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domingo, 25 de febrero de 2018

José Enrique García: historia y ficción en Una vez un hombre

Cuando la historia de un país existe solo en documentos dispersos e incompletos, en vagas tradiciones que deben ser comparadas y evaluadas, el método narrativo es obligatorio. 
 Andrés Bello

 La narrativa dominicana, desde sus orígenes, avanza con el proceso de formación de la nación, y coincide con el Romanticismo europeo. Enfrentada primero a Haití, amenazada por España, Francia e Inglaterra, y ocupada en 1916 por los Estados Unidos, la República Dominicana se había fundado en 1844. La turbulenta y apasionante historia del país se impone sobre sus narradores instaurando un género designado como Ficción Montonera, al decir del crítico Bruno Rosario Candelier, quien en el ensayo Ficción montonera. Las novelas de las revoluciones encuentra en Enriquillo (1882), de Manuel de Jesús Galván: “un fotograma socio-cultural y epocal de la sociedad fundada por los españoles en los albores del siglo XVI”. Tres son los vicios que, a juicio de Candelier, constituyen el caldo de cultivo de la violencia convertida en la única forma posible de relación en su país: dominio patriarcal esclavista, discriminación social y racial e imposición de una cultura patriarcal, patrimonial y esclavista.

 Tras la independencia, los narradores del siglo XIX en Latinoamérica revisan su historia, van, en muchos casos, a las fuentes documentales para dar cuenta de los orígenes de la nación y de la cultura en la que inscriben. Pensemos en El Periquillo Sarniento (1816), del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi, quien presenta los vicios de la sociedad colonial entregada al juego, el hurto y la impostura, o en Yngemina o la hija de Calamar (1844), del colombiano Juan José Nieto, que narra los amores de una princesa indígena con el hermano del conquistador Pedro de Heredia. La independencia da paso también a las luchas por el poder, que consumen las fuerzas de quienes tendrían que haberse dedicado a construir la nación.

Como sugiere José Alcántara Almanzar, en su Antología de la literatura dominicana, al referirse a los autores del siglo XIX, éstos ponen el énfasis en las narraciones históricas y muchos se valieron de documentos y archivos para estructurar sus obras, sobre todo, para comprender y explicar el fracaso de las utopías que proclamaban las revoluciones burguesas. Ejemplos notables tenemos en Guanuma de Federico García Godoy, La Mañosa de Juan Bosch y El terrateniente, de Manuel A. Amiama, novelas que Candelier aborda en el ensayo mencionado.

En esta tradición se inscribe el narrador y poeta dominicano José Enrique García (1948), quien indaga en el pasado caudillista en su novela Una vez un hombre (2001), donde nos instala en los finales del siglo XIX, en el periodo de mayor turbulencia en su país. La República Dominicana fue anexionada de nuevo a la metrópoli española en 1861, lo que dio lugar a una tenaz resistencia, hasta la restauración de la república. Esta defensa desató de caos por la división de los distintos bandos, guerra de guerrillas en la que se impusieron los caudillos, hasta la invasión norteamericana y la posterior dictadura de Leonidas Trujillo, que parte en dos la historia del país.

 Autor de siete libros de poesía, galardonado con el Premio Siboney 1980 por El Fabulador, García ha publicado también los relatos Contando lo que pasa (1993). Una vez un hombre da cuenta de los hechos que precedieron a la dictadura trujillista. Parte de los relatos vivos en la tradición y da voz a los que participaron en las contiendas, para componer, recurriendo a veces a la parodia, la atmósfera de un periodo sangriento. El protagonista es un caudillo que crece a la sombra de dictadores, como Ulises Hilarion Heureaux, que fue presidente del país en tres ocasiones, entre 1882 y 1899 cuando fue asesinado. Se trata de una novela coral con predominio de las voces y los testimonios de distintas mujeres relacionadas con el protagonista, el caudillo Victoriano de los Ángeles Vázquez y Gimenes, apodado El Prieto. La imagen del caudillo arquetípico del ethos latinoamericano emerge de este discurso donde más que amoríos y desengaños se refieren secretas pasiones. La novela va de la oralidad a la escritura. Empieza como el testimonio de Sebstiana que le confía al narrador aspectos de su relación con “El Prieto”. Como historiador-novelista, el narrador recurre no solo al testimonio.
También acude a los archivos de la Biblioteca Municipal donde encuentra un texto clave escrito por una mujer, junto con disposiciones oficiales e informes de los que emerge el personaje El Revejío, especie de amanuense. El resultado de estas investigaciones son jirones de textos que debe completar con la imaginación, ya que los documentos no dan cuenta de los detalles. La novela es, por tanto, una composición de distintas voces del pasado, ancladas en los momentos previos a la dictadura de Trujillo quien sometió a los “generales de monte” como Victoriano. El universo referido por José Enrique García está dominado por hombres que brutalmente se pelean entre, pero luchan y arriesgan la vida por la defensa de su territorio, cuando el país es invadido por los americanos.

Las mujeres en torno al caudillo ofrecen sus testimonios. Ellas son como la tierra ocupada, desde Jacinta a María Engracia, quien se presenta como “la mujer de todos”, igual que Sebastiana, que declara no saber quién es el padre de sus hijos, o Ceferina Chávez,  “mujer de muchos” hasta que Victoriano la “saca de la vida alegre”, o Eufrasia Socías adivina y depositaria de secretos que no puede revelar. No falta el testimonio de la esposa, Margarita Helú, consciente de las andanzas de Victoriano, que confiesa haber deseado ser una de sus amantes, ni el de Gisela López que participó en muchas contiendas como amante de Graciliano, uno de los hombres del caudillo.

Los sobrevivientes, como Catalino García, quien resume el fatum de su pueblopresentan otra cara de las luchas en las que los hombres acaban cubiertos de sangre; el saqueo de los poblados; la violencia como única forma de relación, a falta de un proyecto colectivo. Los rebeldes, afirma, se refugian en el monte donde: “cada quien jalaba para su banda, nunca para el país”. El Revejío, por su parte, se apodera del relato. En sus apuntes revive los hechos protagonizados por  hombres casi siempre desorientados y sonámbulos  pero que defienden la nación de la voracidad del extranjero: “Hombres que iban levantando hazañas que, ya reposadas en la memoria de sobrevivientes, y más aún impresas en folios dejados aquí y allá por escribas de prisa, la retomaría algún narrador de pulso e imprimiéndole vida a esas vidas que estaban destinadas a no tener nombres…” Es, en definitiva, el papel de lo escrito sobre la oralidad, elemento fundante de la cultura, y garantía de su continuidad, lo que afirma en este relato José Enrique García .

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