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lunes, 11 de junio de 2012

Thomas Wolfe. Una puerta que nunca encontré

Es muy difícil escribir sobre Thomas Wolfe, un artista químicamente puro cuyo ritmo de escritura sigue los latidos del corazón y nos arrastra con el tumultuoso curso de la sangre, nos lleva hasta el fondo de ese mar agitado a punto de engullirnos. Nos oprime aquella palabra suya no dicha, como un tornado que estallara en la garganta. Con toda razón, Faulkner dijo de él que era el mejor escritor de su generación. Ya me había conmovido con El niño perdido, magistral relato que nos traslada a la infancia y en el que, desde distintos puntos de vista, nos refiere el dolor por la pérdida de un ser querido, en un viaje de ida y vuelta que permite recuperar, a través de la memoria, al niño que hay dentro de nosotros y que se miró en los ojos de una criatura perdida, ese niño irremplazable que se marcho para siempre dejando el vacío de su ausencia en el corazón de quienes lo amaron: el padre, la hermana mayor y el hermano pequeño, que apenas podía balbucir su nombre y que al pronunciarlo, años después, justo en la casa familiar revisitada, le asigna una existencia real.
Hoy acabo de leer Una puerta que nunca encontré con la emoción contenida por lo que, en verdad, se abre ante nosotros en carne viva y que constituye el latido feroz e implacable de su universo, su incesante búsqueda, su repetición apacible y mortal. Las palabras iniciales nos advierten que estamos muy lejos de la anécdota, de los aspectos episódicos de la existencia, que la ambición de Wolf es inconmensurable y devoradora: “Quién es el dueño de esta tierra? ¿Queríamos la tierra para acabar vagando por doquier? ¿Tanto la necesitábamos que al final no pudimos hallar sosiego en ella? Quien necesite la tierra que se haga con ella. Quien se haga con ella habrá de quedarse en su sitio, descansará en un pequeño espacio, vivirá en un pequeño lugar para siempre”. Hay quien no soportaría vivir para siempre en un pequeño lugar, o hay quien se ve forzado por las circunstancias a abandonar ese lugar o a buscar el lugar: su lugar. Este es el dilema que nos plantea Wolf en cuatro momentos de su existencia: octubre de 1931, de 1923 y de 1926 (otoño); y abril de 1928 (primavera). He de decir que Wolf nació en 1900 en Asheville (Baltimore) y murió en 1938.
La sustancia del tiempo es una de las obsesiones de este autor que quiere abarcar el espacio, avanzar, siempre en busca de la humanidad en las cosas. En su deterioro, en la pátina del tiempo, en la arquitectura, en la dureza del asfalto, en los interiores donde se agazapan los hambrientos que sueñan con alcanzar el bienestar y la seguridad anhelados, o en las diáfanas y amplias estancias donde burgueses cómodos e insípidos dejan pasar su aburrida existencia. Aquí en East River el lujo, las buenas maneras, la impostura, allá en Brooklyn la maltrecha jungla donde se agita la vida en patios de vecindad y en chabolas donde el hambre aprieta, pero donde no falta la belleza, pues allí, aunque se lo guarde para sí: “había belleza de sobra, la suficiente al menos para quemar el corazón, para enredar los sesos y rasgar los tendones de tu vida, ya partida en dos…”
En otro momento nos confiesa el autor lo siguiente: “Amaba la vida con tanto ímpetu que me volví loco por la sed, por el hambre que tenía de vivirla, un hambre tan literal, cruel y física que quise devorar la tierra y a toda la gente que vivía en ella”. Sin duda, su único momento de sosiego fue la página en blanco, el vacío que pudo llenar con sus anhelos volcados en palabras claras, precisas, abarcadoras, atropelladamente abriéndose camino a través de las venas.
La vuelta al lugar donde nació en busca del padre, la desolación de aquel terreno yermo donde yacen enterrados los recuerdos, esa búsqueda incesante del padre a que estamos condenados quienes jamás perdemos la esperanza de encontrarlo. Palabras del padre que se escriben en la piel, a sangre y fuego: “¡Vete! ¡Vete lejos, muy lejos!”…Lejos de su tierra, sin duda, se encuentra la Inglaterra que visita y de la que nos ofrece agudas reflexiones sobre el carácter de las personas que conoce y la cultura a la que pertenecen: “inmunes a las invasiones de cualquier forma de vida ajena a la suya”. Estas gentes, al contrario que Wolf, si habían, a su juicio, encontrado un camino, una puerta, un cuarto al que entrar.
No es en el otoño, sino en la primavera, con su estallido de vida, que nos acerca a esa verdad que persigue en cada imagen, en cada gesto, en cada paisaje que encuentra o deja atrás en su angustiosa errancia. Esa verdad está en el diario trabajo de los rudos obreros de la gran ciudad, gentes que aprendieron a aplicar perfectamente sus fuerzas en función de algo concreto, ante la vigilante mirada de un hombre que diariamente permanece en la ventana, como expresión viva de que nada cambia, y de que en el universo se repiten puntualmente los procesos de vida: “Algunas cosas nunca cambiarán. Pega tu oído a la superficie de la tierra y recuerda que hay cosas que duran para siempre", nos dice Wolf.

2 comentarios:

  1. Me encanta asociar tus palabras y las páginas que has leido al barro de la tierra.

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    1. No sé lo que quiere decir con su comentario, puede ser algo muy profundo, como el que todos los seres humanos fuimos hechos de barro y volvemos a ser barro de la tierra, o puede ser algo demasiado abstracto.

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