El pasado 8 de septiembre asistí al VI Simposio Internacional de Literatura: La ficción de la historia, organizado por el Área de Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá, que dirige el crítico y ensayista colombiano Isaías Peña Gutiérrez. Fue muy grato el intercambio de opiniones en torno al valor literario de aquellas novelas inspiradas en temas y personajes de la historia. La conclusión a la que podemos llegar es que la virtud de una novela histórica está en su capacidad de darle vigencia al pasado, recuperando y redimensionando lo que ha sobrevivido a lo largo de los siglos, aquello que se ha fijado en la memoria, lo imperecedero.
Parece que está de moda la novela histórica, lo que se aprecia en los escaparates de las librerías, en los aeropuertos y supermercados. Pero no todo libro que se inspira en un hecho del pasado tiene la capacidad de alcanzar la verdad literaria que lo convierte en un clásico, como Memorias de Adriano, por poner un ejemplo.
El hecho es que a estas reflexiones les viene como anillo al dedo el artículo de mi compatriota Dasso Saldívar "Verdad y mentira en la novela histórica" publicado el pasado 7 de agosto en el suplemento Babelia de El País en el que subraya de qué manera el mérito de la novela histórica va más allá de cualquier tecnicismo del autor, en cuanto al estilo, loa procedimientos, el punto de vista, etc., y más bien tiene que ver con su capacidad de asumir o de vivir como propias las experiencias del personaje o la atmósfera de la época evocada.
Lo cierto es que la litertura no puede ni pretende competir con la verdad histórica, porque si bien la historia se construye muchas veces sobre grandes mentiras, la literatura en cambio, que es ficción y fabulación, enuncia grandes verdades. A esas verdades se refiere Dasso Saldivar cuando reivindica a autores como Yorcenar, Tolstoi o Graves. En Colombia tenemos dos ejemplos de autores que nos revelan esas grandes verdades como Miguel Torres en El crimen del siglo y Roberto Burgos en La ceiba de la memoria, además de El general en su laberinto. Hay que agradecer a Isaías Peña y a su equipo esta iniciativa que nos permite hablar de literatura y elevar el nivel del debate compartiendo espacios con autores como Pedro Badrán que evoca a la legendaria Pola en La pasión de Policarpa.
lunes, 20 de septiembre de 2010
domingo, 27 de junio de 2010
Alice Munro: El amor de una mujer generosa
Al leer el cuento, "El amor de una mujer generosa", que da título a este conjunto de relatos de Alice Munro, lo que más me sorprendió fue el ritmo narrativo de lo que parecía destinado a ser una novela y que se cierra con una estampida final. De repente se ilumina la atmósfera por la que transitas en el relato y la visión de los hechos cambia, como en los mejores cuentos en los que se nos revela una verdad que palpita en las profundidades. Se puede tratar de un secreto que atormenta al personaje, de un sentimiento que lo acosa, que no da tregua, y en apariencia duerme en su interior sin que le impida seguir viviendo. Pero no es así, aquel dolor, aquel malestar llama a la puerta, golpea, patalea, como un niño encerrado en el sótano de la casa, y exige expresarse, decir su verdad. Esto ocurre en los ocho cuentos de este volumen, protagonizados en su mayoría por mujeres a las que sentimos cercanas, en tanto compartimos con ellas referentes culturales, preocupaciones globales. Situados en la, para nosotros, lejana Vacouver, o en poblaciones de esa zona de Canadá, el ambiente cerrado de la provincia, donde transcurren las vidas de la mayoría de los personajes, oprime los corazones. Es como si la supervivencia de la sociedad dependiera de un pacto de silencio respecto a un hecho violento o doloroso, que va dejando cabos sueltos: el asesinato que no se aclara y que al dilucidarse se entierra; la traición de los amigos que adopta la forma de una sospecha constante; la empecinada, inoportuna y peligrosa intervención de una vecina en nuestra vida cotidiana que en principio se presenta como una ayuda, para al final convertirse en amenaza; la aparición de una extraña que nos asalta en la carretera, haciendo auto-stop, y que hace tambalear nuestro sistema defensivo; el resentimiento acumulado que desata un incendio, sin el cual no hubiera sido posible tomar conciencia de nuestros errores, de la ceguera que nos impide diferenciar lo sustancial de lo accesorio. Escritos con sangre y fuego, estos cuentos hieren con sus dolorosas certezas, pero redimen en cuanto nos abren un vasto horizonte en el que es posible vislumbrar la humanidad en toda su complejidad, trazar nítidos perfiles de hombres y mujeres que enfrentados a su destino se han limitado a hacer lo que han podido y que de repente, se ven empujados a dar mucho más sí de lo que podrían sospechar.
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Alice Munro,
Literatura en lengua inglesa
viernes, 28 de mayo de 2010
La novela que no se ha escrito
Hay temas que parecen no agotarse, por ejemplo, la revolución mexicana que ha dado lugar a una larga lista de novelas, algunas de ellas extraordinarias, como las magistrales Pedro Páramo de Juan Rulfo y Recuerdos del porvenir de Elena Garro, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, hasta Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza. Lo mismo ocurre en Colombia con la violencia de los años cincuenta, a raíz del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, que dio lugar al género conocido como "novela de la violencia" con obras importantes como El día del odio de J.A. Lizarazo, a la que siguen las novelas El día señalado de Manuel Mejía Vallejo, Cien años de soledad de García Márquez, Cóndores no se entierran todos los días de Gustavo Álvarez Gardeazábal o El crimen del siglo de Miguel Torres. El hecho es que se trata de episodios que abren una grieta en la historia de un país, que dejan una huella en la memoria, una herida que no se cierra. El tema, a la fuerza, se impone. Es lo que ocurre con la guerra civil en España, que se impone como una necesidad, cada cierto tiempo, y en los últimos años de manera ostensible.
Al leer La noche de los tiempos, de Muñoz Molina, escrita en un momento en que que la ley sobre la memoria histórica levanta ampollas, esperamos una mayor apertura al tema, no sólo una escritura correcta, que está garantizada, sino cierta dosis de pasión y acaso de compromiso, pero, desafortunadamente me quedé a medias, porque algo me faltaba al finalizar el libro. Me lo corroboró una amiga española que ayer me contaba cómo se había salvado su abuelo de ser fusilado, cuando estuvo ante el paredón y sus ojos se encontraron con los de la persona que le iba a disparar. Era un vecino de su pueblo que lo reconoció y le hizo el gesto de que erraría en el blanco, pero que se derrumbara tras el disparo, como si estuviera muerto. Así, arrojado al camión, con el resto de los fusilados, pudo escapar gracias al gesto generoso de su vecino. Este hecho demuestra de qué manera vivió el pueblo ese horror, refiere la grandeza y humanidad de las personas ante situaciones límite, lo que remueve las entrañas, sobre todo, si tratamos de ponernos en el lugar de los protagonistas, lo que en definitiva intenta hacer un escritor, lo cual entraña, en el fondo, una postura ética.
He leído unas cuantas novelas que tratan el tema de la guerra civil española, o que se sitúan en ese momento de la historia española. La ultima La noche de los tiempos, casi mil páginas para contar, muy por encima, lo que fue aquel episodio. No digo que la novela tenga que ceñirse a los hechos históricos y convertirse en una crónica, claro que no, pero lo que sí se espera de un autor es que pueda ir más allá de los hechos, para revelarnos hondas verdades de la existencia. Hace unos años leí una maravillosa novela que me recomendó mi amigo Arturo García Ramos, El diario de Hamlet García, de Paulino Masip, publicada en México en 1944, una extraordinaria y vívida narración de lo que fueron esos momentos previos a la toma de Madrid por los nacionales. La novela nos deja oir las voces de la gente de la calle, la algarabía de los cafés, los rumores en los entresuelos de las casas, la angustiosa huida de los que se sienten acorralados, la resistencia de los que se niegan a admitir la derrota, la temeraria acometida de aquellos que se resisten a reconocer la fuerza del enemigo. Después de esa novela, lo que he leído son historias que, si bien no carecen de amenidad, se quedan cortas. Mil páginas para decir lo que todo el mundo sabe, no sólo es un ejercicio vano, sino una muestra acaso de vanidad, el creer que podemos machacarle al lector la misma imagen, darle la vuelta a la historia de amor entre el arquitecto de la república y la americana, aportar dos o tres datos sobre los orígenes familiares del protagonista, y poner como telón de fondo la Residencia de estudiantes. Para decir tan poco, y además ya conocido, mil páginas, la verdad, me parecen un exceso.
Creo que la novela española actual pasa por una fase crítica, que se encuentra en un callejón sin salida, por la indiferencia de muchos de sus autores a lo que ocurre alrededor, a la pérdida de derechos que padecen los ciudadanos, a la corrupción, a la precariedad laboral. Puede que esté equivocada y obviamente me refiero a lo poco conocido, entre las celebridades encantadas de conocerse entre sí, pero no sé por qué lo que percibo es cierta comodidad en este presente precario para tantas personas sin horizonte ni esperanzas. ¿Quien de entre ellos dará cuenta de esta época, de su frivolidad, de la simplicidad del discurso político y de la ferocidad de los grupos económicos que manejan nuestras vidas? Cuánto echo de menos a Galdós.
Seguiremos esperando, pues, la gran novela sobre la guerra civil española que acaso se esté escribiendo en este momento. Vale que no se tenga la realidad como referencia, vale que cuestionemos las creencias y los discursos omnicomprensivos, que no nos tomemos tan en serio (si se trata de modestia, no de simular pudor, de ocultar la chulería). En literatura cabe de todo, inventar universos, crear mundos paralelos, hacer literatura sobre la literatura, parodiarse a sí mismo, asumir que el arte es puro artificio y seguir por esa línea. Lo que no encaja es la pose de que lo que ocurre alrededor no me importa, porque estoy por encima de la realidad social. Desentona eso de que pasamos de ser escritores "cívicos", de que somos artistas de una época descreída, que las emociones son primarias, que la pasión es cosa de almas simples, porque incluso Borges, maestro del artificio y la parodia, se lo creía, veía el universo entero desde el sótano de una casa de Buenos Aires, vio el aleph e hizo que lo viéramos: creer para ver y ver para crear.
Al leer La noche de los tiempos, de Muñoz Molina, escrita en un momento en que que la ley sobre la memoria histórica levanta ampollas, esperamos una mayor apertura al tema, no sólo una escritura correcta, que está garantizada, sino cierta dosis de pasión y acaso de compromiso, pero, desafortunadamente me quedé a medias, porque algo me faltaba al finalizar el libro. Me lo corroboró una amiga española que ayer me contaba cómo se había salvado su abuelo de ser fusilado, cuando estuvo ante el paredón y sus ojos se encontraron con los de la persona que le iba a disparar. Era un vecino de su pueblo que lo reconoció y le hizo el gesto de que erraría en el blanco, pero que se derrumbara tras el disparo, como si estuviera muerto. Así, arrojado al camión, con el resto de los fusilados, pudo escapar gracias al gesto generoso de su vecino. Este hecho demuestra de qué manera vivió el pueblo ese horror, refiere la grandeza y humanidad de las personas ante situaciones límite, lo que remueve las entrañas, sobre todo, si tratamos de ponernos en el lugar de los protagonistas, lo que en definitiva intenta hacer un escritor, lo cual entraña, en el fondo, una postura ética.
He leído unas cuantas novelas que tratan el tema de la guerra civil española, o que se sitúan en ese momento de la historia española. La ultima La noche de los tiempos, casi mil páginas para contar, muy por encima, lo que fue aquel episodio. No digo que la novela tenga que ceñirse a los hechos históricos y convertirse en una crónica, claro que no, pero lo que sí se espera de un autor es que pueda ir más allá de los hechos, para revelarnos hondas verdades de la existencia. Hace unos años leí una maravillosa novela que me recomendó mi amigo Arturo García Ramos, El diario de Hamlet García, de Paulino Masip, publicada en México en 1944, una extraordinaria y vívida narración de lo que fueron esos momentos previos a la toma de Madrid por los nacionales. La novela nos deja oir las voces de la gente de la calle, la algarabía de los cafés, los rumores en los entresuelos de las casas, la angustiosa huida de los que se sienten acorralados, la resistencia de los que se niegan a admitir la derrota, la temeraria acometida de aquellos que se resisten a reconocer la fuerza del enemigo. Después de esa novela, lo que he leído son historias que, si bien no carecen de amenidad, se quedan cortas. Mil páginas para decir lo que todo el mundo sabe, no sólo es un ejercicio vano, sino una muestra acaso de vanidad, el creer que podemos machacarle al lector la misma imagen, darle la vuelta a la historia de amor entre el arquitecto de la república y la americana, aportar dos o tres datos sobre los orígenes familiares del protagonista, y poner como telón de fondo la Residencia de estudiantes. Para decir tan poco, y además ya conocido, mil páginas, la verdad, me parecen un exceso.
Creo que la novela española actual pasa por una fase crítica, que se encuentra en un callejón sin salida, por la indiferencia de muchos de sus autores a lo que ocurre alrededor, a la pérdida de derechos que padecen los ciudadanos, a la corrupción, a la precariedad laboral. Puede que esté equivocada y obviamente me refiero a lo poco conocido, entre las celebridades encantadas de conocerse entre sí, pero no sé por qué lo que percibo es cierta comodidad en este presente precario para tantas personas sin horizonte ni esperanzas. ¿Quien de entre ellos dará cuenta de esta época, de su frivolidad, de la simplicidad del discurso político y de la ferocidad de los grupos económicos que manejan nuestras vidas? Cuánto echo de menos a Galdós.
Seguiremos esperando, pues, la gran novela sobre la guerra civil española que acaso se esté escribiendo en este momento. Vale que no se tenga la realidad como referencia, vale que cuestionemos las creencias y los discursos omnicomprensivos, que no nos tomemos tan en serio (si se trata de modestia, no de simular pudor, de ocultar la chulería). En literatura cabe de todo, inventar universos, crear mundos paralelos, hacer literatura sobre la literatura, parodiarse a sí mismo, asumir que el arte es puro artificio y seguir por esa línea. Lo que no encaja es la pose de que lo que ocurre alrededor no me importa, porque estoy por encima de la realidad social. Desentona eso de que pasamos de ser escritores "cívicos", de que somos artistas de una época descreída, que las emociones son primarias, que la pasión es cosa de almas simples, porque incluso Borges, maestro del artificio y la parodia, se lo creía, veía el universo entero desde el sótano de una casa de Buenos Aires, vio el aleph e hizo que lo viéramos: creer para ver y ver para crear.
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Antonio Muñoz Molina,
Literatura española
J. M. Coetzee. Desgracia
Nada más desolador que esta novela de Coetzee que pone de relieve las contradicciones del presente en la, para nosotros, lejana Suráfrica, donde sobreviven dos mundos enfrentados: el que podríamos llamar "civilizado", occidental y blanco (como punto de vista, más que como etnia), y el rural o tribal. En uno y otro los hombres y las mujeres ven amenazada su seguridad. En la ciudad es el fanatismo y el oportunismo de los que se creen dueños de la verdad; en el campo son los bandoleros y las tribus con sus leyes que amenazan con devastar el mundo de los granjeros, descendientes de los antiguos colonos. El caso es que la raíz cristiana que sostiene la cultura occidental presenta dos caras: o se da la espalda al espectáculo de la lapidación o se sacrifican la razón y el sentido de la justicia para no perder el lugar. Y es que tras la caída del régimen del apartheid, no es que esperemos milagros -porque el odio alimentado durante siglos de segregación, no es menos soterrado que los sentimientos que subyacen en las profundidades de la tribu civilizada-. En ese contexto es llamativo el lugar subordinado de las mujeres en las lejanas comunidades rurales, en aquellas tierras, regidas por normas que las convierte en moneda de cambio.
Si el matrimonio burgués en el mundo occidental, la mayoría de las veces, es una empresa económica maquillada por la retórica amorosa, en una tribu puede ser un intercambio donde la mujer representa un coste añadido porque, al ser entregada al esposo, la familia debe pagar una dote, lo que requiere un esfuerzo y una importante inversión económica para los pobres. Esto explica su papel subordinado y el prestigio del varón que administra los bienes, entre los que se cuentan sus mujeres. Hasta aquí nos parece que estamos ante una realidad del pasado, de la que nos podemos distanciar con una mirada antropológica. Otra cosa es cuando ese mundo nos toca de cerca, y atrapados en sus reglas hemos de somenternos a ellas.
David Lurie es un profesor de lenguas modernas que trabaja en una universidad de Ciudad del Cabo. Divorciado, con dos matrimonios a cuestas, asume su falta de vocación para mantener esas ataduras y opta por la soledad sin renunciar al sexo. De uno de los matrimonios, le queda una hija que abandona la ciudad para irse a vivir al campo, entregada al cuidado de una granja.
Lurie, con cincuenta y dos años, no siente ninguna pasión por la docencia, ni por el trabajo intelectual; el sexo es lo único que lo saca de la rutina y le garantiza una modesta dosis de emociones; se trata de una vida sexual, hasta cierto punto, ordenada y prevista en su agenda, que hace parte de sus gastos mensuales, pero que le deja un vacío cuando quiere acceder al mundo del otro, más allá de los encuentros programados.
Tras barajar otras posibilidades entre las mujeres que lo rodean, decide tener una aventura con una de sus alumnas lo que trae para él funestas consecuencias. El escándalo y el castigo le esperan a la vuelta de la esquina. Sus colegas lo invitan a retractarse y pedir perdón por el daño causado a su alumna, pero él se niega a lo que considera una farsa y aprovecha el momento para darle una vuelta de tuerca a su vida, renunciado a su carrera, a su jubilación, para ir en busca de su hija.
En aquella apartada provincia, encontramos, al lado de la hija, a personajes entregados a quiméricas empresas, ante las que Lurie se muestra escéptico. Pero, a medida que se adentra en este mundo, empieza a ser consciente de la distancia que lo separa de la vida urbana, con sus valores. Si en este mundo "civilizado" el hombre puede ser también víctima de los prejuicios y de la calumnia, de un grupo de colegas mujeres que no le perdonan el hecho de que no se someta a un juicio público, para ser juzgado por abusar de su posición de poder seduciendo a una alumna; en el otro Lurie es impotente para enfrentar la violencia y el odio que ceba en su propia hija, condenándolo a la humillación. Pero como lectoras sabemos que la trama se construye con verdades a medias, y que el correctivo, que el sistema educativo pretende aplicar a Lurie, requeriría antes un profundo análisis de las relaciones entre hombres y mujeres, asumir como mínimo la complejidad del deseo.
Lo que ocurre es que la reglas del juego en el mundo rural son aún más brutales, con ejércitos de bandoleros que cobran su cuota a los granjeros e imponen su ley, allí se es implacable, especialmente con las mujeres, cuando están solas: pisoteadas, humilladas y violadas, no pueden exisitir sin el amparo de un hombre capaz de enfrentar esa violencia con el poder y las armas.
Lo común en los dos mundos, por tanto, es el imperio de la violencia y el fanatismo, con la culpa que desencadena y contra la que se rebela el protagonista, pero que la hija asume, ofreciéndose como sacrificio, para enmendar acaso siglos de esclavitud, de explotación y dominio sobre unas tierras en otro tiempo arrebatadas por los colonos a sus legítimos propietarios. Coetzee nos deja, por tanto en un callejón sin salida cuando nos damos cuenta de que las barreras mentales y la ignorancia, generan violencia y que la violencia es tan devastadora que puede destruir con un disparo no sólo a los seres vivos, sino que se lleva con ellos siglos de civilización.
Si el matrimonio burgués en el mundo occidental, la mayoría de las veces, es una empresa económica maquillada por la retórica amorosa, en una tribu puede ser un intercambio donde la mujer representa un coste añadido porque, al ser entregada al esposo, la familia debe pagar una dote, lo que requiere un esfuerzo y una importante inversión económica para los pobres. Esto explica su papel subordinado y el prestigio del varón que administra los bienes, entre los que se cuentan sus mujeres. Hasta aquí nos parece que estamos ante una realidad del pasado, de la que nos podemos distanciar con una mirada antropológica. Otra cosa es cuando ese mundo nos toca de cerca, y atrapados en sus reglas hemos de somenternos a ellas.
David Lurie es un profesor de lenguas modernas que trabaja en una universidad de Ciudad del Cabo. Divorciado, con dos matrimonios a cuestas, asume su falta de vocación para mantener esas ataduras y opta por la soledad sin renunciar al sexo. De uno de los matrimonios, le queda una hija que abandona la ciudad para irse a vivir al campo, entregada al cuidado de una granja.
Lurie, con cincuenta y dos años, no siente ninguna pasión por la docencia, ni por el trabajo intelectual; el sexo es lo único que lo saca de la rutina y le garantiza una modesta dosis de emociones; se trata de una vida sexual, hasta cierto punto, ordenada y prevista en su agenda, que hace parte de sus gastos mensuales, pero que le deja un vacío cuando quiere acceder al mundo del otro, más allá de los encuentros programados.
Tras barajar otras posibilidades entre las mujeres que lo rodean, decide tener una aventura con una de sus alumnas lo que trae para él funestas consecuencias. El escándalo y el castigo le esperan a la vuelta de la esquina. Sus colegas lo invitan a retractarse y pedir perdón por el daño causado a su alumna, pero él se niega a lo que considera una farsa y aprovecha el momento para darle una vuelta de tuerca a su vida, renunciado a su carrera, a su jubilación, para ir en busca de su hija.
En aquella apartada provincia, encontramos, al lado de la hija, a personajes entregados a quiméricas empresas, ante las que Lurie se muestra escéptico. Pero, a medida que se adentra en este mundo, empieza a ser consciente de la distancia que lo separa de la vida urbana, con sus valores. Si en este mundo "civilizado" el hombre puede ser también víctima de los prejuicios y de la calumnia, de un grupo de colegas mujeres que no le perdonan el hecho de que no se someta a un juicio público, para ser juzgado por abusar de su posición de poder seduciendo a una alumna; en el otro Lurie es impotente para enfrentar la violencia y el odio que ceba en su propia hija, condenándolo a la humillación. Pero como lectoras sabemos que la trama se construye con verdades a medias, y que el correctivo, que el sistema educativo pretende aplicar a Lurie, requeriría antes un profundo análisis de las relaciones entre hombres y mujeres, asumir como mínimo la complejidad del deseo.
Lo que ocurre es que la reglas del juego en el mundo rural son aún más brutales, con ejércitos de bandoleros que cobran su cuota a los granjeros e imponen su ley, allí se es implacable, especialmente con las mujeres, cuando están solas: pisoteadas, humilladas y violadas, no pueden exisitir sin el amparo de un hombre capaz de enfrentar esa violencia con el poder y las armas.
Lo común en los dos mundos, por tanto, es el imperio de la violencia y el fanatismo, con la culpa que desencadena y contra la que se rebela el protagonista, pero que la hija asume, ofreciéndose como sacrificio, para enmendar acaso siglos de esclavitud, de explotación y dominio sobre unas tierras en otro tiempo arrebatadas por los colonos a sus legítimos propietarios. Coetzee nos deja, por tanto en un callejón sin salida cuando nos damos cuenta de que las barreras mentales y la ignorancia, generan violencia y que la violencia es tan devastadora que puede destruir con un disparo no sólo a los seres vivos, sino que se lleva con ellos siglos de civilización.
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J. M. Coetze,
Literatura en lengua inglesa
Milagros Salvador. Jornada de retorno
La semana pasada asistí a la presentación de este libro (editado en Madrid en los sellos Visión Libros y Lord Byron Ediciones), con el que mi amiga Milagros nos deleita llevándonos a la infancia.¡Qué casualidad, es el segundo de este año que tiene como tema la infancia! ¿Será por algo? Quizás.
En primer lugar, he de decir que desde que conozco a Milagros Salvador he asistido a casi todas las presentaciones de sus libros, y en cada una de ellas ha sido muy reconfortante disfrutar su estilo, porque además de leer, charla con nosotros, al tiempo que nos da lecciones de poesía, mientras va deslizando con modestia su gran conocimiento de la tradición, desde los griegos que repasa con solvencia, pasando por la mejor poesía española, hasta sus contemporáneos, de modo que cada lectura no sólo nos ofrece su bella poética, sino que además nos regala su saber, porque desglosa conceptos, abre horizontes, interroga y responde de manera sencilla y clara.
Jornada de retorno se abre con este epígrafe: "Recordar es un verbo que se conjuga con el corazón". Con ello nos advierte que se trata de sentimientos, que la memoria va unida a los sentimientos. Pero los poemas también relacionan memoria y escritura como procesos que nos permiten conocernos y reconocernos: lo que fuimos y lo que somos. ¿Cómo seguir adelante en la vida sin recordar lo que fuimos? Esa operación, nos dice la autora, nos salva y nos redime del dolor por la pérdida, de aquello que ya no es y que nos incluye a nosotros. Recordar es ser en una dimensión que nos permite tomar distancia, asumir la conciencia del tiempo. "La infancia es la raíz/ que se adentra en la tierra y nos sostiene/ con brazos invisibles". Desde esa distancia nos mira la niña que pegada a la ventana ve caer la lluvia, mientras aprende la geografía de su calle, hasta que un día descubre que ella es también parte del paisaje que otros ojos espían. En la infancia también quedan los primeros recuerdos amargos, la inquietante noción de la muerte, los miedos que nos paralizaron. De igual manera, la noción de la felicidad: colores, olores, sonidos, que arrastran cosas que creíamos enterradas, como aquellas palabras muertas o huérfanas, en las sombras, palabras a las que, como ella misma sugiere: " ...vestidas de silencio, / esperando la pluma del poeta/ les sorprendió la muerte./
En el recuerdo se elevan las cosas abandonadas en las que dejamos parte de nuestro ser, pero el secreto está en saber regresar a lo que somos. Acaso sea esta la una forma de asumir el inexorable paso del tiempo: recordar que la muerte es parte de la vida y que en la naturaleza ese tránsito, de un estado a otro, no es más que obediencia al dios Cronos. Por eso, me parece muy propia esta imagen de Milagros Salvador, de la vida humana como una serpentina que alegre y vestida de colores jugetea en el aire, hasta que al final cae a tierra aceptando su destino.
En primer lugar, he de decir que desde que conozco a Milagros Salvador he asistido a casi todas las presentaciones de sus libros, y en cada una de ellas ha sido muy reconfortante disfrutar su estilo, porque además de leer, charla con nosotros, al tiempo que nos da lecciones de poesía, mientras va deslizando con modestia su gran conocimiento de la tradición, desde los griegos que repasa con solvencia, pasando por la mejor poesía española, hasta sus contemporáneos, de modo que cada lectura no sólo nos ofrece su bella poética, sino que además nos regala su saber, porque desglosa conceptos, abre horizontes, interroga y responde de manera sencilla y clara.
Jornada de retorno se abre con este epígrafe: "Recordar es un verbo que se conjuga con el corazón". Con ello nos advierte que se trata de sentimientos, que la memoria va unida a los sentimientos. Pero los poemas también relacionan memoria y escritura como procesos que nos permiten conocernos y reconocernos: lo que fuimos y lo que somos. ¿Cómo seguir adelante en la vida sin recordar lo que fuimos? Esa operación, nos dice la autora, nos salva y nos redime del dolor por la pérdida, de aquello que ya no es y que nos incluye a nosotros. Recordar es ser en una dimensión que nos permite tomar distancia, asumir la conciencia del tiempo. "La infancia es la raíz/ que se adentra en la tierra y nos sostiene/ con brazos invisibles". Desde esa distancia nos mira la niña que pegada a la ventana ve caer la lluvia, mientras aprende la geografía de su calle, hasta que un día descubre que ella es también parte del paisaje que otros ojos espían. En la infancia también quedan los primeros recuerdos amargos, la inquietante noción de la muerte, los miedos que nos paralizaron. De igual manera, la noción de la felicidad: colores, olores, sonidos, que arrastran cosas que creíamos enterradas, como aquellas palabras muertas o huérfanas, en las sombras, palabras a las que, como ella misma sugiere: " ...vestidas de silencio, / esperando la pluma del poeta/ les sorprendió la muerte./
En el recuerdo se elevan las cosas abandonadas en las que dejamos parte de nuestro ser, pero el secreto está en saber regresar a lo que somos. Acaso sea esta la una forma de asumir el inexorable paso del tiempo: recordar que la muerte es parte de la vida y que en la naturaleza ese tránsito, de un estado a otro, no es más que obediencia al dios Cronos. Por eso, me parece muy propia esta imagen de Milagros Salvador, de la vida humana como una serpentina que alegre y vestida de colores jugetea en el aire, hasta que al final cae a tierra aceptando su destino.
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Literatura española,
Milagros López Salvador,
poesía
Philip Roth. La mancha humana
El episodio de Mónica Lewinsky, en los años noventa, representó un punto de inflexión para la sociedad norteamericana porque evidenció su doble moral. Philip Roth nos lo recuerda en esta novela que expone el problema racial con toda su complejidad, en un momento que podríamos llamar "estúpido" para cierta intelectualidad, vinculada al mundo académico, que antepone sus intereses a la inteligencia y al sentido común, apoyada en eso que designó como "políticamente correcto". Lo que ocurre es que la fórmula se aplicó más al "decir" que al "hacer", dando lugar a contradicciones e incongruencias insólitas.
El personaje Coleman Silk es un individuo que destaca en su entorno, una comunidad negra que padece la segregación en los años cincuenta y sesenta. De piel clara, se incribe como blanco en el ejército y al regresar a su país se mezcla con la intelectualidad blanca. Al ser rechazado por su novia, cuándo le presenta a la familia, decide dejar atrás su pasado, abandonar a los suyos y construirse una nueva identidad como "blanco". Pasando por judío, se casa con una americana de familia judía, pero de ideas anarquistas, lo que le da verosimilitad a la trama, al hecho de que la esposa no indague en el pasado de su marido, porque, a su manera, ella también reniega de la cultura a la que pertenece.
La novela se construye a partir de una gran paradoja y es que Silk, que logra seguir una brillante carrera académica, ve caer su prestigio en la universidad. Sus enemigos están entre las nuevas generaciones de profesores, con sus enfoques culturalistas y su noción de etnicidad, vigilantes de lo políticamente correcto. Por ellos es tachado de racista, al haber utilizado la desafortunada imagen "negro humo" , aplicada a dos alumnos que resultan ser negros.
La novela presenta diversos discursos y puntos de vista: el del protagonista, el del veterano de guerra que degenera en maltratador, el de su esposa que ha padecido la violencia desde la infancia, en un hogar desestructurado, abandonada por su verdadero padre y por la madre, indefensa ante los abusos de su padrastro, el de la frustrada colega de Coleman, la francesa que muere de aburrimiento en aquella universidad americana de provincia, condenada a la soledad, el de los hijos de Coleman que perciben la oscuridad respecto a la identidad del padre y se enfrentan a él; el de la hermana de Coleman que aporta datos sobre la familia.
En el lado opuesto se encuentra el hermano de Coleman que decide asumirse como negro y luchar por su comunidad, compartiendo con los suyos los logros posibles, entre otras circunstancias, a lo "políticamente correcto". La novela nos ofrece distintas caras de una sociedad que oscila entre el fanatismo y el oportunismo y que al aferrarse a valores como la raza, la religión y la orientación sexual, en defensa de su individualismo, pero sobre todo de sus mezquinos intereses, pierde una buena parte de la libertad conquistada.
El personaje Coleman Silk es un individuo que destaca en su entorno, una comunidad negra que padece la segregación en los años cincuenta y sesenta. De piel clara, se incribe como blanco en el ejército y al regresar a su país se mezcla con la intelectualidad blanca. Al ser rechazado por su novia, cuándo le presenta a la familia, decide dejar atrás su pasado, abandonar a los suyos y construirse una nueva identidad como "blanco". Pasando por judío, se casa con una americana de familia judía, pero de ideas anarquistas, lo que le da verosimilitad a la trama, al hecho de que la esposa no indague en el pasado de su marido, porque, a su manera, ella también reniega de la cultura a la que pertenece.
La novela se construye a partir de una gran paradoja y es que Silk, que logra seguir una brillante carrera académica, ve caer su prestigio en la universidad. Sus enemigos están entre las nuevas generaciones de profesores, con sus enfoques culturalistas y su noción de etnicidad, vigilantes de lo políticamente correcto. Por ellos es tachado de racista, al haber utilizado la desafortunada imagen "negro humo" , aplicada a dos alumnos que resultan ser negros.
La novela presenta diversos discursos y puntos de vista: el del protagonista, el del veterano de guerra que degenera en maltratador, el de su esposa que ha padecido la violencia desde la infancia, en un hogar desestructurado, abandonada por su verdadero padre y por la madre, indefensa ante los abusos de su padrastro, el de la frustrada colega de Coleman, la francesa que muere de aburrimiento en aquella universidad americana de provincia, condenada a la soledad, el de los hijos de Coleman que perciben la oscuridad respecto a la identidad del padre y se enfrentan a él; el de la hermana de Coleman que aporta datos sobre la familia.
Lucía Donadío. Alfabeto de infancia
El 2010 me trae un regalo que he disfrutado enormemente, el mejor que nos pueden hacer cuando la vida nos concede un trozo de tiempo para dedicarlo a la lectura. Se trata de Alfabeto de infancia, conjunto de relatos breves que se publica bajo el sello editorial Sílaba, una pequeña editorial situada en la ciudad de Medellín, donde reside su autora. Este libro inaugura la colección "Mil y una sílabas", proyecto que sin duda tendrá un futuro promisorio por las personas que han puesto la ilusión y la inteligencia en él, con el deseo de que la literatura avance por los senderos de la imaginación, atraviese océanos y llegue hasta nosotros. El libro está dividido en tres partes: “Aeiou”, “De barcos y zapatos” y “Silabario”, y cada una de ellas nos van descubriendo un universo de personas, lugares y cosas. Tiene la virtud de devolvernos a la edad dorada en la que el mundo alrededor nuestro estaba revestido de magia, como aquel jardín de la casa donde se refugian quienes tempranamente necesitaban evadir la dura realidad de la incomprensión. Allí se descubren las hormigas desfilando en estricto orden, los gusanos, y todo tipo de diminutas alimañas que atraen y despiertan sentimientos contradictorios; la tierra, las flores, las hojas, las semillas extraídas de los botes de la cocina, son los ingredientes de ese menú imaginario que preparábamos para los amigos invisibles, en aquella vajilla en miniatura que nos regalaron, ritual que imita las costumbres al uso y, acaso, anticipa la fantasmática realidad de ese Otro que jamás será del todo nuestro, porque se nos escapa cuando imploramos su mirada. El entorno natural, extrañamente vivo, como nuestros sentimientos, en el que transcurren los primeros años, se recrea bellamente aquí, desde los ojos de una niña que mira a los adultos y los espía pues, de alguna manera, aprende a sacar partido de su invisibilidad.
Lucía Donadio explora con una riqueza de lenguaje sorprendente el mundo al que hacemos referencia trazando unos perfiles finos, con tal sutileza de detalles que nos devuelve la felicidad y la nostalgia, más que de lo que fuimos, de lo que fueron los seres en quienes nos mirábamos, los padres demasiado ocupados en el oficio de vivir, el padre fatigado, entrando en casa al final del día, la madre entregada por entero a la crianza y cuidado de la prole, las criadas haciendo parte de esa gran familia de una época ya pasada y ejerciendo un poder de seducción por su pertinente oficio y extraña dureza; y los hermanos y hermanas que despertaron el odio y el amor, la envidia y la admiración, sentimientos que si bien nos esclavizan, nos hacen más humanos, en cuanto ayudan a formar nuestro carácter permitiéndonos vislumbrar la noción de la belleza, lo inconveniente de nuestros caprichos o el carácter aleatorio de la felicidad. Y esa belleza, nos dice la autora, está en el orden secreto de las cosas, en la vida oculta que parece existir detrás de ellas, como en las gavetas que guardan un universo de objetos dormidos: “…dientes que el ratón Pérez había dejado olvidados, cabos de vela, lápices diminutos como fósforos, monedas, estampas, cintas, agujas, botones, cartas, medallas y papeles dorados de chocolates y dulces” , huellas que dejamos en nuestro paso por la casa y que de repente descubrimos en el desván, objetos que arrastran una poderosa carga de significados.
Ese mundo, como suspendido en el tiempo, es nuestra casa original, con habitaciones abiertas para otros y cerradas para nosotros, cuando en las reuniones familiares se nos apartaba, dejándonos escuchar solo murmullos y risas sin sentido, ese no entender que procesaba la materia del llanto, como dolorosa explosión de vida. Aquella casa, con su jardín, como una gaveta, encierra olores, sabores y colores que acuden a nosotros asociados al miedo o a la felicidad: “El terror a la piscina creció. Ya ni me asomaba a su orilla para meter mis manos. Ya no aceptaba que mi padre me llevara en su pecho. El jardín dejó de ser verde, amoroso y abierto. Y se volvió sombra para mis ojos”. Tras cerrar el libro nos reconocemos en esa niña, en su alma apretada por ese vestido rosado que no puede mancharse, encerrada, oculta en el armario, o bajo la mesa, y a quien, a la vez, se le prohíbe el encierro. Así, he podido volver no sin melancolía a aquella época milagrosamente atravesada, en la que éramos inconscientes de la pureza de nuestros sentimientos, época a la que conviene regresar cuando la rigidez del adulto empieza a mermar en nosotros la capacidad de asombro.
Lucía Donadio explora con una riqueza de lenguaje sorprendente el mundo al que hacemos referencia trazando unos perfiles finos, con tal sutileza de detalles que nos devuelve la felicidad y la nostalgia, más que de lo que fuimos, de lo que fueron los seres en quienes nos mirábamos, los padres demasiado ocupados en el oficio de vivir, el padre fatigado, entrando en casa al final del día, la madre entregada por entero a la crianza y cuidado de la prole, las criadas haciendo parte de esa gran familia de una época ya pasada y ejerciendo un poder de seducción por su pertinente oficio y extraña dureza; y los hermanos y hermanas que despertaron el odio y el amor, la envidia y la admiración, sentimientos que si bien nos esclavizan, nos hacen más humanos, en cuanto ayudan a formar nuestro carácter permitiéndonos vislumbrar la noción de la belleza, lo inconveniente de nuestros caprichos o el carácter aleatorio de la felicidad. Y esa belleza, nos dice la autora, está en el orden secreto de las cosas, en la vida oculta que parece existir detrás de ellas, como en las gavetas que guardan un universo de objetos dormidos: “…dientes que el ratón Pérez había dejado olvidados, cabos de vela, lápices diminutos como fósforos, monedas, estampas, cintas, agujas, botones, cartas, medallas y papeles dorados de chocolates y dulces” , huellas que dejamos en nuestro paso por la casa y que de repente descubrimos en el desván, objetos que arrastran una poderosa carga de significados.
Ese mundo, como suspendido en el tiempo, es nuestra casa original, con habitaciones abiertas para otros y cerradas para nosotros, cuando en las reuniones familiares se nos apartaba, dejándonos escuchar solo murmullos y risas sin sentido, ese no entender que procesaba la materia del llanto, como dolorosa explosión de vida. Aquella casa, con su jardín, como una gaveta, encierra olores, sabores y colores que acuden a nosotros asociados al miedo o a la felicidad: “El terror a la piscina creció. Ya ni me asomaba a su orilla para meter mis manos. Ya no aceptaba que mi padre me llevara en su pecho. El jardín dejó de ser verde, amoroso y abierto. Y se volvió sombra para mis ojos”. Tras cerrar el libro nos reconocemos en esa niña, en su alma apretada por ese vestido rosado que no puede mancharse, encerrada, oculta en el armario, o bajo la mesa, y a quien, a la vez, se le prohíbe el encierro. Así, he podido volver no sin melancolía a aquella época milagrosamente atravesada, en la que éramos inconscientes de la pureza de nuestros sentimientos, época a la que conviene regresar cuando la rigidez del adulto empieza a mermar en nosotros la capacidad de asombro.
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Lucía Donadío,
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