Miguel Espinosa (Murcia, 1926-1982) es un escritor de culto, una rareza en el ámbito de la literatura española, que nos sorprende con la fina ironía de su prosa. Conocido por Escuela de mandarines, su escritura gira alrededor de una idea y se sustenta en pilares tan antiguos como sólidos: la palabra profética que desciende hasta las formas primarias del verbo, despojando lo humano de los artificios de la cultura, devolviendo a las criaturas a su condición animal. La Historia del eremita es la primera versión de la paradigmática Escuela de mandarines (1974) que no pasó desapercibida para la crítica universitaria, pues llamó la atención de especialistas como Gonzalo Sobejano y Luis Miguel García Jambrina; y de críticos influyentes como Rafael Conte, quien en el monográfico que le dedicó la revista Quimera en 1984, publicó un artículo, junto con Enrique Tierno Galván y Juan Ramón Masoliver y en el que también se incluye una entrevista del colombiano Miguel de Francisco. En 2005 Rafael Conte nos dejó un lúcido artículo: Miguel Espinosa sigue vivo
Cuatro son los libros conocidos de Espinosa, el ensayo: Reflexiones sobre Norteamérica y las novelas Escuela de mandarines, La fea burguesía, Tribada. Tratado teológico, Asklepios, el último griego. Clasicismo transparente, experimentalismo final, fuegos de artificio, son las categorías con las que los especialistas intentan dar cuenta de su mundo. Historia del eremita es una primera versión de Escuela de mandarines, escrita entre 1954 y 1956. La edición que tengo es un regalo de mi editor y amigo Fernando Fernández, de Alfaqueque, a quien felicito por este feliz hallazgo.
Bajo la influencia de los clásicos y de los textos bíblicos, la obra evoca la figura de Zaratustra, de Nietzsche, en su descenso al mundo de los seres humanos. El poder, la riqueza, la ambición, unidas a la mediocridad, son la sustancia de ese aparatoso y agrietado edificio, que el eremita intenta derruir con la palabra. La eficacia de su verbo letal se debe a una inusitada capacidad de desconcertar. Nada más certero que el humor para volver del revés los mitos y poner en evidencia las mentiras de los sabios y de los mandarines que ostentan el poder. Así, el Gran Padre Mandarín dice: “el hombre desnudo tiene un defecto que no me gusta: y, es que no se puede meter las cosas en los bolsillos”, porque con los bolsillos comienza el traje y con el traje la civilización y la moral.
Por un lado están los mandarines y la corte de servidores que ejecutan sus preceptos; por otro, la “gentecita sencilla” que no necesita la verdad porque le basta con tener pan y reproducirse. Domina, por tanto, la razón de los estómagos y no merece la pena engañarse.
La travesía del eremita se inicia con los paisajes naturales donde los seres humanos se distinguen poco de los animales y pasa por los centros urbanos, sometidos a la parafernalia de las maneras cortesanas, que pervierten el sentido. Allí en los palacios domina la letra escrita, esas “patitas de mosca”. Sus mandarines se apoyan en la ortodoxia del Libro, que da lugar a controversias interminables. Los que se desmarcan de la línea hegemónica son acusados de heterodoxia, pero al eremita que los desmonta con sus respuestas, se le perdona la vida por ser considerado, iletrado, pobretón e hijo de la gentecilla simple que no cuenta en el reino.
Encarcelado por el Consejo de ancianos el eremita recibe la visita del hombre más orgulloso del mundo, “ese animal que precisan los mandarines para anunciar al pueblo la sabiduría de los mandarines; la palabra recortada y untuosa, el confianzudo con el saber, y la afrenta de toda inocencia”, Así lo define el eremita. La palabra untuosa -insistente apelativo-, es moneda falsa, relamida, aduladora, la palabra que envuelve, que amordaza y asfixia. Hay en Espinosa una búsqueda del origen, de la palabra creadora, dadora y fundadora del mundo.
Pero el eremita pasa por distintas etapas en las que debe experimentar el gobierno y el efecto de las leyes inventadas por los sabios. Subraya mediante metáforas, el mantenimiento y reproducción de formas de vida a que da lugar la sustancia que presenta distintas cualidades: sustancia grávida, sustancia del porvenir, sustancia tozuda, perenne, prefigurada, compuesta, sustancia moral, racional, sumisa, etc. Tal es la materia de los futuros cuadros, los llamados becarios del sistema: “¡Oh padres! Yo he oído decir que la sustancia del becario es una sustancia sin metamorfosis. ¿Acaso el becario no es ya una crisálida? Porque en mi época se mantenía que el huerfanito era una crisálida….” No dejen de leer a Espinosa. Les aseguro que les divertirá su irreverencia, tanto como sus afiladas sentencias.
domingo, 17 de febrero de 2013
domingo, 9 de diciembre de 2012
Rachilde, Monsieur Venus
Releyendo Los raros, el segundo libro publicado por Rubén Darío en Argentina en 1896 (y que recoge sus artículos publicados con anterioridad en La Nación), cuando solo tenía 26 años, siento la pasión, la chispa de un genio capaz de trazar con extraordinaria viveza y nitidez el retrato de los escritores en lengua francesa más influyentes en la poesía latinoamericana de finales del XIX. A estos se suman, de otras latitudes, Poe, Nordau, Martí e Ibsen. Los retratos tienen mayor mérito si pensamos que a muchos de ellos no llegó a conocerlos personalmente (Jean Richepin, Viliers d’Isle Adam, Leconte de l’Isle, etc.). Entre esa constelación de genios surge la figura singular de una gran mujer, Marguerite Eymery (1860-1953), casada con Alfred Vallette, que firmaba con el seudónimo de Rachilde, quien escandalizó por su precocidad con su primera novela, publicada con escasos 20 o 22 años, Monsieur Venus, que también he vuelto a leer, con otros ojos, después de mi relectura de Los raros.
Conviene recordar quién era esta mujer que alborotó la bohemia de París, vestida de hombre y coronada por el éxito tras la publicación de Monsieur Venus. Conocida como Mme. Vallette, fundó con su marido la famosa Mercure de France , referente de la crítica artística, que se editó entre 1889 y 1930, y alcanzó tanto poder que se granjeó muchos odios. Las cincuenta novelas publicadas por ella, los libros de cuentos, los miles de artículos, las obras de teatro escritas y llevadas a la escena con éxito, no la hicieron merecedora en su tiempo de un lugar en los diccionarios e historias de la literatura en su país.
Con un dominio del idioma, una gracia, una agudeza y sentido del humor, Rachilde construye unos personajes inolvidables: Raoule de Vénérande, la joven aristócrata caprichosa, que como la autora está contaminada por lecturas poco recomendables para alguien de su condición (Voltaire o el Marqués de Sade). Esta decide adentrarse en los laberintos del deseo, más por conocer que por un alocado instinto, pues Raoule es muy cerebral y analiza, a la luz de sus lecturas, aspectos de género y relaciones de poder. Con su inteligencia y conocimientos, juega con fuego en una sociedad dividida no solo por barreras sociales, sino por prejuicios morales.
Raoule, que es huérfana, y vive en París en un palacio con una tía beata que no se entera de sus correrías, ni de los hombres que la visitan en sus aposentos, conoce a Jacques y Marie Silvert una pareja de hermanos que malviven en un tugurio del bulevar Montparnasse. Allí se supone que realizan labores de costura para las familias pudientes. Al observar la belleza femenina del joven, Raoule queda prensada de ese Adonis que le recuerda a Antinoo y con quien espera dar rienda suelta a sus deseos, pero vacila ante el papel que le corresponde como mujer. “Que sea lo que han sido los otros, un instrumento que pueda yo romper antes de convertirme en eco de sus vibraciones”, exclama cuando descubre la pasión desde su conciencia femenina.
Del mismo modo que Raoule (alter ego de Rachilde) suele salir en las noches vestida de hombre y comportarse de manera excéntrica, los jóvenes vividores no responden a los roles convencionales. Ella es una prostituta resabiada, que utiliza a su hermano, y éste es una criatura afeminada, con pretensiones de artista que realiza las labores de costurera. Raoule ve la oportunidad de jugar a ser el hombre de la relación en la que el joven hace de mujer y se propone dominarlo, pagarle con regalos y dinero el lujo de satisfacer sus caprichos. Pero comprende que quien paga también se convierte en esclavo de su pasión: “Lo he comprado, le pertenezco. Soy yo quien se ha vendido. ¡Sentidos, vosotros me entregáis un corazón! ¡Ay, demonio del amor! ¡Tú me has hecho prisionera al quitarme las cadenas y dejarme en mayor libertad que mi carcelero!" La relación se complica cuando entra en escena el barón Raittolbe, libertino pretendiente de Raoule. A partir de ese momento, la señorita de Vénérande será espiada por orden de su pretendiente, lo que lleva la trama de estos amores escandalosos hasta el límite.
Jacques, encarnación de Antinoo, es para Raoule el único dios ante el cual se inclina, superponiendo su deseo a las convenciones sociales y al rol asignado para ella. Con él decide vivir una insolente felicidad: ella, masculinizada; él, feminizado, ante el asombro de la buena sociedad que les vuelve la espalda. Solo el barón de Raittolbe continúa la farsa que se vuelve trágica e imposible, porque Jacques, convertido en mujer no puede amar a un hombre de mentira. El drama se resuelve con la eliminación de uno de los fantasmas y no diré cuál de los dos, para no aguarles la lectura de esta ingeniosa, chispeante, aguda e inteligente narración, que mezcla teatro y novela, en diálogos desconcertantes y descripciones tan vívidamente logradas, que nos sentimos parte de la escena. Voyeristas como Marie Silvert, que pone los ojos y el oído en esta pareja insolente y provocadora, los espiamos tras el armario.
La trama cobra mayor sentido en el contexto del siglo XIX, uno de los más misóginos de nuestra historia, que invade la literatura de dandis envidiosos de las mujeres, cuyos hábitos imitan: afeites, perfumes, joyas, incluso adelgazan la voz, en un deseo patológico de parecerse a ellas. Sorprende, por tanto, que una mujer le devuelva a los hombres su imagen: vestida de hombre, queriendo dominar en una relación, pagando y exigiendo. No es extraño que tanto Maurice Barrès, el prestigioso crítico que avala a Rachilde, elogiando esta novela, como Dario que le sigue, se hayan quedado cortos ante la desbordante imaginación y desenvoltura de esta mujer.
Cito a Barrès: “Rachilde nació en un cerebro en cierto modo infame, infame y coqueto. Todos los aficionados a lo raro lo examinan con inquietud […] Nos gusta Monsieur Venus porque analiza uno de los casos más curiosos del amor a sí mismo que haya producido este siglo enfermo de orgullo”. Darío introduce con estas palabras su retrato: “Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un “caso• curiosísimo y turbador…”.
No dejen de leer esta divertidísima novela que merecería una buena adaptación al teatro.
Les aseguro que tendría un éxito fulminante.
Conviene recordar quién era esta mujer que alborotó la bohemia de París, vestida de hombre y coronada por el éxito tras la publicación de Monsieur Venus. Conocida como Mme. Vallette, fundó con su marido la famosa Mercure de France , referente de la crítica artística, que se editó entre 1889 y 1930, y alcanzó tanto poder que se granjeó muchos odios. Las cincuenta novelas publicadas por ella, los libros de cuentos, los miles de artículos, las obras de teatro escritas y llevadas a la escena con éxito, no la hicieron merecedora en su tiempo de un lugar en los diccionarios e historias de la literatura en su país.
Con un dominio del idioma, una gracia, una agudeza y sentido del humor, Rachilde construye unos personajes inolvidables: Raoule de Vénérande, la joven aristócrata caprichosa, que como la autora está contaminada por lecturas poco recomendables para alguien de su condición (Voltaire o el Marqués de Sade). Esta decide adentrarse en los laberintos del deseo, más por conocer que por un alocado instinto, pues Raoule es muy cerebral y analiza, a la luz de sus lecturas, aspectos de género y relaciones de poder. Con su inteligencia y conocimientos, juega con fuego en una sociedad dividida no solo por barreras sociales, sino por prejuicios morales.
Raoule, que es huérfana, y vive en París en un palacio con una tía beata que no se entera de sus correrías, ni de los hombres que la visitan en sus aposentos, conoce a Jacques y Marie Silvert una pareja de hermanos que malviven en un tugurio del bulevar Montparnasse. Allí se supone que realizan labores de costura para las familias pudientes. Al observar la belleza femenina del joven, Raoule queda prensada de ese Adonis que le recuerda a Antinoo y con quien espera dar rienda suelta a sus deseos, pero vacila ante el papel que le corresponde como mujer. “Que sea lo que han sido los otros, un instrumento que pueda yo romper antes de convertirme en eco de sus vibraciones”, exclama cuando descubre la pasión desde su conciencia femenina.
Del mismo modo que Raoule (alter ego de Rachilde) suele salir en las noches vestida de hombre y comportarse de manera excéntrica, los jóvenes vividores no responden a los roles convencionales. Ella es una prostituta resabiada, que utiliza a su hermano, y éste es una criatura afeminada, con pretensiones de artista que realiza las labores de costurera. Raoule ve la oportunidad de jugar a ser el hombre de la relación en la que el joven hace de mujer y se propone dominarlo, pagarle con regalos y dinero el lujo de satisfacer sus caprichos. Pero comprende que quien paga también se convierte en esclavo de su pasión: “Lo he comprado, le pertenezco. Soy yo quien se ha vendido. ¡Sentidos, vosotros me entregáis un corazón! ¡Ay, demonio del amor! ¡Tú me has hecho prisionera al quitarme las cadenas y dejarme en mayor libertad que mi carcelero!" La relación se complica cuando entra en escena el barón Raittolbe, libertino pretendiente de Raoule. A partir de ese momento, la señorita de Vénérande será espiada por orden de su pretendiente, lo que lleva la trama de estos amores escandalosos hasta el límite.
Jacques, encarnación de Antinoo, es para Raoule el único dios ante el cual se inclina, superponiendo su deseo a las convenciones sociales y al rol asignado para ella. Con él decide vivir una insolente felicidad: ella, masculinizada; él, feminizado, ante el asombro de la buena sociedad que les vuelve la espalda. Solo el barón de Raittolbe continúa la farsa que se vuelve trágica e imposible, porque Jacques, convertido en mujer no puede amar a un hombre de mentira. El drama se resuelve con la eliminación de uno de los fantasmas y no diré cuál de los dos, para no aguarles la lectura de esta ingeniosa, chispeante, aguda e inteligente narración, que mezcla teatro y novela, en diálogos desconcertantes y descripciones tan vívidamente logradas, que nos sentimos parte de la escena. Voyeristas como Marie Silvert, que pone los ojos y el oído en esta pareja insolente y provocadora, los espiamos tras el armario.
La trama cobra mayor sentido en el contexto del siglo XIX, uno de los más misóginos de nuestra historia, que invade la literatura de dandis envidiosos de las mujeres, cuyos hábitos imitan: afeites, perfumes, joyas, incluso adelgazan la voz, en un deseo patológico de parecerse a ellas. Sorprende, por tanto, que una mujer le devuelva a los hombres su imagen: vestida de hombre, queriendo dominar en una relación, pagando y exigiendo. No es extraño que tanto Maurice Barrès, el prestigioso crítico que avala a Rachilde, elogiando esta novela, como Dario que le sigue, se hayan quedado cortos ante la desbordante imaginación y desenvoltura de esta mujer.
Cito a Barrès: “Rachilde nació en un cerebro en cierto modo infame, infame y coqueto. Todos los aficionados a lo raro lo examinan con inquietud […] Nos gusta Monsieur Venus porque analiza uno de los casos más curiosos del amor a sí mismo que haya producido este siglo enfermo de orgullo”. Darío introduce con estas palabras su retrato: “Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un “caso• curiosísimo y turbador…”.
No dejen de leer esta divertidísima novela que merecería una buena adaptación al teatro.
Les aseguro que tendría un éxito fulminante.
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miércoles, 7 de noviembre de 2012
Boom, boom, boom, un asunto masculino…
Perdonen que me meta donde no me llaman (jamás, porque no me llaman), pero es que no puedo evitar salir del silencio (de la escritura) para expresar, desde este nicho, mi opinión sobre un “cartel” que me llama poderosamente la atención. Se trata de un programa muy atractivo de tres jornadas en las que se aborda el tema: la literatura latinoamericana del "boom". En la foto de familia del artículo de El País (07/11/2012), que tomo como referencia, aparecen los grandes, felices y exultantes en los setenta, Donoso, Vargas Llosa y García Márquez. La noticia refiere el encuentro organizado por la Cátedra Mario Vargas Llosa de la Universidad de Murcia, que se lleva a cabo en Casa América, en Madrid, donde escritores y periodistas debaten sobre el “boom” en su 50 aniversario. El titular formula una pregunta “¿Por qué hay que matar el “boom”? Hasta ahí todo me parece pertinente y necesario, al margen de las opiniones y pronósticos que ha suscitado este debate. Lo verdaderamente curioso es que los intervinientes, tanto como quienes son objeto de estudio, sean única y exclusivamente hombres. ¿Acaso la literatura latinoamericana ha sido y sigue siendo un asunto predominantemente masculino? Si nos ceñimos al “cartel”, entendemos que sí…pero, ¿y quienes se ocupan del asunto, los críticos, las críticas (rara función del término en el que sujeto y objeto forman una entidad)… Pues parece que también, porque opinar sobre la literatura, según este “cartel”, es un asunto masculino. No hay una sola mujer que merezca la atención crítica, ni una sola periodista, “crítica literaria”, docente o investigadora con opiniones que merezcan ser tenidas en cuenta en estas lides, y no por venir de mujer, sino por agudas o acertadas.
Probablemente la responsabilidad de la invisibilidad de las mujeres en la vida cultural no descansa ni en los organizadores del encuentro, ni mucho menos en sus protagonistas, sino en las propias mujeres (¿menos listas?, ¿con menos talento?, ¿menos hábiles para tomarse los espacios públicos?, ¿muy tímidas e inseguras respecto a los señores?). Sin duda la mayoría de las mujeres que escribimos seguimos haciéndolo en las sombras. ¿Aún permanecemos en la difícilmente conquistada habitación propia, esperando que uno de estos señores nos invite a sentarnos a su lado?, como en el pasado, en los bailes organizados por las familias y los colegios, donde las niñas esperaban a que las sacaran a bailar. Si no aparecía ese príncipe generoso, o nadie miraba a la niña, se decía que había comido pavo. Esa era una gran humillación para una jovencita. Seguramente seguimos esperando a que los señores nos tengan en cuenta, y no salimos para no comer pavo, cuando ellos tratan asuntos tan sesudos, como este "boom" que se vive con la nostalgia del éxito de la literatura con mayúsculas, que no saben si matar, arrinconar o plagiar.
Lo que todos saben y se soslaya es que el "boom", que en efecto, fue predominantemente masculino (no vamos a cambiar la historia impresa), no hubiera sido posible de no ser por una mujer. Ah, paradoja de las paradojas. Se dice, para consolarnos, que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, pero en el caso del boom la sonada sentencia subraya aún más el contraste, pues detrás de estos “cuarenta escritores embarazados” que dice Vargas Llosa, estaba la señora Carmen Balcells aupándolos, arrullándolos, consolándolos, traduciéndolos, consagrándolos y, tal vez, “nobelándolos”. Ella no los embarazó, pero sí amamantó a sus criaturas y las engordó tanto que muchos todavía viven de ellas. Ya se nos van a morir estos octogenarios exitosos y aún no se vislumbra el relevo, que se esperaría fuese de ruptura y superación de ese estallido llamado "boom", como un disparo, mediante otro alumbramiento fantástico, como el ocurrido en ese laboratorio o clínica de nuevos narradores que fue la Barcelona de los setenta. Carlos Fuentes, antes de morir, solo le dio derecho a existir a una “quintilla de mexicanas”, amigas suyas, probablemente, pero más a la brasileña Nélida Piñón, que no podía hacerle ninguna sombra desde su ámbito lingüístico.
Si la visibilidad de las mujeres dependiera de los organizadores de encuentros, como el que menciono, lo hubieran tenido claro, y lo llevan claro, las que menciono, unas ya fallecidas, claro, Marta Brunet, Teresa de la Parra, María Luisa Bombal, Clarice Lispector, Inés Arredondo, Elena Garro, Rosario Castellanos, Cristina Rivera Gaza, Luisa Valenzuela, Reina Roffé, Vlady Kociancich, Claudia Piñeiro, Lina María Pérez, Marvel Moreno, Albalucía Ángel, Alicia Yáñez Cossío, Marcela Vintimilla, Liliana Miraglia, por mencionarlas al azar, entre distintos países. En todo caso, los interesados podrían recurrir a los catálogos editoriales o a las redes para encontrarlas, si quisieran. En cuanto a la crítica, ahí están Ana Pizarro, Margo Glantz, Beatriz Sarlo, Nora Catelli, Ana Caballé, o Rosa Montero, que podrían decir mucho sobre el tema, aunque no me atrevo a asegurar si sobre las escritoras, que no hacen parte de estos "carteles" ni interactúan con los grupos de poder que, básicamente, funcionan con estos parámetros: yo te invito, tú me invitas, nosotros nos invitamos, ¿y ellas? No existen, luego ellas no están invitadas. Así se conjuga la historia de la literatura latinoamericana.
A propósito, en la foto emblemática de El País hay tres mujeres, son las esposas de ellos, por eso están detrás, de ellos....
P/D: En respuesta he recibido dos amables mensajes en los que se recoge la programación con dos presencias femeninas, es verdad, pero eso no cambia mi opinión sobre el fenómeno que trato. Y otra en la que MVLL reconoce el papel de Carmen Balcells. También es verdad, pero aún así y con la perspectiva del tiempo me resulta llamativa esta paradoja (cuestionable, por cierto) que confirma la sentencia: "Detrás de cada hombre hay una gran mujer", pero: "Detras de cuarenta hombres hay una gran mujer..." es una imagen propia del realismo mágico...y sin embargo, resume la vida misma...ya lo dice la crítica: "el realismo mágico es realidad intensificada"....
Probablemente la responsabilidad de la invisibilidad de las mujeres en la vida cultural no descansa ni en los organizadores del encuentro, ni mucho menos en sus protagonistas, sino en las propias mujeres (¿menos listas?, ¿con menos talento?, ¿menos hábiles para tomarse los espacios públicos?, ¿muy tímidas e inseguras respecto a los señores?). Sin duda la mayoría de las mujeres que escribimos seguimos haciéndolo en las sombras. ¿Aún permanecemos en la difícilmente conquistada habitación propia, esperando que uno de estos señores nos invite a sentarnos a su lado?, como en el pasado, en los bailes organizados por las familias y los colegios, donde las niñas esperaban a que las sacaran a bailar. Si no aparecía ese príncipe generoso, o nadie miraba a la niña, se decía que había comido pavo. Esa era una gran humillación para una jovencita. Seguramente seguimos esperando a que los señores nos tengan en cuenta, y no salimos para no comer pavo, cuando ellos tratan asuntos tan sesudos, como este "boom" que se vive con la nostalgia del éxito de la literatura con mayúsculas, que no saben si matar, arrinconar o plagiar.
Lo que todos saben y se soslaya es que el "boom", que en efecto, fue predominantemente masculino (no vamos a cambiar la historia impresa), no hubiera sido posible de no ser por una mujer. Ah, paradoja de las paradojas. Se dice, para consolarnos, que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, pero en el caso del boom la sonada sentencia subraya aún más el contraste, pues detrás de estos “cuarenta escritores embarazados” que dice Vargas Llosa, estaba la señora Carmen Balcells aupándolos, arrullándolos, consolándolos, traduciéndolos, consagrándolos y, tal vez, “nobelándolos”. Ella no los embarazó, pero sí amamantó a sus criaturas y las engordó tanto que muchos todavía viven de ellas. Ya se nos van a morir estos octogenarios exitosos y aún no se vislumbra el relevo, que se esperaría fuese de ruptura y superación de ese estallido llamado "boom", como un disparo, mediante otro alumbramiento fantástico, como el ocurrido en ese laboratorio o clínica de nuevos narradores que fue la Barcelona de los setenta. Carlos Fuentes, antes de morir, solo le dio derecho a existir a una “quintilla de mexicanas”, amigas suyas, probablemente, pero más a la brasileña Nélida Piñón, que no podía hacerle ninguna sombra desde su ámbito lingüístico.
Si la visibilidad de las mujeres dependiera de los organizadores de encuentros, como el que menciono, lo hubieran tenido claro, y lo llevan claro, las que menciono, unas ya fallecidas, claro, Marta Brunet, Teresa de la Parra, María Luisa Bombal, Clarice Lispector, Inés Arredondo, Elena Garro, Rosario Castellanos, Cristina Rivera Gaza, Luisa Valenzuela, Reina Roffé, Vlady Kociancich, Claudia Piñeiro, Lina María Pérez, Marvel Moreno, Albalucía Ángel, Alicia Yáñez Cossío, Marcela Vintimilla, Liliana Miraglia, por mencionarlas al azar, entre distintos países. En todo caso, los interesados podrían recurrir a los catálogos editoriales o a las redes para encontrarlas, si quisieran. En cuanto a la crítica, ahí están Ana Pizarro, Margo Glantz, Beatriz Sarlo, Nora Catelli, Ana Caballé, o Rosa Montero, que podrían decir mucho sobre el tema, aunque no me atrevo a asegurar si sobre las escritoras, que no hacen parte de estos "carteles" ni interactúan con los grupos de poder que, básicamente, funcionan con estos parámetros: yo te invito, tú me invitas, nosotros nos invitamos, ¿y ellas? No existen, luego ellas no están invitadas. Así se conjuga la historia de la literatura latinoamericana.
A propósito, en la foto emblemática de El País hay tres mujeres, son las esposas de ellos, por eso están detrás, de ellos....
P/D: En respuesta he recibido dos amables mensajes en los que se recoge la programación con dos presencias femeninas, es verdad, pero eso no cambia mi opinión sobre el fenómeno que trato. Y otra en la que MVLL reconoce el papel de Carmen Balcells. También es verdad, pero aún así y con la perspectiva del tiempo me resulta llamativa esta paradoja (cuestionable, por cierto) que confirma la sentencia: "Detrás de cada hombre hay una gran mujer", pero: "Detras de cuarenta hombres hay una gran mujer..." es una imagen propia del realismo mágico...y sin embargo, resume la vida misma...ya lo dice la crítica: "el realismo mágico es realidad intensificada"....
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lunes, 29 de octubre de 2012
Te quiero, Javier
Me estoy enamorando de Javier María y no sé si podré evitarlo, pese a mi resistencia a Los enamoramientos que, si bien me aportó una grata reflexión sobre las paradojas del amor, me decepcionó por la poca importancia que el autor le da al tratamiento del punto de vista, algo fundamental en toda narración. En su caso, se da una confrontación entre dos personajes, que en realidad son una única persona. El amor aquí es un fantasma que nos lanza a los brazos de quien puede destruirnos, porque enamorarse es apostar por quien atenta contra nuestros intereses y no lo digo por los sentimientos que Marías despierta en mí. El hecho es que, tras acabar la narración, me quedé con la impresión de que no hacía falta hacernos creer que hay dos personajes poco creíbles, que quizás el autor de Los enamoramientos podría asumir su travestismo: Víctor / Víctoria, María / Javier. Con todo, el desarrollo del tema, sus digresiones, la hondura de la reflexión, la salvaría.
Pero este detalle sobre el punto de vista, para mi esencial, no tiene nada que ver con la impresión que me deja un escritor como Javier Marías en un medio como el español, donde algunos autores de éxito son, ante todo, personas muy bien relacionadas con las entidades culturales españolas, con los medios y con algunas editoriales, lo que influye en su desenvolvimiento: bolos por aquí, bolos, por allá… que si invitaciones a charlas, mesas redondas, cursos de verano, congresos, que si jurados de premios literarios, que si asesores en editoriales, e incluso en las instituciones culturales que los invitan. A veces llegan a acumular tanto poder que cualquier autor fuera de ese circuito está cívicamente muerto, casi condenado al anonimato o abocado a hacerles la corte, a ver si le arrojan unas cuantas migajas.
Hay una “petite histoire” literaria que parece decidir el destino de la obra y la suerte de sus autores, lo que deja un amargo sabor de boca a muchos escritores, impotentes ante tan compacta estrategia de poder. La omnipresencia de estos personajes puede ser tan insistente que fatigan al auditorio, pero a ellos no les importa eso. Centrados en sí mismo, el otro importa poco, así sea el lector del que esperan la gloria. Lo que cuenta es que en su cuenta bancaria se ingresa el concepto por sus actos de presencia y esto el bolsillo lo nota. Contra tales mezquindades se rebela mi querido Javier, y digo querido, porque mientras repaso la actividad cultural de estos años en España, su imagen crece ante mí. Él, por suerte, no necesita ayudas, que siempre vienen bien, pero pueden ser prescindibles cuando de lo que se trata es de defender una postura vital, la dignidad de un escritor que, como él, se lanza en los brazos de una pasión (la literatura), que lo puede destruir o darle la vida, cada vez que alguien abra las páginas de sus libros, tanto si es en este presente efímero, como en la posteridad, porque su mayor apuesta es por la perdurabilidad de la obra y esta no la garantizan los funcionarios de las instituciones culturales. El cualquier caso, él sabe que así gana más, aunque su gesto se considere muestra de orgullo o de arrogancia. Te quiero, Javier.
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Literatura española Javier Marías
domingo, 26 de agosto de 2012
Blas Matamoro, Cuerpo y poder
Cuerpo y poder, la más reciente publicación del argentino Blas Matamoro, no es un ensayo, tampoco una novela, ni una crónica, acaso una no novela, género que adquiere forma en este relato de la historia que atraviesa el cuerpo y se recicla convertido en realidad o ficción perceptible, sensible y de una exquisita sensualidad que no te empalaga, sino que te nutre. Aunque el autor pretenda, en apariencia, descender al chismorreo más morboso no consigue desviarnos de la reflexión sobre el poder y los azares de la historia, torbellino de pasiones, conjunción de fortuitas circunstancias, consumación de fantasías, juego de máscaras, de ausencias y presencias poderosas. Así disfrutamos con la comidilla que alborotó a la revolución francesa y acabó decapitando a aquella clase social frívola y ociosa que se creía tocada por la gracia divina y a salvo de la justicia del pueblo, o aplicada en nombre del populacho. A lo largo de la narración, tanto como en la reflexión que le sigue, tenemos a Matamoro de cuerpo presente, con su agudo sentido del humor y su audaz suspicacia, introduciéndose por los entresijos del poder.
Este relato, nos advierte el autor, surge de forma casual, pero intuimos que sus meditaciones son el resultado de cotidianas digestiones sobre los dimes y diretes de autores clásicos, de críticos y cronistas. De todos modos, el relato empieza con una de sus incursiones por las librerías de viejo de Madrid donde da con un ejemplar de un texto de Alain Decaux sobre el supuesto Luis XVII, el Delfín que, según la leyenda, no fue decapitado junto con sus progenitores, sino que les sobrevivió bajo otras identidades, lo que dio lugar a una copiosa literatura e incluso a una corte de seguidores dispuestos a restituirle sus derechos. En total, se cuenta con unos ochocientos libros sobre el tema y más de mil artículos y no solo eso, ya que los pretendientes a reclamar sus derechos, en calidad de delfines, crecieron como hongos. La verdad es que tiene miga lo que un cuerpo ausente o desaparecido provoca en la memoria colectiva. “…el deseo produce objetos los cuales, aunque inhallables, mueven la realidad de nuestras vidas•, sugiere el autor.
A la carnicería que fue la revolución, suceden otras intrigas y traiciones, de las que Matamoro da cuenta: la herencia jacobina con sus profetas y liturgias, el bajo clero igualitario, seguido del terror: asaltos a los conventos, la tortura y ejecución de los cuerpos: “En esas escenas de lo que podríamos denominar sadismo institucional, en la oscuridad del cuerpo que muere, hay una relación tanática, aniquiladora y gozosa del victimario con su víctima. Destruir es la manera extrema de poseer, la forma perversa y decisiva de apoderarse del ser amado”, sugiere Matamoro. Después del baño de sangre asistimos al espectáculo del poder, escenografía pura: el imperio de Napoleón, el paso del antiguo régimen a la sociedad del siglo XIX, un momento propicio para el teatro, para la desatada inspiración de los jóvenes románticos, como Víctor Hugo, que despiertan las más exaltadas pasiones. Pero los placeres estéticos no riñen en absoluto con los gastronómicos que satisfacen al cuerpo: “Comer eleva la tensión y la temperatura corporal al tiempo que acelera la velocidad del pulso y la salivación, como la excitación sexual”.
Así, desde un séquito de impostores que pretendían ser Luis XVII, hasta la corte de Napoleón, viajamos con Matamoro por la novela de la historia, patinando con él, desviándonos de los salones a las cocinas, de los teatros a las camas, del trono a las mazmorras. Y es que en su lógica de la dispersión tiramos de distintos hilos y nos deleitamos con los rumores, los azares, la tragedia y la comedia interpretada por unos personajes ya sin cuerpo, pero muy presentes, convertidos en leyenda.
Conmueve más allá de lo episódico la confesión de este intelectual que no aspira a ser un compositor -con un oído y una sensibilidad privilegiada, que ha dado lugar a sus lúcidos ensayos sobre música y compositores-, y que tampoco pretende escribir una novela magistral ni mucho menos innovar en la vejez. Grandeza en la humildad de los propósitos, de Matamoro, arriesgada aventura ésta de no novelar la insólita novela de la historia y, sin embargo, lograr que gocemos del banquete que nos ofrece, a la manera del maestro Montaigne, el más moderno y actual de los clásicos.
Este relato, nos advierte el autor, surge de forma casual, pero intuimos que sus meditaciones son el resultado de cotidianas digestiones sobre los dimes y diretes de autores clásicos, de críticos y cronistas. De todos modos, el relato empieza con una de sus incursiones por las librerías de viejo de Madrid donde da con un ejemplar de un texto de Alain Decaux sobre el supuesto Luis XVII, el Delfín que, según la leyenda, no fue decapitado junto con sus progenitores, sino que les sobrevivió bajo otras identidades, lo que dio lugar a una copiosa literatura e incluso a una corte de seguidores dispuestos a restituirle sus derechos. En total, se cuenta con unos ochocientos libros sobre el tema y más de mil artículos y no solo eso, ya que los pretendientes a reclamar sus derechos, en calidad de delfines, crecieron como hongos. La verdad es que tiene miga lo que un cuerpo ausente o desaparecido provoca en la memoria colectiva. “…el deseo produce objetos los cuales, aunque inhallables, mueven la realidad de nuestras vidas•, sugiere el autor.
A la carnicería que fue la revolución, suceden otras intrigas y traiciones, de las que Matamoro da cuenta: la herencia jacobina con sus profetas y liturgias, el bajo clero igualitario, seguido del terror: asaltos a los conventos, la tortura y ejecución de los cuerpos: “En esas escenas de lo que podríamos denominar sadismo institucional, en la oscuridad del cuerpo que muere, hay una relación tanática, aniquiladora y gozosa del victimario con su víctima. Destruir es la manera extrema de poseer, la forma perversa y decisiva de apoderarse del ser amado”, sugiere Matamoro. Después del baño de sangre asistimos al espectáculo del poder, escenografía pura: el imperio de Napoleón, el paso del antiguo régimen a la sociedad del siglo XIX, un momento propicio para el teatro, para la desatada inspiración de los jóvenes románticos, como Víctor Hugo, que despiertan las más exaltadas pasiones. Pero los placeres estéticos no riñen en absoluto con los gastronómicos que satisfacen al cuerpo: “Comer eleva la tensión y la temperatura corporal al tiempo que acelera la velocidad del pulso y la salivación, como la excitación sexual”.
Así, desde un séquito de impostores que pretendían ser Luis XVII, hasta la corte de Napoleón, viajamos con Matamoro por la novela de la historia, patinando con él, desviándonos de los salones a las cocinas, de los teatros a las camas, del trono a las mazmorras. Y es que en su lógica de la dispersión tiramos de distintos hilos y nos deleitamos con los rumores, los azares, la tragedia y la comedia interpretada por unos personajes ya sin cuerpo, pero muy presentes, convertidos en leyenda.
Conmueve más allá de lo episódico la confesión de este intelectual que no aspira a ser un compositor -con un oído y una sensibilidad privilegiada, que ha dado lugar a sus lúcidos ensayos sobre música y compositores-, y que tampoco pretende escribir una novela magistral ni mucho menos innovar en la vejez. Grandeza en la humildad de los propósitos, de Matamoro, arriesgada aventura ésta de no novelar la insólita novela de la historia y, sin embargo, lograr que gocemos del banquete que nos ofrece, a la manera del maestro Montaigne, el más moderno y actual de los clásicos.
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lunes, 11 de junio de 2012
Thomas Wolfe. Una puerta que nunca encontré
Es muy difícil escribir sobre Thomas Wolfe, un artista químicamente puro cuyo ritmo de escritura sigue los latidos del corazón y nos arrastra con el tumultuoso curso de la sangre, nos lleva hasta el fondo de ese mar agitado a punto de engullirnos. Nos oprime aquella palabra suya no dicha, como un tornado que estallara en la garganta. Con toda razón, Faulkner dijo de él que era el mejor escritor de su generación. Ya me había conmovido con El niño perdido, magistral relato que nos traslada a la infancia y en el que, desde distintos puntos de vista, nos refiere el dolor por la pérdida de un ser querido, en un viaje de ida y vuelta que permite recuperar, a través de la memoria, al niño que hay dentro de nosotros y que se miró en los ojos de una criatura perdida, ese niño irremplazable que se marcho para siempre dejando el vacío de su ausencia en el corazón de quienes lo amaron: el padre, la hermana mayor y el hermano pequeño, que apenas podía balbucir su nombre y que al pronunciarlo, años después, justo en la casa familiar revisitada, le asigna una existencia real.
Hoy acabo de leer Una puerta que nunca encontré con la emoción contenida por lo que, en verdad, se abre ante nosotros en carne viva y que constituye el latido feroz e implacable de su universo, su incesante búsqueda, su repetición apacible y mortal. Las palabras iniciales nos advierten que estamos muy lejos de la anécdota, de los aspectos episódicos de la existencia, que la ambición de Wolf es inconmensurable y devoradora: “Quién es el dueño de esta tierra? ¿Queríamos la tierra para acabar vagando por doquier? ¿Tanto la necesitábamos que al final no pudimos hallar sosiego en ella? Quien necesite la tierra que se haga con ella. Quien se haga con ella habrá de quedarse en su sitio, descansará en un pequeño espacio, vivirá en un pequeño lugar para siempre”. Hay quien no soportaría vivir para siempre en un pequeño lugar, o hay quien se ve forzado por las circunstancias a abandonar ese lugar o a buscar el lugar: su lugar. Este es el dilema que nos plantea Wolf en cuatro momentos de su existencia: octubre de 1931, de 1923 y de 1926 (otoño); y abril de 1928 (primavera). He de decir que Wolf nació en 1900 en Asheville (Baltimore) y murió en 1938.
La sustancia del tiempo es una de las obsesiones de este autor que quiere abarcar el espacio, avanzar, siempre en busca de la humanidad en las cosas. En su deterioro, en la pátina del tiempo, en la arquitectura, en la dureza del asfalto, en los interiores donde se agazapan los hambrientos que sueñan con alcanzar el bienestar y la seguridad anhelados, o en las diáfanas y amplias estancias donde burgueses cómodos e insípidos dejan pasar su aburrida existencia. Aquí en East River el lujo, las buenas maneras, la impostura, allá en Brooklyn la maltrecha jungla donde se agita la vida en patios de vecindad y en chabolas donde el hambre aprieta, pero donde no falta la belleza, pues allí, aunque se lo guarde para sí: “había belleza de sobra, la suficiente al menos para quemar el corazón, para enredar los sesos y rasgar los tendones de tu vida, ya partida en dos…”
En otro momento nos confiesa el autor lo siguiente: “Amaba la vida con tanto ímpetu que me volví loco por la sed, por el hambre que tenía de vivirla, un hambre tan literal, cruel y física que quise devorar la tierra y a toda la gente que vivía en ella”. Sin duda, su único momento de sosiego fue la página en blanco, el vacío que pudo llenar con sus anhelos volcados en palabras claras, precisas, abarcadoras, atropelladamente abriéndose camino a través de las venas.
La vuelta al lugar donde nació en busca del padre, la desolación de aquel terreno yermo donde yacen enterrados los recuerdos, esa búsqueda incesante del padre a que estamos condenados quienes jamás perdemos la esperanza de encontrarlo. Palabras del padre que se escriben en la piel, a sangre y fuego: “¡Vete! ¡Vete lejos, muy lejos!”…Lejos de su tierra, sin duda, se encuentra la Inglaterra que visita y de la que nos ofrece agudas reflexiones sobre el carácter de las personas que conoce y la cultura a la que pertenecen: “inmunes a las invasiones de cualquier forma de vida ajena a la suya”. Estas gentes, al contrario que Wolf, si habían, a su juicio, encontrado un camino, una puerta, un cuarto al que entrar.
No es en el otoño, sino en la primavera, con su estallido de vida, que nos acerca a esa verdad que persigue en cada imagen, en cada gesto, en cada paisaje que encuentra o deja atrás en su angustiosa errancia. Esa verdad está en el diario trabajo de los rudos obreros de la gran ciudad, gentes que aprendieron a aplicar perfectamente sus fuerzas en función de algo concreto, ante la vigilante mirada de un hombre que diariamente permanece en la ventana, como expresión viva de que nada cambia, y de que en el universo se repiten puntualmente los procesos de vida: “Algunas cosas nunca cambiarán. Pega tu oído a la superficie de la tierra y recuerda que hay cosas que duran para siempre", nos dice Wolf.
Hoy acabo de leer Una puerta que nunca encontré con la emoción contenida por lo que, en verdad, se abre ante nosotros en carne viva y que constituye el latido feroz e implacable de su universo, su incesante búsqueda, su repetición apacible y mortal. Las palabras iniciales nos advierten que estamos muy lejos de la anécdota, de los aspectos episódicos de la existencia, que la ambición de Wolf es inconmensurable y devoradora: “Quién es el dueño de esta tierra? ¿Queríamos la tierra para acabar vagando por doquier? ¿Tanto la necesitábamos que al final no pudimos hallar sosiego en ella? Quien necesite la tierra que se haga con ella. Quien se haga con ella habrá de quedarse en su sitio, descansará en un pequeño espacio, vivirá en un pequeño lugar para siempre”. Hay quien no soportaría vivir para siempre en un pequeño lugar, o hay quien se ve forzado por las circunstancias a abandonar ese lugar o a buscar el lugar: su lugar. Este es el dilema que nos plantea Wolf en cuatro momentos de su existencia: octubre de 1931, de 1923 y de 1926 (otoño); y abril de 1928 (primavera). He de decir que Wolf nació en 1900 en Asheville (Baltimore) y murió en 1938.
La sustancia del tiempo es una de las obsesiones de este autor que quiere abarcar el espacio, avanzar, siempre en busca de la humanidad en las cosas. En su deterioro, en la pátina del tiempo, en la arquitectura, en la dureza del asfalto, en los interiores donde se agazapan los hambrientos que sueñan con alcanzar el bienestar y la seguridad anhelados, o en las diáfanas y amplias estancias donde burgueses cómodos e insípidos dejan pasar su aburrida existencia. Aquí en East River el lujo, las buenas maneras, la impostura, allá en Brooklyn la maltrecha jungla donde se agita la vida en patios de vecindad y en chabolas donde el hambre aprieta, pero donde no falta la belleza, pues allí, aunque se lo guarde para sí: “había belleza de sobra, la suficiente al menos para quemar el corazón, para enredar los sesos y rasgar los tendones de tu vida, ya partida en dos…”
En otro momento nos confiesa el autor lo siguiente: “Amaba la vida con tanto ímpetu que me volví loco por la sed, por el hambre que tenía de vivirla, un hambre tan literal, cruel y física que quise devorar la tierra y a toda la gente que vivía en ella”. Sin duda, su único momento de sosiego fue la página en blanco, el vacío que pudo llenar con sus anhelos volcados en palabras claras, precisas, abarcadoras, atropelladamente abriéndose camino a través de las venas.
La vuelta al lugar donde nació en busca del padre, la desolación de aquel terreno yermo donde yacen enterrados los recuerdos, esa búsqueda incesante del padre a que estamos condenados quienes jamás perdemos la esperanza de encontrarlo. Palabras del padre que se escriben en la piel, a sangre y fuego: “¡Vete! ¡Vete lejos, muy lejos!”…Lejos de su tierra, sin duda, se encuentra la Inglaterra que visita y de la que nos ofrece agudas reflexiones sobre el carácter de las personas que conoce y la cultura a la que pertenecen: “inmunes a las invasiones de cualquier forma de vida ajena a la suya”. Estas gentes, al contrario que Wolf, si habían, a su juicio, encontrado un camino, una puerta, un cuarto al que entrar.
No es en el otoño, sino en la primavera, con su estallido de vida, que nos acerca a esa verdad que persigue en cada imagen, en cada gesto, en cada paisaje que encuentra o deja atrás en su angustiosa errancia. Esa verdad está en el diario trabajo de los rudos obreros de la gran ciudad, gentes que aprendieron a aplicar perfectamente sus fuerzas en función de algo concreto, ante la vigilante mirada de un hombre que diariamente permanece en la ventana, como expresión viva de que nada cambia, y de que en el universo se repiten puntualmente los procesos de vida: “Algunas cosas nunca cambiarán. Pega tu oído a la superficie de la tierra y recuerda que hay cosas que duran para siempre", nos dice Wolf.
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jueves, 17 de mayo de 2012
Coloquio Internacional: Periplo colombiano. Narrazione e narrativa per il nuovo milenio
Con éxito se cerró este encuentro de narradores colombianos, al que tuve la suerte de ser invitada, los días 10 y 11 de mayo, gracias al profesor Fabio Rodríguez Amaya, Director del Departamento de Ciencias del Lenguaje, de la Comunicación y de los Estudios Culturales, de la Universidad de Bérgamo. Extraordinaria ocasión para establecer un diálogo entre estudiantes, especialistas y colegas, sobre el proceso de la narrativa colombiana del siglo XX, dedicado a dos autores fundamentales para mí: Luis Fayad y Darío Ruiz Gómez, quienes empiezan a publicar sus libros a finales de los sesenta y principios de los setenta, en un momento en que la narrativa hispanoamericana despertaba el interés en el contexto internacional, gracias a, entre otros, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y el fallecido Carlos Fuentes. Estos transitaban por los caminos de la experimentación formal, retomando el aliento de las vanguardias europeas. Volver a la narrativa de los setenta en Colombia implicó evocar los nombres de Eduardo Zalamea Borda y Álvaro Cépeda Samudio quienes con Cuatro años a bordo de mi mismo (1934) y Todos estábamos a la espera (1954), respectivamente, renovaron la prosa del siglo XX dando muestras de una gran habilidad narrativa. Con una economía de recursos y técnicas, éstos nos acercaron a la realidad desde distintas voces y perspectivas. Si el primero se sumergía en los dilemas del individuo contemporáneo, en su soledad y necesidad de búsqueda interior, el otro exploraba distintos universos y procedimientos, cuestionando la moralidad burguesa y la noción de verdad.
En la misma línea, Luis Fayad con Los parientes de Ester (1978) nos dejaba escuchar las voces de la ciudad por la que transitaba la clase media con sus afanes por llegar a fin de mes y sus expectativas de un cargo público, en diálogos tan contundentes como eficaces. En cuanto, Darío Ruiz Gómez nos ofrecía en Hojas en el patio (1978)una amplia perspectiva de las transformaciones de la ciudad desde el interior del individuo, recurriendo a la complicada técnica del monólogo interior. Ellos son, sin duda, los maestros del postboom y sus obras ya son parte del canon de la literatura hispanoamericana. Lamentablemente, por motivos de salud, no contamos con la presencia de estos dos autores, pero si con la magnífica exposición que Rodríguez Amaya les dedicó.
En cuanto a mi, disfruté al compartir mesa con nuestro querido Julio Olaciregui y con Pablo Montoya que presentó su libro Los derrotados, magníficamente editado por Sílaba editores. Le correspondió al profesor Erminio Corti referirse a esta novela que devela aspectos desconocidos de Francisco José de Caldas ficcionalizado con la habilidad narrativa de Montoya. Destacó la honda, amena y erudita introducción sobre Dionea, de Julio Olaciregui, por parte de Gabriel Saad, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Paris III, Sorbonne Nouvelle, narrador, poeta y ensayista, quien nos sumergió en las distintas mitologías por las que transita Olaciregui, superponiendo tiempos, espacios, personajes y ritmos, con una fluidez que nos devuelve la capacidad de soñar. Olaciregui, a la vez, nos deleitó con una amena exposición sobre la obra de Roberto Burgos Cantor y Manuel Zapata Olivella, en la que no faltaron los aires afrocolombianos.
He de agradecer, como siempre, a Federica Arnoldi la lectura de mis libros y la rigurosa intervención, y en general, a todo el equipo que organizó con Fabio este encuentro, así como a Luigi Grazioli editor de Dopiozzero del audio libro que recoge nuestros cuentos y en el que Fabio, compilador y presentador, puso tanto afecto. La verdad, anima a seguir trabajando con rigor y verdad cuando encuentras personas que trabajan no para sí mismas, sino para los demás.
Mucho debemos a Fabio, no solo por su difusión de la literatura colombiana e Italia, sino por sus impecables y celebradas traducciones de Borges y Saramago al italiano, él que además es un excelente pintor, premiado en certámenes internacionales y al que Colombia le debe una exposición en condiciones, ya que su pintura, a la que ha entregado la vida, expresa en recias pinceladas, el dolor del exilio, la cercanía del abismo, la tentación del abandono, a través de sus cuerpos errantes, que desde la otra orilla nos interrogan.
En la misma línea, Luis Fayad con Los parientes de Ester (1978) nos dejaba escuchar las voces de la ciudad por la que transitaba la clase media con sus afanes por llegar a fin de mes y sus expectativas de un cargo público, en diálogos tan contundentes como eficaces. En cuanto, Darío Ruiz Gómez nos ofrecía en Hojas en el patio (1978)una amplia perspectiva de las transformaciones de la ciudad desde el interior del individuo, recurriendo a la complicada técnica del monólogo interior. Ellos son, sin duda, los maestros del postboom y sus obras ya son parte del canon de la literatura hispanoamericana. Lamentablemente, por motivos de salud, no contamos con la presencia de estos dos autores, pero si con la magnífica exposición que Rodríguez Amaya les dedicó.
En cuanto a mi, disfruté al compartir mesa con nuestro querido Julio Olaciregui y con Pablo Montoya que presentó su libro Los derrotados, magníficamente editado por Sílaba editores. Le correspondió al profesor Erminio Corti referirse a esta novela que devela aspectos desconocidos de Francisco José de Caldas ficcionalizado con la habilidad narrativa de Montoya. Destacó la honda, amena y erudita introducción sobre Dionea, de Julio Olaciregui, por parte de Gabriel Saad, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Paris III, Sorbonne Nouvelle, narrador, poeta y ensayista, quien nos sumergió en las distintas mitologías por las que transita Olaciregui, superponiendo tiempos, espacios, personajes y ritmos, con una fluidez que nos devuelve la capacidad de soñar. Olaciregui, a la vez, nos deleitó con una amena exposición sobre la obra de Roberto Burgos Cantor y Manuel Zapata Olivella, en la que no faltaron los aires afrocolombianos.
He de agradecer, como siempre, a Federica Arnoldi la lectura de mis libros y la rigurosa intervención, y en general, a todo el equipo que organizó con Fabio este encuentro, así como a Luigi Grazioli editor de Dopiozzero del audio libro que recoge nuestros cuentos y en el que Fabio, compilador y presentador, puso tanto afecto. La verdad, anima a seguir trabajando con rigor y verdad cuando encuentras personas que trabajan no para sí mismas, sino para los demás.
Mucho debemos a Fabio, no solo por su difusión de la literatura colombiana e Italia, sino por sus impecables y celebradas traducciones de Borges y Saramago al italiano, él que además es un excelente pintor, premiado en certámenes internacionales y al que Colombia le debe una exposición en condiciones, ya que su pintura, a la que ha entregado la vida, expresa en recias pinceladas, el dolor del exilio, la cercanía del abismo, la tentación del abandono, a través de sus cuerpos errantes, que desde la otra orilla nos interrogan.
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