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domingo, 28 de octubre de 2018

Escritoras y escrituras III. Rosa Lencero, La paz del lobo



La narrativa en torno a la Guerra Civil Española escrita por mujeres encierra un valor añadido, el del punto de vista que profundiza en el papel de las mujeres y ofrece otra cara de ese periodo que contempla tanto la ilusión como el desencanto colectivos. Tradicionalmente relegadas al ámbito doméstico, las mujeres españolas de los años treinta, formadas en los valores republicanos, fueron conquistando parcelas de libertad. La República les ofreció educación y oportunidades desarrollar su talento. Al peligrar estos logros con el golpe de Estado, muchas de esas mujeres decidieron defender la causa. Durante la contienda salieron a luchar, ya en la retaguardia, ya incluso en el frente y armadas, donde combatieron al lado de los hombres.
En las últimas décadas, la literatura española ha dado cuenta de este hecho en narraciones como Historia de una maestra (1990), de Josefina Aldecoa, quien se centra en la experiencia de una joven maestra. Esta obra evidencia el nuevo rol para la mujer, momentos previos al estallido de la guerra: independiente económicamente, con criterio propio y autoridad para educar a los otros. Asimismo, tenemos el testimonio de la valiente miliciana Hortensia y sus compañeras, las trece rosas condenadas a muerte, en La voz dormida (2002), de Dulce Chacón. En la cárcel, esta mujer, que espera la muerte, teje y escribe mientras aguarda el nacimiento del hijo que le arrebatarán los verdugos. También se nos ofrece la historia de dos familias procedentes de bandos antagónicos destinadas a encontrarse en Corazón helado (2007), de Almudena Grandes. La obra maneja una abrumadora cantidad de personajes y de temporalidades conectando el pasado y el presente. Destacan en ella mujeres poderosas, de férrea voluntad, como aquella que, vestida de negro, deja flores durante años ante la pared donde fueron fusilados los suyos.

De esa constelación de novelas forma parte La paz del lobo (2006), de Rosa Lencero, que nos sumerge en una España rural cargada de añoranzas: “no existe quien no recuerda”, nos dice la mujer que sirve de conciencia al relato. El punto de referencia de la historia es la Guerra Civil y su impacto en la memoria de una pequeña comunidad extremeña que aún añora las promesas de la República. Una chaqueta herida por la metralla y un cartel arrugado de las Milicias de la Cultura, constituyen los recuerdos de la abuela Jacinta Triguero. Rita, su hija, alumna de la Escuela Normal de Maestras de Madrid, que había enseñado a leer a los soldados de las trincheras, educa a Anselmo, convencida de que “la cultura hará un día libres a todos los hombres”, mientras en secreto le lee versos de Miguel Hernández. Muy reveladora es su respuesta cuando, años más tarde, se le pregunta si no se ha planteado volver a enseñar, algo que ella no ve posible en el nuevo régimen: “Nosotras las mujeres, todas, hemos perdido la guerra. No creo que unas y otras seamos distintas. ¿Qué diferencia hay? Ricas y pobres a ambos lados. En medio el dinero y lo que se puede comprar con él”.
La historia en esta entrañable novela es un murmullo de voces que viajan de boca en boca tejiendo y destejiendo el pasado familiar y que la autora conecta con la tradición literaria rindiendo un homenaje a Cervantes y a las voces poéticas más comprometidas en las primeras décadas del siglo XX. Entre todos, parientes, amigos y vecinos, evocan con nostalgia un pasado detenido en un momento que marca un antes y un después. Con bodas, bautizos y funerales se mezclan grandes acontecimientos: guerras, levantamientos, ejecuciones, la Reforma Agraria del treinta y seis, la tenaz lucha por la vida, los orígenes familiares, la conexión con América Latina y la relación con la frontera portuguesa. Pero aquí también los bandos contrarios están destinados a encontrarse y a sellar las heridas con el olvido, aunque a Rita, de férreas convicciones, a quien los fogonazos del pasado le nublan la mirada, solo le quedará el consuelo de la poesía, los versos de Miguel Hernández y los de Pablo Neruda.



miércoles, 24 de octubre de 2018

Escritoras y escrituras II. Teresa Ruiz Rosas, Nada que declarar


La literatura peruana actual escrita por mujeres destaca por su audacia y libertad formal a la hora de dinamitar las estéticas hegemónicas, ya no impuestas por una visión androcéntrica, sino enquistadas al interior de la conciencia femenina. El Comando Plath, sin duda en homenaje a Silvia Plath, se propuso revisar el canon en su país y ofrecer otra alternativa de voces femeninas que atraviesa fronteras geográficas, pues llega a conectar el Cuzco con Nueva York; así como fronteras mentales y de género: desde la poesía y la prosa hasta la autoficción, que se cuela por las redes sociales para compartir experiencias y formas de vida alternativas que rompen con los conceptos burgueses respecto a la familia y las relaciones sexuales, pensemos, por ejemplo en Gabriela Wiener.


Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) quien reside en Colonia después de haber vivido en ciudades como Barcelona o Budapest, no está en medio de este huracán, pero ha llegado paso a paso a consolidar una escritura firme que se sostiene en una conciencia del idioma, que quizás ha cultivado como traductora del alemán, y con un dominio de los recursos narrativos al servicio de una prosa ágil, sinuosa, a veces laberíntica, de inesperadas asociaciones intertextuales. Nada que declarar. El libro de Diana (2015), su última novela, escrita con el descarnado humor que la caracteriza, nos lleva de Lima a Düsseldorf en una travesía que podría ser tópica, la de la joven humilde que aspira a casarse con un extranjero, que espera la rescate de la miseria y le permita saltar la barrera de obstáculos sociales impuestos por en su país, y así poder ayudar a su familia. Con esta ilusión viaja Diana a Alemania para acabar en una sofisticada red de prostitución: “Porque lo amaba le había creído que su viaje significaba la gran alternativa para su familia, para zafarse con eficacia de la plaga de la miseria”. El testimonio de su experiencia nos llega a través de Silvia, quien parece hablar para sí misma, más que para los lectores, pues al transmitirnos el testimonio de Diana cuestiona no solo la vida propia, sino la cultura encorsetada a la que pertenece, la sociedad peruana estratificada, racista, despiadada con los más humildes,  y cargada de prejuicios.


En La mujer cambiada (Lima, 2008) Ruiz Rosas ya nos había sumergido en los años más oscuros del terrorismo senderista en el Perú, para mediante la metáfora de la mujer transformada en otra por obra de la cirugía estética, poner en evidencia la realidad de su país durante el conflicto armado vivido en los ochenta y los noventa del pasado siglo. En Nada que declarar. El libro de Diana, en cambio, Ruiz Rosas nos hace recorrer pasadizos sórdidos de una Lima oculta, nos lleva por los pasillos de organismos internacionales, para mostrarnos la indiferencia ante el dolor ajeno, pues ya no es solo la farsa y la impostura de una sociedad tercermundista, en proceso de deterioro lo que lacera, sino la cara más cruel de la emigración, el tráfico de personas, el comercio sexual y la corrupción de organismos financiados por las potencias europeas. Pero Diana Postigo, llamada Diosa de las Tinieblas, la colegiala peruana, que al otro lado se convierte en prostituta de ventana, cocina su venganza a fuego lento. 

Y es que en esta vertiginosa travesía de no más de cuatro años, la autora nos ha hecho vivir el infierno, antes de que la mujer engañada, la víctima, recupere su identidad, lo que le imprime mayor fuerza a este relato basado también en la solidaridad entre las mujeres y en el poder de la escritura para transformar la realidad. Por todo ello Teresa Ruiz Rosas se consolida como una de las voces más potentes de esa diáspora latinoamericana que se afianza transpasando fronteras.

lunes, 22 de octubre de 2018

Escritoras, escrituras I: Carme Riera, Vengaré tu muerte

Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) es una de las escritoras más destacadas en el contexto de la literatura tanto en catalán como en español. Traducida a más de doce idiomas, es una figura pública que ha sabido compaginar la escritura con la cátedra de Literatura Española, además de otros cargos. Galardonada con el Premio Nacional de las Letras en 2015, es miembro  de la Real Academia Española y presidenta de CEDRO, la entidad que gestiona los derechos de autor en España. Con una larga trayectoria literaria que abarca trece novelas, a las que se suman otros tantos títulos en distintos géneros Vengaré tu muerte es un thriller en el que la autora juega con las posibilidades del género para introducirnos por los laberintos de la corrupción en la Cataluña de la primera década del siglo XXI.

Si bien Riera ya nos había instalado en un campus universitario, en Naturaleza casi muerta (2012), con cuatro crímenes por dilucidar, en esta última novela se intenta demostrar que la justicia ha errado al condenar a dos personas por un delito que no cometieron. El caso es la  desaparición de un empresario catalán, para lo que la autora elige el punto de vista una mujer que ha trabajado como detective y que decide escribir un libro para conjurar su culpabilidad por haber enviado equivocadamente a la cárcel a dos inocentes -no tan inocentes de otras faltas, por cierto-.

La novela nos instala en una Cataluña marcada por la corrupción y sus secuelas, la fuga de capitales más allá de sus fronteras “vía maletín” a donde se envía el dinero negro de las operaciones comerciales clandestinas que arrastran a muchos empresarios. La narradora acota el campo donde se producen estas operaciones fraudulentas: “[…] esas cuarenta familias emparentadas de las que hablaría el estafador Millet que, por entonces, ya había desviado fondos del Palau de la Música hacia otros bolsillos y, por descontado, a los propios, optaban por esquiar en Andorra”.  

La trama se complica, dado que la persona que denuncia la desaparición del marido, el empresario Robert Solivellas, la propia esposa, dificulta el esclarecimiento de los hechos con medias verdades y mentiras. La primera advertencia que recibe Elena Martínez, nuestra detective, es la muerte de perro Jimmy al que encuentra ahorcado colgado del ventilador encima de su cama. La señal que la lleva tras la pista de la trama corrupta son unos cedés con imágenes de orfelinatos chinos, junto con el robo de unos caganer, que conectan con Bogotá, la capital colombiana.

Entre pedófilos, ockupas, parricidas,  narcotraficantes y sicarios se abre camino esta detective desconcertada por los pronósticos de su amiga vidente que parece dar en el clavo con la interpretación de las pistas. El humor y la ironía, sin lugar a dudas, convierten esta narración en una parodia del género que se cuestiona desde el punto de vista femenino, hasta las fronteras de la lengua, las tradiciones, pasando por los principios morales, para ir al fondo de la condición humana, el miedo, el egoísmo, la ambición desmedida, la ruptura de los afectos familiares, la crisis de una sociedad que sacrifica los más preciados valores.

Además, la fusión entre narradora y protagonista permite no sólo cuestionar el género, sino criticar con distanciamiento y objetiva crudeza un sistema corrupto hasta la raíces. Inevitable recordar a la célebre Alicia Jiménez Bartlett a quien, sin duda, Carme Riera rinde un homenaje cuando su personaje Elena se propone vengar la muerte de su perro Jimmy, lo que no puede hacer Petra Delicado, en Día de perros,  con Pompeyo animal feroz que debe ser ejecutado sin piedad.                                                                                     
Finalmente, se deja a salvo en esta intriga el valor de la justicia, y la literatura, para tranquilizar la conciencia y así poder realizar el deseo de una vida sencilla y apacible, como añora la detective Elena Martínez Castiñeiras.