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miércoles, 22 de febrero de 2012

Bestiario personal, Carlos Wamba

Hay libros que se gestan en un rapto de inspiración, que nacen como una exhalación y aunque maduren, se les ve cerca en el tiempo. Al leerlos no se siente la distancia temporal y ello nos da la idea de continuidad, la certeza de que la creación poética se concreta enseguida en el libro, como algo natural. Pero también hay libros que deben esperar toda una vida, que atraviesan distintas edades y adquieren con el paso del tiempo tonalidades y matices insospechados. Son libros que se resisten a ver la luz, que prefieren la clandestinidad de los manuscritos de mano en mano, que fluyen como un secreto y a veces como un rumor. Se sabe de su autor de oídas, pero no a través de la experiencia de la lectura de ese libro que por azar se descubre en el anaquel de una librería o sobre una manta, en una calle cualquiera donde alguien saca viejos volúmenes del sótano y los subasta ante los transeúntes presurosos.
Bestiario personal, de mi amigo, de toda la vida, Carlos Wamba, es uno de esos libros que ha exigido tiempo, que ha acompañado a su autor desde la más tierna juventud y ha madurado con él, que se ha dejado leer en recitales en cafés y tabernas ante auditorios reducidos, mínimos, en ciudades del Sur, como Cádiz o Sevilla. También ha viajado a través del correo postal y el correo electrónico, en busca de su editor, pero no se ha dejado atrapar fácilmente. Su autor lo ha retenido durante décadas, como un tesoro; su bestiario ha vivido con él el tiempo muerto de los momentos previos a la creación y el tiempo frenético de las conversaciones con los amigos. Así, ha resistido los avatares de la buena y mala fortuna de los que ha salido fortalecido y con lustre.
Ahora este hermoso Bestiario personal se publica bajo el sello de la editorial Baile del Sol (¿acaso celebrando la vida alrededor de su estrella?), con unas bellas ilustraciones que lo acompañan, de Horacio Hermoso Mallado-Damas, por lo que es un libro conjunto. De evocaciones bíblicas, se abre con, entre otros, este epígrafe: “E hizo Dios las fieras de la tierra según sus especies, los animales domésticos, según sus especies y los reptiles del suelo según sus especies. Y vio Dios que era bueno” (Génesis, I, 24-25). Y es que su autor ha viajado hasta el origen persiguiendo la forma de sus criaturas a las que ha observado de manera casi obsesiva para llegar a la esencia, al sentido último, midiéndolas con una precisión matemática. Así ha calculado hasta la extensión de su sombra, el ángulo de su descenso: la parsimonia del primate, el bostezo del felino o la fluidez de la anguila. También ha leído en la pupila del búho el secreto de la noche y no ha dejado de observar, o de espiar, ni siquiera a la mosca: “Un pulgar en la sombra./ Vivir y morir,/ en un punto de luz. // Pulsión// Dos patas./ Tres patas. / Seis patas. //Gira, mide, /describe ventanas/ en el aire abierto. // Arriba, abajo. // Se tiende. Abajo./…”.
Geometría del ser que pasa las horas, en apariencia muertas, maquinando la forma de atrapar a las bestias, que asalta la naturaleza viviente y sucumbe a la fascinación del instante en que se alcanza la belleza de lo mínimo y de lo colosal. Bajo la forma del animal se agita la llama de la vida en todo su esplendor. Asedio de la mirada que se deja llevar, sin límite de tiempo, más allá de la forma y que entrega toda una vida, si es preciso, hasta alcanzar el ángulo exacto. En esto ha consistido quizás la lenta pero imparable actividad poética de Carlos Wamba, cazador de animales libres, de animales del barrio y de animales soñados, criaturas que hacen parte de este poemario, donde no faltan ni el coral, ni la gacela, ni el unicornio.

domingo, 12 de febrero de 2012

Los ojos, de Pablo Messiez

Hacía mucho tiempo que una puesta en escena no me llenaba de vida ni me abría los ojos de la manera como me ha ocurrido con Los ojos, obra del joven dramaturgo argentino Pablo Messiez (Buenos Aires, 1974) autor también de piezas celebradas como Muda y Ahora. El texto de Los ojos es de una inteligencia y una lucidez solo comparables con las grandes obras de la literatura. De hecho, se inspira en una novela clásica, Marianela, de Benito Pérez Galdós, pero no trata solo del tema de la ceguera, sino de ver más allá de los tópicos y de los condicionamientos que nos circundan y limitan. He de decir que Messiez es agudo, punzante, lacerante, sarcástico, pero el efecto de sus palabras en el espectador es posible gracias al magnífico trabajo actoral. Interpretada por las actrices Marianela Pensado en el papel de Nela, Fernanda Orazi en el papel de Natalia, Violeta Pérez en el papel de Chabuca y por el actor Óscar Velado en el papel de Pablo, la obra alcanza una intensidad dramática que corta la respiración y sus afirmaciones nos hace pensar en autoras de nuestros entorno literario, como la brasileña Clarice Lispector, quienes en sus textos quiebran la sintaxis, de la lengua de forma tan dolorosa, que al reponernos sentimos que hay algo distinto en nosotros.
¿Qué significa ver, si apenas vemos, si la verdad estamos ciegos de lo que no vemos ni conocemos? Pablo no conoce la diferencia entre la oscuridad y la luz, no tiene la noción de los colores, pero sabe y aprende a través de los sentidos. Nela ama a esa criatura que depende de ella y ser su Lazarillo se convierte en la única razón de vivir. Pero no quiere que Pablo vea. Prefiere morir antes que arriesgarse a que no la ame cuando la vea. Chabuca es una suerte de chamán que cura con canciones y que va a la provincia apartada en busca de tranquilidad. Con Nela se da cuenta de que tampoco es posible la paz tan anhelada, porque el arrebato de los sentimientos también allí es de naturaleza salvaje. Pablo no se había planteado ver hasta que aparece Chabuca y le explica que es capaz de curar con canciones. Nela encarna a los seres simples que no se plantean cambiar la realidad y que se angustian cuando algo se mueve y remueve las bases sobre las que creen se sostiene la existencia. Por el contrario, Natalia desmonta los tópicos sobre nuestro estar en el mundo, las frases hechas, las consignas vacías, o falsas, en las que nos apoyamos para evitar preguntas esenciales como, qué hacemos en este mundo y que significa “esto”.
Conceptos como patria, arraigo, pertenencia a una tierra, familia, etc., poco valen a la hora de apaciguar la angustia, el temor a la muerte, la cercanía del abismo. Lo que sí tiene sentido, ante la inevitable y desgarradora soledad del ser humano en el mundo contemporáneo, de la que Walter Benjamin nos hace conscientes, es el amor. Solo se arraiga en el otro que nos ama y que amamos. Esta verdad justifica la muerte de Nela sin Pablo, a la vez, que la muerte de Nela justifica la fuga de Natalia hacia la nada, ese salto al vacío que es el viaje, la búsqueda del lugar donde podemos ser. Enfrentada a la nada, la actriz sostiene la mirada ante los espectadores a quienes lanza la pregunta sobre el sentido de la vida. En esos segundos en que Natalia está sola en el escenario, sentimos el poder del arte para quitarnos la venda de los ojos y remover recónditos temores, en una suerte de exorcismo que renueva nuestras energías y aumenta las posibilidades de felicidad, aunque ver más allá nos cause dolor y sufrimiento. Ante esta verdad, es un consuelo la ironía, ejercicio máximo de la inteligencia de la que esta obra es una muestra excepcional.