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domingo, 13 de marzo de 2011

Kokoro: desde el corazón

Quiero rendir un homenaje al Japón y a su literatura en estos momentos en los que apenas puedo pensar viendo las imágenes de destrucción que asolan ese desconocido y enigmático país, del que tengo algunas referencias literarias: Mishima, o Kawabata a quien he leído en francés: Tristesse et beauté, texto, como casi todos los que conozco de autores japoneses, en el que la muerte asedia a los personajes. De sus páginas me llega la gracia de los jardines a donde van a pasear los amantes, próximos a separarse, la ceremonia del té, la iconografía que ilustra los estilizados cuadros en los que aparecen aquellas mujeres lejanas en su tocado tradicional, la diáfanas habitaciones en las que se recogen los amantes o meditan solitarios los personajes. También está Murakami, más cerca de nosotros, pero inmerso en su tradición, como los que acabo de mencionar.

Quiero recordar Kokoro esta novela de Natsume Soseki porque la tengo más presente y porque "Kokoro", según aclara el traductor Carlos Rubio, es un término cargado de significados que abarcan desde corazón, mente, interior, espíritu, alma, etc. Nacido en Tokio en 1868, Soseki nos acerca al dolor de exisistir con el peso de la culpa y con la tentación del suicidio, que se apodera de las seres humanos, atrapados entre el deber y el instinto. Kokoro subraya el valor del silencio que se impone en las relaciones íntimas, dando sentido al relato en primera persona en la que se nos presenta la figura del maestro.

Es justamente en una casa de té donde el narrador conoce al maestro, al que primero observa con paciencia durante unos días, a la espera de una oportunidad que propicie ese acercamiento convocando al azar, un gesto, un movimiento, como la caída de un objeto, de modo que pueda agacharse a recogerlo y entregárselo como muestra de cortesía. Solo eso que se nos da en un tiempo y un compás de espera que oculta la ansiedad. Lo demás parece darse de manera espontánea: seguirlo cuando se adentra en el mar e iniciar así una conversación. La amistad requiere su tiempo, la contención del impulso propio de la juventud, en contraste con el ritmo de la madurez.

El primer paseo que dan los personajes es al cementerio donde visitan la tumba de un amigo. Así el discípulo se irá introduciendo en la vida del maestro y hará amistad con la esposa, lo que le permitirá conocer otros aspectos de la vida del sensei, como lo llama, lo que abrirá más interrogantes en torno a su enigmática personalidad, al aislamiento y al silencio respecto a su pasado y al empeño en no herir los sentimientos de la esposa. “Antes de destruir la felicidad de su esposa, prefirió destruir su vida”, dice el narrador. Lo cierto es que a medida que avanzan en el diálogo, la relación entre ambos es más intensa, porque cada uno abre su corazón y se asoma a los abismos interiores.

Tras encuentros y desencuentros que tienen que ver con las obligaciones que debe cumplir el joven con los suyos y consigo mismo, en la búsqueda del camino que ha de seguir en la vida, la sombra del maestro se cierne como un interrogante que encierra las claves de su destino. Consciente de eso, antes de morir, el sensei le deja en herencia el testimonio de su vida, su secreto, algo que ni siquiera le revela a la esposa, lo que le permite comprender al discípulo, no solo las advertencias que le hacía, sino el dolor que anidaba en su corazón.

En una larga carta el maestro le refiere los males padecidos, la orfandad y la crueldad de los familiares que se ocuparon de él y las complejas relaciones con su amigo de la infancia y juventud a quien llama K. Éste es una figura excéntrica, entregado a la lectura de los libros sagrados, que se interpone entre el maestro y la muchacha que ama, sembrando dudas y llenando de sombras su horizonte, hasta desaparecer, dejando una herida abierta.

Así, agobiado por la culpa, el sensei se debate entre la tentación del suicidio y el deber de permanecer al lado de su esposa. Su vida, aparentemente sencilla, en verdad libra penosas batallas interiores, lucha contra el impulso de muerte: “Esa fuerza que me atenaza el corazón y que no me deja realizar ninguna acción, tan solo me deja libre el camino de la muerte”, destino que pretende anticipar para acabar con el tormento de existir.

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