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domingo, 27 de marzo de 2016

Antonio Beneyto, pintor postista

Antonio Beneyto se define como “postista gótico” con las connotaciones que los dos términos arrastran, entre otras, postura ética y estética y arraigo en un lugar con su historia. Heredero de las vanguardias de entreguerras, el postismo en el que se circunscribe su obra retomó el aliento del surrealismo hacia 1946, en un momento en que España vacilaba entre el concepto purista de la poesía y el compromiso social. Los postistas, en cambio, defendían el impulso de la imaginación libre, en el arte, y el sentido lúdico de la vida. Humor, disparate, absurdo y locura, alimentan la poesía de autores como Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro, fundadores del movimiento, junto con el italiano Silvano Sernesi.
El poeta Jaime Parra, en su prólogo al libro de Beneyto Un bárbaro en Barcelona, define el postismo con gran precisión: “Porque el postismo es un ismo singular, fraterniza. Euritmia es su definición como Eureka es su resolución. Euritmia entre los ismos, armonía, exaltación. Espontaneidad, líneas, enderezamiento, juego, enigma y morfología. Nadie atinará a ver el postismo si no es un iniciado, si no tiene ojo y oreja.” Y es que gracias a la agudeza de los sentidos y a una apertura mental, es posible acoger al otro y enriquecerse con sus aportaciones; renovarse con lo inesperado, como ocurre con ciertas figuras clave que, sin proponérselo, se fusionan con extrañas materias sin temor al contagio, alimentado su obra de diversas influencias.
El hecho es que los poetas españoles de finales de los cuarenta se desviaban de la tendencia hegemónica canalizando su inspiración hacia las propuestas vanguardistas, relegadas tras la guerra civil. Por el contrario, el surrealismo en Hispanoamérica seguía una línea de continuidad en un terreno tan propicio como el del Río de la Plata donde produjo fantásticos frutos. Allí una importante nómina renovaría las formas, agrupados primero en torno a publicaciones como Que (1928), revista fiel a las propuestas de Breton y posteriormente de Ciclo (1948-49), abierta a otras estéticas vanguardistas; o A partir de 0 (1952-1956), dirigida por Enrique Molina, figura emblemática del surrealismo en aquella región. Humor, erotismo, absurdo, imaginación y pulsión rupturista, definirían su poesía.
No hay que olvidar que fue un uruguayo nacido en 1846, el conde de Lautremont, quien presintió, gestó y conjuró en sus Cantos de Maldoror el surrealismo. Tampoco podemos pasar por encima de esa rareza inclasificable que ilumina nuestro horizonte intelectual, Macedonio Fernández, maestro de Borges, filósofo ajeno a toda erudición libresca y de una deslumbrante sabiduría. En el modesto lugar, en el que se situó él mismo, fue mucho más lejos que ninguno en sus búsquedas, quebrando las categorías filosóficas para instalándonos en una nueva visión del cosmos y una propuesta vital que formula en obras como No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Estos dos nombres explican la fascinación de Beneyto por los personajes, los temas y las locuras de “la otra orilla”, de donde llegan los aires renovadores que necesitaba una parte de juventud española de los sesenta y setenta.
Como es sabido, desde Rubén Darío, a España solían arribar los intelectuales con cargos diplomáticos, o como estudiantes. Recordemos en los cincuenta a los integrantes del grupo de la revista Mito en Colombia los poetas Eduardo Cote Lamus, Jorge Gaitán Durán, o el crítico Rafael Gutiérrez Girardot, fundador de la editorial Taurus. También al novelista Eduardo Caballero Calderón, fundador de la editorial Guadarrama. Destaca entre ellos el poeta Eduardo Carranza, mimado por el régimen, cuya presencia marcaría un momento en las relaciones intelectuales entre España e Hispanoamérica con la creación del Instituto de Cultura hispánica. Fuera de ese circuito podemos mencionar al narrador y poeta Darío Ruiz Gómez del que diría su amigo y compañero de estudios, Rafael Conte, que ya había leído todos los libros del mundo.
De otra naturaleza serán las redes que fue tejiendo Antonio Beneyto en Barcelona en torno a afinidades y elecciones, al margen de la cultura oficial. Si bien la posguerra había condenando al exilio a sus intelectuales, la relación con los compatriotas no se rompió. Ahí estaban las revistas, los libros que podían colarse en el equipaje de los viajeros y la relación epistolar que hoy se ha perdido con las tecnologías. Entonces, gracias a las cartas que iban y venían, se concretaban los proyectos. Así contactaron por primera Alejandra Pizarnik y Antonio Beneyto quienes no se conocieron personalmente.
También hay que tener en cuenta el impacto del boom que en los setenta trajo a la Península a autores de la dimensión García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa, quienes revolucionaron el arte de narrar con sus propuestas vanguardistas. Estos ponían en cuestión la noción de la realidad, rompiendo la secuencia lineal del tiempo, trastocando la percepción del espacio, abordando desde distintas perspectivas al personaje o borrando las fronteras entre el sueño y la realidad, como si el fluido surrealista hubiese contaminando la novela. Con ellos Barcelona se llenó de “salvajes” aprendices de escritores que querían matar al padre. Estos no eran postistas, sino posmodernos tras las huellas de Cortázar, el niño gigante que nos devuelve al encantado jardín de la inocencia donde quedara presa del asombro Alejandra Pizarnik.
Gracias a la dinámica teoría de los vasos comunicantes, del puerto de Buenos Aires al puerto de Barcelona, Beneyto, poeta, pintor, ensayista, narrador y editor, tiende una red que alcanza a Venezuela, Colombia y México. Las luces del surrealismo encienden su imaginación, afinan el oído y la vista para las visiones nocturnas que salpican sus telas y que evocan las pesadillas del conde de Lautremont, o los desgarros de Pizarnik. El punto de encuentro, insisto, es la ciudad condal; el vínculo entre ellos es el surrealismo, como espiral que se concentra en torno a Maldoror y se expande hacia otras épocas y geografías.
Servirá de puente el poeta y pintor Antonio Fernández Molina, ligado a la revista dirigida por Camilo José Cela, Papeles Son Armadans, quien le dio a leer a Beneyto -también colaborador de esa revista- el libro inédito Nombres y figuras, de Pizarnik, que lo deslumbró, por lo que se propuso publicarlo en la colección a su cargo. A partir de ese proyecto se inicia una relación epistolar en la que se intercambian dibujos, fotografías y poemas, la vez que se comparten lecturas. La relación traerá a otros argentinos como el poeta y editor Arturo Carrera, que iba a Barcelona a ver García Márquez, Dalí; a Julio Cortázar con quien Beneyto mantiene correspondencia y a quien despide en el aeropuerto tres meses antes de su muerte.
También está en esa red el poeta y editor argentino patafísico, Norberto Gimelfard, Adolfo Bio Casares y Raúl Núñez cuyo encuentro Beneyto nos describe así en sus Escritos caóticos: “Raúl Núñez ya llegó enganchado, enganchado a lo beatífico o para mejor decir, a lo beat: él sabía de los Kerouac, Carrady, Ferlinghetti, Corso, Orlowsky, Burroughs, Gysin, Ginsberg y por algo traía entre su equipaje los poemas de los ángeles náufragos.” (pág. 28). La cita es en El Paraigüa en el barrio gótico donde lo espera leyendo Los Cantos de Maldoror. En este libro Beneyto también da cuenta de la fascinación por Macedonio Fernández, y Oliverio Girondo.
De otras geografías, acaso enmarañadas, abruptas y anegadas de sueños, viene el venezolano Arturo Uslar Pietri, paisano de José Antonio Ramos Sucre prevanguardista suicida, ignorado por décadas al no poder ser clasificado, y cuya obra reseña Beneyto; o Argenis Rodríguez a quien considera un “loco de la escritura” y del que refiere frases memorables de su diario, en el que se pone en evidencia su pasión por autores como Strindberg, Hölderling, Kierkeegard o Tolstoy, lo que nos puede dar una idea del personaje.
A la lista de amigos, conocidos o leídos, han de sumarse los chilenos José Donoso y Roberto Bolaño, la uruguaya Cristina Peri Rossi, los colombianos Óscar Collazos, Rafael Humberto Moreno Durán, Elena Araújo y Mario Lafont, poeta y pintor considerado por Octavio Paz como el más importante poeta surrealista hispanoamericano. Queda constancia de la relación con este particular personaje enfermo de bohemia, autor de un libro desaparecido Poemas podridos (Nueva York, Villamiseria), gracias al testimonio de Jaime Parra, amigo y compañeros de aventuras de Beneyto quien asegura que Lafont fue un guía en sus lecturas surrealistas.
Lo anterior demuestra la predilección de Beneyto por los autores de la zona del Plata, del Orinoco y de la Amazonía, así como su atracción por los pintores poetas y narradores vanguardistas, breves, fantásticos y heterodoxos que su capacidad de asombro y disposición para lo fantástico le permitieron escuchar. Gracias a tan beneficiosas influencias Beneyto ha vivido como un hispanoamericano en el barrio gótico de Barcelona donde escribe y pinta. En definitiva, un bárbaro, tal y como se define en su “Apòcrif autoretrat”: Ahora, cuando aún caminas, / caminas por el dédalo de callejas / de tu barrio gótico: Barcelona. / ¡Pozo de alegría!/ ¡Tantos, tantos años!/ La vida insistente, / sigue abrazándote, / echando la garfa.

viernes, 11 de marzo de 2016

Rubén Darío poeta americano*

Rubén Darío es considerado el poeta americano más grande y el arquetipo del intelectual que vivió por y para la poesía. Como afirma Jorge Urrutia, Darío no fue, como otros escritores, un funcionario o un político que se dedicaban a la literatura, de los que tantos ejemplos nos ofrece España. Tal es el caso de Campoamor, Núñez de Arce y del propio Castelar, quienes además de ejercer un cargo se dedicaban a la literatura. Muchos escritores de la generación de Darío fueron maestros o catedráticos de instituto, que en sus ratos libres colaboraban con la prensa y componían versos.
Darío, por el contrario, es el poeta que se ve obligado a realizar diversos oficios para cubrir sus necesidades básicas. Desde la más tierna edad demostró una asombrosa habilidad para componer versos. Fue reconocido en su tierra natal como el “niño poeta” por esta prodigiosa capacidad. La poesía le abrió las puertas de los salones y las tertulias donde sorprendió por su talento. Puede decirse que ante la orfandad y las nubes sobre su pasado, la poesía no solo justificó su existencia sino que, además, lo lanzó al mundo. No lo presentó el padre incapaz velar por él, ni la madre que lo entregó a unos parientes, quienes se ocuparon de su educación. La poesía fue para él la única carta de presentación.
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A pesar de ser un caso único, la vida de Rubén Darío presenta ciertos rasgos comunes con otros escritores americanos, como Gabriel García Márquez. Igual que Darío, éste no creció con sus padres, con quienes se reúne años después, hecho que deja una huella profunda en el caso de Darío. Es el padre adoptivo quien se convierte en guía y lo acerca a la poesía. García Márquez se cría con los abuelos. El viejo coronel lo inicia en el conocimiento del mundo, de la misma manera que el coronel Félix Sarmiento lleva a Darío a conocer el hielo (el abuelo de García Márquez hace lo mismo). Los dos crecen en un ambiente de provincia donde cada acontecimiento novedoso adquiere dimensiones mágicas: la llegada de los saltimbanquis, o de los magos que enciende la imaginación infantil. Los dos ejercen el periodismo, actividad que les aporta el sustento y en la que despliegan su talento literario. Los dos viven la experiencia europea y recorren el mundo. Ambos asumen un compromiso político en momentos coyunturales.
Rubén Darío aprende a leer a los tres años y compone versos por encargo para homenajear a personalidades. Siendo muy joven ocupa un puesto en la Biblioteca Nacional como secretario del presidente Cárdenas. Aprende del poeta Francisco Gavidia, escritor y educador salvadoreño, quien le hace ver las posibilidades rítmicas de la métrica alejandrina. Este poeta erudito no solo dominaba lenguas como el francés, el alemán, el inglés y el portugués, entre otras, sino que además conocía el latín, el griego y el maya-quiche. Pero Darío también recibe la influencia de la mulata Serapia que inocula en el niño la atracción por el misterio con los cuentos de monstruos y aparecidos que lo aterroriza en las noches (igual tarea cumple la abuela de García Márquez). Además, entre las primeras lecturas de estos escritores están la Biblia y las Mil y una noches. Sin duda, en estas comunes referencias podría estar el germen de una escritura americana.
Darío emigra a Chile donde publica una novela, Emelina, así como los primeros versos reunidos en Azul, ya publicados en el periódico El Heraldo. Envía el libro a Juan Valera, quien le escribe una carta elogiosa. El texto servirá de prólogo a posteriores ediciones. Estas palabras de Valera significan la consagración del joven poeta americano.
Después de Chile, Darío pasa a El Salvador, luego a Costa Rica y a Guatemala. La travesía centroamericana le permite impregnarse de la naturaleza y de las raíces indígenas y españolas que conforman la cultura americana. En 1892 es enviado a España por el gobierno de su país para asistir a la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Al llegar a Madrid ya es conocido por un grupo de poetas que lo reciben entusiasmados. Son jóvenes ansiosos de cambio y novedades.
Quisiera destacar, sin embargo, la importancia de las relaciones de Darío con otros poetas americanos. Rafael Núñez, presidente de Colombia y poeta también, lo nombra cónsul de Colombia en Buenos Aires. Antes de tomar posesión del cargo pasa por Nueva York donde se encuentra con José Martí, su maestro. Este lo recibe en un acto en el que interviene a favor de la lucha por la independencia de Cuba. De Nueva York pasa a París. Allí conoce al cronista Gómez Carrillo y a Sawa, quienes le presentan a Verlaine. En París se encuentra con el planfletario Vargas Vila con quien sella una entrañable amistad después de un desencuentro, debido a su relación con Rafael Núñez. En 1898 viaja a España tras la derrota de Cuba.
El poeta sorprende en cada público, bien sea con su «Salutación a la raza»: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!» (1892); en su repudio a la prepotencia de los Estados Unidos, que humilla a España y somete a las repúblicas hispanoamericanas (1898): «Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor /que pasa por las vértebras enormes de los Andes » («Oda a Roosvelt»), o en la celebración del III Centenario del Quijote, en 1905: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión […]» («Letanía al señor don Quijote»). Al margen de esta poesía épica o elegíaca, Darío nos deja cierta melancolía en los versos en los que se asoma al misterio en busca de la "luz divina de la poesía".
*Homenaje a Rubén Darío el pasado 8 de marzo en el Centro Asturiano de Madrid. En la mesa: el poeta Jorge Urrutia, la representante de la Embajada de Nicaragua Natalia Quant, Valentín Martínez, director del Centro Asturiano y yo misma. De pie, el poeta Javier Lostalé leyendo versos de Darío.