diversos desde su experiencia como periodista, publicista, vendedor, compositor, hasta director de cine. Tampoco elude la realidades políticas, ya que en La casa grande da cuenta de la huelga de los obreros de las bananeras en diciembre de 1928, tal como hiciera su contemporáneo en Cien Años de soledad.
Los cuentos de Cepeda Samudio soprendieron a la crítica por sus contudentes diálogos y por la riqueza de un lenguaje tan sobrio como directo. En contacto con los artífices del nuevo periodismo norteamericano y con los grandes novelistas que venían de esa corriente, fue un renovador tanto en la orientación de la mirada como en la manera de contar, algo que también se deja ver en sus virulentas, agudas e ingeniosas críticas de arte, política y cine —en el que fue pionero al filmar su cortometraje de ficción "La langosta azul"—. Por estos dos libros, Cepeda Samudio tendría que formar parte del grupo de creadores del “boom”. Lamentablemente hizo falta una estrategia crítica que los acogiera. Su obra apenas se menciona en las historias de la Literatura Hispanoamericana, salvo en algún artículo de Ángel Rama, tras la muerte del autor, o en uno que otro trabajo en revistas del mundo académico norteamericano, así como en el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (Ayacucho, 1995) y, por supuesto, en los trabajos críticos de Jacques Gilard.
Sin lugar a dudas,la experiencia de Cepeda Samudio en Los Estados Unidos, su íntimo contacto con la literatura norteamericana, incidieron en su obra. Si bien no formuló ninguna concepción del cuento —como Cortázar a quien leyó y comentó tempranamente—, sí señaló el camino de la renovación del género. Gilard realizó un minucioso trabajo de campo con el Grupo de Barranquilla, y puso en evidencia lo que éste aportó de modernidad en un país por entonces ajeno al ritmo y la intensidad de la Costa Atlántica, donde fueron acogidas las vanguardias, mucho antes que en la capital del país. Su situación histórico-geográfica, a juicio de Gilard, explica fenómenos como los de García Márquez y Cepeda Samudio.
Renovar, volver del revés, poner el dedo en la llaga, evidenciar complicidades y silencios, arrojar luz sobre la existencia, con ironía y a veces con crueldad, tal fue el papel de Cepeda Samudio en medio de la situación angustiosa de Colombia, antes y después del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán en 1949, que dividió al país y lo cubrió de odio y vergüenza. El 9 de abril marcó un antes y un después en la historia que afectó a la libertad de prensa tanto como a las relaciones personales, al abortar el único proyecto democrático que hubiera permitido subsanar, en alguna medida, la secular exclusión y la resistencia de los grupos hegemónicos a aceptar el mestizaje. Los cuentos de Cepeda Samudio recogen un poderoso caudal de herencias y de sangres que ha dado sus mejores frutos, al apropiarse de las técnicas más vanguardistas, y seguirá alimentándonos con su vitalidad, audacia, agudeza e ingenio.
El investigador Jacques Gilard hizo un largo recorrido por los archivos municipales y por las hemerotecas para explicar el decisivo aporte del Grupo de Barranquila, tema de su tesis doctoral, y de la obra de autores como Cepeda Samudio. Por eso celebro la reciente aparición de la Obra literaria de Cepeda Samudio en la prestigiosa colección Archivos a cargo del crítico y artista colombiano Fabio Rodríguez Amaya. Siguiendo la línea de trabajo del fallecido maestro, Rodríguez Amaya, catedrático de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Bérgamo, recupera y amplía su trabajo en este volumen de 604 páginas que incluyen ensayos sobre la obra de Cepeda Samudio de prestigiosos investigadores como Gerald Martin, Jorge Ruffinelli y Gabriel Saad, entre otros. Confiamos en que a través de la difusión de esta edición de archivos, que significa una consagración, la obra de este narrador colombiano conquiste a los lectores.
En la introducción a Todos estábamos a la espera (2005) el investigador francés Gilard fijaba la trayectoria de un singular escritor que merece un lugar preferente en el canon de la literatura hispanoamericana por numerosas razones. La primera y más importante, al margen de lo que podría considerarse su “afán de experimentación formal”, es haber aportado una poderosa temática personal al género, que se plasma en su novela La casa grande (Ediciones Mito, 1962) por la que se le conoce. En sus investigaciones, Gilard iba directamente a las fuentes, ofreciendo datos de sumo interés para la comprensión del proceso creador en Cepeda Samudio. Partía de sus primeros escritos publicados en el colegio en 1942 en donde localiza lo que será el fermento de La casa grande, hasta la cronología definitiva de los nueve cuentos que constituyen la edición definitiva, que fueron ordenados de forma distinta por su autor en la primera edición (Librería Mundo, Barranquilla, 1954). A esta le siguieron la de Plaza y Janés, Bogotá, 1980 —a cargo de Gilard— y la de El Ancora, Bogotá, 1993. Gilard coteja las distintas ediciones con los textos tal cual fueron apareciendo por primera vez en diversas publicaciones, incluso con las escasas copias mecanografiadas que se encuentran en la documentación personal de Cepeda Samudio. El mérito de estos cuentos está en la forma de abordar temáticas, como la soledad del individuo, la sexualidad, la interioridad, la condición de la mujer, la marginación, el poder, y la relación con el otro en la ciudad moderna. Todo ello desde un punto de vista muy personal, aprovechando complejas técnicas narrativas. El hecho de que el autor situara sus ficciones en el contexto urbano es secundario si se piensa que en la novela La casa grande volvería al mundo rural.
Sin embargo, Cepeda Samudio encarna el espíritu de la ciudad de entonces, situada en una región dinámica y pujante. Su postura vital le permite explorar mundos diversos desde su experiencia como periodista, publicista, vendedor, compositor, hasta director de cine. Tampoco elude la realidades políticas, ya que en La casa grande da cuenta de la huelga de los obreros de las bananeras en diciembre de 1928, tal como hiciera su contemporáneo en Cien Años de soledad.
Los cuentos de Cepeda Samudio soprendieron a la crítica por sus contudentes diálogos y por la riqueza de un lenguaje tan sobrio como directo. En contacto con los artífices del nuevo periodismo norteamericano y con los grandes novelistas que venían de esa corriente, fue un renovador tanto en la orientación de la mirada como en la manera de contar, algo que también se deja ver en sus virulentas, agudas e ingeniosas críticas de arte, política y cine —en el que fue pionero al filmar su cortometraje de ficción "La langosta azul"—. Por estos dos libros, Cepeda Samudio tendría que formar parte del grupo de creadores del “boom”. Lamentablemente hizo falta una estrategia crítica que los acogiera. Su obra apenas se menciona en las historias de la Literatura Hispanoamericana, salvo en algún artículo de Ángel Rama, tras la muerte del autor, o en uno que otro trabajo en revistas del mundo académico norteamericano, así como en el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (Ayacucho, 1995) y, por supuesto, en los trabajos críticos de Jacques Gilard.
Sin lugar a dudas,la experiencia de Cepeda Samudio en Los Estados Unidos, su íntimo contacto con la literatura norteamericana, incidieron en su obra. Si bien no formuló ninguna concepción del cuento —como Cortázar a quien leyó y comentó tempranamente—, sí señaló el camino de la renovación del género. Gilard realizó un minucioso trabajo de campo con el Grupo de Barranquilla, y puso en evidencia lo que éste aportó de modernidad en un país por entonces ajeno al ritmo y la intensidad de la Costa Atlántica, donde fueron acogidas las vanguardias, mucho antes que en la capital del país. Su situación histórico-geográfica, a juicio de Gilard, explica fenómenos como los de García Márquez y Cepeda Samudio.
Renovar, volver del revés, poner el dedo en la llaga, evidenciar complicidades y silencios, arrojar luz sobre la existencia, con ironía y a veces con crueldad, tal fue el papel de Cepeda Samudio en medio de la situación angustiosa de Colombia, antes y después del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán en 1949, que dividió al país y lo cubrió de odio y vergüenza. El 9 de abril marcó un antes y un después en la historia que afectó a la libertad de prensa tanto como a las relaciones personales, al abortar el único proyecto democrático que hubiera permitido subsanar, en alguna medida, la secular exclusión y la resistencia de los grupos hegemónicos a aceptar el mestizaje. Los cuentos de Cepeda Samudio recogen un poderoso caudal de herencias y de sangres que ha dado sus mejores frutos, al apropiarse de las técnicas más vanguardistas, y seguirá alimentándonos con su vitalidad, audacia, agudeza e ingenio.
El investigador Jacques Gilard hizo un largo recorrido por los archivos municipales y por las hemerotecas para explicar el decisivo aporte del Grupo de Barranquila, tema de su tesis doctoral, y de la obra de autores como Cepeda Samudio. Por eso celebro la reciente aparición de la Obra literaria de Cepeda Samudio en la prestigiosa colección Archivos a cargo del crítico y artista colombiano Fabio Rodríguez Amaya. Siguiendo la línea de trabajo del fallecido maestro, Rodríguez Amaya, catedrático de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Bérgamo, recupera y amplía su trabajo en este volumen de 604 páginas que incluyen ensayos sobre la obra de Cepeda Samudio de prestigiosos investigadores como Gerald Martin, Jorge Ruffinelli y Gabriel Saad, entre otros. Confiamos en que a través de la difusión de esta edición de archivos, que significa una consagración, la obra de este narrador colombiano conquiste a los lectores.
lunes, 18 de enero de 2016
Era como mi sombra, Pilar Lozano y su compromiso con la infancia*
La idea que domina de la infancia es la de un periodo de la vida en la que el ser humano descubre el mundo en el entorno del hogar. Allí se impone la presencia de los padres que marcan los límites, a la vez que protegen a los hijos y los orientan en sus primeros pasos. En ese lugar el niño se prepara para salir al mundo equipado con lo que serán las bases de la personalidad. Se sabe que no es así, que ese modelo se quiebra cuando fallan los padres y la familia y la sociedad son incapaces de velar por la infancia. Pese a que esto ocurre en un porcentaje muy alto de la población mundial, cuando se aborda la infancia se sigue ofreciendo en los medios, en la literatura destinada a los jóvenes, el estereotipo de la familia nuclear. La realidad más dolorosa, la de los niños que trabajan y son explotados de manera infame no se ve, por tanto, no existe.
No es muy habitual que se nos muestre a la niñez en condiciones de pobreza extrema. Claro que ya vimos este drama en la Inglaterra de Dickens, en los comienzos del capitalismo. Con todo, se conocen pocos textos sobre la infancia en la pobreza de países como la India o de la periferia de las ciudades de América Latina, muchos menos de sus campos asolados por guerras políticas o económicas soterradas, que se ceban en los civiles desarmados, como ocurre en muchos países. Por desgracia, Colombia es uno de ellos. Los niños de las zonas rurales más apartadas están en medio del conflicto armado que los empuja a madurar a la fuerza.
Era como mi sobra, el más reciente libro de Pilar Lozano, es una novela corta que podríamos catalogar de formación, pero es mucho más que esto. Es el conmovedor testimonio de un niño que nos sitúa en esa Colombia desangrada. Los vecinos han visto pasar a los guerrilleros, a los narcotraficantes, a los paramilitares, al ejército y a la policía imponiendo sus leyes. Llegan armados, acosando a la población en busca de los enemigos, saqueando, ejecutando y bombardeando los pequeños caseríos olvidados del Estado. El relato no juzga a los ejecutores de la barbarie, ni siquiera los nombra. En primera persona, un niño refiere su vida a partir de la figura del amigo. Sin resentimiento, nos cuenta que la extremada pobreza le impidió continuar con los estudios, a pesar de ser el alumno más aventajado de su escuela.
Las palabras precisas, sencillas de narrador llevan la desnuda verdad del corazón de quien se ha enfrentado a la muerte a una edad temprana. Éste niño no pudo elegir otro camino que el que le marcaron sus precarias circunstancias. A los trece años se alistó en la guerrilla donde recibió un fusil. Se le impuso una disciplina férrea y una pesada carga por la que debía responder. Pero antes de entrar en la organización, ya había sido equipado con un armamento más sólido que lo protegerá de la ferocidad de la guerra, mucho más que un escapulario, o la foto de la madre... En medio de la miseria, él ha conocido el amor de la abuela y de la madre; la grandeza espiritual del tío, que reemplaza a la figura del padre; la generosidad y el sólido carácter de su maestra; y el don de la amistad profunda y verdadera, la del amigo que se deja matar por él, antes que delatarlo.
Compuesto de trece capítulos, este relato se inicia con la descripción de un asesinato. Un disparo seco nos instala en ese no lugar simbólico que es la guerra. En aquel paisaje es preciso ir con cuidado, dar con un escondrijo a tiempo, tener la destreza de huir a la velocidad del rayo. Todo está cargado de presagios, hasta el arco iris que anuncia un fatal desenlace. Nadie está seguro y, sin embargo, la vida continúa. Los niños juegan cuando no van a la escuela o se dedican a las faenas del campo. Pero este testimonio es mucho más que una muestra antropológica de la infancia en zonas de violencia. La autora combina sabiamente la belleza con el terror, la fe con las supersticiones, el miedo y el coraje, para abrirnos los ojos a esa realidad aterradora.
Esta novela de Pilar Lozano es bella, conmovedora y tierna, digna de elogio. Muestra el grado de madurez de su escritura, la serenidad conquistada con los años, que consolidan una vida profesional en la que la autora ha seguido una línea: su pasión por Colombia, su necesidad de abarcarla en viajes, a veces arriesgados, y que hemos leído en una serie de artículos vibrantes, así como su ejercicio del periodismo. Con más de dieciocho libros publicados entre los que destaca el ya clásico, Colombia, mi abuelo y yo, es una ejemplar promotora de la lectura en su tierra.
Conocí a Pilar Lozano en los ochenta cuando residió en Madrid y me dio a leer sus primeros relatos. Después tuve noticias suyas a menudo a través de sus artículos como corresponsal independiente de El País. También conocí su labor con los niños en las zonas más apartadas y conflictivas del país, sus talleres con los desplazados. Su compromiso con la infancia le ha permitido alimentarse de la ternura y necesidad de afecto de los niños, pero también de la capacidad que tienen para asombrarnos, como este muchacho que entendió tempranamente el valor de la vida y se alejó de aquel mundo implacable cuyas leyes preparan para la muerte.
*Era como mi sombra, Bogotá, Ediciones SM, 2015, 86 págs
No es muy habitual que se nos muestre a la niñez en condiciones de pobreza extrema. Claro que ya vimos este drama en la Inglaterra de Dickens, en los comienzos del capitalismo. Con todo, se conocen pocos textos sobre la infancia en la pobreza de países como la India o de la periferia de las ciudades de América Latina, muchos menos de sus campos asolados por guerras políticas o económicas soterradas, que se ceban en los civiles desarmados, como ocurre en muchos países. Por desgracia, Colombia es uno de ellos. Los niños de las zonas rurales más apartadas están en medio del conflicto armado que los empuja a madurar a la fuerza.
Era como mi sobra, el más reciente libro de Pilar Lozano, es una novela corta que podríamos catalogar de formación, pero es mucho más que esto. Es el conmovedor testimonio de un niño que nos sitúa en esa Colombia desangrada. Los vecinos han visto pasar a los guerrilleros, a los narcotraficantes, a los paramilitares, al ejército y a la policía imponiendo sus leyes. Llegan armados, acosando a la población en busca de los enemigos, saqueando, ejecutando y bombardeando los pequeños caseríos olvidados del Estado. El relato no juzga a los ejecutores de la barbarie, ni siquiera los nombra. En primera persona, un niño refiere su vida a partir de la figura del amigo. Sin resentimiento, nos cuenta que la extremada pobreza le impidió continuar con los estudios, a pesar de ser el alumno más aventajado de su escuela.
Las palabras precisas, sencillas de narrador llevan la desnuda verdad del corazón de quien se ha enfrentado a la muerte a una edad temprana. Éste niño no pudo elegir otro camino que el que le marcaron sus precarias circunstancias. A los trece años se alistó en la guerrilla donde recibió un fusil. Se le impuso una disciplina férrea y una pesada carga por la que debía responder. Pero antes de entrar en la organización, ya había sido equipado con un armamento más sólido que lo protegerá de la ferocidad de la guerra, mucho más que un escapulario, o la foto de la madre... En medio de la miseria, él ha conocido el amor de la abuela y de la madre; la grandeza espiritual del tío, que reemplaza a la figura del padre; la generosidad y el sólido carácter de su maestra; y el don de la amistad profunda y verdadera, la del amigo que se deja matar por él, antes que delatarlo.
Compuesto de trece capítulos, este relato se inicia con la descripción de un asesinato. Un disparo seco nos instala en ese no lugar simbólico que es la guerra. En aquel paisaje es preciso ir con cuidado, dar con un escondrijo a tiempo, tener la destreza de huir a la velocidad del rayo. Todo está cargado de presagios, hasta el arco iris que anuncia un fatal desenlace. Nadie está seguro y, sin embargo, la vida continúa. Los niños juegan cuando no van a la escuela o se dedican a las faenas del campo. Pero este testimonio es mucho más que una muestra antropológica de la infancia en zonas de violencia. La autora combina sabiamente la belleza con el terror, la fe con las supersticiones, el miedo y el coraje, para abrirnos los ojos a esa realidad aterradora.
Esta novela de Pilar Lozano es bella, conmovedora y tierna, digna de elogio. Muestra el grado de madurez de su escritura, la serenidad conquistada con los años, que consolidan una vida profesional en la que la autora ha seguido una línea: su pasión por Colombia, su necesidad de abarcarla en viajes, a veces arriesgados, y que hemos leído en una serie de artículos vibrantes, así como su ejercicio del periodismo. Con más de dieciocho libros publicados entre los que destaca el ya clásico, Colombia, mi abuelo y yo, es una ejemplar promotora de la lectura en su tierra.
Conocí a Pilar Lozano en los ochenta cuando residió en Madrid y me dio a leer sus primeros relatos. Después tuve noticias suyas a menudo a través de sus artículos como corresponsal independiente de El País. También conocí su labor con los niños en las zonas más apartadas y conflictivas del país, sus talleres con los desplazados. Su compromiso con la infancia le ha permitido alimentarse de la ternura y necesidad de afecto de los niños, pero también de la capacidad que tienen para asombrarnos, como este muchacho que entendió tempranamente el valor de la vida y se alejó de aquel mundo implacable cuyas leyes preparan para la muerte.
*Era como mi sombra, Bogotá, Ediciones SM, 2015, 86 págs
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