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sábado, 3 de noviembre de 2018

El Cándido de J J Díaz Trillo



Hay libros que cumplen el papel, no sólo de compañeros de viaje y aventuras, sino de maestros y faros del pensamiento. Son libros que de ninguna manera nos defraudan porque, al abrir sus páginas, en cualquier momento de la vida, despiertan la renovada emoción que sentimos al vislumbrar la profunda verdad que encierran. Uno de esos amigos fieles es Cándido o el optimismo (1759), de Voltaire, cuya lectura recomiendo vivamente, aunque parezca superfluo recomendar la lectura de un clásico. La crítica asegura que Voltaire pretendía con este cuento filosófico ridiculizar las ideas de Leibniz, cuya teoría sobre la armonía universal lleva a creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles, porque incluso el mal es permitido por Dios para que valoremos la dimensión del bien.
Pero en 1755, en el Día de Todos los Santos, Europa se ve sacudida por el devastador terremoto de Lisboa que dejó a la ciudad sepultada bajo los escombros. A semejante sacudimiento telúrico le siguió otro que estremeció las aguas del Tajo y, ante el estupor de los sobrevivientes, enormes olas se abalanzaron sobre tierra firme rompiendo diques y puentes, destrozando hermosos e imponentes edificios, haciendo sentir su implacable efecto a lo largo de la costa, hasta llegar a Ericeira. Esta tragedia, que impresionó profundamente a Voltaire, lo lleva a reflexionar sobre la crueldad de la naturaleza y la fragilidad de la vida humana, sujeta a azares incontrolables, ante los cuales la riqueza y la opulencia no son más que espejismos, de lo que dejó constancia en estos versos:
Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas,
Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados,
Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados;
Cien mil desventurados que la tierra traga.
Ensangrentados, desgarrados, y todavía palpitantes,
Enterrados bajo sus techos, sin ayuda, terminan
En el horror de los tormentos sus lamentosos días.
[…]
¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños,
Sobre el seno materno aplastados y sangrientos?
¿Tuvo Lisboa, que ya no es, más vicios
que Londres, que París, en los deleites hundidas ?
Lisboa queda hundida, y en París se baila.

Bajo el influjo de este libro, escribe José Juan Díaz Trillo Cándido en la Asamblea (2016), un relato ingenioso, divertido, pleno de referencias intertextuales ajenas a la vacuidad de cierta erudición libresca, con una carga de vida y experiencia capaz de vincular tiempos y espacios, para situarnos más allá de lo anecdótico. Díaz Trillo (Huelva, 1958), miembro del Congreso de Diputados, especializado en Literatura Hispanoamericana, ha publicado decenas de libros de poesía y ha ejercido la función pública de la que también se nutre esta ficción narrativa.

Díaz Trillo declaró en una entrevista que “…cada generación merece un Cándido que la vacune contra la ignorancia y el fanatismo”. Aquí nos ofrece el suyo, combinando procedimientos como la autoficción y la parodia para darle vida a un Cándido, miembro de la Asamblea que, en su universo, no es el bastardo de noble ascendencia de Voltaire, sino el hijo de una relación no oficializada entre dos jóvenes de buenas familias de orígenes español (él) y francés (ella). Para disimular su falta, los padres de la pareja deciden que el niño quede bajo su cuidado, él masón, librepensador, y ella un verdadera open minded demasiado avanzada para su tiempo, mientras los auténticos padres intentan, a su manera, cambiar el mundo. La madre en París, en medio de las  revueltas de mayo del 68, el padre en plena revolución sandinista. Aquí el impacto del terremoto de Lisboa, que tanto afectó al buen Voltaire, es reemplazado por el terremoto de Managua de 1972, que destruyó por completo la ciudad centroamericana y cuyas devastadoras consecuencias llegaron a compararse con el estallido de la bomba atómica.

El relato refiere el proceso de formación del joven Cándido que, interno en un colegio, pasa temporadas con los abuelos, “entre cartas excesivas de su padre y conversaciones susurradas con el abuelo ─y a puerta cerrada siempre, como para darle más solemnidad─, se fue iniciando en la política como su abuelo lo hiciera de joven en la masonería: entre la convicción de unas ideas que creía justas y una expresión escondida de las mismas, semejante a un lenguaje mágico”. Cualquier parecido con la España franquista no es mera casualidad. El relato de Díaz Trillo alterna la crónica familiar con episodios cruciales de la historia de España. Nos instala en los años anteriores a la muerte del caudillo y en los momentos decisivos de la transición, que Cándido vive, como no podría ser menos, con terco optimismo, en compañía de los versos del poeta y libertador de Cuba José Martí, cuyo Ismaelillo se lleva a la “mili”.
En el servicio militar Cándido es ascendido a Alférez de Inteligencia, misión que consiste en leer e interpretar documentos y en redactar informes donde desliza versos e ideas de próceres como Simón Bolívar y José Martí, que le imprimen un tono iberoamericano y cierto carácter de ecuanimidad y sentido universal a las misiones militares. Traductor, intérprete, o poeta, Cándido cultiva el arte de la diplomacia en un momento en que España ingresa a la Unión Europea y aspira a ganarse el respeto de la comunidad internacional.
En mucho contribuye el trabajo de Cándido al desarrollo y cumplimiento de los propósitos que esperan sus superiores. Pero antes que ser recompensado por sus habilidades y talento, debe saborear los sinsabores de la ingratitud, de la avaricia y de la desmedida ambición de quienes se mueven por propios intereses. En sus desplazamientos motivados por las misiones militares de paz en las que se integra, conoce la gratuidad del mal ante el que se siente impotente. Entre conflictos armados transcurre la vida de este Cándido moderno, que asiste en primera línea de fuego a los enfrentamientos en países africanos o en la antigua Yugoslavia. Cándido presencia impotente el incendio de la biblioteca de Sajarevo donde es herido, pero también vive la palpitante realidad de los refugiados o la consumación de delitos de lesa humanidad por parte de los instrumentos del poder transnacional, cuyos horrores lo dejan sin habla. El final de su aventura no es otro que el retiro propuesto por Voltaire quien aconseja dar la espalda a la mediocridad de los asuntos mundanos y dedicarse al cultivo del jardín interior.
José Juan Díaz Trillo baraja en este ameno relato experiencia e invención para evidenciar la permanencia de la ironía voltairiana y, con ello, comprobar que los comportamientos humanos poco cambian. Se desprende de todo ello el amargo desencanto de quien quisiera con su impronta adecuar el mundo a los ideales que siempre persiguiera.

domingo, 28 de octubre de 2018

Escrituras, escritoras III. Rosa Lencero, La paz del lobo



La narrativa en torno a la Guerra Civil Española escrita por mujeres encierra un valor añadido, el del punto de vista que profundiza en el papel de las mujeres y ofrece otra cara de ese periodo que contempla tanto la ilusión como el desencanto colectivos. Tradicionalmente relegadas al ámbito doméstico, las mujeres españolas de los años treinta, formadas en los valores republicanos, fueron conquistando parcelas de libertad. La República les ofreció educación y oportunidades desarrollar su talento. Al peligrar estos logros con el golpe de Estado, muchas de esas mujeres decidieron defender la causa. Durante la contienda salieron a luchar, ya en la retaguardia, ya incluso en el frente y armadas, donde combatieron al lado de los hombres.
En las últimas décadas, la literatura española ha dado cuenta de este hecho en narraciones como Historia de una maestra (1990), de Josefina Aldecoa, quien se centra en la experiencia de una joven maestra. Esta obra evidencia el nuevo rol para la mujer, momentos previos al estallido de la guerra: independiente económicamente, con criterio propio y autoridad para educar a los otros. Asimismo, tenemos el testimonio de la valiente miliciana Hortensia y sus compañeras, las trece rosas condenadas a muerte, en La voz dormida (2002), de Dulce Chacón. En la cárcel, esta mujer, que espera la muerte, teje y escribe mientras aguarda el nacimiento del hijo que le arrebatarán los verdugos. También se nos ofrece la historia de dos familias procedentes de bandos antagónicos destinadas a encontrarse en Corazón helado (2007), de Almudena Grandes. La obra maneja una abrumadora cantidad de personajes y de temporalidades conectando el pasado y el presente. Destacan en ella mujeres poderosas, de férrea voluntad, como aquella que, vestida de negro, deja flores durante años ante la pared donde fueron fusilados los suyos.

De esa constelación de novelas forma parte La paz del lobo (2006), de Rosa Lencero, que nos sumerge en una España rural cargada de añoranzas: “no existe quien no recuerda”, nos dice la mujer que sirve de conciencia al relato. El punto de referencia de la historia es la Guerra Civil y su impacto en la memoria de una pequeña comunidad extremeña que aún añora las promesas de la República. Una chaqueta herida por la metralla y un cartel arrugado de las Milicias de la Cultura, constituyen los recuerdos de la abuela Jacinta Triguero. Rita, su hija, alumna de la Escuela Normal de Maestras de Madrid, que había enseñado a leer a los soldados de las trincheras, educa a Anselmo, convencida de que “la cultura hará un día libres a todos los hombres”, mientras en secreto le lee versos de Miguel Hernández. Muy reveladora es su respuesta cuando, años más tarde, se le pregunta si no se ha planteado volver a enseñar, algo que ella no ve posible en el nuevo régimen: “Nosotras las mujeres, todas, hemos perdido la guerra. No creo que unas y otras seamos distintas. ¿Qué diferencia hay? Ricas y pobres a ambos lados. En medio el dinero y lo que se puede comprar con él”.
La historia en esta entrañable novela es un murmullo de voces que viajan de boca en boca tejiendo y destejiendo el pasado familiar y que la autora conecta con la tradición literaria rindiendo un homenaje a Cervantes y a las voces poéticas más comprometidas en las primeras décadas del siglo XX. Entre todos, parientes, amigos y vecinos, evocan con nostalgia un pasado detenido en un momento que marca un antes y un después. Con bodas, bautizos y funerales se mezclan grandes acontecimientos: guerras, levantamientos, ejecuciones, la Reforma Agraria del treinta y seis, la tenaz lucha por la vida, los orígenes familiares, la conexión con América Latina y la relación con la frontera portuguesa. Pero aquí también los bandos contrarios están destinados a encontrarse y a sellar las heridas con el olvido, aunque a Rita, de férreas convicciones, a quien los fogonazos del pasado le nublan la mirada, solo le quedará el consuelo de la poesía, los versos de Miguel Hernández y los de Pablo Neruda.



miércoles, 24 de octubre de 2018

Escrituras, escritoras II. Teresa Ruiz Rosas, Nada que declarar


La literatura peruana actual escrita por mujeres destaca por su audacia y libertad formal a la hora de dinamitar las estéticas hegemónicas, ya no impuestas por una visión androcéntrica, sino enquistadas al interior de la conciencia femenina. El Comando Plath, sin duda en homenaje a Silvia Plath, se propuso revisar el canon en su país y ofrecer otra alternativa de voces femeninas que atraviesa fronteras geográficas, pues llega a conectar el Cuzco con Nueva York; así como fronteras mentales y de género: desde la poesía y la prosa hasta la autoficción, que se cuela por las redes sociales para compartir experiencias y formas de vida alternativas que rompen con los conceptos burgueses respecto a la familia y las relaciones sexuales, pensemos, por ejemplo en Gabriela Wiener.


Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) quien reside en Colonia después de haber vivido en ciudades como Barcelona o Budapest, no está en medio de este huracán, pero ha llegado paso a paso a consolidar una escritura firme que se sostiene en una conciencia del idioma, que quizás ha cultivado como traductora del alemán, y con un dominio de los recursos narrativos al servicio de una prosa ágil, sinuosa, a veces laberíntica, de inesperadas asociaciones intertextuales. Nada que declarar. El libro de Diana (2015), su última novela, escrita con el descarnado humor que la caracteriza, nos lleva de Lima a Düsseldorf en una travesía que podría ser tópica, la de la joven humilde que aspira a casarse con un extranjero, que espera la rescate de la miseria y le permita saltar la barrera de obstáculos sociales impuestos por en su país, y así poder ayudar a su familia. Con esta ilusión viaja Diana a Alemania para acabar en una sofisticada red de prostitución: “Porque lo amaba le había creído que su viaje significaba la gran alternativa para su familia, para zafarse con eficacia de la plaga de la miseria”. El testimonio de su experiencia nos llega a través de Silvia, quien parece hablar para sí misma, más que para los lectores, pues al transmitirnos el testimonio de Diana cuestiona no solo la vida propia, sino la cultura encorsetada a la que pertenece, la sociedad peruana estratificada, racista, despiadada con los más humildes,  y cargada de prejuicios.


En La mujer cambiada (Lima, 2008) Ruiz Rosas ya nos había sumergido en los años más oscuros del terrorismo senderista en el Perú, para mediante la metáfora de la mujer transformada en otra por obra de la cirugía estética, poner en evidencia la realidad de su país durante el conflicto armado vivido en los ochenta y los noventa del pasado siglo. En Nada que declarar. El libro de Diana, en cambio, Ruiz Rosas nos hace recorrer pasadizos sórdidos de una Lima oculta, nos lleva por los pasillos de organismos internacionales, para mostrarnos la indiferencia ante el dolor ajeno, pues ya no es solo la farsa y la impostura de una sociedad tercermundista, en proceso de deterioro lo que lacera, sino la cara más cruel de la emigración, el tráfico de personas, el comercio sexual y la corrupción de organismos financiados por las potencias europeas. Pero Diana Postigo, llamada Diosa de las Tinieblas, la colegiala peruana, que al otro lado se convierte en prostituta de ventana, cocina su venganza a fuego lento. 

Y es que en esta vertiginosa travesía de no más de cuatro años, la autora nos ha hecho vivir el infierno, antes de que la mujer engañada, la víctima, recupere su identidad, lo que le imprime mayor fuerza a este relato basado también en la solidaridad entre las mujeres y en el poder de la escritura para transformar la realidad. Por todo ello Teresa Ruiz Rosas se consolida como una de las voces más potentes de esa diáspora latinoamericana que se afianza transpasando fronteras.

lunes, 22 de octubre de 2018

Escrituras, escritoras I: Carme Riera, Vengaré tu muerte

Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) es una de las escritoras más destacadas en el contexto de la literatura tanto en catalán como en español. Traducida a más de doce idiomas, es una figura pública que ha sabido compaginar la escritura con la cátedra de Literatura Española, además de otros cargos. Galardonada con el Premio Nacional de las Letras en 2015, es miembro  de la Real Academia Española y presidenta de CEDRO, la entidad que gestiona los derechos de autor en España. Con una larga trayectoria literaria que abarca trece novelas, a las que se suman otros tantos títulos en distintos géneros Vengaré tu muerte es un thriller en el que la autora juega con las posibilidades del género para introducirnos por los laberintos de la corrupción en la Cataluña de la primera década del siglo XXI.

Si bien Riera ya nos había instalado en un campus universitario, en Naturaleza casi muerta (2012), con cuatro crímenes por dilucidar, en esta última novela se intenta demostrar que la justicia ha errado al condenar a dos personas por un delito que no cometieron. El caso es la  desaparición de un empresario catalán, para lo que la autora elige el punto de vista una mujer que ha trabajado como detective y que decide escribir un libro para conjurar su culpabilidad por haber enviado equivocadamente a la cárcel a dos inocentes -no tan inocentes de otras faltas, por cierto-.

La novela nos instala en una Cataluña marcada por la corrupción y sus secuelas, la fuga de capitales más allá de sus fronteras “vía maletín” a donde se envía el dinero negro de las operaciones comerciales clandestinas que arrastran a muchos empresarios. La narradora acota el campo donde se producen estas operaciones fraudulentas: “[…] esas cuarenta familias emparentadas de las que hablaría el estafador Millet que, por entonces, ya había desviado fondos del Palau de la Música hacia otros bolsillos y, por descontado, a los propios, optaban por esquiar en Andorra”.  

La trama se complica, dado que la persona que denuncia la desaparición del marido, el empresario Robert Solivellas, la propia esposa, dificulta el esclarecimiento de los hechos con medias verdades y mentiras. La primera advertencia que recibe Elena Martínez, nuestra detective, es la muerte de perro Jimmy al que encuentra ahorcado colgado del ventilador encima de su cama. La señal que la lleva tras la pista de la trama corrupta son unos cedés con imágenes de orfelinatos chinos, junto con el robo de unos caganer, que conectan con Bogotá, la capital colombiana.

Entre pedófilos, ockupas, parricidas,  narcotraficantes y sicarios se abre camino esta detective desconcertada por los pronósticos de su amiga vidente que parece dar en el clavo con la interpretación de las pistas. El humor y la ironía, sin lugar a dudas, convierten esta narración en una parodia del género que se cuestiona desde el punto de vista femenino, hasta las fronteras de la lengua, las tradiciones, pasando por los principios morales, para ir al fondo de la condición humana, el miedo, el egoísmo, la ambición desmedida, la ruptura de los afectos familiares, la crisis de una sociedad que sacrifica los más preciados valores.

Además, la fusión entre narradora y protagonista permite no sólo cuestionar el género, sino criticar con distanciamiento y objetiva crudeza un sistema corrupto hasta la raíces. Inevitable recordar a la célebre Alicia Jiménez Bartlett a quien, sin duda, Carme Riera rinde un homenaje cuando su personaje Elena se propone vengar la muerte de su perro Jimmy, lo que no puede hacer Petra Delicado, en Día de perros,  con Pompeyo animal feroz que debe ser ejecutado sin piedad.                                                                                     
Finalmente, se deja a salvo en esta intriga el valor de la justicia, y la literatura, para tranquilizar la conciencia y así poder realizar el deseo de una vida sencilla y apacible, como añora la detective Elena Martínez Castiñeiras.

domingo, 24 de junio de 2018

Luis Carlos López: ¿modernista al revés o prevanguardista?



El colombiano Luis Carlos López (1879-1950) es considerado un poeta posmodernista por la crítica académica. En la célebre Antología de la poesía española e hispanoamericana (publicada en 1934) Federico de Onís así lo clasifica. Este crítico establece una tipología de autores modernistas y posmodernistas, por temas, tendencias y género, aunque crítica académica gusta de acercar el hecho literario a través de la periodización y los  grupos generacionales. Pero resulta fácil descubrir los límites de esta pedagogía literaria. 

Los posmodernistas son contemporáneos del Modernismo, pero se distancian de esa estética, de sus motivos, de su simbología y de sus temas preferidos. Si los modernistas son cosmopolitas y sacian sus ansias de modernidad explorando las ciudades europeas, los segundos vuelven los ojos hacia la provincia, hacia el villorio familiar. Si aquellos recurren a un lenguaje preciosista cargado de cultismos, estos recuperan el habla popular, la ironía y el humor. Naturalmente hay matices, pues en José Asunción Silva, por ejemplo, ya se encuentran rasgos atribuidos a los poetas posmodernistas. Para De Onís, el posmodernismo es la:

  […] reacción conservadora, en primer lugar, del modernismo mismo, que se hace habitual y retórico, como toda revolución literaria triunfante, y restauradora de todo lo que en el ardor de la lucha la naciente revolución negó.

Federico de Onís fecha el posmodernismo entre 1905 y 1915, un momento en que los modernistas publican libros decisivos. De hecho, Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío, es de 1905. La publicación de Mi villorio, de Luis Carlos López es de 1909 y coincide con otros títulos modernistas como Alma de América (1905) de Santos Chocano, Canto errante (1907), de Rubén Darío y En voz baja (1909) de Amado Nervo. La superación del Modernismo en muchos poetas es clara en títulos anteriores a estas fechas.
En las tipologías que establece Federico de Onís, la poesía de Luis Carlos López se caracterizaría por una ironía sentimental”, el suyo sería un “modernismo visto del revés, que se burla de sí mismo, que se perfecciona al deshacerse en ironía”.

Hervé Le Corre, en Poesía hispanoamericana posmodernista (2001) recoge las distintas clasificaciones de Federico de Onís en torno al término “posmodernismo” donde se sitúa a ese grupo de poetas que se desvía del Modernismo. Para Max Henríquez Ureña es una generación intermedia que rompe con el preciosismo del modernismo y rescata el lenguaje de lo cotidiano, “el empleado realmente”, en el habla popular, como lo hace Luis Carlos López.

El Modernismo en Colombia dejó una estela de melancolía por varias décadas, Descendió a lo macabro con Julio Flórez, que le cantaba al “esqueleto de la amada” y sobrevivió por varias décadas en “La canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob. El máximo poeta del siglo XIX, el gran innovador, es José Asunción Silva, célebre por su “Nocturno”, y que se suicidó en 1896. Dejó unos 150 poemas y una novela titulada De sobremesa, publicada póstumamente. Le sigue en importancia Guillermo Valencia, con un único libro, Ritos (1899). Éste abandonó la literatura para entregarse a la política. No obstante, en la sensibilidad popular vivió por largos años su poema “Anarkos”.

Estos dos poetas remueven el ambiente literario de un país aferrado tenazmente a la tradición representada en la tertulia literaria La Gruta Simbólica dirigida por el conservador Luis María Mora, académico de la lengua y defensor de la tradición clásica, quien menospreciaba el autodidactismo de muchos modernistas, tanto como sus audacias innovadoras.

En la tensa relación entre un clasicismo conservador y un modernismo que desciende hasta la sensibilidad almibarada o el patetismo trágico, surge la poesía del Tuerto López, que vuelve la mirada sobre su villorrio, pero no como lo hicieran en el pasado los costumbristas: sin detenerse en el paternalismo ni el pintoresquismo. Mezcla de humor y compasión, la poesía de Luis Carlos López se abre camino en el clima letárgico de la vida municipal. De ese entorno pueblerino recoge los rumores de la parroquia a los que ningún poeta modernista prestaría atención por estar atento a temas de mayor trascendencia.

Críticos posteriores relacionan a Luis Carlos López con la antipoesía, como hace Fernández Retamar, quien delimita el concepto de antipoesía, que parte de Ramón de Campoamor y pasa por Luis Carlos López, hasta llegar a Nicanor Parra.

Para el colombiano Germán Espinosa, en cambio, Luis Carlos López no es en modo alguno “antimodernista” ni “antipoeta”, mucho menos “posmodernista”, como señala Federico de Onís. Espinosa prefiere déjalo “suelto” y si tiene que clasificarlo, lo considera “prevanguardista”. En lo que todos están de acuerdo es en que la poesía de Luis Carlos López rompe con el Modernismo.

No obstante, como sugiere Fernández Retamar, se puede trazar esta trayectoria en la poesía en lengua española, pues el peso de Campoamor es evidente en la poesía de finales del XIX y principios del XIX. Jorge Urrutia en Poesía española del siglo XIX (1995), aclara que ello se debe en parte a su simplicidad léxica, que hace que cualquier palabra cotidiana tenga hueco en el poema, su ironía y su conocimiento de la psicología popular. Campoamor está presente tanto en el primer Rubén Darío, como, incluso, en los Proverbios y cantares machadianos. Sólo seis años antes de Azul, Rubén Darío publica un largo poema, titulado “La poesía castellana”, donde se lee:

Y derramando fulgor
traspasan mares y clima
de Bécquer las tiernas rimas,
los Cantos de Campoamor.

La ironía de Luis Carlos López es evidente en este poema titulado “De la tierra caliente” que inicia su poemario De mi villorio (1909):

Flota en el horizonte opaco dejo
crepuscular. La noche se avecina
bostezando. Y el mar bilioso y viejo,
duerme como un sueño de morfina.
 Todo está en laxitud bajo el reflejo
de la tarde invernal, la campesina
tarde de la cigarra, del cangrejo
y de la fuga de la golondrina.
Cabecean las aspas del molino
como con neurastenia. En el camino,
 tirando el carretón de la alquería,
marchan dos bueyes con un ritmo amargo
llevando en su mirar, mimoso y largo,
la dejadez de la melancolía.
(De mi villorio, 1909)

La provincia es para este poeta imagen del fracaso de un país: lenta, como el cangrejo, opaca, perezosa, biliosa y vieja como el mar desprovisto de encanto, adormecida y adormecedora en su modorra… El lenguaje es crudo, golpea con neurastenia, en ritmo repetitivo como las aspas del molino.

Baldomero Sanín Cano describiría así el contexto en el que se escribe la poesía de nuestro autor:
Esa cosa insípida, gris, blanda y desarticulada que es la vida política de Colombia en los últimos treinta años, está admirablemente vertida por la poesía insuperable, por el humor penetrante y sano de Luis Carlos López.

Sin embargo, no es una opinión compartida por el prominente crítico Rafael Gutiérrez Girardot para quien la guasa en la poesía de Luis Carlos López no es cosa distinta de una reacción de desprecio al progreso de su tiempo.

Por su humor e ironía, Federico de Onís sitúa a Luis Carlos López al lado de  poetas como el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez. En esta categoría Onís también incluye al español “Alonso Quesada” (Rafael Romero, 1886-1925) de quien dice en una breve presentación: “Débil y enfermizo. Murió joven. Su poesía melancólica, de niño triste, canta en voz muy baja lo cotidiano y familiar con un dejo de resignada ironía, en un libro como El lino de los sueños, con prólogo de Unamuno. Hace parte del trío de los posmodernistas canarios (Tomás Morales y Saulo Torón).

Escribe el poeta canario en su “Oración vesperal”:

La tarde muere,  y tiene
todo el dulce color de mi recuerdo…
Porque cuente la historia de mi vida
que muera así la tarde se ha dispuesto.
El lejano sonido de una esquila
pone en la brisa un pastoril comento
que al perderse a través del cielo malva
hace brotar la rosa del lucero.

Luis Carlos López nació y creció en un clima de incertidumbre, en medio de las diputas políticas que desangraron a Colombia. Liberal radical y masón, padeció la derrota del liberalismo, la Guerra de los Mil Días, que lo obligó a abandonar sus estudios, la pérdida de Panamá, que dejó una herida en la memoria, y que llega hasta versos, como “Despilfarros VI”:
Le fusilaron esta
madrugada,
como si fuese un criminal.
¿Y la social
protesta?
Ninguno dijo nada.


Vivió  el nefasto periodo presidencial de Rafael Reyes marcado por atentados, ejecuciones e impunidad, que sembraron semillas de odio y de venganza. Tras el exilio de Reyes en 1909 se inicia un periodo de cambios que coinciden con la celebración del Centenario de la Independencia, de vital importancia para la cultura del país por las reformas que emprendió. Precisamente Luis Carlos López se sitúa en la llamada Generación del Centenario, reconocida por Luis Eduardo Nieto Calderón quien los bautiza en 1918, como la esperanza del futuro del país. No olvidemos la importancia de la fecha. Esta generación, que contó con cuatro presidentes, forjó una nueva Colombia aferrada a la cultura y la civilización como motores del cambio.

Como Silva, Luis Carlos tuvo que afrontar la ruina familiar al fracasar como tendero. Fundó periódicos, fue colaborador en otros, ocupó un cargo diplomático en Alemania y dirigió la imprenta Departamental en su región. No se suicida como Silva, pero apenas sonríe. Su opción es desacralizar el lenguaje poético. En una entrevista con James J. Alstrum,  afirma: “nunca presumí de innovar en poesía, ni de ser un poeta nuevo en mi época. Apenas me he considerado un autor con un modo de sentir distinto, producto de un temperamento propio”. De él diría Nicolás del Castillo: “Sin ser un poeta alegre, López hace de su cinismo cordial el mejor antídoto contra su innato pero inofensivo escepticismo”.

La poesía de Luis Carlos López  se difunde tempranamente en México. Mi villorio se publicó en 1910. Recibió elogios de críticos de su tiempo como Francisco García Calderón que alabó sus versos “claros y precisos” desprovistos de vacíos lirismos. Según Le Corre, este reconocimiento fuera de su país, y no en su tierra, se debe al hecho de que en Colombia acaparasen la atención poetas como Guillermo Valencia, el parnasiano y polémico candidato conservador, y Julio Flórez el lírico mediocre. Sin embargo, Luis Carlos López contó con el entusiasta apoyo de su compatriota Jorge Zalamea que reunió sus versos bajo el título de La comedia tropical y  lo hizo traducir al ruso argumentado su valor literario, la “exaltación de la vida cotidiana del hombre común” en su poesía. 

Una de las mayores aportaciones de Luis Carlos López, según Le Corre, es su “capacidad de percepción de lo inmediato, expresada en una lengua heterogénea, que no volverá a aparecer en Colombia, sino con León de Greiff en los albores de la vanguardia”:
[…] Se respira un silencio comatoso
que hace mayor el frío,
que me torna indulgente con el oso
polar…
(ya no me río / de ti, Rubén Darío.)

El aparente descuido formal de Luis Carlos López no fue tal, sino empeño por distanciarse de un concepto de poesía envarada y excesivamente retórica. Él buscaba lo popular como expresión de lo cotidiano y lo vulgar en su sentido de simplicidad compartida. De ahí que todos podamos hacernos cómplices del sentimiento que produce la ciudad nativa, no cruce de calles para turistas o simples viajeros, sino cariñoso refugio de la costumbre que el poeta simboliza en esos zapatos viejos hechos al giro de nuestros pies.

domingo, 17 de junio de 2018

El desierto de los tártaros, Dino Buzzati



Hay libros que vienen a ocupar el espacio que tenían reservado sin que fuésemos conscientes de que tal lugar existía. Su lectura completa nuestro ser embriagándonos de una plenitud que solo dejan las obras maestras. Es lo que me ha ocurrido al terminar El desierto de los tártaros, novela del italiano Dino Buzzati (1906-1972), quien alcanzó fama con la publicación de su primera novela Bárnabo de las montañas (1933). Corresponsal, reportero de guerra, ilustrador, Buzzati fue un genial creador de atmósferas, dueño de una escritura y de un dominio de la palabra, que atrapa desde las primeras líneas.

Escrita en 1940, El desierto de los tártaros, considerada una obra maestra poética, lírica, misteriosa, y profundamente humana, dibuja una trayectoria que empieza con la salida de casa del protagonista en busca su destino y se cierra con el camino de regreso, al final de la vida. Desde el primer momento nos sentimos en el universo que pudiera ser de Kafka, sujetos a una poderosa inquietud. Todo parece regirse por la lógica de la costumbre. En un momento dado, nos adentramos en un bosque misterioso, en permanente sensación de espera, con la necesidad contenida de escalar las altas cimas que se avizoran, pero también con el temor ante el abismo y la nada.


El protagonista, el joven  oficial  Giovanni Drogo, vestido con el uniforme de teniente, se prepara para dirigirse a la Fortaleza Bastiani a donde ha sido destinado en misión militar. Es de madrugada y reina en la casa el silencio, solo se escuchan los rumores del cuarto de al lado, el de la madre, que se dispone a despedirlo. Es un día esperado por muchos años, pues marca “el principio de su verdadera vida” pero, extrañamente, al mirarse al espejo, no siente júbilo alguno, a pesar de que con su grado de oficial sabe que va a alcanzar una autonomía que no tenía. Nada le entusiasma en el umbral de la puerta que lo arroja del cómodo espacio del hogar hacia lo desconocido. Tampoco le consuela pensar que el suyo será el destino que muchos oficiales buscan para mejorar la vida. De repente, todo pierde sentido para él, se siente extraño, inseguro, desorientado en su habitación, invadido por un pensamiento que no puede precisar: “un vago presentimiento de hechos fatales, como si tuviera que emprender un viaje sin regreso”.

El viaje iniciático, como sabemos, es fundacional de la vida del individuo. Para Jung, el camino del héroe implica siempre una pérdida y, en este caso, significa abandonar la comodidad y el calor hogareños, la protección de los padres. Al dejar  todo aquello para adueñarnos de nuestro destino nos asalta la preocupación por el futuro incierto. El narrador insinúa, siempre insinúa, que Drogo es consciente de ello: “el tiempo mejor, la primera juventud, había terminado”. Además, el joven se prepara para ir a donde ninguno de sus conocidos ha estado. Sale a despedirlo un amigo que lo acompaña hasta más allá de las puertas de la ciudad. En esa frontera, Drogo vuelve los ojos sobre su terruño y piensa en lo que deja atrás: su habitación, su cama, las sábanas recogidas, las cosas que le pertenecen, el pequeño mundo de su niñez. ¿Cómo detener la fuga del tiempo? Es el presentimiento de que no hay retorno lo que encoge el alma, porque el viaje no es solo un desplazamiento en el tiempo, también es una búsqueda interior, el impulso renovador que ansía el ser humano en los años de formación.

La fortaleza es un lugar simbólico anclado en una frontera vigilada, pese a que la comarca vive un periodo de paz. Más allá de sus murallas se abre un inmenso desierto al que nadie se acerca, llamado el desierto de los tártaros, y, a lo lejos se divisan unas montañas cubiertas de neblina que impiden la nítida visión del horizonte. Obsesionados por lo que pueda ocurrir más allá de esa frontera, los centinelas, con la vista puesta en la bruma, se mantienen atentos al menor movimiento, a la más remota sombra, al más leve destello de luz. La vida para muchos de ellos se convierte en permanente espera y, a la vez, en recóndita resignación. Las relaciones entre el personal se rigen por la disciplina militar y aunque la cercanía permita confidencias, no hay forma de combatir la soledad que cada quien lleva dentro. Silencios cómplices, informaciones imprecisas, estrategias para retener al que desea marcharse, entran en el amargo balance del final, cuando se ha comprendido todo aquello que nos llenaba de inquietud y ya no se puede volver atrás para remediarlo.

El autor ha construido en esta narración un mundo suficientemente familiar y extraño, a la vez. Sin referente histórico, nada sabemos de la época a la que se refiere, ni al contexto al que pertenece. Hay un rey que parece estar informado de lo que ocurre en esa parte de sus dominios y hay nombres y apellidos de los oficiales  como Ortiz, Angustina, Lagorio o Simeoni que no se ciñen únicamente al contexto italiano donde intentamos circuscribirlos. Si quisiéramos determinar los antecedentes del relato, podríamos pensar en algunos hechos de la vida del autor, quien fue enviado especial a Addis Abeba, como corresponsal de guerra, en 1939, por el Corriere della Sera. Más allá de las experiencias que pudieran inspirar su relato, Buzzati presenta una metáfora de la vida determinada por la espera de un hecho que no se cumple, y en este caso,  la llegada de un enemigo que nunca ocurrirá. La vida como trágica postergación de los deseos se resume en este extraordinario relato. ¿Qué otro hecho sino la muerte puede ser lo más temido y deseado por el ser humano?

El desierto de los tártaros se llevó al cine en 1976 con un elenco estelar. Dirigida por Valerio Zurlini, con música de Ennio Morricone, actúan desde Vittorio Gassman, Jean Louis Trintignant, hasta Francisco Rabal y Fernando Rey.

domingo, 13 de mayo de 2018

Nuestro mayo del 68


Teníamos entre diez y doce años en mayo del 68. A esa edad, las niñas de mi ciudad no podíamos salir a la calle donde corríamos peligro. En las calles del centro de Bogotá, sólo se veía a los gamines que surgían de debajo de los puentes como muestra del abandono de la infancia en un país que carecía de mecanismos para protegerlos. Ejemplos aleccionadores pretendían disuadirnos de semejante desobediencia: la prima que se perdió y apareció llorando en una esquina porque no encontraba el camino de regreso, o el hombre del costal que se robaba a los niños para hacer salchichón con ellos. Más de uno juraba haber encontrado tres deditos en un trozo de salchichón. Éramos niñas y debíamos obedecer a los mayores que nos sujetaban al espacio cerrado de la familia. Tan sólo explorábamos una parte mínima del barrio en donde acabábamos de instalarnos: un lote abandonado al frente, el jardín de la vecina con quien  a veces se nos permitía ir a jugar, como algo excepcional, pues sólo íbamos a la tienda más cercana a comprar la leche y el pan y, a veces, cuando nos daban unas monedas, un herpo, unos chicles o una chocolatina Jet.

Por entonces, el mundo al vuelo entraba por la ventana del televisor y así supimos que los Beatles del Reino Unido iban en un Submarino amarillo, niña, ‘yellow’ es amarillo en inglés, anglicismos que se incorporaban al léxico cotidiano: cream, brother, man…  Las niñas de nuestra edad queríamos seguir la nueva ola y rogábamos para que nos dejaran la melena larga. Ante el espejo sacudíamos el cabello alborotado al ritmo de rock and roll. Llevábamos medias ye-ye y botas go-go. ¿Cómo no salir aunque fuera al antejardín para lucirse? La amiga iba con vestido ye-ye de tela de  fondo oscuro con florecitas de colores y cuello de peto blanco, arriba de la rodilla, para que se vieran las botas negras.  Qué vicio, la televisión, apaguen ese aparato, a la cama con la familia Telerín. En la televisión pasaban tantas cosas, como el Club del Clan donde debutaban cantantes de rock y a veces alguien se lanzaba con baladas de protesta.
En la calle sucedían cosas que no se reflejaban en la caja mágica de la televisión en blanco y negro. “Lástima que la televisión no sea a color”, decía la señora Gloria Valencia cuando presentaba “Naturalia”, nada que ver con “Animal planet”. La prensa recogía lo más llamativo de los cambios que se estaban operando en la sociedad y que algunos intelectuales traían de París donde, aunque fuese de lejos, o a través de la prensa, presenciaron lo que fue ese mayo del 68 francés, cuando la juventud pedía a gritos un cambio, en la educación, en la política, en la vida cotidiana. Por otro, lado, en los Estados Unidos, la desobediencia civil crecía con las comunas de hippies que se desplazaban de la costa Este al Oeste, hasta la mítica ciudad de San Francisco, poniendo en peligro la sociedad de consumo y la maquinaria bélica con la protesta contra la guerra de Vietnam. "If you're going to San Francisco / Be sure to wear some flowers in your hair / If you're going to San Francisco / You're gonna meet some gentle people there", con la inolvidable voz de Scott McKenzie, una promesa para los sententa que nos esperaban, tortuosa adolescencia que enfrentaba el pasado y el presente irreconciliables.

Las noticias sobre el comportamiento de la juventud colombiana eran alarmantes en mayo del 68. Los estudiantes de la Universidad Nacional hacían manifestaciones de protesta y el presidente, el señor Lleras Restrepo, mandaba la caballería a sofocar la rebelión. Los rebeldes cantaban la canción de Pablus Gallinazo la “Mula revolucionara”, que trae la revolución… La calle Sesenta en el barrio de Chapinero se llenaba de hippies y los vecinos horrorizados veían desfilar a melenudos, a parejas que de espaldas no se distinguían, gentes que hablaban de amor y paz y protestaban contra la guerra, que también querían vivir en comunas sin la carga de un trabajo alienado que esclavizaba a los individuos a jornadas de ocho horas para beneficio del capitalismo, ay, vida cotidiana y alienación. ¿Qué se hicieron las fábricas, los obreros, los hippies, los alternativos, como Summerhill, con su escuela de la libertad, que fue de tanta liberación como trajeron? Discursos con los que crecimos, mientras los poderes facticos nos atravesaban hasta la médula de los huesos reduciendo a cenizas aquel tiempo de la juventud que buscaba con el famoso Pablus Gallinazo una flor para mascar.

viernes, 16 de marzo de 2018

Queda la palabra Yo. Poetas colombianas ante el presente



Este volumen rinde un homenaje a la poeta colombiana María Mercedes Carranza, quien nos dejó en 2003. Y es que el título ─Queda la palabra Yo─ es inicio de un verso que pertenece a un poema que comentaré más adelante. 
La palabra de las mujeres en la tradición literaria colombiana ha tenido que romper la hegemonía patriarcal que hasta ahora, en todas las literaturas, fija el canon. Los argumentos, históricamente excluyentes, de la crítica oficial se apoyaban en una presunta calidad, en la idea de que las diferenciaciones de género son banales. Y lo son, según se miren, pero es también una trampa argumentar la escasa valía de la poesía escrita por mujeres para excluirlas. 

Las poetas colombianas son escasamente conocidas en los circuitos internacionales debido a la falta de una estrategia crítica que las acoja. En España, Carmen Conde publicó en 1947 un importante libro de poesía claramente feminista, Mujer sin edén. Ella emprendió la tarea de difusión de la poesía hispanoamericana escrita por mujeres en una antología muy conocida, Once grandes poetisas americohispanas (publicada en 1967), que completaba su anterior antología, de 1955, Poesía femenina española viviente. En el libro de 1967, se ocupaba de autoras canónicas del medio siglo, como Delimira Agustini, Gabriela Mistral, Julia de Burgos, Fina García Marruz e Ida Vitale. Pero en su amplio prólogo también daba a conocer un número importante de poetas mexicanas, cubanas, uruguayas, chilenas, argentinas, algunas de ellas muy jóvenes, como la panameña Berta Alicia Peralta.
Sin embargo, en tan importante rescate de voces femeninas, se echa de menos la presencia de colombianas. Lastimosamente, Carmen Conde no tuvo noticia de Meira del Mar, de Matilde Espinosa, de Emilia Ayarza, ni de Maruja Vieira, esta última todavía entre nosotros. No era totalmente  responsabilidad suya que la página de la literatura colombina permaneciera en blanco en esta antología, sino de nuestra propia crítica.

La urgente la tarea de impartir “justicia poética” se llevó a cabo cincuenta años después con Antología de la poesía colombiana  de 2006, encomendada por el Ministerio de Cultura al poeta Rogelio Echavarría, quien intenta reparar ese error histórico ofreciendo un balance de más de 30 nombres femeninos a lo largo de los siglos, entre unos 300 masculinos. Debe reconocerse lo mucho que contribuyeron al conocimiento de la escritura de mujeres las especialistas Ángela Robledo y Luz Mery Giraldo (también poeta ella), pioneras de los estudios de género en el país. Asimismo es importante el reciente rescate de voces femeninas de la antología de la poeta Guiomar Cuesta que reúne 153 poetas nacidas entre 1950 y 1989.
El volumen de Echavarría se inicia con la monja clarisa Francisca Josefa del Castillo y Guevara, quien escribiera a finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, bajo la influencia de Teresa Ávila. Pasa por Matilde Espinosa, cuya poética encierra el dolor contenido en la fría belleza del paisaje: “Algo brilla en la arena / algo tiembla en el agua / serán los ojos de los niños muertos / o la media luna perdida / en la madrugada.”

 Nos sorprende con Emilia Ayarza y su estremecedor poema: “A Cali ha llegado la muerte”, con el  que expresa el estupor ante la violencia partidista, que en los años cincuenta estremeció al país: “ No. / Nada pudo detener la muerte, / llegó a Cali navegando / y los corceles del océano Pacífico / la saludaron volcando sus belfos en la playa./ […] / Llegó sin pasaporte y cruzó la frontera / caminando sobre el miedo sus belfos en la playa.”

 La poeta más joven incluida por Echavarría es Gloria Posada, nacida en 1967, quien nos sitúa en el abismo de la muerte ante la amenaza de la guerra: “ Al grito de guerra ningún varón se quedará en la aldea…/ ¿Qué haremos las mujeres / con el amor / mientras los hombres / convocan la muerte?”

La antología que hoy presentamos, Queda la palabra Yo, preparada por las poetas españolas Verónica Aranda y Ana Martín Puigpelat es el resultado de su sorpresa en el conocido Encuentro Internacional de mujeres poetas de Cereté, donde descubrieron la riqueza de la poesía colombiana escrita por mujeres y la forma como la comunidad acogía su mensaje.
Vienen aquí 17 voces de autoras nacidas desde 1951, como Piedad Bonnett, que abre la antología, hasta los ochenta, como Irina Henríquez, nacida en 1988, con quien se cierra este libro.  
Puede decirse que ninguna de estas poetas es ajena a la dolorosa realidad del país, a sus cicatrices, “la forma que el tiempo encuentra  de que nunca olvidemos las heridas.”, como sugiere Piedad Bonnett. La guerra que ha desangrado nuestros campos y el terror que ha sembrado en los corazones emergen en versos como los de Patricia Iriarte Díaz-Granados: “ Yo solo respondo por mi vida / cercada de peligros de aquí y de allá / un malqueriente, una bala perdida, / un paso mal dado...”

El desarraigo y la pena de quienes fueron expulsados de su paraíso, los desplazados de todas las guerras, se ahoga en un yo aprisionado bajo el tú en la voz poética de Mery Yolanda Sánchez: “Ahora solo de lejos puedes mirar la propiedad de tu tierra”
El terror ante una amenaza se impone en la tensa y contenida poética de Yirama Castano: “Pero un día llegaron los falsos monjes / a pintar con aerosoles / agujeros negros en tu cielo.”
Lejos de pactar con la búsqueda del confort y del bienestar impuestos por el mercado y los medios, a la poesía, que suele ser arisca y desgarrada, según  María Zambrano, le corresponde gritar verdades inconvenientes.
Afirma Beatriz Vanegas Athías, en esta antología, que escribir le permite vengarse del cruel, del mediocre, del arribista y del tonto, incluso del que es feliz con su manifiesta tendencia a hacer el ridículo; en tanto que María Clemencia Sánchez escribe dentro de una tradición contra la que lucha, es decir, deja claro que la tensión se resuelve en el poema.
Demoledora resulta Camilia Charry a la hora de presentar la fría crueldad a la que se somete todo lo que vive y respira, la naturaleza humana impía que devora al otro.
Mordaz, cargada de ironía y sensualidad es la poética de Fátima Vélez, en su búsqueda de la materialidad de la escritura que orienta su mirada de entomóloga.
Eliana Díaz Muñoz, por su parte, tanteando una definición de la poesía nos dice que “A lo mejor sea aquello que, en su más honda insignificancia nos devuelva al blanco vacío de la existencia”. Se escribe para recordar que ya no somos las mismas tras caer en el abismo de la página, como sugiere Irina Henríquez.
De la herida al dolor, de la cicatriz al silencio, de la crueldad a la ironía, de la materialidad de la escritura al vacío… Son tantas las propuestas de este grupo de mujeres que no puedo detenerme en todas ellas.
Vienen de una tradición contra la que luchan y, dentro de esta tradición, se situó paradójicamente, también María Mercedes Carranza, cuyo poema incluido en la contraportada no puedo sino comentar. A ella le correspondió romper con la solemnidad y el arraigo en los cánones del clasicismo de cierta poesía colombiana.
El poema pretende asesinar las palabras “Amistad”, “Amor”, “Libertad”, “Igualdad”, “Esperanza”, “Civilización” y “Felicidad”. ¿Qué nos queda, pues, tras esta masacre? Únicamente “Queda la palabra Yo”.
Sorprende esa aparente insolidaridad de Mercedes Carranza. Recordemos, por ejemplo, a Antonio Machado, quien construía la solidaridad desde el propio yo: “Converso con el hombre que siempre va conmigo, / quien habla solo espera hablar a dios un día. / Mi soliloquio es plática con este buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía.”
Es el yo interior, que permite llegar al nosotros, a los demás. Machado no dijo “el secreto de la misantropía”, sino de la “filantropía”, el amor con todos, la solidaridad. Pero María Mercedes Carranza necesitaba romper con palabras que, en la historia colombiana, habían quedado vacías, carentes de significación. Para ella, “amistad”, “fraternidad”, “libertad”, igualdad”, “amor”, “Esperanza” no son sino carcasas vacías que, de tanto repetirse sin que marquen acciones reales, han perdido todo sentido. Buscaba recuperar las palabras en su significado pleno y quería conseguirlo desde el encuentro con el propio yo, un sujeto, el único sujeto, en el que verdaderamente podía confiar.
Por eso hay que construir una poética inclusiva, como por ejemplo, desde el oxímoron, que acoja lo opuesto, y hasta lo posiblemente absurdo, para mostrarnos otras caras de la realidad: del horror a la belleza, hasta la soledad sonora de san Juan de la Cruz y de Juan Ramón Jiménez.
En el momento presente de la historia de nuestro país, de nuevo es necesario recuperar el sentido pleno de las palabras. Conseguir que la palabra sea una acción y, por eso, la nueva voz de las poetas colombianas resulta hoy tan importante.

miércoles, 14 de marzo de 2018

De Michael Gold a Betty Smith, los pobres en la literatura

  
“Yo te confieso, para mí nada tan repugnante como esa bestia prolífica, que entre vapores de alcohol va engendrando hijos que hay que llevar al cementerio o que, si no, van a engrosar  los ejércitos del presidio o la prostitución”, le dice Iturrioz  a su sobrino Andrés, el joven estudiante de medicina en El árbol de la ciencia, de Baroja. Es el tratamiento que reciben los pobres en cierta literatura, realidad que abordaría  la novela naturalista francesa con curiosidad “científica”, en su afán de explicar los males sociales. Pensemos en Germinal (1885), narración sobre una huelga de mineros en el norte de Francia que muestra cómo el deseo de los pobres de cambiar las cosas se apaga ante las condiciones inhumanas en las que sobreviven.

Iturrioz, el personaje barojiano, es todavía más radical en su desprecio hacia los pobres (más que a la pobreza) cuando afirma: “Yo tengo verdadero odio a esa gente sin conciencia que llena de carne enferma y podrida la tierra”. Es un provocador escéptico que dinamitaría el orden social injusto, para él equiparable a la naturaleza salvaje en su “lucha por la vida”, interpretación que debe mucho al darwinismo social, de gran influencia entre la intelectualidad española, al margen de su ideología.

Los pobres siempre han servido de telón de fondo a la gran literatura burguesa que se ocupaba de su clase, ya fuera en la ciudad o en la provincia: sus rituales sociales, sus dilemas morales, sus aspiraciones de ascenso, sus temores, su decadencia y ruina. Los pobres en el siglo XIX aparecían como personal del servicio doméstico, como indigentes molestos, como delincuentes peligrosos, pero muy pocas veces como protagonistas de la ficción. ¿Qué podía extraerse para la literatura de aquella miseria? Nada hermoso ni bello, solo enfermedad, fealdad, suciedad y horror.

Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX surgen en Europa y en los Estados Unidos grandes relatos en medio de la miseria. Recientemente he leído dos joyas literarias cuya lectura me ha quitado el aliento y de los que extraería páginas perdurables: Judíos sin dinero (1930), de Michael Gold, y Un árbol crece en Brooklyn (1943), de Betty Smith. Los dos tienen en común ser relatos de la infancia de un escritor, en el primer caso, y de una escritora, en el segundo. Los dos autores son hijos de emigrantes europeos que crecen en unas condiciones de pobreza extrema. Ambos viven en familias que los cobijan con amor, despertando en ellos una inclinación hacia la belleza y una capacidad de vislumbrar otro mundo a través de la experiencia del arte y de la lectura. Los dos llegan a la escritura como una forma de conjurar pérdidas dolorosas, sacrificios y renuncias: la muerte del padre alcohólico, en el caso de Un árbol crece en Brooklyn, y la muerte de la hermana pequeña, arrollada por un carruaje en una nevada, mientras iba a recoger leña para calentar el hogar, en Judíos sin dinero.

Estas dos historias se sitúan en Nueva York, en el East Side y en el barrio de Brooklyn, respectivamente. Allí se acomodan los emigrantes que huyen de una Europa en crisis. Un deseo profundo de cambio empuja a estas gentes en la larga travesía en la que invierten sus ahorros. Se sabe que entre 1892 y 1954 desembarcaron en la Isla de Ellis cerca de 12 millones de pasajeros. Muchos llegaban cargados de ilusiones sin sospechar que serían devorados por la maquinaria del progreso. Tras probar suerte entre sus paisanos y parientes, acaban sin dinero, sin un empleo para proteger a los suyos. Con los años, quizás se encuentren más pobres de lo que eran cuando llegaron. La razón: un revés de la fortuna, una estafa o un paso equivocado. No hay lugar para el error en la jauría que tritura a los más débiles.

A estos emigrantes pobres solo les quedaba la voluntad, la fuerza de sus convicciones, la consistencia de la tradición propia y la capacidad de soñar. De los resortes interiores que sostienen la estructura del ser surge en algunos un deseo de belleza, más allá de las limitaciones del medio. Se trata de una ley física, de un impuso hacia adelante para salvar a la estirpe de la degradación y el olvido. Esto es lo que ponen en evidencia los dos relatos que comento y cuyos autores conocieron en la infancia las severas restricciones impuestas por la precariedad del medio.

Novelas de formación, en la primera, el narrador, alter ego del autor, nos instala en un hogar de emigrantes judíos. En la segunda, la autora centra la narración en una niña (ella misma) del barrio de Brooklyn, descendiente de irlandeses y campesinos austriacos. Conmueve el frágil equilibrio del hogar, la férrea voluntad de la madre que contiene lo que está en peligro de disolución. Ella es quien guía a los hijos en las duras pruebas del camino.

Los niños en este medio se hacen prematuramente adultos, como Mikel que aprende en la escuela de la vida y nos ofrece una cruda visión de su ciudad, en Judíos sin dinero: “Ni árboles, ni hierba, ni flores podían crecer en mi calle, pero la rosa de la sífilis florecía día y noche”. Entre chulos, prostitutas, pederastas, usureros, éste atraviesa el campo de fuego de la infancia hasta la edad de once años en que toma conciencia de sus deberes para con la familia. 

El Nueva York de la periferia, donde se hacinan los emigrantes, no es la pujante urbe que proyecta su mirada hacia la antorcha de la libertad, ni aquella que orgullosa  levanta faraónicas obras de arquitectura e ingeniería. Los niños descubren una selva “donde las fieras abundan, donde crecían hongos venenosos: invertidos, morfinómanos, secuestradores, incendiarios, bandidos”. La ciudad de Mikey, el judío de origen rumano, está delimitada por calles plagadas de criaturas harapientas, por vagabundos que se congregan en las puertas de las lecherías. Sin embargo, en su hogar recibe el rico legado del padre, el mágico poder de la palabra que domina este contador de historias que cautiva a los hijos. En la azotea, más cerca del cielo, les transmite las tradiciones de Rumanía, bajo la luz de la luna y las estrellas, con la voz grave y magnética de un maestro. El padre tiene, además, una reverente pasión por el teatro, que comparte con otros obreros manuales sin educación. Tal es la pasión, que solía ir hasta veinte veces a ver comedias de Schiller, Gorki o Tolstoi. De la madre, Mikey recibe el ejemplo de su dignidad ante el oprobio de ser objeto de la caridad de una institución benéfica.

Los niños dejan demasiado pronto la infancia, se encuentran con una morbosa carga de responsabilidades, como Mikey, que debe renunciar a sus estudios, a pesar de demostrar un precoz dominio del idioma y gran talento narrativo en sus composiciones. Pero, además, es en la adolescencia cuando adquiere una conciencia de clase que le mueve a la rebelión. La humillación de buscar un empleo es lo más sangrante para este personaje, que al final de relato afirma: “No puede haber libertad en el mundo mientras los hombres tengan que mendigar el trabajo”. Comprende que el único camino es la revolución y es así como Michael Gold cierra este relato: ¡Oh, Revolución que me enseñó a pensar, a luchar y a vivir”. Era inevitable, por tanto, que Gold también se hiciera eco de las reivindicaciones de los trabajadores para redimir a los suyos, como intelectual y como escritor. 

Michael Gold escribió piezas de teatro, sin duda por la pasión que le transmitiera el padre. Pero la fuerza de lo vivido, que late en su interior, los rigores de su infancia y la temprana conciencia del  implacable sistema, emerge en Judíos sin dinero, que llegó a ser un best seller en el momento de su publicación. El relato es una prueba de cuánta belleza puede atesorar la miseria, algo que no es ninguna novedad si pensamos en las penurias de Cervantes. Cuando una delegación de franceses que visitó España y preguntó por el ya admirado autor del Quijote, le explicaron que se trataba de un hidalgo pobre. Entonces, estos hicieron el más frívolo de los comentarios. Su conclusión fue que, si Cervantes había escrito una obra tan maravillosa en medio de la miseria, mejor sería que continuase pobre para gloria de las letras.

No debe sorprendernos, por tanto, que en medio de la pobreza florezcan delicados frutos que brotan del corazón, ese secreto jardín reservado para momentos luminosos. La infancia difícilmente renuncia a la felicidad, como tampoco olvida el legado de los mayores, una rica herencia que no tiene nada que ver con el dinero. Es todo aquello que se guarda en nuestro interior y que nadie puede arrebatarnos, el deseo de transformar la realidad dentro de nosotros, la posibilidad de dar vida en la ficción a todo aquello con lo que soñamos, como la familia de Francie en Un árbol crece en Brooklyn, que mata el hambre con la imaginación.

Betty Smith alcanzaría un éxito clamoroso con esta novela, que inspirara la primera película de Elia Kazan, en 1945, titulada Lazos humanos. La autora tenía cuarenta y siete años cuando se publicó. El relato nos instala en uno de los suburbios de Brooklyn en 1912, con Francie como protagonista, una niña entregada a la pasión por la lectura. Ella y su hermano deben llevar a casa el dinero obtenido de la venta al trapero de deshechos recogidos en las alcantarillas: paquetes de cigarrillos vacíos, envoltorios de chicles, papel plateado, etc. Pasan por este universo de miseria los distintos miembros de la familia, la abuela austriaca y la irlandesa, las tías y los tíos y los vecinos del barrio con sus distintas tradiciones. 


Capítulo aparte merece la biblioteca pública donde la niña de este relato acude con devoción y respeto. Su propósito es leer todos los libros del mundo, por orden alfabético. El padre, cantante y bohemio, entregado a la bebida para desgracia de los suyos, inspira hondos sentimientos de atracción y de pena; la madre diligente, metódica, ahorrativa, digna heredera de la tradición, multiplica sus esfuerzos para sacar adelante a sus dos hijos. La abuela austriaca analfabeta, que reverencia la lectura y los conocimientos, inspira las más bellas páginas de la novela cuando responde a la pregunta de la hija sobre lo que debe hacer para construir un mejor futuro para la niña recién nacida. ¿Cómo empezar? El secreto, le dice Rommely, “está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro, todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto”.  

De la lectura a la escritura, un paso inevitable cuando el impulso creador se agita. Francie anota en su diario todo tipo de impresiones y hemos de suponer por su carácter que sorteará las dificultades para consumar su destino de escritora. La novela se cierra con la salida del hogar de la protagonista en busca de ese futuro para el que se preparaba, mientras pasaba las tardes de verano ante la ventana devorando libros que la hacían soñar con otros mundos. Dice la abuela: “Debes contarle los cuentos de hadas de mi tierra. Hablarle de aquello que, sin ser de la tierra, perdura en el corazón de la gente: hadas, duendes, elfos y demás”.

Yo que fui una niña pobre sin conciencia de serlo, debo a mis padres la curiosidad y pasión por el conocimiento y la devoción por la belleza que perdura en la tradición literaria, porque mi madre nos enseñó a rezar con Amado Nervo: “Señor, Señor, tú antes, tú después, tú en la inmensa / hondura del vacío y en la hondura interior”. Sirva esta modesta reseña para agradecerle a mi madre la rica herencia que nos entregó, ahora que acaba de cumplir noventa años.