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domingo, 6 de noviembre de 2016

El Quijote desde América*

De la temprana recepción del Quijote en América tenemos noticias por las crónicas que refieren la vida en La Indias. Se tiene noticia de que la obra no solo fue leída enseguida, sino que los personajes alcanzaron de inmediato celebridad al ser representados en piezas teatrales, como la que se llevó a cabo en la población de Pausa, en el virreinato del Perú, en el año de 1607, con motivo del nombramiento del virrey de Montesclaros. En “Cauallero de la Triste Figura don Quixote de la Mancha...”, actuaban los nativos engalanados como suponían deberían estarlo don Quijote, el cura, el barbero y Sancho Panza.
Francisco Rodríguez Marín señala que hubo festejos similares en otras ciudades peruanas, así como en Nueva España, actual México, a lo largo del siglo XVII e incluso en el XVIII. No debe extrañarnos que esta obra se conociera tan pronto en Hispanoamérica, si se tiene en cuenta que la suerte del Continente americano ha estado íntimamente unida al libro y a la escritura desde su descubrimiento por los europeos. Los documentos desmontan el tópico de que la conquista fue obra de rudos aventureros analfabetos.
Según el historiador Leonard A. Irving, los libros adquiridos en la metrópoli eran pieza clave del comercio de Las Indias. Para llegar a los lectores, los libros no solo tenían que atravesar un océano, sino además, abrirse camino entre la difícil y accidentada geografía: escalar los Andes, atravesar ciénagas y ríos caudalosos. Un embarque importante fue el que un tal Diego Correa le envió a un tal Antonio Toro en Cartagena de Indias, actual Colombia, a bordo del Espíritu Santo, y que consistía en bultos de libros con 100 ejemplares de Don Quijote de la Mancha.
Efectivamente, durante la colonia los libros entraban por puertos como los de Veracruz, en México, y Cartagena de Indias, en Colombia. Cuando los empleados aduaneros visitaban los barcos encontraban ejemplares del Quijote en los camarotes de los pasajeros, lo que evidencia que la lectura del libro había empezado en alta mar. Así, los conquistadores llevaron consigo el hábito de la lectura. Pero al lado del Quijote viajaron hacia a Las Indias, libros apreciados como El Lazarillo de Tormes y La celestina, aunque su aceptación no puede comparase con la que alcanzaron el Quijote y el Guzmán de Alfarache. Éste último superó en ventas al primero, al menos durante los años inmediatamente posteriores a la primera edición.
Sobre cómo fue leído el Quijote en Las Indias a lo largo de los siglos XVII y XVIII, hemos de señalar que la obra se consideraba de entretenimiento y su lectura fue prohibida por las autoridades. Las leyes decían que los nativos no debían leer aquello que despertase su imaginación y que los desviase de los preceptos religiosos, o los hiciese dudar de la obediencia debida a la Corona española. Como es lógico, tal restricción incrementó el comercio de obras prohibidas de manera notable. Lo demuestran los despachos de los libreros, como el de Alcalá de Henares, Juan de Sarriá. Los documentos indican que de los 1.000 ejemplares editados en la primera edición, llegaron unos 400 a Las Indias, cifra notable para la época.
Gracias al comercio de libros los personajes cervantinos fueron ampliamente conocidos, más que por la lectura, por la tradición oral. Al respecto, sugiere el colombiano Germán Arciniegas, que don Quijote y Sancho se les escapó de las manos a Cervantes, se convirtieron en los personajes más populares del mundo, entraron a la buena compañía de los analfabetos, que no ignoraban la pelea con los molinos de viento, el manteamiento de Sancho, las escenas con Maritornes en la Venta, lo ocurrido en la cueva de Montesinos.
El personaje cervantino pertenece a la tradición cultural hispanoamericana y ha sido interpretado de acuerdo a la época. No siempre se comprendió su idealismo ni su defensa de la libertad. En el siglo XVII, el Caballero de la Triste Figura era símbolo de la derrota y su locura no se consideraba heroica. Las hazañas del personaje también en Las Indias se tomaban por insensatez, temeridad, desviación de la norma o desatinos que motivaban la risa.
Hasta el siglo XVIII en La Indias se tiene noticia de adaptaciones teatrales, como la que se llevó a cabo en México en 1794 del episodio de las bodas de Camacho. Por entonces, el mexicano Fernández de Lizardi escribe La Quijotica y su prima, una narración en la que lo quijotesco, aplicado a la mujer, se traduce como disparate, extravagancia y temeridad. Hay que esperar al Romanticismo para que se produzca ese cambio semántico que relaciona al hidalgo con los altos ideales, que alimentaron las proclamas de los próceres en las luchas de independencia. En el proceso de construcción de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas se asiste a una apropiación del espíritu de Cervantes en el discurso político, y en el ensayo literario o sociológico. La apelación al mito funcionaba en la medida en que las jóvenes repúblicas habían hecho suyo el mundo del Quijote.Colombia, por ejemplo, lo relacionaba con el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santafé de Bogotá. Autores como Eduardo Caballero Calderón concluyen la obra de América se debe al espíritu quijotesco. Al mismo tiempo, el interés de Cervantes por ocupar un cargo en Las Indias se tiene como rasgo de su “indianidad” y esta circunstancia ha alimentado unas cuantas fantasías.
Las Indias fue un destino soñado por autor del Quijote, que quiso ocupar alguno de los cargos vacantes por entonces en las colonias, uno de ellos, en Cartagena de Indias, en el Nuevo Reino de Granada. A raíz de esta pretensión, la literatura especula sobre lo que le hubiera podido ocurrirle de haberse cumplido su propósito, el cual era ocupar la plaza de contador de galeras en Cartagena de Indias. Igualmente corría el rumor de los restos del Quijote se encontraban en la castiza y noble ciudad de Popayán (Colombia) donde se asegura que sus locuras hubieran sido objeto de veneración, no de burlas.
En Colombia se relaciona don Quijote con Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. Esta forzada coincidencia da pie a conjeturas borgianas, como la del autor que es soñado por su personaje, y el personaje que emprende el viaje soñado por el autor, etc. A partir de esta idea, la imaginación traza diversos caminos al hidalgo manchego, alter ego de Cervantes. Los paralelismos vienen al caso, pues Jiménez de Quesada también vivió entre los libros. En un arranque de locura se embarcó en la aventura de la conquista, arrastrando a gentes del pueblo a quienes les ofreció una ínsula en las Indias. Como un Quijote padeció hambre y quebrantos de salud. El Quesada, que se queda en la Península, el sobrino del Adelantado es, según Germán Arciniegas, el que inspira a otro Cervantes, el llamado Quijada que cuenta las locuras de su pariente en las Indias. Rubén Darío, a su vez, escribe un cuento fantástico titulado D.Q., que sitúa al hidalgo en la isla de Cuba en el fragor de la guerra de independencia. Antes que rendirse, en un acto suicida, don Quijote se lanza al abismo. Para Rubén Darío este es el final de un imperio, simbolizado en la imagen de una fragata española varada en la costa de Santiago, igual que la rota armadura del Caballero de la Triste Figura estrellándose contra las rocas. En el Ecuador, fue el ensayista Juan Montalvo quien le rindió homenaje a Cervantes en su célebres Tratados (1882) con los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, obra original y audaz, que se convierte en sí misma en una aventura quijotesca en la que su autor se atreve a criticar episodios del Quijote que considera de crueldad infamante.
La parodia más sorprendente es la concebida por Jorge Luis Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, texto incluido en Ficciones, que encierra algunas claves sobre las concepciones literarias del autor argentino: invención, juego de espejos, acertijos, palimpsesto, diálogo con otras literaturas, referencias apócrifas y guiños al lector, a quien pretende engañar con la existencia de Menard que no quiere solamente imitar al Quijote, sino volver a escribir el Quijote exactamente igual.
El texto de Borges distingue entre el narrador, el autor y el personaje. Para escribir el Quijote Menard asegura necesitar: “Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años 1602 y 1918 ser Miguel de Cervantes.” Es un ejercicio que Borges considera inútil por tratarse de locura quijotesca. ¿Qué sentido tiene querer volver a escribir el Quijote tal cual? La lengua habitual en el siglo XVII, escrita en el XX, resultaría afectada y antinatural. El cambio, por tanto, no se produce en la obra sino en el lector. El cuento de Borges es una metáfora sobre los efectos del tiempo en la obra literaria.
Como decía al principio, la lectura que Romanticismo hace del Quijote y de su personaje rompe el tópico del cómico, para simbolizar en él la búsqueda de amplios horizonte, que coinciden con los ideales de igualdad, justicia y libertad, valores que son el emblema de muchas repúblicas hispanoamericanas. La imagen del Quijote revive en el los discursos fundantes desde Simón Bolívar, hasta José Martí, e incluso alcanza a la izquierda redentorista que tuvo en el Che Guevara la imagen viva del Quijote.
Producto de la imaginación y de la temeridad quijotesca, la fábula cervantina se concreta en América y el Nuevo Mundo, cuyo correlato es la ínsula de Sancho, un laboratorio de ideas donde, deben ensayarse distintas formas de gobierno. Eso explica muchas de las disputas en las primeras décadas del siglo XIX que en Hispanoamérica impidieron la organización de los nuevos países. Por eso alcanzan vigencia los consejos del escudero. Sorprende a muchos la demostración de sentido común y la natural idea de la justicia que late en la entraña del pueblo encarnado en la figura de Sancho Panza.
Sancho, en consecuencia, ocupa un lugar predominante en los discursos políticos del siglo XIX. Precisamente, en Colombia en 1837 se editaba una hoja suelta destinada a la crítica de la situación política, titulada, El Sancho Panza. Sancho representa al pueblo soberano que pone el dedo en la llaga y habla en nombre de los desposeídos. Ataca a los oportunistas, que se apoyan en derechos por su linaje o reivindican su participación en las guerras de independencia. La hojita denuncia problemas prácticos: conflictos por las minas de sal, la educación doméstica, la justicia, el empleo, pero siempre ensartando refranes propios de Sancho.
Raúl Porras Barrenechea, que sigue la huella de Cervantes en el Perú, recuerda a Juan Manuel Polar quien escribió Don Quijote en Yanquilandia. Allí los críticos más destacados como Riva Agüero y Miró Quesada se complacen en señalar la influencia de Garcilaso de la Vega en el Persiles de Cervantes. Es decir, cada País busca conectar su propia tradición con el Quijote. Del mismo modo, la Argentina de comienzos del XIX se apoya en la figura del Quijote. Ensayistas y estadistas como Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento la utilizan con fines paródicos para volcar sus ideas aplicadas a la construcción del país, después de las gestas independentistas. Su conclusión es que el Quijote, convertido a la causa republicana, comprende que no es posible extinguir a sablazos las tinieblas y la ignorancia de la cabeza de un pueblo, que ignora el gobierno de sí mismo. Sarmiento, en cambio, pone en boca de un espiritista sus ideas sobre don Quijote en un texto publicado en La Nación desde donde se animaba un debate de ideas sobre la construcción del país. Para él, don Quijote representa el progreso, a la vez que puede entenderse como un programa de gobierno.
En definitiva, la huella de Cervantes sobrevive en Hispanoamérica a lo largo de los siglos, de modo que la celebración del Tercer Centenario del Quijote en 1905 no pasó inadvertida. La efeméride dio lugar a una extensa bibliografía ensayística en todos los países. La generación modernista, tan vinculada a España, exaltó la figura del hidalgo como emblema de la hispanidad. Los intelectuales hacían frente común con España para marcar sus diferencias respecto al arrogante espíritu anglosajón, pues, tras la derrota de Cuba, los Estados Unidos se convertían en una amenaza para las jóvenes repúblicas.
En las últimas décadas y a raíz de la celebración del Cuarto Centenario del Quijote, la intelectualidad vuelve sobre la obra y el personaje para recordarnos su vigencia en la tradición cultural hispánica. El crítico Rafael Gutiérrez Girardot traería al presente la ética de la solidaridad de la que da muestras la obra, a la vez que deploraba el imperio de los antivalores impuestos por el neo liberalismo, para concluir que el Quijote en estos tiempos representa la esperanza en la utopía.
El ideal quijotesco coincidió en algún momento con los sueños de cierta izquierda utópica o romántica. Germán Arciniegas ya lo había señalado al recordarnos que la amistad que une a don Quijote y Sancho es el más democrático de los ejemplos. Según él, la pasión por la libertad pone a don Quijote al lado de la izquierda, donde también se encuentra el corazón. Su locura, nos dice, no fue otra cosa que “una forma disimulada de protesta”.
Las actividades que en los últimos años se llevaron a cabo con motivo del Cuarto Centenario de la Primera Parte del Quijote, demuestran la vigencia del mito cervantino. Punto de referencia de un concepto posmoderno de la literatura, la obra le asigna al autor una vigencia y un peso en la cultura universal, que va más allá de las fronteras del idioma. Entre la ingente bibliografía, las numerosas ediciones y traducciones del libro a todo lo largo de Hispanoamérica, llama la atención un caso curioso que traigo aquí. La traducción del Quijote al dialecto paisa, el de la región antioqueña en Colombia, una versión abreviada de la que recojo este párrafo que puede dar cuenta de una determinada lectura del Quijote, en una época y en lugar le Colombia : "[…] don Quijote era un caballero alto flacuchento, alentado y madrugador, y se pegó una encarretada con los libros de caballería, de vez en cuando se iba a visitar a sus únicos amigos, el cura y el peluquero, y con ellos hablaba las aventuras de estos libros. Hasta tanta leedera don quijote estaba muy loco y se creía muy ciertas las historias que leía"»
Texto leído en Villanueva de los Infantes dentro de las jornadas Encuentros con Cervantes el pasado 5 de noviembre.

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