Quiero rendir un homenaje al Japón y a su literatura en estos momentos en los que apenas puedo pensar viendo las imágenes de destrucción que asolan ese desconocido y enigmático país, del que tengo algunas referencias literarias: Mishima, o Kawabata a quien he leído en francés: Tristesse et beauté, texto, como casi todos los que conozco de autores japoneses, en el que la muerte asedia a los personajes. De sus páginas me llega la gracia de los jardines a donde van a pasear los amantes, próximos a separarse, la ceremonia del té, la iconografía que ilustra los estilizados cuadros en los que aparecen aquellas mujeres lejanas en su tocado tradicional, la diáfanas habitaciones en las que se recogen los amantes o meditan solitarios los personajes. También está Murakami, más cerca de nosotros, pero inmerso en su tradición, como los que acabo de mencionar.
Quiero recordar Kokoro esta novela de Natsume Soseki porque la tengo más presente y porque "Kokoro", según aclara el traductor Carlos Rubio, es un término cargado de significados que abarcan desde corazón, mente, interior, espíritu, alma, etc. Nacido en Tokio en 1868, Soseki nos acerca al dolor de exisistir con el peso de la culpa y con la tentación del suicidio, que se apodera de las seres humanos, atrapados entre el deber y el instinto. Kokoro subraya el valor del silencio que se impone en las relaciones íntimas, dando sentido al relato en primera persona en la que se nos presenta la figura del maestro.
Es justamente en una casa de té donde el narrador conoce al maestro, al que primero observa con paciencia durante unos días, a la espera de una oportunidad que propicie ese acercamiento convocando al azar, un gesto, un movimiento, como la caída de un objeto, de modo que pueda agacharse a recogerlo y entregárselo como muestra de cortesía. Solo eso que se nos da en un tiempo y un compás de espera que oculta la ansiedad. Lo demás parece darse de manera espontánea: seguirlo cuando se adentra en el mar e iniciar así una conversación. La amistad requiere su tiempo, la contención del impulso propio de la juventud, en contraste con el ritmo de la madurez.
El primer paseo que dan los personajes es al cementerio donde visitan la tumba de un amigo. Así el discípulo se irá introduciendo en la vida del maestro y hará amistad con la esposa, lo que le permitirá conocer otros aspectos de la vida del sensei, como lo llama, lo que abrirá más interrogantes en torno a su enigmática personalidad, al aislamiento y al silencio respecto a su pasado y al empeño en no herir los sentimientos de la esposa. “Antes de destruir la felicidad de su esposa, prefirió destruir su vida”, dice el narrador. Lo cierto es que a medida que avanzan en el diálogo, la relación entre ambos es más intensa, porque cada uno abre su corazón y se asoma a los abismos interiores.
Tras encuentros y desencuentros que tienen que ver con las obligaciones que debe cumplir el joven con los suyos y consigo mismo, en la búsqueda del camino que ha de seguir en la vida, la sombra del maestro se cierne como un interrogante que encierra las claves de su destino. Consciente de eso, antes de morir, el sensei le deja en herencia el testimonio de su vida, su secreto, algo que ni siquiera le revela a la esposa, lo que le permite comprender al discípulo, no solo las advertencias que le hacía, sino el dolor que anidaba en su corazón.
En una larga carta el maestro le refiere los males padecidos, la orfandad y la crueldad de los familiares que se ocuparon de él y las complejas relaciones con su amigo de la infancia y juventud a quien llama K. Éste es una figura excéntrica, entregado a la lectura de los libros sagrados, que se interpone entre el maestro y la muchacha que ama, sembrando dudas y llenando de sombras su horizonte, hasta desaparecer, dejando una herida abierta.
Así, agobiado por la culpa, el sensei se debate entre la tentación del suicidio y el deber de permanecer al lado de su esposa. Su vida, aparentemente sencilla, en verdad libra penosas batallas interiores, lucha contra el impulso de muerte: “Esa fuerza que me atenaza el corazón y que no me deja realizar ninguna acción, tan solo me deja libre el camino de la muerte”, destino que pretende anticipar para acabar con el tormento de existir.
domingo, 13 de marzo de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
António Lobo Antunes. Memoria de elefante
Hacía mucho tiempo que no escuchaba hablar de su oficio a un escritor de casta, para mí, el autor que asume el trabajo creador con todos los riesgos. No me refiero solo a abandonar una carrera para dedicarse a escribir como un profesional de la escritura (escritores/escribidores –Barthes), sino a sumergirse en las aguas del idioma e ir cada vez más al fondo, más allá de la apariencia de las cosas, intentado desentrañar su misterio. Escribir es traducir lo intraducible, el gemido, la soledad, la angustia, la culpa, la felicidad, emociones que se expresan sin palabras, que asoman al rostro modificando con el gesto, el ademán o la mirada, nuestra percepción del otro. Un nudo de emociones nos hunde o nos salva y el escritor es un artesano paciente que desenreda la madeja para saber qué tan larga es la cuerda, de dónde surge, hasta dónde llega, qué aprisiona y porqué.
Pero una cosa es lo que un autor dice, lo que opina sobre la escritura, sobre el arte y la literatura y otra es la forma como concreta su postura vital en la obra, lo que nos transmite a los lectores. En el caso de Lobo Antunes, es posible entender e incluso vivir en sus libros ese esfuerzo por “ir más allá” en busca de una verdad que nos redima del peso de una educación, de una historia, del pasado que limita nuestras ansias de existir tal como somos y no como los demás desean.
Memoria de elefante, un libro que el autor dice apreciar poco por ser de los primeros, me resulta entrañable como todos los primeros libros que adolecen de imperfecciones que los humanizan. La perfección es inhumana para muchos pueblos. De hecho, los fabricantes de alfombras dejaban un hilo fuera del tejido para que la geometría de la forma se rompiera con una línea equivocada.
La trama es lo de menos, declaraba Lobo Antunes en la charla impartida el pasado 7 de febrero en el Instituto Cervantes,de Madrid. Lo que importa en Memoria de elefante es la forma como el autor recurre a la tercera persona para penetrar en la conciencia de su alter ego, el psiquiatra sobre quien se nos informa muy poco, pero suficiente, a lo largo del relato.
Es verdad que el discurso se hace difícil, en cuanto nos vemos inmersos en ese nudo emocional que se disipa, a medida que entendemos las circunstancias vitales de una criatura que ama y no sabe cómo expresar ese sentimiento; la rebeldía de alguien que se niega a seguir los mandatos familiares, las rígidas normas sociales y que lo pierde todo por no responder al modelo impuesto.
La sensación de abandono es mayor cuando se renuncia voluntariamente a quienes se ama, sin saber cómo tender un puente. Acaso la soledad es la condición del ser, como intuye el personaje.
Guiados por la voz del narrador, que nos lleva hasta el otro extremo de la cuerda aportando datos entreverados, en medio de una maraña de sentimientos, entendemos que la ironía es la única arma con la que se cuenta y con lo que podemos defendernos de la pregunta “¿Qué haría yo si estuviese en mi lugar?”, que se formula el protagonista al final del relato.
Pero una cosa es lo que un autor dice, lo que opina sobre la escritura, sobre el arte y la literatura y otra es la forma como concreta su postura vital en la obra, lo que nos transmite a los lectores. En el caso de Lobo Antunes, es posible entender e incluso vivir en sus libros ese esfuerzo por “ir más allá” en busca de una verdad que nos redima del peso de una educación, de una historia, del pasado que limita nuestras ansias de existir tal como somos y no como los demás desean.
Memoria de elefante, un libro que el autor dice apreciar poco por ser de los primeros, me resulta entrañable como todos los primeros libros que adolecen de imperfecciones que los humanizan. La perfección es inhumana para muchos pueblos. De hecho, los fabricantes de alfombras dejaban un hilo fuera del tejido para que la geometría de la forma se rompiera con una línea equivocada.
La trama es lo de menos, declaraba Lobo Antunes en la charla impartida el pasado 7 de febrero en el Instituto Cervantes,de Madrid. Lo que importa en Memoria de elefante es la forma como el autor recurre a la tercera persona para penetrar en la conciencia de su alter ego, el psiquiatra sobre quien se nos informa muy poco, pero suficiente, a lo largo del relato.
Es verdad que el discurso se hace difícil, en cuanto nos vemos inmersos en ese nudo emocional que se disipa, a medida que entendemos las circunstancias vitales de una criatura que ama y no sabe cómo expresar ese sentimiento; la rebeldía de alguien que se niega a seguir los mandatos familiares, las rígidas normas sociales y que lo pierde todo por no responder al modelo impuesto.
La sensación de abandono es mayor cuando se renuncia voluntariamente a quienes se ama, sin saber cómo tender un puente. Acaso la soledad es la condición del ser, como intuye el personaje.
Guiados por la voz del narrador, que nos lleva hasta el otro extremo de la cuerda aportando datos entreverados, en medio de una maraña de sentimientos, entendemos que la ironía es la única arma con la que se cuenta y con lo que podemos defendernos de la pregunta “¿Qué haría yo si estuviese en mi lugar?”, que se formula el protagonista al final del relato.
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António Lobo Antunes Literatura portuguesa
lunes, 6 de diciembre de 2010
Darío Ruiz Gómez. En ese lejano país donde ahora viven mis padres
"...En /ese lejano país donde viven mis/ padres: geografías del iris embriagado/ ¡Cúbreme también agua apacible/ palabra del suburbio!: ¿Ha regresado/ el niño al quicio de la puerta? ¿Ha venido a buscarlo la figura/ del hombre del sombrero?".
En este su último libro Darío Ruíz Gómez evoca la presencia de los padres, aquellos padres, no sólo biológicos, sino intelectuales, elegidos por nosotros o concedidos por el azar y a quienes debemos nuestra formación intelectual, la estructuración de la personalidad, el nombre y la escritura; por eso, al escribir se intenta desentrañar el misterio del padre: ser incierto y fugitivo. Lo contrario de la madre: alimento, certeza de donde venimos y de quien somos parte.
Por tanto, sugiere Ruiz Gómez, la escritura es la búsqueda del padre, en cuanto implica desentrañar, signos, desvelar el enigma del ser. Este diáfano poemario, como toda la escritura de Ruiz Gómez, rastrea la figura del padre en los lugares que quedan atrás, no en las imágenes que se confunden con recuerdos, sino en la fisuras de la mente, donde se filtran las emociones, las sensaciones, los olores... Por esas rendijas se cuela una línea de luz que nos permite vislubrar una presencia que en realidad, es ausencia, vacío de nuestro ser, y que intentamos dibujar con palabras escritas: “….Hay en el sueño de un hijo abandonado el seco rumor de calles perdidas a través de las cuales se precisa la derrota y el terror se apodera de las cosas…”
El padre no está del todo entre nosotros, sugieren estos versos, ni en casa, sino en el umbral, detenido en la cancela. Buscarlo exige eludir ambigüedades, requiere su propia gramática. Y ¿dónde buscarlo si no en la casa que habitó, en los lugares que justificaron su partida? En ese intento de encontrarlo, llegamos a la parte más recóndita de la mente donde el poeta vaga como un sonámbulo: “La oscuridad impide que reconozcamos el rostro que se acerca a la cancela, lo que queda es algo inaudible, ni siquiera eco o rumor”.
La palabra "padre" entonces "...se disuelve como un líquido en otro." Pues en verdad estamos huérfanos de padre y ya no tiene sentido ir tras sus huellas en casas abandonadas, en aquellos patios donde antes meditó y ahora agreste crece la hierba, desafiando los afanes cotidianos, porque el padre siempre huye, mientras el niño desconcertado lo observa desde una rota acera. No obstante, el arraigo en la casa, esa casa de la memoria que vive en nosotros, es una forma de retenerlo, de asirlo en el recuerdo, ya que “Abandonar la casa sería no esperarlo, decirle a su cuerpo vacilante que su palabra no tendrá acogida en el espacio que fundó.” Así, la voz del padre está “en cada sombra, en cada parpadeo de una rendija en cada camino de hormigas en el alfeizar de la ventana oculta…”
Bellos poemas que refieren la orfandad esencial del ser humano, su errante y circular destino. La conclusión a que nos llevan es que sólo nos queda el lenguaje para restituir lo que queda de él, su olor, sus ademanes, su manera de estar, de marcharse, de aparecer, sus silencios. A nuestro alcance tenemos mapas, plumas, páginas en blanco, tinta.... “¿Dónde podría percibirlo a él? Porque Él es la escritura que tartamudea, la escritura que no define, él es el trazo que mis ojos no ven aún. Lo busco y no encuentro a nadie en estas soledades saturadas de malas, de pésimas canciones.”
He de agradecer al poeta la precisión de esta poética que pasa de la desgarradora intimidad del ser a la desoladora exterioridad, al espacio deteriorado por el tiempo, devastado por las modas; este reclamo de una pureza que nos restituya la humanidad perdida, que recupere las herencias, el peso que tiene para nosotros el legado de los padres sin los cuales no podríamos explicar lo que somos. También agradezco a la editorial Mirada Malva, por contar con un gran poeta en su catálogo.
En este su último libro Darío Ruíz Gómez evoca la presencia de los padres, aquellos padres, no sólo biológicos, sino intelectuales, elegidos por nosotros o concedidos por el azar y a quienes debemos nuestra formación intelectual, la estructuración de la personalidad, el nombre y la escritura; por eso, al escribir se intenta desentrañar el misterio del padre: ser incierto y fugitivo. Lo contrario de la madre: alimento, certeza de donde venimos y de quien somos parte.
Por tanto, sugiere Ruiz Gómez, la escritura es la búsqueda del padre, en cuanto implica desentrañar, signos, desvelar el enigma del ser. Este diáfano poemario, como toda la escritura de Ruiz Gómez, rastrea la figura del padre en los lugares que quedan atrás, no en las imágenes que se confunden con recuerdos, sino en la fisuras de la mente, donde se filtran las emociones, las sensaciones, los olores... Por esas rendijas se cuela una línea de luz que nos permite vislubrar una presencia que en realidad, es ausencia, vacío de nuestro ser, y que intentamos dibujar con palabras escritas: “….Hay en el sueño de un hijo abandonado el seco rumor de calles perdidas a través de las cuales se precisa la derrota y el terror se apodera de las cosas…”
El padre no está del todo entre nosotros, sugieren estos versos, ni en casa, sino en el umbral, detenido en la cancela. Buscarlo exige eludir ambigüedades, requiere su propia gramática. Y ¿dónde buscarlo si no en la casa que habitó, en los lugares que justificaron su partida? En ese intento de encontrarlo, llegamos a la parte más recóndita de la mente donde el poeta vaga como un sonámbulo: “La oscuridad impide que reconozcamos el rostro que se acerca a la cancela, lo que queda es algo inaudible, ni siquiera eco o rumor”.
La palabra "padre" entonces "...se disuelve como un líquido en otro." Pues en verdad estamos huérfanos de padre y ya no tiene sentido ir tras sus huellas en casas abandonadas, en aquellos patios donde antes meditó y ahora agreste crece la hierba, desafiando los afanes cotidianos, porque el padre siempre huye, mientras el niño desconcertado lo observa desde una rota acera. No obstante, el arraigo en la casa, esa casa de la memoria que vive en nosotros, es una forma de retenerlo, de asirlo en el recuerdo, ya que “Abandonar la casa sería no esperarlo, decirle a su cuerpo vacilante que su palabra no tendrá acogida en el espacio que fundó.” Así, la voz del padre está “en cada sombra, en cada parpadeo de una rendija en cada camino de hormigas en el alfeizar de la ventana oculta…”
Bellos poemas que refieren la orfandad esencial del ser humano, su errante y circular destino. La conclusión a que nos llevan es que sólo nos queda el lenguaje para restituir lo que queda de él, su olor, sus ademanes, su manera de estar, de marcharse, de aparecer, sus silencios. A nuestro alcance tenemos mapas, plumas, páginas en blanco, tinta.... “¿Dónde podría percibirlo a él? Porque Él es la escritura que tartamudea, la escritura que no define, él es el trazo que mis ojos no ven aún. Lo busco y no encuentro a nadie en estas soledades saturadas de malas, de pésimas canciones.”
He de agradecer al poeta la precisión de esta poética que pasa de la desgarradora intimidad del ser a la desoladora exterioridad, al espacio deteriorado por el tiempo, devastado por las modas; este reclamo de una pureza que nos restituya la humanidad perdida, que recupere las herencias, el peso que tiene para nosotros el legado de los padres sin los cuales no podríamos explicar lo que somos. También agradezco a la editorial Mirada Malva, por contar con un gran poeta en su catálogo.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Las mujeres en la indepencia americana
Las historias nacionales en Latinoamérica se refieren a los padres de la patria, especie de héroes o dioses que nos liberaron del dominio español. Saltan los nombres de Bolívar y San Martín y a su lado, Sucre o Córdoba. Pero ninguna historia nos habla de Manuela Sáenz, ni de Francisca Zubiaga de Gamarra, ni de Juana Azurduy quienes participaron en las batallas y demostraron más valor y coraje que los hombres. Fue tal su habilidad en el manejo de la espada, tal su capacidad de mando y sus dotes organizativas, a la hora de animar a la soldadesca, que merecieron altas distinciones militares: tenientes, coronelas, generalas. Esta excepcionales mujeres fueron muy valoradas en su momento por figuras avanzadas como Bolívar y San Martín. Por eso no se entiende cómo su retrato no aparece en el mosaico de la historia, al lado de tan ilustres varones. Antes de conocer a Bolívar y de unirse a él, Manuela Sáenz era una patriota militante que había participado en las luchas independentistas y ayudado a convencer a muchos realistas para que se pasaran al bando independentista. También había animado a la población más humilde, criollos y mulatos para que apoyaran la causa. Sin las "indiadas" ni las "negradas", como se les llamaba, los criollos no hubieran logrado su independencia. Tras el triunfo de Ayacucho y Pichincha vino lo más difícil que era la organización política de las jóvenes repúblicas. En ese momento es cuando a las mujeres, que naturalmente quieren compartir el poder con sus compañeros de lucha, se les hace de lado, se les persigue, ridiculiza, calumnia, se les margina, ejecuta o destierra. El peregrinar de Manuela Sáenz, expulsada de Santa Fé de Bogotá, tras la muerte de Bolívar, repudida en Quito y odiada en Lima, resume el esplendor y la miseria de un continente que tras la independencia eligió la esclavitud, el sacrificio de quienes empeñaron su fortuna y arriesgaron su vida por lo que entendían eran la libertad y la justicia, desconocidas por los criollos bajo el régimen colonial. Manuela Sáenz, enterrada en una fosa común, como Francisca Zubiaga de Gamarra, soportó un siglo de olvido y ahora, que parece haberse convertido en un ícono del feminismo en Latinoamérica, más que un homenaje o un monumento, se merece un lugar en las historias nacionales de las repúblicas que hicieron parte de La Gran Colombia, y del Perú, donde trabajó por la indepedencia. Muchos historiadores y novelistas han querido reparar el olvidó en que cayó construyendo para nosotros un ser de voracidad sexual animal, especie de marimacho insolente y caprichosa, una rara avis a la que se le valora por haber sido la amante de Bolívar. Muy pocos intentan ponerse en su lugar y ver más allá de su legendaria belleza y de su carácter a una mujer que demostró su valía entre los ejércitos y que conoció la dignidad de la derrota. Por eso, el pasado congreso celebrado en la Casa América de Madrid: "II Encuentro Internacional. Mujer e independencias Iberoamericanas", organizado por la Mirada Malva y por María Ángeles Vázquez, a quien hemos de agradecer su empeño y coraje para llevar a cabo estas empresas quijotescas, abre unas líneas de investigación sobre las que merece la pena profundizar para reconocerle a tan valerosas mujeres su verdadero papel en nuestra historia.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
Homenaje a Luis Fayad
El 28 y el 29 de octubre pasado nos reunimos en la Universidad de Sevilla en torno a Luis Fayad, el maestro, que nos ha dado más de una lección de vida a lo largo de su obra narrativa desde que en 1968 sorprendió a los lectores con un libro de cuentos, Los sonidos del fuego donde daba muestras de un gran dominio del idioma, de la sorprendente precisión y economía de recursos que va a caracterizar a su obra narrativa.
Este encuentro ha sido posible gracias a la pasión, la generosidad y el rigor de los profesores José Manuel Camacho Delgado, titular de Literatura hispanoamericana y Mercedes Arriaga catedrática de Italiano de la Universidad de Sevilla, prestigiosos profesionales con una robusta y sólida obra crítica y de divulgación. Al empuje, al entusiamo y capacidad de trabajo de Mercedes, quien lidera el grupo de trabajo Escritoras y escrituras, y José Manuel debemos este encuentro en el que profesores y críticos de distintas universidades de Europa y América ofrecieron su punto de vista en torno a la obra de Luis Fayad.
Conocido, sobre todo, por Los parientes de Ester, el autor colombiano radicado en Berlín desde 1986, se abrió camino en medio de la euforia del boom con esta novela publicada en España, bajo el sello editorial Alfaguara, en 1978. La obra que refería la vida de un modesto grupo familiar en la Bogotá de los años sesenta, trascendía las barreras locales circulando en el contexto internacional al lado de las más importantes de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes y Carpentier, entre otros.
En cuatro novelas y tres libros de cuentos, Luis Fayad ha defendido con asombrosa tenacidad su proyecto de escritura, fiel al lugar de los orígenes, pese a la precariedad del ambiente literario que en Colombia parece no tener la capacidad de acoger la poderosa carga significativa del conjunto de su narrativa. Por suerte, en España se han podido reeditar recientemente dos de sus novelas más importates: Los parientes de Ester y Testamento de un hombre de negocios en las editoriales Alfaqueque y Mirada Malva. Esperamos que en breve se pueda reeditar La caída de los puntos cardinales donde el autor refiere el viaje de sus antepasados libaneses a Colombia a finales del siglo XIX, país de acogida donde echaron raíces y al que su descendiente rinde tributo en estos siete libros con los que ha renovando el idioma y que quedarán como lo mejor de nuestra tradición literaria. Por eso, la labor de críticos, escritores y artistas como Fabio Rodríguez Amaya, Dasso Saldívar, José Manuel Camacho, Luz Mery Giraldo, Ariel Castillo, José Manuel López de Abiada, Eduardo Ramos Izquierdo, Julio Olaciregui, Catalina Quesada, Virgina Capote y Pilar Ramírez, quienes participaron con sus comunicaciones, es fundamental a la hora de difundir y proyectar la obra narrativa de uno de los más grandes escritores colombianos de nuestro tiempo. Gracias a todos, por su trabajo y por compartirlo en tan entrañable encuentro.
Este encuentro ha sido posible gracias a la pasión, la generosidad y el rigor de los profesores José Manuel Camacho Delgado, titular de Literatura hispanoamericana y Mercedes Arriaga catedrática de Italiano de la Universidad de Sevilla, prestigiosos profesionales con una robusta y sólida obra crítica y de divulgación. Al empuje, al entusiamo y capacidad de trabajo de Mercedes, quien lidera el grupo de trabajo Escritoras y escrituras, y José Manuel debemos este encuentro en el que profesores y críticos de distintas universidades de Europa y América ofrecieron su punto de vista en torno a la obra de Luis Fayad.
Conocido, sobre todo, por Los parientes de Ester, el autor colombiano radicado en Berlín desde 1986, se abrió camino en medio de la euforia del boom con esta novela publicada en España, bajo el sello editorial Alfaguara, en 1978. La obra que refería la vida de un modesto grupo familiar en la Bogotá de los años sesenta, trascendía las barreras locales circulando en el contexto internacional al lado de las más importantes de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes y Carpentier, entre otros.
En cuatro novelas y tres libros de cuentos, Luis Fayad ha defendido con asombrosa tenacidad su proyecto de escritura, fiel al lugar de los orígenes, pese a la precariedad del ambiente literario que en Colombia parece no tener la capacidad de acoger la poderosa carga significativa del conjunto de su narrativa. Por suerte, en España se han podido reeditar recientemente dos de sus novelas más importates: Los parientes de Ester y Testamento de un hombre de negocios en las editoriales Alfaqueque y Mirada Malva. Esperamos que en breve se pueda reeditar La caída de los puntos cardinales donde el autor refiere el viaje de sus antepasados libaneses a Colombia a finales del siglo XIX, país de acogida donde echaron raíces y al que su descendiente rinde tributo en estos siete libros con los que ha renovando el idioma y que quedarán como lo mejor de nuestra tradición literaria. Por eso, la labor de críticos, escritores y artistas como Fabio Rodríguez Amaya, Dasso Saldívar, José Manuel Camacho, Luz Mery Giraldo, Ariel Castillo, José Manuel López de Abiada, Eduardo Ramos Izquierdo, Julio Olaciregui, Catalina Quesada, Virgina Capote y Pilar Ramírez, quienes participaron con sus comunicaciones, es fundamental a la hora de difundir y proyectar la obra narrativa de uno de los más grandes escritores colombianos de nuestro tiempo. Gracias a todos, por su trabajo y por compartirlo en tan entrañable encuentro.
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lunes, 20 de septiembre de 2010
La ficción de la historia
El pasado 8 de septiembre asistí al VI Simposio Internacional de Literatura: La ficción de la historia, organizado por el Área de Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá, que dirige el crítico y ensayista colombiano Isaías Peña Gutiérrez. Fue muy grato el intercambio de opiniones en torno al valor literario de aquellas novelas inspiradas en temas y personajes de la historia. La conclusión a la que podemos llegar es que la virtud de una novela histórica está en su capacidad de darle vigencia al pasado, recuperando y redimensionando lo que ha sobrevivido a lo largo de los siglos, aquello que se ha fijado en la memoria, lo imperecedero.
Parece que está de moda la novela histórica, lo que se aprecia en los escaparates de las librerías, en los aeropuertos y supermercados. Pero no todo libro que se inspira en un hecho del pasado tiene la capacidad de alcanzar la verdad literaria que lo convierte en un clásico, como Memorias de Adriano, por poner un ejemplo.
El hecho es que a estas reflexiones les viene como anillo al dedo el artículo de mi compatriota Dasso Saldívar "Verdad y mentira en la novela histórica" publicado el pasado 7 de agosto en el suplemento Babelia de El País en el que subraya de qué manera el mérito de la novela histórica va más allá de cualquier tecnicismo del autor, en cuanto al estilo, loa procedimientos, el punto de vista, etc., y más bien tiene que ver con su capacidad de asumir o de vivir como propias las experiencias del personaje o la atmósfera de la época evocada.
Lo cierto es que la litertura no puede ni pretende competir con la verdad histórica, porque si bien la historia se construye muchas veces sobre grandes mentiras, la literatura en cambio, que es ficción y fabulación, enuncia grandes verdades. A esas verdades se refiere Dasso Saldivar cuando reivindica a autores como Yorcenar, Tolstoi o Graves. En Colombia tenemos dos ejemplos de autores que nos revelan esas grandes verdades como Miguel Torres en El crimen del siglo y Roberto Burgos en La ceiba de la memoria, además de El general en su laberinto. Hay que agradecer a Isaías Peña y a su equipo esta iniciativa que nos permite hablar de literatura y elevar el nivel del debate compartiendo espacios con autores como Pedro Badrán que evoca a la legendaria Pola en La pasión de Policarpa.
Parece que está de moda la novela histórica, lo que se aprecia en los escaparates de las librerías, en los aeropuertos y supermercados. Pero no todo libro que se inspira en un hecho del pasado tiene la capacidad de alcanzar la verdad literaria que lo convierte en un clásico, como Memorias de Adriano, por poner un ejemplo.
El hecho es que a estas reflexiones les viene como anillo al dedo el artículo de mi compatriota Dasso Saldívar "Verdad y mentira en la novela histórica" publicado el pasado 7 de agosto en el suplemento Babelia de El País en el que subraya de qué manera el mérito de la novela histórica va más allá de cualquier tecnicismo del autor, en cuanto al estilo, loa procedimientos, el punto de vista, etc., y más bien tiene que ver con su capacidad de asumir o de vivir como propias las experiencias del personaje o la atmósfera de la época evocada.
Lo cierto es que la litertura no puede ni pretende competir con la verdad histórica, porque si bien la historia se construye muchas veces sobre grandes mentiras, la literatura en cambio, que es ficción y fabulación, enuncia grandes verdades. A esas verdades se refiere Dasso Saldivar cuando reivindica a autores como Yorcenar, Tolstoi o Graves. En Colombia tenemos dos ejemplos de autores que nos revelan esas grandes verdades como Miguel Torres en El crimen del siglo y Roberto Burgos en La ceiba de la memoria, además de El general en su laberinto. Hay que agradecer a Isaías Peña y a su equipo esta iniciativa que nos permite hablar de literatura y elevar el nivel del debate compartiendo espacios con autores como Pedro Badrán que evoca a la legendaria Pola en La pasión de Policarpa.
domingo, 27 de junio de 2010
Alice Munro: El amor de una mujer generosa
Al leer el cuento, "El amor de una mujer generosa", que da título a este conjunto de relatos de Alice Munro, lo que más me sorprendió fue el ritmo narrativo de lo que parecía destinado a ser una novela y que se cierra con una estampida final. De repente se ilumina la atmósfera por la que transitas en el relato y la visión de los hechos cambia, como en los mejores cuentos en los que se nos revela una verdad que palpita en las profundidades. Se puede tratar de un secreto que atormenta al personaje, de un sentimiento que lo acosa, que no da tregua, y en apariencia duerme en su interior sin que le impida seguir viviendo. Pero no es así, aquel dolor, aquel malestar llama a la puerta, golpea, patalea, como un niño encerrado en el sótano de la casa, y exige expresarse, decir su verdad. Esto ocurre en los ocho cuentos de este volumen, protagonizados en su mayoría por mujeres a las que sentimos cercanas, en tanto compartimos con ellas referentes culturales, preocupaciones globales. Situados en la, para nosotros, lejana Vacouver, o en poblaciones de esa zona de Canadá, el ambiente cerrado de la provincia, donde transcurren las vidas de la mayoría de los personajes, oprime los corazones. Es como si la supervivencia de la sociedad dependiera de un pacto de silencio respecto a un hecho violento o doloroso, que va dejando cabos sueltos: el asesinato que no se aclara y que al dilucidarse se entierra; la traición de los amigos que adopta la forma de una sospecha constante; la empecinada, inoportuna y peligrosa intervención de una vecina en nuestra vida cotidiana que en principio se presenta como una ayuda, para al final convertirse en amenaza; la aparición de una extraña que nos asalta en la carretera, haciendo auto-stop, y que hace tambalear nuestro sistema defensivo; el resentimiento acumulado que desata un incendio, sin el cual no hubiera sido posible tomar conciencia de nuestros errores, de la ceguera que nos impide diferenciar lo sustancial de lo accesorio. Escritos con sangre y fuego, estos cuentos hieren con sus dolorosas certezas, pero redimen en cuanto nos abren un vasto horizonte en el que es posible vislumbrar la humanidad en toda su complejidad, trazar nítidos perfiles de hombres y mujeres que enfrentados a su destino se han limitado a hacer lo que han podido y que de repente, se ven empujados a dar mucho más sí de lo que podrían sospechar.
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Alice Munro,
Literatura en lengua inglesa
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