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domingo, 9 de marzo de 2014

Victoria Ocampo y la belle époque

Victoria Ocampo fue una de una las figuras más influyentes de la cultura Argentina del siglo XX. Rabiosamente cosmopolita, no solo dominaba el inglés y el francés, lenguas en la que aprendió las primeras letras, sino que además se mantuvo en la vanguardia, respecto a modas artísticas y literarias europeas, así como a los adelantos científicos y tecnológicos, gracias a los frecuentes viajes trasatlánticos que realizaba con su familia. Bautizada como Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo nació en Buenos Aires en 1890 y murió en 1979. Era hija del ingeniero Manuel S. Ocampo y de Ramona Aguirre, quienes pertenecían desde la época de la independencia al llamado «poder culto», liberal y conservador que se afanaba por seguir los cánones ingleses y franceses. Entre la civilización y la barbarie, el viaje a Europa era una necesidad imperiosa para estas familias, que llegaban a París con las vacas, los aparejos y la servidumbre para permanecer por periodos de hasta dos años. Su prosperidad llamaba tanto la atención que el patronímico «argentino» equivalía a «rico» en el París de las primeras décadas del siglo XX.
El estilo de vida adoptado por la familia Ocampo Aguirre se puede apreciar en lo que queda de la Villa de San Isidro, la mansión situada a pocos kilómetros de Buenos Aires, donde residía la mayor parte del año. Hoy es una institución cultural protegida por la Unesco que exhibe el legado de su propietaria y que en noviembre de 2013 realizó una exposición para homenajearla. La reconstrucción de su atmósfera nos permite hacernos una idea la belle époque que protagonizó la naciente y próspera Argentina. Construida en 1890, año del nacimiento de Victoria, fue el escenario de la infancia bajo la vigilancia de una institutriz francesa, al lado de sus cinco hermanas. Los adelantos tecnológicos de las últimas décadas del siglo XIX se ponían al servicio de estas gentes. El tren, que hizo su aparición en 1891 les redujo la distancia de Buenos Aires a San Isidro a 25 minutos. Además, se instaló el servicio de agua corriente para mayor confort de sus habitantes, que modernizaron sus baños con váteres y bañeras importados. Siguiendo su ejemplo, otros se animaron a construir casas de verano a las afueras, donde acabaron viviendo el resto del año cuando la ciudad se expandió. En los años treinta y cuarenta en la mansión de San Isidro se alojarían Rabindranath Tagore, Roger Caillois, André Malraux, Waldo Frank, Indira Gandhi, Gabriela Mistral, José Ortega y Gasset y Federico García Lorca, invitados por la gran dama. La exposición a la que me refiero, tuvo como lema «La gran ilusión» y resultó poderosamente evocadora de un momento efímero pero intenso en la cultura hispanoamericana.
Además de importar el estilo de vida de los países más adelantados, estas familias alimentaron los sueños de muchos europeos que colmaban su afán de exotismo con las leyendas sobre el Nuevo Mundo. Argentina, tras derrotar al caudillo Rosas, ya no encontró obstáculos en su batalla contra la «barbarie». Vías de comunicación, fomento de la escuela pública, mejora de las condiciones de vida y llamado a la emigración europea, el padre de Victoria, como ingeniero de caminos colaboró con ese proyecto llevando los ferrocarriles por la extensa geografía, como los pioneros que veían en el ejercicio de las libertades un signo de progreso. La hija, en cambio, conquistará otro territorio aún más agreste, el de los derechos de las mujeres, cuando el país se debatía entre las tendencias más conservadoras y la necesidad de progreso de una burguesía que dejaba atrás las costumbres de la estancia.
Tanto si pertenecía a las clases populares, como a las altas, el papel de la mujer era muy limitado: asegurar la continuidad del orden establecido a través de un matrimonio: perpetuar la estirpe. Victoria se negó a reducir su vida a atender el hogar burgués. Desde muy joven rechazó ser un objeto, aunque se casó en 1912 con Luis Bernardo de Estrada, y el matrimonio duró muy poco. Entre los hombres vinculados sentimental e intelectualmente a Victoria se puede citar a Pierre Drieu La Rochelle, Waldo Frank que le sugirió fundar una revista y Ortega y Gasset que le sugirió el nombre de la revista Sur.
Entre los conciertos, el ballet y el teatro, las modas, los libros y las exposiciones se diluían las frustraciones de una joven Victoria que deseó ser actriz, a lo que su padre se opuso tenazmente. Atrapada en los rígidos mandatos de su clase, sus inquietudes intelectuales la sacaron del frívolo ambiente en el que se desarrollaban unas vidas más preparadas para el derroche que para la construcción de una sociedad democraticamente avanzada. Una vía de realización para Victoria fueron proyectos culturales, como la fundación de la revista Sur en 1931 y la editorial del mismo nombre, así como la creación de la Unión de Mujeres Argentinas. Se deshizo del rígido corsé y de los vaporosos velos, para ser ella misma, con el ímpetu que siguió a la guerra del catorce, cuando se convirtió en una mujer de vanguardia.
Victoria emprendió una tarea de difusión cultural en los años treinta como directora de una revista y editora, empresa en la que empeñó su fortuna. Por cerca de tres décadas reinó en el panorama cultural de su país, a pesar de las resistencias de un sector de la sociedad que la consideraba privilegiada y cómplice de regímenes fascistas. Con todo, fue la primera mujer elegida miembro de la Academia Argentina de las Letras, entre otras distinciones. En el verano de 1931 vio la luz Sur como revista trimestral, con sede en la casa de Victoria. Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Ortega y Gasset, Waldo Frank y Pierre Drieu La Rochelle, entre otros, hacen parte de los asesores extranjeros. En este proyecto cultural Victoria contó con los jóvenes de la generación de Borges y Bioy Casares que podían mirar con distancia las vanguardias y que se alejaban de las generaciones anteriores. La revista pasó por distintos momentos de la convulsa historia argentina y, aunque fue tachada de elitista, no siguió ninguna bandera política. Pero, sospechosa de antiperonista, Victoria fue confinada a la cárcel en medio de un debate entre intelectuales que cuestionaban al peronismo y a sus seguidores, y quienes los despreciaban. Finalmente, la intelectualidad reconoció el legado de esta mujer singular, al margen de sus inclinaciones ideológicas, desde Juan José Sebreli que destacó su osadía de declararse atea y entregarse con total libertad a prácticas poco convencionales en su medio, hasta Borges que, tras su muerte en 1979, dejaría un emotivo testimonio de Victoria Ocampo: «En un país y en una época que se creían católicos, tuvo el valor de ser agnóstica. En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo. […] Personalmente le debo mucho a Victoria Ocampo, pero le debo mucho más como argentino»