Volver de vacaciones en el otoño es como caer de golpe en el campo para iniciar un partido sin entrenamiento. Cuesta retomar los hábitos que le dan sentido a la vida, como este de escribir. Claro que no faltan cosas que contar, todo lo contrario. Mis días de septiembre han pasado volando, pero queda el eco de las voces familiares, de las amistades y, sobre todo, los libros que traigo "de allá" de la Fiesta del libro de Medellín, a la que asistí gracias a mis amigos Darío Ruiz y Lucía Donadío, quien ha hecho posible la reedición de Prohibido salir a la calle en Silaba. Esto motivó la presentación del libro en el entorno de La Fiesta del Libro, así como la invitación de la organización y los encuentros con personas tan entrañables como cordiales, que abundan en esta ciudad, donde la suerte me ha llevado en los últimos años. Estoy en deuda con Medellín por la generosidad de sus gentes y el rigor de quienes ponen en el trabajo la pasión y el respeto por el otro. Esto es lo que me han transmitido las personas con quienes me he cruzado en mis breves e intensas visitas.
Por un lado, me resultó grato el encuentro con los niños y niñas del Columbus School que me sorprendieron con sus preguntas y a quienes dedico afectuosamente mi novela; por otro, reconforta ver las firmas de amigos y amigas en esta impecable revista de cuento Odradek que me ofrece un espacio, entre ellos, Elkin Restrepo de quien traigo La visita que no pasó del jardín -que no se refiere a mí, que si pasé por el Jardín botánico, donde se celebró la Fiesta del Libro, pero me implica-, con poemas como (un) “Tesoro” del que guardo estos versos: "De toda pérdida/ se hace un tesoro, // una luz más rica/ con que acompañar/ los pensamientos. // Un macizo paisaje,/ donde lo hondo/ vuelve piedra/ el afuera…"; también estoy en deuda con los amigos de la revista digital Cronopio, Juan Manuel Zuluaga y Andrés Pélaez que se inventaron la mesa “Cuentos para dormir y despertar", lo que posibiltó la charla con escritora y columnista Ana Cristina Restrepo. Otro recuerdo especial guardo de las entusiastas talleristas (solo había dos señores) de la Biblioteca Pública Piloto que se dan citan con Lucía Donadío para compartir lecturas y que dejaron sus tareas para escucharme. Mi reconocimiento a labor creadora, recreadora, promotora y editora de Lucía que en dos años ha batido record con treinta títulos en Silaba, que reúne en su catálogo a autores colombianos de reconocido prestigio como el propio Darío Ruiz, Freddy Téllez y Ricardo Cano Gaviria, con quienes se inicia la colección de narrativa; igualmenete para las amigas de la editorial EAFIT, Ana María Cano y Esther Fleisacher, también autora de la editorial Sílaba, quienes primorosamente han dado forma de libro al merecido homenaje rendido a Darío Ruiz Gómez en una selección de sus cuentos, Entre muros, que se presentó en la Fiesta del libro. No olvido la mesa que moderó Claudia Ivonne Giraldo en la que participamos con Pola Oloixarac, autora de Tesis salvajes y donde abordamos temas como “la escritura de mujeres” ¿distinta de la “de los hombres”?
Entre los tesoros, reservo para momentos futuros La risa del sol, de Esther Fleisacher, Esperando tus ojos de José Zuleta, El cuarto secreto de Clauda Ivonne Giraldo y Los invisibles pájaros del alma de Oreste Donadío, entre otros. Confío en que su hondura asigne la solidez de la piedra a estos libros que prometen. Es lo que presiento al leer “Amanecer” de este último: "Agujas trasparentes /tejen la luz del sol: /el canto de las aves./ A sus trinos ofrece/ las cenizas despiertas/ de tu corazón”. ¡Gracias, Orestes, gracias a ustedes…!
jueves, 6 de octubre de 2011
domingo, 12 de junio de 2011
Los enamoramientos: María ce n’est pas moi.
El punto de vista es uno de los retos más difíciles para un narrador. Si no lo tiene claro, éste no podrá seguir adelante con la historia, y si avanza, tendrá pocas posibilidades de convencer al lector. Ya lo dicen los lectores entendidos, que nos dan siempre la medida de nuestros logros o fracasos. No importa si lo que se cuenta es verdad o mentira. Lo que convence es la forma de contar y en ello tiene mucho que ver el punto de vista. Por eso, si se elige una primera persona, es preciso diferenciar el yo, sujeto de la enunciación, del yo protagónico, sujeto del enunciado.
La última novela de Javier Marías, Los enamoramientos me ha puesto a pensar en el problema del sujeto de la narración. Sucede muchas veces en las novelas de infancia, por ejemplo, que el narrador adulto se traslada a la infancia para asumir el punto de vista de un niño. En estos casos, se correrá el riesgo de que el narrador sea un niño adulto, no el verdadero niño. Lo mismo ocurre cuando se elige el punto de vista de un personaje de otro género. Si el narrador es un hombre que adopta el punto de vista de una mujer, tendría que vivir y sentir como mujer cuando narra en primera persona, o difícilmente podrá convencer al lector. Si un autor construye un personaje femenino ha de penetrar su alma. Sólo así podrá decir como Flaubert: “Madame Bovary c’est moi”.
He de confesar que esta novela de Marías me ha resultado muy interesante como tema. Que un libro sobre el amor se convierta en una reflexión o digresión, que en el caso de Javier Marías es lo mismo, sobre la muerte, la crueldad, la traición y la impunidad, constituye una gran paradoja. Sin embargo, hay algo que va más allá del tema y es la postura del autor/narrador, que en este caso se encuentra, ante el espejo. No hay un punto de vista femenino ni masculino, pues las diferencias entre los personajes aquí desaparecen.
De lo que se trata en estos enamoramientos es de un juego de espejos y de un compás de espera que se marca en este relato, sereno y pausado, para introducirnos en el mal y en sus oscuros motivos. No hay hombre ni mujer, sino distintas caras de Javier Marías. Es una puesta en escena del propio Marías vestido de hombre o de mujer (Víctor/ Victoria). En definitiva: no hay María Dolz ni Javier Díaz Varela, los dos son el mismo Marías, como indican sus nombres. Así, Javier Marías travestido juega a ser María Dolz, la editora discreta y pasiva que espera el momento en que ese ser que se oculta bajo el nombre de Javier, la requiera.
María Dolz es una mujer que haría rabiar a muchas feministas por su posición subordinada ante el hombre. Éste marca las reglas del juego: encuentros y duración de los mismos, ya que con sus llamadas y requerimientos le exige disponibilidad sin ofrecer garantías. El amor pasivo de María por Javier, que es su opuesto, y que se concreta en una entrega incondicional, a cambio de instantes de felicidad, convence poco. Sin embargo, seguimos porque lo que nos dice el narrador nos resulta interesante.
El enamorado, al contrario que la mujer, es un hombre tan activo que asesina a quien se interpone entre él y su objeto de deseo, pero, a la vez, es pasivo porque el amor no es algo que se impone a la fuerza, sino que doblega al enamorado obligándolo a esperar, como espera Javier a que Luisa haga el duelo por su marido y lo acepte. De las oposiciones entre Javier y María se construye el relato en el que se entreveran significados, etimologías, referencias literarias leit motifs que le dan sentido y que justifican las 401 páginas que lo encierran.
En estos enamoramientos con un crimen pasional que pasa por homicidio fortuito, Marías es una editora con alma de escritor, que espía en la cafetería lo que ocurre con una pareja glamurosa y aparentemente feliz. Espiando, María también se entera de que Javier, el hombre que ama y espera (a que la llame), es un asesino. Sin embargo, el descubrimiento de esta verdad no la mueve a abandonarlo, todo lo contrario, María se queda para saber más acerca del enigmático Javier, ese inquietante personaje.
A medida que avanzamos en la narración tenemos claro que Javier Marías es, a la vez, Javier Díaz Varela, el asesino que se defiende y que pretende convencerse de su no culpabilidad, porque no ha ejecutado directamente el crimen. Pero el escritor que asesina a sus personajes, asesino en la ficción narrativa, tampoco puede escapar de esa condición, aunque encarga el trabajo sucio a su cómplice, un personaje de dudosa reputación. Marías sugiere que el acto de quitarse de en medio a alguien es algo corriente en las esferas de poder, y no debe extrañarnos que el móvil sea el amor o la piedad, o simplemente el cumplimiento de un mandato cuya finalidad es evitar el sufrimiento. Así nos prepara para hacernos cómplices, junto con María, del crimen de Javier.
Pero si de lo que se trata es de desvelar la verdad de los hechos, lo que no ocurre en al final de este relato, entonces no se colman las que se suponen exigencias del lector que pediría una explicación. Javier Marías lo sabe y justifica el silencio de María cuestionando al texto mismo, el libro como algo cerrado, que guarda una verdad, ese ser pasivo que espera ser abierto para revelar su verdad, como María, que permanece pasiva ante el crimen y la impunidad, a la espera de que alguien abra las páginas del libro, que no ha escrito, pero que ha vivido, mejor espiado (no expiado), y así quien lo lea se pueda enterar de que Javier es un asesino. He aquí un campo de reflexión por explorar y es el de la pasividad ¿femenina? del libro que espera ser abierto.
La última novela de Javier Marías, Los enamoramientos me ha puesto a pensar en el problema del sujeto de la narración. Sucede muchas veces en las novelas de infancia, por ejemplo, que el narrador adulto se traslada a la infancia para asumir el punto de vista de un niño. En estos casos, se correrá el riesgo de que el narrador sea un niño adulto, no el verdadero niño. Lo mismo ocurre cuando se elige el punto de vista de un personaje de otro género. Si el narrador es un hombre que adopta el punto de vista de una mujer, tendría que vivir y sentir como mujer cuando narra en primera persona, o difícilmente podrá convencer al lector. Si un autor construye un personaje femenino ha de penetrar su alma. Sólo así podrá decir como Flaubert: “Madame Bovary c’est moi”.
He de confesar que esta novela de Marías me ha resultado muy interesante como tema. Que un libro sobre el amor se convierta en una reflexión o digresión, que en el caso de Javier Marías es lo mismo, sobre la muerte, la crueldad, la traición y la impunidad, constituye una gran paradoja. Sin embargo, hay algo que va más allá del tema y es la postura del autor/narrador, que en este caso se encuentra, ante el espejo. No hay un punto de vista femenino ni masculino, pues las diferencias entre los personajes aquí desaparecen.
De lo que se trata en estos enamoramientos es de un juego de espejos y de un compás de espera que se marca en este relato, sereno y pausado, para introducirnos en el mal y en sus oscuros motivos. No hay hombre ni mujer, sino distintas caras de Javier Marías. Es una puesta en escena del propio Marías vestido de hombre o de mujer (Víctor/ Victoria). En definitiva: no hay María Dolz ni Javier Díaz Varela, los dos son el mismo Marías, como indican sus nombres. Así, Javier Marías travestido juega a ser María Dolz, la editora discreta y pasiva que espera el momento en que ese ser que se oculta bajo el nombre de Javier, la requiera.
María Dolz es una mujer que haría rabiar a muchas feministas por su posición subordinada ante el hombre. Éste marca las reglas del juego: encuentros y duración de los mismos, ya que con sus llamadas y requerimientos le exige disponibilidad sin ofrecer garantías. El amor pasivo de María por Javier, que es su opuesto, y que se concreta en una entrega incondicional, a cambio de instantes de felicidad, convence poco. Sin embargo, seguimos porque lo que nos dice el narrador nos resulta interesante.
El enamorado, al contrario que la mujer, es un hombre tan activo que asesina a quien se interpone entre él y su objeto de deseo, pero, a la vez, es pasivo porque el amor no es algo que se impone a la fuerza, sino que doblega al enamorado obligándolo a esperar, como espera Javier a que Luisa haga el duelo por su marido y lo acepte. De las oposiciones entre Javier y María se construye el relato en el que se entreveran significados, etimologías, referencias literarias leit motifs que le dan sentido y que justifican las 401 páginas que lo encierran.
En estos enamoramientos con un crimen pasional que pasa por homicidio fortuito, Marías es una editora con alma de escritor, que espía en la cafetería lo que ocurre con una pareja glamurosa y aparentemente feliz. Espiando, María también se entera de que Javier, el hombre que ama y espera (a que la llame), es un asesino. Sin embargo, el descubrimiento de esta verdad no la mueve a abandonarlo, todo lo contrario, María se queda para saber más acerca del enigmático Javier, ese inquietante personaje.
A medida que avanzamos en la narración tenemos claro que Javier Marías es, a la vez, Javier Díaz Varela, el asesino que se defiende y que pretende convencerse de su no culpabilidad, porque no ha ejecutado directamente el crimen. Pero el escritor que asesina a sus personajes, asesino en la ficción narrativa, tampoco puede escapar de esa condición, aunque encarga el trabajo sucio a su cómplice, un personaje de dudosa reputación. Marías sugiere que el acto de quitarse de en medio a alguien es algo corriente en las esferas de poder, y no debe extrañarnos que el móvil sea el amor o la piedad, o simplemente el cumplimiento de un mandato cuya finalidad es evitar el sufrimiento. Así nos prepara para hacernos cómplices, junto con María, del crimen de Javier.
Pero si de lo que se trata es de desvelar la verdad de los hechos, lo que no ocurre en al final de este relato, entonces no se colman las que se suponen exigencias del lector que pediría una explicación. Javier Marías lo sabe y justifica el silencio de María cuestionando al texto mismo, el libro como algo cerrado, que guarda una verdad, ese ser pasivo que espera ser abierto para revelar su verdad, como María, que permanece pasiva ante el crimen y la impunidad, a la espera de que alguien abra las páginas del libro, que no ha escrito, pero que ha vivido, mejor espiado (no expiado), y así quien lo lea se pueda enterar de que Javier es un asesino. He aquí un campo de reflexión por explorar y es el de la pasividad ¿femenina? del libro que espera ser abierto.
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Literatura española Javier Marías
lunes, 2 de mayo de 2011
Adiós a Ernesto Sabato
Hay libros que marcan un antes y un después en tu vida. Uno de esos libros fue El túnel de Ernesto Sabato que leí siendo muy joven, mientras buscaba, casi de manera angustiosa, las formas de expresión de esa inquietud permanente que me empujaba a la soledad. Resultaba contradictorio aislarse del mundo y, a la vez, sentirse plena de vida y de deseos de experiencias. Pero así se presentaba el destino de quien eligía la escritura, siendo casi adolescente. Lo que más me atormentaba en aquella época era pensar que no tenía nada que contar, a pesar de sentir una imperiosa necesidad de escribir.
Por aquellos años descubrí El túnel que para mí fue una revelación. Bebí de un tirón la compleja y difícil historia de amor del pintor Juan Pablo Castel y de María Iribarne, en un estado de febril ansiedad, temiendo lo inevitable. Mientras leía el testimonio del artista atormentado, que empezaba confesando su crimen, me parecía que yo misma había vivido y escrito aquella historia que salía con una fluidez pasmosa y me dejaba en un estado de gracia. Convencida de que también podría escribir alguna vez un libro así, curaba mi frustración leyendo otros libros, en busca de historias cargadas de la vida, de las emociones que me faltaban.
Tengo un especial cariño a este libro sobre el que posteriormente di clases en la universidad lo que me permitió comprobar, una vez más, su poderoso influjo y su capacidad de motivar otras lecturas. Me impacto el encuentro de la pareja ante un cuadro que evoca la maternidad, el momento feliz en que hacemos parte de otro ser, mientras flotamos en una sustancia tibia, libres de la angustia existencial, y que da lugar a afirmaciones demoledoras: “Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración”, dice Castel. Ahí están los campos de concentración, prueba de la inusitada crueldad del ser humano y de su poder destructor. Pero no solo la crueldad, sino además la vanidad y la soberbia, son cuestionadas por el protagonista que persigue la pureza con obstinación, llevando ese deseo hasta las últimas consecuencias.
Los razonamientos de Castel, por lógicos que nos parezcan, no pueden conducirlo sino al error y al fatal desenlace del que nos hace partícipes desde la primera página de su testimonio. También la ambigüedad de María Iribiarne, con sus verdades a medias, tiene mucho que ver en el estado de ánimo del artista atormentado, carcomido por los celos. Allende, el ciego, se presenta como una barrera infranqueable y el sentimiento de impotencia mueve a Castel a la crueldad, mucho más al conocer el círculo en el que se mueve María, que le resulta de una frivolidad intolerable. El contacto con este mundo no hace otra cosa que confirmar sus teorías sobre el ser humano.
El encanto de esta narración emana no solo de unos personajes químicamente puros, sino de la atmósfera de una Buenos Aires cosmopolita a donde llegan los emigrantes europeos derrotados, en busca de oportunidades y en cuanto se les presentan las oportunidades de triunfo renace en ellos el orgullo y la vanidad, lo que confirma las teorías existencialistas de Castel.
Los personajes atraviesan lugares míticos de la ciudad, como las dependencias de la Sociedad Psicoanalítica, el banco de la Recoleta de la Plaza de Francia, la estación de Constitución, o el bar de la calle 25de Mayo, con su poder evocador. Estos espacios nos transmiten la atmósfera de una ciudad moderna en la que el individuo solitario convive con sus fantasmas, ante la sonrisa indiferente de quienes participan del bullicio de las calles y de las reuniones sociales. Allí las personas hablan, pero no se comunican, lo que resulta frustrante para Castel que, desesperado, busca la comunión con el otro, esa fusión que solo es posible antes de nuestro nacimiento.
¡Adiós, querido e inolvidable Sabato, y gracias por dar vida a María y a Juan Pablo, en aquellos diálogos que hicimos nuestros -somos palabra- y en los que vivirás, gracias a la magia de la escritura!
Por aquellos años descubrí El túnel que para mí fue una revelación. Bebí de un tirón la compleja y difícil historia de amor del pintor Juan Pablo Castel y de María Iribarne, en un estado de febril ansiedad, temiendo lo inevitable. Mientras leía el testimonio del artista atormentado, que empezaba confesando su crimen, me parecía que yo misma había vivido y escrito aquella historia que salía con una fluidez pasmosa y me dejaba en un estado de gracia. Convencida de que también podría escribir alguna vez un libro así, curaba mi frustración leyendo otros libros, en busca de historias cargadas de la vida, de las emociones que me faltaban.
Tengo un especial cariño a este libro sobre el que posteriormente di clases en la universidad lo que me permitió comprobar, una vez más, su poderoso influjo y su capacidad de motivar otras lecturas. Me impacto el encuentro de la pareja ante un cuadro que evoca la maternidad, el momento feliz en que hacemos parte de otro ser, mientras flotamos en una sustancia tibia, libres de la angustia existencial, y que da lugar a afirmaciones demoledoras: “Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración”, dice Castel. Ahí están los campos de concentración, prueba de la inusitada crueldad del ser humano y de su poder destructor. Pero no solo la crueldad, sino además la vanidad y la soberbia, son cuestionadas por el protagonista que persigue la pureza con obstinación, llevando ese deseo hasta las últimas consecuencias.
Los razonamientos de Castel, por lógicos que nos parezcan, no pueden conducirlo sino al error y al fatal desenlace del que nos hace partícipes desde la primera página de su testimonio. También la ambigüedad de María Iribiarne, con sus verdades a medias, tiene mucho que ver en el estado de ánimo del artista atormentado, carcomido por los celos. Allende, el ciego, se presenta como una barrera infranqueable y el sentimiento de impotencia mueve a Castel a la crueldad, mucho más al conocer el círculo en el que se mueve María, que le resulta de una frivolidad intolerable. El contacto con este mundo no hace otra cosa que confirmar sus teorías sobre el ser humano.
El encanto de esta narración emana no solo de unos personajes químicamente puros, sino de la atmósfera de una Buenos Aires cosmopolita a donde llegan los emigrantes europeos derrotados, en busca de oportunidades y en cuanto se les presentan las oportunidades de triunfo renace en ellos el orgullo y la vanidad, lo que confirma las teorías existencialistas de Castel.
Los personajes atraviesan lugares míticos de la ciudad, como las dependencias de la Sociedad Psicoanalítica, el banco de la Recoleta de la Plaza de Francia, la estación de Constitución, o el bar de la calle 25de Mayo, con su poder evocador. Estos espacios nos transmiten la atmósfera de una ciudad moderna en la que el individuo solitario convive con sus fantasmas, ante la sonrisa indiferente de quienes participan del bullicio de las calles y de las reuniones sociales. Allí las personas hablan, pero no se comunican, lo que resulta frustrante para Castel que, desesperado, busca la comunión con el otro, esa fusión que solo es posible antes de nuestro nacimiento.
¡Adiós, querido e inolvidable Sabato, y gracias por dar vida a María y a Juan Pablo, en aquellos diálogos que hicimos nuestros -somos palabra- y en los que vivirás, gracias a la magia de la escritura!
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Narrativa argentina El túnel Ernesto Sabato
domingo, 13 de marzo de 2011
Kokoro: desde el corazón
Quiero rendir un homenaje al Japón y a su literatura en estos momentos en los que apenas puedo pensar viendo las imágenes de destrucción que asolan ese desconocido y enigmático país, del que tengo algunas referencias literarias: Mishima, o Kawabata a quien he leído en francés: Tristesse et beauté, texto, como casi todos los que conozco de autores japoneses, en el que la muerte asedia a los personajes. De sus páginas me llega la gracia de los jardines a donde van a pasear los amantes, próximos a separarse, la ceremonia del té, la iconografía que ilustra los estilizados cuadros en los que aparecen aquellas mujeres lejanas en su tocado tradicional, la diáfanas habitaciones en las que se recogen los amantes o meditan solitarios los personajes. También está Murakami, más cerca de nosotros, pero inmerso en su tradición, como los que acabo de mencionar.
Quiero recordar Kokoro esta novela de Natsume Soseki porque la tengo más presente y porque "Kokoro", según aclara el traductor Carlos Rubio, es un término cargado de significados que abarcan desde corazón, mente, interior, espíritu, alma, etc. Nacido en Tokio en 1868, Soseki nos acerca al dolor de exisistir con el peso de la culpa y con la tentación del suicidio, que se apodera de las seres humanos, atrapados entre el deber y el instinto. Kokoro subraya el valor del silencio que se impone en las relaciones íntimas, dando sentido al relato en primera persona en la que se nos presenta la figura del maestro.
Es justamente en una casa de té donde el narrador conoce al maestro, al que primero observa con paciencia durante unos días, a la espera de una oportunidad que propicie ese acercamiento convocando al azar, un gesto, un movimiento, como la caída de un objeto, de modo que pueda agacharse a recogerlo y entregárselo como muestra de cortesía. Solo eso que se nos da en un tiempo y un compás de espera que oculta la ansiedad. Lo demás parece darse de manera espontánea: seguirlo cuando se adentra en el mar e iniciar así una conversación. La amistad requiere su tiempo, la contención del impulso propio de la juventud, en contraste con el ritmo de la madurez.
El primer paseo que dan los personajes es al cementerio donde visitan la tumba de un amigo. Así el discípulo se irá introduciendo en la vida del maestro y hará amistad con la esposa, lo que le permitirá conocer otros aspectos de la vida del sensei, como lo llama, lo que abrirá más interrogantes en torno a su enigmática personalidad, al aislamiento y al silencio respecto a su pasado y al empeño en no herir los sentimientos de la esposa. “Antes de destruir la felicidad de su esposa, prefirió destruir su vida”, dice el narrador. Lo cierto es que a medida que avanzan en el diálogo, la relación entre ambos es más intensa, porque cada uno abre su corazón y se asoma a los abismos interiores.
Tras encuentros y desencuentros que tienen que ver con las obligaciones que debe cumplir el joven con los suyos y consigo mismo, en la búsqueda del camino que ha de seguir en la vida, la sombra del maestro se cierne como un interrogante que encierra las claves de su destino. Consciente de eso, antes de morir, el sensei le deja en herencia el testimonio de su vida, su secreto, algo que ni siquiera le revela a la esposa, lo que le permite comprender al discípulo, no solo las advertencias que le hacía, sino el dolor que anidaba en su corazón.
En una larga carta el maestro le refiere los males padecidos, la orfandad y la crueldad de los familiares que se ocuparon de él y las complejas relaciones con su amigo de la infancia y juventud a quien llama K. Éste es una figura excéntrica, entregado a la lectura de los libros sagrados, que se interpone entre el maestro y la muchacha que ama, sembrando dudas y llenando de sombras su horizonte, hasta desaparecer, dejando una herida abierta.
Así, agobiado por la culpa, el sensei se debate entre la tentación del suicidio y el deber de permanecer al lado de su esposa. Su vida, aparentemente sencilla, en verdad libra penosas batallas interiores, lucha contra el impulso de muerte: “Esa fuerza que me atenaza el corazón y que no me deja realizar ninguna acción, tan solo me deja libre el camino de la muerte”, destino que pretende anticipar para acabar con el tormento de existir.
Quiero recordar Kokoro esta novela de Natsume Soseki porque la tengo más presente y porque "Kokoro", según aclara el traductor Carlos Rubio, es un término cargado de significados que abarcan desde corazón, mente, interior, espíritu, alma, etc. Nacido en Tokio en 1868, Soseki nos acerca al dolor de exisistir con el peso de la culpa y con la tentación del suicidio, que se apodera de las seres humanos, atrapados entre el deber y el instinto. Kokoro subraya el valor del silencio que se impone en las relaciones íntimas, dando sentido al relato en primera persona en la que se nos presenta la figura del maestro.
Es justamente en una casa de té donde el narrador conoce al maestro, al que primero observa con paciencia durante unos días, a la espera de una oportunidad que propicie ese acercamiento convocando al azar, un gesto, un movimiento, como la caída de un objeto, de modo que pueda agacharse a recogerlo y entregárselo como muestra de cortesía. Solo eso que se nos da en un tiempo y un compás de espera que oculta la ansiedad. Lo demás parece darse de manera espontánea: seguirlo cuando se adentra en el mar e iniciar así una conversación. La amistad requiere su tiempo, la contención del impulso propio de la juventud, en contraste con el ritmo de la madurez.
El primer paseo que dan los personajes es al cementerio donde visitan la tumba de un amigo. Así el discípulo se irá introduciendo en la vida del maestro y hará amistad con la esposa, lo que le permitirá conocer otros aspectos de la vida del sensei, como lo llama, lo que abrirá más interrogantes en torno a su enigmática personalidad, al aislamiento y al silencio respecto a su pasado y al empeño en no herir los sentimientos de la esposa. “Antes de destruir la felicidad de su esposa, prefirió destruir su vida”, dice el narrador. Lo cierto es que a medida que avanzan en el diálogo, la relación entre ambos es más intensa, porque cada uno abre su corazón y se asoma a los abismos interiores.
Tras encuentros y desencuentros que tienen que ver con las obligaciones que debe cumplir el joven con los suyos y consigo mismo, en la búsqueda del camino que ha de seguir en la vida, la sombra del maestro se cierne como un interrogante que encierra las claves de su destino. Consciente de eso, antes de morir, el sensei le deja en herencia el testimonio de su vida, su secreto, algo que ni siquiera le revela a la esposa, lo que le permite comprender al discípulo, no solo las advertencias que le hacía, sino el dolor que anidaba en su corazón.
En una larga carta el maestro le refiere los males padecidos, la orfandad y la crueldad de los familiares que se ocuparon de él y las complejas relaciones con su amigo de la infancia y juventud a quien llama K. Éste es una figura excéntrica, entregado a la lectura de los libros sagrados, que se interpone entre el maestro y la muchacha que ama, sembrando dudas y llenando de sombras su horizonte, hasta desaparecer, dejando una herida abierta.
Así, agobiado por la culpa, el sensei se debate entre la tentación del suicidio y el deber de permanecer al lado de su esposa. Su vida, aparentemente sencilla, en verdad libra penosas batallas interiores, lucha contra el impulso de muerte: “Esa fuerza que me atenaza el corazón y que no me deja realizar ninguna acción, tan solo me deja libre el camino de la muerte”, destino que pretende anticipar para acabar con el tormento de existir.
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Narrativa japonesa Natsume Soseki
miércoles, 9 de febrero de 2011
António Lobo Antunes. Memoria de elefante
Hacía mucho tiempo que no escuchaba hablar de su oficio a un escritor de casta, para mí, el autor que asume el trabajo creador con todos los riesgos. No me refiero solo a abandonar una carrera para dedicarse a escribir como un profesional de la escritura (escritores/escribidores –Barthes), sino a sumergirse en las aguas del idioma e ir cada vez más al fondo, más allá de la apariencia de las cosas, intentado desentrañar su misterio. Escribir es traducir lo intraducible, el gemido, la soledad, la angustia, la culpa, la felicidad, emociones que se expresan sin palabras, que asoman al rostro modificando con el gesto, el ademán o la mirada, nuestra percepción del otro. Un nudo de emociones nos hunde o nos salva y el escritor es un artesano paciente que desenreda la madeja para saber qué tan larga es la cuerda, de dónde surge, hasta dónde llega, qué aprisiona y porqué.
Pero una cosa es lo que un autor dice, lo que opina sobre la escritura, sobre el arte y la literatura y otra es la forma como concreta su postura vital en la obra, lo que nos transmite a los lectores. En el caso de Lobo Antunes, es posible entender e incluso vivir en sus libros ese esfuerzo por “ir más allá” en busca de una verdad que nos redima del peso de una educación, de una historia, del pasado que limita nuestras ansias de existir tal como somos y no como los demás desean.
Memoria de elefante, un libro que el autor dice apreciar poco por ser de los primeros, me resulta entrañable como todos los primeros libros que adolecen de imperfecciones que los humanizan. La perfección es inhumana para muchos pueblos. De hecho, los fabricantes de alfombras dejaban un hilo fuera del tejido para que la geometría de la forma se rompiera con una línea equivocada.
La trama es lo de menos, declaraba Lobo Antunes en la charla impartida el pasado 7 de febrero en el Instituto Cervantes,de Madrid. Lo que importa en Memoria de elefante es la forma como el autor recurre a la tercera persona para penetrar en la conciencia de su alter ego, el psiquiatra sobre quien se nos informa muy poco, pero suficiente, a lo largo del relato.
Es verdad que el discurso se hace difícil, en cuanto nos vemos inmersos en ese nudo emocional que se disipa, a medida que entendemos las circunstancias vitales de una criatura que ama y no sabe cómo expresar ese sentimiento; la rebeldía de alguien que se niega a seguir los mandatos familiares, las rígidas normas sociales y que lo pierde todo por no responder al modelo impuesto.
La sensación de abandono es mayor cuando se renuncia voluntariamente a quienes se ama, sin saber cómo tender un puente. Acaso la soledad es la condición del ser, como intuye el personaje.
Guiados por la voz del narrador, que nos lleva hasta el otro extremo de la cuerda aportando datos entreverados, en medio de una maraña de sentimientos, entendemos que la ironía es la única arma con la que se cuenta y con lo que podemos defendernos de la pregunta “¿Qué haría yo si estuviese en mi lugar?”, que se formula el protagonista al final del relato.
Pero una cosa es lo que un autor dice, lo que opina sobre la escritura, sobre el arte y la literatura y otra es la forma como concreta su postura vital en la obra, lo que nos transmite a los lectores. En el caso de Lobo Antunes, es posible entender e incluso vivir en sus libros ese esfuerzo por “ir más allá” en busca de una verdad que nos redima del peso de una educación, de una historia, del pasado que limita nuestras ansias de existir tal como somos y no como los demás desean.
Memoria de elefante, un libro que el autor dice apreciar poco por ser de los primeros, me resulta entrañable como todos los primeros libros que adolecen de imperfecciones que los humanizan. La perfección es inhumana para muchos pueblos. De hecho, los fabricantes de alfombras dejaban un hilo fuera del tejido para que la geometría de la forma se rompiera con una línea equivocada.
La trama es lo de menos, declaraba Lobo Antunes en la charla impartida el pasado 7 de febrero en el Instituto Cervantes,de Madrid. Lo que importa en Memoria de elefante es la forma como el autor recurre a la tercera persona para penetrar en la conciencia de su alter ego, el psiquiatra sobre quien se nos informa muy poco, pero suficiente, a lo largo del relato.
Es verdad que el discurso se hace difícil, en cuanto nos vemos inmersos en ese nudo emocional que se disipa, a medida que entendemos las circunstancias vitales de una criatura que ama y no sabe cómo expresar ese sentimiento; la rebeldía de alguien que se niega a seguir los mandatos familiares, las rígidas normas sociales y que lo pierde todo por no responder al modelo impuesto.
La sensación de abandono es mayor cuando se renuncia voluntariamente a quienes se ama, sin saber cómo tender un puente. Acaso la soledad es la condición del ser, como intuye el personaje.
Guiados por la voz del narrador, que nos lleva hasta el otro extremo de la cuerda aportando datos entreverados, en medio de una maraña de sentimientos, entendemos que la ironía es la única arma con la que se cuenta y con lo que podemos defendernos de la pregunta “¿Qué haría yo si estuviese en mi lugar?”, que se formula el protagonista al final del relato.
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António Lobo Antunes Literatura portuguesa
lunes, 6 de diciembre de 2010
Darío Ruiz Gómez. En ese lejano país donde ahora viven mis padres
"...En /ese lejano país donde viven mis/ padres: geografías del iris embriagado/ ¡Cúbreme también agua apacible/ palabra del suburbio!: ¿Ha regresado/ el niño al quicio de la puerta? ¿Ha venido a buscarlo la figura/ del hombre del sombrero?".
En este su último libro Darío Ruíz Gómez evoca la presencia de los padres, aquellos padres, no sólo biológicos, sino intelectuales, elegidos por nosotros o concedidos por el azar y a quienes debemos nuestra formación intelectual, la estructuración de la personalidad, el nombre y la escritura; por eso, al escribir se intenta desentrañar el misterio del padre: ser incierto y fugitivo. Lo contrario de la madre: alimento, certeza de donde venimos y de quien somos parte.
Por tanto, sugiere Ruiz Gómez, la escritura es la búsqueda del padre, en cuanto implica desentrañar, signos, desvelar el enigma del ser. Este diáfano poemario, como toda la escritura de Ruiz Gómez, rastrea la figura del padre en los lugares que quedan atrás, no en las imágenes que se confunden con recuerdos, sino en la fisuras de la mente, donde se filtran las emociones, las sensaciones, los olores... Por esas rendijas se cuela una línea de luz que nos permite vislubrar una presencia que en realidad, es ausencia, vacío de nuestro ser, y que intentamos dibujar con palabras escritas: “….Hay en el sueño de un hijo abandonado el seco rumor de calles perdidas a través de las cuales se precisa la derrota y el terror se apodera de las cosas…”
El padre no está del todo entre nosotros, sugieren estos versos, ni en casa, sino en el umbral, detenido en la cancela. Buscarlo exige eludir ambigüedades, requiere su propia gramática. Y ¿dónde buscarlo si no en la casa que habitó, en los lugares que justificaron su partida? En ese intento de encontrarlo, llegamos a la parte más recóndita de la mente donde el poeta vaga como un sonámbulo: “La oscuridad impide que reconozcamos el rostro que se acerca a la cancela, lo que queda es algo inaudible, ni siquiera eco o rumor”.
La palabra "padre" entonces "...se disuelve como un líquido en otro." Pues en verdad estamos huérfanos de padre y ya no tiene sentido ir tras sus huellas en casas abandonadas, en aquellos patios donde antes meditó y ahora agreste crece la hierba, desafiando los afanes cotidianos, porque el padre siempre huye, mientras el niño desconcertado lo observa desde una rota acera. No obstante, el arraigo en la casa, esa casa de la memoria que vive en nosotros, es una forma de retenerlo, de asirlo en el recuerdo, ya que “Abandonar la casa sería no esperarlo, decirle a su cuerpo vacilante que su palabra no tendrá acogida en el espacio que fundó.” Así, la voz del padre está “en cada sombra, en cada parpadeo de una rendija en cada camino de hormigas en el alfeizar de la ventana oculta…”
Bellos poemas que refieren la orfandad esencial del ser humano, su errante y circular destino. La conclusión a que nos llevan es que sólo nos queda el lenguaje para restituir lo que queda de él, su olor, sus ademanes, su manera de estar, de marcharse, de aparecer, sus silencios. A nuestro alcance tenemos mapas, plumas, páginas en blanco, tinta.... “¿Dónde podría percibirlo a él? Porque Él es la escritura que tartamudea, la escritura que no define, él es el trazo que mis ojos no ven aún. Lo busco y no encuentro a nadie en estas soledades saturadas de malas, de pésimas canciones.”
He de agradecer al poeta la precisión de esta poética que pasa de la desgarradora intimidad del ser a la desoladora exterioridad, al espacio deteriorado por el tiempo, devastado por las modas; este reclamo de una pureza que nos restituya la humanidad perdida, que recupere las herencias, el peso que tiene para nosotros el legado de los padres sin los cuales no podríamos explicar lo que somos. También agradezco a la editorial Mirada Malva, por contar con un gran poeta en su catálogo.
En este su último libro Darío Ruíz Gómez evoca la presencia de los padres, aquellos padres, no sólo biológicos, sino intelectuales, elegidos por nosotros o concedidos por el azar y a quienes debemos nuestra formación intelectual, la estructuración de la personalidad, el nombre y la escritura; por eso, al escribir se intenta desentrañar el misterio del padre: ser incierto y fugitivo. Lo contrario de la madre: alimento, certeza de donde venimos y de quien somos parte.
Por tanto, sugiere Ruiz Gómez, la escritura es la búsqueda del padre, en cuanto implica desentrañar, signos, desvelar el enigma del ser. Este diáfano poemario, como toda la escritura de Ruiz Gómez, rastrea la figura del padre en los lugares que quedan atrás, no en las imágenes que se confunden con recuerdos, sino en la fisuras de la mente, donde se filtran las emociones, las sensaciones, los olores... Por esas rendijas se cuela una línea de luz que nos permite vislubrar una presencia que en realidad, es ausencia, vacío de nuestro ser, y que intentamos dibujar con palabras escritas: “….Hay en el sueño de un hijo abandonado el seco rumor de calles perdidas a través de las cuales se precisa la derrota y el terror se apodera de las cosas…”
El padre no está del todo entre nosotros, sugieren estos versos, ni en casa, sino en el umbral, detenido en la cancela. Buscarlo exige eludir ambigüedades, requiere su propia gramática. Y ¿dónde buscarlo si no en la casa que habitó, en los lugares que justificaron su partida? En ese intento de encontrarlo, llegamos a la parte más recóndita de la mente donde el poeta vaga como un sonámbulo: “La oscuridad impide que reconozcamos el rostro que se acerca a la cancela, lo que queda es algo inaudible, ni siquiera eco o rumor”.
La palabra "padre" entonces "...se disuelve como un líquido en otro." Pues en verdad estamos huérfanos de padre y ya no tiene sentido ir tras sus huellas en casas abandonadas, en aquellos patios donde antes meditó y ahora agreste crece la hierba, desafiando los afanes cotidianos, porque el padre siempre huye, mientras el niño desconcertado lo observa desde una rota acera. No obstante, el arraigo en la casa, esa casa de la memoria que vive en nosotros, es una forma de retenerlo, de asirlo en el recuerdo, ya que “Abandonar la casa sería no esperarlo, decirle a su cuerpo vacilante que su palabra no tendrá acogida en el espacio que fundó.” Así, la voz del padre está “en cada sombra, en cada parpadeo de una rendija en cada camino de hormigas en el alfeizar de la ventana oculta…”
Bellos poemas que refieren la orfandad esencial del ser humano, su errante y circular destino. La conclusión a que nos llevan es que sólo nos queda el lenguaje para restituir lo que queda de él, su olor, sus ademanes, su manera de estar, de marcharse, de aparecer, sus silencios. A nuestro alcance tenemos mapas, plumas, páginas en blanco, tinta.... “¿Dónde podría percibirlo a él? Porque Él es la escritura que tartamudea, la escritura que no define, él es el trazo que mis ojos no ven aún. Lo busco y no encuentro a nadie en estas soledades saturadas de malas, de pésimas canciones.”
He de agradecer al poeta la precisión de esta poética que pasa de la desgarradora intimidad del ser a la desoladora exterioridad, al espacio deteriorado por el tiempo, devastado por las modas; este reclamo de una pureza que nos restituya la humanidad perdida, que recupere las herencias, el peso que tiene para nosotros el legado de los padres sin los cuales no podríamos explicar lo que somos. También agradezco a la editorial Mirada Malva, por contar con un gran poeta en su catálogo.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Las mujeres en la indepencia americana
Las historias nacionales en Latinoamérica se refieren a los padres de la patria, especie de héroes o dioses que nos liberaron del dominio español. Saltan los nombres de Bolívar y San Martín y a su lado, Sucre o Córdoba. Pero ninguna historia nos habla de Manuela Sáenz, ni de Francisca Zubiaga de Gamarra, ni de Juana Azurduy quienes participaron en las batallas y demostraron más valor y coraje que los hombres. Fue tal su habilidad en el manejo de la espada, tal su capacidad de mando y sus dotes organizativas, a la hora de animar a la soldadesca, que merecieron altas distinciones militares: tenientes, coronelas, generalas. Esta excepcionales mujeres fueron muy valoradas en su momento por figuras avanzadas como Bolívar y San Martín. Por eso no se entiende cómo su retrato no aparece en el mosaico de la historia, al lado de tan ilustres varones. Antes de conocer a Bolívar y de unirse a él, Manuela Sáenz era una patriota militante que había participado en las luchas independentistas y ayudado a convencer a muchos realistas para que se pasaran al bando independentista. También había animado a la población más humilde, criollos y mulatos para que apoyaran la causa. Sin las "indiadas" ni las "negradas", como se les llamaba, los criollos no hubieran logrado su independencia. Tras el triunfo de Ayacucho y Pichincha vino lo más difícil que era la organización política de las jóvenes repúblicas. En ese momento es cuando a las mujeres, que naturalmente quieren compartir el poder con sus compañeros de lucha, se les hace de lado, se les persigue, ridiculiza, calumnia, se les margina, ejecuta o destierra. El peregrinar de Manuela Sáenz, expulsada de Santa Fé de Bogotá, tras la muerte de Bolívar, repudida en Quito y odiada en Lima, resume el esplendor y la miseria de un continente que tras la independencia eligió la esclavitud, el sacrificio de quienes empeñaron su fortuna y arriesgaron su vida por lo que entendían eran la libertad y la justicia, desconocidas por los criollos bajo el régimen colonial. Manuela Sáenz, enterrada en una fosa común, como Francisca Zubiaga de Gamarra, soportó un siglo de olvido y ahora, que parece haberse convertido en un ícono del feminismo en Latinoamérica, más que un homenaje o un monumento, se merece un lugar en las historias nacionales de las repúblicas que hicieron parte de La Gran Colombia, y del Perú, donde trabajó por la indepedencia. Muchos historiadores y novelistas han querido reparar el olvidó en que cayó construyendo para nosotros un ser de voracidad sexual animal, especie de marimacho insolente y caprichosa, una rara avis a la que se le valora por haber sido la amante de Bolívar. Muy pocos intentan ponerse en su lugar y ver más allá de su legendaria belleza y de su carácter a una mujer que demostró su valía entre los ejércitos y que conoció la dignidad de la derrota. Por eso, el pasado congreso celebrado en la Casa América de Madrid: "II Encuentro Internacional. Mujer e independencias Iberoamericanas", organizado por la Mirada Malva y por María Ángeles Vázquez, a quien hemos de agradecer su empeño y coraje para llevar a cabo estas empresas quijotescas, abre unas líneas de investigación sobre las que merece la pena profundizar para reconocerle a tan valerosas mujeres su verdadero papel en nuestra historia.
Etiquetas:
independencia,
Latinoamérica,
mujeres
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