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viernes, 28 de mayo de 2010

La novela que no se ha escrito

Hay temas que parecen no agotarse, por ejemplo, la revolución mexicana que ha dado lugar a una larga lista de novelas, algunas de ellas extraordinarias, como las magistrales Pedro Páramo de Juan Rulfo y Recuerdos del porvenir de Elena Garro, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, hasta Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza. Lo mismo ocurre en Colombia con la violencia de los años cincuenta, a raíz del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, que dio lugar al género conocido como "novela de la violencia" con obras importantes como El día del odio de J.A. Lizarazo, a la que siguen las novelas El día señalado de Manuel Mejía Vallejo, Cien años de soledad de García Márquez, Cóndores no se entierran todos los días de Gustavo Álvarez Gardeazábal o El crimen del siglo de Miguel Torres. El hecho es que se trata de episodios que abren una grieta en la historia de un país, que dejan una huella en la memoria, una herida que no se cierra. El tema, a la fuerza, se impone. Es lo que ocurre con la guerra civil en España, que se impone como una necesidad, cada cierto tiempo, y en los últimos años de manera ostensible.

Al leer La noche de los tiempos, de Muñoz Molina, escrita en un momento en que que la ley sobre la memoria histórica levanta ampollas, esperamos una mayor apertura al tema, no sólo una escritura correcta, que está garantizada, sino cierta dosis de pasión y acaso de compromiso, pero, desafortunadamente me quedé a medias, porque algo me faltaba al finalizar el libro. Me lo corroboró una amiga española que ayer me contaba cómo se había salvado su abuelo de ser fusilado, cuando estuvo ante el paredón y sus ojos se encontraron con los de la persona que le iba a disparar. Era un vecino de su pueblo que lo reconoció y le hizo el gesto de que erraría en el blanco, pero que se derrumbara tras el disparo, como si estuviera muerto. Así, arrojado al camión, con el resto de los fusilados, pudo escapar gracias al gesto generoso de su vecino. Este hecho demuestra de qué manera vivió el pueblo ese horror, refiere la grandeza y humanidad de las personas ante situaciones límite, lo que remueve las entrañas, sobre todo, si tratamos de ponernos en el lugar de los protagonistas, lo que en definitiva intenta hacer un escritor, lo cual entraña, en el fondo, una postura ética.

He leído unas cuantas novelas que tratan el tema de la guerra civil española, o que se sitúan en ese momento de la historia española. La ultima La noche de los tiempos, casi mil páginas para contar, muy por encima, lo que fue aquel episodio. No digo que la novela tenga que ceñirse a los hechos históricos y convertirse en una crónica, claro que no, pero lo que sí se espera de un autor es que pueda ir más allá de los hechos, para revelarnos hondas verdades de la existencia. Hace unos años leí una maravillosa novela que me recomendó mi amigo Arturo García Ramos, El diario de Hamlet García, de Paulino Masip, publicada en México en 1944, una extraordinaria y vívida narración de lo que fueron esos momentos previos a la toma de Madrid por los nacionales. La novela nos deja oir las voces de la gente de la calle, la algarabía de los cafés, los rumores en los entresuelos de las casas, la angustiosa huida de los que se sienten acorralados, la resistencia de los que se niegan a admitir la derrota, la temeraria acometida de aquellos que se resisten a reconocer la fuerza del enemigo. Después de esa novela, lo que he leído son historias que, si bien no carecen de amenidad, se quedan cortas. Mil páginas para decir lo que todo el mundo sabe, no sólo es un ejercicio vano, sino una muestra acaso de vanidad, el creer que podemos machacarle al lector la misma imagen, darle la vuelta a la historia de amor entre el arquitecto de la república y la americana, aportar dos o tres datos sobre los orígenes familiares del protagonista, y poner como telón de fondo la Residencia de estudiantes. Para decir tan poco, y además ya conocido, mil páginas, la verdad, me parecen un exceso.

Creo que la novela española actual pasa por una fase crítica, que se encuentra en un callejón sin salida, por la indiferencia de muchos de sus autores a lo que ocurre alrededor, a la pérdida de derechos que padecen los ciudadanos, a la corrupción, a la precariedad laboral. Puede que esté equivocada y obviamente me refiero a lo poco conocido, entre las celebridades encantadas de conocerse entre sí, pero no sé por qué lo que percibo es cierta comodidad en este presente precario para tantas personas sin horizonte ni esperanzas. ¿Quien de entre ellos dará cuenta de esta época, de su frivolidad, de la simplicidad del discurso político y de la ferocidad de los grupos económicos que manejan nuestras vidas? Cuánto echo de menos a Galdós.

Seguiremos esperando, pues, la gran novela sobre la guerra civil española que acaso se esté escribiendo en este momento. Vale que no se tenga la realidad como referencia, vale que cuestionemos las creencias y los discursos omnicomprensivos, que no nos tomemos tan en serio (si se trata de modestia, no de simular pudor, de ocultar la chulería). En literatura cabe de todo, inventar universos, crear mundos paralelos, hacer literatura sobre la literatura, parodiarse a sí mismo, asumir que el arte es puro artificio y seguir por esa línea. Lo que no encaja es la pose de que lo que ocurre alrededor no me importa, porque estoy por encima de la realidad social. Desentona eso de que pasamos de ser escritores "cívicos", de que somos artistas de una época descreída, que las emociones son primarias, que la pasión es cosa de almas simples, porque incluso Borges, maestro del artificio y la parodia, se lo creía, veía el universo entero desde el sótano de una casa de Buenos Aires, vio el aleph e hizo que lo viéramos: creer para ver y ver para crear.

J. M. Coetzee. Desgracia

Nada más desolador que esta novela de Coetzee que pone de relieve las contradicciones del presente en la, para nosotros, lejana Suráfrica, donde sobreviven dos mundos enfrentados: el que podríamos llamar "civilizado", occidental y blanco (como punto de vista, más que como etnia), y el rural o tribal. En uno y otro los hombres y las mujeres ven amenazada su seguridad. En la ciudad es el fanatismo y el oportunismo de los que se creen dueños de la verdad; en el campo son los bandoleros y las tribus con sus leyes que amenazan con devastar el mundo de los granjeros, descendientes de los antiguos colonos. El caso es que la raíz cristiana que sostiene la cultura occidental presenta dos caras: o se da la espalda al espectáculo de la lapidación o se sacrifican la razón y el sentido de la justicia para no perder el lugar. Y es que tras la caída del régimen del apartheid, no es que esperemos milagros -porque el odio alimentado durante siglos de segregación, no es menos soterrado que los sentimientos que subyacen en las profundidades de la tribu civilizada-. En ese contexto es llamativo el lugar subordinado de las mujeres en las lejanas comunidades rurales, en aquellas tierras, regidas por normas que las convierte en moneda de cambio.

Si el matrimonio burgués en el mundo occidental, la mayoría de las veces, es una empresa económica maquillada por la retórica amorosa, en una tribu puede ser un intercambio donde la mujer representa un coste añadido porque, al ser entregada al esposo, la familia debe pagar una dote, lo que requiere un esfuerzo y una importante inversión económica para los pobres. Esto explica su papel subordinado y el prestigio del varón que administra los bienes, entre los que se cuentan sus mujeres. Hasta aquí nos parece que estamos ante una realidad del pasado, de la que nos podemos distanciar con una mirada antropológica. Otra cosa es cuando ese mundo nos toca de cerca, y atrapados en sus reglas hemos de somenternos a ellas.

David Lurie es un profesor de lenguas modernas que trabaja en una universidad de Ciudad del Cabo. Divorciado, con dos matrimonios a cuestas, asume su falta de vocación para mantener esas ataduras y opta por la soledad sin renunciar al sexo. De uno de los matrimonios, le queda una hija que abandona la ciudad para irse a vivir al campo, entregada al cuidado de una granja.

Lurie, con cincuenta y dos años, no siente ninguna pasión por la docencia, ni por el trabajo intelectual; el sexo es lo único que lo saca de la rutina y le garantiza una modesta dosis de emociones; se trata de una vida sexual, hasta cierto punto, ordenada y prevista en su agenda, que hace parte de sus gastos mensuales, pero que le deja un vacío cuando quiere acceder al mundo del otro, más allá de los encuentros programados.

Tras barajar otras posibilidades entre las mujeres que lo rodean, decide tener una aventura con una de sus alumnas lo que trae para él funestas consecuencias. El escándalo y el castigo le esperan a la vuelta de la esquina. Sus colegas lo invitan a retractarse y pedir perdón por el daño causado a su alumna, pero él se niega a lo que considera una farsa y aprovecha el momento para darle una vuelta de tuerca a su vida, renunciado a su carrera, a su jubilación, para ir en busca de su hija.

En aquella apartada provincia, encontramos, al lado de la hija, a personajes entregados a quiméricas empresas, ante las que Lurie se muestra escéptico. Pero, a medida que se adentra en este mundo, empieza a ser consciente de la distancia que lo separa de la vida urbana, con sus valores. Si en este mundo "civilizado" el hombre puede ser también víctima de los prejuicios y de la calumnia, de un grupo de colegas mujeres que no le perdonan el hecho de que no se someta a un juicio público, para ser juzgado por abusar de su posición de poder seduciendo a una alumna; en el otro Lurie es impotente para enfrentar la violencia y el odio que ceba en su propia hija, condenándolo a la humillación. Pero como lectoras sabemos que la trama se construye con verdades a medias, y que el correctivo, que el sistema educativo pretende aplicar a Lurie, requeriría antes un profundo análisis de las relaciones entre hombres y mujeres, asumir como mínimo la complejidad del deseo.

Lo que ocurre es que la reglas del juego en el mundo rural son aún más brutales, con ejércitos de bandoleros que cobran su cuota a los granjeros e imponen su ley, allí se es implacable, especialmente con las mujeres, cuando están solas: pisoteadas, humilladas y violadas, no pueden exisitir sin el amparo de un hombre capaz de enfrentar esa violencia con el poder y las armas.

Lo común en los dos mundos, por tanto, es el imperio de la violencia y el fanatismo, con la culpa que desencadena y contra la que se rebela el protagonista, pero que la hija asume, ofreciéndose como sacrificio, para enmendar acaso siglos de esclavitud, de explotación y dominio sobre unas tierras en otro tiempo arrebatadas por los colonos a sus legítimos propietarios. Coetzee nos deja, por tanto en un callejón sin salida cuando nos damos cuenta de que las barreras mentales y la ignorancia, generan violencia y que la violencia es tan devastadora que puede destruir con un disparo no sólo a los seres vivos, sino que se lleva con ellos siglos de civilización.

Milagros Salvador. Jornada de retorno

La semana pasada asistí a la presentación de este libro (editado en Madrid en los sellos Visión Libros y Lord Byron Ediciones), con el que mi amiga Milagros nos deleita llevándonos a la infancia.¡Qué casualidad, es el segundo de este año que tiene como tema la infancia! ¿Será por algo? Quizás.

En primer lugar, he de decir que desde que conozco a Milagros Salvador he asistido a casi todas las presentaciones de sus libros, y en cada una de ellas ha sido muy reconfortante disfrutar su estilo, porque además de leer, charla con nosotros, al tiempo que nos da lecciones de poesía, mientras va deslizando con modestia su gran conocimiento de la tradición, desde los griegos que repasa con solvencia, pasando por la mejor poesía española, hasta sus contemporáneos, de modo que cada lectura no sólo nos ofrece su bella poética, sino que además nos regala su saber, porque desglosa conceptos, abre horizontes, interroga y responde de manera sencilla y clara.

Jornada de retorno se abre con este epígrafe: "Recordar es un verbo que se conjuga con el corazón". Con ello nos advierte que se trata de sentimientos, que la memoria va unida a los sentimientos. Pero los poemas también relacionan memoria y escritura como procesos que nos permiten conocernos y reconocernos: lo que fuimos y lo que somos. ¿Cómo seguir adelante en la vida sin recordar lo que fuimos? Esa operación, nos dice la autora, nos salva y nos redime del dolor por la pérdida, de aquello que ya no es y que nos incluye a nosotros. Recordar es ser en una dimensión que nos permite tomar distancia, asumir la conciencia del tiempo. "La infancia es la raíz/ que se adentra en la tierra y nos sostiene/ con brazos invisibles". Desde esa distancia nos mira la niña que pegada a la ventana ve caer la lluvia, mientras aprende la geografía de su calle, hasta que un día descubre que ella es también parte del paisaje que otros ojos espían. En la infancia también quedan los primeros recuerdos amargos, la inquietante noción de la muerte, los miedos que nos paralizaron. De igual manera, la noción de la felicidad: colores, olores, sonidos, que arrastran cosas que creíamos enterradas, como aquellas palabras muertas o huérfanas, en las sombras, palabras a las que, como ella misma sugiere: " ...vestidas de silencio, / esperando la pluma del poeta/ les sorprendió la muerte./

En el recuerdo se elevan las cosas abandonadas en las que dejamos parte de nuestro ser, pero el secreto está en saber regresar a lo que somos. Acaso sea esta la una forma de asumir el inexorable paso del tiempo: recordar que la muerte es parte de la vida y que en la naturaleza ese tránsito, de un estado a otro, no es más que obediencia al dios Cronos. Por eso, me parece muy propia esta imagen de Milagros Salvador, de la vida humana como una serpentina que alegre y vestida de colores jugetea en el aire, hasta que al final cae a tierra aceptando su destino.

Philip Roth. La mancha humana

El episodio de Mónica Lewinsky, en los años noventa, representó un punto de inflexión para la sociedad norteamericana porque evidenció su doble moral. Philip Roth nos lo recuerda en esta novela que expone el problema racial con toda su complejidad, en un momento que podríamos llamar "estúpido" para cierta intelectualidad, vinculada al mundo académico, que antepone sus intereses a la inteligencia y al sentido común, apoyada en eso que designó como "políticamente correcto". Lo que ocurre es que la fórmula se aplicó más al "decir" que al "hacer", dando lugar a contradicciones e incongruencias insólitas.

El personaje Coleman Silk es un individuo que destaca en su entorno, una comunidad negra que padece la segregación en los años cincuenta y sesenta. De piel clara, se incribe como blanco en el ejército y al regresar a su país se mezcla con la intelectualidad blanca. Al ser rechazado por su novia, cuándo le presenta a la familia, decide dejar atrás su pasado, abandonar a los suyos y construirse una nueva identidad como "blanco". Pasando por judío, se casa con una americana de familia judía, pero de ideas anarquistas, lo que le da verosimilitad a la trama, al hecho de que la esposa no indague en el pasado de su marido, porque, a su manera, ella también reniega de la cultura a la que pertenece.

La novela se construye a partir de una gran paradoja y es que Silk, que logra seguir una brillante carrera académica, ve caer su prestigio en la universidad. Sus enemigos están entre las nuevas generaciones de profesores, con sus enfoques culturalistas y su noción de etnicidad, vigilantes de lo políticamente correcto. Por ellos es tachado de racista, al haber utilizado la desafortunada imagen "negro humo" , aplicada a dos alumnos que resultan ser negros.

La novela presenta diversos discursos y puntos de vista: el del protagonista, el del veterano de guerra que degenera en maltratador, el de su esposa que ha padecido la violencia desde la infancia, en un hogar desestructurado, abandonada por su verdadero padre y por la madre, indefensa ante los abusos de su padrastro, el de la frustrada colega de Coleman, la francesa que muere de aburrimiento en aquella universidad americana de provincia, condenada a la soledad, el de los hijos de Coleman que perciben la oscuridad respecto a la identidad del padre y se enfrentan a él; el de la hermana de Coleman que aporta datos sobre la familia.

En el lado opuesto se encuentra el hermano de Coleman que decide asumirse como negro y luchar por su comunidad, compartiendo con los suyos los logros posibles, entre otras circunstancias, a lo "políticamente correcto". La novela nos ofrece distintas caras de una sociedad que oscila entre el fanatismo y el oportunismo y que al aferrarse a valores como la raza, la religión y la orientación sexual, en defensa de su individualismo, pero sobre todo de sus mezquinos intereses, pierde una buena parte de la libertad conquistada.

Lucía Donadío. Alfabeto de infancia

El 2010 me trae un regalo que he disfrutado enormemente, el mejor que nos pueden hacer cuando la vida nos concede un trozo de tiempo para dedicarlo a la lectura. Se trata de Alfabeto de infancia, conjunto de relatos breves que se publica bajo el sello editorial Sílaba, una pequeña editorial situada en la ciudad de Medellín, donde reside su autora. Este libro inaugura la colección "Mil y una sílabas", proyecto que sin duda tendrá un futuro promisorio por las personas que han puesto la ilusión y la inteligencia en él, con el deseo de que la literatura avance por los senderos de la imaginación, atraviese océanos y llegue hasta nosotros. El libro está dividido en tres partes: “Aeiou”, “De barcos y zapatos” y “Silabario”, y cada una de ellas nos van descubriendo un universo de personas, lugares y cosas. Tiene la virtud de devolvernos a la edad dorada en la que el mundo alrededor nuestro estaba revestido de magia, como aquel jardín de la casa donde se refugian quienes tempranamente necesitaban evadir la dura realidad de la incomprensión. Allí se descubren las hormigas desfilando en estricto orden, los gusanos, y todo tipo de diminutas alimañas que atraen y despiertan sentimientos contradictorios; la tierra, las flores, las hojas, las semillas extraídas de los botes de la cocina, son los ingredientes de ese menú imaginario que preparábamos para los amigos invisibles, en aquella vajilla en miniatura que nos regalaron, ritual que imita las costumbres al uso y, acaso, anticipa la fantasmática realidad de ese Otro que jamás será del todo nuestro, porque se nos escapa cuando imploramos su mirada. El entorno natural, extrañamente vivo, como nuestros sentimientos, en el que transcurren los primeros años, se recrea bellamente aquí, desde los ojos de una niña que mira a los adultos y los espía pues, de alguna manera, aprende a sacar partido de su invisibilidad.

Lucía Donadio explora con una riqueza de lenguaje sorprendente el mundo al que hacemos referencia trazando unos perfiles finos, con tal sutileza de detalles que nos devuelve la felicidad y la nostalgia, más que de lo que fuimos, de lo que fueron los seres en quienes nos mirábamos, los padres demasiado ocupados en el oficio de vivir, el padre fatigado, entrando en casa al final del día, la madre entregada por entero a la crianza y cuidado de la prole, las criadas haciendo parte de esa gran familia de una época ya pasada y ejerciendo un poder de seducción por su pertinente oficio y extraña dureza; y los hermanos y hermanas que despertaron el odio y el amor, la envidia y la admiración, sentimientos que si bien nos esclavizan, nos hacen más humanos, en cuanto ayudan a formar nuestro carácter permitiéndonos vislumbrar la noción de la belleza, lo inconveniente de nuestros caprichos o el carácter aleatorio de la felicidad. Y esa belleza, nos dice la autora, está en el orden secreto de las cosas, en la vida oculta que parece existir detrás de ellas, como en las gavetas que guardan un universo de objetos dormidos: “…dientes que el ratón Pérez había dejado olvidados, cabos de vela, lápices diminutos como fósforos, monedas, estampas, cintas, agujas, botones, cartas, medallas y papeles dorados de chocolates y dulces” , huellas que dejamos en nuestro paso por la casa y que de repente descubrimos en el desván, objetos que arrastran una poderosa carga de significados.

Ese mundo, como suspendido en el tiempo, es nuestra casa original, con habitaciones abiertas para otros y cerradas para nosotros, cuando en las reuniones familiares se nos apartaba, dejándonos escuchar solo murmullos y risas sin sentido, ese no entender que procesaba la materia del llanto, como dolorosa explosión de vida. Aquella casa, con su jardín, como una gaveta, encierra olores, sabores y colores que acuden a nosotros asociados al miedo o a la felicidad: “El terror a la piscina creció. Ya ni me asomaba a su orilla para meter mis manos. Ya no aceptaba que mi padre me llevara en su pecho. El jardín dejó de ser verde, amoroso y abierto. Y se volvió sombra para mis ojos”. Tras cerrar el libro nos reconocemos en esa niña, en su alma apretada por ese vestido rosado que no puede mancharse, encerrada, oculta en el armario, o bajo la mesa, y a quien, a la vez, se le prohíbe el encierro. Así, he podido volver no sin melancolía a aquella época milagrosamente atravesada, en la que éramos inconscientes de la pureza de nuestros sentimientos, época a la que conviene regresar cuando la rigidez del adulto empieza a mermar en nosotros la capacidad de asombro.

Adriana Hoyos: La torre sumergida

El pasado jueves 10 de diciembre se presentó en el el Centro de Arte Moderno de Madrid, el libro de poemas de mi amiga Adriana Hoyos, que ve la luz en la colección "Biblioteca íntima" del sello March editor de Barcelona.

Conozco a Adriana Hoyos desde hace veinte años. La conocí en Bogotá cuando ella agitaba el ambiente que la rodeaba, el de universidad Javeriana donde cursaba la carrera de Literatura, una institución regentada por curas jesuitas, pero animada por algunos intelectuales contestatarios, invitados a dar cursos, para que el alumnado se olvidara por un momento del espíritu confesional que regía el claustro. A través de esas fisuras, por suerte, el arte y la poesía tocaban los corazones de algunas criaturas inquietas.

Adriana no sólo era una estudiante inquieta, sino además alguien muy singular por su historia familiar, ya que viene de una familia de músicos, de niños violinistas que sorprendían al auditorio por su precocidad; y pese a su juventud, en aquel tiempo, llevaba dentro de sí, acaso, más mundo y experiencias que el resto de sus colegas.

Primero se había educado en Barcelona, en lo que podría decirse un colegio “pijo” y en un ambiente catalanista; segundo, tenía la cabeza llena de paisajes, de ciudades lejanas, de lugares tan dispersos que intenta retener en los “ires” y “venires” de su azarosa vida familiar, de antepasados viajando por selvas tropicales y ciudades coloniales, en busca de tesoros. A esto se sumaba un horizonte de lecturas y de inquietudes que incluía a poetas como Pound o Eliot, de modo que Bogotá por aquel entonces, finales de los ochenta, a pesar de su ritmo vertiginoso, se le haría pequeña. Por eso buscaba en sus calles, en sus secretos rincones, en las personas, una luz, una guía, mientras ensayaba las notas de este poemario que empezó a escribir hace veinte años. De ahí que percibamos en este libro su lento proceso de fermentación: “escribo para retenerme/ Para que la vida no huya/ En un afán irremediable/ En un intento fallido”, dirá en estos versos que nos llegan como una declaración de intenciones, como el punto de partida tras una larga meditación.

El viaje, la fuga, la búsqueda que te condena a ser de aquí y de allá, el abismo que se abre entre dos orillas, marca la vida de la autora como la de quienes al igual que ella estamos condenadas a ser de allá y de aquí y a veces a no ser de ninguna parte. Ese estar en un lugar donde no se puede ser, y a la vez, ser de un lugar donde no se puede estar, tan inquietante, tensa su poética, una poética de los lugares, pero también de las rupturas y de abismos que se intenta salvar.

Adriana Hoyos, acaso sin saberlo, en su infancia descubre la poesía a través de la música, o al menos llega a ella, siguiendo el ritual de quien rozando las templadas cuerdas de un violín suelta las notas que lleva dentro. Buscaba fuera lo que llevaba dentro, en cada, gesto, en cada acto de rebeldía: “Sonido fragmentado de los sueños/Violín enfermizo de nuestra infancia”

En su travesía tuvo que rebelarse contra el destino que otros decidieron para ella. Es decir, se vio condenada a ir contracorriente, lo que siempre dificulta el avance. Sin embargo, esa corriente arrastraba la sustancia poética, como los restos de todos los naufragios que rescatamos del fondo, esa torre sumergida que apunta a lo alto. Ella pudo haber sido otra, y pudo haber vivido allá y no aquí, porque ese destino programado la perseguía en Bogotá o en Sabadell, o mejor intentaba arrebatarle los sueños: “Ser fotógrafos o poetas queríamos / O morir al cielo sereno de Madagascar”.

Y es que aunque huyamos de los mandatos y las sentencias, acabaremos consumando, tarde o temprano, nuestro destino –los extremos se tocan-, entre las máscaras del miedo y del deseo. La vida, entonces, nos parece un maravilloso y matemático entrecruzamiento de destinos: lo que los demás deciden que seas, lo que no quieres ser, lo quisieras ser. De ahí la pregunta: “¿Quién eres tú transeúnte de todas las orillas? /Incapaz de asumir el desarraigo/ Ajeno a lo que más deseas/ Perseguido por el tiempo”.

Las líneas continuas y discontinuas se encuentran en un momento de nuestra vida, atrás queda no la música, sino su destino de intérprete, atrás el ojo que se observa y delante la cámara que detiene los instantes. En este poemario, pues, se juntan tres destinos, el de la niña violinista, el de quien observa clínicamente el ojo y el de la artista. La síntesis de esas vidas soñadas y deseadas es La torre sumergida, con las cinco piezas que la conforman, con la sobriedad de sus versos, con los largos silencios que guarda el poema que se hace y deshace cual “Los dibujos del aire” y que nos dice: “Aprender serenamente los dibujos del aire/Las imágenes rescatadas del sueño/los dictados secretos de la música/el vuelo del pájaro".

Los congresos académicos

Hola, a quienes me han preguntado por este encuentro, bajo el lema Sguardi dai/sui Sud: Meridione, Mediterraneo e Sud Globale, decirles que confirma mi percepción respecto a lo mucho que nos falta por equiparar la capacidad de conceptualizar con nuestras actitudes. Quiero decir que, por un lado, están las ideas que nos formamos y por otro, nuestro comportamiento. Este congreso afianza mi idea de que más importante que el currículum académico y la categoría profesional, es la persona, su manera de acoger al otro, su apertura y amplitud de miras. Esta introducción para explicar que el tema sobre el "Sur" como concepto en la actual sociedad, y como imaginario, como invención del "Norte" para descalificar a esa otra parte del mundo que considera "inferior", se expuso con juiciosa argumentación. Mención especial para Roberto Dainotto, profesor en Duke University; Serena Guarracino de la Universidad de Nápoles y Mercedes Arriaga, de la Universidad de Sevilla. El primero se refirió a Montesquieu y sus estereotipos sobre el sur, entre otras cosas, a partir de sus impresiones de su viaje a Italia; la segunda se refirió a la figura del castrado en la Londres de principios de siglo, que sirve a la prensa y a la crítica artística para desvalorizar la cultura del sur; y la tercera, en su línea de trabajo sobre la escritura de mujeres se refirió a dos autoras italianas. Con Mercedes compartimos mesa e impresiones, ya que fue muy llamativo el comportamiento de la moderadora, una profesora de nombre Federica que brutalmente nos confinó al sur del sur. Como mujeres, nos despojó del derecho a exponer con tranquilidad nuestra comunicación. Me explico, la mesa estaba compuesta por tres mujeres, nosotras dos y ella, y un hombre. La moderadora, cómo no, dejó que el señor se extiendiese casi una hora cuando el límite eran 20 minutos. En cambio, a nosotras nos cortó antes de los 20 minutos, además de interrumpirnos permanentemente. Primero porque no sabía quién era yo, y tuve que escribirle mi breve currículum, no sé para qué si no nos presentó a ninguna de las dos; segundo porque le molestó que yo expusiera en lengua española, pese a que estábamos en un contexto multilíngue en el que se me explicó que podía exponer en español. Aún así, la experiencia de hablar de Vargas Vila en Italia, país en el que vivió y le inspiró muchas novelas, fue muy grato, ya que en la cena, pudimos conversar de manera distendida con colegas de otras universidades de Italia, de Túnez, Grecia y del Departamento de Lingüística y Lenguas Modernas que organizó el encuentro, como la propia directora, Maria Pagliara que tampoco daba crédito al comportamiento de su colega. En resumen, que hay un Sur del Sur y que nos queda mucho por aprender. Para terminar, sin que parezca una frivolidad, insistir en que lo mejor de los encuentros es lo que ocurre fuera de los recintos académicos, al calor de una charla distendida donde cada quien deja ver lo que es en la forma de darse a los otros y en su capacidad de escuchar.

Congreso en Italia

Los días 26, 27 y 28 de noviembre estaré en Bari, asistiendo a un congreso organizado por la Universidad de Bari. Presentaré una comunicación en torno a José María Vargas Vila. Quien quiera consultar el programa, puede hacerlo a través del portal del hispanismo http://hispanismo.cervantes.es.

martes, 11 de mayo de 2010

Bienvenida

Un saludo muy especial a quienes como yo giran alrededor de la escritura y la lectura entendedida también como interpretación de los signos del arte y de las señales que nos rodean. Periódicamente pondré críticas de libros y de películas que espero compartir, para abrir con ello un diálogo, a la manera de una charla informal entre amigos.