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lunes, 29 de octubre de 2012

Te quiero, Javier

Me estoy enamorando de Javier María y no sé si podré evitarlo, pese a mi resistencia a Los enamoramientos que, si bien me aportó una grata reflexión sobre las paradojas del amor, me decepcionó por la poca importancia que el autor le da al tratamiento del punto de vista, algo fundamental en toda narración. En su caso, se da una confrontación entre dos personajes, que en realidad son una única persona. El amor aquí es un fantasma que nos lanza a los brazos de quien puede destruirnos, porque enamorarse es apostar por quien atenta contra nuestros intereses y no lo digo por los sentimientos que Marías despierta en mí. El hecho es que, tras acabar la narración, me quedé con la impresión de que no hacía falta hacernos creer que hay dos personajes poco creíbles, que quizás el autor de Los enamoramientos podría asumir su travestismo: Víctor / Víctoria, María / Javier. Con todo, el desarrollo del tema, sus digresiones, la hondura de la reflexión, la salvaría. Pero este detalle sobre el punto de vista, para mi esencial, no tiene nada que ver con la impresión que me deja un escritor como Javier Marías en un medio como el español, donde algunos autores de éxito son, ante todo, personas muy bien relacionadas con las entidades culturales españolas, con los medios y con algunas editoriales, lo que influye en su desenvolvimiento: bolos por aquí, bolos, por allá… que si invitaciones a charlas, mesas redondas, cursos de verano, congresos, que si jurados de premios literarios, que si asesores en editoriales, e incluso en las instituciones culturales que los invitan. A veces llegan a acumular tanto poder que cualquier autor fuera de ese circuito está cívicamente muerto, casi condenado al anonimato o abocado a hacerles la corte, a ver si le arrojan unas cuantas migajas. Hay una “petite histoire” literaria que parece decidir el destino de la obra y la suerte de sus autores, lo que deja un amargo sabor de boca a muchos escritores, impotentes ante tan compacta estrategia de poder. La omnipresencia de estos personajes puede ser tan insistente que fatigan al auditorio, pero a ellos no les importa eso. Centrados en sí mismo, el otro importa poco, así sea el lector del que esperan la gloria. Lo que cuenta es que en su cuenta bancaria se ingresa el concepto por sus actos de presencia y esto el bolsillo lo nota. Contra tales mezquindades se rebela mi querido Javier, y digo querido, porque mientras repaso la actividad cultural de estos años en España, su imagen crece ante mí. Él, por suerte, no necesita ayudas, que siempre vienen bien, pero pueden ser prescindibles cuando de lo que se trata es de defender una postura vital, la dignidad de un escritor que, como él, se lanza en los brazos de una pasión (la literatura), que lo puede destruir o darle la vida, cada vez que alguien abra las páginas de sus libros, tanto si es en este presente efímero, como en la posteridad, porque su mayor apuesta es por la perdurabilidad de la obra y esta no la garantizan los funcionarios de las instituciones culturales. El cualquier caso, él sabe que así gana más, aunque su gesto se considere muestra de orgullo o de arrogancia. Te quiero, Javier.

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