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martes, 19 de agosto de 2014

Darío Ruiz Gómez, Las sombras

Darío Ruiz Gómez, Las sombras. Medellín, Sílaba, 2014, 243 págs.
La sombras es la más reciente novela del escritor colombiano Darío Ruiz Gómez (1936) cuyo mundo narrativo ha estado a caballo entre Colombia y España, país a donde llegó en 1958 y donde permaneció cerca de diez años. Si bien las ficciones de este autor, tanto relatos como novelas, se instalaban por lo general en la ciudad de Medellín, desde aquellos primeros cuentos que son parte del canon de la literatura colombiana, como Para decirle adiós a mamá, Las sombras nos llevan por dos ciudades: Medellín y Madrid, aunque en última instancia el espacio es solo el punto de apoyo de un sistema emocional en el que nos adentramos a partir de instantáneas que resumen momentos cruciales de la existencia.
Aquí se manejan en tres capítulos tiempos y espacios distintos pero vinculados por redes secretas de poder e influencia: el primero, «En caso de que el invierno continúe» transcurre en el gélido y gris Madrid de la posguerra que sobrevive a finales de los cincuenta, donde agonizan en vida ciudadanos forzados al anonimato: los perdedores de la contienda, pero también los oportunistas que se lucran de la miseria y de la doble moral, gracias a la cual dominan con absoluta impunidad y en no pocas ocasiones con la aprobación de un régimen que obliga a callar, cuando no a cambiar el significado de las palabras; el segundo, «En tiempo de terror, los días de una lágrima» da cuenta del adoctrinamiento y manejo de las consciencias en un periodo de extrema violencia en Colombia, hacia 1952, cuando tuvo lugar la más atroz persecución y la masacre de inocentes, que supuestamente defendían ideas peligrosas. El esquema funciona igual que la Falange española cuyo ideario político fue compartido por un influyente sector de la sociedad y, en concreto, en Medellín; y el tercero, «Afuera, donde la lluvia ha borrado el horizonte» que explora otras zonas de Madrid donde se refugian los jóvenes de los sesenta que huyen del bostezo familiar hacia los barrios de Argüelles y Chamberí, o hacia los bares y casinos situados a la altura de Manuel Becerra. Entre el pasado oprobioso y la modernidad que impone otras modas y estilos, salen a la luz casos que llenan las páginas de la crónica roja, cuando ya no es posible eludir la pestilencia de los sótanos ni el hedor de las cañerías.
Darío Ruiz Gómez nos ofrece en Las sombras cuadros dignos de Goya, en un Madrid que respira entre luces y sombras intentado enterrar su vergonzoso pasado. La mirada del narrador se detiene en esa España clandestina que se sacude el polvo de la guerra y tira a la basura las burdas telas, los ásperos calcetines de lana y la achicoria para conquistar los salones de baile, las modernas cafeterías, las terrazas de Rosales y las salas de cine. Pero la vida no es igual para los vencidos como la obrera de la fábrica de jabón que en las noches trabaja en la cafetería para poder enviar al hijo a la escuela, ni para el niño que debe emplearse en la panadería, mucho menos para quien debe seguir oculto en el sótano de su casa, convertido en un cuerpo sin historia. Tampoco es igual para el profesor detenido, denunciado por el intelectual de derechas que ocupa un cargo alto en la universidad. Triunfa en este contexto la familia católica, como la parte visible del sistema, pero también la realidad oculta, la de las lujosas casas de citas donde se deciden asuntos de alta política. Esperpentos, caricaturas de monstruos, estos personajes enriquecidos por el estraperlo, viven a costa de la sangre de sus víctimas, y podrían inspirar a un Paul Féval, a quien Ruiz Gómez hace un guiño mencionando su decimonónica y lúcida Ciudad vampiro.
Pese a todo, los tiempos cambian y al catolicismo ortodoxo, cuyos principios son la obediencia y la disciplina, se enfrentan las corrientes de pensamiento del siglo XX que invaden Europa: el existencialismo, el marxismo y el neopositivismo que «corrompen» a la juventud en un escenario en el que triunfa quien inclina la cabeza ante el poder o delata a sus vecinos. El hecho es que una nueva clase social brota de las sombras y borra de tajo la memoria los luminosos años veinte y treinta de los que solo se tiene noticia a través de las hemerotecas
En ese Madrid desmemoriado un joven estudiante extranjero observa desde un punto estratégico el devenir de la sociedad sin poder desprenderse de su pasado, también marcado por la violencia en la tierra natal, que vivió de niño, una violencia que arrojó a su familia campesina a la periferia de una Medellín opresiva y de corte católico confesional. Lo que sugiere el autor es que cuanto ocurre en el Madrid de los sesenta no es ajeno a lo sucedido en la Colombia de finales de los cincuenta. Es el efecto de una fuerza poderosa, de un fanatismo letal que odia al diferente, que oprime los corazones y encierra a los individuos en unas fronteras mentales sin permitirles expresarse en libertad.
Las instantáneas que nos ofrece Ruiz Gómez en Las sombras son tan vívidas que percibimos el gesto de los personajes, la tristeza de su mirada, los nudos de sollozos que se atoran en su garganta, el horror en sus bocas mudas ante la cabeza de un ser querido destrozada por las balas. Las atmósferas que los envuelven adoptan el color gris de la agonía, de una insatisfacción vital que los deja sin horizontes, sin perspectivas de futuro.
Hacia el final de la travesía, ese agudo y sobrio fotógrafo que modestamente se oculta tras su cámara dispara estas preguntas: «¿Qué es aquello que se ve a lo lejos y no logra captar la cámara del cine? ¿Cuál fue la esfera del cerebro que se negó a aceptar un argumento cualquiera?» Porque, a juicio de Ruiz Gómez, lo más importante del ser humano es su cabeza, el cerebro del muchacho que vivió aquella película y donde se fijaron las imágenes que emergen del recuerdo: la niña que vendía pipas, el padre y el hijo que trabajaban en el maloliente establo y fueron desalojados por el ayuntamiento, abandonados a su suerte; los ojos suplicantes de Pepe el ex payaso republicano o la huidiza mirada del policía atento a las conversaciones de posibles enemigos del régimen: ese delator sin el cual no hubiera sido posible tanta ignominia.
Es esta una novela de larga digestión que exige su tiempo para asimilar el torrente de imágenes congeladas en el cerebro del muchacho que fue Darío Ruiz Gómez y que llegó de su Medellín natal al Madrid de la posguerra, donde transcurrió una parte importante de su juventud, y que ahora en la distancia nos ofrece su testimonio con una precisión lacerante, a la vez que arroja luces sobre oscuridades del ser, en los periodos más sangrientos de la historia, de modo que el dolor y la nostalgia se transforman en jubilosa reflexión por la magia y el encanto de la literatura.

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