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viernes, 28 de mayo de 2010

Lucía Donadío. Alfabeto de infancia

El 2010 me trae un regalo que he disfrutado enormemente, el mejor que nos pueden hacer cuando la vida nos concede un trozo de tiempo para dedicarlo a la lectura. Se trata de Alfabeto de infancia, conjunto de relatos breves que se publica bajo el sello editorial Sílaba, una pequeña editorial situada en la ciudad de Medellín, donde reside su autora. Este libro inaugura la colección "Mil y una sílabas", proyecto que sin duda tendrá un futuro promisorio por las personas que han puesto la ilusión y la inteligencia en él, con el deseo de que la literatura avance por los senderos de la imaginación, atraviese océanos y llegue hasta nosotros. El libro está dividido en tres partes: “Aeiou”, “De barcos y zapatos” y “Silabario”, y cada una de ellas nos van descubriendo un universo de personas, lugares y cosas. Tiene la virtud de devolvernos a la edad dorada en la que el mundo alrededor nuestro estaba revestido de magia, como aquel jardín de la casa donde se refugian quienes tempranamente necesitaban evadir la dura realidad de la incomprensión. Allí se descubren las hormigas desfilando en estricto orden, los gusanos, y todo tipo de diminutas alimañas que atraen y despiertan sentimientos contradictorios; la tierra, las flores, las hojas, las semillas extraídas de los botes de la cocina, son los ingredientes de ese menú imaginario que preparábamos para los amigos invisibles, en aquella vajilla en miniatura que nos regalaron, ritual que imita las costumbres al uso y, acaso, anticipa la fantasmática realidad de ese Otro que jamás será del todo nuestro, porque se nos escapa cuando imploramos su mirada. El entorno natural, extrañamente vivo, como nuestros sentimientos, en el que transcurren los primeros años, se recrea bellamente aquí, desde los ojos de una niña que mira a los adultos y los espía pues, de alguna manera, aprende a sacar partido de su invisibilidad.

Lucía Donadio explora con una riqueza de lenguaje sorprendente el mundo al que hacemos referencia trazando unos perfiles finos, con tal sutileza de detalles que nos devuelve la felicidad y la nostalgia, más que de lo que fuimos, de lo que fueron los seres en quienes nos mirábamos, los padres demasiado ocupados en el oficio de vivir, el padre fatigado, entrando en casa al final del día, la madre entregada por entero a la crianza y cuidado de la prole, las criadas haciendo parte de esa gran familia de una época ya pasada y ejerciendo un poder de seducción por su pertinente oficio y extraña dureza; y los hermanos y hermanas que despertaron el odio y el amor, la envidia y la admiración, sentimientos que si bien nos esclavizan, nos hacen más humanos, en cuanto ayudan a formar nuestro carácter permitiéndonos vislumbrar la noción de la belleza, lo inconveniente de nuestros caprichos o el carácter aleatorio de la felicidad. Y esa belleza, nos dice la autora, está en el orden secreto de las cosas, en la vida oculta que parece existir detrás de ellas, como en las gavetas que guardan un universo de objetos dormidos: “…dientes que el ratón Pérez había dejado olvidados, cabos de vela, lápices diminutos como fósforos, monedas, estampas, cintas, agujas, botones, cartas, medallas y papeles dorados de chocolates y dulces” , huellas que dejamos en nuestro paso por la casa y que de repente descubrimos en el desván, objetos que arrastran una poderosa carga de significados.

Ese mundo, como suspendido en el tiempo, es nuestra casa original, con habitaciones abiertas para otros y cerradas para nosotros, cuando en las reuniones familiares se nos apartaba, dejándonos escuchar solo murmullos y risas sin sentido, ese no entender que procesaba la materia del llanto, como dolorosa explosión de vida. Aquella casa, con su jardín, como una gaveta, encierra olores, sabores y colores que acuden a nosotros asociados al miedo o a la felicidad: “El terror a la piscina creció. Ya ni me asomaba a su orilla para meter mis manos. Ya no aceptaba que mi padre me llevara en su pecho. El jardín dejó de ser verde, amoroso y abierto. Y se volvió sombra para mis ojos”. Tras cerrar el libro nos reconocemos en esa niña, en su alma apretada por ese vestido rosado que no puede mancharse, encerrada, oculta en el armario, o bajo la mesa, y a quien, a la vez, se le prohíbe el encierro. Así, he podido volver no sin melancolía a aquella época milagrosamente atravesada, en la que éramos inconscientes de la pureza de nuestros sentimientos, época a la que conviene regresar cuando la rigidez del adulto empieza a mermar en nosotros la capacidad de asombro.

Adriana Hoyos: La torre sumergida

El pasado jueves 10 de diciembre se presentó en el el Centro de Arte Moderno de Madrid, el libro de poemas de mi amiga Adriana Hoyos, que ve la luz en la colección "Biblioteca íntima" del sello March editor de Barcelona.

Conozco a Adriana Hoyos desde hace veinte años. La conocí en Bogotá cuando ella agitaba el ambiente que la rodeaba, el de universidad Javeriana donde cursaba la carrera de Literatura, una institución regentada por curas jesuitas, pero animada por algunos intelectuales contestatarios, invitados a dar cursos, para que el alumnado se olvidara por un momento del espíritu confesional que regía el claustro. A través de esas fisuras, por suerte, el arte y la poesía tocaban los corazones de algunas criaturas inquietas.

Adriana no sólo era una estudiante inquieta, sino además alguien muy singular por su historia familiar, ya que viene de una familia de músicos, de niños violinistas que sorprendían al auditorio por su precocidad; y pese a su juventud, en aquel tiempo, llevaba dentro de sí, acaso, más mundo y experiencias que el resto de sus colegas.

Primero se había educado en Barcelona, en lo que podría decirse un colegio “pijo” y en un ambiente catalanista; segundo, tenía la cabeza llena de paisajes, de ciudades lejanas, de lugares tan dispersos que intenta retener en los “ires” y “venires” de su azarosa vida familiar, de antepasados viajando por selvas tropicales y ciudades coloniales, en busca de tesoros. A esto se sumaba un horizonte de lecturas y de inquietudes que incluía a poetas como Pound o Eliot, de modo que Bogotá por aquel entonces, finales de los ochenta, a pesar de su ritmo vertiginoso, se le haría pequeña. Por eso buscaba en sus calles, en sus secretos rincones, en las personas, una luz, una guía, mientras ensayaba las notas de este poemario que empezó a escribir hace veinte años. De ahí que percibamos en este libro su lento proceso de fermentación: “escribo para retenerme/ Para que la vida no huya/ En un afán irremediable/ En un intento fallido”, dirá en estos versos que nos llegan como una declaración de intenciones, como el punto de partida tras una larga meditación.

El viaje, la fuga, la búsqueda que te condena a ser de aquí y de allá, el abismo que se abre entre dos orillas, marca la vida de la autora como la de quienes al igual que ella estamos condenadas a ser de allá y de aquí y a veces a no ser de ninguna parte. Ese estar en un lugar donde no se puede ser, y a la vez, ser de un lugar donde no se puede estar, tan inquietante, tensa su poética, una poética de los lugares, pero también de las rupturas y de abismos que se intenta salvar.

Adriana Hoyos, acaso sin saberlo, en su infancia descubre la poesía a través de la música, o al menos llega a ella, siguiendo el ritual de quien rozando las templadas cuerdas de un violín suelta las notas que lleva dentro. Buscaba fuera lo que llevaba dentro, en cada, gesto, en cada acto de rebeldía: “Sonido fragmentado de los sueños/Violín enfermizo de nuestra infancia”

En su travesía tuvo que rebelarse contra el destino que otros decidieron para ella. Es decir, se vio condenada a ir contracorriente, lo que siempre dificulta el avance. Sin embargo, esa corriente arrastraba la sustancia poética, como los restos de todos los naufragios que rescatamos del fondo, esa torre sumergida que apunta a lo alto. Ella pudo haber sido otra, y pudo haber vivido allá y no aquí, porque ese destino programado la perseguía en Bogotá o en Sabadell, o mejor intentaba arrebatarle los sueños: “Ser fotógrafos o poetas queríamos / O morir al cielo sereno de Madagascar”.

Y es que aunque huyamos de los mandatos y las sentencias, acabaremos consumando, tarde o temprano, nuestro destino –los extremos se tocan-, entre las máscaras del miedo y del deseo. La vida, entonces, nos parece un maravilloso y matemático entrecruzamiento de destinos: lo que los demás deciden que seas, lo que no quieres ser, lo quisieras ser. De ahí la pregunta: “¿Quién eres tú transeúnte de todas las orillas? /Incapaz de asumir el desarraigo/ Ajeno a lo que más deseas/ Perseguido por el tiempo”.

Las líneas continuas y discontinuas se encuentran en un momento de nuestra vida, atrás queda no la música, sino su destino de intérprete, atrás el ojo que se observa y delante la cámara que detiene los instantes. En este poemario, pues, se juntan tres destinos, el de la niña violinista, el de quien observa clínicamente el ojo y el de la artista. La síntesis de esas vidas soñadas y deseadas es La torre sumergida, con las cinco piezas que la conforman, con la sobriedad de sus versos, con los largos silencios que guarda el poema que se hace y deshace cual “Los dibujos del aire” y que nos dice: “Aprender serenamente los dibujos del aire/Las imágenes rescatadas del sueño/los dictados secretos de la música/el vuelo del pájaro".

Los congresos académicos

Hola, a quienes me han preguntado por este encuentro, bajo el lema Sguardi dai/sui Sud: Meridione, Mediterraneo e Sud Globale, decirles que confirma mi percepción respecto a lo mucho que nos falta por equiparar la capacidad de conceptualizar con nuestras actitudes. Quiero decir que, por un lado, están las ideas que nos formamos y por otro, nuestro comportamiento. Este congreso afianza mi idea de que más importante que el currículum académico y la categoría profesional, es la persona, su manera de acoger al otro, su apertura y amplitud de miras. Esta introducción para explicar que el tema sobre el "Sur" como concepto en la actual sociedad, y como imaginario, como invención del "Norte" para descalificar a esa otra parte del mundo que considera "inferior", se expuso con juiciosa argumentación. Mención especial para Roberto Dainotto, profesor en Duke University; Serena Guarracino de la Universidad de Nápoles y Mercedes Arriaga, de la Universidad de Sevilla. El primero se refirió a Montesquieu y sus estereotipos sobre el sur, entre otras cosas, a partir de sus impresiones de su viaje a Italia; la segunda se refirió a la figura del castrado en la Londres de principios de siglo, que sirve a la prensa y a la crítica artística para desvalorizar la cultura del sur; y la tercera, en su línea de trabajo sobre la escritura de mujeres se refirió a dos autoras italianas. Con Mercedes compartimos mesa e impresiones, ya que fue muy llamativo el comportamiento de la moderadora, una profesora de nombre Federica que brutalmente nos confinó al sur del sur. Como mujeres, nos despojó del derecho a exponer con tranquilidad nuestra comunicación. Me explico, la mesa estaba compuesta por tres mujeres, nosotras dos y ella, y un hombre. La moderadora, cómo no, dejó que el señor se extiendiese casi una hora cuando el límite eran 20 minutos. En cambio, a nosotras nos cortó antes de los 20 minutos, además de interrumpirnos permanentemente. Primero porque no sabía quién era yo, y tuve que escribirle mi breve currículum, no sé para qué si no nos presentó a ninguna de las dos; segundo porque le molestó que yo expusiera en lengua española, pese a que estábamos en un contexto multilíngue en el que se me explicó que podía exponer en español. Aún así, la experiencia de hablar de Vargas Vila en Italia, país en el que vivió y le inspiró muchas novelas, fue muy grato, ya que en la cena, pudimos conversar de manera distendida con colegas de otras universidades de Italia, de Túnez, Grecia y del Departamento de Lingüística y Lenguas Modernas que organizó el encuentro, como la propia directora, Maria Pagliara que tampoco daba crédito al comportamiento de su colega. En resumen, que hay un Sur del Sur y que nos queda mucho por aprender. Para terminar, sin que parezca una frivolidad, insistir en que lo mejor de los encuentros es lo que ocurre fuera de los recintos académicos, al calor de una charla distendida donde cada quien deja ver lo que es en la forma de darse a los otros y en su capacidad de escuchar.

Congreso en Italia

Los días 26, 27 y 28 de noviembre estaré en Bari, asistiendo a un congreso organizado por la Universidad de Bari. Presentaré una comunicación en torno a José María Vargas Vila. Quien quiera consultar el programa, puede hacerlo a través del portal del hispanismo http://hispanismo.cervantes.es.

martes, 11 de mayo de 2010

Bienvenida

Un saludo muy especial a quienes como yo giran alrededor de la escritura y la lectura entendedida también como interpretación de los signos del arte y de las señales que nos rodean. Periódicamente pondré críticas de libros y de películas que espero compartir, para abrir con ello un diálogo, a la manera de una charla informal entre amigos.