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domingo, 24 de agosto de 2014

Ecuador cuenta

Ecuador cuenta, antología. Selección de Julio Ortega, Centro de Arte Moderno, Madrid, 2014
Esta selección de cuentos ecuatorianos, a cargo del profesor Julio Ortega, es impecable no solo por la calidad de los trabajos seleccionados, sino por su equilibrio. Me parece notable el número de escritoras seleccionadas, lo que no es muy corriente en este tipo de selecciones, pues entre las treinta y ocho piezas once corresponden a autoras de distintas generaciones.
La antología comienza con «Matrioskas», de Marcela Ribadeneira (1982), quien a partir de la metáfora de la muñeca rusa aborda el tema de la identidad no desde el punto de vista cultural sino psicológico pero, a la vez, vincula el tema al proceso de escritura y al género, el cuento. Buscar la identidad implica ir desprendiéndose del maquillaje, de la piel y de las distintas capas que cubren al ser, hasta llegar a la nada, una nada esencial que es el principio y fin de la existencia también.
Pienso inevitablemente en Roa Bastos quien en la narración «Contar un cuento» define el género de la misma manera: ese proceso de arrancar capas que llevan a la nada, a la desaparición y la muerte, ya que al finalizar el relato el narrador está muerto. La muerte, pues, está encerrada en una serie de narraciones concéntricas. Lo mismo ocurre con un cuento de Onetti, «La cara de la desgracia» donde se plasma ese proceso de disolución del individuo.
El criterio de esta selección no es otro que la calidad literaria, de ninguna manera se rige por parámetros académicos: generaciones, regiones, o movimientos. Aquí están quienes encarnan el vigor de un género muy cercano a la poesía. Quizás podemos abordar el conjunto por temas, entre los que destaca la pregunta por la identidad y por el lugar del origen, como ocurre en el contexto de la emigración en «Redoble de campanas en Madrid» de Raúl Vallejo (1959); asimismo hay relatos en los que se reiventan las tradiciones, o en los que se subraya el papel de la memoria o del olvido, como también ocurre en el paradigmático cuento de Roa Bastos, pues eso de contar a veces es un asunto de vida o muerte y aquí no dejan de referirse crímenes: asaltos en la calle, violencia sexual, asesinatos, etc.
He de aclarar que esta nueva cantera de cuentistas en el Ecuador, o fuera del Ecuador, no sale de la nada, ya que el país ha dado a la literatura maravillosos exponentes del género como Demetrio Aguilera Malta, quien pone en evidencia la diversidad de un país con sus distintas hablas, tradiciones y culturas, por ejemplo, en «El cholo que se vengó» y Pablo Palacios, que en «Un hombre muerto a puntapiés» aborda un hecho delictivo desde el que explora distintos puntos de vista, lo que lo aleja de la crónica roja y más bien le sirve para introducirse en los laberintos del alma humana. Por tanto, quién que se precie de conocer el cuento hispanoamericano no puede desconocer estas obras maestras.
Entre otros cuentos, llama la atención el del conocido escritor Leonardo Valencia (1969) quien en «Intimidad» nos habla de amores y desamores, de la angustia ante la imposibilidad de poseer a la persona amada, por lo que el protagonista echa mano de fotografías y grabaciones para retener sus gestos, su aliento, como una forma poseer su alma, que precisamente no se le puede arrebatar a las personas. Como es lógico, no faltan en este volumen autores canónicos como Iván Egüez, Francisco Proaño Arandi, Javier Vásconez, Jorge Dávila Andrade, Gilda Holst, Liliana Miraglia, entre muchos otros, al lado de jóvenes talentos que dan cuenta del estado de un género que tiene apasionados y fervorosos seguidores entre quienes me encuentro.

martes, 19 de agosto de 2014

Ciencia ficción en el espacio hispánico

En El desmemoriado, Fabio Martínez (Cali, Colombia, 1955) incursiona de nuevo en la literatura de ciencia ficción y lo hace con el humor que lo caracteriza desde Pablo Baal y los hombres invisibles que publicó en 2003. Es curiosa la trayectoria de este escritor polifacético que se mueve con soltura entre la novela histórica con títulos como La búsqueda del paraíso, biografía novelada sobre Jorge Isaacs, autor de la más bella novela del Romanticismo hispanoamericano, María. Asimismo es autor de Balboa, el polizón del Pacífico, relato sobre el descubridor del océano Pacífico. Es como si su escritura necesitara desplazarse desde el tiempo histórico hasta el imaginario futuro, como una forma de perderse en la búsqueda de sentido y en la necesidad de entender el presente.
Pero Fabio Martínez, el autor, no está perdido en el tiempo, todo lo contrario, anclado en el presente, ejerce la cátedra como profesor de literatura de la Universidad del Valle, a la vez que dirige su sede del Pacífico en Buenaventura. Además, es columnista del diario El Tiempo donde nos ofrece su punto de vista no solo sobre la actualidad política, sino sobre diversos temas de candente vigencia. De modo que estos dos polos a tierra como son el periodismo y la docencia le impiden desviarse de la cronología que sin duda rige su vida.
Pero tal rigor solo puede darse a medias en un escritor dominado por una vocación literaria que se le impone, ya sabemos que la escritura es un desvío de la prosa del mundo, esta llanura prosaica, a la montaña mágica de la imaginación y la ciencia ficción es en este caso una vía de escape para conjurar cierto malestar que nos asalta debido a los acelerados y sorpresivos cambios que la tecnología ha introducido en nuestras vidas. Nos inquieta sobremanera que cambie nuestra percepción del tiempo y del espacio, que hurgue en la intimidad del ser humano, no sabemos si con la intención de deshumanizarlo o de despellejarlo vivo. De hecho, el esfuerzo de los personajes de El desmemoriado consiste en una simbólica resistencia a cambiar sus hábitos, convencidos como están de que lo importante es mantener los lazos que los unen y aferrarse tenazmente a los símbolos constitutivos de su identidad. Este es uno de los temas que se abordan en El desmemoriado donde dos personajes son condenados a la marginalidad y a la clandestinidad por haber quedado fuera del sistema, es decir, por no haber llegado a tiempo para recibir una tarjeta electrónica y un pin que los conecte a un sistema central, igual que al resto de los ciudadanos.
Nos instalamos en una Bogotá ultramoderna el 6 de agosto de 2068 en que se celebra el 530 aniversario de su fundación y Pitty Caballero, profesor universitario, junto con su esposa Manzana Siachoque intentan sobrevivir sin el pin recurriendo a tretas para escamotear las medidas del gobierno. Encontramos una ciudad llena de pantallas que vigilan, con una marquesina que la atraviesa de oriente a occidente para proteger a los ciudadanos de los sorpresivos aguaceros torrenciales, un guiño al sabio loco, el profesor Goyeneche que nutrió de anécdotas el imaginario de los estudiantes de la Universidad Nacional.
Por la ciudad transitan clones y mutantes y gentes orgullosas de mantener a raya a los pobres ciudadanos que viven en los márgenes, pues el centralismo ha triunfado sobre las regiones apartadas. El funcionamiento del cerebro es modificado para que las personas se adapten a las nuevas realidades: a cambiar los alimentos por cápsulas, a solicitar los bienes y servicios a través de la red y a obedecer sin cuestionarse las órdenes del jefe supremo, que solo desea perpetuarse en el poder. Es preciso, por tanto, prolongar la vida de los individuos e intentar incluso que alcancen la inmortalidad.
Literatura y ciencia van de la mano aquí y este procedimiento propio de la literatura de ciencia ficción, como sugiere Arturo García Ramos, «lleva las teorías racionales más allá de sus posibilidades mediante la imaginación» García Ramos (El cuento fantástico en el Río de la Plata, Mirada Malva, 2010: 306).
Y es que a medida que se avanza en la narración nos vamos dando cuenta de que ese futuro no es de ninguna manera ajeno al presente. Entendemos que se cuestionan el totalitarismo, el aislamiento e incomunicación entre las personas debido a la avasalladora presencia de las tecnologías, como dice el protagonista: «En el siglo XX, el hombre mató a Dios; en el siglo XXI el hombre mató al hombre».
Hay que celebrar, por tanto, esta reflexión sobre el presente desde un futuro no muy lejano, lo que se da en medio de la atmósfera inquietante del relato, aunque todo ocurra dentro de una aparente normalidad, procedimiento que inserta esta novela en nuestra tradición fantástica de ciencia ficción, que se remonta a Leopoldo Lugones, autor de ese conjunto de relatos que son Las fuerzas extrañas (1906), hasta llegar a la paradigmática novela de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel (1940). Con ellos la ciencia ficción en nuestro entorno hispánico se ha abierto camino entre lo fantástico, alimentándose no solo de los adelantos científicos, sino también del cine, de los dibujos animados, tanto como de los clásicos. No cabe duda de Fabio Martínez es un apasionado lector de las novelas de Julio Verne que nos iniciaron en la lectura, pero sobre todo de obras como La máquina del tiempo de Wells El fin de la eternidad de Isaac Asimov, o Fahrenheit 451 de Bradbury que nos permiten reflexionar en lo que le espera a la humanidad bajo los regímenes totalitarios y sobre lo que queda del ser humano cuando se manipula su cerebro. También de sus predecesores en Colombia como Antonio Mora Vélez (1942), Glitza (1979) e incluso José Félix Fuenmayor con Una triste aventura de catorce sabios, (1928) y José Antonio Osorio Lizarazo con su novela Barranquilla 2132 (1932). Pero no olvidemos que El desmemoriado es ficción dentro de la ficción, ya que Pitty, el protagonista, nos deja al final sus complacientes opiniones sobre el relato que acaba de escribir.

Darío Ruiz Gómez, Las sombras

Darío Ruiz Gómez, Las sombras. Medellín, Sílaba, 2014, 243 págs.
La sombras es la más reciente novela del escritor colombiano Darío Ruiz Gómez (1936) cuyo mundo narrativo ha estado a caballo entre Colombia y España, país a donde llegó en 1958 y donde permaneció cerca de diez años. Si bien las ficciones de este autor, tanto relatos como novelas, se instalaban por lo general en la ciudad de Medellín, desde aquellos primeros cuentos que son parte del canon de la literatura colombiana, como Para decirle adiós a mamá, Las sombras nos llevan por dos ciudades: Medellín y Madrid, aunque en última instancia el espacio es solo el punto de apoyo de un sistema emocional en el que nos adentramos a partir de instantáneas que resumen momentos cruciales de la existencia.
Aquí se manejan en tres capítulos tiempos y espacios distintos pero vinculados por redes secretas de poder e influencia: el primero, «En caso de que el invierno continúe» transcurre en el gélido y gris Madrid de la posguerra que sobrevive a finales de los cincuenta, donde agonizan en vida ciudadanos forzados al anonimato: los perdedores de la contienda, pero también los oportunistas que se lucran de la miseria y de la doble moral, gracias a la cual dominan con absoluta impunidad y en no pocas ocasiones con la aprobación de un régimen que obliga a callar, cuando no a cambiar el significado de las palabras; el segundo, «En tiempo de terror, los días de una lágrima» da cuenta del adoctrinamiento y manejo de las consciencias en un periodo de extrema violencia en Colombia, hacia 1952, cuando tuvo lugar la más atroz persecución y la masacre de inocentes, que supuestamente defendían ideas peligrosas. El esquema funciona igual que la Falange española cuyo ideario político fue compartido por un influyente sector de la sociedad y, en concreto, en Medellín; y el tercero, «Afuera, donde la lluvia ha borrado el horizonte» que explora otras zonas de Madrid donde se refugian los jóvenes de los sesenta que huyen del bostezo familiar hacia los barrios de Argüelles y Chamberí, o hacia los bares y casinos situados a la altura de Manuel Becerra. Entre el pasado oprobioso y la modernidad que impone otras modas y estilos, salen a la luz casos que llenan las páginas de la crónica roja, cuando ya no es posible eludir la pestilencia de los sótanos ni el hedor de las cañerías.
Darío Ruiz Gómez nos ofrece en Las sombras cuadros dignos de Goya, en un Madrid que respira entre luces y sombras intentado enterrar su vergonzoso pasado. La mirada del narrador se detiene en esa España clandestina que se sacude el polvo de la guerra y tira a la basura las burdas telas, los ásperos calcetines de lana y la achicoria para conquistar los salones de baile, las modernas cafeterías, las terrazas de Rosales y las salas de cine. Pero la vida no es igual para los vencidos como la obrera de la fábrica de jabón que en las noches trabaja en la cafetería para poder enviar al hijo a la escuela, ni para el niño que debe emplearse en la panadería, mucho menos para quien debe seguir oculto en el sótano de su casa, convertido en un cuerpo sin historia. Tampoco es igual para el profesor detenido, denunciado por el intelectual de derechas que ocupa un cargo alto en la universidad. Triunfa en este contexto la familia católica, como la parte visible del sistema, pero también la realidad oculta, la de las lujosas casas de citas donde se deciden asuntos de alta política. Esperpentos, caricaturas de monstruos, estos personajes enriquecidos por el estraperlo, viven a costa de la sangre de sus víctimas, y podrían inspirar a un Paul Féval, a quien Ruiz Gómez hace un guiño mencionando su decimonónica y lúcida Ciudad vampiro.
Pese a todo, los tiempos cambian y al catolicismo ortodoxo, cuyos principios son la obediencia y la disciplina, se enfrentan las corrientes de pensamiento del siglo XX que invaden Europa: el existencialismo, el marxismo y el neopositivismo que «corrompen» a la juventud en un escenario en el que triunfa quien inclina la cabeza ante el poder o delata a sus vecinos. El hecho es que una nueva clase social brota de las sombras y borra de tajo la memoria los luminosos años veinte y treinta de los que solo se tiene noticia a través de las hemerotecas
En ese Madrid desmemoriado un joven estudiante extranjero observa desde un punto estratégico el devenir de la sociedad sin poder desprenderse de su pasado, también marcado por la violencia en la tierra natal, que vivió de niño, una violencia que arrojó a su familia campesina a la periferia de una Medellín opresiva y de corte católico confesional. Lo que sugiere el autor es que cuanto ocurre en el Madrid de los sesenta no es ajeno a lo sucedido en la Colombia de finales de los cincuenta. Es el efecto de una fuerza poderosa, de un fanatismo letal que odia al diferente, que oprime los corazones y encierra a los individuos en unas fronteras mentales sin permitirles expresarse en libertad.
Las instantáneas que nos ofrece Ruiz Gómez en Las sombras son tan vívidas que percibimos el gesto de los personajes, la tristeza de su mirada, los nudos de sollozos que se atoran en su garganta, el horror en sus bocas mudas ante la cabeza de un ser querido destrozada por las balas. Las atmósferas que los envuelven adoptan el color gris de la agonía, de una insatisfacción vital que los deja sin horizontes, sin perspectivas de futuro.
Hacia el final de la travesía, ese agudo y sobrio fotógrafo que modestamente se oculta tras su cámara dispara estas preguntas: «¿Qué es aquello que se ve a lo lejos y no logra captar la cámara del cine? ¿Cuál fue la esfera del cerebro que se negó a aceptar un argumento cualquiera?» Porque, a juicio de Ruiz Gómez, lo más importante del ser humano es su cabeza, el cerebro del muchacho que vivió aquella película y donde se fijaron las imágenes que emergen del recuerdo: la niña que vendía pipas, el padre y el hijo que trabajaban en el maloliente establo y fueron desalojados por el ayuntamiento, abandonados a su suerte; los ojos suplicantes de Pepe el ex payaso republicano o la huidiza mirada del policía atento a las conversaciones de posibles enemigos del régimen: ese delator sin el cual no hubiera sido posible tanta ignominia.
Es esta una novela de larga digestión que exige su tiempo para asimilar el torrente de imágenes congeladas en el cerebro del muchacho que fue Darío Ruiz Gómez y que llegó de su Medellín natal al Madrid de la posguerra, donde transcurrió una parte importante de su juventud, y que ahora en la distancia nos ofrece su testimonio con una precisión lacerante, a la vez que arroja luces sobre oscuridades del ser, en los periodos más sangrientos de la historia, de modo que el dolor y la nostalgia se transforman en jubilosa reflexión por la magia y el encanto de la literatura.