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viernes, 28 de mayo de 2010

J. M. Coetzee. Desgracia

Nada más desolador que esta novela de Coetzee que pone de relieve las contradicciones del presente en la, para nosotros, lejana Suráfrica, donde sobreviven dos mundos enfrentados: el que podríamos llamar "civilizado", occidental y blanco (como punto de vista, más que como etnia), y el rural o tribal. En uno y otro los hombres y las mujeres ven amenazada su seguridad. En la ciudad es el fanatismo y el oportunismo de los que se creen dueños de la verdad; en el campo son los bandoleros y las tribus con sus leyes que amenazan con devastar el mundo de los granjeros, descendientes de los antiguos colonos. El caso es que la raíz cristiana que sostiene la cultura occidental presenta dos caras: o se da la espalda al espectáculo de la lapidación o se sacrifican la razón y el sentido de la justicia para no perder el lugar. Y es que tras la caída del régimen del apartheid, no es que esperemos milagros -porque el odio alimentado durante siglos de segregación, no es menos soterrado que los sentimientos que subyacen en las profundidades de la tribu civilizada-. En ese contexto es llamativo el lugar subordinado de las mujeres en las lejanas comunidades rurales, en aquellas tierras, regidas por normas que las convierte en moneda de cambio.

Si el matrimonio burgués en el mundo occidental, la mayoría de las veces, es una empresa económica maquillada por la retórica amorosa, en una tribu puede ser un intercambio donde la mujer representa un coste añadido porque, al ser entregada al esposo, la familia debe pagar una dote, lo que requiere un esfuerzo y una importante inversión económica para los pobres. Esto explica su papel subordinado y el prestigio del varón que administra los bienes, entre los que se cuentan sus mujeres. Hasta aquí nos parece que estamos ante una realidad del pasado, de la que nos podemos distanciar con una mirada antropológica. Otra cosa es cuando ese mundo nos toca de cerca, y atrapados en sus reglas hemos de somenternos a ellas.

David Lurie es un profesor de lenguas modernas que trabaja en una universidad de Ciudad del Cabo. Divorciado, con dos matrimonios a cuestas, asume su falta de vocación para mantener esas ataduras y opta por la soledad sin renunciar al sexo. De uno de los matrimonios, le queda una hija que abandona la ciudad para irse a vivir al campo, entregada al cuidado de una granja.

Lurie, con cincuenta y dos años, no siente ninguna pasión por la docencia, ni por el trabajo intelectual; el sexo es lo único que lo saca de la rutina y le garantiza una modesta dosis de emociones; se trata de una vida sexual, hasta cierto punto, ordenada y prevista en su agenda, que hace parte de sus gastos mensuales, pero que le deja un vacío cuando quiere acceder al mundo del otro, más allá de los encuentros programados.

Tras barajar otras posibilidades entre las mujeres que lo rodean, decide tener una aventura con una de sus alumnas lo que trae para él funestas consecuencias. El escándalo y el castigo le esperan a la vuelta de la esquina. Sus colegas lo invitan a retractarse y pedir perdón por el daño causado a su alumna, pero él se niega a lo que considera una farsa y aprovecha el momento para darle una vuelta de tuerca a su vida, renunciado a su carrera, a su jubilación, para ir en busca de su hija.

En aquella apartada provincia, encontramos, al lado de la hija, a personajes entregados a quiméricas empresas, ante las que Lurie se muestra escéptico. Pero, a medida que se adentra en este mundo, empieza a ser consciente de la distancia que lo separa de la vida urbana, con sus valores. Si en este mundo "civilizado" el hombre puede ser también víctima de los prejuicios y de la calumnia, de un grupo de colegas mujeres que no le perdonan el hecho de que no se someta a un juicio público, para ser juzgado por abusar de su posición de poder seduciendo a una alumna; en el otro Lurie es impotente para enfrentar la violencia y el odio que ceba en su propia hija, condenándolo a la humillación. Pero como lectoras sabemos que la trama se construye con verdades a medias, y que el correctivo, que el sistema educativo pretende aplicar a Lurie, requeriría antes un profundo análisis de las relaciones entre hombres y mujeres, asumir como mínimo la complejidad del deseo.

Lo que ocurre es que la reglas del juego en el mundo rural son aún más brutales, con ejércitos de bandoleros que cobran su cuota a los granjeros e imponen su ley, allí se es implacable, especialmente con las mujeres, cuando están solas: pisoteadas, humilladas y violadas, no pueden exisitir sin el amparo de un hombre capaz de enfrentar esa violencia con el poder y las armas.

Lo común en los dos mundos, por tanto, es el imperio de la violencia y el fanatismo, con la culpa que desencadena y contra la que se rebela el protagonista, pero que la hija asume, ofreciéndose como sacrificio, para enmendar acaso siglos de esclavitud, de explotación y dominio sobre unas tierras en otro tiempo arrebatadas por los colonos a sus legítimos propietarios. Coetzee nos deja, por tanto en un callejón sin salida cuando nos damos cuenta de que las barreras mentales y la ignorancia, generan violencia y que la violencia es tan devastadora que puede destruir con un disparo no sólo a los seres vivos, sino que se lleva con ellos siglos de civilización.

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