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domingo, 9 de diciembre de 2012

Rachilde, Monsieur Venus

Releyendo Los raros, el segundo libro publicado por Rubén Darío en Argentina en 1896 (y que recoge sus artículos publicados con anterioridad en La Nación), cuando solo tenía 26 años, siento la pasión, la chispa de un genio capaz de trazar con extraordinaria viveza y nitidez el retrato de los escritores en lengua francesa más influyentes en la poesía latinoamericana de finales del XIX. A estos se suman, de otras latitudes, Poe, Nordau, Martí e Ibsen. Los retratos tienen mayor mérito si pensamos que a muchos de ellos no llegó a conocerlos personalmente (Jean Richepin, Viliers d’Isle Adam, Leconte de l’Isle, etc.). Entre esa constelación de genios surge la figura singular de una gran mujer, Marguerite Eymery (1860-1953), casada con Alfred Vallette, que firmaba con el seudónimo de Rachilde, quien escandalizó por su precocidad con su primera novela, publicada con escasos 20 o 22 años, Monsieur Venus, que también he vuelto a leer, con otros ojos, después de mi relectura de Los raros.
Conviene recordar quién era esta mujer que alborotó la bohemia de París, vestida de hombre y coronada por el éxito tras la publicación de Monsieur Venus. Conocida como Mme. Vallette, fundó con su marido la famosa Mercure de France , referente de la crítica artística, que se editó entre 1889 y 1930, y alcanzó tanto poder que se granjeó muchos odios. Las cincuenta novelas publicadas por ella, los libros de cuentos, los miles de artículos, las obras de teatro escritas y llevadas a la escena con éxito, no la hicieron merecedora en su tiempo de un lugar en los diccionarios e historias de la literatura en su país.
Con un dominio del idioma, una gracia, una agudeza y sentido del humor, Rachilde construye unos personajes inolvidables: Raoule de Vénérande, la joven aristócrata caprichosa, que como la autora está contaminada por lecturas poco recomendables para alguien de su condición (Voltaire o el Marqués de Sade). Esta decide adentrarse en los laberintos del deseo, más por conocer que por un alocado instinto, pues Raoule es muy cerebral y analiza, a la luz de sus lecturas, aspectos de género y relaciones de poder. Con su inteligencia y conocimientos, juega con fuego en una sociedad dividida no solo por barreras sociales, sino por prejuicios morales.
Raoule, que es huérfana, y vive en París en un palacio con una tía beata que no se entera de sus correrías, ni de los hombres que la visitan en sus aposentos, conoce a Jacques y Marie Silvert una pareja de hermanos que malviven en un tugurio del bulevar Montparnasse. Allí se supone que realizan labores de costura para las familias pudientes. Al observar la belleza femenina del joven, Raoule queda prensada de ese Adonis que le recuerda a Antinoo y con quien espera dar rienda suelta a sus deseos, pero vacila ante el papel que le corresponde como mujer. “Que sea lo que han sido los otros, un instrumento que pueda yo romper antes de convertirme en eco de sus vibraciones”, exclama cuando descubre la pasión desde su conciencia femenina.
Del mismo modo que Raoule (alter ego de Rachilde) suele salir en las noches vestida de hombre y comportarse de manera excéntrica, los jóvenes vividores no responden a los roles convencionales. Ella es una prostituta resabiada, que utiliza a su hermano, y éste es una criatura afeminada, con pretensiones de artista que realiza las labores de costurera. Raoule ve la oportunidad de jugar a ser el hombre de la relación en la que el joven hace de mujer y se propone dominarlo, pagarle con regalos y dinero el lujo de satisfacer sus caprichos. Pero comprende que quien paga también se convierte en esclavo de su pasión: “Lo he comprado, le pertenezco. Soy yo quien se ha vendido. ¡Sentidos, vosotros me entregáis un corazón! ¡Ay, demonio del amor! ¡Tú me has hecho prisionera al quitarme las cadenas y dejarme en mayor libertad que mi carcelero!" La relación se complica cuando entra en escena el barón Raittolbe, libertino pretendiente de Raoule. A partir de ese momento, la señorita de Vénérande será espiada por orden de su pretendiente, lo que lleva la trama de estos amores escandalosos hasta el límite.
Jacques, encarnación de Antinoo, es para Raoule el único dios ante el cual se inclina, superponiendo su deseo a las convenciones sociales y al rol asignado para ella. Con él decide vivir una insolente felicidad: ella, masculinizada; él, feminizado, ante el asombro de la buena sociedad que les vuelve la espalda. Solo el barón de Raittolbe continúa la farsa que se vuelve trágica e imposible, porque Jacques, convertido en mujer no puede amar a un hombre de mentira. El drama se resuelve con la eliminación de uno de los fantasmas y no diré cuál de los dos, para no aguarles la lectura de esta ingeniosa, chispeante, aguda e inteligente narración, que mezcla teatro y novela, en diálogos desconcertantes y descripciones tan vívidamente logradas, que nos sentimos parte de la escena. Voyeristas como Marie Silvert, que pone los ojos y el oído en esta pareja insolente y provocadora, los espiamos tras el armario.
La trama cobra mayor sentido en el contexto del siglo XIX, uno de los más misóginos de nuestra historia, que invade la literatura de dandis envidiosos de las mujeres, cuyos hábitos imitan: afeites, perfumes, joyas, incluso adelgazan la voz, en un deseo patológico de parecerse a ellas. Sorprende, por tanto, que una mujer le devuelva a los hombres su imagen: vestida de hombre, queriendo dominar en una relación, pagando y exigiendo. No es extraño que tanto Maurice Barrès, el prestigioso crítico que avala a Rachilde, elogiando esta novela, como Dario que le sigue, se hayan quedado cortos ante la desbordante imaginación y desenvoltura de esta mujer.
Cito a Barrès: “Rachilde nació en un cerebro en cierto modo infame, infame y coqueto. Todos los aficionados a lo raro lo examinan con inquietud […] Nos gusta Monsieur Venus porque analiza uno de los casos más curiosos del amor a sí mismo que haya producido este siglo enfermo de orgullo”. Darío introduce con estas palabras su retrato: “Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un “caso• curiosísimo y turbador…”.
No dejen de leer esta divertidísima novela que merecería una buena adaptación al teatro.
Les aseguro que tendría un éxito fulminante.

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