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viernes, 28 de mayo de 2010

Milagros Salvador. Jornada de retorno

La semana pasada asistí a la presentación de este libro (editado en Madrid en los sellos Visión Libros y Lord Byron Ediciones), con el que mi amiga Milagros nos deleita llevándonos a la infancia.¡Qué casualidad, es el segundo de este año que tiene como tema la infancia! ¿Será por algo? Quizás.

En primer lugar, he de decir que desde que conozco a Milagros Salvador he asistido a casi todas las presentaciones de sus libros, y en cada una de ellas ha sido muy reconfortante disfrutar su estilo, porque además de leer, charla con nosotros, al tiempo que nos da lecciones de poesía, mientras va deslizando con modestia su gran conocimiento de la tradición, desde los griegos que repasa con solvencia, pasando por la mejor poesía española, hasta sus contemporáneos, de modo que cada lectura no sólo nos ofrece su bella poética, sino que además nos regala su saber, porque desglosa conceptos, abre horizontes, interroga y responde de manera sencilla y clara.

Jornada de retorno se abre con este epígrafe: "Recordar es un verbo que se conjuga con el corazón". Con ello nos advierte que se trata de sentimientos, que la memoria va unida a los sentimientos. Pero los poemas también relacionan memoria y escritura como procesos que nos permiten conocernos y reconocernos: lo que fuimos y lo que somos. ¿Cómo seguir adelante en la vida sin recordar lo que fuimos? Esa operación, nos dice la autora, nos salva y nos redime del dolor por la pérdida, de aquello que ya no es y que nos incluye a nosotros. Recordar es ser en una dimensión que nos permite tomar distancia, asumir la conciencia del tiempo. "La infancia es la raíz/ que se adentra en la tierra y nos sostiene/ con brazos invisibles". Desde esa distancia nos mira la niña que pegada a la ventana ve caer la lluvia, mientras aprende la geografía de su calle, hasta que un día descubre que ella es también parte del paisaje que otros ojos espían. En la infancia también quedan los primeros recuerdos amargos, la inquietante noción de la muerte, los miedos que nos paralizaron. De igual manera, la noción de la felicidad: colores, olores, sonidos, que arrastran cosas que creíamos enterradas, como aquellas palabras muertas o huérfanas, en las sombras, palabras a las que, como ella misma sugiere: " ...vestidas de silencio, / esperando la pluma del poeta/ les sorprendió la muerte./

En el recuerdo se elevan las cosas abandonadas en las que dejamos parte de nuestro ser, pero el secreto está en saber regresar a lo que somos. Acaso sea esta la una forma de asumir el inexorable paso del tiempo: recordar que la muerte es parte de la vida y que en la naturaleza ese tránsito, de un estado a otro, no es más que obediencia al dios Cronos. Por eso, me parece muy propia esta imagen de Milagros Salvador, de la vida humana como una serpentina que alegre y vestida de colores jugetea en el aire, hasta que al final cae a tierra aceptando su destino.

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