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domingo, 13 de mayo de 2018

Nuestro mayo del 68


Teníamos entre diez y doce años en mayo del 68. A esa edad, las niñas de mi ciudad no podíamos salir a la calle donde corríamos peligro. En las calles del centro de Bogotá, sólo se veía a los gamines que surgían de debajo de los puentes como muestra del abandono de la infancia en un país que carecía de mecanismos para protegerlos. Ejemplos aleccionadores pretendían disuadirnos de semejante desobediencia: la prima que se perdió y apareció llorando en una esquina porque no encontraba el camino de regreso, o el hombre del costal que se robaba a los niños para hacer salchichón con ellos. Más de uno juraba haber encontrado tres deditos en un trozo de salchichón. Éramos niñas y debíamos obedecer a los mayores que nos sujetaban al espacio cerrado de la familia. Tan sólo explorábamos una parte mínima del barrio en donde acabábamos de instalarnos: un lote abandonado al frente, el jardín de la vecina con quien  a veces se nos permitía ir a jugar, como algo excepcional, pues sólo íbamos a la tienda más cercana a comprar la leche y el pan y, a veces, cuando nos daban unas monedas, un herpo, unos chicles o una chocolatina Jet.

Por entonces, el mundo al vuelo entraba por la ventana del televisor y así supimos que los Beatles del Reino Unido iban en un Submarino amarillo, niña, ‘yellow’ es amarillo en inglés, anglicismos que se incorporaban al léxico cotidiano: cream, brother, man…  Las niñas de nuestra edad queríamos seguir la nueva ola y rogábamos para que nos dejaran la melena larga. Ante el espejo sacudíamos el cabello alborotado al ritmo de rock and roll. Llevábamos medias ye-ye y botas go-go. ¿Cómo no salir aunque fuera al antejardín para lucirse? La amiga iba con vestido ye-ye de tela de  fondo oscuro con florecitas de colores y cuello de peto blanco, arriba de la rodilla, para que se vieran las botas negras.  Qué vicio, la televisión, apaguen ese aparato, a la cama con la familia Telerín. En la televisión pasaban tantas cosas, como el Club del Clan donde debutaban cantantes de rock y a veces alguien se lanzaba con baladas de protesta.
En la calle sucedían cosas que no se reflejaban en la caja mágica de la televisión en blanco y negro. “Lástima que la televisión no sea a color”, decía la señora Gloria Valencia cuando presentaba “Naturalia”, nada que ver con “Animal planet”. La prensa recogía lo más llamativo de los cambios que se estaban operando en la sociedad y que algunos intelectuales traían de París donde, aunque fuese de lejos, o a través de la prensa, presenciaron lo que fue ese mayo del 68 francés, cuando la juventud pedía a gritos un cambio, en la educación, en la política, en la vida cotidiana. Por otro, lado, en los Estados Unidos, la desobediencia civil crecía con las comunas de hippies que se desplazaban de la costa Este al Oeste, hasta la mítica ciudad de San Francisco, poniendo en peligro la sociedad de consumo y la maquinaria bélica con la protesta contra la guerra de Vietnam. "If you're going to San Francisco / Be sure to wear some flowers in your hair / If you're going to San Francisco / You're gonna meet some gentle people there", con la inolvidable voz de Scott McKenzie, una promesa para los sententa que nos esperaban, tortuosa adolescencia que enfrentaba el pasado y el presente irreconciliables.

Las noticias sobre el comportamiento de la juventud colombiana eran alarmantes en mayo del 68. Los estudiantes de la Universidad Nacional hacían manifestaciones de protesta y el presidente, el señor Lleras Restrepo, mandaba la caballería a sofocar la rebelión. Los rebeldes cantaban la canción de Pablus Gallinazo la “Mula revolucionara”, que trae la revolución… La calle Sesenta en el barrio de Chapinero se llenaba de hippies y los vecinos horrorizados veían desfilar a melenudos, a parejas que de espaldas no se distinguían, gentes que hablaban de amor y paz y protestaban contra la guerra, que también querían vivir en comunas sin la carga de un trabajo alienado que esclavizaba a los individuos a jornadas de ocho horas para beneficio del capitalismo, ay, vida cotidiana y alienación. ¿Qué se hicieron las fábricas, los obreros, los hippies, los alternativos, como Summerhill, con su escuela de la libertad, que fue de tanta liberación como trajeron? Discursos con los que crecimos, mientras los poderes facticos nos atravesaban hasta la médula de los huesos reduciendo a cenizas aquel tiempo de la juventud que buscaba con el famoso Pablus Gallinazo una flor para mascar.

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