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jueves, 8 de agosto de 2013

Blas Matamoro, Desmontando a Wagner

El bicentenario del nacimiento de Richard Wagner (1813-1883) está pasando sin pena ni gloria en nuestro entorno, lo que no deja de sorprendernos, dadas las emociones que despertó el sacralizado compositor de Tristán e Isolda, considerada obra cumbre de la música occidental. En el mundo hispánico durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX fue muy poderoso el impacto de los argumentos y personajes wagnerianos, más que de su música, a la que no todos accedían por estar reservada a los teatros, lugares de encuentro de la alta sociedad. La repercusión de su obra, difundida en España en los periódicos y revistas culturales de la época, es notable y alcanza a la generación finisecular, que la convirtió en obligada referencia de la quintaesencia del arte. En este país, donde sus operas se representaron desde 1864, se crearon las Asociaciones Wagnerianas de Barcelona (1901) y Madrid (1911) para rendirle culto. Sus operas fueron traducidas al catalán y al español y no hubo autor de entonces que no recurriera a sus evocadores acordes para componer sinestesias, o que no se inspirara en sus personajes, a la hora de trazar complicados y raros perfiles. De todos modos, el carnaval de Madrid de este año recordó al músico con conciertos y representaciones de sus emblemáticos personajes en las carrozas y en Barcelona no han faltado los ciclos de interpretaciones de sus piezas operísticas. Nuestra literatura fue pródiga en las recreaciones del artista Lohengrin, o de los melancólicos amantes Tristán Isolda y las imponentes Walkirias, muchas veces convertidas en soberbias amazonas criollas o peninsulares. Tal es el caso de los españoles Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Leopoldo Alas Clarín, Benito Pérez Galdós o Juan Ramón Jiménez, y de los hispanoamericanos Rubén Darío, José Asunción Silva y José María Vargas Vila, entre muchos otros.
Coincidiendo con el II centenario del compositor, el narrador y reconocido crítico musical Blas Matamoro (Buenos Aires, 1943) publicó recientemente una traducción de la correspondencia entre Richard Wagner y su amado Luis II de Baviera (Richard Wagner. Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth, Madrid Fórcola), con una introducción que no tiene desperdicio y que ha herido la sensibilidad de ciertos admiradores de Wagner. La homosexualidad implícita del genio sale a la luz en unas palabras, que si bien están sujetas a la mentalidad de la época y a la índole de las relaciones sociales de entonces (en este caso entre mecenas y protegido, entre señor y súbdito), no dejan de revelarnos los sentimientos de los personajes: “Sólo el ideal puede unirnos de por vida: sólo en la suprema comprensión podemos darnos un puro y humano vínculo, hacer plena nuestra unión, verificar la única y esclarecida dignidad: nos amamos como dos hombres que están por encima de las leyes…”, le dice Ricardo a Luis ¿Todavía hay quienes se escandalizan al leer estas manifestaciones del sentimiento amoroso entre dos hombres? Parece que sí, particularmente aquellos wagnerianos que se empeñan en mantener en el pedestal a un artista tan humano como el resto de los mortales. Humano, demasiado humano fue la respuesta de Nietzsche (quien contribuyó al endiosamiento del músico), cuando lo bajó del pedestal por su giro hacia el cristianismo en Parsifal, lo que ocasionó la ruptura del encantamiento entre los dos monstruos.
Matamoro va más lejos en su presentación de la escena amorosa, que tiene como protagonistas a estos dos hombres unidos por la música y atormentados por sus fantasmas. Sin descender a lo vulgar, el autor analiza, por un lado, la patología regia, sus excentricidades, su dramática soledad e incapacidad de crear una obra artística y, por otro, el a veces tortuoso proceso creador del músico, que entra en la vida del joven rey a los cincuenta y un años, en calidad de amigo íntimo. En exclusiva compondrá para el monarca sus obras y recibirá por ello astronómicas sumas que le permitirán disfrutar del lujo que necesitaba, al parecer, para trabajar. La corte no lo vio con buenos ojos por considerarlo un derrochador y un aprovechado, subraya el autor. Fruto de ese amor fue el teatro Bayreuth, posterior escenario de experimentación de las vanguardias, que este año celebra el sonado aniversario representando las cuatro obras del ciclo El anillo de los nibelungos, dentro del emblemático Festival wagneriano de Bayreuth que acaba de comenzar. Si alguien quisiera conocer el contexto que envuelve esta compleja y apasiónate relación entre estas dos grandes personalidades debería leer la traducción de Blas Matamoro, maestro de ejemplar rigor y aguda inteligencia.

domingo, 28 de julio de 2013

Ruth Behar, Una isla llamada hogar

La nostalgia de Cuba embriaga no solo a quienes han tenido que abandonar forzosamente la isla, sino también a quienes no han salido de ella. Hay un género literario que deberíamos designar “Cuba en la distancia”, desde ese primer manifiesto de dolor en el que José Martí quiere despertar la conciencia de la metrópoli española ante las injusticias cometidas contra sus compatriotas. Tal vez las páginas más conmovedoras de Cabrera Infante, eterno exiliado expulsado por el régimen revolucionario, se encuentren en La Habana para un infante difunto, donde evoca su pobre infancia transitando por las calles de la ciudad, arrullado por el rumor de las olas y la caricia de las brisas marinas, en sus lentos atardeceres. Entre luces y sombras asedia la nostalgia de los que se fueron y de los que permanecen atrapados en la llamada “esmeralda fúlgida”, el lugar donde Colón situó el paraíso.
Tal vez esa nostalgia se intensifica en quienes viven el desarraigo como la pérdida de la tierra prometida, Cuba para un puñado de judíos que, en las primeras décadas del siglo XX, emigraron a América en busca de oportunidades y decidieron quedarse a vivir allí, así como los que sobrevivieron al holocausto y encontraron una segunda oportunidad en el Caribe. Ruth Behar es un ejemplo de la incurable obsesión por reencontrar la casa de la infancia, de la que fue arrancada siendo niña, cuando emigró con los suyos a los Estados Unidos. Una isla llamada hogar, es un libro entrañable y conmovedor, además de ameno: autobiografía, testimonio propio y de otros. En sus páginas se expresan los judíos que permanecieron en Cuba y sus descendientes, quienes tras un paréntesis consolidaron su identidad, recuperando una práctica religiosa, unos rituales y unos hábitos transmitidos de generación en generación, recuerdos borrosos que, en un momento dado, cobran sentido. Pero esto no ocurre con todos los judíos, ya que algunos ciudadanos cubanos de origen judío se sienten, ante todo, cubanos y sus testimonios también se recogen aquí.
Profesora y antropóloga en la Universidad de Michigan, Ruth Behar goza de un prestigio internacional por la originalidad de su minucioso trabajo de investigación no solo sobre Cuba, sino sobre España y México, países que ha visitado en muchas ocasiones y donde ha realizado un intenso trabajo de campo. Resultado de sus indagaciones sobre la historia, la identidad y las tradiciones, son libros como Cuéntame algo aunque sea mentira: historia de la comadre Esperanza, o documentales como Adio Kerida, sobre la presencia sefardí en Cuba. Por todo ello ha recibido premios y menciones honoríficas. El libro al que me refiero viene acompañado de fotografías de Humberto Mayol que ponen rostro a muchos de los testimonios recogidos.
La primera visita de Ruth Behar a Cuba fue en 1979 en un momento en que no era fácil para los llamados “gusanos” regresar a la isla, por lo que tuvo que esperar a la década de los noventa en que entró como judía americana, en busca de los suyos. En realidad, buscaba sus recuerdos perdidos. Así visitó sinagogas, cementerios y casas de parientes lejanos, de amigos y vecinos. A partir de entonces se intensificaron los viajes a la isla, pese a las evidentes dificultades, gracias a su condición de antropóloga, que le dio el salvoconducto de las autoridades. Este viaje interior sigue la pista de frases, gestos, fotografías, objetos y heridas abiertas, como la muerte de ese primo que no llegó a conocer y cuya tumba localiza en el cementerio de Guanabacoa, al lado de otras lápidas que llevan nombres de parientes que sugieren historias de amor, versos para la eternidad, fotografías que hablan de personas, que son parte de la tribu y no pueden enterrarse en el olvido.
Y es que a partir de los noventa la comunidad judía despierta el interés de organizaciones internacionales y de figuras mediáticas como Steven Spielberg que la visita. Gracias a la ayuda internacional y a las facilidades que el régimen parece otorgarles, los judíos cubamos han creado redes de ayuda y proyectos sociales que a los ojos del resto de los cubanos los muestran como privilegiados. Pero la relación con la comunidad judía internacional también está cubierta de luces y sombras. La dignidad y el orgullo de muchos judíos cubanos los hace mantener los ojos abiertos ante la arrogancia de quienes miran por encima del hombro a los parientes pobres, los judíos ricos que les tiran las migajas. También hay una postura crítica de muchos judíos que se han negado a seguir las prácticas religiosas a cambio de aceite, arroz u objetos de aseo personal, pues consideran que esa ayuda ofrecida en las sinagogas es una forma de comprar adeptos. Tampoco parece auténtica la incorporación de judíos cubanos a esta comunidad, que se integran solo con el fin de obtener un pasaporte para emigrar a Israel.
En cualquier caso, quedan los restos del pasado en todos ellos, el ajado pasaporte de ciudadanos polacos de los padres y abuelos, la camisa que vistieron en el campo de concentración y a la que se aferran con obsesiva tenacidad, objetos de culto desempolvados que vuelven a vestirse en las ceremonias religiosas y familiares. “La comunidad judía en Cuba es esquiva. La integran personas que de la noche a la mañana pueden convertirse en fantasmas. Nunca sabes quienes de los judíos que aún están allí, y que a primera vista parecen muy bien plantados en la tierra cubana, han rellenado los papeles para pasar a Israel. Casi siempre te enteras de que alguien se marcha definitivamente la víspera de su partida”, concluye la autora. Este resplandor en la oscuridad que ella busca en esas fotografías en blanco y negro, al lado de las fotografías de Humberto Mayol,constituyen ahora el paisaje de sus recuerdos vividos de Cuba a partir de sus ojos y de los ojos de sus antepasados.

jueves, 4 de julio de 2013

Roberto Alifano: Borges y Neruda

El 2 de junio pasado tuve el honor de presentar al escritor argentino Roberto Alifano en la Casa de América en Madrid a propósito de la charla que impartió sobre la relación entre Borges y Neruda. Los datos sobre este escritor se pueden encontrar en su página web. Poeta, narrador, traductor, periodista cultural, profesor universitario nació en Gral. Pinto al oeste de la provincia de Buenos Aires en 1943. Publicó una primera novela Dante, la otra comedia; y entre los libros más recientes Tirando manteca al techo, libro que cuenta la vida del famoso play boy argentino Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, conocido como “Macoco”, relato inspirado en las conversaciones que tuvo con él. Este libro es una apasionante travesía por la belle époque que tiene como protagonista a un hombre que vivió a lo grande y se codeó con la más glamurosa sociedad norteamericana y europea.
La generación de Alifano es la de autores como Blas Matamoro, Ricardo Piglia y Vlady Kociancich que vivieron el peronismo durante su infancia. Su nacimiento coincide con el estallido de la revolución del cuarenta y tres, un golpe de estado tras el cual emergió esa figura dominante de la historia argentina, Juan Domingo Perón, un fantasma, al parecer, vivo en el corazón de muchos argentinos y que Borges no soportaba, porque había sido perseguido de manera infame por aquel régimen.
La vida de Alifano está marcada por su relación con Borges a quien acompañó desde 1974 hasta 1985 en el papel de amanuense. Con él tradujo cuentos de Stevenson, poemas de Hesse y relatos de Carroll. Sobre Borges ha escrito numerosos libros entre los que destaco: Conversaciones con Borges y El Humor de Borges. En este último, inspirado también en las conversaciones entre ambos, nos ofrece la imagen de un personaje único por sus lapidarias respuestas y por su capacidad de reírse de sí mismo.
Pero el libro es muy interesante porque también aporta las claves de algunas de las narraciones borgeanas, además de ofrecernos un rico anecdotario sobre las situaciones a que dio lugar su obra, como la invención del personaje Pierre Menard, que muchos lectores creyeron real. El diálogo entre Borges y Alifano permite un juego de complicidades que abre la puerta a la imaginación y da lugar a confidencias, como las que Borges le hace al explicarle que había escrito ese texto después de una enfermedad que lo tuvo al borde de la muerte. Este libro de Alifano es también un ejercicio de memoria que trae hasta nosotros una imagen vívida de un Borges que se abre en la comunicación lo que permite el libre fluir de su pensamiento, algo que se debe a la discreta y generosa posición del interlocutor.
La obra de Alifano también aflora gracias a la escucha, porque hablar, como dice Heidegger, es escuchar y solo quienes saben escuchar dialogan de verdad. Creo como Heidegger que la actitud de escuchar es el acto de máxima generosidad, tanto como el recordar a los que se han ido y nos dejan el legado de su ser, como Neruda y Borges. En los libros de Alifano, trabajados en base a conversaciones, se da la circunstancia de que él, como sujeto, se sitúa casi en las sombras. Pero ese lugar es cómodo porque le ofrece la mejor perspectiva, le permite tomar notas y registrar cada detalle que lo conduce a reflexiones agudas e ingeniosas.
Quisiera detenerme en su relato Tirando manteca al techo, que recomiendo, porque todo lo narrado parece tan irreal como el cine, y tan fantástico como el espejismo de la riqueza que da lugar a excentricidades y caprichos. Macoco vivió en Buenos Aires donde se hizo famoso por sus aficiones, los caballos y las carreras de coches. Después de tomarse la noche porteña se fue a la conquista de Londres, París y Beverly Hills donde dejó una leyenda por sus amores con las divas del cine, desde Rita Hayworth hasta Claudette Colbert. La inmensa fortuna que dilapidó para satisfacer sus caprichos, dio lugar a la famosa frase del actor Sacha Guiltry: Il est riche comme un argentin. El libro es un trozo de esa Argentina soñada que se desvaneció por el peso de la realidad, tema muy recurrente en Alifano, el del sueño que se sueña y sobre el que ha escrito unas cuantas variaciones.
Quisiera señalar que si el estar de Alifano en sus conversaciones ha sido discreto, también lo ha sido su estar en este mundo como poeta, ya que es casi imperceptible. El sujeto desaparece de su obra, como señala el propio Borges en el prólogo al libro de poemas de Alifano, Sueño que sueña, “El soñar de estas páginas es un verbo que no tiene sujeto; es un sueño sin soñador, un sueño impersonal como la lluvia o como la caída de las hojas en el otoño”. De este poemario, compuesto de treinta y cuatro variaciones sobre el tema del sueño que sueña, me permito citar una: "¡Ah, perros del hortelano/ que no soñáis ni dejáis soñar”. Confío en que la obra de Roberto Alifano inspire a los lectores otras variaciones de sus sueños.

domingo, 30 de junio de 2013

Encuentros de cuentistas iberoamericanos

El 27 de junio pasado se llevó a cabo en la Casa de América de Madrid, un Encuentro de cuentistas iberoamericanos organizado por la embajada del Ecuador que en esta ocasión incluyó seis nombres en su programación: tres escritores y tres escritoras entre las que se encontraba la propia embajadora, Aminta Buenaño, autora de libros de cuentos como de Mujeres divinas; el escritor argentino Gustavo Dessal, quien ha publicado Demasiado rojo; el poeta ensayista y narrador chileno Sergio Macías, autor de novelas como El sueño europeo; la española Cristina Cerrada , autora de novelas como La mujer calva y de libros de relatos como Noctámbulos; así como el peruano Jorge Eduardo Benavides, autor de novelas como Los años inútiles y El año que rompí contigo, y quien escribe estas líneas.
El altísimo nivel del acto se debió en gran medida a la calidad de los textos leídos, en los que se abordaron temas como el amor, el erotismo, las relaciones sociales, las pasiones, el miedo, el resentimiento y el fracaso, hasta evocaciones históricas que se remontan a nuestras mitologías. Fue un gusto compartir con los colegas esta lectura que nos pone en contacto y consolida un sentimiento de unidad hispánico, en un momento en el que la literatura latinoamericana, o la escrita en lengua española, carece de manifiestos, propósitos y escuelas, porque crece y se expande individualmente, aunque no del todo independiente de las modas y tópicos que fija el marketing.
Fue un placer compartir lecturas, gracias a la iniciativa de la Embajada del Ecuador, que lleva a cabo una política cultural admirable, digna de imitar, ya que no se limita a sus fronteras, sino que convoca y amplía las redes incluyendo a otros países, ofreciendo una imagen continental diversa y variada, en una muestra de gran apertura mental. Ojalá las representaciones diplomáticas de nuestros países en el exterior siguieran este ejemplo organizando actividades similares, que no requieren excesivas sumas de dinero, sino algo más, la convicción de que tenemos mucho que aportar, la seguridad de que nuestras inteligencias y talentos ofrecen la mejor imagen y, sobre todo, el amor al arte y la literatura, como las más altas formas de expresión de lo humano.
Lamentablemente la cultura del espectáculo ha distorsionado el verdadero sentido de los actos humanos y ha despojado de grandeza a todo aquello que no vende o no reporta beneficios monetarios. La buena literatura acaso no venda, pero a largo plazo aporta la única riqueza perenne que constituye nuestro patrimonio cultural, al lado de la música, el arte y la gastronomía, por ejemplo, porque un buen libro es el mejor alimento para el espíritu. Hay en el ambiente una suerte de hartazgo de todo lo que se nos impone desde los medios, que cuando por casualidad nos atrapa un buen libro, una buena obra de arte, una pieza de teatro que nos conmueve, agradecemos a la vida el milagro del arte y recuperamos la esperanza y la confianza en nuestros semejantes.

domingo, 26 de mayo de 2013

Eros y la doncella, o la revolución traicionada

“De la extrema desigualdad de las condiciones y de las fortunas, de la diversidad de las pasiones y de los talentos, de las artes inútiles, de las artes perniciosas, de las ciencias frívolas, formaríanse multitud de prejuicios igualmente contrarios a la razón, a la felicidad y a la virtud.” Tales palabras de Rousseau inspiraron los principios que la revolución francesa vendió al mundo: Libertad, Igualdad, Fraternidad, y que fue incapaz de llevar a la práctica. En Eros y la doncella (Verbum, 2013), un trepidante relato que nos sitúa en el centro de la revolución francesa, el escritor Mario Szichman (Buenos Aires, 1945) nos introduce en el ambiente de este convulso periodo de la historia de la humanidad, cuando fueron decapitadas miles de personas por venganza y por temor, pero siempre en nombre de la libertad y de la soberanía del pueblo. La guillotina aquí se nos presenta como un símbolo de la ruptura radical con el pasado, una doncella insaciable que inmola a los condenados, quienes ante la muerte crecen o se envilecen.
Todo un pueblo está electrizado ante la vista de la sangre que no para de correr y que atasca los desagües de la ciudad. Son tantos los decapitados que los cementerios ya no pueden acoger los cadáveres y hay que trasladaros a otras fosas comunes y echarles cal para evitar epidemias. Pero en esa orgía de muerte la vida sigue con una desconcertante intensidad, entre rumores, conspiraciones y pasiones amorosas extremas. La moda y las costumbres se adaptan a los nuevos tiempos, se celebran fiestas en los salones y en las casas, mientras las masas asisten a las ejecuciones con fervor y con odio. El régimen de terror impuesto por el máximo líder, Roberpierre, da lugar a las más sofisticadas formas del disimulo. Le corresponde al arte desenmascarar a los farsantes: el teatro y la pintura recogen los gestos de los vivos y los muertos, que se inmortalizan gracias a un David quien pinta en el momento en que los hechos tienen lugar, como la ejecución de Lepeletier; o el novelista Jean-Baptieste Louvet célebre autor de Les Amours du chevalier de Faublas(Paris, 1787), que entretiene a los lectores con folletines en los que defiende los ideales de la revolución. Tampoco falta la magia del gabinete de las maravillas, que distrae a los revolucionarios, después de aquellas purgas con las que se pretende purificar a la patria.
El autor nos muestra de qué manera, consumida por las contradicciones, la revolución lleva al precipicio a sus artífices y seguidores, entre la confusión donde se ponen de moda los perversos, las autoflagelaciones, las sociedades secretas y la pornografía que se convierte en una gran industria, pero también se vive el amor más allá de la muerte, como anticipación de la sensibilidad romántica decadente. Estremece la profanación que protagoniza Danton del cadáver de su querida Gabrielle, cuyo cuerpo es esculpido a partir de cadáver, en un desesperado intento de inmortalizar sus rasgos, lo que intenta el escultor Claude Deseine. Dentro y fuera de los hechos narrados, un general venezolano, Francisco de Miranda, conspira al lado de los Girondinos, en medio de sus aventuras galantes. Su vida es de una intensidad delirante, muy propia de la época: encarcelado y condenado, se libra de la guillotina milagrosamente. No es este el destino de Danton, Marat y Robespierre a quienes espera la doncella implacable, lo cual es paradójico, si pensamos que, antes de la revolución, el joven abogado Robespierre era contrario a la pena de muerte. Pero en pleno furor depurativo, se alejaba de quien creía en una república democrática y virtuosa y llegó a afirmar: “El terror sin virtud, es desastroso. La virtud sin terror, es impotente”. Esta purga inquisitorial que padecieron tantos franceses no deja de tener un tinte religioso, esa necesidad de inmolar también a los inocentes.
Con gran habilidad, Mario Szichman, que vivió en Caracas entre 1967 y 1971, ha novelado distintos capítulos de la historia de Venezuela con obras que han merecido importantes distinciones como el Premio Casa de las Américas 1969 con La verdadera crónica falsa, junto con la célebre Trilogía de la patria boba, una saga sobre la independencia de la Gran Colombia: Los papeles de Miranda (2000), Las dos muertes del general Simón Bolívar (2004) y Los años de la guerra a muerte (2007), a las que se suman otras novelas premiadas y traducidas a otras lenguas. En Eros y la doncella Szichman pone en evidencia que el imperio de la razón, que anima a la revolución francesa, produce monstruos que empiezan aniquilando a los enemigos, después a amigos y cercanos y finalmente a sí mismos...una advertencia para las tiranías que se creen eternas e improvisan razones para mantenerse en el poder

domingo, 19 de mayo de 2013

Purgatorios de aquí y allá, Sofi Oksanen

De las guerras y las revoluciones, o contrarrevoluciones, no se salva nadie, ni los que se quedan, ni los que huyen o son deportados. Los primeros deben renunciar a lo que fueron, someterse a los vencedores traicionando no solo a los suyos, sino a sí mismos. Para disipar cualquier duda en torno a ellos, pierden su pasado, borran sus signos de identidad y aprenden a separar lo que dicen de lo que sienten. Estos suelen caer muy bajo ya que solo ascienden denunciado a sus vecinos y a menudo traspasan los límites morales recurriendo a la calumnia para arrebatarle a los otros lo que codician. Los segundos, fuera del sistema impuesto por los vencedores, están condenados a no arraigar en ninguna parte. En su huida arrastran la nostalgia del pasado perdido, de los lazos familiares, de las raíces y de la historia que los constituye. Solo tienen como compañía el miedo y la desesperanza del extranjero, eternamente perseguido por sus fantasmas y, por los suyos, que son los mayores enemigos. Purga de Sofi Oksanen pone en evidencia esta verdad que hiere como una espada de fuego y mata cualquier esperanza en el ser humano.
Publicada en 2008, la novela nos sitúa en dos tiempos distintos, entre 1949 y 1992. Son dos fechas claves, pues tras la ocupación soviética de las repúblicas bálticas -antes ocupadas por la Alemania nazi-, en 1949 fueron deportados a Siberia aproximadamente 40.000 estonios que se resistían a las medidas impuestas por el sistema soviético de colectivización de las tierras; y en 1992, tras la caída de la Unión Soviética, entró en vigencia una nueva Constitución para esa Estonia libre que tantas vidas costó a lo largo 43 años.
Se trata de las hermanas Aliide e Ingel Truu y del hombre que aman: Hans Pekk, veterano estonio perteneciente a la agrupación “Los hermanos del bosque” quienes se resistieron a los rusos, hasta que fueron eliminados inmisericordemente. La hermana menor, envidiosa del amor que se profesan su hermana y su cuñado, la que se queda, va cocinando en silencio la venganza, no solo por maldad, sino por no tener otra alternativa para salvarse: asimilarse al enemigo, entregarse a él después de haber sido violada y humillada, y de denunciar a su hermana y sobrina para conservar la casa y las tierras a las que se siente ferozmente arraigada, pero, sobre todo, al hombre que ama y que debe ocultar en el lugar más recóndito, lo que la obliga a estar alerta en todo momento. La otra, quien es deportada por los rusos, vive una asfixiante existencia anónima en Vladivostok, con la hija y la nieta. Esta última es el único consuelo de Ingel que en secreto le enseña a hablar a estonio. Linda, la hija de Ingel, no se recuperará jamás de los traumas de su infancia torturada y sofocada por los enemigos. Alerta, tras los visillos, espía a los posibles agentes que se acercan a la casa y no volverá a dormir en paz, como su hermana, la espía y traidora que la entrega a los rusos. Son tantas las restricciones a las que el régimen soviético somete a estas criaturas oprimidas, que las nuevas generaciones, a la que pertenece la nieta de Ingel, ven la salvación en el primer extranjero que les ofrece la posibilidad de lucir un par de medias de seda, símbolo de la mitificada abundancia y de la libertad que se disfruta en occidente. Lastimosamente, Zara, la nieta, descubre esta gran mentira en sus carnes cuando cae en las redes de un proxeneta. Huyendo de sus explotadores, ésta va en busca de sus raíces, rumbo a la Estonia libre donde esta la casa que tanto añoraba la abuela, con el olor de la tierra y los sabores de su huerta.
La pregunta que queda en el aire es si puede haber salvación en un mundo aparentemente libre de los regímenes totalitarios, pero en manos se seres sin escrúpulos que cazan a otros seres humanos y los mantienen atrapados en sus redes. A merced de las mafias que trafican con la carne y la consciencia de los más desprotegidos, las víctimas dejan de ser personas y se convierten en mercancías. De momento, parece que le sigue correspondiendo a la literatura despertar la consciencia, como logra Sofi Oksanen en esta trepidante novela que trenza vidas y tragedias, superponiendo tiempos y espacios, dejándonos en vilo en cada capítulo, tejiendo en minuciosas descripciones ese delicado velo de la historia de aquellos países bálticos férreamente arraigados a sus tradiciones, pero dolorosamente atrapados en las redes de las mafias trasnacionales que imponen sus leyes al mundo.

domingo, 17 de febrero de 2013

Historia del Eremita, de Miguel Espinosa

Miguel Espinosa (Murcia, 1926-1982) es un escritor de culto, una rareza en el ámbito de la literatura española, que nos sorprende con la fina ironía de su prosa. Conocido por Escuela de mandarines, su escritura gira alrededor de una idea y se sustenta en pilares tan antiguos como sólidos: la palabra profética que desciende hasta las formas primarias del verbo, despojando lo humano de los artificios de la cultura, devolviendo a las criaturas a su condición animal. La Historia del eremita es la primera versión de la paradigmática Escuela de mandarines (1974) que no pasó desapercibida para la crítica universitaria, pues llamó la atención de especialistas como Gonzalo Sobejano y Luis Miguel García Jambrina; y de críticos influyentes como Rafael Conte, quien en el monográfico que le dedicó la revista Quimera en 1984, publicó un artículo, junto con Enrique Tierno Galván y Juan Ramón Masoliver y en el que también se incluye una entrevista del colombiano Miguel de Francisco. En 2005 Rafael Conte nos dejó un lúcido artículo: Miguel Espinosa sigue vivo
Cuatro son los libros conocidos de Espinosa, el ensayo: Reflexiones sobre Norteamérica y las novelas Escuela de mandarines, La fea burguesía, Tribada. Tratado teológico, Asklepios, el último griego. Clasicismo transparente, experimentalismo final, fuegos de artificio, son las categorías con las que los especialistas intentan dar cuenta de su mundo. Historia del eremita es una primera versión de Escuela de mandarines, escrita entre 1954 y 1956. La edición que tengo es un regalo de mi editor y amigo Fernando Fernández, de Alfaqueque, a quien felicito por este feliz hallazgo.
Bajo la influencia de los clásicos y de los textos bíblicos, la obra evoca la figura de Zaratustra, de Nietzsche, en su descenso al mundo de los seres humanos. El poder, la riqueza, la ambición, unidas a la mediocridad, son la sustancia de ese aparatoso y agrietado edificio, que el eremita intenta derruir con la palabra. La eficacia de su verbo letal se debe a una inusitada capacidad de desconcertar. Nada más certero que el humor para volver del revés los mitos y poner en evidencia las mentiras de los sabios y de los mandarines que ostentan el poder. Así, el Gran Padre Mandarín dice: “el hombre desnudo tiene un defecto que no me gusta: y, es que no se puede meter las cosas en los bolsillos”, porque con los bolsillos comienza el traje y con el traje la civilización y la moral.
Por un lado están los mandarines y la corte de servidores que ejecutan sus preceptos; por otro, la “gentecita sencilla” que no necesita la verdad porque le basta con tener pan y reproducirse. Domina, por tanto, la razón de los estómagos y no merece la pena engañarse.
La travesía del eremita se inicia con los paisajes naturales donde los seres humanos se distinguen poco de los animales y pasa por los centros urbanos, sometidos a la parafernalia de las maneras cortesanas, que pervierten el sentido. Allí en los palacios domina la letra escrita, esas “patitas de mosca”. Sus mandarines se apoyan en la ortodoxia del Libro, que da lugar a controversias interminables. Los que se desmarcan de la línea hegemónica son acusados de heterodoxia, pero al eremita que los desmonta con sus respuestas, se le perdona la vida por ser considerado, iletrado, pobretón e hijo de la gentecilla simple que no cuenta en el reino.
Encarcelado por el Consejo de ancianos el eremita recibe la visita del hombre más orgulloso del mundo, “ese animal que precisan los mandarines para anunciar al pueblo la sabiduría de los mandarines; la palabra recortada y untuosa, el confianzudo con el saber, y la afrenta de toda inocencia”, Así lo define el eremita. La palabra untuosa -insistente apelativo-, es moneda falsa, relamida, aduladora, la palabra que envuelve, que amordaza y asfixia. Hay en Espinosa una búsqueda del origen, de la palabra creadora, dadora y fundadora del mundo.
Pero el eremita pasa por distintas etapas en las que debe experimentar el gobierno y el efecto de las leyes inventadas por los sabios. Subraya mediante metáforas, el mantenimiento y reproducción de formas de vida a que da lugar la sustancia que presenta distintas cualidades: sustancia grávida, sustancia del porvenir, sustancia tozuda, perenne, prefigurada, compuesta, sustancia moral, racional, sumisa, etc. Tal es la materia de los futuros cuadros, los llamados becarios del sistema: “¡Oh padres! Yo he oído decir que la sustancia del becario es una sustancia sin metamorfosis. ¿Acaso el becario no es ya una crisálida? Porque en mi época se mantenía que el huerfanito era una crisálida….” No dejen de leer a Espinosa. Les aseguro que les divertirá su irreverencia, tanto como sus afiladas sentencias.