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miércoles, 9 de febrero de 2011

António Lobo Antunes. Memoria de elefante

Hacía mucho tiempo que no escuchaba hablar de su oficio a un escritor de casta, para mí, el autor que asume el trabajo creador con todos los riesgos. No me refiero solo a abandonar una carrera para dedicarse a escribir como un profesional de la escritura (escritores/escribidores –Barthes), sino a sumergirse en las aguas del idioma e ir cada vez más al fondo, más allá de la apariencia de las cosas, intentado desentrañar su misterio. Escribir es traducir lo intraducible, el gemido, la soledad, la angustia, la culpa, la felicidad, emociones que se expresan sin palabras, que asoman al rostro modificando con el gesto, el ademán o la mirada, nuestra percepción del otro. Un nudo de emociones nos hunde o nos salva y el escritor es un artesano paciente que desenreda la madeja para saber qué tan larga es la cuerda, de dónde surge, hasta dónde llega, qué aprisiona y porqué.

Pero una cosa es lo que un autor dice, lo que opina sobre la escritura, sobre el arte y la literatura y otra es la forma como concreta su postura vital en la obra, lo que nos transmite a los lectores. En el caso de Lobo Antunes, es posible entender e incluso vivir en sus libros ese esfuerzo por “ir más allá” en busca de una verdad que nos redima del peso de una educación, de una historia, del pasado que limita nuestras ansias de existir tal como somos y no como los demás desean.

Memoria de elefante, un libro que el autor dice apreciar poco por ser de los primeros, me resulta entrañable como todos los primeros libros que adolecen de imperfecciones que los humanizan. La perfección es inhumana para muchos pueblos. De hecho, los fabricantes de alfombras dejaban un hilo fuera del tejido para que la geometría de la forma se rompiera con una línea equivocada.

La trama es lo de menos, declaraba Lobo Antunes en la charla impartida el pasado 7 de febrero en el Instituto Cervantes,de Madrid. Lo que importa en Memoria de elefante es la forma como el autor recurre a la tercera persona para penetrar en la conciencia de su alter ego, el psiquiatra sobre quien se nos informa muy poco, pero suficiente, a lo largo del relato.

Es verdad que el discurso se hace difícil, en cuanto nos vemos inmersos en ese nudo emocional que se disipa, a medida que entendemos las circunstancias vitales de una criatura que ama y no sabe cómo expresar ese sentimiento; la rebeldía de alguien que se niega a seguir los mandatos familiares, las rígidas normas sociales y que lo pierde todo por no responder al modelo impuesto.

La sensación de abandono es mayor cuando se renuncia voluntariamente a quienes se ama, sin saber cómo tender un puente. Acaso la soledad es la condición del ser, como intuye el personaje.

Guiados por la voz del narrador, que nos lleva hasta el otro extremo de la cuerda aportando datos entreverados, en medio de una maraña de sentimientos, entendemos que la ironía es la única arma con la que se cuenta y con lo que podemos defendernos de la pregunta “¿Qué haría yo si estuviese en mi lugar?”, que se formula el protagonista al final del relato.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Darío Ruiz Gómez. En ese lejano país donde ahora viven mis padres

"...En /ese lejano país donde viven mis/ padres: geografías del iris embriagado/ ¡Cúbreme también agua apacible/ palabra del suburbio!: ¿Ha regresado/ el niño al quicio de la puerta? ¿Ha venido a buscarlo la figura/ del hombre del sombrero?".

En este su último libro Darío Ruíz Gómez evoca la presencia de los padres, aquellos padres, no sólo biológicos, sino intelectuales, elegidos por nosotros o concedidos por el azar y a quienes debemos nuestra formación intelectual, la estructuración de la personalidad, el nombre y la escritura; por eso, al escribir se intenta desentrañar el misterio del padre: ser incierto y fugitivo. Lo contrario de la madre: alimento, certeza de donde venimos y de quien somos parte.

Por tanto, sugiere Ruiz Gómez, la escritura es la búsqueda del padre, en cuanto implica desentrañar, signos, desvelar el enigma del ser. Este diáfano poemario, como toda la escritura de Ruiz Gómez, rastrea la figura del padre en los lugares que quedan atrás, no en las imágenes que se confunden con recuerdos, sino en la fisuras de la mente, donde se filtran las emociones, las sensaciones, los olores... Por esas rendijas se cuela una línea de luz que nos permite vislubrar una presencia que en realidad, es ausencia, vacío de nuestro ser, y que intentamos dibujar con palabras escritas: “….Hay en el sueño de un hijo abandonado el seco rumor de calles perdidas a través de las cuales se precisa la derrota y el terror se apodera de las cosas…”

El padre no está del todo entre nosotros, sugieren estos versos, ni en casa, sino en el umbral, detenido en la cancela. Buscarlo exige eludir ambigüedades, requiere su propia gramática. Y ¿dónde buscarlo si no en la casa que habitó, en los lugares que justificaron su partida? En ese intento de encontrarlo, llegamos a la parte más recóndita de la mente donde el poeta vaga como un sonámbulo: “La oscuridad impide que reconozcamos el rostro que se acerca a la cancela, lo que queda es algo inaudible, ni siquiera eco o rumor”.

La palabra "padre" entonces "...se disuelve como un líquido en otro." Pues en verdad estamos huérfanos de padre y ya no tiene sentido ir tras sus huellas en casas abandonadas, en aquellos patios donde antes meditó y ahora agreste crece la hierba, desafiando los afanes cotidianos, porque el padre siempre huye, mientras el niño desconcertado lo observa desde una rota acera. No obstante, el arraigo en la casa, esa casa de la memoria que vive en nosotros, es una forma de retenerlo, de asirlo en el recuerdo, ya que “Abandonar la casa sería no esperarlo, decirle a su cuerpo vacilante que su palabra no tendrá acogida en el espacio que fundó.” Así, la voz del padre está “en cada sombra, en cada parpadeo de una rendija en cada camino de hormigas en el alfeizar de la ventana oculta…”

Bellos poemas que refieren la orfandad esencial del ser humano, su errante y circular destino. La conclusión a que nos llevan es que sólo nos queda el lenguaje para restituir lo que queda de él, su olor, sus ademanes, su manera de estar, de marcharse, de aparecer, sus silencios. A nuestro alcance tenemos mapas, plumas, páginas en blanco, tinta.... “¿Dónde podría percibirlo a él? Porque Él es la escritura que tartamudea, la escritura que no define, él es el trazo que mis ojos no ven aún. Lo busco y no encuentro a nadie en estas soledades saturadas de malas, de pésimas canciones.”

He de agradecer al poeta la precisión de esta poética que pasa de la desgarradora intimidad del ser a la desoladora exterioridad, al espacio deteriorado por el tiempo, devastado por las modas; este reclamo de una pureza que nos restituya la humanidad perdida, que recupere las herencias, el peso que tiene para nosotros el legado de los padres sin los cuales no podríamos explicar lo que somos. También agradezco a la editorial Mirada Malva, por contar con un gran poeta en su catálogo.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Las mujeres en la indepencia americana

Las historias nacionales en Latinoamérica se refieren a los padres de la patria, especie de héroes o dioses que nos liberaron del dominio español. Saltan los nombres de Bolívar y San Martín y a su lado, Sucre o Córdoba. Pero ninguna historia nos habla de Manuela Sáenz, ni de Francisca Zubiaga de Gamarra, ni de Juana Azurduy quienes participaron en las batallas y demostraron más valor y coraje que los hombres. Fue tal su habilidad en el manejo de la espada, tal su capacidad de mando y sus dotes organizativas, a la hora de animar a la soldadesca, que merecieron altas distinciones militares: tenientes, coronelas, generalas. Esta excepcionales mujeres fueron muy valoradas en su momento por figuras avanzadas como Bolívar y San Martín. Por eso no se entiende cómo su retrato no aparece en el mosaico de la historia, al lado de tan ilustres varones. Antes de conocer a Bolívar y de unirse a él, Manuela Sáenz era una patriota militante que había participado en las luchas independentistas y ayudado a convencer a muchos realistas para que se pasaran al bando independentista. También había animado a la población más humilde, criollos y mulatos para que apoyaran la causa. Sin las "indiadas" ni las "negradas", como se les llamaba, los criollos no hubieran logrado su independencia. Tras el triunfo de Ayacucho y Pichincha vino lo más difícil que era la organización política de las jóvenes repúblicas. En ese momento es cuando a las mujeres, que naturalmente quieren compartir el poder con sus compañeros de lucha, se les hace de lado, se les persigue, ridiculiza, calumnia, se les margina, ejecuta o destierra. El peregrinar de Manuela Sáenz, expulsada de Santa Fé de Bogotá, tras la muerte de Bolívar, repudida en Quito y odiada en Lima, resume el esplendor y la miseria de un continente que tras la independencia eligió la esclavitud, el sacrificio de quienes empeñaron su fortuna y arriesgaron su vida por lo que entendían eran la libertad y la justicia, desconocidas por los criollos bajo el régimen colonial. Manuela Sáenz, enterrada en una fosa común, como Francisca Zubiaga de Gamarra, soportó un siglo de olvido y ahora, que parece haberse convertido en un ícono del feminismo en Latinoamérica, más que un homenaje o un monumento, se merece un lugar en las historias nacionales de las repúblicas que hicieron parte de La Gran Colombia, y del Perú, donde trabajó por la indepedencia. Muchos historiadores y novelistas han querido reparar el olvidó en que cayó construyendo para nosotros un ser de voracidad sexual animal, especie de marimacho insolente y caprichosa, una rara avis a la que se le valora por haber sido la amante de Bolívar. Muy pocos intentan ponerse en su lugar y ver más allá de su legendaria belleza y de su carácter a una mujer que demostró su valía entre los ejércitos y que conoció la dignidad de la derrota. Por eso, el pasado congreso celebrado en la Casa América de Madrid: "II Encuentro Internacional. Mujer e independencias Iberoamericanas", organizado por la Mirada Malva y por María Ángeles Vázquez, a quien hemos de agradecer su empeño y coraje para llevar a cabo estas empresas quijotescas, abre unas líneas de investigación sobre las que merece la pena profundizar para reconocerle a tan valerosas mujeres su verdadero papel en nuestra historia.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Homenaje a Luis Fayad

El 28 y el 29 de octubre pasado nos reunimos en la Universidad de Sevilla en torno a Luis Fayad, el maestro, que nos ha dado más de una lección de vida a lo largo de su obra narrativa desde que en 1968 sorprendió a los lectores con un libro de cuentos, Los sonidos del fuego donde daba muestras de un gran dominio del idioma, de la sorprendente precisión y economía de recursos que va a caracterizar a su obra narrativa.

Este encuentro ha sido posible gracias a la pasión, la generosidad y el rigor de los profesores José Manuel Camacho Delgado, titular de Literatura hispanoamericana y Mercedes Arriaga catedrática de Italiano de la Universidad de Sevilla, prestigiosos profesionales con una robusta y sólida obra crítica y de divulgación. Al empuje, al entusiamo y capacidad de trabajo de Mercedes, quien lidera el grupo de trabajo Escritoras y escrituras, y José Manuel debemos este encuentro en el que profesores y críticos de distintas universidades de Europa y América ofrecieron su punto de vista en torno a la obra de Luis Fayad.

Conocido, sobre todo, por Los parientes de Ester, el autor colombiano radicado en Berlín desde 1986, se abrió camino en medio de la euforia del boom con esta novela publicada en España, bajo el sello editorial Alfaguara, en 1978. La obra que refería la vida de un modesto grupo familiar en la Bogotá de los años sesenta, trascendía las barreras locales circulando en el contexto internacional al lado de las más importantes de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes y Carpentier, entre otros.

En cuatro novelas y tres libros de cuentos, Luis Fayad ha defendido con asombrosa tenacidad su proyecto de escritura, fiel al lugar de los orígenes, pese a la precariedad del ambiente literario que en Colombia parece no tener la capacidad de acoger la poderosa carga significativa del conjunto de su narrativa. Por suerte, en España se han podido reeditar recientemente dos de sus novelas más importates: Los parientes de Ester y Testamento de un hombre de negocios en las editoriales Alfaqueque y Mirada Malva. Esperamos que en breve se pueda reeditar La caída de los puntos cardinales donde el autor refiere el viaje de sus antepasados libaneses a Colombia a finales del siglo XIX, país de acogida donde echaron raíces y al que su descendiente rinde tributo en estos siete libros con los que ha renovando el idioma y que quedarán como lo mejor de nuestra tradición literaria. Por eso, la labor de críticos, escritores y artistas como Fabio Rodríguez Amaya, Dasso Saldívar, José Manuel Camacho, Luz Mery Giraldo, Ariel Castillo, José Manuel López de Abiada, Eduardo Ramos Izquierdo, Julio Olaciregui, Catalina Quesada, Virgina Capote y Pilar Ramírez, quienes participaron con sus comunicaciones, es fundamental a la hora de difundir y proyectar la obra narrativa de uno de los más grandes escritores colombianos de nuestro tiempo. Gracias a todos, por su trabajo y por compartirlo en tan entrañable encuentro.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La ficción de la historia

El pasado 8 de septiembre asistí al VI Simposio Internacional de Literatura: La ficción de la historia, organizado por el Área de Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá, que dirige el crítico y ensayista colombiano Isaías Peña Gutiérrez. Fue muy grato el intercambio de opiniones en torno al valor literario de aquellas novelas inspiradas en temas y personajes de la historia. La conclusión a la que podemos llegar es que la virtud de una novela histórica está en su capacidad de darle vigencia al pasado, recuperando y redimensionando lo que ha sobrevivido a lo largo de los siglos, aquello que se ha fijado en la memoria, lo imperecedero.

Parece que está de moda la novela histórica, lo que se aprecia en los escaparates de las librerías, en los aeropuertos y supermercados. Pero no todo libro que se inspira en un hecho del pasado tiene la capacidad de alcanzar la verdad literaria que lo convierte en un clásico, como Memorias de Adriano, por poner un ejemplo.

El hecho es que a estas reflexiones les viene como anillo al dedo el artículo de mi compatriota Dasso Saldívar "Verdad y mentira en la novela histórica" publicado el pasado 7 de agosto en el suplemento Babelia de El País en el que subraya de qué manera el mérito de la novela histórica va más allá de cualquier tecnicismo del autor, en cuanto al estilo, loa procedimientos, el punto de vista, etc., y más bien tiene que ver con su capacidad de asumir o de vivir como propias las experiencias del personaje o la atmósfera de la época evocada.

Lo cierto es que la litertura no puede ni pretende competir con la verdad histórica, porque si bien la historia se construye muchas veces sobre grandes mentiras, la literatura en cambio, que es ficción y fabulación, enuncia grandes verdades. A esas verdades se refiere Dasso Saldivar cuando reivindica a autores como Yorcenar, Tolstoi o Graves. En Colombia tenemos dos ejemplos de autores que nos revelan esas grandes verdades como Miguel Torres en El crimen del siglo y Roberto Burgos en La ceiba de la memoria, además de El general en su laberinto. Hay que agradecer a Isaías Peña y a su equipo esta iniciativa que nos permite hablar de literatura y elevar el nivel del debate compartiendo espacios con autores como Pedro Badrán que evoca a la legendaria Pola en La pasión de Policarpa.

domingo, 27 de junio de 2010

Alice Munro: El amor de una mujer generosa

Al leer el cuento, "El amor de una mujer generosa", que da título a este conjunto de relatos de Alice Munro, lo que más me sorprendió fue el ritmo narrativo de lo que parecía destinado a ser una novela y que se cierra con una estampida final. De repente se ilumina la atmósfera por la que transitas en el relato y la visión de los hechos cambia, como en los mejores cuentos en los que se nos revela una verdad que palpita en las profundidades. Se puede tratar de un secreto que atormenta al personaje, de un sentimiento que lo acosa, que no da tregua, y en apariencia duerme en su interior sin que le impida seguir viviendo. Pero no es así, aquel dolor, aquel malestar llama a la puerta, golpea, patalea, como un niño encerrado en el sótano de la casa, y exige expresarse, decir su verdad. Esto ocurre en los ocho cuentos de este volumen, protagonizados en su mayoría por mujeres a las que sentimos cercanas, en tanto compartimos con ellas referentes culturales, preocupaciones globales. Situados en la, para nosotros, lejana Vacouver, o en poblaciones de esa zona de Canadá, el ambiente cerrado de la provincia, donde transcurren las vidas de la mayoría de los personajes, oprime los corazones. Es como si la supervivencia de la sociedad dependiera de un pacto de silencio respecto a un hecho violento o doloroso, que va dejando cabos sueltos: el asesinato que no se aclara y que al dilucidarse se entierra; la traición de los amigos que adopta la forma de una sospecha constante; la empecinada, inoportuna y peligrosa intervención de una vecina en nuestra vida cotidiana que en principio se presenta como una ayuda, para al final convertirse en amenaza; la aparición de una extraña que nos asalta en la carretera, haciendo auto-stop, y que hace tambalear nuestro sistema defensivo; el resentimiento acumulado que desata un incendio, sin el cual no hubiera sido posible tomar conciencia de nuestros errores, de la ceguera que nos impide diferenciar lo sustancial de lo accesorio. Escritos con sangre y fuego, estos cuentos hieren con sus dolorosas certezas, pero redimen en cuanto nos abren un vasto horizonte en el que es posible vislumbrar la humanidad en toda su complejidad, trazar nítidos perfiles de hombres y mujeres que enfrentados a su destino se han limitado a hacer lo que han podido y que de repente, se ven empujados a dar mucho más sí de lo que podrían sospechar.

viernes, 28 de mayo de 2010

La novela que no se ha escrito

Hay temas que parecen no agotarse, por ejemplo, la revolución mexicana que ha dado lugar a una larga lista de novelas, algunas de ellas extraordinarias, como las magistrales Pedro Páramo de Juan Rulfo y Recuerdos del porvenir de Elena Garro, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, hasta Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza. Lo mismo ocurre en Colombia con la violencia de los años cincuenta, a raíz del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, que dio lugar al género conocido como "novela de la violencia" con obras importantes como El día del odio de J.A. Lizarazo, a la que siguen las novelas El día señalado de Manuel Mejía Vallejo, Cien años de soledad de García Márquez, Cóndores no se entierran todos los días de Gustavo Álvarez Gardeazábal o El crimen del siglo de Miguel Torres. El hecho es que se trata de episodios que abren una grieta en la historia de un país, que dejan una huella en la memoria, una herida que no se cierra. El tema, a la fuerza, se impone. Es lo que ocurre con la guerra civil en España, que se impone como una necesidad, cada cierto tiempo, y en los últimos años de manera ostensible.

Al leer La noche de los tiempos, de Muñoz Molina, escrita en un momento en que que la ley sobre la memoria histórica levanta ampollas, esperamos una mayor apertura al tema, no sólo una escritura correcta, que está garantizada, sino cierta dosis de pasión y acaso de compromiso, pero, desafortunadamente me quedé a medias, porque algo me faltaba al finalizar el libro. Me lo corroboró una amiga española que ayer me contaba cómo se había salvado su abuelo de ser fusilado, cuando estuvo ante el paredón y sus ojos se encontraron con los de la persona que le iba a disparar. Era un vecino de su pueblo que lo reconoció y le hizo el gesto de que erraría en el blanco, pero que se derrumbara tras el disparo, como si estuviera muerto. Así, arrojado al camión, con el resto de los fusilados, pudo escapar gracias al gesto generoso de su vecino. Este hecho demuestra de qué manera vivió el pueblo ese horror, refiere la grandeza y humanidad de las personas ante situaciones límite, lo que remueve las entrañas, sobre todo, si tratamos de ponernos en el lugar de los protagonistas, lo que en definitiva intenta hacer un escritor, lo cual entraña, en el fondo, una postura ética.

He leído unas cuantas novelas que tratan el tema de la guerra civil española, o que se sitúan en ese momento de la historia española. La ultima La noche de los tiempos, casi mil páginas para contar, muy por encima, lo que fue aquel episodio. No digo que la novela tenga que ceñirse a los hechos históricos y convertirse en una crónica, claro que no, pero lo que sí se espera de un autor es que pueda ir más allá de los hechos, para revelarnos hondas verdades de la existencia. Hace unos años leí una maravillosa novela que me recomendó mi amigo Arturo García Ramos, El diario de Hamlet García, de Paulino Masip, publicada en México en 1944, una extraordinaria y vívida narración de lo que fueron esos momentos previos a la toma de Madrid por los nacionales. La novela nos deja oir las voces de la gente de la calle, la algarabía de los cafés, los rumores en los entresuelos de las casas, la angustiosa huida de los que se sienten acorralados, la resistencia de los que se niegan a admitir la derrota, la temeraria acometida de aquellos que se resisten a reconocer la fuerza del enemigo. Después de esa novela, lo que he leído son historias que, si bien no carecen de amenidad, se quedan cortas. Mil páginas para decir lo que todo el mundo sabe, no sólo es un ejercicio vano, sino una muestra acaso de vanidad, el creer que podemos machacarle al lector la misma imagen, darle la vuelta a la historia de amor entre el arquitecto de la república y la americana, aportar dos o tres datos sobre los orígenes familiares del protagonista, y poner como telón de fondo la Residencia de estudiantes. Para decir tan poco, y además ya conocido, mil páginas, la verdad, me parecen un exceso.

Creo que la novela española actual pasa por una fase crítica, que se encuentra en un callejón sin salida, por la indiferencia de muchos de sus autores a lo que ocurre alrededor, a la pérdida de derechos que padecen los ciudadanos, a la corrupción, a la precariedad laboral. Puede que esté equivocada y obviamente me refiero a lo poco conocido, entre las celebridades encantadas de conocerse entre sí, pero no sé por qué lo que percibo es cierta comodidad en este presente precario para tantas personas sin horizonte ni esperanzas. ¿Quien de entre ellos dará cuenta de esta época, de su frivolidad, de la simplicidad del discurso político y de la ferocidad de los grupos económicos que manejan nuestras vidas? Cuánto echo de menos a Galdós.

Seguiremos esperando, pues, la gran novela sobre la guerra civil española que acaso se esté escribiendo en este momento. Vale que no se tenga la realidad como referencia, vale que cuestionemos las creencias y los discursos omnicomprensivos, que no nos tomemos tan en serio (si se trata de modestia, no de simular pudor, de ocultar la chulería). En literatura cabe de todo, inventar universos, crear mundos paralelos, hacer literatura sobre la literatura, parodiarse a sí mismo, asumir que el arte es puro artificio y seguir por esa línea. Lo que no encaja es la pose de que lo que ocurre alrededor no me importa, porque estoy por encima de la realidad social. Desentona eso de que pasamos de ser escritores "cívicos", de que somos artistas de una época descreída, que las emociones son primarias, que la pasión es cosa de almas simples, porque incluso Borges, maestro del artificio y la parodia, se lo creía, veía el universo entero desde el sótano de una casa de Buenos Aires, vio el aleph e hizo que lo viéramos: creer para ver y ver para crear.