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domingo, 28 de julio de 2013

Ruth Behar, Una isla llamada hogar

La nostalgia de Cuba embriaga no solo a quienes han tenido que abandonar forzosamente la isla, sino también a quienes no han salido de ella. Hay un género literario que deberíamos designar “Cuba en la distancia”, desde ese primer manifiesto de dolor en el que José Martí quiere despertar la conciencia de la metrópoli española ante las injusticias cometidas contra sus compatriotas. Tal vez las páginas más conmovedoras de Cabrera Infante, eterno exiliado expulsado por el régimen revolucionario, se encuentren en La Habana para un infante difunto, donde evoca su pobre infancia transitando por las calles de la ciudad, arrullado por el rumor de las olas y la caricia de las brisas marinas, en sus lentos atardeceres. Entre luces y sombras asedia la nostalgia de los que se fueron y de los que permanecen atrapados en la llamada “esmeralda fúlgida”, el lugar donde Colón situó el paraíso.
Tal vez esa nostalgia se intensifica en quienes viven el desarraigo como la pérdida de la tierra prometida, Cuba para un puñado de judíos que, en las primeras décadas del siglo XX, emigraron a América en busca de oportunidades y decidieron quedarse a vivir allí, así como los que sobrevivieron al holocausto y encontraron una segunda oportunidad en el Caribe. Ruth Behar es un ejemplo de la incurable obsesión por reencontrar la casa de la infancia, de la que fue arrancada siendo niña, cuando emigró con los suyos a los Estados Unidos. Una isla llamada hogar, es un libro entrañable y conmovedor, además de ameno: autobiografía, testimonio propio y de otros. En sus páginas se expresan los judíos que permanecieron en Cuba y sus descendientes, quienes tras un paréntesis consolidaron su identidad, recuperando una práctica religiosa, unos rituales y unos hábitos transmitidos de generación en generación, recuerdos borrosos que, en un momento dado, cobran sentido. Pero esto no ocurre con todos los judíos, ya que algunos ciudadanos cubanos de origen judío se sienten, ante todo, cubanos y sus testimonios también se recogen aquí.
Profesora y antropóloga en la Universidad de Michigan, Ruth Behar goza de un prestigio internacional por la originalidad de su minucioso trabajo de investigación no solo sobre Cuba, sino sobre España y México, países que ha visitado en muchas ocasiones y donde ha realizado un intenso trabajo de campo. Resultado de sus indagaciones sobre la historia, la identidad y las tradiciones, son libros como Cuéntame algo aunque sea mentira: historia de la comadre Esperanza, o documentales como Adio Kerida, sobre la presencia sefardí en Cuba. Por todo ello ha recibido premios y menciones honoríficas. El libro al que me refiero viene acompañado de fotografías de Humberto Mayol que ponen rostro a muchos de los testimonios recogidos.
La primera visita de Ruth Behar a Cuba fue en 1979 en un momento en que no era fácil para los llamados “gusanos” regresar a la isla, por lo que tuvo que esperar a la década de los noventa en que entró como judía americana, en busca de los suyos. En realidad, buscaba sus recuerdos perdidos. Así visitó sinagogas, cementerios y casas de parientes lejanos, de amigos y vecinos. A partir de entonces se intensificaron los viajes a la isla, pese a las evidentes dificultades, gracias a su condición de antropóloga, que le dio el salvoconducto de las autoridades. Este viaje interior sigue la pista de frases, gestos, fotografías, objetos y heridas abiertas, como la muerte de ese primo que no llegó a conocer y cuya tumba localiza en el cementerio de Guanabacoa, al lado de otras lápidas que llevan nombres de parientes que sugieren historias de amor, versos para la eternidad, fotografías que hablan de personas, que son parte de la tribu y no pueden enterrarse en el olvido.
Y es que a partir de los noventa la comunidad judía despierta el interés de organizaciones internacionales y de figuras mediáticas como Steven Spielberg que la visita. Gracias a la ayuda internacional y a las facilidades que el régimen parece otorgarles, los judíos cubamos han creado redes de ayuda y proyectos sociales que a los ojos del resto de los cubanos los muestran como privilegiados. Pero la relación con la comunidad judía internacional también está cubierta de luces y sombras. La dignidad y el orgullo de muchos judíos cubanos los hace mantener los ojos abiertos ante la arrogancia de quienes miran por encima del hombro a los parientes pobres, los judíos ricos que les tiran las migajas. También hay una postura crítica de muchos judíos que se han negado a seguir las prácticas religiosas a cambio de aceite, arroz u objetos de aseo personal, pues consideran que esa ayuda ofrecida en las sinagogas es una forma de comprar adeptos. Tampoco parece auténtica la incorporación de judíos cubanos a esta comunidad, que se integran solo con el fin de obtener un pasaporte para emigrar a Israel.
En cualquier caso, quedan los restos del pasado en todos ellos, el ajado pasaporte de ciudadanos polacos de los padres y abuelos, la camisa que vistieron en el campo de concentración y a la que se aferran con obsesiva tenacidad, objetos de culto desempolvados que vuelven a vestirse en las ceremonias religiosas y familiares. “La comunidad judía en Cuba es esquiva. La integran personas que de la noche a la mañana pueden convertirse en fantasmas. Nunca sabes quienes de los judíos que aún están allí, y que a primera vista parecen muy bien plantados en la tierra cubana, han rellenado los papeles para pasar a Israel. Casi siempre te enteras de que alguien se marcha definitivamente la víspera de su partida”, concluye la autora. Este resplandor en la oscuridad que ella busca en esas fotografías en blanco y negro, al lado de las fotografías de Humberto Mayol,constituyen ahora el paisaje de sus recuerdos vividos de Cuba a partir de sus ojos y de los ojos de sus antepasados.

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