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domingo, 17 de junio de 2018

El desierto de los tártaros, Dino Buzzati



Hay libros que vienen a ocupar el espacio que tenían reservado sin que fuésemos conscientes de que tal lugar existía. Su lectura completa nuestro ser embriagándonos de una plenitud que solo dejan las obras maestras. Es lo que me ha ocurrido al terminar El desierto de los tártaros, novela del italiano Dino Buzzati (1906-1972), quien alcanzó fama con la publicación de su primera novela Bárnabo de las montañas (1933). Corresponsal, reportero de guerra, ilustrador, Buzzati fue un genial creador de atmósferas, dueño de una escritura y de un dominio de la palabra, que atrapa desde las primeras líneas.

Escrita en 1940, El desierto de los tártaros, considerada una obra maestra poética, lírica, misteriosa, y profundamente humana, dibuja una trayectoria que empieza con la salida de casa del protagonista en busca su destino y se cierra con el camino de regreso, al final de la vida. Desde el primer momento nos sentimos en el universo que pudiera ser de Kafka, sujetos a una poderosa inquietud. Todo parece regirse por la lógica de la costumbre. En un momento dado, nos adentramos en un bosque misterioso, en permanente sensación de espera, con la necesidad contenida de escalar las altas cimas que se avizoran, pero también con el temor ante el abismo y la nada.


El protagonista, el joven  oficial  Giovanni Drogo, vestido con el uniforme de teniente, se prepara para dirigirse a la Fortaleza Bastiani a donde ha sido destinado en misión militar. Es de madrugada y reina en la casa el silencio, solo se escuchan los rumores del cuarto de al lado, el de la madre, que se dispone a despedirlo. Es un día esperado por muchos años, pues marca “el principio de su verdadera vida” pero, extrañamente, al mirarse al espejo, no siente júbilo alguno, a pesar de que con su grado de oficial sabe que va a alcanzar una autonomía que no tenía. Nada le entusiasma en el umbral de la puerta que lo arroja del cómodo espacio del hogar hacia lo desconocido. Tampoco le consuela pensar que el suyo será el destino que muchos oficiales buscan para mejorar la vida. De repente, todo pierde sentido para él, se siente extraño, inseguro, desorientado en su habitación, invadido por un pensamiento que no puede precisar: “un vago presentimiento de hechos fatales, como si tuviera que emprender un viaje sin regreso”.

El viaje iniciático, como sabemos, es fundacional de la vida del individuo. Para Jung, el camino del héroe implica siempre una pérdida y, en este caso, significa abandonar la comodidad y el calor hogareños, la protección de los padres. Al dejar  todo aquello para adueñarnos de nuestro destino nos asalta la preocupación por el futuro incierto. El narrador insinúa, siempre insinúa, que Drogo es consciente de ello: “el tiempo mejor, la primera juventud, había terminado”. Además, el joven se prepara para ir a donde ninguno de sus conocidos ha estado. Sale a despedirlo un amigo que lo acompaña hasta más allá de las puertas de la ciudad. En esa frontera, Drogo vuelve los ojos sobre su terruño y piensa en lo que deja atrás: su habitación, su cama, las sábanas recogidas, las cosas que le pertenecen, el pequeño mundo de su niñez. ¿Cómo detener la fuga del tiempo? Es el presentimiento de que no hay retorno lo que encoge el alma, porque el viaje no es solo un desplazamiento en el tiempo, también es una búsqueda interior, el impulso renovador que ansía el ser humano en los años de formación.

La fortaleza es un lugar simbólico anclado en una frontera vigilada, pese a que la comarca vive un periodo de paz. Más allá de sus murallas se abre un inmenso desierto al que nadie se acerca, llamado el desierto de los tártaros, y, a lo lejos se divisan unas montañas cubiertas de neblina que impiden la nítida visión del horizonte. Obsesionados por lo que pueda ocurrir más allá de esa frontera, los centinelas, con la vista puesta en la bruma, se mantienen atentos al menor movimiento, a la más remota sombra, al más leve destello de luz. La vida para muchos de ellos se convierte en permanente espera y, a la vez, en recóndita resignación. Las relaciones entre el personal se rigen por la disciplina militar y aunque la cercanía permita confidencias, no hay forma de combatir la soledad que cada quien lleva dentro. Silencios cómplices, informaciones imprecisas, estrategias para retener al que desea marcharse, entran en el amargo balance del final, cuando se ha comprendido todo aquello que nos llenaba de inquietud y ya no se puede volver atrás para remediarlo.

El autor ha construido en esta narración un mundo suficientemente familiar y extraño, a la vez. Sin referente histórico, nada sabemos de la época a la que se refiere, ni al contexto al que pertenece. Hay un rey que parece estar informado de lo que ocurre en esa parte de sus dominios y hay nombres y apellidos de los oficiales  como Ortiz, Angustina, Lagorio o Simeoni que no se ciñen únicamente al contexto italiano donde intentamos circuscribirlos. Si quisiéramos determinar los antecedentes del relato, podríamos pensar en algunos hechos de la vida del autor, quien fue enviado especial a Addis Abeba, como corresponsal de guerra, en 1939, por el Corriere della Sera. Más allá de las experiencias que pudieran inspirar su relato, Buzzati presenta una metáfora de la vida determinada por la espera de un hecho que no se cumple, y en este caso,  la llegada de un enemigo que nunca ocurrirá. La vida como trágica postergación de los deseos se resume en este extraordinario relato. ¿Qué otro hecho sino la muerte puede ser lo más temido y deseado por el ser humano?

El desierto de los tártaros se llevó al cine en 1976 con un elenco estelar. Dirigida por Valerio Zurlini, con música de Ennio Morricone, actúan desde Vittorio Gassman, Jean Louis Trintignant, hasta Francisco Rabal y Fernando Rey.

domingo, 13 de mayo de 2018

Nuestro mayo del 68


Teníamos entre diez y doce años en mayo del 68. A esa edad, las niñas de mi ciudad no podíamos salir a la calle donde corríamos peligro. En las calles del centro de Bogotá, sólo se veía a los gamines que surgían de debajo de los puentes como muestra del abandono de la infancia en un país que carecía de mecanismos para protegerlos. Ejemplos aleccionadores pretendían disuadirnos de semejante desobediencia: la prima que se perdió y apareció llorando en una esquina porque no encontraba el camino de regreso, o el hombre del costal que se robaba a los niños para hacer salchichón con ellos. Más de uno juraba haber encontrado tres deditos en un trozo de salchichón. Éramos niñas y debíamos obedecer a los mayores que nos sujetaban al espacio cerrado de la familia. Tan sólo explorábamos una parte mínima del barrio en donde acabábamos de instalarnos: un lote abandonado al frente, el jardín de la vecina con quien  a veces se nos permitía ir a jugar, como algo excepcional, pues sólo íbamos a la tienda más cercana a comprar la leche y el pan y, a veces, cuando nos daban unas monedas, un herpo, unos chicles o una chocolatina Jet.

Por entonces, el mundo al vuelo entraba por la ventana del televisor y así supimos que los Beatles del Reino Unido iban en un Submarino amarillo, niña, ‘yellow’ es amarillo en inglés, anglicismos que se incorporaban al léxico cotidiano: cream, brother, man…  Las niñas de nuestra edad queríamos seguir la nueva ola y rogábamos para que nos dejaran la melena larga. Ante el espejo sacudíamos el cabello alborotado al ritmo de rock and roll. Llevábamos medias ye-ye y botas go-go. ¿Cómo no salir aunque fuera al antejardín para lucirse? La amiga iba con vestido ye-ye de tela de  fondo oscuro con florecitas de colores y cuello de peto blanco, arriba de la rodilla, para que se vieran las botas negras.  Qué vicio, la televisión, apaguen ese aparato, a la cama con la familia Telerín. En la televisión pasaban tantas cosas, como el Club del Clan donde debutaban cantantes de rock y a veces alguien se lanzaba con baladas de protesta.
En la calle sucedían cosas que no se reflejaban en la caja mágica de la televisión en blanco y negro. “Lástima que la televisión no sea a color”, decía la señora Gloria Valencia cuando presentaba “Naturalia”, nada que ver con “Animal planet”. La prensa recogía lo más llamativo de los cambios que se estaban operando en la sociedad y que algunos intelectuales traían de París donde, aunque fuese de lejos, o a través de la prensa, presenciaron lo que fue ese mayo del 68 francés, cuando la juventud pedía a gritos un cambio, en la educación, en la política, en la vida cotidiana. Por otro, lado, en los Estados Unidos, la desobediencia civil crecía con las comunas de hippies que se desplazaban de la costa Este al Oeste, hasta la mítica ciudad de San Francisco, poniendo en peligro la sociedad de consumo y la maquinaria bélica con la protesta contra la guerra de Vietnam. "If you're going to San Francisco / Be sure to wear some flowers in your hair / If you're going to San Francisco / You're gonna meet some gentle people there", con la inolvidable voz de Scott McKenzie, una promesa para los sententa que nos esperaban, tortuosa adolescencia que enfrentaba el pasado y el presente irreconciliables.

Las noticias sobre el comportamiento de la juventud colombiana eran alarmantes en mayo del 68. Los estudiantes de la Universidad Nacional hacían manifestaciones de protesta y el presidente, el señor Lleras Restrepo, mandaba la caballería a sofocar la rebelión. Los rebeldes cantaban la canción de Pablus Gallinazo la “Mula revolucionara”, que trae la revolución… La calle Sesenta en el barrio de Chapinero se llenaba de hippies y los vecinos horrorizados veían desfilar a melenudos, a parejas que de espaldas no se distinguían, gentes que hablaban de amor y paz y protestaban contra la guerra, que también querían vivir en comunas sin la carga de un trabajo alienado que esclavizaba a los individuos a jornadas de ocho horas para beneficio del capitalismo, ay, vida cotidiana y alienación. ¿Qué se hicieron las fábricas, los obreros, los hippies, los alternativos, como Summerhill, con su escuela de la libertad, que fue de tanta liberación como trajeron? Discursos con los que crecimos, mientras los poderes facticos nos atravesaban hasta la médula de los huesos reduciendo a cenizas aquel tiempo de la juventud que buscaba con el famoso Pablus Gallinazo una flor para mascar.

viernes, 16 de marzo de 2018

Queda la palabra Yo. Poetas colombianas ante el presente



Este volumen rinde un homenaje a la poeta colombiana María Mercedes Carranza, quien nos dejó en 2003. Y es que el título ─Queda la palabra Yo─ es inicio de un verso que pertenece a un poema que comentaré más adelante. 
La palabra de las mujeres en la tradición literaria colombiana ha tenido que romper la hegemonía patriarcal que hasta ahora, en todas las literaturas, fija el canon. Los argumentos, históricamente excluyentes, de la crítica oficial se apoyaban en una presunta calidad, en la idea de que las diferenciaciones de género son banales. Y lo son, según se miren, pero es también una trampa argumentar la escasa valía de la poesía escrita por mujeres para excluirlas. 

Las poetas colombianas son escasamente conocidas en los circuitos internacionales debido a la falta de una estrategia crítica que las acoja. En España, Carmen Conde publicó en 1947 un importante libro de poesía claramente feminista, Mujer sin edén. Ella emprendió la tarea de difusión de la poesía hispanoamericana escrita por mujeres en una antología muy conocida, Once grandes poetisas americohispanas (publicada en 1967), que completaba su anterior antología, de 1955, Poesía femenina española viviente. En el libro de 1967, se ocupaba de autoras canónicas del medio siglo, como Delimira Agustini, Gabriela Mistral, Julia de Burgos, Fina García Marruz e Ida Vitale. Pero en su amplio prólogo también daba a conocer un número importante de poetas mexicanas, cubanas, uruguayas, chilenas, argentinas, algunas de ellas muy jóvenes, como la panameña Berta Alicia Peralta.
Sin embargo, en tan importante rescate de voces femeninas, se echa de menos la presencia de colombianas. Lastimosamente, Carmen Conde no tuvo noticia de Meira del Mar, de Matilde Espinosa, de Emilia Ayarza, ni de Maruja Vieira, esta última todavía entre nosotros. No era totalmente  responsabilidad suya que la página de la literatura colombina permaneciera en blanco en esta antología, sino de nuestra propia crítica.

La urgente la tarea de impartir “justicia poética” se llevó a cabo cincuenta años después con Antología de la poesía colombiana  de 2006, encomendada por el Ministerio de Cultura al poeta Rogelio Echavarría, quien intenta reparar ese error histórico ofreciendo un balance de más de 30 nombres femeninos a lo largo de los siglos, entre unos 300 masculinos. Debe reconocerse lo mucho que contribuyeron al conocimiento de la escritura de mujeres las especialistas Ángela Robledo y Luz Mery Giraldo (también poeta ella), pioneras de los estudios de género en el país. Asimismo es importante el reciente rescate de voces femeninas de la antología de la poeta Guiomar Cuesta que reúne 153 poetas nacidas entre 1950 y 1989.
El volumen de Echavarría se inicia con la monja clarisa Francisca Josefa del Castillo y Guevara, quien escribiera a finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, bajo la influencia de Teresa Ávila. Pasa por Matilde Espinosa, cuya poética encierra el dolor contenido en la fría belleza del paisaje: “Algo brilla en la arena / algo tiembla en el agua / serán los ojos de los niños muertos / o la media luna perdida / en la madrugada.”

 Nos sorprende con Emilia Ayarza y su estremecedor poema: “A Cali ha llegado la muerte”, con el  que expresa el estupor ante la violencia partidista, que en los años cincuenta estremeció al país: “ No. / Nada pudo detener la muerte, / llegó a Cali navegando / y los corceles del océano Pacífico / la saludaron volcando sus belfos en la playa./ […] / Llegó sin pasaporte y cruzó la frontera / caminando sobre el miedo sus belfos en la playa.”

 La poeta más joven incluida por Echavarría es Gloria Posada, nacida en 1967, quien nos sitúa en el abismo de la muerte ante la amenaza de la guerra: “ Al grito de guerra ningún varón se quedará en la aldea…/ ¿Qué haremos las mujeres / con el amor / mientras los hombres / convocan la muerte?”

La antología que hoy presentamos, Queda la palabra Yo, preparada por las poetas españolas Verónica Aranda y Ana Martín Puigpelat es el resultado de su sorpresa en el conocido Encuentro Internacional de mujeres poetas de Cereté, donde descubrieron la riqueza de la poesía colombiana escrita por mujeres y la forma como la comunidad acogía su mensaje.
Vienen aquí 17 voces de autoras nacidas desde 1951, como Piedad Bonnett, que abre la antología, hasta los ochenta, como Irina Henríquez, nacida en 1988, con quien se cierra este libro.  
Puede decirse que ninguna de estas poetas es ajena a la dolorosa realidad del país, a sus cicatrices, “la forma que el tiempo encuentra  de que nunca olvidemos las heridas.”, como sugiere Piedad Bonnett. La guerra que ha desangrado nuestros campos y el terror que ha sembrado en los corazones emergen en versos como los de Patricia Iriarte Díaz-Granados: “ Yo solo respondo por mi vida / cercada de peligros de aquí y de allá / un malqueriente, una bala perdida, / un paso mal dado...”

El desarraigo y la pena de quienes fueron expulsados de su paraíso, los desplazados de todas las guerras, se ahoga en un yo aprisionado bajo el tú en la voz poética de Mery Yolanda Sánchez: “Ahora solo de lejos puedes mirar la propiedad de tu tierra”
El terror ante una amenaza se impone en la tensa y contenida poética de Yirama Castano: “Pero un día llegaron los falsos monjes / a pintar con aerosoles / agujeros negros en tu cielo.”
Lejos de pactar con la búsqueda del confort y del bienestar impuestos por el mercado y los medios, a la poesía, que suele ser arisca y desgarrada, según  María Zambrano, le corresponde gritar verdades inconvenientes.
Afirma Beatriz Vanegas Athías, en esta antología, que escribir le permite vengarse del cruel, del mediocre, del arribista y del tonto, incluso del que es feliz con su manifiesta tendencia a hacer el ridículo; en tanto que María Clemencia Sánchez escribe dentro de una tradición contra la que lucha, es decir, deja claro que la tensión se resuelve en el poema.
Demoledora resulta Camilia Charry a la hora de presentar la fría crueldad a la que se somete todo lo que vive y respira, la naturaleza humana impía que devora al otro.
Mordaz, cargada de ironía y sensualidad es la poética de Fátima Vélez, en su búsqueda de la materialidad de la escritura que orienta su mirada de entomóloga.
Eliana Díaz Muñoz, por su parte, tanteando una definición de la poesía nos dice que “A lo mejor sea aquello que, en su más honda insignificancia nos devuelva al blanco vacío de la existencia”. Se escribe para recordar que ya no somos las mismas tras caer en el abismo de la página, como sugiere Irina Henríquez.
De la herida al dolor, de la cicatriz al silencio, de la crueldad a la ironía, de la materialidad de la escritura al vacío… Son tantas las propuestas de este grupo de mujeres que no puedo detenerme en todas ellas.
Vienen de una tradición contra la que luchan y, dentro de esta tradición, se situó paradójicamente, también María Mercedes Carranza, cuyo poema incluido en la contraportada no puedo sino comentar. A ella le correspondió romper con la solemnidad y el arraigo en los cánones del clasicismo de cierta poesía colombiana.
El poema pretende asesinar las palabras “Amistad”, “Amor”, “Libertad”, “Igualdad”, “Esperanza”, “Civilización” y “Felicidad”. ¿Qué nos queda, pues, tras esta masacre? Únicamente “Queda la palabra Yo”.
Sorprende esa aparente insolidaridad de Mercedes Carranza. Recordemos, por ejemplo, a Antonio Machado, quien construía la solidaridad desde el propio yo: “Converso con el hombre que siempre va conmigo, / quien habla solo espera hablar a dios un día. / Mi soliloquio es plática con este buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía.”
Es el yo interior, que permite llegar al nosotros, a los demás. Machado no dijo “el secreto de la misantropía”, sino de la “filantropía”, el amor con todos, la solidaridad. Pero María Mercedes Carranza necesitaba romper con palabras que, en la historia colombiana, habían quedado vacías, carentes de significación. Para ella, “amistad”, “fraternidad”, “libertad”, igualdad”, “amor”, “Esperanza” no son sino carcasas vacías que, de tanto repetirse sin que marquen acciones reales, han perdido todo sentido. Buscaba recuperar las palabras en su significado pleno y quería conseguirlo desde el encuentro con el propio yo, un sujeto, el único sujeto, en el que verdaderamente podía confiar.
Por eso hay que construir una poética inclusiva, como por ejemplo, desde el oxímoron, que acoja lo opuesto, y hasta lo posiblemente absurdo, para mostrarnos otras caras de la realidad: del horror a la belleza, hasta la soledad sonora de san Juan de la Cruz y de Juan Ramón Jiménez.
En el momento presente de la historia de nuestro país, de nuevo es necesario recuperar el sentido pleno de las palabras. Conseguir que la palabra sea una acción y, por eso, la nueva voz de las poetas colombianas resulta hoy tan importante.

miércoles, 14 de marzo de 2018

De Michael Gold a Betty Smith, los pobres en la literatura

  
“Yo te confieso, para mí nada tan repugnante como esa bestia prolífica, que entre vapores de alcohol va engendrando hijos que hay que llevar al cementerio o que, si no, van a engrosar  los ejércitos del presidio o la prostitución”, le dice Iturrioz  a su sobrino Andrés, el joven estudiante de medicina en El árbol de la ciencia, de Baroja. Es el tratamiento que reciben los pobres en cierta literatura, realidad que abordaría  la novela naturalista francesa con curiosidad “científica”, en su afán de explicar los males sociales. Pensemos en Germinal (1885), narración sobre una huelga de mineros en el norte de Francia que muestra cómo el deseo de los pobres de cambiar las cosas se apaga ante las condiciones inhumanas en las que sobreviven.

Iturrioz, el personaje barojiano, es todavía más radical en su desprecio hacia los pobres (más que a la pobreza) cuando afirma: “Yo tengo verdadero odio a esa gente sin conciencia que llena de carne enferma y podrida la tierra”. Es un provocador escéptico que dinamitaría el orden social injusto, para él equiparable a la naturaleza salvaje en su “lucha por la vida”, interpretación que debe mucho al darwinismo social, de gran influencia entre la intelectualidad española, al margen de su ideología.

Los pobres siempre han servido de telón de fondo a la gran literatura burguesa que se ocupaba de su clase, ya fuera en la ciudad o en la provincia: sus rituales sociales, sus dilemas morales, sus aspiraciones de ascenso, sus temores, su decadencia y ruina. Los pobres en el siglo XIX aparecían como personal del servicio doméstico, como indigentes molestos, como delincuentes peligrosos, pero muy pocas veces como protagonistas de la ficción. ¿Qué podía extraerse para la literatura de aquella miseria? Nada hermoso ni bello, solo enfermedad, fealdad, suciedad y horror.

Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX surgen en Europa y en los Estados Unidos grandes relatos en medio de la miseria. Recientemente he leído dos joyas literarias cuya lectura me ha quitado el aliento y de los que extraería páginas perdurables: Judíos sin dinero (1930), de Michael Gold, y Un árbol crece en Brooklyn (1943), de Betty Smith. Los dos tienen en común ser relatos de la infancia de un escritor, en el primer caso, y de una escritora, en el segundo. Los dos autores son hijos de emigrantes europeos que crecen en unas condiciones de pobreza extrema. Ambos viven en familias que los cobijan con amor, despertando en ellos una inclinación hacia la belleza y una capacidad de vislumbrar otro mundo a través de la experiencia del arte y de la lectura. Los dos llegan a la escritura como una forma de conjurar pérdidas dolorosas, sacrificios y renuncias: la muerte del padre alcohólico, en el caso de Un árbol crece en Brooklyn, y la muerte de la hermana pequeña, arrollada por un carruaje en una nevada, mientras iba a recoger leña para calentar el hogar, en Judíos sin dinero.

Estas dos historias se sitúan en Nueva York, en el East Side y en el barrio de Brooklyn, respectivamente. Allí se acomodan los emigrantes que huyen de una Europa en crisis. Un deseo profundo de cambio empuja a estas gentes en la larga travesía en la que invierten sus ahorros. Se sabe que entre 1892 y 1954 desembarcaron en la Isla de Ellis cerca de 12 millones de pasajeros. Muchos llegaban cargados de ilusiones sin sospechar que serían devorados por la maquinaria del progreso. Tras probar suerte entre sus paisanos y parientes, acaban sin dinero, sin un empleo para proteger a los suyos. Con los años, quizás se encuentren más pobres de lo que eran cuando llegaron. La razón: un revés de la fortuna, una estafa o un paso equivocado. No hay lugar para el error en la jauría que tritura a los más débiles.

A estos emigrantes pobres solo les quedaba la voluntad, la fuerza de sus convicciones, la consistencia de la tradición propia y la capacidad de soñar. De los resortes interiores que sostienen la estructura del ser surge en algunos un deseo de belleza, más allá de las limitaciones del medio. Se trata de una ley física, de un impuso hacia adelante para salvar a la estirpe de la degradación y el olvido. Esto es lo que ponen en evidencia los dos relatos que comento y cuyos autores conocieron en la infancia las severas restricciones impuestas por la precariedad del medio.

Novelas de formación, en la primera, el narrador, alter ego del autor, nos instala en un hogar de emigrantes judíos. En la segunda, la autora centra la narración en una niña (ella misma) del barrio de Brooklyn, descendiente de irlandeses y campesinos austriacos. Conmueve el frágil equilibrio del hogar, la férrea voluntad de la madre que contiene lo que está en peligro de disolución. Ella es quien guía a los hijos en las duras pruebas del camino.

Los niños en este medio se hacen prematuramente adultos, como Mikel que aprende en la escuela de la vida y nos ofrece una cruda visión de su ciudad, en Judíos sin dinero: “Ni árboles, ni hierba, ni flores podían crecer en mi calle, pero la rosa de la sífilis florecía día y noche”. Entre chulos, prostitutas, pederastas, usureros, éste atraviesa el campo de fuego de la infancia hasta la edad de once años en que toma conciencia de sus deberes para con la familia. 

El Nueva York de la periferia, donde se hacinan los emigrantes, no es la pujante urbe que proyecta su mirada hacia la antorcha de la libertad, ni aquella que orgullosa  levanta faraónicas obras de arquitectura e ingeniería. Los niños descubren una selva “donde las fieras abundan, donde crecían hongos venenosos: invertidos, morfinómanos, secuestradores, incendiarios, bandidos”. La ciudad de Mikey, el judío de origen rumano, está delimitada por calles plagadas de criaturas harapientas, por vagabundos que se congregan en las puertas de las lecherías. Sin embargo, en su hogar recibe el rico legado del padre, el mágico poder de la palabra que domina este contador de historias que cautiva a los hijos. En la azotea, más cerca del cielo, les transmite las tradiciones de Rumanía, bajo la luz de la luna y las estrellas, con la voz grave y magnética de un maestro. El padre tiene, además, una reverente pasión por el teatro, que comparte con otros obreros manuales sin educación. Tal es la pasión, que solía ir hasta veinte veces a ver comedias de Schiller, Gorki o Tolstoi. De la madre, Mikey recibe el ejemplo de su dignidad ante el oprobio de ser objeto de la caridad de una institución benéfica.

Los niños dejan demasiado pronto la infancia, se encuentran con una morbosa carga de responsabilidades, como Mikey, que debe renunciar a sus estudios, a pesar de demostrar un precoz dominio del idioma y gran talento narrativo en sus composiciones. Pero, además, es en la adolescencia cuando adquiere una conciencia de clase que le mueve a la rebelión. La humillación de buscar un empleo es lo más sangrante para este personaje, que al final de relato afirma: “No puede haber libertad en el mundo mientras los hombres tengan que mendigar el trabajo”. Comprende que el único camino es la revolución y es así como Michael Gold cierra este relato: ¡Oh, Revolución que me enseñó a pensar, a luchar y a vivir”. Era inevitable, por tanto, que Gold también se hiciera eco de las reivindicaciones de los trabajadores para redimir a los suyos, como intelectual y como escritor. 

Michael Gold escribió piezas de teatro, sin duda por la pasión que le transmitiera el padre. Pero la fuerza de lo vivido, que late en su interior, los rigores de su infancia y la temprana conciencia del  implacable sistema, emerge en Judíos sin dinero, que llegó a ser un best seller en el momento de su publicación. El relato es una prueba de cuánta belleza puede atesorar la miseria, algo que no es ninguna novedad si pensamos en las penurias de Cervantes. Cuando una delegación de franceses que visitó España y preguntó por el ya admirado autor del Quijote, le explicaron que se trataba de un hidalgo pobre. Entonces, estos hicieron el más frívolo de los comentarios. Su conclusión fue que, si Cervantes había escrito una obra tan maravillosa en medio de la miseria, mejor sería que continuase pobre para gloria de las letras.

No debe sorprendernos, por tanto, que en medio de la pobreza florezcan delicados frutos que brotan del corazón, ese secreto jardín reservado para momentos luminosos. La infancia difícilmente renuncia a la felicidad, como tampoco olvida el legado de los mayores, una rica herencia que no tiene nada que ver con el dinero. Es todo aquello que se guarda en nuestro interior y que nadie puede arrebatarnos, el deseo de transformar la realidad dentro de nosotros, la posibilidad de dar vida en la ficción a todo aquello con lo que soñamos, como la familia de Francie en Un árbol crece en Brooklyn, que mata el hambre con la imaginación.

Betty Smith alcanzaría un éxito clamoroso con esta novela, que inspirara la primera película de Elia Kazan, en 1945, titulada Lazos humanos. La autora tenía cuarenta y siete años cuando se publicó. El relato nos instala en uno de los suburbios de Brooklyn en 1912, con Francie como protagonista, una niña entregada a la pasión por la lectura. Ella y su hermano deben llevar a casa el dinero obtenido de la venta al trapero de deshechos recogidos en las alcantarillas: paquetes de cigarrillos vacíos, envoltorios de chicles, papel plateado, etc. Pasan por este universo de miseria los distintos miembros de la familia, la abuela austriaca y la irlandesa, las tías y los tíos y los vecinos del barrio con sus distintas tradiciones. 


Capítulo aparte merece la biblioteca pública donde la niña de este relato acude con devoción y respeto. Su propósito es leer todos los libros del mundo, por orden alfabético. El padre, cantante y bohemio, entregado a la bebida para desgracia de los suyos, inspira hondos sentimientos de atracción y de pena; la madre diligente, metódica, ahorrativa, digna heredera de la tradición, multiplica sus esfuerzos para sacar adelante a sus dos hijos. La abuela austriaca analfabeta, que reverencia la lectura y los conocimientos, inspira las más bellas páginas de la novela cuando responde a la pregunta de la hija sobre lo que debe hacer para construir un mejor futuro para la niña recién nacida. ¿Cómo empezar? El secreto, le dice Rommely, “está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro, todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto”.  

De la lectura a la escritura, un paso inevitable cuando el impulso creador se agita. Francie anota en su diario todo tipo de impresiones y hemos de suponer por su carácter que sorteará las dificultades para consumar su destino de escritora. La novela se cierra con la salida del hogar de la protagonista en busca de ese futuro para el que se preparaba, mientras pasaba las tardes de verano ante la ventana devorando libros que la hacían soñar con otros mundos. Dice la abuela: “Debes contarle los cuentos de hadas de mi tierra. Hablarle de aquello que, sin ser de la tierra, perdura en el corazón de la gente: hadas, duendes, elfos y demás”.

Yo que fui una niña pobre sin conciencia de serlo, debo a mis padres la curiosidad y pasión por el conocimiento y la devoción por la belleza que perdura en la tradición literaria, porque mi madre nos enseñó a rezar con Amado Nervo: “Señor, Señor, tú antes, tú después, tú en la inmensa / hondura del vacío y en la hondura interior”. Sirva esta modesta reseña para agradecerle a mi madre la rica herencia que nos entregó, ahora que acaba de cumplir noventa años.

sábado, 3 de marzo de 2018

Sixparo de Milagros Salvador

Milagros Salvador es una poeta singular en el panorama de la escritura de mujeres en lengua española, por la manera que tiene de abordar los temas, como el amor y el erotismo, por su conciencia de género y su compromiso con las causas sociales, por su pasión por Madrid y la devoción hacia la escritura.

Su amor por las palabras convierte la escritura en un acto mágico del que emerge la profundidad del sentimiento, porque escribe bajo el sortilegio del abecedario que va desentrañando en cada título, en cada poema, en cada verso. Este libro que ha nombrado con el término extraño: Sixparo es un ejemplo del efecto que ejerce en ella una palabra sustantiva como el nombre, que en este caso guarda un significado misterioso, la clave para acceder a otro tipo de saber más profundo, el que ofrece la verdad poética.


El poemario se divide en cuatro partes, siendo la cuarta un breve epílogo. En la primera el yo poético se desdobla en Penélope para comunicarnos el dolor de la ausencia. Los poemas en torno a Ulises son la columna vertebral de un universo que se apoya en los clásicos, lo que es característico del mundo poético de Milagros Salvador. Su conocimiento de la cultura y de los principios de la lírica definen una postura que reconoce los cimientos de nuestra cultura y la propia estructura del logos en los clásicos.

El libro dibuja una trayectoria amorosa desde la espera a la ausencia, hasta llegar al olvido y a la permanencia del nombre.

En el poema “Los tres Ulises (evocación de una ausencia) Penélope dibuja el “camino sutil de la esperanza”, en Ulises I, refiere la ansiedad ante el paso del tiempo y la plenitud del reencuentro:
“y me entrego al retorno de tus brazos/ con la sed de los años que guardé”, Ulises II expresa el desencanto. Ulises III evoca la ausencia y la fuerza del deseo, el poder que se asigna al acto de invocar el nombre del ausente. Ese poder de invocación del nombre implica reconocer la existencia de lo señalado, y la autora lo ejerce a la hora de bautizar este libro. La segunda parte del poemario incluye la pieza que le da título “Sixparo”: “espiral infinita / donde se mira mi alma/ silente ante el espejo/ y en ella se recrea el universo propio”. Esa parte, a su vez, se subdivide en tres, cuyos títulos hacen referencia a las flores (rosas y violetas) y al jardín. El simbolismo de las flores con sus colores y aromas propios del ritual amoroso.
La tercera parte está compuesta de un poema que titula «Breviario del corazón», que en versos de tres y cuatro estrofas, anticipa el silencio como destino poético, la infinitud de significado que guarda: “Palabra amor. / borraré de mi historia/ todo lo que quedó / sin la luz de tu nombre”, porque un nombre en sí mismo encierra el universo. De hecho, el epílogo sintetiza esta trayectoria amorosa: de la ausencia al desengaño y del desengaño a la permanencia del nombre, en estos cuatro versos: “Si alguna vez se acercan/ a descifrar mis versos,/ descubrirán que yo los escribí con acento sagrado”. Como en toda la poesía de Milagros Salvador, las palabras van creando una a una el aroma del verso cerca del corazón del lector. Como ahora nos demostrará ella misma.

domingo, 25 de febrero de 2018

José Enrique García: historia y ficción en Una vez un hombre

Cuando la historia de un país existe solo en documentos dispersos e incompletos, en vagas tradiciones que deben ser comparadas y evaluadas, el método narrativo es obligatorio. 
 Andrés Bello

 La narrativa dominicana, desde sus orígenes, avanza con el proceso de formación de la nación, y coincide con el Romanticismo europeo. Enfrentada primero a Haití, amenazada por España, Francia e Inglaterra, y ocupada en 1916 por los Estados Unidos, la República Dominicana se había fundado en 1844. La turbulenta y apasionante historia del país se impone sobre sus narradores instaurando un género designado como Ficción Montonera, al decir del crítico Bruno Rosario Candelier, quien en el ensayo Ficción montonera. Las novelas de las revoluciones encuentra en Enriquillo (1882), de Manuel de Jesús Galván: “un fotograma socio-cultural y epocal de la sociedad fundada por los españoles en los albores del siglo XVI”. Tres son los vicios que, a juicio de Candelier, constituyen el caldo de cultivo de la violencia convertida en la única forma posible de relación en su país: dominio patriarcal esclavista, discriminación social y racial e imposición de una cultura patriarcal, patrimonial y esclavista.

 Tras la independencia, los narradores del siglo XIX en Latinoamérica revisan su historia, van, en muchos casos, a las fuentes documentales para dar cuenta de los orígenes de la nación y de la cultura en la que inscriben. Pensemos en El Periquillo Sarniento (1816), del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi, quien presenta los vicios de la sociedad colonial entregada al juego, el hurto y la impostura, o en Yngemina o la hija de Calamar (1844), del colombiano Juan José Nieto, que narra los amores de una princesa indígena con el hermano del conquistador Pedro de Heredia. La independencia da paso también a las luchas por el poder, que consumen las fuerzas de quienes tendrían que haberse dedicado a construir la nación.

Como sugiere José Alcántara Almanzar, en su Antología de la literatura dominicana, al referirse a los autores del siglo XIX, éstos ponen el énfasis en las narraciones históricas y muchos se valieron de documentos y archivos para estructurar sus obras, sobre todo, para comprender y explicar el fracaso de las utopías que proclamaban las revoluciones burguesas. Ejemplos notables tenemos en Guanuma de Federico García Godoy, La Mañosa de Juan Bosch y El terrateniente, de Manuel A. Amiama, novelas que Candelier aborda en el ensayo mencionado.

En esta tradición se inscribe el narrador y poeta dominicano José Enrique García (1948), quien indaga en el pasado caudillista en su novela Una vez un hombre (2001), donde nos instala en los finales del siglo XIX, en el periodo de mayor turbulencia en su país. La República Dominicana fue anexionada de nuevo a la metrópoli española en 1861, lo que dio lugar a una tenaz resistencia, hasta la restauración de la república. Esta defensa desató de caos por la división de los distintos bandos, guerra de guerrillas en la que se impusieron los caudillos, hasta la invasión norteamericana y la posterior dictadura de Leonidas Trujillo, que parte en dos la historia del país.

 Autor de siete libros de poesía, galardonado con el Premio Siboney 1980 por El Fabulador, García ha publicado también los relatos Contando lo que pasa (1993). Una vez un hombre da cuenta de los hechos que precedieron a la dictadura trujillista. Parte de los relatos vivos en la tradición y da voz a los que participaron en las contiendas, para componer, recurriendo a veces a la parodia, la atmósfera de un periodo sangriento. El protagonista es un caudillo que crece a la sombra de dictadores, como Ulises Hilarion Heureaux, que fue presidente del país en tres ocasiones, entre 1882 y 1899 cuando fue asesinado. Se trata de una novela coral con predominio de las voces y los testimonios de distintas mujeres relacionadas con el protagonista, el caudillo Victoriano de los Ángeles Vázquez y Gimenes, apodado El Prieto. La imagen del caudillo arquetípico del ethos latinoamericano emerge de este discurso donde más que amoríos y desengaños se refieren secretas pasiones. La novela va de la oralidad a la escritura. Empieza como el testimonio de Sebstiana que le confía al narrador aspectos de su relación con “El Prieto”. Como historiador-novelista, el narrador recurre no solo al testimonio.
También acude a los archivos de la Biblioteca Municipal donde encuentra un texto clave escrito por una mujer, junto con disposiciones oficiales e informes de los que emerge el personaje El Revejío, especie de amanuense. El resultado de estas investigaciones son jirones de textos que debe completar con la imaginación, ya que los documentos no dan cuenta de los detalles. La novela es, por tanto, una composición de distintas voces del pasado, ancladas en los momentos previos a la dictadura de Trujillo quien sometió a los “generales de monte” como Victoriano. El universo referido por José Enrique García está dominado por hombres que brutalmente se pelean entre, pero luchan y arriesgan la vida por la defensa de su territorio, cuando el país es invadido por los americanos.

Las mujeres en torno al caudillo ofrecen sus testimonios. Ellas son como la tierra ocupada, desde Jacinta a María Engracia, quien se presenta como “la mujer de todos”, igual que Sebastiana, que declara no saber quién es el padre de sus hijos, o Ceferina Chávez,  “mujer de muchos” hasta que Victoriano la “saca de la vida alegre”, o Eufrasia Socías adivina y depositaria de secretos que no puede revelar. No falta el testimonio de la esposa, Margarita Helú, consciente de las andanzas de Victoriano, que confiesa haber deseado ser una de sus amantes, ni el de Gisela López que participó en muchas contiendas como amante de Graciliano, uno de los hombres del caudillo.

Los sobrevivientes, como Catalino García, quien resume el fatum de su pueblopresentan otra cara de las luchas en las que los hombres acaban cubiertos de sangre; el saqueo de los poblados; la violencia como única forma de relación, a falta de un proyecto colectivo. Los rebeldes, afirma, se refugian en el monte donde: “cada quien jalaba para su banda, nunca para el país”. El Revejío, por su parte, se apodera del relato. En sus apuntes revive los hechos protagonizados por  hombres casi siempre desorientados y sonámbulos  pero que defienden la nación de la voracidad del extranjero: “Hombres que iban levantando hazañas que, ya reposadas en la memoria de sobrevivientes, y más aún impresas en folios dejados aquí y allá por escribas de prisa, la retomaría algún narrador de pulso e imprimiéndole vida a esas vidas que estaban destinadas a no tener nombres…” Es, en definitiva, el papel de lo escrito sobre la oralidad, elemento fundante de la cultura, y garantía de su continuidad, lo que afirma en este relato José Enrique García .

sábado, 17 de febrero de 2018

Esperanza d’Ors: belleza y verdad del arte

¿En un mínimo espacio vital se puede respirar sin molestar a los demás? ¿Cuánto abarca ese mínimo espacio? Podríamos preguntárselo a los sobrevivientes clandestinos que viajan en contenedores. Muchos de ellos atraviesan océanos en busca de un refugio seguro. En su mayoría proceden de Latinoamérica o África Subsahariana donde huyen del hambre o la violencia y se aventuran hacia gélidos destinos, Suecia, Noruega o Canadá. Es una vieja historia que viene a recordarnos cuán poco hemos avanzado como especie.
Arrancados de sus raíces, desde el siglo XVII hasta el XIX, los africanos fueron transportados a la fuerza hacia el Nuevo Mundo en los navíos negreros. Iban en pésimas condiciones de higiene y alimentación, tanto que muchos de ellos morían en la travesía. Lo cierto es que hasta entonces no se había visto una miseria igual, allí donde se hacinaban hasta 400 cautivos separados por sexo y edad. Los hombres permanecían desnudos y trabados para evitar que escaparan o se suicidaran durante la noche.
La escultora Esperanza d’Ors (Madrid, 1949) no ignora la dramática condición errante del ser humano expulsado de la tierra que lo vio nacer: el éxodo de los condenados a buscar siempre un lugar donde reposar con los suyos. Hoy se desplazan multitudes del sur al norte pidiendo asilo en desconocidas playas donde los rechazan. En un artículo de la revista de teatro ADE, Jorge Urrutia nos recuerda la lección de presente que viene a ser la lectura de “Las suplicantes” de Esquilo, la tragedia de aquellas cincuenta mujeres que huyen de la frontera de Egipto y Siria para pedir asilo en las costas de Grecia, cuestionando así los principios éticos de la ciudadanía.
Esperanza d’Ors trae al presente esta situación en su último trabajo: "Contenedores humanos", que he tenido la fortuna de apreciar en su proceso y que se expuso en galerías de Madrid, Logroño y Oviedo el pasado año. Conocida por composiciones escultóricas que ya hacen parte del paisaje de unas cuantas ciudades españolas (Oviedo, León y Alicante); y premiada en diferentes certámenes, obtuvo la Medalla de Oro en Alejandría, 1991 por "Los laberintos de Ícaro". Ha trabajado sobre los mitos fundacionales de nuestra cultura a partir de figuras como Prometeo, Narciso o Sísifo y el mismo Ícaro.
En "Contenedores humanos" los cuerpos entreverados dolorosamente se acoplan. Pero en secreta armonía parecen seguir los acordes que les permitirán avanzar hacia su destino. En eso consiste la belleza y la verdad del arte, en descubrir entre el mal y el dolor las grietas donde penetra la luz, no en las nociones del bien que equiparan la felicidad al bienestar burgués. Referir el dolor y la miseria en estos tiempos es, por tanto, un deber moral de todo artista, pues no debe olvidarse la función comunicativa del arte, ni su poder de despertar emociones, de iluminar zonas de oscuridad que quizás se evitan por comodidad.
En su trayectoria como escultora Esperanza d’Ors se ha volcado siempre en el cuerpo humano, su principal fuente de interés. Le ha rendido culto a la humana existencia esculpiendo criaturas a la intemperie, desprotegidas, postradas, entregadas o convertidas en etéreas materias en ascenso. También ha sabido juntar los cuerpos, cual abigarrada humanidad, entrelazada, hasta formar un todo compacto dentro de un contenedor. Estos cuerpos nos recuerda el oscuro tráfico de seres humanos que viajan clandestinos para ser explotados en no sabemos qué sótanos. Al respecto declara ella en una entrevista: “Creo que es el gran tema de nuestro tiempo, que además ha adquirido unas connotaciones realmente dramáticas. Es verdad que el hombre siempre ha perdido la vida por buscarse una salida, pero ahora tropieza contra los muros de la intransigencia, que son muros contra los que no puede luchar".
También en sus grabados, aguafuertes, aguatinta observamos ese estallido de vida, la voluntad de ser que como especie atesoramos pese a los desgarros de la existencia. El conjunto nos interroga y a la vez nos revela una verdad tras aquellas miradas de las que emana una extraña mezcla de dolor y ternura, ambigüedad en las que nos deja todo arte imperecedero.
Juan Manuel Bonet, que ha sabido apreciar el trabajo de Esperanza d'Ors, la sitúa en una minoría de escultores que hoy en España “logran un clasicismo vivo, un clasicismo que no es un neoclasicismo”. Francisco Calvo Serraller, por su parte, ofrecería esta valoración en los comienzos de su carrera: “[…] parece el resultado de una comprensión de los grandes maestros de nuestro siglo y la consecuencia de una dilatada e intensa experiencia plástica, pero nunca producto de unos primeros tanteos, del comienzo de una trayectoria artística”. Confiamos, pues, que en esta travesía su arte encuentre siempre el lugar que le corresponde más allá de las fronteras.