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miércoles, 25 de enero de 2012

Irène Némirovsky y la cultura judía

Primero fue El baile, apasionante y descarnado relato sobre las complejas y difíciles relaciones entre madre e hija, condenadas a mirarse, una en el espejo de la otra, a ser rivales. Después la extraordinaria Suite francesa que me reveló una exquisita y depurada prosa en la que se percibe la influencia de la gran literatura rusa, pero también de la tradición francesa. Luego, David Golder, feroz crítica a las debilidades de la cultura a la que se pertenece. El caso es que el talento de Irène Némirovsky es un regalo. Por un lado, está su excepcional inteligencia y su amplio horizonte intelectual. Por otro lado, su gran capacidad de penetración e implacable mirada, fiel solo a la profunda verdad que le revelan los hechos, los gestos, las acciones de los personajes, sus contradicciones, su alma desnuda. De ascendencia judía, nacida en Kiev en 1903 y sacrificada en el campo de concentración de Auschwitz en 1942,Irène se traslada a París con su familia en 1919, huyendo de la revolución bolchevique, como todos los ricos de la Rusia zarista. Allí se educa, se forma como escritora y alcanza un éxito precoz con sus primeros libros. Ahora acabo de leer Los perros y los lobos con el corazón encogido, cuando pienso en la época en que escribió este libro publicado en 1940 y en su trágica suerte, la suya y la de su pueblo, la de aquellos con quienes compartió hábitos y rituales sociales: ricos, pobres, cultos o analfabetos. Ferozmente crítica con la tradición judía heredada, la desenmascara desde dentro. Y es que solo agazapada en las entrañas de los suyos puede distinguir el lado oscuro del éxito, su tenaz empeño por sobreponerse a la adversidad, sus virtudes y defectos, ese factum que los conduce al sacrificio.
Los perros y los lobos ahonda en los mandatos ancestrales de quienes arrastran pasadas culpas y temores que viajan a través de la sangre, generación tras generación, a partir de tres personajes que comparten la misma cultura, la misma sangre, aunque pertenecen a distintas clases sociales. Se trata de los Sinner, ricos y pobres, de Ada y Ben, los niños judíos que crecen en un gueto en Ucrania, expuestos a la marginación y persecución de una sociedad, no tanto por judíos, como por pobres. Se trata también de Harry, único heredero de los banqueros Sinner que crece en el otro extremo, rodeado de lujos y comodidades, protegido por una madre que quiere ahorrarle sufrimientos y se empeña en conducirlo por el camino de la felicidad, lejos de los harapientos parientes que un día irrumpen en su lujosa casa para recordarles quiénes fueron.
Pero la diferencia entre unos y otros está marcada por el tiempo, por uno o dos saltos generacionales en que los avatares de la fortuna brindan, o no, oportunidades de enriquecerse a quienes desarrollan las habilidades consideradas propias de su cultura: una ansia de éxito inmediato y una vehemencia que constituye su fuerza y debilidad, ese empeño en el ascenso y esa falta de escrúpulos a la hora de adquirir la riqueza, en la que fundan su esperanza de felicidad, ya sea mediante la usura, el oportunismo o los oscuros negocios que los ponen bajo sospecha, incluso cuando han alcanzado el lugar más elevado en la alta y exigente aristocracia europea. Es lo que piensa Ben y justamente lo que ocurre con los hermanos Sinner, tíos y tutores de Harry, admitidos con reservan por la exigente sociedad francesa debido a la oscuridad que se cierne sobre su pasado.
Pero los extremos se tocan aunque entre el pariente pobre y el rico se abra un abismo. Al fin y al cabo, los lobos y los perros comparten un mismo antepasado.Ben quiere demostrarsle a Ada que Harry sería igual que él de no ser por la inmensa fortuna en la que ha crecido y desarrollado determinados gustos, ademanes y hábitos sociales con los que pretende diferenciarse de los suyos y acercarse a los aristócratas franceses. Ada, quien me hace pensar en la pintora Natalia Goncharova, la legendaria esposa de Pushkin, en cambio, se empeña en distanciarse de los suyos menospreciando el dinero. Se entrega por entero a la pintura y a ese ideal amoroso irrenunciable que marca su vida desde que, siendo niña, tropezó con los ojos tristes de Harry.
Ada detesta cuanto ambicionan los suyos y quiere demostrar que es capaz de renunciar lo que más ama, sacrificar su felicidad para evitarle una desgracia a Harry. Sin saberlo, ella que repudia la resignación ancestral de los suyos, acaba inmolándose cuando decide huir, para evitarle el escándalo provocado por los sucios negocios de Ben, regresar a un país del Este de Europa donde los judíos sufren todo tipo de persecuciones y entre privaciones dar a luz a ese hijo de Harry que siente como lo único verdaderamente suyo.
Pero al final, la autora nos dice que no solo se trata de pertenecer a una cultura, sino de la relación que determinados individuos mantienen con el poder y lo que éstos arrastran en su ambiciosa carrera. Sorprende lo familiares que traídas al presente nos resultan sus críticas a las estrategias del poder y la desmedida ambición del hambriento y resentido, Ben Sinner, cuando la autora cuestiona sus turbios negocios y la complicidad de sus parientes lejanos con estas tácticas también conocidas por ellos: “Maniobras audaces, inesperadas, millones ganados en una noche y arriesgados de nuevo al instante, ¡eso era lo que necesitaba, lo que a él le habría gustado…! Estafas, no. Negocios. Invertir en países sumidos en el caos, en Europa, en Asia… Prestarles dinero y llevarles a cambio minas, pozos de petróleo, concesiones de líneas férreas… ¡Así se enriquecía uno!” Esta forma de enriquecerse es censurada cuando se juzga moralmente y se somete a la opinión pública, pero, en cambio, es perfectamente legítima cuando la clase privilegiada europea occidental se lucra de estos manejos. Para evitar el escándalo, los Delarcher acallan los rumores sobre las indignas prácticas de los Sinner, con quienes se han emparentado, para proteger a su hija Laurence de un escándalo que la puede salpicar, si salen a la luz los sucios negocios de la familia del yerno, Harry Sinner, parte del engranaje, aunque no haya sido informado por los suyos de la procedencia de su fortuna. Y es que la desmedida ambición no distingue entre nacionalidades, familias, pueblos o culturas. El poder corrompe a todos por igual cuando no se fijan con claridad los límites morales, cuando la educación ha fallado desde lo más profundo en la formación del sujeto.

domingo, 25 de diciembre de 2011

La conjura de los necios y el capitalismo

La conjura de los necios es una referencia indiscutible a la hora de abordar las contradicciones del capitalismo, en cuanto a su concepto del bienestar y de la libertad que promete a los seres humanos: el paraíso de prosperidad con el que sueña la clase trabajadora, por el que justifica años de esfuerzo, ahorro y sacrificio. Pero basta rascar levemente en la superficie de este edificio para entender que se trata de un perverso engaño. Es lo que tiene claro Ignatius J. Reilly, el protagonista de la novela del suicida John Kennedy Toole (Nueva Orleáns 1937-1969). Como muchas de las grandes obras, esta fue rechazada en las editoriales y se publicó, tras el suicidio de su autor, en 1980, gracias a la insistencia de la madre y al hecho de que una persona autorizada, con criterio e influencias, ayudara a que viera la luz.
El protagonista, alter ego del autor, posee una cultura libresca y una formación humanística que le permite analizar la sociedad desde una perspectiva histórica, lo que lo lleva a una postura crítica/cínica que motiva su comportamiento excéntrico. Es como si prefiriese la huida a la locura desde, donde concibe un plan para jugarle una mala pasada a quienes manipulan a los individuos. La rueda de la fortuna gira sin parar, como el capitalismo, y alguien mueve los hilos, la idea medieval de esa Deus machina…Pero Ignatius también conspira contra quienes pretenden redimir a los seres alienados por el trabajo, como su amiga Myrna que promueve la revolución desde la libertad sexual. Este personaje le sirve al autor para burlarse los discursos redentoristas que surgen en el seno del mundo académico.
Así las cosas, el mayor acto de rebeldía de Ignatius es negarse a trabajar, evitar salir al mundo que le asigna un lugar en la cadena de trabajo. Con formación universitaria, duda del sistema educativo y en general, de todo lo que la sociedad capitalista le ofrece, servicios, sanidad, ocio... Prefiere encerrarse en los cines, o en su habitación, entregado a la escritura de una disparatada obra con la que pretende demoler los principios y convicciones de la sociedad. En realidad, se instala en su propio tiempo, el de la escritura, que consiste en perder el tiempo reflexionando, confabulándose en contra de aquellos que pretenden encauzarlo: la madre, el policía, el administrador de la fábrica, la amiga Myrna.
Disfrazado, Ingnatius consigue infiltrarse en la fábrica de pantalones Levy Pants, una metáfora de la sociedad americana. En manos de incompetentes, sin que los dueños se interesen por ella, la empresa produce pantalones pasados de moda que nadie quiere. El protagonista descubre que la maquinaria funciona a pesar de la incompetencia de sus trabajadores, pues el capitalismo se alimenta a sí mismo de sus desperdicios. No necesita el sentido común ni la inteligencia, antes bien, estas son cualidades peligrosas para sobrevivir. La fábrica consume energía y no solo paga mal a sus trabajadores, sino que pospone su jubilación, alegando que deben seguir trabajando para no deprimirse, igual que la señorita Trixie, un personaje de cómic, como casi todos los de esta novela, quien intenta desesperamente obtener su pensión a los ochenta años.
Entre la parodia y el humor negro, Kennedy Toole, no deja cabo suelto en esta historieta en la que transita por distintos estratos sociales, desde los bajos fondos donde se camufla la prostitución, venta de droga y de armas, lo único que les queda a los negros para sobrevivir; hasta las mansiones con sus alambradas y sistemas de seguridad, donde los ricos matan el aburrimiento, ajenos al funcionamiento de la máquina que los alimenta, dilapidando el resultado del esfuerzo de otros. Ante semejante perspectiva, Ignatius prefiere vender salchichas, lo cual es una deshonra para alguien de su formación intelectual, pero no lo es para el escritor en ciernes, en cuanto le permite observar el movimiento del mundo, aunque se enrede en absurdas situaciones, en equívocos en los que la capacidad imaginativa del ser humano oscila entre la ingenuidad y la perversidad.
Podría pensarse que con unos personajes tan estereotipados la obra fracasaría en su pretensión de dar cuenta de las fuerzas que mueven esa rueda de la fortuna. Pero la genialidad del autor se manifiesta también, a la hora de trazar estos perfiles: el policía Mancuso, la enajenada señorita Trixie, la radical Myrna, la frívola en inconsciente señora Levy y su inútil marido, la alcohólica señora Really, con quienes se completa esa colcha de retazos que es la sociedad americana, compuesta por individuos que crean su propia burbuja de realidad para protegerse de la feroz maquinaria que los engulle poco a poco, día a día. Lo increíble es que pasados treinta, cuarenta años, esta metáfora del capitalismo mantenga su vigencia.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Lo que encierra el nombre: la identidad en George Sand, un asunto movedizo

¿Qué queda de nosotras cuando se nos despoja del apellido, eso que sitúa a la persona en un linaje, una línea sucesoria de herencias y de sangres? ¿Qué queda de la persona si la apartan del hogar donde nació y la condenan al exilio y al anonimato? Es la pregunta que George Sand lanza en La confession d'une jeune fille, un dardo envenenado contra los convencionalismos sociales a los que se ve sometida la mujer en calidad de subordinada, en la Francia de principios del siglo XIX, la que decapitó a su nobleza e instauró un nuevo orden. Inevitablemente, en ese contexto la identidad de la mujer está determinada no por sí misma, ni por la impronta de sus acciones, sino por ser hija de…, esposa de…, lo que le asigna un lugar en un contexto social, en una geografía, en una historia personal y colectiva.
La confession d'une jeune fille, publicada en 1865 (que yo sepa, no ha sido traducida al español), se instala entre 1805 y 1830 en la plenitud del Romanticismo. La historia tiene como protagonista a una joven que, a modo de confesión, expone sus dudas sobre su pasado, sobre el amor, la condición de la mujer, el matrimonio y la vocación intelectual que le da sentido a su vida. Lucienne de Valangis, que así se llama, desciende de una familia noble y vive como tal en su mansión veraniega en la costa mediterránea francesa. La joven se remonta a la infancia, y se proyecta hasta los veinte años, cuando "el destino" cambia de manera brutal su situación social. Si bien los orígenes de la niña son novelescos, las circunstancias de su vida no lo son menos. Primero es raptada, luego restituida a su hogar, después se le despoja de los bienes materiales, lo que la obliga a reinventarse, hasta que finalmente recupera el patrimonio y se despejan las dudas sobre su verdadera identidad, sin que importe si tiene derecho al nombre que lleva, o no.
Criada por la abuela en un pueblecito cercano al puerto de Toulon, la niña es repudiada por un padre que vive en el extranjero con otra familia y que no solo no la conoce, sino que la niega. Pero ella cuenta con el cariño incondicional de la abuela que la colma de afecto y se esmera por darle una educación exquisita, dejándola en manos de un preceptor quien orienta sus lecturas e inyecta en ella el amor por el conocimiento de las cosas, la pasión por el razonamiento, la elocuencia y el poder persuasivo de la palabra. En ese esfuerzo por convencer hay un tenso enfrentamiento de palabras que son razones y que ocultan motivos. El talento de George Sand nos deslumbra por su magistral dominio del idioma y por traer al presente sus revelaciones.
Si en la provincia se encuentran seres excepcionales de bondad y pureza franciscanas, entregados al estudio, como Frumence, el preceptor, o Jenny la niñera que se ocupa de ella como si fuera la madre —hasta el punto de sacrificar su felicidad a cambio de la Lucienne—, también allí se encuentran personas mezquinas, envidiosas y celosas, capaces de las mayores bajezas para obtener lo que desean: los bienes y dones de Lucienne, ese apellido que no se puede comprar. Pero la nobleza, nos recuerda George Sand, se lleva dentro, aunque en apariencia se perciba como una cuestión de formalismos y de adornos.
Así, entre las fuerzas destructoras de sus ocultos enemigos y el poder edificante y reparador de las almas puras y generosas, transcurre la infancia de la pequeña Lucienne, hasta que se convierte en una mujer adulta con la potestad de decidir por sí misma. No obstante, no es consciente del papel que juegan en su vida las personas que la rodean, ni de la conspiración orquestada por su padre, para negarle el derecho a la existencia. Ante el fracaso de esa tentativa, éste pretende arrebatarle la fortuna, la posición social, a que tiene derecho por el apellido que lleva, todo lo que se supone encuentra al nacer. Lo más sorprendente no es que haya sido raptada cuando solo era un bebé, o que no se haya sabido de ella hasta los cuatro años, cuando su abuela la recupera, sino la forma como se teje la trama.
La obra es un ejercicio magistral de argumentación. Los personajes se defienden y atacan unos a otros, su versión surge mediante diálogos que cortan la respiración, o a través de cartas en las que George Sand les permite explicarse, para que los hechos y sus interpretaciones no lleguen solo a través de la mirada de un personaje, que puede estar equivocado en sus conclusiones. Es lo que le ocurre a Lucienne, que sucumbe a los argumentos de su primo, de cuya mala influencia no la salva su aguda inteligencia. Todo lo contrario, movida por la necesidad, o por el miedo a ahondar en sí misma, evita esa verdad interior que la perturba y en principio opta por la seguridad de los razonamientos prácticos, más acordes con los usos sociales.
Como joven romántica Lucienne, siente la necesidad de amar, pero teme al arrebato y al desorden de los sentidos, presiente que el amor es inconcontrolable que la condenaría a depender de otro ser. “El amor, ese fantasma presentido y persistente, pasó ante mis ojos y me inspiro cierto respeto, mezcla de escalofrío y acaso de disgusto”. Paradójicamente, lo más importante le ocurre cuando se ve reducida a ser nadie y se plantea una existencia anónima en la que, como el resto de los mortales, se puede ganar el pan con el sudor del esfuerzo, sin el privilegio de entregarse enteramente al estudio. Entonces el escaso tiempo para la lectura es vivido por ella como un regalo, después de la dura jornada.
Pero la trama se enreda aún más por las soluciones que se despliegan ante la opción de ser redimida por un hombre inmensamente rico, que sucumbe ante las virtudes de Lucienne. Ésta cede a esa pretensión por un deseo de vida y experiencia, más que por necesidad de protección. Al final se desenmascara el mundo de apariencias bajo las cuales se amparan los individuos: ni Lucienne es hija del marqués de Valangis, ni el supuesto márqués es marqués, lo que importa poco a la hora de definir la identidad de la muchacha, que ha ganado más en la adversidad que en la prosperidad heredada. En el nuevo orden se impone la persona y su valía depende de qué tanto se haya cultivado, del desarrollo su inteligencia y de sus conocimientos, más que de lo que haya heredado.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Laura Zavaleta, poesía bajo las piedras

Recibí una grata sorpresa el pasado 18 de noviembre escuchando a un grupo de poetas centroamericanas en Casa América. Estaban allí gracias al empeño de Concepción Bados Ciria quien hace parte de un proyecto que consiste en acercarnos a la literatura centroamericana, difundiendo la obra de sus poetas, mujeres. Destaca Laura Zavaleta (El Salvador, 1982), entre estas voces que se afirman en su condición de mujeres en la resistencia, ante los avatares políticos que deciden la suerte de ese trocito de nuestra América herido a machetazos, desde que la gran potencia decidió dividirlo para apropiárselo. Recordemos que el Salvador, antiguo Cuscatlán, tierra de collares, en náhuatl, soportó en el siglo XX durante 12 años una guerra que dejó un saldo de 75.000 muertos. En ese contexto las mujeres llevaron sobre sus hombros el peso de la guerra, además de en calidad de víctimas, afrontando el reto de sostener el edificio social. A cambio no han obtenido ni el más mínimo reconocimiento, todo lo contrario, para abrirse camino con su escritura han tenido luchar contra la invisibilidad que las castiga condenándolas al silencio. Por esta razón su mérito ha consistido en dar vida, también en la ficción, y en buscar la belleza, o la armonía, en medio del horror y de las fuerzas que intentan borrarlas, esas barreras culturales que se resisten y que en periodos de paz hieren la inteligencia. Laura Zavaleta pertenece a una nueva generación de mujeres que miran desde las alturas las barreras mentales y siguen adelante. Pero ella, además, hurga en las profundidades de la tierra buscando la palabra poética, para nombrar lo innombrable, para referirse a lo que ya no es aquí y está más allá: dentro de nosotras. Así, se adentra en una zona de misterio, en la oscuridad y el silencio, viaja hacia la muerte, como Orfeo. ¿Cómo nombrar la muerte?, nos preguntamos. En su caso, creo que empieza por levantar las piedras bajo las cuales se ocultan los muertos, una forma de morir, de tocar el misterio. Su poesía nos sitúa en una zona de riesgo, en un campo minado. Ella sabe que bajo la tierra que pisa hay palabras que te destrozan, que dinamitan la conciencia, pero que también iluminan el camino con su dolorosa y herida verdad. Laura Zavaleta asume los riesgos y rastrea en las capas más profundas del idioma, para traernos estas minas que estallan en la página. Pongo como ejemplo un poema titulado: "Mujer y muerte" del que cito unos versos: “Querida, los segundos sin permiso, pasan / y todo es estrujado acá dentro/ en la cabeza cargo un nudo de inviernos y solo digo: / Cómo vas conduciendo la noche mientras desciende / de mi este largo hilo de hormigas/”. Es indudable que en aquella tierra central que une dos hemisferio, donde yacen enterrados antiguos dolores, florece la poesía con una potencia y una contundencia que nos devuelve la esperanza en el futuro de nuestra América y en el poder creador de sus mujeres, frente a la pulsión destructora que amenaza no solo a la cultura y a la tradición de que somos parte, sino a la vida.

jueves, 6 de octubre de 2011

El verano que dejamos atrás

Volver de vacaciones en el otoño es como caer de golpe en el campo para iniciar un partido sin entrenamiento. Cuesta retomar los hábitos que le dan sentido a la vida, como este de escribir. Claro que no faltan cosas que contar, todo lo contrario. Mis días de septiembre han pasado volando, pero queda el eco de las voces familiares, de las amistades y, sobre todo, los libros que traigo "de allá" de la Fiesta del libro de Medellín, a la que asistí gracias a mis amigos Darío Ruiz y Lucía Donadío, quien ha hecho posible la reedición de Prohibido salir a la calle en Silaba. Esto motivó la presentación del libro en el entorno de La Fiesta del Libro, así como la invitación de la organización y los encuentros con personas tan entrañables como cordiales, que abundan en esta ciudad, donde la suerte me ha llevado en los últimos años. Estoy en deuda con Medellín por la generosidad de sus gentes y el rigor de quienes ponen en el trabajo la pasión y el respeto por el otro. Esto es lo que me han transmitido las personas con quienes me he cruzado en mis breves e intensas visitas.

Por un lado, me resultó grato el encuentro con los niños y niñas del Columbus School que me sorprendieron con sus preguntas y a quienes dedico afectuosamente mi novela; por otro, reconforta ver las firmas de amigos y amigas en esta impecable revista de cuento Odradek que me ofrece un espacio, entre ellos, Elkin Restrepo de quien traigo La visita que no pasó del jardín -que no se refiere a mí, que si pasé por el Jardín botánico, donde se celebró la Fiesta del Libro, pero me implica-, con poemas como (un) “Tesoro” del que guardo estos versos: "De toda pérdida/ se hace un tesoro, // una luz más rica/ con que acompañar/ los pensamientos. // Un macizo paisaje,/ donde lo hondo/ vuelve piedra/ el afuera…"; también estoy en deuda con los amigos de la revista digital Cronopio, Juan Manuel Zuluaga y Andrés Pélaez que se inventaron la mesa “Cuentos para dormir y despertar", lo que posibiltó la charla con escritora y columnista Ana Cristina Restrepo. Otro recuerdo especial guardo de las entusiastas talleristas (solo había dos señores) de la Biblioteca Pública Piloto que se dan citan con Lucía Donadío para compartir lecturas y que dejaron sus tareas para escucharme. Mi reconocimiento a labor creadora, recreadora, promotora y editora de Lucía que en dos años ha batido record con treinta títulos en Silaba, que reúne en su catálogo a autores colombianos de reconocido prestigio como el propio Darío Ruiz, Freddy Téllez y Ricardo Cano Gaviria, con quienes se inicia la colección de narrativa; igualmenete para las amigas de la editorial EAFIT, Ana María Cano y Esther Fleisacher, también autora de la editorial Sílaba, quienes primorosamente han dado forma de libro al merecido homenaje rendido a Darío Ruiz Gómez en una selección de sus cuentos, Entre muros, que se presentó en la Fiesta del libro. No olvido la mesa que moderó Claudia Ivonne Giraldo en la que participamos con Pola Oloixarac, autora de Tesis salvajes y donde abordamos temas como “la escritura de mujeres” ¿distinta de la “de los hombres”?

Entre los tesoros, reservo para momentos futuros La risa del sol, de Esther Fleisacher, Esperando tus ojos de José Zuleta, El cuarto secreto de Clauda Ivonne Giraldo y Los invisibles pájaros del alma de Oreste Donadío, entre otros. Confío en que su hondura asigne la solidez de la piedra a estos libros que prometen. Es lo que presiento al leer “Amanecer” de este último: "Agujas trasparentes /tejen la luz del sol: /el canto de las aves./ A sus trinos ofrece/ las cenizas despiertas/ de tu corazón”. ¡Gracias, Orestes, gracias a ustedes…!


domingo, 12 de junio de 2011

Los enamoramientos: María ce n’est pas moi.

El punto de vista es uno de los retos más difíciles para un narrador. Si no lo tiene claro, éste no podrá seguir adelante con la historia, y si avanza, tendrá pocas posibilidades de convencer al lector. Ya lo dicen los lectores entendidos, que nos dan siempre la medida de nuestros logros o fracasos. No importa si lo que se cuenta es verdad o mentira. Lo que convence es la forma de contar y en ello tiene mucho que ver el punto de vista. Por eso, si se elige una primera persona, es preciso diferenciar el yo, sujeto de la enunciación, del yo protagónico, sujeto del enunciado.

La última novela de Javier Marías, Los enamoramientos me ha puesto a pensar en el problema del sujeto de la narración. Sucede muchas veces en las novelas de infancia, por ejemplo, que el narrador adulto se traslada a la infancia para asumir el punto de vista de un niño. En estos casos, se correrá el riesgo de que el narrador sea un niño adulto, no el verdadero niño. Lo mismo ocurre cuando se elige el punto de vista de un personaje de otro género. Si el narrador es un hombre que adopta el punto de vista de una mujer, tendría que vivir y sentir como mujer cuando narra en primera persona, o difícilmente podrá convencer al lector. Si un autor construye un personaje femenino ha de penetrar su alma. Sólo así podrá decir como Flaubert: “Madame Bovary c’est moi”.

He de confesar que esta novela de Marías me ha resultado muy interesante como tema. Que un libro sobre el amor se convierta en una reflexión o digresión, que en el caso de Javier Marías es lo mismo, sobre la muerte, la crueldad, la traición y la impunidad, constituye una gran paradoja. Sin embargo, hay algo que va más allá del tema y es la postura del autor/narrador, que en este caso se encuentra, ante el espejo. No hay un punto de vista femenino ni masculino, pues las diferencias entre los personajes aquí desaparecen.

De lo que se trata en estos enamoramientos es de un juego de espejos y de un compás de espera que se marca en este relato, sereno y pausado, para introducirnos en el mal y en sus oscuros motivos. No hay hombre ni mujer, sino distintas caras de Javier Marías. Es una puesta en escena del propio Marías vestido de hombre o de mujer (Víctor/ Victoria). En definitiva: no hay María Dolz ni Javier Díaz Varela, los dos son el mismo Marías, como indican sus nombres. Así, Javier Marías travestido juega a ser María Dolz, la editora discreta y pasiva que espera el momento en que ese ser que se oculta bajo el nombre de Javier, la requiera.

María Dolz es una mujer que haría rabiar a muchas feministas por su posición subordinada ante el hombre. Éste marca las reglas del juego: encuentros y duración de los mismos, ya que con sus llamadas y requerimientos le exige disponibilidad sin ofrecer garantías. El amor pasivo de María por Javier, que es su opuesto, y que se concreta en una entrega incondicional, a cambio de instantes de felicidad, convence poco. Sin embargo, seguimos porque lo que nos dice el narrador nos resulta interesante.

El enamorado, al contrario que la mujer, es un hombre tan activo que asesina a quien se interpone entre él y su objeto de deseo, pero, a la vez, es pasivo porque el amor no es algo que se impone a la fuerza, sino que doblega al enamorado obligándolo a esperar, como espera Javier a que Luisa haga el duelo por su marido y lo acepte. De las oposiciones entre Javier y María se construye el relato en el que se entreveran significados, etimologías, referencias literarias leit motifs que le dan sentido y que justifican las 401 páginas que lo encierran.

En estos enamoramientos con un crimen pasional que pasa por homicidio fortuito, Marías es una editora con alma de escritor, que espía en la cafetería lo que ocurre con una pareja glamurosa y aparentemente feliz. Espiando, María también se entera de que Javier, el hombre que ama y espera (a que la llame), es un asesino. Sin embargo, el descubrimiento de esta verdad no la mueve a abandonarlo, todo lo contrario, María se queda para saber más acerca del enigmático Javier, ese inquietante personaje.

A medida que avanzamos en la narración tenemos claro que Javier Marías es, a la vez, Javier Díaz Varela, el asesino que se defiende y que pretende convencerse de su no culpabilidad, porque no ha ejecutado directamente el crimen. Pero el escritor que asesina a sus personajes, asesino en la ficción narrativa, tampoco puede escapar de esa condición, aunque encarga el trabajo sucio a su cómplice, un personaje de dudosa reputación. Marías sugiere que el acto de quitarse de en medio a alguien es algo corriente en las esferas de poder, y no debe extrañarnos que el móvil sea el amor o la piedad, o simplemente el cumplimiento de un mandato cuya finalidad es evitar el sufrimiento. Así nos prepara para hacernos cómplices, junto con María, del crimen de Javier.

Pero si de lo que se trata es de desvelar la verdad de los hechos, lo que no ocurre en al final de este relato, entonces no se colman las que se suponen exigencias del lector que pediría una explicación. Javier Marías lo sabe y justifica el silencio de María cuestionando al texto mismo, el libro como algo cerrado, que guarda una verdad, ese ser pasivo que espera ser abierto para revelar su verdad, como María, que permanece pasiva ante el crimen y la impunidad, a la espera de que alguien abra las páginas del libro, que no ha escrito, pero que ha vivido, mejor espiado (no expiado), y así quien lo lea se pueda enterar de que Javier es un asesino. He aquí un campo de reflexión por explorar y es el de la pasividad ¿femenina? del libro que espera ser abierto.

lunes, 2 de mayo de 2011

Adiós a Ernesto Sabato

Hay libros que marcan un antes y un después en tu vida. Uno de esos libros fue El túnel de Ernesto Sabato que leí siendo muy joven, mientras buscaba, casi de manera angustiosa, las formas de expresión de esa inquietud permanente que me empujaba a la soledad. Resultaba contradictorio aislarse del mundo y, a la vez, sentirse plena de vida y de deseos de experiencias. Pero así se presentaba el destino de quien eligía la escritura, siendo casi adolescente. Lo que más me atormentaba en aquella época era pensar que no tenía nada que contar, a pesar de sentir una imperiosa necesidad de escribir.

Por aquellos años descubrí El túnel que para mí fue una revelación. Bebí de un tirón la compleja y difícil historia de amor del pintor Juan Pablo Castel y de María Iribarne, en un estado de febril ansiedad, temiendo lo inevitable. Mientras leía el testimonio del artista atormentado, que empezaba confesando su crimen, me parecía que yo misma había vivido y escrito aquella historia que salía con una fluidez pasmosa y me dejaba en un estado de gracia. Convencida de que también podría escribir alguna vez un libro así, curaba mi frustración leyendo otros libros, en busca de historias cargadas de la vida, de las emociones que me faltaban.

Tengo un especial cariño a este libro sobre el que posteriormente di clases en la universidad lo que me permitió comprobar, una vez más, su poderoso influjo y su capacidad de motivar otras lecturas. Me impacto el encuentro de la pareja ante un cuadro que evoca la maternidad, el momento feliz en que hacemos parte de otro ser, mientras flotamos en una sustancia tibia, libres de la angustia existencial, y que da lugar a afirmaciones demoledoras: “Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración”, dice Castel. Ahí están los campos de concentración, prueba de la inusitada crueldad del ser humano y de su poder destructor. Pero no solo la crueldad, sino además la vanidad y la soberbia, son cuestionadas por el protagonista que persigue la pureza con obstinación, llevando ese deseo hasta las últimas consecuencias.

Los razonamientos de Castel, por lógicos que nos parezcan, no pueden conducirlo sino al error y al fatal desenlace del que nos hace partícipes desde la primera página de su testimonio. También la ambigüedad de María Iribiarne, con sus verdades a medias, tiene mucho que ver en el estado de ánimo del artista atormentado, carcomido por los celos. Allende, el ciego, se presenta como una barrera infranqueable y el sentimiento de impotencia mueve a Castel a la crueldad, mucho más al conocer el círculo en el que se mueve María, que le resulta de una frivolidad intolerable. El contacto con este mundo no hace otra cosa que confirmar sus teorías sobre el ser humano.

El encanto de esta narración emana no solo de unos personajes químicamente puros, sino de la atmósfera de una Buenos Aires cosmopolita a donde llegan los emigrantes europeos derrotados, en busca de oportunidades y en cuanto se les presentan las oportunidades de triunfo renace en ellos el orgullo y la vanidad, lo que confirma las teorías existencialistas de Castel.

Los personajes atraviesan lugares míticos de la ciudad, como las dependencias de la Sociedad Psicoanalítica, el banco de la Recoleta de la Plaza de Francia, la estación de Constitución, o el bar de la calle 25de Mayo, con su poder evocador. Estos espacios nos transmiten la atmósfera de una ciudad moderna en la que el individuo solitario convive con sus fantasmas, ante la sonrisa indiferente de quienes participan del bullicio de las calles y de las reuniones sociales. Allí las personas hablan, pero no se comunican, lo que resulta frustrante para Castel que, desesperado, busca la comunión con el otro, esa fusión que solo es posible antes de nuestro nacimiento.

¡Adiós, querido e inolvidable Sabato, y gracias por dar vida a María y a Juan Pablo, en aquellos diálogos que hicimos nuestros -somos palabra- y en los que vivirás, gracias a la magia de la escritura!