Es muy difícil escribir sobre Thomas Wolfe, un artista químicamente puro cuyo ritmo de escritura sigue los latidos del corazón y nos arrastra con el tumultuoso curso de la sangre, nos lleva hasta el fondo de ese mar agitado a punto de engullirnos. Nos oprime aquella palabra suya no dicha, como un tornado que estallara en la garganta. Con toda razón, Faulkner dijo de él que era el mejor escritor de su generación. Ya me había conmovido con El niño perdido, magistral relato que nos traslada a la infancia y en el que, desde distintos puntos de vista, nos refiere el dolor por la pérdida de un ser querido, en un viaje de ida y vuelta que permite recuperar, a través de la memoria, al niño que hay dentro de nosotros y que se miró en los ojos de una criatura perdida, ese niño irremplazable que se marcho para siempre dejando el vacío de su ausencia en el corazón de quienes lo amaron: el padre, la hermana mayor y el hermano pequeño, que apenas podía balbucir su nombre y que al pronunciarlo, años después, justo en la casa familiar revisitada, le asigna una existencia real.
Hoy acabo de leer Una puerta que nunca encontré con la emoción contenida por lo que, en verdad, se abre ante nosotros en carne viva y que constituye el latido feroz e implacable de su universo, su incesante búsqueda, su repetición apacible y mortal. Las palabras iniciales nos advierten que estamos muy lejos de la anécdota, de los aspectos episódicos de la existencia, que la ambición de Wolf es inconmensurable y devoradora: “Quién es el dueño de esta tierra? ¿Queríamos la tierra para acabar vagando por doquier? ¿Tanto la necesitábamos que al final no pudimos hallar sosiego en ella? Quien necesite la tierra que se haga con ella. Quien se haga con ella habrá de quedarse en su sitio, descansará en un pequeño espacio, vivirá en un pequeño lugar para siempre”. Hay quien no soportaría vivir para siempre en un pequeño lugar, o hay quien se ve forzado por las circunstancias a abandonar ese lugar o a buscar el lugar: su lugar. Este es el dilema que nos plantea Wolf en cuatro momentos de su existencia: octubre de 1931, de 1923 y de 1926 (otoño); y abril de 1928 (primavera). He de decir que Wolf nació en 1900 en Asheville (Baltimore) y murió en 1938.
La sustancia del tiempo es una de las obsesiones de este autor que quiere abarcar el espacio, avanzar, siempre en busca de la humanidad en las cosas. En su deterioro, en la pátina del tiempo, en la arquitectura, en la dureza del asfalto, en los interiores donde se agazapan los hambrientos que sueñan con alcanzar el bienestar y la seguridad anhelados, o en las diáfanas y amplias estancias donde burgueses cómodos e insípidos dejan pasar su aburrida existencia. Aquí en East River el lujo, las buenas maneras, la impostura, allá en Brooklyn la maltrecha jungla donde se agita la vida en patios de vecindad y en chabolas donde el hambre aprieta, pero donde no falta la belleza, pues allí, aunque se lo guarde para sí: “había belleza de sobra, la suficiente al menos para quemar el corazón, para enredar los sesos y rasgar los tendones de tu vida, ya partida en dos…”
En otro momento nos confiesa el autor lo siguiente: “Amaba la vida con tanto ímpetu que me volví loco por la sed, por el hambre que tenía de vivirla, un hambre tan literal, cruel y física que quise devorar la tierra y a toda la gente que vivía en ella”. Sin duda, su único momento de sosiego fue la página en blanco, el vacío que pudo llenar con sus anhelos volcados en palabras claras, precisas, abarcadoras, atropelladamente abriéndose camino a través de las venas.
La vuelta al lugar donde nació en busca del padre, la desolación de aquel terreno yermo donde yacen enterrados los recuerdos, esa búsqueda incesante del padre a que estamos condenados quienes jamás perdemos la esperanza de encontrarlo. Palabras del padre que se escriben en la piel, a sangre y fuego: “¡Vete! ¡Vete lejos, muy lejos!”…Lejos de su tierra, sin duda, se encuentra la Inglaterra que visita y de la que nos ofrece agudas reflexiones sobre el carácter de las personas que conoce y la cultura a la que pertenecen: “inmunes a las invasiones de cualquier forma de vida ajena a la suya”. Estas gentes, al contrario que Wolf, si habían, a su juicio, encontrado un camino, una puerta, un cuarto al que entrar.
No es en el otoño, sino en la primavera, con su estallido de vida, que nos acerca a esa verdad que persigue en cada imagen, en cada gesto, en cada paisaje que encuentra o deja atrás en su angustiosa errancia. Esa verdad está en el diario trabajo de los rudos obreros de la gran ciudad, gentes que aprendieron a aplicar perfectamente sus fuerzas en función de algo concreto, ante la vigilante mirada de un hombre que diariamente permanece en la ventana, como expresión viva de que nada cambia, y de que en el universo se repiten puntualmente los procesos de vida: “Algunas cosas nunca cambiarán. Pega tu oído a la superficie de la tierra y recuerda que hay cosas que duran para siempre", nos dice Wolf.
lunes, 11 de junio de 2012
jueves, 17 de mayo de 2012
Coloquio Internacional: Periplo colombiano. Narrazione e narrativa per il nuovo milenio
Con éxito se cerró este encuentro de narradores colombianos, al que tuve la suerte de ser invitada, los días 10 y 11 de mayo, gracias al profesor Fabio Rodríguez Amaya, Director del Departamento de Ciencias del Lenguaje, de la Comunicación y de los Estudios Culturales, de la Universidad de Bérgamo. Extraordinaria ocasión para establecer un diálogo entre estudiantes, especialistas y colegas, sobre el proceso de la narrativa colombiana del siglo XX, dedicado a dos autores fundamentales para mí: Luis Fayad y Darío Ruiz Gómez, quienes empiezan a publicar sus libros a finales de los sesenta y principios de los setenta, en un momento en que la narrativa hispanoamericana despertaba el interés en el contexto internacional, gracias a, entre otros, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y el fallecido Carlos Fuentes. Estos transitaban por los caminos de la experimentación formal, retomando el aliento de las vanguardias europeas. Volver a la narrativa de los setenta en Colombia implicó evocar los nombres de Eduardo Zalamea Borda y Álvaro Cépeda Samudio quienes con Cuatro años a bordo de mi mismo (1934) y Todos estábamos a la espera (1954), respectivamente, renovaron la prosa del siglo XX dando muestras de una gran habilidad narrativa. Con una economía de recursos y técnicas, éstos nos acercaron a la realidad desde distintas voces y perspectivas. Si el primero se sumergía en los dilemas del individuo contemporáneo, en su soledad y necesidad de búsqueda interior, el otro exploraba distintos universos y procedimientos, cuestionando la moralidad burguesa y la noción de verdad.
En la misma línea, Luis Fayad con Los parientes de Ester (1978) nos dejaba escuchar las voces de la ciudad por la que transitaba la clase media con sus afanes por llegar a fin de mes y sus expectativas de un cargo público, en diálogos tan contundentes como eficaces. En cuanto, Darío Ruiz Gómez nos ofrecía en Hojas en el patio (1978)una amplia perspectiva de las transformaciones de la ciudad desde el interior del individuo, recurriendo a la complicada técnica del monólogo interior. Ellos son, sin duda, los maestros del postboom y sus obras ya son parte del canon de la literatura hispanoamericana. Lamentablemente, por motivos de salud, no contamos con la presencia de estos dos autores, pero si con la magnífica exposición que Rodríguez Amaya les dedicó.
En cuanto a mi, disfruté al compartir mesa con nuestro querido Julio Olaciregui y con Pablo Montoya que presentó su libro Los derrotados, magníficamente editado por Sílaba editores. Le correspondió al profesor Erminio Corti referirse a esta novela que devela aspectos desconocidos de Francisco José de Caldas ficcionalizado con la habilidad narrativa de Montoya. Destacó la honda, amena y erudita introducción sobre Dionea, de Julio Olaciregui, por parte de Gabriel Saad, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Paris III, Sorbonne Nouvelle, narrador, poeta y ensayista, quien nos sumergió en las distintas mitologías por las que transita Olaciregui, superponiendo tiempos, espacios, personajes y ritmos, con una fluidez que nos devuelve la capacidad de soñar. Olaciregui, a la vez, nos deleitó con una amena exposición sobre la obra de Roberto Burgos Cantor y Manuel Zapata Olivella, en la que no faltaron los aires afrocolombianos.
He de agradecer, como siempre, a Federica Arnoldi la lectura de mis libros y la rigurosa intervención, y en general, a todo el equipo que organizó con Fabio este encuentro, así como a Luigi Grazioli editor de Dopiozzero del audio libro que recoge nuestros cuentos y en el que Fabio, compilador y presentador, puso tanto afecto. La verdad, anima a seguir trabajando con rigor y verdad cuando encuentras personas que trabajan no para sí mismas, sino para los demás.
Mucho debemos a Fabio, no solo por su difusión de la literatura colombiana e Italia, sino por sus impecables y celebradas traducciones de Borges y Saramago al italiano, él que además es un excelente pintor, premiado en certámenes internacionales y al que Colombia le debe una exposición en condiciones, ya que su pintura, a la que ha entregado la vida, expresa en recias pinceladas, el dolor del exilio, la cercanía del abismo, la tentación del abandono, a través de sus cuerpos errantes, que desde la otra orilla nos interrogan.
En la misma línea, Luis Fayad con Los parientes de Ester (1978) nos dejaba escuchar las voces de la ciudad por la que transitaba la clase media con sus afanes por llegar a fin de mes y sus expectativas de un cargo público, en diálogos tan contundentes como eficaces. En cuanto, Darío Ruiz Gómez nos ofrecía en Hojas en el patio (1978)una amplia perspectiva de las transformaciones de la ciudad desde el interior del individuo, recurriendo a la complicada técnica del monólogo interior. Ellos son, sin duda, los maestros del postboom y sus obras ya son parte del canon de la literatura hispanoamericana. Lamentablemente, por motivos de salud, no contamos con la presencia de estos dos autores, pero si con la magnífica exposición que Rodríguez Amaya les dedicó.
En cuanto a mi, disfruté al compartir mesa con nuestro querido Julio Olaciregui y con Pablo Montoya que presentó su libro Los derrotados, magníficamente editado por Sílaba editores. Le correspondió al profesor Erminio Corti referirse a esta novela que devela aspectos desconocidos de Francisco José de Caldas ficcionalizado con la habilidad narrativa de Montoya. Destacó la honda, amena y erudita introducción sobre Dionea, de Julio Olaciregui, por parte de Gabriel Saad, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Paris III, Sorbonne Nouvelle, narrador, poeta y ensayista, quien nos sumergió en las distintas mitologías por las que transita Olaciregui, superponiendo tiempos, espacios, personajes y ritmos, con una fluidez que nos devuelve la capacidad de soñar. Olaciregui, a la vez, nos deleitó con una amena exposición sobre la obra de Roberto Burgos Cantor y Manuel Zapata Olivella, en la que no faltaron los aires afrocolombianos.
He de agradecer, como siempre, a Federica Arnoldi la lectura de mis libros y la rigurosa intervención, y en general, a todo el equipo que organizó con Fabio este encuentro, así como a Luigi Grazioli editor de Dopiozzero del audio libro que recoge nuestros cuentos y en el que Fabio, compilador y presentador, puso tanto afecto. La verdad, anima a seguir trabajando con rigor y verdad cuando encuentras personas que trabajan no para sí mismas, sino para los demás.
Mucho debemos a Fabio, no solo por su difusión de la literatura colombiana e Italia, sino por sus impecables y celebradas traducciones de Borges y Saramago al italiano, él que además es un excelente pintor, premiado en certámenes internacionales y al que Colombia le debe una exposición en condiciones, ya que su pintura, a la que ha entregado la vida, expresa en recias pinceladas, el dolor del exilio, la cercanía del abismo, la tentación del abandono, a través de sus cuerpos errantes, que desde la otra orilla nos interrogan.
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miércoles, 22 de febrero de 2012
Bestiario personal, Carlos Wamba
Hay libros que se gestan en un rapto de inspiración, que nacen como una exhalación y aunque maduren, se les ve cerca en el tiempo. Al leerlos no se siente la distancia temporal y ello nos da la idea de continuidad, la certeza de que la creación poética se concreta enseguida en el libro, como algo natural. Pero también hay libros que deben esperar toda una vida, que atraviesan distintas edades y adquieren con el paso del tiempo tonalidades y matices insospechados. Son libros que se resisten a ver la luz, que prefieren la clandestinidad de los manuscritos de mano en mano, que fluyen como un secreto y a veces como un rumor. Se sabe de su autor de oídas, pero no a través de la experiencia de la lectura de ese libro que por azar se descubre en el anaquel de una librería o sobre una manta, en una calle cualquiera donde alguien saca viejos volúmenes del sótano y los subasta ante los transeúntes presurosos.
Bestiario personal, de mi amigo, de toda la vida, Carlos Wamba, es uno de esos libros que ha exigido tiempo, que ha acompañado a su autor desde la más tierna juventud y ha madurado con él, que se ha dejado leer en recitales en cafés y tabernas ante auditorios reducidos, mínimos, en ciudades del Sur, como Cádiz o Sevilla. También ha viajado a través del correo postal y el correo electrónico, en busca de su editor, pero no se ha dejado atrapar fácilmente. Su autor lo ha retenido durante décadas, como un tesoro; su bestiario ha vivido con él el tiempo muerto de los momentos previos a la creación y el tiempo frenético de las conversaciones con los amigos. Así, ha resistido los avatares de la buena y mala fortuna de los que ha salido fortalecido y con lustre.
Ahora este hermoso Bestiario personal se publica bajo el sello de la editorial Baile del Sol (¿acaso celebrando la vida alrededor de su estrella?), con unas bellas ilustraciones que lo acompañan, de Horacio Hermoso Mallado-Damas, por lo que es un libro conjunto. De evocaciones bíblicas, se abre con, entre otros, este epígrafe: “E hizo Dios las fieras de la tierra según sus especies, los animales domésticos, según sus especies y los reptiles del suelo según sus especies. Y vio Dios que era bueno” (Génesis, I, 24-25). Y es que su autor ha viajado hasta el origen persiguiendo la forma de sus criaturas a las que ha observado de manera casi obsesiva para llegar a la esencia, al sentido último, midiéndolas con una precisión matemática. Así ha calculado hasta la extensión de su sombra, el ángulo de su descenso: la parsimonia del primate, el bostezo del felino o la fluidez de la anguila. También ha leído en la pupila del búho el secreto de la noche y no ha dejado de observar, o de espiar, ni siquiera a la mosca: “Un pulgar en la sombra./ Vivir y morir,/ en un punto de luz. // Pulsión// Dos patas./ Tres patas. / Seis patas. //Gira, mide, /describe ventanas/ en el aire abierto. // Arriba, abajo. // Se tiende. Abajo./…”.
Geometría del ser que pasa las horas, en apariencia muertas, maquinando la forma de atrapar a las bestias, que asalta la naturaleza viviente y sucumbe a la fascinación del instante en que se alcanza la belleza de lo mínimo y de lo colosal. Bajo la forma del animal se agita la llama de la vida en todo su esplendor. Asedio de la mirada que se deja llevar, sin límite de tiempo, más allá de la forma y que entrega toda una vida, si es preciso, hasta alcanzar el ángulo exacto. En esto ha consistido quizás la lenta pero imparable actividad poética de Carlos Wamba, cazador de animales libres, de animales del barrio y de animales soñados, criaturas que hacen parte de este poemario, donde no faltan ni el coral, ni la gacela, ni el unicornio.
Bestiario personal, de mi amigo, de toda la vida, Carlos Wamba, es uno de esos libros que ha exigido tiempo, que ha acompañado a su autor desde la más tierna juventud y ha madurado con él, que se ha dejado leer en recitales en cafés y tabernas ante auditorios reducidos, mínimos, en ciudades del Sur, como Cádiz o Sevilla. También ha viajado a través del correo postal y el correo electrónico, en busca de su editor, pero no se ha dejado atrapar fácilmente. Su autor lo ha retenido durante décadas, como un tesoro; su bestiario ha vivido con él el tiempo muerto de los momentos previos a la creación y el tiempo frenético de las conversaciones con los amigos. Así, ha resistido los avatares de la buena y mala fortuna de los que ha salido fortalecido y con lustre.
Ahora este hermoso Bestiario personal se publica bajo el sello de la editorial Baile del Sol (¿acaso celebrando la vida alrededor de su estrella?), con unas bellas ilustraciones que lo acompañan, de Horacio Hermoso Mallado-Damas, por lo que es un libro conjunto. De evocaciones bíblicas, se abre con, entre otros, este epígrafe: “E hizo Dios las fieras de la tierra según sus especies, los animales domésticos, según sus especies y los reptiles del suelo según sus especies. Y vio Dios que era bueno” (Génesis, I, 24-25). Y es que su autor ha viajado hasta el origen persiguiendo la forma de sus criaturas a las que ha observado de manera casi obsesiva para llegar a la esencia, al sentido último, midiéndolas con una precisión matemática. Así ha calculado hasta la extensión de su sombra, el ángulo de su descenso: la parsimonia del primate, el bostezo del felino o la fluidez de la anguila. También ha leído en la pupila del búho el secreto de la noche y no ha dejado de observar, o de espiar, ni siquiera a la mosca: “Un pulgar en la sombra./ Vivir y morir,/ en un punto de luz. // Pulsión// Dos patas./ Tres patas. / Seis patas. //Gira, mide, /describe ventanas/ en el aire abierto. // Arriba, abajo. // Se tiende. Abajo./…”.
Geometría del ser que pasa las horas, en apariencia muertas, maquinando la forma de atrapar a las bestias, que asalta la naturaleza viviente y sucumbe a la fascinación del instante en que se alcanza la belleza de lo mínimo y de lo colosal. Bajo la forma del animal se agita la llama de la vida en todo su esplendor. Asedio de la mirada que se deja llevar, sin límite de tiempo, más allá de la forma y que entrega toda una vida, si es preciso, hasta alcanzar el ángulo exacto. En esto ha consistido quizás la lenta pero imparable actividad poética de Carlos Wamba, cazador de animales libres, de animales del barrio y de animales soñados, criaturas que hacen parte de este poemario, donde no faltan ni el coral, ni la gacela, ni el unicornio.
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domingo, 12 de febrero de 2012
Los ojos, de Pablo Messiez
Hacía mucho tiempo que una puesta en escena no me llenaba de vida ni me abría los ojos de la manera como me ha ocurrido con Los ojos, obra del joven dramaturgo argentino Pablo Messiez (Buenos Aires, 1974) autor también de piezas celebradas como Muda y Ahora. El texto de Los ojos es de una inteligencia y una lucidez solo comparables con las grandes obras de la literatura. De hecho, se inspira en una novela clásica, Marianela, de Benito Pérez Galdós, pero no trata solo del tema de la ceguera, sino de ver más allá de los tópicos y de los condicionamientos que nos circundan y limitan. He de decir que Messiez es agudo, punzante, lacerante, sarcástico, pero el efecto de sus palabras en el espectador es posible gracias al magnífico trabajo actoral. Interpretada por las actrices Marianela Pensado en el papel de Nela, Fernanda Orazi en el papel de Natalia, Violeta Pérez en el papel de Chabuca y por el actor Óscar Velado en el papel de Pablo, la obra alcanza una intensidad dramática que corta la respiración y sus afirmaciones nos hace pensar en autoras de nuestros entorno literario, como la brasileña Clarice Lispector, quienes en sus textos quiebran la sintaxis, de la lengua de forma tan dolorosa, que al reponernos sentimos que hay algo distinto en nosotros.
¿Qué significa ver, si apenas vemos, si la verdad estamos ciegos de lo que no vemos ni conocemos? Pablo no conoce la diferencia entre la oscuridad y la luz, no tiene la noción de los colores, pero sabe y aprende a través de los sentidos. Nela ama a esa criatura que depende de ella y ser su Lazarillo se convierte en la única razón de vivir. Pero no quiere que Pablo vea. Prefiere morir antes que arriesgarse a que no la ame cuando la vea. Chabuca es una suerte de chamán que cura con canciones y que va a la provincia apartada en busca de tranquilidad. Con Nela se da cuenta de que tampoco es posible la paz tan anhelada, porque el arrebato de los sentimientos también allí es de naturaleza salvaje. Pablo no se había planteado ver hasta que aparece Chabuca y le explica que es capaz de curar con canciones. Nela encarna a los seres simples que no se plantean cambiar la realidad y que se angustian cuando algo se mueve y remueve las bases sobre las que creen se sostiene la existencia. Por el contrario, Natalia desmonta los tópicos sobre nuestro estar en el mundo, las frases hechas, las consignas vacías, o falsas, en las que nos apoyamos para evitar preguntas esenciales como, qué hacemos en este mundo y que significa “esto”.
Conceptos como patria, arraigo, pertenencia a una tierra, familia, etc., poco valen a la hora de apaciguar la angustia, el temor a la muerte, la cercanía del abismo. Lo que sí tiene sentido, ante la inevitable y desgarradora soledad del ser humano en el mundo contemporáneo, de la que Walter Benjamin nos hace conscientes, es el amor. Solo se arraiga en el otro que nos ama y que amamos. Esta verdad justifica la muerte de Nela sin Pablo, a la vez, que la muerte de Nela justifica la fuga de Natalia hacia la nada, ese salto al vacío que es el viaje, la búsqueda del lugar donde podemos ser. Enfrentada a la nada, la actriz sostiene la mirada ante los espectadores a quienes lanza la pregunta sobre el sentido de la vida. En esos segundos en que Natalia está sola en el escenario, sentimos el poder del arte para quitarnos la venda de los ojos y remover recónditos temores, en una suerte de exorcismo que renueva nuestras energías y aumenta las posibilidades de felicidad, aunque ver más allá nos cause dolor y sufrimiento. Ante esta verdad, es un consuelo la ironía, ejercicio máximo de la inteligencia de la que esta obra es una muestra excepcional.
¿Qué significa ver, si apenas vemos, si la verdad estamos ciegos de lo que no vemos ni conocemos? Pablo no conoce la diferencia entre la oscuridad y la luz, no tiene la noción de los colores, pero sabe y aprende a través de los sentidos. Nela ama a esa criatura que depende de ella y ser su Lazarillo se convierte en la única razón de vivir. Pero no quiere que Pablo vea. Prefiere morir antes que arriesgarse a que no la ame cuando la vea. Chabuca es una suerte de chamán que cura con canciones y que va a la provincia apartada en busca de tranquilidad. Con Nela se da cuenta de que tampoco es posible la paz tan anhelada, porque el arrebato de los sentimientos también allí es de naturaleza salvaje. Pablo no se había planteado ver hasta que aparece Chabuca y le explica que es capaz de curar con canciones. Nela encarna a los seres simples que no se plantean cambiar la realidad y que se angustian cuando algo se mueve y remueve las bases sobre las que creen se sostiene la existencia. Por el contrario, Natalia desmonta los tópicos sobre nuestro estar en el mundo, las frases hechas, las consignas vacías, o falsas, en las que nos apoyamos para evitar preguntas esenciales como, qué hacemos en este mundo y que significa “esto”.
Conceptos como patria, arraigo, pertenencia a una tierra, familia, etc., poco valen a la hora de apaciguar la angustia, el temor a la muerte, la cercanía del abismo. Lo que sí tiene sentido, ante la inevitable y desgarradora soledad del ser humano en el mundo contemporáneo, de la que Walter Benjamin nos hace conscientes, es el amor. Solo se arraiga en el otro que nos ama y que amamos. Esta verdad justifica la muerte de Nela sin Pablo, a la vez, que la muerte de Nela justifica la fuga de Natalia hacia la nada, ese salto al vacío que es el viaje, la búsqueda del lugar donde podemos ser. Enfrentada a la nada, la actriz sostiene la mirada ante los espectadores a quienes lanza la pregunta sobre el sentido de la vida. En esos segundos en que Natalia está sola en el escenario, sentimos el poder del arte para quitarnos la venda de los ojos y remover recónditos temores, en una suerte de exorcismo que renueva nuestras energías y aumenta las posibilidades de felicidad, aunque ver más allá nos cause dolor y sufrimiento. Ante esta verdad, es un consuelo la ironía, ejercicio máximo de la inteligencia de la que esta obra es una muestra excepcional.
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miércoles, 25 de enero de 2012
Irène Némirovsky y la cultura judía
Primero fue El baile, apasionante y descarnado relato sobre las complejas y difíciles relaciones entre madre e hija, condenadas a mirarse, una en el espejo de la otra, a ser rivales. Después la extraordinaria Suite francesa que me reveló una exquisita y depurada prosa en la que se percibe la influencia de la gran literatura rusa, pero también de la tradición francesa. Luego, David Golder, feroz crítica a las debilidades de la cultura a la que se pertenece. El caso es que el talento de Irène Némirovsky es un regalo. Por un lado, está su excepcional inteligencia y su amplio horizonte intelectual. Por otro lado, su gran capacidad de penetración e implacable mirada, fiel solo a la profunda verdad que le revelan los hechos, los gestos, las acciones de los personajes, sus contradicciones, su alma desnuda. De ascendencia judía, nacida en Kiev en 1903 y sacrificada en el campo de concentración de Auschwitz en 1942,Irène se traslada a París con su familia en 1919, huyendo de la revolución bolchevique, como todos los ricos de la Rusia zarista. Allí se educa, se forma como escritora y alcanza un éxito precoz con sus primeros libros. Ahora acabo de leer Los perros y los lobos con el corazón encogido, cuando pienso en la época en que escribió este libro publicado en 1940 y en su trágica suerte, la suya y la de su pueblo, la de aquellos con quienes compartió hábitos y rituales sociales: ricos, pobres, cultos o analfabetos. Ferozmente crítica con la tradición judía heredada, la desenmascara desde dentro. Y es que solo agazapada en las entrañas de los suyos puede distinguir el lado oscuro del éxito, su tenaz empeño por sobreponerse a la adversidad, sus virtudes y defectos, ese factum que los conduce al sacrificio.
Los perros y los lobos ahonda en los mandatos ancestrales de quienes arrastran pasadas culpas y temores que viajan a través de la sangre, generación tras generación, a partir de tres personajes que comparten la misma cultura, la misma sangre, aunque pertenecen a distintas clases sociales. Se trata de los Sinner, ricos y pobres, de Ada y Ben, los niños judíos que crecen en un gueto en Ucrania, expuestos a la marginación y persecución de una sociedad, no tanto por judíos, como por pobres. Se trata también de Harry, único heredero de los banqueros Sinner que crece en el otro extremo, rodeado de lujos y comodidades, protegido por una madre que quiere ahorrarle sufrimientos y se empeña en conducirlo por el camino de la felicidad, lejos de los harapientos parientes que un día irrumpen en su lujosa casa para recordarles quiénes fueron.
Pero la diferencia entre unos y otros está marcada por el tiempo, por uno o dos saltos generacionales en que los avatares de la fortuna brindan, o no, oportunidades de enriquecerse a quienes desarrollan las habilidades consideradas propias de su cultura: una ansia de éxito inmediato y una vehemencia que constituye su fuerza y debilidad, ese empeño en el ascenso y esa falta de escrúpulos a la hora de adquirir la riqueza, en la que fundan su esperanza de felicidad, ya sea mediante la usura, el oportunismo o los oscuros negocios que los ponen bajo sospecha, incluso cuando han alcanzado el lugar más elevado en la alta y exigente aristocracia europea. Es lo que piensa Ben y justamente lo que ocurre con los hermanos Sinner, tíos y tutores de Harry, admitidos con reservan por la exigente sociedad francesa debido a la oscuridad que se cierne sobre su pasado.
Pero los extremos se tocan aunque entre el pariente pobre y el rico se abra un abismo. Al fin y al cabo, los lobos y los perros comparten un mismo antepasado.Ben quiere demostrarsle a Ada que Harry sería igual que él de no ser por la inmensa fortuna en la que ha crecido y desarrollado determinados gustos, ademanes y hábitos sociales con los que pretende diferenciarse de los suyos y acercarse a los aristócratas franceses. Ada, quien me hace pensar en la pintora Natalia Goncharova, la legendaria esposa de Pushkin, en cambio, se empeña en distanciarse de los suyos menospreciando el dinero. Se entrega por entero a la pintura y a ese ideal amoroso irrenunciable que marca su vida desde que, siendo niña, tropezó con los ojos tristes de Harry.
Ada detesta cuanto ambicionan los suyos y quiere demostrar que es capaz de renunciar lo que más ama, sacrificar su felicidad para evitarle una desgracia a Harry. Sin saberlo, ella que repudia la resignación ancestral de los suyos, acaba inmolándose cuando decide huir, para evitarle el escándalo provocado por los sucios negocios de Ben, regresar a un país del Este de Europa donde los judíos sufren todo tipo de persecuciones y entre privaciones dar a luz a ese hijo de Harry que siente como lo único verdaderamente suyo.
Pero al final, la autora nos dice que no solo se trata de pertenecer a una cultura, sino de la relación que determinados individuos mantienen con el poder y lo que éstos arrastran en su ambiciosa carrera. Sorprende lo familiares que traídas al presente nos resultan sus críticas a las estrategias del poder y la desmedida ambición del hambriento y resentido, Ben Sinner, cuando la autora cuestiona sus turbios negocios y la complicidad de sus parientes lejanos con estas tácticas también conocidas por ellos: “Maniobras audaces, inesperadas, millones ganados en una noche y arriesgados de nuevo al instante, ¡eso era lo que necesitaba, lo que a él le habría gustado…! Estafas, no. Negocios. Invertir en países sumidos en el caos, en Europa, en Asia… Prestarles dinero y llevarles a cambio minas, pozos de petróleo, concesiones de líneas férreas… ¡Así se enriquecía uno!” Esta forma de enriquecerse es censurada cuando se juzga moralmente y se somete a la opinión pública, pero, en cambio, es perfectamente legítima cuando la clase privilegiada europea occidental se lucra de estos manejos. Para evitar el escándalo, los Delarcher acallan los rumores sobre las indignas prácticas de los Sinner, con quienes se han emparentado, para proteger a su hija Laurence de un escándalo que la puede salpicar, si salen a la luz los sucios negocios de la familia del yerno, Harry Sinner, parte del engranaje, aunque no haya sido informado por los suyos de la procedencia de su fortuna. Y es que la desmedida ambición no distingue entre nacionalidades, familias, pueblos o culturas. El poder corrompe a todos por igual cuando no se fijan con claridad los límites morales, cuando la educación ha fallado desde lo más profundo en la formación del sujeto.
Los perros y los lobos ahonda en los mandatos ancestrales de quienes arrastran pasadas culpas y temores que viajan a través de la sangre, generación tras generación, a partir de tres personajes que comparten la misma cultura, la misma sangre, aunque pertenecen a distintas clases sociales. Se trata de los Sinner, ricos y pobres, de Ada y Ben, los niños judíos que crecen en un gueto en Ucrania, expuestos a la marginación y persecución de una sociedad, no tanto por judíos, como por pobres. Se trata también de Harry, único heredero de los banqueros Sinner que crece en el otro extremo, rodeado de lujos y comodidades, protegido por una madre que quiere ahorrarle sufrimientos y se empeña en conducirlo por el camino de la felicidad, lejos de los harapientos parientes que un día irrumpen en su lujosa casa para recordarles quiénes fueron.
Pero la diferencia entre unos y otros está marcada por el tiempo, por uno o dos saltos generacionales en que los avatares de la fortuna brindan, o no, oportunidades de enriquecerse a quienes desarrollan las habilidades consideradas propias de su cultura: una ansia de éxito inmediato y una vehemencia que constituye su fuerza y debilidad, ese empeño en el ascenso y esa falta de escrúpulos a la hora de adquirir la riqueza, en la que fundan su esperanza de felicidad, ya sea mediante la usura, el oportunismo o los oscuros negocios que los ponen bajo sospecha, incluso cuando han alcanzado el lugar más elevado en la alta y exigente aristocracia europea. Es lo que piensa Ben y justamente lo que ocurre con los hermanos Sinner, tíos y tutores de Harry, admitidos con reservan por la exigente sociedad francesa debido a la oscuridad que se cierne sobre su pasado.
Pero los extremos se tocan aunque entre el pariente pobre y el rico se abra un abismo. Al fin y al cabo, los lobos y los perros comparten un mismo antepasado.Ben quiere demostrarsle a Ada que Harry sería igual que él de no ser por la inmensa fortuna en la que ha crecido y desarrollado determinados gustos, ademanes y hábitos sociales con los que pretende diferenciarse de los suyos y acercarse a los aristócratas franceses. Ada, quien me hace pensar en la pintora Natalia Goncharova, la legendaria esposa de Pushkin, en cambio, se empeña en distanciarse de los suyos menospreciando el dinero. Se entrega por entero a la pintura y a ese ideal amoroso irrenunciable que marca su vida desde que, siendo niña, tropezó con los ojos tristes de Harry.
Ada detesta cuanto ambicionan los suyos y quiere demostrar que es capaz de renunciar lo que más ama, sacrificar su felicidad para evitarle una desgracia a Harry. Sin saberlo, ella que repudia la resignación ancestral de los suyos, acaba inmolándose cuando decide huir, para evitarle el escándalo provocado por los sucios negocios de Ben, regresar a un país del Este de Europa donde los judíos sufren todo tipo de persecuciones y entre privaciones dar a luz a ese hijo de Harry que siente como lo único verdaderamente suyo.
Pero al final, la autora nos dice que no solo se trata de pertenecer a una cultura, sino de la relación que determinados individuos mantienen con el poder y lo que éstos arrastran en su ambiciosa carrera. Sorprende lo familiares que traídas al presente nos resultan sus críticas a las estrategias del poder y la desmedida ambición del hambriento y resentido, Ben Sinner, cuando la autora cuestiona sus turbios negocios y la complicidad de sus parientes lejanos con estas tácticas también conocidas por ellos: “Maniobras audaces, inesperadas, millones ganados en una noche y arriesgados de nuevo al instante, ¡eso era lo que necesitaba, lo que a él le habría gustado…! Estafas, no. Negocios. Invertir en países sumidos en el caos, en Europa, en Asia… Prestarles dinero y llevarles a cambio minas, pozos de petróleo, concesiones de líneas férreas… ¡Así se enriquecía uno!” Esta forma de enriquecerse es censurada cuando se juzga moralmente y se somete a la opinión pública, pero, en cambio, es perfectamente legítima cuando la clase privilegiada europea occidental se lucra de estos manejos. Para evitar el escándalo, los Delarcher acallan los rumores sobre las indignas prácticas de los Sinner, con quienes se han emparentado, para proteger a su hija Laurence de un escándalo que la puede salpicar, si salen a la luz los sucios negocios de la familia del yerno, Harry Sinner, parte del engranaje, aunque no haya sido informado por los suyos de la procedencia de su fortuna. Y es que la desmedida ambición no distingue entre nacionalidades, familias, pueblos o culturas. El poder corrompe a todos por igual cuando no se fijan con claridad los límites morales, cuando la educación ha fallado desde lo más profundo en la formación del sujeto.
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Irène Némirovsky,
narrativa francesa
domingo, 25 de diciembre de 2011
La conjura de los necios y el capitalismo
La conjura de los necios es una referencia indiscutible a la hora de abordar las contradicciones del capitalismo, en cuanto a su concepto del bienestar y de la libertad que promete a los seres humanos: el paraíso de prosperidad con el que sueña la clase trabajadora, por el que justifica años de esfuerzo, ahorro y sacrificio. Pero basta rascar levemente en la superficie de este edificio para entender que se trata de un perverso engaño. Es lo que tiene claro Ignatius J. Reilly, el protagonista de la novela del suicida John Kennedy Toole (Nueva Orleáns 1937-1969). Como muchas de las grandes obras, esta fue rechazada en las editoriales y se publicó, tras el suicidio de su autor, en 1980, gracias a la insistencia de la madre y al hecho de que una persona autorizada, con criterio e influencias, ayudara a que viera la luz.
El protagonista, alter ego del autor, posee una cultura libresca y una formación humanística que le permite analizar la sociedad desde una perspectiva histórica, lo que lo lleva a una postura crítica/cínica que motiva su comportamiento excéntrico. Es como si prefiriese la huida a la locura desde, donde concibe un plan para jugarle una mala pasada a quienes manipulan a los individuos. La rueda de la fortuna gira sin parar, como el capitalismo, y alguien mueve los hilos, la idea medieval de esa Deus machina…Pero Ignatius también conspira contra quienes pretenden redimir a los seres alienados por el trabajo, como su amiga Myrna que promueve la revolución desde la libertad sexual. Este personaje le sirve al autor para burlarse los discursos redentoristas que surgen en el seno del mundo académico.
Así las cosas, el mayor acto de rebeldía de Ignatius es negarse a trabajar, evitar salir al mundo que le asigna un lugar en la cadena de trabajo. Con formación universitaria, duda del sistema educativo y en general, de todo lo que la sociedad capitalista le ofrece, servicios, sanidad, ocio... Prefiere encerrarse en los cines, o en su habitación, entregado a la escritura de una disparatada obra con la que pretende demoler los principios y convicciones de la sociedad. En realidad, se instala en su propio tiempo, el de la escritura, que consiste en perder el tiempo reflexionando, confabulándose en contra de aquellos que pretenden encauzarlo: la madre, el policía, el administrador de la fábrica, la amiga Myrna.
Disfrazado, Ingnatius consigue infiltrarse en la fábrica de pantalones Levy Pants, una metáfora de la sociedad americana. En manos de incompetentes, sin que los dueños se interesen por ella, la empresa produce pantalones pasados de moda que nadie quiere. El protagonista descubre que la maquinaria funciona a pesar de la incompetencia de sus trabajadores, pues el capitalismo se alimenta a sí mismo de sus desperdicios. No necesita el sentido común ni la inteligencia, antes bien, estas son cualidades peligrosas para sobrevivir. La fábrica consume energía y no solo paga mal a sus trabajadores, sino que pospone su jubilación, alegando que deben seguir trabajando para no deprimirse, igual que la señorita Trixie, un personaje de cómic, como casi todos los de esta novela, quien intenta desesperamente obtener su pensión a los ochenta años.
Entre la parodia y el humor negro, Kennedy Toole, no deja cabo suelto en esta historieta en la que transita por distintos estratos sociales, desde los bajos fondos donde se camufla la prostitución, venta de droga y de armas, lo único que les queda a los negros para sobrevivir; hasta las mansiones con sus alambradas y sistemas de seguridad, donde los ricos matan el aburrimiento, ajenos al funcionamiento de la máquina que los alimenta, dilapidando el resultado del esfuerzo de otros. Ante semejante perspectiva, Ignatius prefiere vender salchichas, lo cual es una deshonra para alguien de su formación intelectual, pero no lo es para el escritor en ciernes, en cuanto le permite observar el movimiento del mundo, aunque se enrede en absurdas situaciones, en equívocos en los que la capacidad imaginativa del ser humano oscila entre la ingenuidad y la perversidad.
Podría pensarse que con unos personajes tan estereotipados la obra fracasaría en su pretensión de dar cuenta de las fuerzas que mueven esa rueda de la fortuna. Pero la genialidad del autor se manifiesta también, a la hora de trazar estos perfiles: el policía Mancuso, la enajenada señorita Trixie, la radical Myrna, la frívola en inconsciente señora Levy y su inútil marido, la alcohólica señora Really, con quienes se completa esa colcha de retazos que es la sociedad americana, compuesta por individuos que crean su propia burbuja de realidad para protegerse de la feroz maquinaria que los engulle poco a poco, día a día. Lo increíble es que pasados treinta, cuarenta años, esta metáfora del capitalismo mantenga su vigencia.
El protagonista, alter ego del autor, posee una cultura libresca y una formación humanística que le permite analizar la sociedad desde una perspectiva histórica, lo que lo lleva a una postura crítica/cínica que motiva su comportamiento excéntrico. Es como si prefiriese la huida a la locura desde, donde concibe un plan para jugarle una mala pasada a quienes manipulan a los individuos. La rueda de la fortuna gira sin parar, como el capitalismo, y alguien mueve los hilos, la idea medieval de esa Deus machina…Pero Ignatius también conspira contra quienes pretenden redimir a los seres alienados por el trabajo, como su amiga Myrna que promueve la revolución desde la libertad sexual. Este personaje le sirve al autor para burlarse los discursos redentoristas que surgen en el seno del mundo académico.
Así las cosas, el mayor acto de rebeldía de Ignatius es negarse a trabajar, evitar salir al mundo que le asigna un lugar en la cadena de trabajo. Con formación universitaria, duda del sistema educativo y en general, de todo lo que la sociedad capitalista le ofrece, servicios, sanidad, ocio... Prefiere encerrarse en los cines, o en su habitación, entregado a la escritura de una disparatada obra con la que pretende demoler los principios y convicciones de la sociedad. En realidad, se instala en su propio tiempo, el de la escritura, que consiste en perder el tiempo reflexionando, confabulándose en contra de aquellos que pretenden encauzarlo: la madre, el policía, el administrador de la fábrica, la amiga Myrna.
Disfrazado, Ingnatius consigue infiltrarse en la fábrica de pantalones Levy Pants, una metáfora de la sociedad americana. En manos de incompetentes, sin que los dueños se interesen por ella, la empresa produce pantalones pasados de moda que nadie quiere. El protagonista descubre que la maquinaria funciona a pesar de la incompetencia de sus trabajadores, pues el capitalismo se alimenta a sí mismo de sus desperdicios. No necesita el sentido común ni la inteligencia, antes bien, estas son cualidades peligrosas para sobrevivir. La fábrica consume energía y no solo paga mal a sus trabajadores, sino que pospone su jubilación, alegando que deben seguir trabajando para no deprimirse, igual que la señorita Trixie, un personaje de cómic, como casi todos los de esta novela, quien intenta desesperamente obtener su pensión a los ochenta años.
Entre la parodia y el humor negro, Kennedy Toole, no deja cabo suelto en esta historieta en la que transita por distintos estratos sociales, desde los bajos fondos donde se camufla la prostitución, venta de droga y de armas, lo único que les queda a los negros para sobrevivir; hasta las mansiones con sus alambradas y sistemas de seguridad, donde los ricos matan el aburrimiento, ajenos al funcionamiento de la máquina que los alimenta, dilapidando el resultado del esfuerzo de otros. Ante semejante perspectiva, Ignatius prefiere vender salchichas, lo cual es una deshonra para alguien de su formación intelectual, pero no lo es para el escritor en ciernes, en cuanto le permite observar el movimiento del mundo, aunque se enrede en absurdas situaciones, en equívocos en los que la capacidad imaginativa del ser humano oscila entre la ingenuidad y la perversidad.
Podría pensarse que con unos personajes tan estereotipados la obra fracasaría en su pretensión de dar cuenta de las fuerzas que mueven esa rueda de la fortuna. Pero la genialidad del autor se manifiesta también, a la hora de trazar estos perfiles: el policía Mancuso, la enajenada señorita Trixie, la radical Myrna, la frívola en inconsciente señora Levy y su inútil marido, la alcohólica señora Really, con quienes se completa esa colcha de retazos que es la sociedad americana, compuesta por individuos que crean su propia burbuja de realidad para protegerse de la feroz maquinaria que los engulle poco a poco, día a día. Lo increíble es que pasados treinta, cuarenta años, esta metáfora del capitalismo mantenga su vigencia.
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miércoles, 14 de diciembre de 2011
Lo que encierra el nombre: la identidad en George Sand, un asunto movedizo
¿Qué queda de nosotras cuando se nos despoja del apellido, eso que sitúa a la persona en un linaje, una línea sucesoria de herencias y de sangres? ¿Qué queda de la persona si la apartan del hogar donde nació y la condenan al exilio y al anonimato? Es la pregunta que George Sand lanza en La confession d'une jeune fille, un dardo envenenado contra los convencionalismos sociales a los que se ve sometida la mujer en calidad de subordinada, en la Francia de principios del siglo XIX, la que decapitó a su nobleza e instauró un nuevo orden. Inevitablemente, en ese contexto la identidad de la mujer está determinada no por sí misma, ni por la impronta de sus acciones, sino por ser hija de…, esposa de…, lo que le asigna un lugar en un contexto social, en una geografía, en una historia personal y colectiva.
La confession d'une jeune fille, publicada en 1865 (que yo sepa, no ha sido traducida al español), se instala entre 1805 y 1830 en la plenitud del Romanticismo. La historia tiene como protagonista a una joven que, a modo de confesión, expone sus dudas sobre su pasado, sobre el amor, la condición de la mujer, el matrimonio y la vocación intelectual que le da sentido a su vida. Lucienne de Valangis, que así se llama, desciende de una familia noble y vive como tal en su mansión veraniega en la costa mediterránea francesa. La joven se remonta a la infancia, y se proyecta hasta los veinte años, cuando "el destino" cambia de manera brutal su situación social. Si bien los orígenes de la niña son novelescos, las circunstancias de su vida no lo son menos. Primero es raptada, luego restituida a su hogar, después se le despoja de los bienes materiales, lo que la obliga a reinventarse, hasta que finalmente recupera el patrimonio y se despejan las dudas sobre su verdadera identidad, sin que importe si tiene derecho al nombre que lleva, o no.
Criada por la abuela en un pueblecito cercano al puerto de Toulon, la niña es repudiada por un padre que vive en el extranjero con otra familia y que no solo no la conoce, sino que la niega. Pero ella cuenta con el cariño incondicional de la abuela que la colma de afecto y se esmera por darle una educación exquisita, dejándola en manos de un preceptor quien orienta sus lecturas e inyecta en ella el amor por el conocimiento de las cosas, la pasión por el razonamiento, la elocuencia y el poder persuasivo de la palabra. En ese esfuerzo por convencer hay un tenso enfrentamiento de palabras que son razones y que ocultan motivos. El talento de George Sand nos deslumbra por su magistral dominio del idioma y por traer al presente sus revelaciones.
Si en la provincia se encuentran seres excepcionales de bondad y pureza franciscanas, entregados al estudio, como Frumence, el preceptor, o Jenny la niñera que se ocupa de ella como si fuera la madre —hasta el punto de sacrificar su felicidad a cambio de la Lucienne—, también allí se encuentran personas mezquinas, envidiosas y celosas, capaces de las mayores bajezas para obtener lo que desean: los bienes y dones de Lucienne, ese apellido que no se puede comprar. Pero la nobleza, nos recuerda George Sand, se lleva dentro, aunque en apariencia se perciba como una cuestión de formalismos y de adornos.
Así, entre las fuerzas destructoras de sus ocultos enemigos y el poder edificante y reparador de las almas puras y generosas, transcurre la infancia de la pequeña Lucienne, hasta que se convierte en una mujer adulta con la potestad de decidir por sí misma. No obstante, no es consciente del papel que juegan en su vida las personas que la rodean, ni de la conspiración orquestada por su padre, para negarle el derecho a la existencia. Ante el fracaso de esa tentativa, éste pretende arrebatarle la fortuna, la posición social, a que tiene derecho por el apellido que lleva, todo lo que se supone encuentra al nacer. Lo más sorprendente no es que haya sido raptada cuando solo era un bebé, o que no se haya sabido de ella hasta los cuatro años, cuando su abuela la recupera, sino la forma como se teje la trama.
La obra es un ejercicio magistral de argumentación. Los personajes se defienden y atacan unos a otros, su versión surge mediante diálogos que cortan la respiración, o a través de cartas en las que George Sand les permite explicarse, para que los hechos y sus interpretaciones no lleguen solo a través de la mirada de un personaje, que puede estar equivocado en sus conclusiones. Es lo que le ocurre a Lucienne, que sucumbe a los argumentos de su primo, de cuya mala influencia no la salva su aguda inteligencia. Todo lo contrario, movida por la necesidad, o por el miedo a ahondar en sí misma, evita esa verdad interior que la perturba y en principio opta por la seguridad de los razonamientos prácticos, más acordes con los usos sociales.
Como joven romántica Lucienne, siente la necesidad de amar, pero teme al arrebato y al desorden de los sentidos, presiente que el amor es inconcontrolable que la condenaría a depender de otro ser. “El amor, ese fantasma presentido y persistente, pasó ante mis ojos y me inspiro cierto respeto, mezcla de escalofrío y acaso de disgusto”. Paradójicamente, lo más importante le ocurre cuando se ve reducida a ser nadie y se plantea una existencia anónima en la que, como el resto de los mortales, se puede ganar el pan con el sudor del esfuerzo, sin el privilegio de entregarse enteramente al estudio. Entonces el escaso tiempo para la lectura es vivido por ella como un regalo, después de la dura jornada.
Pero la trama se enreda aún más por las soluciones que se despliegan ante la opción de ser redimida por un hombre inmensamente rico, que sucumbe ante las virtudes de Lucienne. Ésta cede a esa pretensión por un deseo de vida y experiencia, más que por necesidad de protección. Al final se desenmascara el mundo de apariencias bajo las cuales se amparan los individuos: ni Lucienne es hija del marqués de Valangis, ni el supuesto márqués es marqués, lo que importa poco a la hora de definir la identidad de la muchacha, que ha ganado más en la adversidad que en la prosperidad heredada. En el nuevo orden se impone la persona y su valía depende de qué tanto se haya cultivado, del desarrollo su inteligencia y de sus conocimientos, más que de lo que haya heredado.
La confession d'une jeune fille, publicada en 1865 (que yo sepa, no ha sido traducida al español), se instala entre 1805 y 1830 en la plenitud del Romanticismo. La historia tiene como protagonista a una joven que, a modo de confesión, expone sus dudas sobre su pasado, sobre el amor, la condición de la mujer, el matrimonio y la vocación intelectual que le da sentido a su vida. Lucienne de Valangis, que así se llama, desciende de una familia noble y vive como tal en su mansión veraniega en la costa mediterránea francesa. La joven se remonta a la infancia, y se proyecta hasta los veinte años, cuando "el destino" cambia de manera brutal su situación social. Si bien los orígenes de la niña son novelescos, las circunstancias de su vida no lo son menos. Primero es raptada, luego restituida a su hogar, después se le despoja de los bienes materiales, lo que la obliga a reinventarse, hasta que finalmente recupera el patrimonio y se despejan las dudas sobre su verdadera identidad, sin que importe si tiene derecho al nombre que lleva, o no.
Criada por la abuela en un pueblecito cercano al puerto de Toulon, la niña es repudiada por un padre que vive en el extranjero con otra familia y que no solo no la conoce, sino que la niega. Pero ella cuenta con el cariño incondicional de la abuela que la colma de afecto y se esmera por darle una educación exquisita, dejándola en manos de un preceptor quien orienta sus lecturas e inyecta en ella el amor por el conocimiento de las cosas, la pasión por el razonamiento, la elocuencia y el poder persuasivo de la palabra. En ese esfuerzo por convencer hay un tenso enfrentamiento de palabras que son razones y que ocultan motivos. El talento de George Sand nos deslumbra por su magistral dominio del idioma y por traer al presente sus revelaciones.
Si en la provincia se encuentran seres excepcionales de bondad y pureza franciscanas, entregados al estudio, como Frumence, el preceptor, o Jenny la niñera que se ocupa de ella como si fuera la madre —hasta el punto de sacrificar su felicidad a cambio de la Lucienne—, también allí se encuentran personas mezquinas, envidiosas y celosas, capaces de las mayores bajezas para obtener lo que desean: los bienes y dones de Lucienne, ese apellido que no se puede comprar. Pero la nobleza, nos recuerda George Sand, se lleva dentro, aunque en apariencia se perciba como una cuestión de formalismos y de adornos.
Así, entre las fuerzas destructoras de sus ocultos enemigos y el poder edificante y reparador de las almas puras y generosas, transcurre la infancia de la pequeña Lucienne, hasta que se convierte en una mujer adulta con la potestad de decidir por sí misma. No obstante, no es consciente del papel que juegan en su vida las personas que la rodean, ni de la conspiración orquestada por su padre, para negarle el derecho a la existencia. Ante el fracaso de esa tentativa, éste pretende arrebatarle la fortuna, la posición social, a que tiene derecho por el apellido que lleva, todo lo que se supone encuentra al nacer. Lo más sorprendente no es que haya sido raptada cuando solo era un bebé, o que no se haya sabido de ella hasta los cuatro años, cuando su abuela la recupera, sino la forma como se teje la trama.
La obra es un ejercicio magistral de argumentación. Los personajes se defienden y atacan unos a otros, su versión surge mediante diálogos que cortan la respiración, o a través de cartas en las que George Sand les permite explicarse, para que los hechos y sus interpretaciones no lleguen solo a través de la mirada de un personaje, que puede estar equivocado en sus conclusiones. Es lo que le ocurre a Lucienne, que sucumbe a los argumentos de su primo, de cuya mala influencia no la salva su aguda inteligencia. Todo lo contrario, movida por la necesidad, o por el miedo a ahondar en sí misma, evita esa verdad interior que la perturba y en principio opta por la seguridad de los razonamientos prácticos, más acordes con los usos sociales.
Como joven romántica Lucienne, siente la necesidad de amar, pero teme al arrebato y al desorden de los sentidos, presiente que el amor es inconcontrolable que la condenaría a depender de otro ser. “El amor, ese fantasma presentido y persistente, pasó ante mis ojos y me inspiro cierto respeto, mezcla de escalofrío y acaso de disgusto”. Paradójicamente, lo más importante le ocurre cuando se ve reducida a ser nadie y se plantea una existencia anónima en la que, como el resto de los mortales, se puede ganar el pan con el sudor del esfuerzo, sin el privilegio de entregarse enteramente al estudio. Entonces el escaso tiempo para la lectura es vivido por ella como un regalo, después de la dura jornada.
Pero la trama se enreda aún más por las soluciones que se despliegan ante la opción de ser redimida por un hombre inmensamente rico, que sucumbe ante las virtudes de Lucienne. Ésta cede a esa pretensión por un deseo de vida y experiencia, más que por necesidad de protección. Al final se desenmascara el mundo de apariencias bajo las cuales se amparan los individuos: ni Lucienne es hija del marqués de Valangis, ni el supuesto márqués es marqués, lo que importa poco a la hora de definir la identidad de la muchacha, que ha ganado más en la adversidad que en la prosperidad heredada. En el nuevo orden se impone la persona y su valía depende de qué tanto se haya cultivado, del desarrollo su inteligencia y de sus conocimientos, más que de lo que haya heredado.
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