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domingo, 15 de septiembre de 2013

Stefan Zweig, una bomba de tiempo en el corazón

“Porque todo espíritu nace de la sangre, todo pensamiento brota de la pasión, toda pasión del entretenimiento”
Meditando sobre estas palabras de Stefan Zweig cierro un ciclo en el que he sido absorbida por su mundo novelesco, con una entrega que no había vuelto a vivir desde que me sumergí en las páginas de En busca del tiempo perdido. Si en Proust el exterior es barrido hasta el mínimo detalle por su mirada y digerido pacientemente en una larga meditación, guiada por la inteligencia más sagaz y los conocimientos más diversos de artes y ciencias; en Zweig el interior estalla en el organismo desatando infinitas reacciones y conexiones en el sistema nervioso, alterando el curso de la sangre, los latidos, la respiración... Como en un parque de atracciones las emociones se suceden vertiginosamente robándonos el aliento.
Entrar en el mundo de Zweig es atravesar los inesperados pasadizos del laberinto humano en contacto con otros mundos interiores, conectados por hilos secretos o separados por cortinas invisibles. Como en la guerra, pasamos la línea de fuego y nos sorprendemos de seguir vivos. Todo el sistema emocional se activa con este autor que nos lanza al abismo sin paracaídas. Con él vislumbramos los destellos de esa corriente de energía, el fluido vital que alimenta el universo. En no pocas ocasiones lo que ha construido el ser humano hace corto circuito y nos derrumbamos, porque los personajes somos nosotros, que impotentes asistimos a la consumación inexorable de un destino programado por ese Deus ex machina que encarna el autor.
Nacido en Viena en 1881 Zweig se suicidó con su segunda esposa Lotte, en Petrópolis en 1942, a donde había huido de los nazis. La foto que ilustra la noticia del trágico suceso muestra a la pareja abrazada como en un sueño profundo. Al verlos no puedo evitar pensar en muchos de los personajes de sus novelas a quienes asaltó la tentación del suicidio. Lo paradójico es que una personalidad de desmesurada vitalidad e implacable lucidez, haya tomado tan radical determinación. Pero hay atenuantes que explican esta decisión. Zweig que padeció las dos guerras mundiales tuvo que huir, como muchos intelectuales de origen judío. Hay pruebas de que tampoco su exilio lo protegió del odio feroz de sus enemigos que le enviaban cartas amenazadoras.
Como exitoso autor de biografías de celebridades desde Montaigne, hasta María Antonieta, y de novelas llevadas al cine como Carta a una desconocida; y lúcidos ensayos contra los nacionalismos y otros monstruos que amenazaban a Europa, Zweig era sumamente peligroso no solo para los gobiernos totalitarios y racistas, sino para la sociedad burguesa. Sus novelas critican implacables la dudosa aristocracia de ciertas familias que se exhibían en los hoteles, salones y cafés de moda; el rígido catolicismo que asfixiaba a las personas; la oscura vida de provincia, la estrechez mental del funcionariado y la mentira de la guerra que sembró miseria y desolación. Resultado de esa derrota moral que sucedió a la contienda, fue la larga lista de desempleados de la que se alimentó el resentimiento. Muchos de estos desarrapados sin futuro engrosaron las filas de fascismo furioso que se propuso matar la inteligencia y la razón. Los personajes de Zweig o bien son leales al emperador austriaco o son escépticos respecto al sistema, pero a todos les ha afectado la guerra, porque han padecido sus consecuencias. Mientras las mayorías lo han perdido todo, unos pocos se han enriquecido de manera fraudulenta. Estos son antiguos usureros enriquecidos que ocultan su pasado y le sirven al autor para evidenciar las mentiras con las que se construye el nuevo edificio social.
Como agudo observador Zweig es un maestro a la hora de situarnos en el tiempo y en el espacio y transmitirnos así la atmosfera de la época, no solo desde el exterior, sino desde dentro de los personajes. En Ardiente secreto nos encontramos en un hotel donde una mujer de llamativa belleza pasa unos días con su hijo de unos doce años. Los dos coinciden con un seductor que encuentra la ocasión de vivir una aventura y utiliza al niño para llegar a la madre. La relación de admiración entre el niño, que al ser tenido en cuenta por el adulto crece y se siente poderoso, se transforma en odio. De ese detalle que repentinamente nos convierte en otra persona trata esta larga lista de novela donde la revelación a punto de estallar es una cuestión de tiempo.
El manejo del tiempo es lo verdaderamente genial en este autor que nos atrapa hábilmente con historias encadenadas dentro de la historia, atándonos de pies y manos con distintos hilos narrativos. El misterio que carcome a los personajes, la intriga que se anticipa en detalles, es otro de los rasgos comunes a su narrativa, como en Confusión de sentimientos donde un joven de diecinueve años sufre por no comprender los bruscos cambios de comportamiento de su maestro. Nos situamos en una universidad de provincia en el centro de Alemania, propicia para el estudio y la meditación con un profesor capaz de abrir la mente de los jóvenes. Gracias a éste, el alumno puede comprender con el ímpetu de todos los sentidos, por ejemplo, el mundo de Shakespeare en el contexto del pasado.
Carcomidos por la angustia, muchos personajes llevan dentro de sí un secreto como una bomba de tiempo y basta con que rocen la piel atormentada de su alma gemela para que estalle la confesión. Gracias a ese roce liberan la energía que amenaza con hacer explotar su sistema interno. Es lo que le ocurre a Irene en Miedo, por no pedir ayuda a su marido cuando es chantajeada por una extraña que amenaza con revelar su secreto. Irene es una mujer burguesa; el marido, funcionario de la clase media austriaca y tienen dos hijos que ella abandona a causa de una aventura amorosa, en la que ha caído más por aburrimiento que por pasión. Su tortura es similar a la de Cristine, la pobre funcionaria de una oficina de correos de un pueblecito de Austria, que sobrevive a la guerra en medio de la pobreza más triste y sin esperanza de cambio, en La embriaguez de la metamorfosis. El mundo se vuelve del revés para la muchacha cuando tiene ocasión de conocer a la alta sociedad de los grandes hoteles, lo que le permite tomar conciencia de la miseria en que ha vivido. A partir de esa experiencia su pasividad y conformismo se convierten en odio implacable contra sí misma y contra las pobres gentes que la rodean, hasta que surge una criatura en quien puede volcar el dolor y la rabia. Esta novela póstuma de Zweig es una dura crítica a la mentira de la guerra que le robó la juventud y las posibilidades de felicidad, que le arrebató el futuro a toda una generación. Es el reclamo demoledor de una juventud a punto de organizar una revolución para construir una sociedad más justa e igualitaria.
Del mismo modo, es importante en Zweig el poder de la escritura, pues gracias a ella recuperamos el ser o nos hundimos en la desesperación o impotencia. La carta en Impaciencia del corazón, donde un joven teniente austriaco en activo, poco antes de que estallara la primera guerra mundial, cae víctima de la compasión, y desata una tragedia. El joven se siente atraído por el prestigio del señor von Kekesfalva, quien tiene una hija enferma de polio atada a una silla de ruedas. En Edith arden las pasiones, por un lado el amor y el deseo de ser amada; por otro, la imperiosa necesidad de caminar para hacerse digna del hombre que ama. Aquí las notas, las tarjetas de visita y las cartas juegan un papel decisivo: recibirlas puede significar la vida o la muerte. Lo mismo ocurre en Carta a una desconocida, el testimonio póstumo de una mujer que amó en silencio y en las sombras, que le revela al escritor lo ciego que ha estado toda la vida. Esa verdad que arde en sus manos en los 24 folios en los que descubre cuánto ha ignorado de sí mismo: “Algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía”, concluye el narrador. La confesión, veinte años después de ocurridos los hechos, es la única forma de redención que encuentra la vieja dama escocesa que al quedarse viuda a los cuarenta años vive una aventura con el joven jugador en Veinticuatro horas en la vida de una mujer donde percibimos la influencia de Dostoievski. El contexto en el que transcurre la historia es el de la clase alta inglesa que pasa parte del tiempo en la costa azul, donde coincide con otras familias conocidas, en un medio en el que lo más importante son las apariencias. El joven pertenece a una nobleza polaca y está a punto de dejarse morir consumido por el vicio del jugador. El encuentro entre estos dos personajes desata una guerra a muerte en la que ella trata de devolverle la vida, lo que a los ojos de los demás se reducirá a una aventura vulgar. Solo un interlocutor atento y sensible será capaz de entender esa lucha desesperada que resume las veinticuatro horas que marcan la vida de la vieja dama.
Nada escapa a la perspicaz mirada de Zwieig quien nos ofrece un mosaico de personajes que hablan desde una época y que a la vez nos recuerdan lo imperecedero de la humana condición, la ferocidad de las pasiones que deciden su suerte, por encima de la razón y la inteligencia: el amor, el odio, el miedo, la envidia, el resentimiento, la venganza, la avaricia, la lástima, la ambición, todo un sistema de emociones que se apodera del organismo y cuyo influjo puede ser devastador para los seres, conectados entre sí; porque si bien un cablegrama enviado de Nueva York a Viena desata una guerra; una carta en la recepción del hotel, o una tarjeta de visita en la puerta de la casa, deciden sobre la vida o la muerte de una persona. No es fácil, por tanto, desprenderse de este autor que te convierte en parte del relato, porque como interlocutora te involucra en una historia en la que ardientemente desearías intervenir, habilidad que les es dada solo a unos pocos y privilegiados talentos.